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| Lo curioso es que cuando aparece el Toreo puro, todo el mundo se pone de acuerdo |
Si hay algo concluyente en lo que ahora se llama la Fiesta
de los Toros, es la existencia de dos mundos, dos tendencias, dos puntos de
vista, llamémoslo como queramos, pero esta evidencia es innegable. Por un lado
están, estamos, los que nos queremos agarrar a lo que consideramos el Toreo
Clásico en el que el toro era el centro de todo y al que un hombre debía hacer
frente con valor, inteligencia y en los casos que fuera posible, con arte. Del
otro lado están los que admiten, abrazan y aclaman una modernidad con unas
normas, unos conceptos y un punto de vista totalmente opuesto, en el que el
gran hacedor es el torero y todo se debe acomodar a él, a su capacidad, a su
valor, si lo hay, y a su arte, que según esta nueva tendencia es la máxima que
preside toda esta actividad. Haciendo un paralelismo, es como si todos los que
nos atrevemos a coger un pincel fuéramos artistas per se y creáramos arte aún
sin pretenderlo, pues nuestro aura así lo determina. Y les aseguro que no es
así, ya podemos coger mil pinceles que el arte nos pilla muy lejos de nuestras
capacidades y nuestra obra, las más de las veces si no todas, merece más acabar
en la papelera, que en las paredes de un museo.
Parece que es difícil encontrar un punto de encuentro entre
estas dos tendencias, unos veneran a los toreros que otros consideran la peste
que acabará con este rito de pasión y jalean a unos animales que los de
enfrente ven como la vergüenza y el oprobio del paradigma del toro de lidia.
Unos desean rebozarse en la diversión y alegría triunfalista, mientras los
otros desean zambullirse en los mares de la pasión y la emoción intensa que
nace de la lucha de la vida frente a la muerte, que por otro lado es burlada a
cada pase, en cada lance, en cada embestida en que dos puñales buscan empaparse
de la sangre del torero. Esta es la eterna contradicción del Toreo, la muerte
debe hacer presente cada tarde, pero siempre se espera que sea burlada por el
maestro, el héroe que se enfrenta a su dios, el toro.
Los que tienen que compartir sus ansias de diversión se ven
profundamente incomodados por los otros, esos que les fastidian la merienda,
esos que no les dejan saborear el gin tonic con la pulpa troceada del fruto de
la vulgaridad, la monotonía y el esperpento que es el toreo al ser reflejado en
los espejos del fraude y la mentira, pero que da un dulce sabor de ficticia y
efímera felicidad. Los otros por su parte desprecian la diversión, apartan de
si la artificiosidad del arte por decreto y tan solo aspiran a alcanzar la
gloria a caballo de esa obsesión que es su afición al toro, igual que lo
hicieron otras tardes, cada vez más lejanas e infrecuentes, pero que les dejó
ese querer repetir aquella sensación de no poder articular palabra, no poder
explicar lo que recogieron sus ojos y ese sentirse inundado por ese arte etéreo
que se apropió de su voluntad.
Me resulta casi imposible ponerme del lado de los amantes de
esta modernidad y de esos que visten traje de luces, pero que lo lucen como el
que hereda el traje de un difunto con menos tripa que él, más alto, más ancho
de hombros y con unos brazos y piernas que llegan más lejos que los del
heredero del terno. Quizá podría ponerme en su lugar, pero me falta una
condición indispensable y esta no es otra que la voluntad. No quiero pasar a
esa parte, sería dejarme llevar por el cinismo y la cobardía, aparte de la
traición al que me enseño el por qué de esto, a los que con toda generosidad
han confiado en mí aunque sólo fuera una vez y a mí mismo. Y tampoco creo que
sería justo con aquellos que me fueran a recibir en su fe, pues no comparto con
ellos el convencimiento de que la modernidad es el Paraíso.
Entonces, aquí viene la cuestión, ¿Por qué no crean un
espectáculo nuevo, diferente, con otro nombre distinto, esos que se sienten tan
incómodos con el Toreo de siempre, con sus normas, sus exigencias y, lo que es
más importante, con un toro al que no aceptan como válido para el toreo? No
serían los primeros disidentes que se apartaran de un lugar que no consideran
el ideal y que se soltaran las cadenas del pasado. Que se lancen libremente
hacia esa modernidad que preconizan; William Web Ellis ya lo hizo allá en la
primera mitad del s. XIX, se atrevió a coger el balón de football con las
manos, en Inglaterra, la cuna de este deporte y puso los cimientos del rugby.
No pasó nada, cada uno fue por su lado y ahora conviven los dos de forma
amistosa. Incluso hay aficionados a los dos juegos, pero en cada caso saben lo
que van a ver. Y todos contentos, los adeptos a la Tauromaquia 2.0 estarían
felices con eso que a otros nos parece el medio toro, con eso que llamamos
destorear, con esos toreros que creemos vulgaridades engreídas, con esos
empresarios enamorados del dinero y esa prensa que adora todo lo anterior.
Adelante, den un paso adelante, déjennos a los demás, aunque seamos pocos, que
sigamos añorando a los toreros de antes, al toreo profundo y mandón, al toro
fiero al que hay que gobernar, al ganadero que pone por delante sus toros para
el que quiera torearlos, sin ceder a exigencias bastardas. Creo que se está
perdiendo un tiempo maravilloso. Que un día los aficionados de cada lugar vayan
a su plaza, el mismo día y a la misma hora, y que decidan si su plaza seguirá
siendo una plaza de toros o un multiusos neomodernista.
Si no, seguiremos aguantando mecha y pensando que unos
señores se han apropiado de un patrimonio que no era suyo y se han puesto a
construir un adefesio sobre la mentira de que todo lo actual es lo fantástico y
lo pasado un bodrio amorfo. Pues muy bien, déjennos con nuestro bodrio amorfo.
Que resulta que el toro debe ser un muñequito bobo y sin rasgos de toro,
pequeñito, porque así lo fue siempre hasta que los malotes de Madrid se
empeñaron en que dejara de ser así. Además siempre encontraremos una foto sobre
la que apoyar tal argumento, despreciando otras muchas que les llevarían la
contraria. Eso sí, para ensalzar a sus dioses buscan y rebuscan para ponerles
delante de un toro, aunque esto pueda ser una tarea casi imposible, pero da
igual, entonces se echa mano del argumento del toro chico. Nos quieren hacer
creer que el toro de hoy es la bravura hecha animal y lo más encastado desde el
Minotauro, pretendiendo confundirnos con que la casta es sentido; el nervio,
casta; la bobonería, bravura; la bravura, nobleza; la nobleza, casta; la
bravura, durabilidad; la durabilidad, casta; el genio, imposibilidad; la
bravura, toreabilidad; la toreabilidad y durabilidad, cualquier cosa, menos lo
que es, esa nube de opio que adormece los sentidos y la afición.
Pero sinceramente no creo que haya discusión posible, unos
hablan en alemán y los otros en chino mandarían, unos hablan de setas y otros
de folklore del Kurdistán. Urge este reparto de prendas para que así cada uno
pueda elegir lo que le venga en gana, sin el peligro de sentirse engañado,
timado y vilipendiado por aquellos que no entienden sus gustos. ¿Cómo los van a
entender cuando se habla de cosas muy diferentes? Unos ven en el primer tercio
la oportunidad de pedir bebidas o sacar la merienda, deseando que el trámite
pase rápido y hasta desearían que nuca tuviera que salir el penco con un botijo
cabalgándole. Por el contrario, la otra gente hace del tercio de varas una
necesidad imprescindible para el Toreo y para la supervivencia de este espectáculo.
Unos han traspasado sobradamente esa línea del arte absoluto en que quieren
convertir los Toros y otros no quieren ni acercarse a ella, pues entienden que
esa es la frontera que separa la cursilería y amaneramiento, del Toreo de
verdad, ese en el que el toro engrandece al torero y el torero dignifica al
toro. Pero ya hay que empezar a sacar a la luz la verdad y evitar esa lacra que
supone “Construir sobre la mentira”.






