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| A veces, antes de tirarse a la piscina hay que ver si hay agua. |
Que levante la mano quién nunca ha escuchado la expresión
¡baja tú! en una plaza de toros. ¿A ver? Parece que por allí al fondo un
elegante y distinguido señor levanta la mano. ¡Ah no! No señor, la subasta de
arte es en la sala de enfrente. Bueno, pues aparte del despistado, no hay nadie
que levante el brazo. Lógico, esta es la más eficaz de las armas de destrucción
masiva de los taurinos y los aspirantes a serlo. A nada que uno protesta,
aunque sea porque le han pisado el callo, ya está ¡baja tú! Qué regañas al niño
por echarse el yogur por encima, ¡baja tú! Sea lo que sea, todo se cierra con
la misma sentencia. Y se quedan tan contentos, porque saben que nadie te va a
dejar bajar al ruedo a poner en evidencia a los artistas del momento. Se ven
fuertes y creen que de esa forma le están prestando un gran servicio a su ídolo.
Pero… ¿realmente están siendo de ayuda para tal divinidad?
La frasecita en cuestión suele ir acompañada de unos
elementos fijos, la mala actuación de un coletudo y el conflicto de pareceres
entre el benévolo fiel del maestro y el aficionado que al que no le une nada
con este, ni familiaridad, ni vecindad, ni paisanaje, ni atracción física, ni
mucho menos afinidad en la forma de entender eso del toreo, de lo que es el
trapío del toro o de lo que es la casta, el valor y la integridad de la Fiesta.
Pero esto último no es tan fácil de digerir y la conclusión que sacan los de la
acera de enfrente, es que esos disidentes no se enteran de lo que están viendo,
ni captan el peligro que supone plantarse delante de un mojicón con cuernos y
ponerse a hacer las primeras quince posturas del Taurosutra, contorsiones y
retorcimientos sólo aptas para el hombre de goma y las figuras de la
Tauromaquia 2.0.
Qué diferente es el mundo del toro, un señor sale a jugarse
la vida y a crear puro arte, pero no se lo parece a todo el mundo, es más hay
algunos que lo ponen seriamente en duda, ¿qué digo en duda? Que tienen la
sensación de que les están tomando el pelo, estafando y exigiéndoles que se
conviertan en cómplices de tal fraude. Yo entiendo que hay actividades en las
que uno se crea que él mismo puede hacer lo que está viendo realizar a otro.
Vas a un restaurante, te ponen un chuletón carbonizado y protestas,
lógicamente, porque tú lo harías mejor. Llega un albañil y te alicata el baño
con los azulejos torcidos, irregulares y tan sueltos que se despegan con la
brisa de un abanico y si tú no sabes hacerlo bien, al menos tu cuñado, el
vecino o el marido de tu amante te lo dejarían que niquelado. Son actividades
normales, cotidianas, que no estremecen por lo artístico o arriesgado de su
ejecución, aunque sí del resultado. Un médico no tiene que ser un artista
curando una enfermedad, basta con eliminar el padecimiento al paciente, o un
piloto de avión, que no hace falta que te lleve a Barcelona haciendo looping,
ni tirabuzones, basta con que te lleve sin sobresaltos.
Pero hay otras actividades, que no me atrevo a llamar
profesiones, que simplemente con ver a alguien en acción ya te deslumbran, te
entran por los ojos y te estremecen, sin que tan si quiera seas capaz de pensar
que tú podrías hacer eso mismo con solo ponerte a ello, ni tan siquiera en los
casos en que estos cometen un error que mande al traste todo su trabajo. Es más,
puede que esa práctica sea de lo más normal y extendida en el mundo, pero no la
forma en que ellos la llevan a cabo. Millones de personas se ponen al volante
de un coche o una moto, pero nadie con dos dedos de frente cree que puede hacer
lo mismo que Fernando Alonso o Lorenzo, ni cuando tienen un accidente en la
pista. Nadie duda de lo lejos que está de la normalidad ser acróbata en el
circo, funanbulista, astronauta, corredor de 100 metros lisos, saltador de
pértiga, escultor, pintor, piloto de caza, saltador de trampolín, gimnasta o lo
que mejor le venga a cada uno. Y eso que todos corremos, nos tiramos desde un
trampolín, hacemos garabatos con un lápiz, modelamos monigotes en plastilina,
hacemos equilibrios por el bordillo de la acera o nos subimos en la noria un
día de feria. Entonces… ¿Por qué nadie dice baja tú? ¿Por qué los que realizan
tales actividades no tienen que empezar justificándose explicando lo difícil
que es su disciplina? ¿Por qué nadie duda del valor y cualidades
extraordinarias de estos hombres? ¿Será porque la evidencia del peligro, la
extrema habilidad, la sensibilidad y la dificultad traspasan la vista y te
llega tan dentro que te estremece? Es más, hasta se escucha eso de “hace dos
trazos y ya ves el dibujo”, “van a 300 por hora y parece que van a 50”, “gana
los cien metros y parece que se va paseando”.
¿Qué es lo que falla en el toro? Continuamente nos quieren
convencer de lo difícil que es torear, que lo es, pero mucho menos si se torean
los mojicones con cuernos y si además los artistas se toman todas las ventajas
posibles sin sonrojarse al poner en práctica todas las trampas conocidas; es
más, a veces hasta las exageran, pensando que están creando una obra maestra.
Nadie pone en duda en valor y pericia de los pilotos de fórmula uno, pero sí
son legión los que no perciben emoción alguna al contemplar el toreo de hoy,
esa evolución meteórica hacia la degradación y que para los “profesionales” aún
no es suficiente. Es más, a estos todo les parece poco, o están inmersos en una
tremenda burbuja de ignorancia y egolatría que no les permite percibir la
realidad o son unos sinvergüenzas a los que no les importa destrozar todo esto,
con tal de asegurarse un buen botín. Están oyendo todo el día sus grandezas en
el ruedo y fuera de él y cuando hay alguna voz discordante piensan que es la de
uno que se ha vuelto loco o de un envidioso que no puede soportar su éxito como
toreadores, que no toreros. Les hacen creer que el toro no está hecho para
ellos, que han alcanzado tal grado de divinidad que les impide ser matadores de
toros. Eso de lidiar ganaderías encastadas lo dejan para esos pobres mortales
que quieren ganar algo vestidos de luces, pero no para ellos, ellos están en la
primerísima división de la Fiesta. Se codean con señores con pasta que tienen
una ganadería de mojicones con cuernos, que son los que se encuentran en los
ruedos, conocen empresarios, modelos, gente del corazón, posan para modistos y
además siempre tienen un adulador a mano que les levante la moral. Qué pena,
pobres, tanto lujo, tanto dinero, tanto privilegio y no tienen a nadie que les
pueda decir la verdad, cómo son las cosas y como deberían ser.
Ellos viven el miedo, lógicamente, lo sufren y no entienden
como no todo el mundo se compadece de ellos y como no entienden lo mal que lo
pasan ante ese toro. Si la cosa no se mide en cuanto al miedo y dificultades
que uno pasa, más bien la cuestión es que el torero no aparente pasar miedo, ni
que tiene dificultades, ni si se ve superado por la situación, no, todo lo
contrario, él debe hacer creer que está tranquilo, sereno, sin asomo de miedo y
capaz de comerse el mundo en ese momento. Eso sí, entonces el miedo, la
tensión, la emoción, debe estar en los tendidos, en el público, en que este vea
que lo que está viendo es algo extraordinario, algo fuera de todo límite, un
imposible para todo nacido de mujer, menos para ese señor vestido de luces, el
torero, que puede estar mal, bien o regular, pero hace algo de lo que sólo él
es capaz. Señores del toro piensen que al final, cuando no llega la emoción al
espectador y hay que convencerlo “El baja tú descubre la vulgaridad”.
