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martes, 12 de noviembre de 2013

El baja tú se puede volver en contra

A veces, antes de tirarse a la piscina hay que ver si hay agua.

Que levante la mano quién nunca ha escuchado la expresión ¡baja tú! en una plaza de toros. ¿A ver? Parece que por allí al fondo un elegante y distinguido señor levanta la mano. ¡Ah no! No señor, la subasta de arte es en la sala de enfrente. Bueno, pues aparte del despistado, no hay nadie que levante el brazo. Lógico, esta es la más eficaz de las armas de destrucción masiva de los taurinos y los aspirantes a serlo. A nada que uno protesta, aunque sea porque le han pisado el callo, ya está ¡baja tú! Qué regañas al niño por echarse el yogur por encima, ¡baja tú! Sea lo que sea, todo se cierra con la misma sentencia. Y se quedan tan contentos, porque saben que nadie te va a dejar bajar al ruedo a poner en evidencia a los artistas del momento. Se ven fuertes y creen que de esa forma le están prestando un gran servicio a su ídolo. Pero… ¿realmente están siendo de ayuda para tal divinidad?

La frasecita en cuestión suele ir acompañada de unos elementos fijos, la mala actuación de un coletudo y el conflicto de pareceres entre el benévolo fiel del maestro y el aficionado que al que no le une nada con este, ni familiaridad, ni vecindad, ni paisanaje, ni atracción física, ni mucho menos afinidad en la forma de entender eso del toreo, de lo que es el trapío del toro o de lo que es la casta, el valor y la integridad de la Fiesta. Pero esto último no es tan fácil de digerir y la conclusión que sacan los de la acera de enfrente, es que esos disidentes no se enteran de lo que están viendo, ni captan el peligro que supone plantarse delante de un mojicón con cuernos y ponerse a hacer las primeras quince posturas del Taurosutra, contorsiones y retorcimientos sólo aptas para el hombre de goma y las figuras de la Tauromaquia 2.0.

Qué diferente es el mundo del toro, un señor sale a jugarse la vida y a crear puro arte, pero no se lo parece a todo el mundo, es más hay algunos que lo ponen seriamente en duda, ¿qué digo en duda? Que tienen la sensación de que les están tomando el pelo, estafando y exigiéndoles que se conviertan en cómplices de tal fraude. Yo entiendo que hay actividades en las que uno se crea que él mismo puede hacer lo que está viendo realizar a otro. Vas a un restaurante, te ponen un chuletón carbonizado y protestas, lógicamente, porque tú lo harías mejor. Llega un albañil y te alicata el baño con los azulejos torcidos, irregulares y tan sueltos que se despegan con la brisa de un abanico y si tú no sabes hacerlo bien, al menos tu cuñado, el vecino o el marido de tu amante te lo dejarían que niquelado. Son actividades normales, cotidianas, que no estremecen por lo artístico o arriesgado de su ejecución, aunque sí del resultado. Un médico no tiene que ser un artista curando una enfermedad, basta con eliminar el padecimiento al paciente, o un piloto de avión, que no hace falta que te lleve a Barcelona haciendo looping, ni tirabuzones, basta con que te lleve sin sobresaltos.

Pero hay otras actividades, que no me atrevo a llamar profesiones, que simplemente con ver a alguien en acción ya te deslumbran, te entran por los ojos y te estremecen, sin que tan si quiera seas capaz de pensar que tú podrías hacer eso mismo con solo ponerte a ello, ni tan siquiera en los casos en que estos cometen un error que mande al traste todo su trabajo. Es más, puede que esa práctica sea de lo más normal y extendida en el mundo, pero no la forma en que ellos la llevan a cabo. Millones de personas se ponen al volante de un coche o una moto, pero nadie con dos dedos de frente cree que puede hacer lo mismo que Fernando Alonso o Lorenzo, ni cuando tienen un accidente en la pista. Nadie duda de lo lejos que está de la normalidad ser acróbata en el circo, funanbulista, astronauta, corredor de 100 metros lisos, saltador de pértiga, escultor, pintor, piloto de caza, saltador de trampolín, gimnasta o lo que mejor le venga a cada uno. Y eso que todos corremos, nos tiramos desde un trampolín, hacemos garabatos con un lápiz, modelamos monigotes en plastilina, hacemos equilibrios por el bordillo de la acera o nos subimos en la noria un día de feria. Entonces… ¿Por qué nadie dice baja tú? ¿Por qué los que realizan tales actividades no tienen que empezar justificándose explicando lo difícil que es su disciplina? ¿Por qué nadie duda del valor y cualidades extraordinarias de estos hombres? ¿Será porque la evidencia del peligro, la extrema habilidad, la sensibilidad y la dificultad traspasan la vista y te llega tan dentro que te estremece? Es más, hasta se escucha eso de “hace dos trazos y ya ves el dibujo”, “van a 300 por hora y parece que van a 50”, “gana los cien metros y parece que se va paseando”. 

¿Qué es lo que falla en el toro? Continuamente nos quieren convencer de lo difícil que es torear, que lo es, pero mucho menos si se torean los mojicones con cuernos y si además los artistas se toman todas las ventajas posibles sin sonrojarse al poner en práctica todas las trampas conocidas; es más, a veces hasta las exageran, pensando que están creando una obra maestra. Nadie pone en duda en valor y pericia de los pilotos de fórmula uno, pero sí son legión los que no perciben emoción alguna al contemplar el toreo de hoy, esa evolución meteórica hacia la degradación y que para los “profesionales” aún no es suficiente. Es más, a estos todo les parece poco, o están inmersos en una tremenda burbuja de ignorancia y egolatría que no les permite percibir la realidad o son unos sinvergüenzas a los que no les importa destrozar todo esto, con tal de asegurarse un buen botín. Están oyendo todo el día sus grandezas en el ruedo y fuera de él y cuando hay alguna voz discordante piensan que es la de uno que se ha vuelto loco o de un envidioso que no puede soportar su éxito como toreadores, que no toreros. Les hacen creer que el toro no está hecho para ellos, que han alcanzado tal grado de divinidad que les impide ser matadores de toros. Eso de lidiar ganaderías encastadas lo dejan para esos pobres mortales que quieren ganar algo vestidos de luces, pero no para ellos, ellos están en la primerísima división de la Fiesta. Se codean con señores con pasta que tienen una ganadería de mojicones con cuernos, que son los que se encuentran en los ruedos, conocen empresarios, modelos, gente del corazón, posan para modistos y además siempre tienen un adulador a mano que les levante la moral. Qué pena, pobres, tanto lujo, tanto dinero, tanto privilegio y no tienen a nadie que les pueda decir la verdad, cómo son las cosas y como deberían ser.


Ellos viven el miedo, lógicamente, lo sufren y no entienden como no todo el mundo se compadece de ellos y como no entienden lo mal que lo pasan ante ese toro. Si la cosa no se mide en cuanto al miedo y dificultades que uno pasa, más bien la cuestión es que el torero no aparente pasar miedo, ni que tiene dificultades, ni si se ve superado por la situación, no, todo lo contrario, él debe hacer creer que está tranquilo, sereno, sin asomo de miedo y capaz de comerse el mundo en ese momento. Eso sí, entonces el miedo, la tensión, la emoción, debe estar en los tendidos, en el público, en que este vea que lo que está viendo es algo extraordinario, algo fuera de todo límite, un imposible para todo nacido de mujer, menos para ese señor vestido de luces, el torero, que puede estar mal, bien o regular, pero hace algo de lo que sólo él es capaz. Señores del toro piensen que al final, cuando no llega la emoción al espectador y hay que convencerlo “El baja tú descubre la vulgaridad”.