¡Qué injustos somos! Llevo días leyendo lo de las colas para renovar el abono en las taquillas de las Ventas, que si horas de espera, que si colas interminables, que si maltrato. Si es que nada nos parece bien. Allá que me fui a por el taco de entradas, me despedí de mi mujer, de los hijos, subí a decirle adiós al vecino de arriba y a agradecerle su presencia y las consecuencias que el de abajo tiene que padecer estoicamente.Allí me planté bastante antes de la apertura de ese ventanuco que te obliga a inclinarte, como si le estuvieras haciendo una reverencia permanente al expendedor de entradas, parapetado detrás del muro y al que casi no se le oye, pero más bien por culpa de la falta de agudeza auditiva del personal que del operario de Taurodelta. Pero para llegar a esto hay que ser paciente y manso “¡Compro abonos sueltos!” Para mí ha sido una verdadera satisfacción estar en esa cola formada por verdaderos aficionados, quitando algunos que cuando ya llegaban a la ventanilla se han marchado y han dejado su puesto a un señor elegante y pulcramente vestido, con unos ademanes de caballero español “¿Sobran entradas? ¡Compro entradas y abonos sueltos!
El rato, que ahora no puedo precisar, que he estado en la cola me he sentido rejuvenecer. Yo, que llegué a ver torear en esta misma plaza a El Viti, hace más de treinta años y casi podía ser el hijo de casi todos. Tanta gente y, quitando un “chavalín” de unos treinta y tantos, yo era el más joven de todos. Si ya lo dicen mis amistades, estoy hecho un chaval. Que no digo yo que a la afición a los toros se les estén clareando las sienes, que sí, más bien será que los jóvenes no saben de las satisfacciones que da hacer cola de una hora u hora y medioa frente a la plaza de toros. “¡Compro entradas y abonos sueltos!”
Otra de las ventajas de la espera es que San Isidro nos iguala a todos, lo mismo se ve a un matador de toros retirado que aprovecha que hay un conocido unos puestos más adelante para irse a hacerle compañía y a aliviarle la espera, que se te plantan dos tallos rubios y de piel sonrosada por las noches blancas del norte de Europa, preguntando si hay “show” y “at what time the show? Y como la fila humaniza mucho siempre hay quien le aclara elevando la voz “aquí solo para abonados”. Hasta ahí podíamos llegar, que cualquiera se pudiera poner en la fila por las buenas y pasar el buen rato con que la empresa de Madrid nos obsequia una vez al año a lo grande y otra en otoño, pero a menor escala. A veces te mojas, otras te amodorras al sol y otras te pasmas de frío “¿Sobra algún abono?”
La tensión y la emoción se hacen más palpables en el ambiente cuanto más próximos estamos a la ventanilla. ¿Veis como todo llega? Hora y pico después ya hasta se les adivina la cara a los taquilleros, incluso se llega a ver a los que se dedican a deambular por detrás de ellos, sin hacer nada aparente, aunque seguro que están trabajando en beneficio del aficionado. “¡Es señor se ha colado, oiga!” “¡A esperar como todos!” Y siempre te encuentras con el que se quiere perder el placer de compartir espacio con buenos aficionados, pero que se salen por donde pueden con eso de “solo iba a preguntar una cosa” o “solo iba a pedir un cartel”. Pero siempre está presto al quite el “segurata”, quien cierra la cuestión volviéndose al público y diciéndole en voz alta: solo iba a preguntar una cosa” o “solo iba a pedir un cartel”. ¡Ah bueno! “¡Compro abonos sueltos!”
Apartarse que va a pasar un grupo de turistas, mira, esos deben de ser de un colegio de por ahí fuera. Pero no hay que despistarse, porque en cualquier momento el “segurata” te puede mirar fijamente y se puede dirigir a ti para decirte eso de: “El siguiente” y al señalarte con su índice parece que te engancha con un cordel invisible y dirige tus pasos hacia la ventanilla libre. Y ¡pobre de ti como no estés ojo avizor! Como la concurrencia se percate de que no respondes a la señal, inmediatamente te está reprendiendo, ¡qué le toca! ¡Señor, qué va usted! o un escueto ¡Oiga!
Y allí estás tú inclinado, dando voces y pegando la oreja al cristal, mientras desparramas tu tarjeta de abono, el carnet de identidad, la fe de vida, el seguro del coche, la ITV, la cartilla de la seguridad social y una montonada de billetes que te salen del alma, para pagar la certeza de que durante mil tardes solo vas a ver vulgaridad, más vulgaridad y más vulgaridad aún. Y como puedes te pones a un ladito, a ver si puedes comprobar que van todas las entradas, intentas meter la nueva tarjeta en la funda de plástico que te dieron hace años, recoges el cambio, el DNI que intentas guardar en la cartera y, además, aguantando al plasta de turno de “¿Le sobra un abono?” “Compro entradas sueltas, compro las de los caballos”. ¡Qué no, no y no! A ver si después de aguantar estas colas de muerte no me voy a dar el gustazo de tragarme, un año más, toda la feria como un bendito y, además, ¡Estoy harto de esperar tanta cola!