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| Todo lo que se hace con verdad y con el toro de verdad, no sé si será divertido, pero interesante y valorable, desde luego. Otra cosa es que haya muchos capaces de hacerlo |
Parece algo inamovible eso de que el triunfalismo, moda tan
extendida por nuestras plazas, es garantía de diversión y que además constituye
un derecho irrenunciable de las mayorías. ¡Caramba! Mucha tela, ¿no? Parece
como si hubiera un decreto por ahí que dice que no se puede perturbar, ni
hurtar la diversión a las mayorías, ni mucho menos contradecir las decisiones
que las masas toman como un ente uniforme. Es que a medida que avanzo, más
miedo me da esta cuestión y menos llego a comprenderla, porque claro, estos
razonamientos expuestos de forma tan categórica lo mismo por un periodista o un
comentarista delante de un micrófono, eso de la soberanía del público, lo mismo
en el calor de las emociones de una tarde de toros, que tranquila y
sosegadamente durante la grabación de un programa, no tienen ni un pase.
Pongámonos en una situación que desafortunadamente puede
darse en cualquier momento. De repente llega la mayoría que no le gusta esto de
los toros, que piensa que es un resto de barbarie primitiva y que no es moral
eso de “divertirse viendo cómo se maltrata a un animal” y de la noche a la
mañana deciden de forma soberana, prohibir las corridas de toros y encarcelar a
todos los que han practicado de una forma o de otra esta actividad. ¿Lo verían
justo? Aparte de que les pareciera una aberración y se desgañitaran llamando
ignorantes a los impulsores de tales medidas. Pues según sus razonamientos,
está perfectamente motivado y además de forma irrefutable. Absurdo, ¿verdad?
Entonces, ¿por qué se afanan en aplicar el mismo patrón a los que simplemente
defienden una norma establecida y recogida en el reglamento taurino en cuanto a
concesión de trofeos, indultos y demás? Mala cosa es cuándo alguien se siente
fuerte por pertenecer a una supuesta y ruidosa mayoría y decide aplastar sin
miramientos a los que consideran minoría y por ello más débiles. Líbrenos la
providencia de las mayorías ciegas y de las minorías amordazadas.
Pero hay valores en nuestra sociedad que si se aíslan y se
desvinculan de la razón, la justicia y la igualdad, pueden convertirse en
pseudovalores con su esencia pervertida, dirigidos justamente a lo contrario
que en un origen se esperaba. En eso no s encontramos con el argumento en
cuestión, el de las mayorías. Estas pueden decidir sobre la elección de sus
representantes o sobre la aprobación de leyes, por poner dos ejemplos, pero
nunca pueden ser los que dictaminen si una ley o un reglamento, como es el caso
taurino, debe ignorarse según su capricho y mucho menos por diversión y para
conseguir un mayor divertimento. Pero como nos escudamos en lo de la mayoría…
Un linchamiento a las normas en toda regla y lo que es peor, con un responsable
en hacerlas cumplir que se convierte en cómplice necesario y decisivo. Pero,
¿quién sale beneficiado de todo esto? Suele ser frecuente que los que se
amparan en esas mayorías, los que no quieren que la norma les ate, los que
quieren imponer sus caprichos a la legalidad, aparte de unos expertos
manipuladores, es muy posible que sea unos mediocres consumados.
Pongámonos en situación. Si por una de esas casualidades de
la vida a los presidentes y demás autoridades les diera por hacer cumplir el
reglamento y además explicaran motivadamente el por qué de sus decisiones, de
no conceder orejas, de no regalar indultos, de permitir que se simule la suerte
de varas y demás, ¿quién quedaría en entredicho? Pues los mediocres incapaces
ante el toro, los que no saben más que trapacear en lugar de torear, los que
acribillan vilmente por la espalda al toro al ejecutar la suerte suprema, los
que crían animalejos para que esos mismos mediocres se los maten año tras año,
los que tienen enganchados a toreros, ganaderos y medios de comunicación y
algún colaborador más que les orbita a ver si cae algo. Si estos son los que
tendrían que irse para su casa. El cambio se produciría por incomparecencia de
los aludidos. Los mismos que nos quieren hacer creer que los despojos a
mansalva y los indultos atraen más público a las plazas, sin importarle que
esto sería pan para hoy y hambre para mañana. ¿Ustedes creen que si todo
volviera a una mínima normalidad no habría también triunfos, orejas y
entusiasmo? Por supuesto que sí, pero lo que cambiaría serían los nombres, sin
lugar a dudas, pues estos que nos atormentan no podrían aguantar el tirón y
quizá los que crían los semitoros verían como las ventas de sus “productos”
caerían en picado; ¿cabe algo más feo que llamar “producto” a un toro de lidia?
Los señores empresarios igual tendrían que contratar y pagar y bien pagados, a
los que sí pudieran con el toro íntegro. Si hasta se le ha escapado a un agente
fundamental de este sistema eso de que los figurines actuales no soportarían
siete embestidas con fiereza de un toro con casta y trapío. Será que se ven tan
crecidos, tan sobrados y tan dominadores de esto, que hasta se permiten estos
deslices, aunque solo sea para agradar a su auditorio. Lo mismo este, que sus
colegas de esta banda del taurinismo presente tendrían que adaptarse a lo que
siempre ha sido esto. Bien es verdad que la maquinaria propagandística no deja
de funcionar y no cesan de inventarse mentiras que a fuerza de repetirlas y
repetirlas, siempre encuentra quién se las crea ¡Qué cosas! Justamente, esa
mayoría, que si los triunfos atraen más público, que si la mayoría manda, que
si lo que la gente quiere son faenas eternas llenas de trapazos o que el
triunfalismo es aval de pasarlo en grande. Lo que sí está claro es que cada vez
encontramos más respuestas a la pregunta de: ¿A quién beneficia ese divertido
triunfalismo?
Enlace programa Tendido de Sol del 2 de abril de 2017:
