Pepín Martín Vázquez, la torería y la gracia de la escuela sevillanaMurió Pepín Martín Vázquez. Un torero único que representó en si mismo tal cantidad de valores y virtudes taurinas que le valieron en su momento ser un referente del aficionado y que el paso del tiempo nunca logró borrar. Hace tiempo ya conté los recuerdos que mis mayores me transmitieron y la fascinación y admiración con que hablaban de él. Yo aparte de estos recuerdos, los que me legó principalmente mi padre, solo conocí a este maestro a través del cine en Currito de la Cruz. Por norma las películas de toros no han sido muy generosas con el toreo; será porque los toros no admiten trucos de rodaje, pero afortunadamente en esta cinta el director decidió intercalar imágenes reales de corridas en las que actuó Pepín Martín Vázquez. ¡Caramba qué sorpresa! ¡Qué forma de torear!
Pero no voy a insistir en su toreo, solo me repetiría y no aportaría nada nuevo. Además, lo mejor es cogerse la película, sentarse cómodamente y disponerse a disfrutar sin más, dando el pecho y cargando la suerte. Una vez superada la primera impresión de la noticia y después de unos días madurando la entrada, quiero expresar mi decepción por el silencio con que los medios de comunicación han cubierto la noticia. Ni una simple referencia al hecho. No voy a pedir que hubieran interrumpido la emisión, pero qué menos que mencionarlo y ya mañana detenerse un poco más y explicar a las nuevas generaciones quién fue y recordar a los aficionados con más experiencia lo que les hizo vivir en los ruedos. Solo ABC, que aún cree en los toros y poco más, una columnita en el País y seguro que algún periódico más, pero ni las radios, ni las televisiones se dignaron mirar hacia la historia de la tauromaquia, hacia nuestra cultura.
Me parece perfecto que los toros no sea un espectáculo de masas seguido por todo el país como si no hubiera otra cosa en el mundo; eso es imposible, pues no todos los mortales gozan de la suficiente sensibilidad para disfrutar de este fenómeno cultural, pero lo que no se puede hacer es ignorar un hecho como este. Yo no pido que los periodistas redactores de los informativos sepan de toros, pero lo que sí deben saber es valorar la importancia de cada noticia. No es para que abra el telediario, pero tampoco es para silenciarlo. Ya está bien de prejuicios estúpidos llenos de ignorancia y prepotencia juvenil del que desprecia todo lo que desconoce o que piensa que en el pasado todo el mundo era un estúpido, sin pensar que pueda haber otras intenciones menos confesables; dejémoslo solo en ignorancia, que ya me parece ser demasiado benévolo.
Pepín Martín Vázquez no salía en facebook, ni tan siquiera en Youtube, esto último por decisión de los dueños de los derechos de la película, pero a pesar de muchos, existió y fue una figura en una España en la que se vivía el toreo de una forma más intensa que en la actualidad. Pero no voy a echar la culpa a los no aficionados a los toros, para los que un hierro es algo duro y un torero un personaje pintoresco, chulesco y con unas poses antinaturales más propias de una opereta del XIX. Pero ¿qué se preocupa el mundo de los toros por conservar y cuidar su historia? Solo hay que buscar la casa de Lagartijo en Córdoba, o lo que queda de Pino Montano en Sevilla o lo que se conoce la labor de Sánchez Mejías y su decisiva aportación a la cultura, entre otros méritos el de impulsar la generación del 27, para comprobar que los culpables están muy cerca de nosotros.
Y si a todo esto unimos el déficit en el respeto de las nuevas generaciones por los viejos maestros, ¿qué podemos esperar? En un tiempo en que se más de toros que nunca, se ven películas de toros que nunca y se filosofa de toros aunque sea para no estar callado; hay muchos que a todo lo más que se apartan del presente es hasta llegar a Espartaco, Paquirri, los menos Dámaso González y repiten como loros y sin saber de qué hablan los nombres de Antonio Ordóñez y El Cordobés, como si tuvieran algo que ver. Pero eso no es un delito, ni una falta, porque nadie nacemos enseñados, lo malo es cuando nos quieren dar sopas con onda a los demás, incluso escribiendo libros y despreciando el fenómeno cultural que encierra la historia del toreo; una historia que se ha escrito con toreros como Pepín Martín Vázquez y con los aficionados que lo único que pretendían era ir a los toros y emocionarse, sin pensar en que estaban haciendo algo importante, porque para ellos el ir al plaza era un hecho común y cotidiano y no un motivo de lucimiento en los tendidos, o al menos no tanto como ahora. Pero ahora los que se llenan la boca de cultura son los que pisotean nuestra propia cultura, pretendiendo construir un nuevo sucedáneo de ésta para que se aproveche Dios sabe quién.
Volvemos a uno de nuestros pecados capitales, que no enseñamos la fiesta como es, como rito, como hecho cultural nacido desde la naturalidad y nos empeñamos en convertirlo en un mero acto social con una escala de valores absolutamente enloquecida. La emoción y la pasión han pasado a ser una utopía que nunca existió, para entronizar al aburrimiento y la vulgaridad como parte esencial y omnipresente del espectáculo. Pero luego no dudaremos en echarle las culpas al de enfrente, mientras exhibimos ese soberbio desprecio a nuestra cultura. Pepín Martín Vázquez, matador de toros, D.E.P.
