lunes, 29 de septiembre de 2025

Era una concurso, ganó el toro y perdió el toro

La ingenuidad nos lleva a creer que aún en las corridas concurso lo importante es el toro y el primer tercio.


Las corridas concurso deberían ser festejos en los que el aficionado se ilusionara, esperando ver la bravura brotando del ruedo a borbotones, sintiéndola en e momento en que apareciera por la puerta de toriles y si no la bravura, la casta. Y siempre unos matadores esperando ponerse cara a cara con esa casta y esa bravura y canalizarla para que todo el mundo la disfrutara. Una concurso debería ser lo más parecido a una obra de arte en la que el torero se encontrara con un lienzo en blanco, con un bloque de mármol y que su obligación fuera la de ir descubriendo la obra de arte que se encerraba ahí, pero quizá el aficionado pueda adivinarla, pero no se trata de eso, no se trata de tener que imaginar, tiene que ser la pura evidencia y para ello, el señor de luces tiene que estar dispuesto a ello. ¡Estar dispuesto! La disposición debería ser algo generalizado en la plaza. Disposición de los toreros para lucir al toro, para cuidar la lidia y estar atento al transcurso de esta; pero no es el caso, la terna iba a lo suyo, a ver si cortaban su orejita y poco o nada más. Disposición en el público para ver el toro y olvidar paisanajes, debilidades por tal o cual, sin pensar en eso, en las orejitas. Pero la disposición era en unos a ver confirmar al paisano ya entrado en años o los que esperaban ver al que tantas veces ha venido a Madrid y que vaya usted a saber por qué, se le jalea todo, ya se le escape entre los dedos un toro de triunfo u otro de esos que acuden a la muleta una y otra vez. Disposición en definitiva para todos, para el presidente a la hora de mandar ir tres veces al caballo al toro, para sancionar con todo el peso de la ley a un masacrador a caballo, disposición entre los de aúpa. Pero miren las veces que he citado la palabrita y al final, lo que ha faltado es eso, disposición. Que el aficionado habrá podido llenarse los ojos con toros, como el de Palha y Partido de Resina, que han ganado por goleada a los matadores que les han tocado, pero que han perdido con rotundidad, precisamente por los matadores que les han tocado en suerte ¡Qué mala suerte! Merecían unos espadas con voluntad lidiadora, con afición y que dejaran de mirarse el ombligo pensando que iban a llegar a ser grandes vía el trapazo trallacero.

Confirmaba Rubén Sanz, que no está bien eso de mirar la edad de nadie y sí los méritos, pero si alguien se preguntaba como es que ha confirmado a estas alturas, quizá en su quehacer en el ruedo ha encontrado la respuesta y hasta se pregunte por qué le han traído a confirmar. Incapaz con el capote, incapaz de poner un toro en suerte, incapaz con la muleta, sin asentarse ni un momento, pico, baile, citando desde fuera, enganchones, negado con la espada y mostrando el toreo de capea, el que a duras penas muestran los capas o mozos aventurados en las plazas de pueblo. Dando la sensación de que a él eso de la concurso le traía al pairo. Vayan ustedes a saber la causa por la que le hicieron salir a saludar al romper el paseíllo, quizá algo tenía que ver esto con algún viva a su tierra durante la tarde. Pero si acaso, otro día le montan una en su barrio y que salude uno a uno a los presentes, si así le place. Que luego, si no demuestras nada, ese saludo inicial se convierte en un hecho ridículo y en los toros, lo que quieran, menos ridiculeces. Al de Concha y Sierra le dejó corretear a su aire, no le puso en suerte parando al toro frente al peto, donde le iban a picar trasero y mal, tapándole la salida. El animal no andaba sobrado de fuerzas, quizá se pudo dañar en un intento fallido de saltar la barrera, pero aún le quedaron arrestos para complicarle la tarea y engancharle el engaño demasiadas veces. Intentó ponerse elegante, pero no dio el pego. El Murteira volvió a poner en evidencia al espada, que ya de salida no se podía hacer con él. Sin ponerlo al caballo, derrotaba con desesperación por el izquierdo el peto. En la segunda vara un picotazo en buen sitio y a pedir el cambio. Con la muleta venga trapazos, banderazos, enganchones y sin parar quieto, que no acababa de citar y ya se estaba yendo, en un trasteo sin pies ni cabeza. Y la guinda en sus dos toros esa forma de ejecutar lo que debería ser la suerte suprema, yéndose sin pudor alguno de la suerte. Pero ya, por lo menos, confirmó, confirmó muchas cosas y además, confirmó la alternativa.

Javier Herrero ya había confirmado, así que ya parecía tenerlo todo hecho. Le salió un buen mozo de Palha, que manteos echando la pierna atrás, parecía que hasta podía ser la tarde en la que pasara algo. Fue al caballo para recibir un buen puyazo de Carlos Prieto. El público batiendo palmas, pero que pronto se torció todo. Lo que podía haber sido el puyazo de la tarde, en un santiamén de tiñó de la carnicería de la temporada. Primero aguantado los embates del toro, evitando que el caballo cayera a la arena, pero... ¡Ay el pero! De repente se le tapó la salida y se le dio leña de una forma brutal, mientras el espada, Javier Herrero se limitaba a estar por allí, mirando y sin la más mínima intención de sacar al toro del caballo. Unos que si levanta la vara, otros que saque al toro, pero entre tanto, la carnicería no paraba. Un toro que empujó, destrozándolo con una saña insoportable. Lo pusieron una segunda vez y el animal se arrancó con una alegría y prontitud que era una delicia, pero el animal solo iba a que el jinete siguiera con esa masacre y el matador ni se inmutara. Que uno no es partidario de eso del levanta el palo, pero una cosa es eso y otra el simplemente aguantar el palo, que una cosa es medir el castigo y otra... una vergüenza bochornosa. Primeros muletazos de tanteo, se lo sacó hacia afuera y aunque al Palha le costaba aguantarse, él seguía peleando y poniendo en apuros al que le tocó en mala suerte. No se paraba un momento, venga a alargar el brazo, ahora me meto entre los pitones, a ver si así el animal se para. Un toro que se fue sin torear, sin lidiar, sin darle la importancia que tenía. Quizá habría sido merecedor de algún premio, honores de bravo, quién sabe, todo es quizá, porque el matador nos privó de verlo y solo pudimos llegar a imaginar. El quinto, uno de José Escolar, quizá el de menos presencia del festejo, corrió y corrió sin que nadie fuera capaz de sujetarlo en un capote. Lo de ponerlo en suerte parecía una misión imposible, dándole mil y un mantazos. El animal olisqueaba, escarbaba y al final lo dejaron tirado entre las dos rayas. Sin meter la cara en la primera vara, en la segunda, pendiente de los capot6es y sin querer caballo, cuando acabó yendo, el picador le puso el palo un palmo más adelante de la penca del rabo. Un picotazo y a otra cosa. Se dolió en banderillas y ya en el último tercio fue Javier Herrero quien cantó la gallina. Todo un muestrario de negación con los trastos. Sin parar de bailar, poniendo la muleta y quitándosela de golpe, dándole aire y aún se vio achuchado por el mansito, con el que no pudo en ningún momento. Eso sí, con una solvencia para alargar el trasteo sin hacer nada, sin mostrar ni asomo de toreo, permitiendo que desde la nada le tocaran un aviso sin tan siquiera haber montado la espada.

El tercero era Gómez del Pilar, que en esta tarde a algunos les ha hecho recordar tardes pasadas, no por su buen hacer, sino por esa gracia que tiene para dejarse ir toros de triunfo. Pero oiga, que aún los había que lo pedían para todas las ferias futuras de todo el planeta taurino. A su primero, el de Partido de Resina le dejó corretear a sus anchas sin ofrecerle un capote que lo sujetara. Fue tres veces al caballo, sin pararlo ni por un instante. Mal picado y poco, seguía a su aire. La cuadrilla siguió sin permitirle un mínimo respiro. Inicio de faena por abajo medio aseado, pero sin intentar alargar las embestidas en este primer tanteo. El animal al principio se entregaba menos para adentro, pero cuando al fondo veía los medios, metía la cara, a lo que se le respondía con trapazos sin pararse quieto Gómez del Pilar. Venga enganchones, aperreado, cambio al pitón derecho y cuartos de muletazo, muleta atrás pico y él a lo suyo, sin enterarse del toro que se le estaba yendo. Como es casi habitual, naturales citando de frente y escupiendo al toro para afuera, pero él seguía sin enterarse de lo que había sido el de Partido de Resina. Entera trasera tirando el trapo al aire y para culminar la hazaña, el espada queriendo llevar al toro a morir a las tablas, si es que no se enteraba. Y fue el toro el que seguía mirando a los medios. Que mala suerte la de este cárdeno. Al de Rehuelga le administró la misma receta, no poner el toro al caballo, sin hacer que se parara, quedándose este dónde mejor le venía, tres picotazos traseros, sin humillar y escarbando muy a menudo. Con la muleta, pues venga trallazos por ambos pitones, pico, pico y más pico, enganchones, baile y en un trance quedándose al descubierto, el espada resultó cogido. Que algunos ya barruntaban la oreja del revolcón. Medios muletazos, más carreras y carreras, venga a colocarse a cada trapazo y de nuevo de frente, pero estirando el brazo para fuera, no fuera a ser que se le viniera por dentro. Muletazos de uno en uno y una entera caída mientras sonaba un aviso. Le dieron la orejita, que para esto se organizan hoy en día las concurso, no se vayan a pensar otra cosa. Las concurso en las que la moda es sacar un solo caballo. Uno solo en el ruedo de Madrid. Que igual hay costumbres que por ahí son necesidad y estás más que justificadas, pero en un ruedo como el de Las Ventas suena hasta ridículo. Que me dicen que así no se distraen los toros. Pues si se distraen, ya sabemos algo de la condición del animal, ¿no? Que se distraiga ¿O es que no nos dice nada el que un toro no quiera ir a contraquerencia y se deslome en el que guarda la puerta? Pero esto ya no hay quien lo entienda. Pero ta saben, era una concurso, ganó el toro y perdió el toro.



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lunes, 22 de septiembre de 2025

Bonitos por fuera, pero con sus cosas por dentro

Que bonitos, pero... no te fíes

Imaginen que van a un examen de oposición y solo se han estudiado el tema de la “Caída de Constantinopla” y pase lo que pase, usted va a contar lo que se ha estudiado, por mucho que el presidente del tribunal le diga que no, que pare, que lo que le ha tocado en suerte es la Carrera espacial. Pues esto es una constante en el mundo de los toros y por supuesto, en la plaza de Madrid. Que en esto que llaman el desafío ganadero tocaba el tema de lidiar, de poder a unos animales diferentes a lo habitual, que los temas se llamaban tres de Partido de Resina y tres de Monteviejo. Oiga, una lámina para pintarla, que en algunos casos quizá no era para ovacionarlos de salida con tanto entusiasmo como se han aplaudido, pero bueno, no vamos a ser cicateros porque se ovaciones la presencia de un toro. Los opositores eran Serafín Marín, que desafortunadamente no ha tenido tiempo ni de dar las buenas tardes, al verse cogido al querer lancear de recibo a un Monteviejo que se le llevó por delante a la segunda verónica. Solo queda desearle que pronto pueda volver a pisar un ruedo. Juan Pablo Sánchez se ha limitado a aguantar el chaparrón con pocos argumentos y Luis Gerpe, con la misma carencia de ellos, pero empeñado en dar derechazos y naturales. Ya saben, usted pregunte lo que quiera, que yo le contestaré lo que me dé la gana. Lo malo es que en estos casos el ser librepensador te puede costar que te manden al hule.

Quizá habría que aplicar eso de que debe progresar

Había una costumbre allá en la noche de los tiempos, que era que los peones pararan a los toros, para que así sus jefes pudieran tener una aproximación a las condiciones de su oponente. Quizá si esta costumbre hubiera pervivido en la mente de toreros y espectadores, Serafín Marín habría podido ver de qué forma se cruzaba su primero por el pitón derecho, un defecto que acusó durante toda su lidia. Una vez que el espada tuvo que ser llevado sin demora a la enfermería tomó los trastos Juan Pablo Sánchez, que pudo comprobar lo incierto y peligroso del de Monteviejo. En el caballo se limitó a dejarse y el picador a aguantarle. Una primera vara desde muy cerca y una segunda acercándose poco a poco. El toro se iba enterando de todo, atento a todo lo que le rodeaba, llegado el momento de la muleta se revolvía pronto y el hidrocálido tampoco puso todo de su parte por alargar el viaje del prenda. Sin desaparecer el defecto por el derecho, lo mismo se quedaba, que no pasaba, que no escatimaba derrotes, mientras la única receta que se le proponía era la de dar derechazos, lo que tampoco era fácil con el gazapeo continuo. Tímidos muletazos por abajo, pero ineficaces. El tercero, de Partido de Resina, según el programa, se emplazó de salida, como esperando a ver qué se cocía por allí, se revolvía al ofrecerle los capotes, tirando derrotes. En el peto se medio dejó en el segundo encuentro, acabando por marcharse suelto en los dos puyazos. Cara arriba y esperando en banderillas. En el último tercio continuaba con esa fea costumbre de no humillar ante los trapazos que le administraban, sin entregarse en ningún momento. Trapazos y más trapazos al aire, tirones, para concluir con muletazos de uno en uno con el engaño retrasado, poniéndose pesadito y metiéndose entre los pitones, alcanzando un más que notable grado de vulgaridad. Bajonazo y a otra cosa. El quinto, de Monteviejo, iba y venía sin emplearse, reservón, que poco más que se dejó en el caballo y ya en la muleta empezó quedándose, con un molesto gazapeo como el primero de la tarde y Sánchez andando por allí, pasándole por la cara y yéndose a mitad de trapazo, sin pensar en otras soluciones para plantar cara a este y a sus otros dos oponentes, sin pensar ni en un conato de toreo por abajo, que quizá era lo único que tenían estos animales.

Luis Gerpe debió pensar que se enfrentaba a cualquiera de las ganaderías al uso, a las que les endiñas mil trapazos y sus pupilos ni rechistan, se los tragan sin más, pero, ¡ay, amigo! Que con lo bonitos que eran, resulta que también tenían su aquel y vaya aquel. Para evitar que un espada lidiara dos toros seguidos, se cambió el orden de lidia de segundo y tercero, invirtiéndolo. El que hizo segundo, del Partido de Reina, recibido con entusiasmo, salió corretón y si el matador solo le enseñaba el capote un poquito, pues no iba a sujetarle, él seguía a lo suyo. Gerpe ofrecía mantazos y el cárdeno regalaba derrotes. Le pusieron de cerca, de lejos, pero el toro estaba con los capotes, que le captaban toda su atención. Lo que tampoco quiere decir que lo dejaran entre las dos rayas. Como en la segunda vara, no disimuló la molestia de tener un palo encima. Continuó queriendo enterarse de todo. Tomó la pañosa Gerpe, luchando contra el viento y pendiente de aquel bonito ejemplar, al que le trapaceo siempre con un pie presto para salirse y a merced del animal, que ahora me lo pienso, ahora escarbo, tirones con la zurda en tandas de tres o como mucho cuatro trapazos, pero sin llevarlo en ningún caso. Al cuarto, último de Partido de Resina, le dejó suelto, a su aire, venga mantazos y mantazos, la vuelta y ahí te quedas. Tres veces fue al caballo, sin orden para ponerlo en suerte, ni para sacarlo y con apenas tres picotazos sin apenas castigo y con la cara alta. Quizá sin pensar en el viento, Luis Gerpe se lo sacó más allá del tercio, para darle sus buenos trapazos alborotados, solo dándole aire, por si fuera poco el que ya hacía, pero que la gente se puso a jalearle todo. Hubo dos por el derecho, que hasta medio tiró del toro. Continuó por el izquierdo, siempre recolocándose a cada pase, moviéndose mucho, vuelta al derecho y un continuo no parar de bailar, siempre con el pico y muy fuera, cuando quizá sencillamente para defenderse, lo mejor era cruzarse mucho. Pero aún así, él se dio decididamente la vuelta al ruedo; él sabrá. En el que cerraba plaza, el otro de Monteviejo, ya de salida se le comía, no podía con él y ni tan siquiera era capaz de sacar los brazos en cada capotazo. Perdía las manos con cierta frecuencia, escarbando, sin apenas castigo. En el último tercio, pues continuó la sesión de toreo bailando, pico, fuera y recibiendo los arreones del toro, que hacían que el de luces pegara un respingo a cada arrancada, dando la sensación de que no acababa de saber por dónde meterle mano a ese último berrendo, al que despachó de media atravesada haciendo guardia y una entera caída. Al final quedó claro que estos coletudos de la modernidad tienen recursos más que limitados para enfrentarse a lo que no es la bobona del mes, que lo de Monteviejo tiene mucho que mejorara, que lo de partido de Resina, que algunos ya no nos atrevemos a llamar antes Pablo Romero, que está mejor de lo que se esperaba, aunque no se confundan, es que lo que se esperaba era un desastre rodando por los suelos, pero no, al menos ya hasta aguantan en pie, pero queda un mundo para que esto sea lo que fue. Y lo que nadie podrá negar de los pupilos de los dos hierros es que eran bonitos por fuera, pero con sus cosas por dentro.


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lunes, 15 de septiembre de 2025

Traían las partituras cambiadas y la música sonaba cómo sonaba

A veces parece que hay más de uno en la Luna o que ve a los toros como si fueran verdaderos lunáticos.


Quizá sean capaces de imaginar a un grupo de cámara tocando la zambomba y dispuestos a interpretar de oído la novena de Beethoven. A mí me cuesta, que no logro imaginar el Himno de la alegría a base de purrum purrum. Y no dirán que no pongo de mi parte, que me esfuerzo, pero nada, que no. Aunque si me pongo a pensar en el primer desafío ganadero de Madrid, pues ya me voy haciendo una idea de lo que puede resultar, un verdadero y ensordecedor despropósito. Así, purrum purrum arriba, purrum purrum abajo, será algo parecido a esa novena sinfonía. Que también la feria va dependiendo de a quién pregunten. Si es a uno de la secta de la positivología, igual les dicen que el ganado infame, el de Rehuelga y sobre todo el del señor Escolar, que después de defender sus toros y señalar la torpeza de unos coletudos, ha sido declarado poco menos que un satánico criador de alimañas ¡Qué cosas! Y que los de luces han estado hechos unos tíos, aunque la cosa fuera que ellos venían a... la verdad, es que uno ahora no sabe a qué venían, porque ni para dar trapazos han mostrado garbo, ese garbo que sí han tenido para liarse a trapazos y correr más que un cartero en Navidad, pero cuando se mandaban tarjetas de felicitación, no como ahora.

La corrida, con dos hierros, bien presentada, aunque el personal se decidió a aplaudir de salida al primer Escolar, que quizá era el menos aparente del festejo. Que lo mismo a estos también les dieron la partitura equivocada. El primero, de Rehuelga, aunque fue alegre a una segunda vara, en el peto solo se empleaba con el zurdo y hasta soltó al final varios derrotes mientras le hacían la carioca. Era el toro que confirmaba a Miguel de Andrades, que se fue a portagayola y allí se quedó plantado, viendo como el animal pasaba de su planta frente a toriles. Larga de rodillas y verónicas siempre rectificadas. Con mucha voluntad tomó las banderillas y aparte de necesitar a toda la cuadrilla en el ruedo en varios momentos, se limitó a tirarlas. Con la muleta, en esa corriente entusiasta se plantó de rodillas en los medios y este gesto pleno de voluntad no dijo nada al personal, que se quedó como si nada. Se quería poner derechito, pero el quedarse fuera y el abuso del pico hacían que la cosa no llegara a ninguna parte. Ni las carreras entusiasmaban, que en otras tardes eran motivo de entusiasmo. Quizá el ser de demasiado lejos influyó en el poco eco en los tendidos de los trapazos del espada. Tirones, muleta retrasada y atravesándola y para remate, unas manoletinas en las que se vio atropellado nada más empezar. Lo de la espada era la guinda del esperpento, siempre yéndose a todo correr y así pasó, un bajonazo haciendo guardia, que si tomo el verduguillo, que si el estoque y venga descabellos, cuando le quedaba nada para el tercer aviso.

Sebastián Ritter sustituía a Damián Castaño y... pues que con esa parsimonia y esas maneras, lo mismo se veía como un maestro, pero que se mire bien en el espejo y... Al segundo Rehuelga le recibió a base de mantazos. En el caballo le pegaron un marronazo muy trasero, El animal empujaba de lado con un pitón. Se arrancó con alegría en el segundo encuentro, para que le atizaran de nuevo muy atrás. Pronto en banderillas, quizá hasta cantando su distancia, pero el señor Ritter debía estar a otra cosa, quizá intentando descifrar la partitura de la Traviata, pero él lo que tenía mirado era la de “Una vieja y un viejo van...” Y allí que lo soltó. Trapazos rodilla flexionada por ambos pitones, derechazos al aire, con el pico y muy fuera, sin pararse quieto. Citando muy fuera, acortando demasiado e inconvenientemente las distancias, solo llegó a acabar dando derechazos casi apelotonados, siempre desde muy fuera. En su segundo, el jaleado primer Escolar, se vio achuchado de salida, teniéndose que dar la vuelta y de espaldas a los medios, que el escurridito se lo comía. En el primer encuentro con el caballo el jinete ni capaz fue de apoyar el palo en el toro. Nueva entrada, apenas un picotazo tapándole la salida y una tercera vez, ahora a más distancia, mientras el picador estaba preocupado por dominar al penco que no podía gobernar. Vara delanterita y caída, incluyendo un vengativo barrenado. Y allá que fue Ritter a pegar tirones, atravesar la muleta, alargando el brazo y con el palito agrandando el engaño. El toro se le fue cerrando y él a lo suyo, pico, abanicazo y tanto hueco dejaba, que vino un achuchón. Y cerró macheteando por abajo, como si el Escolar fuera un marrajo ingobernable, que no lo era. Hasta en esto tenía cambiados los papeles.

Volvía Juan de Castilla después de tantos avatares pasados. Al tercer Rehuelga le recibió con mantazos cariñosos, intentando mantenerlo en pie. Le apoyaron el palo muy trasero, que decir que se le picó quizá sea una exageración. El trasteo fue una consecución de trapazos y enganchones siempre sin amagar tan siquiera con bajar la mano. Muletazos despacito, no templados, a la velocidad, a la poca velocidad del animal, que no era capaz de humillar, que se nos venía al suelo. El quinto, el mejor presentado de los de Escolar, de entrada se le frenó en el capote y de Castilla se giró para cederle terreno, lo que, vaya usted a saber por qué, se jalea a veces por parte del personal, los positivologistas acérrimos. Se le picó quizá poco, pero muy mal, aunque las puñaladas cuenten como puyazos. En el último tercio el espada dejó patente su incapacidad para poder al animal, achuchones, trapazos, sin parar de recolocarse a la carrera, dando la sensación de que se le comía. Encimista y con la muleta a la espalda, sacándola por un lado y quedándose fuera. Hasta daba la sensación de que se esforzaba en hacerle parecer un marrajo, pero el caso es que no sabía por dónde meterle mano al Escolar, al que despachó de impecable bajonazo.

Y cerraba el mismo que empezó, Miguel Andrades, ya confirmado, pero que tampoco podía ni sujetar al último de José Escolar, que le complicaba de salida; pues a perder terreno de espaldas a los medios. Cuatro entradas al caballo para que le picaran trasero, hacerle la carioca, mientras el animal solo se empleaba con un pitón, que acudía al peto al pasito y concluir recibiendo a modo en la última vara. Más banderillas a cargo del espada, de nuevo tirándolas y la cuadrilla ocupando el ruedo. Y si le habrían contado mal de que iba aquello, que igual que su padrino brindó el toro que no iba a torear, el de la confirmación, en este sexto allá que fue Andrades a brindar de nuevo al usía. Que una cosa es ser educado y otra ponerse pesadito con tanto brindis. O lo mismo es que le anunció que se iba a hartar de ver banderazos tropezados con la rodilla flexionada, bailando constantemente, sin parar de correr, un arreón y se libra por poco, más enganchones, carreras, trapazos, un batiburrillo de vulgar incompetencia y el castigo de la espada, tirando el trapo siempre muy lejos, para acabar de un bajonazo. Que la corrida no ha sido nada especial, pero si al menos le hubieran dado lo que pedían, pues al menos habríamos visto cierta coherencia entre eso que pedían y lo que les ofrecían y que aquello no diera la impresión de que se traían las partituras cambiadas y la música sonaba cómo sonaba.


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domingo, 31 de agosto de 2025

Pues así parece que están las cosas

Vamos tan derechitos a una falsa modernidad, que al final, esto lo verán como un marrajo con el que ni sabrán poner posturas.


Estamos a un paso de enfilar las últimas semanas de esta temporada. Y, ¿cómo estamos? ¿Qué es lo que tenemos frente a nosotros? Pues depende quién lo mire y con los ojos con que cada uno lo mire. Que ya les digo, si quieren leer glorias y laudes para el taurineo, mejor que cesen la lectura en este preciso momento. Que yo les agradezco el intento, pero no me parece que esté dentro de los límites de la decencia obligarles a pasar un mal rato. El mal rato ya lo estamos pasando, y desde hace ya demasiado tiempo, los que esperamos que se vuelva a ver lo que un día nos aficionó, nos enganchó con las gruesas cadenas de la pasión a esto. Cadenas que no mortifican, cadenas que nos hemos impuesto para que una ola de modernismo, de veleidades triunfalistas nos arrastren lejos de esto que siempre se llamó los TOROS. ¡Benditas cadenas! Y que nadie se me equivoque, que esto no es un viva las cadenas de antaño, ni un viva la libertad mal entendida, esto es un aferrarse a querer seguir en esto que tanto nos ha dado a algunos, que no es ni dinero, ni fincas, ni nada parecido, aunque ya les digo que lo que nos ha dado a algunos los toros es mucho más valioso y que no se puede comparar con nada, ni ponerle precio, porque lo realmente valioso, no tiene precio.

El panorama se pinta ahora con una exaltación a Morante, que unos dirán que se les queda corta y otros que es desmedida. Pero lo que sí que es cierto, es que desde el montaje de Madrid, con aquella salida a cuestas, aquella manifestación nada improvisada por Madrid y aquellos cánticos casi deportivos, se ha venido reproduciendo el modelo por otras plazas. Y siguen ensalzando lo que llaman arte, genialidad y, por supuesto, echando por tierra un pasado que esa chiquillería entusiasta no solo no vio, sino que igual no les suenan ni los nombres de toreros de otro tiempo. Que nos cuentan que es el mejor de la historia, el mejor de toda la vida de Dios, aunque ya se sabe, primero hay que definir hasta dónde llega ese de toda la vida de Dios ¿Y el toro? Eso para después.

Seguimos con una corriente irrefrenable de indultos; indulto por aquí, otro por allí, que algunos te sueltan eso de que un toro es de vacas, después de soltarte que no se le vio en el caballo o lo que es peor, que no mostró demasiado entusiasmo en el peto, ni tan siquiera para acudir con prontitud. Que luego está la excusa de que no hay toro perfecto, pero, ¡hombre! Tampoco tiene que estar a años luz del perfecto y aún así devolverle al campo. Pero ya se sabe, lo que prima es la muleta, es casi lo único que importa, incluso para esos que afirman que el caballo es primordial y que nos lo están robando. Un poquito de coherencia.

Vivimos también un clásico de estos días y que se impone con fuerza, los festivales sin picar, con matadores de toros ¿Alguien me lo podría explicar? ¿Qué orgullo de matador de toros tienen estos caballeros? Ninguno. Se prestan, o exigen, novillos desmochados, casi lo mismo de corto que de luces, para poner posturas y si se tercia, se encaran con los que no se les pongan de hinojos jaleando su ¿arte? ¿Y el toro? Que sí, que se me está poniendo pesadito ya con tanto y el toro y el toro. Pero, ¿esto no iba de jarte y jartistas? Pero entre tantas idas y venidas, quizá estamos viviendo la última temporada en la plaza de Madrid. Que ya han anunciado que con las obras, que no habían tenido tiempo hasta el momento, no va a haber toros... o mejor acortamos diciendo que solo habrá en las ferias y ya, así de claro. Que siempre saldrá el que se ponga del lado de la empresa, quede estos nunca faltan, los especialistas en ponerse en el lugar del que va contra sus intereses, olvidando cuál es su lugar y sus propios intereses, y dirán que montar festejos fuera de feria en Madrid no sale rentable. Claro que no sale rentable; si montan los carteles que montan, ¿a quién puede interesar? Aparte de los cuatro habituales que van y van y van y no se cansan de ir. Que igual estos que afirman eso de la no rentabilidad lo dicen con tanta ligereza quizá porque ellos no van, que están en su derecho, pero como dicen ellos mismos a los antis, déjennos a los demás que queremos ir, que respeten nuestra ya costumbre de ir a los toros en nuestra plaza. Que también puede ser que como durante la temporada no hay tele, pues no interesan, siempre será mejor una televisada con adoctrinadores titulados al micrófono y con ganado... Que lo mismo es que lo rentable, lo que interesa son las tardes de genialidades de genios o las estrafalarias excentricidades ajenas al toreo de los que dicen ser fenómenos que llenan las plazas. La pregunta sería, ¿llenan plazas de verdad? ¿Qué plazas llenan?

Pero como en todos los guisos, siempre tiene que haber una salsa, un adobo que lo sazonen y le den ese puntito, sobre todo si la materia prima no es de lo mejor de lo mejor, es más, puede ser pura bazofia, pero esa salsa, ese adobo, puede hacer creer a alguien que el guiso es un manjar de los dioses del Olimpo. Pero en este caso, el Olimpo es un bar de carretera en el que jamás pararía un camionero. Como en las plazas de toros, en las que el aderezo son los “¡Vivas!” Vivas que resuenan tanto, como aturden a los que desearían ver un espectáculo con algo de dignidad. Que si miramos a los “viveadores”, inmediatamente nos damos cuenta del muro de incomunicación que se interpone entre ellos y los que pretenden ver el festejo tranquilamente. Quizá porque ellos no están por entrar en un club de lectura y los del otro lado no creen que en los toros sea el mejor momento para hablar del mundo del yintonic ¿Y el toro? ¡Ah! Que seguimos con lo mismo, ¿no? Pues el toro es un ente en período de extinción, un imposible, una entelequia que ya casi solo pervive en la mente de algunos aficionados y que otros confunden con un animal amaestrado, dócil y con un toque de bobonería, que si hablaran, igual se liaban a dar vivas al viento. Y ya ven, pues así parece que están las cosas.


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martes, 19 de agosto de 2025

Lo que pesa un caballo de picar

Contaban los más viejos del lugar que un día vieron a un toro romaneando


Si preguntamos cuánto debe pesar reglamentariamente un caballo de picar, la respuesta es sencilla, si no tiene la cifra en la cabeza, usted se va al reglamento y ahí lo tiene bien clarito. Pero si la pregunta es cuánto pesan los caballos que salen a la plaza, ahí la cosa cambia. Ahí lo más probable es que nadie se atreva a dar una cifra. Unos, porque ven que el peso sobrepasa el reglamentado y otros... otros que lo último que harían sería reconocer que el peso oficial y el real no coinciden. Que cuentan que se pesan todos los caballos al principio de temporada, si hablamos de Madrid, pero uno piensa en pesarse antes de las Navidades y después y quizá no necesite ni pesarme, me basta mirar el agujero del cinturón.

Pero el peso de los caballos no es solo lo que mide la báscula, hay otros elementos que influyen y no se pueden medir en kilos o arrobas. Factores que, además de los kilos, influyen y mucho en el primer tercio. Nos encontramos en primer lugar con el peto, que podrá ser ligero como una pluma, que no lo es, pero que es rígido y demasiado largo, lo que impide que el toro pueda meter la cabeza y hacer eso que tanto echa de menos el aficionado, romanear. Ahora es casi un imposible, el peto no cede, no es nada flexible, lo que lo convierte en un muro con el que los animales están claramente en inferioridad, aparte del aspecto psicológico, en el que no voy a entrar. Y el que llegue hasta casi la pezuña de los equinos, pues se convierte en un inconveniente más. Así como tampoco vamos a incluir el factor jinete, que esa es otra. Pero claro, dejando de lado esto y lo otro, quizá estamos obviando demasiadas cosas, que dirán, con razón, que no se pueden obviar tantas cosas. Pero también digo, ateniéndonos exclusivamente a estos estadios primarios, tal y como está esto, ya es un verdadero abuso en el que el toro sale perdiendo.

Pero sigamos avanzando aparte de pesos y medidas, nos topamos con la forma en que se realiza el primer tercio, un señor aupado en un acorazado, con todas las ventajas a su favor, para además interpretar la suerte como el cantante de ópera que suelta gallo tras gallo, hasta completar el corral. Puyazos traseros, cuchilladas en la paletillas, navajazos traicioneros haciendo ojales en la piel del toro y por si fuera poco, esa nefasta, y a veces tan aplaudida, costumbre de agarrar el palo con el pulgar hacia abajo y mover y mover como si fuera una tourmix, una trituradora que tritura al animal, que por otro lado, y volvemos al principio, lucha contra un muro infranqueable que no cede de ninguna de las maneras. Un círculo vicioso que empieza en el momento en que el picador no para al toro, lo deja estamparse contra el muro, con la seguridad en que este se ampara, porque si no fuera así, ¿ustedes creen que levantarían el palo con tanta ligereza, que marcarían levemente el puyazo? Que sí, que los que esto lo piden y lo aplauden, pero si nos empezamos a dejar llevar por lo que se pide y se aplaude, ustedes me contarán.

Y si seguimos con más factores añadidos que vician y corrompen el primer tercio, vayamos con lo de hacer la carioca o tapar la salida, con un toro que se encuentra por un lado las tablas y por otro, y vuelta a empezar, con el muro con kilos, rigidez, volumen y malas mañas del que pica. Que siempre volvemos al inicio, al peso de los caballos y podríamos seguir hasta el infinito, como sería la inhibición de los matadores en este primer tercio, en el que lo mejor que se les ocurre es ponerse allí casi en su casa levantando el brazo y con la horrorosa excusa del vale, vale. Que eso es algo que ya casi nadie se cree y que más bien creen que la indicación es dale, dale. Pero los taurinos no paran de idear y proponer reformas de la puya, reformas los trastos, hasta unos dicen que por qué no decide el matador si salen los caballos o no, pero todo a favor para tapar un toro cada vez más blando, menos encastado, menos toro. Pero, ¡oiga! Que de eso del peso, el peto telón de acero, las sanciones a los que no piquen bien, a los que no actúen como se debe en ese primer tercio, de eso, ni mu. Y quizá hasta les viene bien que nos enredemos en lo del peso del caballo. Pues démosles gusto y sigamos enredados en el peso de los caballos, que ya vemos que no es poco, pero también con el peto, los puyazos, la colocación y... son tantas cosas. Pero tantas cosas, que sumadas, al final nos dará con casi plena exactitud, lo que pesa un caballo de picar.


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sábado, 16 de agosto de 2025

Lo de toros de El Torero ya era una pista

Toros buscan toreros amigos con disposición para darles muchos pases, que ellos están por colaborar... pero algo tendrán que poner los de luces de su parte.


Última corrida de toros en Madrid antes de la feria del caballo. Que no es que se puedan comprar un equino después de arreglar el precio y un apretón de manos, no. La cosa es que la empresa Plaza 1, en su afán por apartar, desilusionar, defraudar y maltratar casi por igual a la plaza de Madrid, como al aficionado de Madrid, desde hace años decide que la segunda quincena de agosto sea para goce de los amantes del galope y toros desmochados. Pero vayamos con lo que toca, una corrida de El Torero, que era para los toreros, como dicen los modernos, pero lamentablemente los de luces no se han debido enterar, nadie les avisó. Que será que han llegado con el tiempo justo a la plaza y nadie les ha avisado. Que eso de toros para el torero ya es algo que hace que a algunos aficionados se les pongan los pelos de punta. Pero no se crean, que también los habrá que afirmen con toda la autoridad de la que ellos mismos se invisten, que eran toros de vacas. Los mismos que luego te vienen con lo de la variedad de encastes, de la importancia del primer tercio y que si a un borrico que cantó la gallina no lo ponen una tercera vez al penco, sueltan eso de que nos están robando el primer tercio. Que pueden ponerse a discutir con ellos de esto o de lo otro, que si no les das la razón te dirán que no tienes ni idea, que es muy posible, y que eso ha sido así de toda la vida de Dios, que es muy posible que no, pero no esperen coherencia; se iban a cansar esperando.

Lo de El Torero, procedencia Domecq, como casi todo, con mucha leña, correctamente presentados, sin alardes, pero que ya me gustaría que esto fuera la tónica habitual, además con mucha leña. Otra cosa es el comportamiento irregular de los animales. Los impares y el sexto han manseado en el caballo, cabeceando en el peto y alguno hasta queriéndose marchar de la pelea. Segundo y cuarto, hasta parecía que no rehuían la pelea, pero como sucedió al segundo, un jabonero, tuvo la mala suerte de que le tocara un partelomos de la acorazada montada. Mal picados, haciéndoles la carioca, tapándoles la salida, sin ponerlos jamás en suerte, sin cuidar ni terrenos, ni distancias, lo cual tampoco debía importar ni a los de luces, ni a sus partidarios, porque lo importante venía después, los trapazos muleteros.

Confirmaba la alternativa el mismo que encabezaba el cartel, Lama de Góngora, que ya de salida mostró su poca pericia capotera y la nula para llevar la lidia. Pero lo fetén era la muleta, y aquí viene lo de toros para el torero. En los medios, el animalito empezó a ir una y otra vez detrás del trapito que el espada movía aceleradamente, que por un instante hasta pareció que medio conducía la embestida, pero a esa aceleración y asomo del toreo ventajista con el pico, hubo que sumar el que acabara alborotado. Trapazos en línea con la muleta atravesada con la zurda, muy fuera y sin dominar por abajo el viaje. Más trapazos apelotonados y siempre a lo que el toro decidía. Bajonazo y fin de la cuestión, pero algunos pensando que a alguien se le había ido un toro de esos que tanto piden. Que si ya decimos que con ritmo y formal, les consiento que me lapiden en la plaza pública, pero es para que los modernos me entiendan, aunque servidor no entienda esta terminología. Había que echar el resto y en el cuarto salió a quemar las naves. A portagayola y el toro que salió por la derecha sin reparar en el caballero de luces. Más o menos salió del paso con una larga de rodillas, pero nada de en la puerta de la jaula. Nadie paraba al corretón que circulaba por el ruedo a su capricho. Y ya en el último tercio, quién corría era el espada. Trapazos trallaceros y sin parar quieto un momento, evidenciando que la incapacidad para sujetar y poder al toro. El animal se quería ir, que le había gustado eso de irse de gira. Una tanda medio sujetándolo, pero siempre con prisas, sin templar en ningún momento, citando desde muy fuera, sin que aquello lo arreglaran más trapazos con la zurda y por supuesto, mucho menos un bajonazo indecente.

El padrino del confirmante era Rafael Serna, quién también probó eso de la portagayola, que convirtió en un todos al suelo. Manteo rectificando en cada sacudida de capote, para continuar con una ineficaz lidia. Comenzó el trasteo rodilla en tierra para pasarlo por abajo, escupiendo al toro de la suerte. Trapazos demasiadas veces tropezados con la diestra, siempre con el pico y sin tan siquiera apuntar una idea de temple. Con la izquierda más atravesar el engaño y más enganchones entre carrera y carrera, evidenciando una absoluta falta de ideas para poder a aquel animal que como piden los modernos, se movía, aunque quizá no como se requería, que iba a su aire; claro, si nadie le enseñó, qué se esperaba. En el quinto, otra portagayola y otro cuerpo a tierra. Se dolió del castigo durante la lidia, pero era llegar al último tercio y de nuevo el milagro, iba y venía, sin que su matador fuera capaz de hacerse con él. Trapazos, enganchones y siguiendo el guión que mandaba el de El Torero, hasta acabar Serna aperreado de mala manera.

Y cerraba el cartel José Fernando Molina, que tiene una gran virtud, que con un toreo vulgar, tramposo y sin fundamente, aparenta que hace, lo que provoca el entusiasmo sobre todo de los partidarios, que acabaron jaleándole hasta los enganchones. Si eso no tiene mérito, ya me contarán. Que ni Anthony Blake emboba mejor a las masas. Con el capote siempre, en cada lance, enmendándose. Lidia nefasta, sin poder evitar que el toro vaya a su aire y acabe en el que guarda la puerta. Que lo importante era lo del final, la muleta. Trapazos retorcido tirando de pico y corriendo para recolocarse a cada pase. Mucho enganchón y otro que no podía hacerse con aquellas embestidas, siempre muy fuera, para acabar citando y moviéndose él en lugar de hacer que pasara el toro. Muy bailón y muy vulgar, aunque ya digo, a los partidarios les llenaba el ojo, aunque si demasiado entusiasmo. Al cornalón sexto le recibió primero a pies juntos y después con el compás abierto, pero siempre con el pasito atrás, pero para esos fieles, la apariencia era como si estuvieran viendo al mismísimo Curro Puya, con perdón. Pero oiga, que había que cortar algo, aunque fuera la respiración. Y como él creía que con una orejita le ponían en San Isidro, pues allá que se fue muleta en mano de rodilla, que me lo paso por el culo, que le tiro naturales echándolo para fuera, vulgar, pero efectista. En pie con la derecha, venga picazo y lo mismo por el izquierdo, venga enganchón que te crió, mano alta, más enganchones y el personal en mitad del delirio. Que eso de jalear los enganchones ya dice bastante de la concurrencia. Siempre fuera, poniéndose ya pesadito, que no veía el momento de parar aquel delirio talanquero. Pero el no ser tan eficaz con los aceros, hizo que el personal se enfriara y ni tan siquiera hubo la tradicional y populachera vuelta al ruedo en el sexto, cuando los tendidos casi se han vaciado. Una corrida propia de la modernidad, para que los de luces se hubieran explayado, pero nada, que no se enteraron y eso que lo de toros de El Torero ya era una pista.


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viernes, 15 de agosto de 2025

Mira papá, otro toro amarillo

 

Contaban los plumillas que lo de Vázquez, después Veragua, eran de una asombrosa variedad de capas; pues ahora parece que solo existe lo jabonero y si es un niño el que lo cuenta, solo hay toros amarillos.


Lo bueno de esto de la variedad de encastes es que como son de distintos colores, así es muy fácil saber de cuál es cada uno. Grises, de Adolfo y Victorino; amarillos de Veragua, todos amarillos; marrones de... de muchos ; y negros... negros... de Fuente Ymbro, ¿no? Y, ¿qué diferencia a unos de otros? ¿Solo el color? Pues quizá depende de a quién preguntes. Si vas a un aficionado, igual hasta te hace una disección clara y exhaustiva de lo que es cada color. Eso sí, si antes no le explota la cabeza al escuchar eso de separar los toros por colores, como si fueran fichas del parchís. Y si le pregunta usted a los novilleros de la víspera de la Paloma, o a sus mentores, lo más normal es que les respondan que todo es lo mismo, que esto va de dejarlos a su aire, sean del color que sean y luego, ¡hala! A pegar trapazos como si no hubiera un mañana. Y así pasa, que les echan una de Aurelio Hernando, sangre Veragua, según los escritos oficiales, y andan más perdidos que Pinocho en una serrería.

Seis de Aurelio Hernando, todos jaboneros, unos más claros y alguno jabonero sucio. Pero vamos, si los quieren llamar amarillos, jabonosos, enjabonados o como gusten, ya tampoco pasa nada, que si hoy en día llamamos toro a según que espécimen y toreo a según que práctica, tampoco vamos a ponernos exquisitos con los colores de las capas de los toros. Correctamente presentados, pero con poco dentro y lo poquito que había los actuantes tampoco sabían cómo y cuándo se les podía sacar. Mansearon en el caballo, dónde en ningún caso se les puso correctamente en suerte. El que no derrotaba con un pitón lo hacía con el otro o echaba la cara arriba descaradamente, cuando no tomaban las de Villadiego en el momento en el que no se les tapaba la salida o se les hacía la carioca. Malos comportamiento acrecentados por unas lidias nefastas, por un dejar a los animales a su aire, como si fuera miembros de la secta monoencastada al uso. Mal picados, con cuchilladas traseras, como una que casi le sirve al piquero para extirparle de un marronazo las piedras del riñón al de don Aurelio.

Con una pobrísima asistencia, aún había entusiastas aferrados al paisanaje que animosamente jaleaban los trapazos y enganchones como si fueran pinturas. Que dirán que por qué sabíamos que eran paisanos. Pues muy sencillo, porque en el trascurso del festejo anda cada uno a lo suyo y cuando llega el chico de la Filomena, venga a bienear al muchacho. Y al ver caer al animal, sea de un bajonazo o no, venga a sacar pañuelos con frenesí, sin que nadie más, aparte del paisanaje, secundaran su propuesta orejil. Álvaro Seseña no era la primera vez que se pasaba por Madrid, pero muy bien podía ser la última. Inoperante con el capote, inoperante en la lidia, A su primero, que buscaba amparo en las tablas constantemente, se lo sacó en el inicio del trasteo, para luego soltar su repertorio, trapazos de uno en uno muy en corto, venga a tirar de pico y una sosería malamente aguantable. Sin parar quieto un momento y como culmen de su arte, a citar dando el culo y metiendo el pico de la muleta como queriendo exagerarlo ¡Ay señor! Se ponen así y luego pretendemos que lidian cada encaste de acuerdo a lo que este sea. El cuarto, que notaba la puya entre protestas airadas, aguantó poco. El primero al menos tardó un poquito más en ponerse en modo burro descastado, pero a este le faltó tiempo para mostrar sus modos acemilares. Y el espada, pues a ver si alguien le iluminaba, porque no sabía por dónde meterle mano al bicho. Y tras mucho esfuerzo tan solo para cuadrarlo, todo lo arregló con un bajonazo, como en el que abría plaza.

Valentín Hoyos, otro que repetía, se encontró con un manso que tiraba derrotes al peto con saña. Le dejaron a su aire, quizá con la esperanza de que con la muleta iba a ser otra cosa, pero... fue lo mismo de siempre. Banderazos muy bien bailados, a merced del novillo, sin amagar jamás con bajar la mano, muleta exageradamente al bies, hasta que pronto lo que parecía un toro se transformó en la mula Francis. Que esta ha sido una tónica general. Que quizá los animales tenían arrancadas para dos tandas a lo sumo y no para ponerse exquisito al natural o con derechazos, quizá el darles por abajo, el poderles, a los seis, habría sido lo más recomendable, pero no, había que dejar claro que no se podía con este ganado y al final los mansos cambiaban los arreones por entradas de burro. En el quinto, Valentín Hoyos insistía en demostrar su escaso bagaje para estar en Madrid, como tantos, y su toreo trapacero sin parar quieto, siempre fuera, hasta encimista y con el pico le daban para muy poco. Cuchillada va y cuchillada viene con la espada, metisaca en los blandos y quizá se despedida de esta plaza al menos en un tiempo suficientemente prolongado.

Y el tercero, el más acompañado según las formas y actitudes de muchos, David López, que se presentaba, pero visto lo visto, parecía que le habíamos visto mil veces mil. Lo de todos, sin tan siquiera dejar atisbos de una personalidad que le distinga de esa legión de novilleros con poco garbo taurino. Ausente de la lidia ¡Novedad! El Aurelio echaba la cara arriba con desesperación en el peto, pero en el momento en que se le quiso citar por abajo con trallazos muleteros, se iba al suelo. No quedaba otra, debió pensar el debutante, que tirar de pico, piquero desde lejos, largar tela y empezar a ponerse encimista. Le sorprendió un par de veces por el pitón izquierdo, pero no pasaba nada, a pegar más derechazos, que de eso siempre hay. Y apareció el mulo después de no sé cuantas tandas de trapazos. Que mala forma de aburrir a una borrica. Que sí, borrica, pero hombre, se acorta el trasteo, porque esto es así y evitas ese mal trago al ganadero. Bajonazo tirando el trapo y, ¡oiga! Que todavía afloraron pañuelos blancos, como afloran las malas hierbas en un patio abandonado. Que hasta iba decidido a darse un garbeo por el ruedo, pero alguien le dijo, ¿dónde vas, Tomás? Y se frenó. Gracias al que le hizo ver la luz. Al sexto le costaba mantenerse en pie y a poquito que le exigían, al suelo, lo que no impidió que el ídolo de unos pocos se pusiera decididamente a liarse a trapazos, más al aire, que al novillo. Arrimón, que eso siempre calienta a la parroquia, pero el mal uso de la espada, tras pasar un ratito merodeando por allí, más un bajonazo, nos evitó el mal trago de la ya tradicional vuelta al ruedo en el sexto, cuando todo el personal se ha marchado, ¿todo? Todo no, se quedan los allegados y ahí viene la trampa, vuelta al ruedo para cuarenta y cuatro mal contados. Y al final, ni jaboneros, ni Veraguas, ni nada, que el crío tenía razón cuando le dijo a su progenitor, mira papá, otro toro amarillo.


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