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lunes, 14 de septiembre de 2026

El toro sorprende y los de luces... ya ni pueden decepcionar

Y esos toros pensando a ver quién les va a trapacear, quién les ha tocado en mala suerte. Venga a derrochar embestidas, para que un caballero le largue tela sin garbo.


Los más viejos igual recordarán aquello de la maldición de la gitana: “ojalá te salga un toro bueno”. También los había, tiempo ha, que juzgaban la labor de los de luces de acuerdo a las condiciones de lo que tenían delante. Pero todo esto ya no vale, hay que olvidarlo, ¿no? Pues que pierda la memoria el que quiera, pero uno intenta mantenerla, aunque para ello tenga que atiborrarme a rabos de pasa. Y los desmemoriados o los que nunca conocieron de estas cosas de gente mayor, ven toreo en no poder con un toro, ven arte en la trampa, ven poder en no parar quieto y bailar más que un sobrepasado en un after. La cosa es ensalzar al torero y soltar los ¡Bieeeejnnn! Que nos salgan de ahí mismo. Que qué será lo que a esos entusiastas les hace jalear hasta los enganchones. Que no entremos en que si el pico, que si el trallazo o el ventanazo retorciéndose, que con que nos quedemos con los enganchones ya tenemos tema para poner peros a los que ellos perciben como genios de la tauromaquia. Que igual lo son, que no digo yo que no, pero desde luego lo que no son, ni de lejos, medianamente interesantes para el toreo. Que lo dela tauromaquia parece admitir lo ya comentado y exige que si eres paisano o amigo, tengas que mostrar no admiración, verdadera devoción. Si hasta música han pedido. Y ya saben, pedid y se os concederá; y la música ha llegado en forma de avisos, así, como si fuera el vals del segundo. Pero no, a los caballeros no les ha debido parecer bien. Pero siéntense, que esto da para más. Que ya puestos a hacer vergüenzas, los amigos, conocidos o lo que sean, no dudan no solo en hacer que el incapaz se de un giro por el ruedo, sino que encima se ofuscan contra los que opinan muy diferente. Damas y caballeros, es que no todos tenemos amigos toreros a los que ponen para rellenar una tarde de septiembre en Madrid.

Que empezaba la tarde con toros de Valdellán y Juan Luis Fraile y más de uno acudiendo a la plaza con un “verás tú” en la cabeza. Que no digo que lo de Valdellán no se espere siempre, pero lo de Juan Luis Fraile despertaba cierta desconfianza. Pues para que nos vayamos enterando, si no es por el ganado, alguno dudaría entre cortarse las venas o dejárselas largas. Que a la salida todo el mundo comentaba la grata sorpresa de lo de Valdellán y Juan Luis. Pero... siempre hay un pero, la terna actuante... quizá era para refrescar la memoria de los habituales a esta plaza, ni mucho menos de los afines a los toreros. Tres toreros que desde hace tiempo ya no decían nada y... A Pérez Mota parece que nos lo ponen para que no se nos olvide su plomiza incapacidad. Alberto Lamelas, confirmando que lo de hace ya demasiados años parece que fue un espejismo y que su normalidad es el no poder con los toros, ni tener el más mínimo sentido de lo que es lidiar, aunque esto es común a esta terna y a mil que se nos puedan ocurrir. Y José Carlos Venegas, pues dejándose ir dos dulces que exigían toreo y no trapaceo. Pero él a lo suyo, a poner poses y trampear como Dios le dé a entender, con más trampas que Daniel Boon (famoso trampero del far west americano)

Como es habitual, se ha picado penosamente, lo mismo en la paletilla dirección a la pezuña, que más allá de mitad del lomo; imaginen todas las posibilidades para acuchillar a un toro, sin que ninguna de las opciones sea en lo alto del morrillo. Eso sí, como los picadores no tienen padre, ni madre, ni parientes, ni paisanos, se les pueden decir todas las barbaridades que a uno se le pasen por la cabeza en un momento de ofuscación transitoria. Que no sé que iba a ser de esto si no hubiera picas a los que mentarle lo más sagrado. Eso sí, pocos caen en la cuenta de que quien le paga es... y el que le paga es que el que manda, el que da las órdenes y curiosamente suele ser el mismo que no pone los toros en suerte con un mínimo de cuidado y los mismos que no acuden a sacarlo de debajo del peto cuando el de aúpa está zurrando al animal, que uno no sabe como no les falta el riego en el brazo a algunos partelomos que visten de oro. Si vamos por hierros, el primer Valdellán peleó con fijeza, aunque le costara un mundo decidirse a ir al peto. El segundo, tercero de la tarde, fue sustituido por un sobrero del Montecillo que no quería cuentas con el tío del palo. Queriéndose ir en todo momento, escarbando, para acabar yendo el caballo al toro y no al revés. Y el tercero, que hizo quinto, se acercaba al caballo andandito, sin convencimiento, para que no se le picara, aunque el picotazo casi al final del lomo, se lo llevó. Y de los de Juan Luis Fraile, el primero, segundo de la tarde, muy suelto, sin humillar y sin codicia, para acabar en el que hacía la puerta. El segundo, q7ue salió cuarto, medio cumplió en la primera vara y en la segunda, desde lejos, volvió simplemente a cumplir. Y el tercero de Fraile, el que cerraba plaza, tras un primer puyazo sin más y después de pensárselo mucho, en el segundo encuentro hasta empujó con ganas. Pero en la muleta la cosa fue bien diferente, aunque no me gustaría que olvidáramos lo sucedido en estos primeros tercios, porque luego viene el entusiasta de turno y te dice que porque no se cansaba de ir al trapo, este o el otro era el toro de la temporada. Moderación, señores, moderación. Que a veces tenemos la memoria más a corto plazo que un pez.

Pérez Mota empezó con ciertas precauciones con el capote. Inseguro en los primero compases con la muleta, iniciando por enganchones, trapazos acelerados y sin ser capaz de poder con el Valdellán, lo que se evidenciaba con un no parar de bailar entre trapazo y trapazo. En su segundo, insulso con el capote, manteo de compromiso, para luego dar un concierto de muletazos con el pico, mucho enganchados y tomando ese camino que denuncia el no poder, pero que oiga, los hay que se entusiasman con ello y hasta piden música, que no hay nada que les ponga más felices que un buen arrimón, pero que a otros desespera hasta el clímax de la desesperación. Y a ver si otra vez que se piensen ponerle ya se nos ha olvidado lo poquito que da de sí este torero. Eso sí, al entrar a matar por segunda vez salió prendido, siendo zarandeado una eternidad por el toro, recogiéndolo de la arena y volviendo a tenerle a su merced.

Alberto Lamelas recibió al primer Fraile con el capote, mientras este lo punteaba por ambos pitones. No fue el más fácil de la tarde y quizá pedía otra cosa que no fueran derechazos y naturales, al menos de primeras.. Por el izquierdo se vencía, por el derecho tiraba derrotes y lo único que se le ofrecía era un no parar quieto, dejarle enganchar la tela y que el toro fuera el que mandara. Al de Valdellán lo recibió a portagayola, para acabar de cara en la arena. En el último tercio fue una sucesión de trallazos, enganchones, abuso del pico y sin poder hacerse con él, lo que provocaba en el respetable una sensación de emoción, la del que no puede y está a merced de su oponente, que iba una y otra vez a cada cite. Pico exagerado y el animal que se le venía por el hueco entre bulto y engaño. Pero eso parece ser que gusta, que no se imaginan lo feliz que estaba una señora venida de más allá de los Pirineos, que hasta se quería echar al ruedo para agasajar a su torero/ ídolo/ amigo/ váyase a saber.

Y el tercero era José Carlos Venegas, que al que me diga que no se pone estiloso, la tenemos. Eso sí, que cuide las lumbares, que con esas poses tan... que la espalda es muy traicionera. En el recibo a sus dos toros hubo de darse la vuelta para perder terreno. Como todos, mucho trapazo, siempre sacando el culo fuera, muletazos nalgueros, que dicen. Siempre atravesando la muleta, venga a colocarse, salpicado de enganchones muy celebrados, sin percatarse de que el manso en el caballo no paraba de acudir adónde le llamaran. Y dos avisos, ¿no querían música? Pues toma música. A su segundo empezó dándole distancia, igual que le daba ventanazos, siempre muy fuera. El toro no se cansaba de embestir, embestidas que no merecían tanto trallazo, tanto dejarse enganchar la tela y tan poco mando, manifiesto en carreras y más carreras. Que si no pincha cuatro veces, para que el toro acabara echándose solo, igual alguno agitaba el pañuelo, aunque igual en lugar de para pedir la oreja era en señal de rendición, que ya no había quién aguantara más. Eso sí, si la cuadrilla es incapaz de poner cuatro palos y casi deja caer al suelo una docena, por mucho que se mire al palco, señor Venegas, no se puede cambiar el tercio. Que si fuera el caso de que el toro fuera una alimaña, igual podía ser, pero porque los de luces sean unos incapaces, por eso no ¡No, hombre, no! Y al final resultó que el toro sorprende y los de luces... ya ni pueden decepcionar.


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lunes, 7 de septiembre de 2026

A los toros con la fresca

La montada acorazada se está convirtiendo en un espectro sombrío, cuyo única función parece ser masacrar tapando la salida o no recetar ni tan siquiera un picotazo. O Juanín o Juanón, sin querer encontrar la medida justa.


Pocos elogios ha recibido la empresa de Madrid, para lo que se preocupa por los que insisten una y otra tarde en acercarse a la plaza de las Ventas. Que lo mismo deciden que nada mejor que un jueves por la noche para ir de toros, con merienda servida en la propia plaza, sin importarle si un señor de Toledo, Alcalá de Henares o Fuenlabrada tiene que levantarse pronto para ir a trabajar. Y ahora, aún con los calores, y vaya calores, del verano, te ponen la novillada a las seis de la tarde, que aún a estas horas igual hay alguno al que aún le sigue tostando el Lorenzo; y eso que ya han pasado de largo las horas de la cena, pero es que los de sol han debido acumular calorías de aquí hasta el mes de enero. Pero claro, si estamos en septiembre, los toros a las seis, aunque estén lloviendo candelas como melones. Que habrá quien diga, uno de esos que con tanta facilidad se ponen en lugar de la empresa, algo ya muy habitual, que el que no quiera sol, que afloje la mosca y se vaya a la sombra, que estaba vacía. Que ya nos quejamos de vicio.

Y dirán ustedes que si esta es forma de comenzar el relato de una tarde de toros; que igual no, pero que opinen los de las localidades de sol. Festejo con seis hierros distintos, que al final fueron ocho. Guadajira, La Machamona, Chamaco, José González, Ángel Luis Peña, que fue devuelto, un sobrero de El Cotillo, también devuelto, otro de Couto de Fornilhos y uno de José Cruz, que sustituía al anunciado de Jiménez Pasquau. Para los espadas, todos nuevos en esta plaza, Adrián Centenera, Tomás González y Andrés García. No sería novedad decir que se ha picado mal, tapando la salida, sin poner los novillos en suerte; que esto no quiere decir el dejarlos allí a su aire, abandonarlos como el que deja un perro abandonado en una gasolinera, que hay que colocarlos con un cierto criterio, preferiblemente después de un remate garboso, aunque esto ya sí que es pedir peras al olmo. Y que una vez que el animal acuda al peto, estar atentos para sacarlo del caballo con acierto. Sí, que dirán que me ha afectado el sol, que seguro que sí, pero es que uno a veces delira. Que no digo nada de esos matadores, tanto novilleros, como los figuras y aspirantes, que no saben cuál es su sitio y se dedican a... ¡Yo qué sé a qué se dedican! A merodear por ahí. De los novillos, el de Guadajira quiso pelear en la primera vara, el de La Machamona solo con un pitón, el de Chamaco tirando derrotes a la guata, el de José González dejándose sin más, el de Couto acudiendo en huida primero al de la puerta y el de José Cruz aguantando al de encima del mulo, a ver si acababa de atinar con el palo. Novillos que no aburrieron, que para eso estaban otros. Es más, alguno ofrecía embestidas que en el mejor de los casos solo fueron acompañadas, aunque sin ajuste.

Adrián Centenera muy perdido, con la idea bien aprendida de iniciar los trasteos por abajo, pero eso de pegar trallazos afeaba lo que podrían ser buenas ideas. Luego mucho abusar del pico, mucha carrera y en el caso de su segundo, ligando enganchones en demasiados trapazos. Tomás González, debió escuchar lo torero que es empezar con ayudados, pero volvemos a lo mismo, que no es lo mismo templar, que tirar trallazos. Un novillo que era un dulce que no merecía esos trapazos al aire con la muleta al cielo, ni permitir tanto enganchón, concluyendo en su primero con una dosantina muy bailada, o lo que también llaman un invertido. En su segundo, el quinto, aparte de proseguir con su serie de banderazos, se pasó el rato venga a colocarse como para empezar lo bueno, pero nada, que no se acoplaba y al final, pues no se acopló. El tercero era Andrés García, que a su primero, un novillo huidizo, se lo llevó a los medios y consiguió sujetarlo. Después vinieron ventanazos y muletazos con la zurda iniciados con un tirón. Después prosiguió con un toreo demasiado moderno, con las fallas de todos y las carreras como todos. El que cerraba plaza parecía salir con la lección de torearse solo y el espada se mostró más efectista que eficaz, con un inicio por abajo gustoso, pero sin llevar al toro, que ya se llevaba él. Prosiguió con muletazos que cortaba antes de tiempo, sin rematar ninguno y escuchando como la cla le jaleaba hasta los enganchones, algo ya muy habitual, con esos ¡Bieeejjjnnnn! Trompicados. Para terminar con una serie al natural de frente, en el que se hacía más evidente ese pasarlo en línea y largando tela, que por supuesto caló entre los partidarios., que si no es por el pinchazo hondo o menos de media, depende de a quién pregunten, y los ocho golpes de verduguillo, lo mismo contagiaban a alguno más y le pedían un despojo. Y así terminamos una novillada que se hizo demasiado larga, sin aire acondicionado, que debía estar en reparación, con las radiaciones del Lorenzo aún a flor de piel y encantados de que esta empresa decida que esto empiece a las seis de la tarde y que vayamos llenos de optimismo y con la mente limpia, virgen, a los toros con la fresca.


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viernes, 28 de agosto de 2026

¡Ay que me he emocionao!

La abuelita guarda emocionada el dibujo de su nieto y casi lo compara con cualquier creación de Goya, Picasso o cualquier genio cósmico.


Hay un argumento irrebatible en esto de los toros, un argumento que no admite respuesta alguna. Que no se puede oponer a este si el toreo ha estado presente o ausente, si este o aquel han podido o no con un toro, que basta que alguien te diga que con este o el otro se ha emocionao, ya no hay más que hablar. Porque, ¿cómo te vas a poner a rebatir los sentimientos de alguien? Es absurdo e inútil, aunque eso sí, con eso del “me he emocionao”, estos pretenden taparte la boca e invalidar cualquier otro argumento que se les pueda presentar. Porque, ¡quién se pone a discutir con la abuela que ve que su nieto ya se tira solo por el tobogán? Si hasta le emociona esto y el que aterrice en un charco y vaya hecho un eccehomo de vuelta a la casa de la hija. Que eso sí que la emociona, no que el repelente Emilín recite la canción del pirata del tirón, cosa que a su vez emociona a su abuela, que dice que ella conoció al tal pirata del recitado. Y en los toros, pues tres cuartos de lo mismo, que vemos a uno de los del figuranato haciendo ciertas cosas y nos falta el aire de tanto pitarle y abuchearle, pero lo hace otro y... ¡Ay que me he emocionao! Y a ver qué le dices. Que con tanta emoción, uno solo puede ofrecerle un pañuelo para que enjuguen esas lágrimas tan sentidas. Que habrá quién diga que el ambiente en la plaza era como si hubieran fumigado con algo raro desde los cielos, pero uno no cree en las doctrinas antropoestácticas del profesor Llorente, don Marcos, especialista en las nubes del firmamento. Pero la verdad es que el ambiente era de aquella manera.

Corrida de Pedraza de Yeltes, unos correctos y otros enormes, que entre el de menos peso y el de más, había casi 200 kilos de diferencia. Y entre el más longevo y el más bisoño, dieciocho meses. Que pareja, lo que se dice pareja. En el caballo unos medio cumplieron sin más en un puyazo, que en el otro casi ni se simulaba el picotazo, a otros apenas se les tocaba, pero se les dejaba ahí en el peto sin tan siquiera apoyar el palo. Al sexto es al que más le dieron candela en una vara, mientras el animal empujaba sin humillar. Por supuesto que se les hacía la carioca, se les tapaba la salida y había pocas ganas de ponerlos en suerte con un mínimo de criterio, Mal lidiados, aunque esto no importa, porque eso de mantener cierto orden en la lidia parece ser que no emociona y si no emociona, ¿pa qué?

Los actuantes fueron Francisco José Espada, que hacía que no venía por aquí, un habitual del tedio; Joaquín Galdós, el segundo torero con más cartel del Perú, y Christian parejo, que ya en otras actuaciones emocionó a la parroquia y hasta a las abuelas de otros. Espada estuvo tan soso como algunos no le querían recordar. Inédito con el capote, especialmente en su segundo, que fue ver que se le frenaba para ceder la tarea a la cuadrilla. Con la pañosa, puro toreo moderno, pero sin emocionar, lo de todos y lo de siempre, muy despegado, que el tinte luego cuesta. En el cuarto habría que añadir que después de la segunda entrada al caballo, los emotivos decidieron que el toro era un inválido y había que cambiarlo. Y sí, hubo momentos en los que besó la arena, pero igual un pelín de temple por parte del matador, sin tanto trapazo, habría ayudado algo al de Pedraza. Que igual nada tiene que ver que en la segunda vara la puya cayera un tanto baja.

Joaquín Galdós dejó a su primero que correteara buscando la salida, hasta que se decidió a darle mantazos. Y empezó el trasteo por abajo, con cierto sabor, pero lo acelerado deslucía todo. Y continuó apresurado, pero ya para administrar toda la modernidad vigente del destoreo. A los arreones respondía con trallazos y así pues no hay quién se emocione... ¿O sí? El quinto era un mercancías que se defendía ya de salida y mientras el caos se empoderó en el primer tercio, con pérdida del palo y todo, el espada solo estaba por allí. Seguro que se fijaba mucho, pero aparte de teledirigir en la distancia levantando la mano, nada más. En la faena de muleta, pues mucha desconfianza, mucho trapazo para quitarse aquello de encima y siempre muy lejos. Que tanto se separaba, que no extrañaría que en la furgoneta de la cuadrilla le pusieran para él un sidecar en un lateral, no fuera a ser que sintiera las apreturas dentro del vehículo.

Y, ¿no querían emociones? Pues prepárense, que llega el nieto a tirarse desde el tobogán para aterrizar de boca en un charco. Chistian Parejo es de esos actuantes efectistas, que por su propia poca pericia transmite esa emoción que ahora tanto se jalea. Que no le pidan que medio intervenga durante la lidia, ni mucho menos. Que no duda en si está él con el toro, hacerse a un lado y decirle al peón: ahí lo tienes, apáñate. Que lo suyo es la muleta, ahí sí que levanta pasiones. A su primero, una vez que se lo sacó de las tablas, venga pico y ventanazos, trapazos y carreras, muy acelerado. Con la zurda, la muleta atravesadísima, casi como haciendo alarde de ello. Trapazos y más trapazos, tirando de recursos de plena vulgaridad. Que después de una estocada caída y cinco golpes de verduguillo quizá el personal se dejó de emocionar, que si no... Y fue en el sexto cuando ya los ¡bieeejjjnnn! Llenaron el ambiente de este nuevo templo de la vulgaridad. Empezó con ayudados sacando en exceso el culo y con el trapo por aquí y el toro por allá. Un animal que no paraba de entrar al engaño. Un achuchón por el derecho al colarse por el hueco que dejaba atravesando tanto la tela. Siempre pico, muy arrebatado, un enganchón por aquí, otro por allí, pero que se jaleaban con el mismo entusiasmo. Trapazo y a correr, otro y otra carrera, para terminar con una supuesta tanda de naturales de frente. Que no dudo en lo de la emoción de muchos, eso es cosa de cada uno, que hasta me dirán que dio uno de aquella manera, que si esto lo consideramos torear, pues venga con la emotividad. Pero si damos un muletazo y tenemos que recuperar siempre la posición, igual es que mucho toreo, lo que se dice toreo, no hay, ¿no? ¿Pases? Miles, pero, ¿toreo? Y no digo más. Pero claro, si contra lo del emocionarse hay poco que argumentar, contra lo del bisturí taurino, poco más. Eso sí, que como ahora resulta que esto se limita casi única y exclusivamente por lo de emocionarse, ya no hay más que decir. Y quizá sea un diálogo inútil si se intenta razonar y comentar algo con alguien que de primeras se te cierra en bando y te espeta eso del ¡Ay que me he emocionao!


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domingo, 16 de agosto de 2026

Y después del primero... Vámonos de verbena

Nos pusieron la miel en los labios, pero poco dura la alegría en casa del aficionado a los toros.


Siempre he sido de la opinión de que está feo marcharse de la plaza antes de que doble el último de la tarde y no creo que haya excepciones posibles, pero en el festejo de la Paloma en Madrid, si alguien después del primer toro hubiera decidido marcharse, no se lo habría reprochado. Que no porque el resto haya sido una mansada de impresión, una mansada made in Arauz de Robles, a la que los anunciados no han sabido tampoco darles el trato que les correspondía, sino porque ha salido un toro, del mismo hierro, una pintura. No era el más grande, ni el mejor armado, pero era el que uno pintaría sin pensárselo dos veces. Era el de la confirmación de Antonio Puerta, que casi once años después ha llegado a Madrid para decir quién quiere ser en esto del toro. Sale el mozo plantándose en la puerta de chiqueros, como mirando a ver qué se cocía por allí, hasta que le mostraron un capote a lo lejos. Se frenó en la primera embestida, para a continuación irse detrás de los engaños una y otra vez, queriéndolos coger, hasta su último aliento. El toricantano manejaba el capote con eficacia, que no es poco. Con el paso atrás, pero bueno, medio aseado. Lo puso dando distancia en los dos encuentros con el caballo, dónde cumplió, en la primera vara y en la segunda tiró varios derrotes. Buscaba a los banderilleros y había que hacerles el quite para que no hiciera hilo a la salida del par. Sin abrir la boca ni para relamerse, lo recibió Puerta con muletazos por abajo suaves y cadenciosos por ambos pitones. Aquí había toro. Quería coger las telas, aunque con esa nobleza que emociona, no la bobona que desespera. Y ya en pie, el espada empezó a pegar trapazos con la punta de la muleta, siempre para fuera, cambio a la zurda y venga a dejar que le tocara la tela. Despegadísimo para intentar conducir las inagotables embestidas del toro. Y la sensación era que se estaba dejando ir un toro de triunfo, pero triunfo de verdad, no solo era cuestión de cortar una o mil despojos, era la forma en que aquel animal merecía que se las cortaran. Y sí, se le fue, que hubo pañuelos con acento de su tierra, pero que ni tan siquiera valieron para haber una simple vuelta al ruedo. Si en ese momento alguien se hubiera marchado a la verbena, ya les digo que el chocolate o el bocadillo de calamares le habría sabido a gloria bendita, porque los paladares estaban a punto para unas gotitas de verbena de la paloma al ritmo de don Hilarión dudando si la Casta o la Susana, hijas del pueblo de Madrid.

Pero no, nadie se marchó, es más, después de lo visto, hasta pensaban algunos ingenuos que lo de Arauz de Robles iba a ser el renacer de un hierro que... Pues eso. Volvía, una vez más, Javier Cortés, que sí, que hizo el paseíllo y por allí anduvo repartiendo y recogiendo trastos. Al torazo grandullón le recibió bailando, no el chotis, más bien la yenka, a izquierda, derecha delante, atrás, un dos tres. Desconfiado, incapaz, alimentando el caos con su inseguridad. El manso ni quería caballo, ni quería banderillas, que picaban, ni nada de nada, pero si algo no necesitaba eran trallazos, enganchones y a su espada sin parar quieto, para acabar encimista y sin criterio. El que hizo cuarto de primeras decía que a él le dejaran en paz de capotes y capotas. Ni caballo, ni nada y el picador que no se atrevía a pisar la raya, que ya se sabe, que eso no se consiente, aunque al final, después de evitar que llegara al de puerta y de carreras por el ruedo, no hubo otra que el que el caballo fuera al toro, porque el toro no iba al caballo. Se lo sacó a los medios, pero el manso solo tiraba arreones, bronco, violento y Cortés un tanto desganado, mientras se empeñaba en dar pases, como fuera. Así, hasta que al final el animal se refugió en tablas.

Resultaba raro ver a José Garrido por Madrid en estas fechas y menos con una corrida de estas, pero así están las cosas. Que recibió hasta con gusto a su primero a la verónica, aunque echara el pasito atrás en la mitad de los lances. Mal y poco picado otro torazo, lo recogió el pacense por abajo con la muleta, pegando trallazos por uno y otro pitón, demasiado acelerado. Continuó con la diestra y venga enganchones, prisas, más enganchones y carreras, sin poder dominar el genio del de Arauz, que con un pinchazo nada más dijo que hasta aquí y se acostó él solito. En su segundo, el quinto, capotazos recortados al que echaba las manos por delante en cada viaje, para después ponerse a correr sin rumbo. Y allí que montaron una animada capea los de luces, sin conseguir fijar al animal. Reacio al caballo, solo pareció querer pelear, después de irse, cuando ya no notaba el palo, ¡qué vivo el tío! Esperaba peligrosamente en banderillas, pero al recibir los ayudados de Garrido en el inicio de faena, se iba escapando sin disimulo. Lo siguiente fue entrar, bueno, entrar, iba como un burro a la muleta. Si bien es cierto que el espada consiguió que dejara de deambular, todo se reducía a trapazos enganchados, embarullándose, hasta vulgarote y empeñado en dar pases y más pases. Cerró con más de media muy caída.

Y cerraba el que abría plaza, Antonio Puerta, con torazo enorme que ya de salida se le quedaba y se le revolvía. Dos cuchilladas traserísimas, que igual por eso el de Arauz no quería ir al peto; que encima había un señor que le quería ensartar los riñones. Y si en en su primero pareció que, aquí ya despejó dudas, venga trapazos, venga a dar aire y dando la sensación de que los ánimos que se suponen al que viene a confirmar a Madrid, se los había dejado en casa. Una desgana, un a ver si acabo y me voy de verbena, que hasta podían ofender a los que se habían quedado a pie de piedra toda la noche. Y claro, que todavía habrá a quién le parezca mal, de malísimo afisionao, el que pensara en un momento eso de: y después del primero... Vámonos de verbena


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viernes, 7 de agosto de 2026

Bienvenido Mr. Marshall

Si la cosa empieza con el entusiasmo con los alguacilillos, poco más se puede esperar


Esto de los toros traspasa fronteras, eso es una evidencia; otra cosa es cómo las traspasa. Que puede ser con la grandeza que todos suponemos y deseamos, lo que ha hecho desde tiempos inmemoriales que se acerquen gentes de todas partes, gentes que se veían deslumbradas por lo que allí pasaba. Incluso se hacían películas, películas que rodadas por los americanos mostraban una visión un tanto particular de esto de los toros, lo que no dejaba de confundir a estos foráneos que se interesaban por esto tan hispano. Allí se veía un ambiente festivo, con mucho “¡Olei toreiro!”, mucha bota viajera, mucho torero galano y conquistador y ese entusiasmo obligatorio en cuanto que el de luces sacudía los engaños aunque fuera solo para quitarles el polvo. Pues así ha empezado el festejo veraniego en este inicio de agosto en la plaza de Madrid. Que ha sido ver salir a los alguacilillos y el delirio ha aparecido en los tendidos. Pero bueno, tampoco hay que echarse las manos a la cabeza, que esto ya pasa demasiado a menudo en esta plaza. Que los montados no se han visto en otra. Pero claro, sale el toro y ¡Huyyyy! Pero, si es un toro de verdad. Y por si esto fuera poco, que va un señor con calzas rosas y empieza a agitar un telón delante de su cara. Los “¡Olei!” han brotado de golpe, con la fuerza de un tapón de gaseosa. Que como sería la cosa de extravagante, que los cuatro nativos que andaban en la noche por la plaza les han reconvenido que dejaran de celebrar como si estuvieran en un rodeo, en un partido en el Yankee Satadium o en una barbacoa en casa de los Johnson para dar la bienvenida al vecindario a los Wilson. Y por ese exceso de celo intentando preservar la seriedad del rito, la animación se ha evaporado. Que podía haber sido una noche festiva, alegre y llena de “¡Oleis!”, pero se ha quedado en... Se ha quedado en que entre el ganado, toros de José Enrique de Valdefresno, y los actuantes, Luis David Adame, Alejandro Mora y Alejandro Peñaranda, no han dado opción de divertimento ni al más entregado paisanaje. Tan pobre ha resultado todo lo sucedido, que quizá a los partidarios les ha dado hasta vergüenza de que alguien les pudiera relacionar con cualquiera de la terna. Y luego nos cuentan que esto es para divertirse, que hay que venir plenos de optimismo y con la mente virgen. Pero, ¿qué virgen? Si a la mínima te sueltan un sartenazo en plena cara, que a uno se le quitan las ganas de vivir.

El ganado ha sido una mansada, sin estridencias, pero una mansada. Y digo sin estridencias, porque no es que merecieran las viudas, pero entre la falta de casta, que ni genio tan siquiera, que han salido como vienen saliendo ahora los mansitos, que sí, que tiran para toriles, que buscan las tablas, que hasta te sueltan una coz, que en el caballo pasan de perfil, que se dejan sin más y que se encelan con el peto cuando no sienten el palo, pero que no dicen na de na. La mansa sosería o la sosa mansedumbre, cómo prefieran. Por lo demás, la de siempre, puyazos traseros, tapándoles la salida y para darle emoción, un palo se rompe, algo que se está poniendo de moda.

Luis David Adame igual es un figurón en México, pero para creer tal afirmación, como no venga un notario con las escrituras del figuranato, no me lo creo. Vulgar e incapaz, pero alargando su trapaceo tramposo hasta la desesperación de los presentes. Y lo peor es que cuantas más cosas quiere hacer y durante más tiempo las quiere hacer, más queda en evidencia. Que el mayor deseo, para él y los demás, ya no es que mejore sus actuaciones precedentes, que empezamos a conformarnos con que no las empeore, que al menos no vaya para atrás, pero hasta esto es mucho pedir. Eso sí, no duden en que próximamente tendremos nuevas oportunidades para ver su irrefrenable escalada a la cima de la más inoperante vulgaridad.

Alejandro Mora volvía a Madrid y... ¿De verdad es necesario que vuelva por aquí? Aunque son tantos los que se nos hacen candidatos para no volver a Madrid. Y no me refiero solo a estos espadas de tercera cuarta o quinta fila, que habría que empezar por los figuras que lideran el escalafón, por esos que conforman el figuranato en la actualidad: y aquí pueden añadir nombres sin recato. Alejandro Mora muestra una incapacidad asfixiante, no puede con los animales, a nada se ve aperreado, aunque eso sí, pone la pose galana y de una fineza escultural, pero es bufar el toro y a tomar vientos las exquisiteces. Enganchones, acelerado, más las tópicas y típicas trampas de la modernidad. Aunque seguro que aún habrá voces que digan con toda la autoridad que se atribuyen, que a este hay que verlo más. Pues para ellos, que le inviten a un chocolate en su casa.

El tercero era Alejandro Peñaranda ¿De verdad que aún no ha dejado más que claro que no da de sí para nada y que todo lo que da es de de no? Que entre enganchones, banderazos, pico y un aperreamiento permanente, no da para más. Que como sus compañeros de terna, ya no aspiramos a que mejore, que margen tiene para mejorar, es que con que no vaya a peor ya es un triunfo. Que se le vio por aquí hace nada, mes y medio, y estamos en las mismas. Que tanto a él, como a sus compañeros de terna no les han ovacionado ni los paisanos, aunque tampoco es que hubiera demasiados y los que se hayan acercado a las Ventas en medio de la canícula madrileña, al verse rodeado de tanto guiri entusiasta, igual pensaban ser amables y hospitalarios y dedicarles a los foráneos un cinematográfico Bienvenido Mr. Marshall.


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viernes, 31 de julio de 2026

Solo faltó la piscina de bolas

El que quiera recordar el toro de Murube, que busque en los libros, porque en lo del Capea parece que no lo va a encontrar


La gran final de ese certamen taurino bautizado como Copa Chenel, que anda que no habría nombres mejores que el de copa para un evento taurino. Pero bueno, tampoco nos vamos a poner ahora a exigirles un mínimo de creatividad a los señores organizadores, con el señor Martín, don Victorino a la cabeza; que hay que ver la felicidad que rebosaba al final del magno acontecimiento, venga a aplaudir, mientras que el personal ya pensaba unos en tirar para el metro, que mañana había que madrugar, otros deseando olvidar el tedioso festejo y otros, esa chiquillería tan dicharachera y animosa, preguntando que dónde estaba la Discoventas. Que anda que no había jovencitos, jovencitos a los que les habían invitado los organizadores. Que los muchachos no paraban de cascar, como si estuvieran en clase de ética en el insti. Eso sí, era coger el espada el estoque y se vaciaban llamando al gato, ¡Sssssssshhhss! Y más ¡Sssssssshhhss! Que otra cosa no, pero lo de callarse durante la suerte suprema, eso sí que lo traían aprendido. Y no es poco, que ahora solo falta que se aprendan que durante la lidia no se pueden ni levantar, ni ocupar el asiento, ni darse garbeos por tendidos, gradas y andanadas como si lucieran palmito por los paseos del Retiro. Pero ya les digo, que estos jovencitos parecían tener más aprendido que muchos transeúntes isidros de mayo, los paisanos que vienen con el torero del pueblo, barrio o vecindario. Que ternura ver a esa chiquillería, que eso sí, en el arrastre del quinto levantaron sus reales quizá porque tenían hora de llegada a casa, ¿no? Que no creo yo que fueran a coger sitio en la Discoventas, ¿verdad? No, con lo formalitos que eran, dicharacheros y parlanchines, pero formalitos, no iban a perderse un toro por coger sitio en la barra del bar. O igual es que esperaban que hubiera piscina de bolas y entonces sí que hay que ubicarse bien. Y justo en el sexto toro, cuando parecía que muchos habían caído en la cuenta de que la fiesta se acababa y tenían que soltar todos los vivas que aún les quedaban en el pecho.

Que anda que no han preparado la finalísima a conciencia, toros del entorno del Capea, cuatro a su nombre y dos al de su cónyuge, Carmen Lorenzo, tercero y cuarto. Que unos querían justificar lo que ha salido por toriles que si son toros para caballos, que si esto queda raro en una a pie, pero ni para caballos, ni para toreo a pie, ni para rebozarse en la piscina de bolas. Que los había que plenos de optimismo buscaban esa cara acarnerada de Murube, pero que sigan buscando. Otros esa fortaleza de este encaste, pues nada, a ver si encuentran, pero que busquen en otra parte. Siendo muy optimistas, pero mucho, casi tanto como para caer en la estupidez, diremos que estuvieron justos de presentación. Que ha habido novillos en Madrid con mejor presencia que lo del Capea. Nobles hasta la tontería, pero tranquilos, que tan nobles y bobones, pero que no han podido con ellos; que ya tiene delito decir que ni con esto han podido los actuantes, Alejandro Marcos, Héctor Gutiérrez y Manuel Diosleguarde. En el caballo, pues por andaban, a su aire, porque los lidiadores se han declarado en huelga de capotes caídos, incapaces de llevar la lidia, incapaces de fijar un animal y así pasaba, que los animalitos. Imaginen que lo mejor ha sido un picador, Espartaco, al que han ovacionado por dos picotacitos muy leves en el sitio. Y que luego me digan eso de “¡Hay que picar!” No diría que ha sido una mansada o quizá sí, una mansada bien disimulada, ninguno pregonao, pero todos faltos de casta y solo el segundo ha sacado una pizca de genio, suficiente para que Alejandro Marcos se perdiera entre trallazos destemplados y enganchones, sin tan siquiera amagar con conducir una sola embestida. Que habrá quién esperara algo, pero... Si es que de dónde no hay, no se puede sacar. En su segundo, sin ese genio, ya anduvo aperreado desde los primeros mantazos de recibo. Y con la pañosa, pues a seguir con trallazos y más trallazos enganchones y carreritas. Que ya muchos pensaban que la copa no la iba a catar.

El segundo era el confirmante Héctor Gutiérrez, que sin ser un dechado de virtudes, al menos en su primero no ofendía a la vista. Nada ajustado en ningún momento, pero como se ponía medio derechito,, muy despegado, pero al personal le llegaba. Pico, medios muletazos siempre aliviado, en línea y poses galanas, aunque el del Capea rodara por el suelo. Su segundo acudía bronco, sin que Gutiérrez supiera como ahormar aquellas entradas. Se le echaba encima, sin que le bajaran la cara, para acabar con el recurso tan poco estético del encimismo farfullero. Y cerraba Manuel Diosleguarde, que parece que va a poder aparentar algo y hacer creer al respetable que allí hay toreo, pero abusa tanto del pico y trampas modernistas, que ni la chavalería aguantaba tanto pico, ni tantas ventajas, quizá por eso se marcharon antes de que saliera el sexto, evitándose tanto baile ya con el capote, con la muleta y hasta con el capote de paseo al brazo para irse para el hotel. Tirones, más baile, venga trapazos, enganchones, al final encimista, pero sin nada que ofrecer. Con lo bien preparada que estaba la fiesta, que no faltaba un colín, con el señor Martín, don Victorino encantado aplaudiendo solo, con el señor Martín, don Miguel, haciéndole la visita a uno de los jefes supremos de la neotauromaquia, con Héctor Gutiérrez levantando el trofeo como campeón, con las parrillas a todo tren en las galerías, la chiquillería eufórica, vamos que con todo esto tan bien montado, con la chavalería de prota, solo faltó la piscina de bolas.



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viernes, 17 de julio de 2026

Hay que poner subtítulos en los toros, ¡urgentemente!

¿Y qué encabritaría al personal tiempo ha, cuando no había rayas del tercio? Igual tampoco las necesitaban, no las echaban en falta. 


Se supone que esto de los toros tiene que ser un espectáculo al alcance de todo el mundo, que todo el que habita una plaza de toros tiene que poder entender lo que pasa allí dentro, ¿no? Pues parece que no, que esto es solo para unos cuantos... o quizá debería decir que no es para unos cuantos, quizá los que necesitamos que nos lo expliquen todo, que uno está tan tranquilo viendo a un señor no picando o a otro corriendo y venga a correr pegando trapazos y de repente, ¡aplausos! ¿Aplausos? Y miras a un lado, a otro, a los compañeros de localidad, al palco, el móvil... y nadie te da una explicación del porqué de ese arranque de entusiasmo. Y qué quieren que les diga, no resulta agradable sentirse marginado, excluido, apartado, discriminado y arrinconado, sobre todo de algo que se supone que provoca alegría y divertimento. Que la solución es bien sencilla, bastaría con que se instalaran unos paneles y que allí fueran apareciendo unos cartelitos que te fueran explicando de que va la música. No sé, algo así como: el picador no ha picado, el torero ha alcanzado los diez kilómetros corriendo sacudiendo un trapo, el banderillero ha superado su marca personal en salto con banderillas, un señor ha gritado viva su pueblo... ¿No sería todo más fácil y democrático? Pues parece ser que esto no va de eso, que es excluyente, que nos deja fuera a los que no estamos duchos en esta neotauromaquia que ya cansa un poquito; y por si fuera poco, ahora esto, que no podamos enterarnos con subtítulos de lo que pasa en la noche de cenas y tragos a tutiplén.

Que el primer subtítulo tenía que empezar por la ganadería, que más de uno, uno que sigue y está pendiente de esto, no uno que haya entrado en la plaza al olor de la chistorra, se preguntara que de dónde venía eso de Sagrario Moreno. Es de Juan Pedro, ya, pero, ¿de dónde viene eso? Pues eso, de Juan Pedro, qué preguntas hace también la gente, ¿de qué va a ser si no? Pues con un cartelito subtitulando, todo arreglado. Que fieles a sus ancestros, pues han sido modernos, que no han dicho ni fu, ni fa, que les han pegado trapazos, que más o menos iban y venían hasta que se hartaban de tanto trapaceo. Alguno demasiado manso en el caballo, como el quinto, que ni dándole caramelos quería peto. Y la que ha montado el personal, que ira, que furibundez, que el compañero me decía que era porque el caballo no es que pisara la raya, es que se pasaba las dos por los bajos del peto. Que le tiraban al de doña Sagrario entre las dos rayas, pero nada, que ni palpando con el palo, hasta que al final algo se le ha podido picar en el seis y más allá del tercio. Y digo yo, que qué cuesta poner un subtítulo que por ejemplo dijera: el sindicato de pintores de rayas declara su airada protesta por la falta de respeto a su trabajo por parte del gremio de picadores y caballos de picar. Y todos tan contentos. Que así, mientras unos vociferaban un nuevo grito que dice: Picadooooorrrr, que malo eres. Si es que no hay como innovar. Pero ya les digo que a servidor casi hasta le daban ganas de aplaudir por decidirse a irse a los medios a por el novillo. Eso sí, el maestro, López Peregrino, seguro que lo ha visto todo desde muy cerquita, pero sin intervenir, que él no está para esas cosas. La terna la componían Luis Pasero, el ya citado López Peregrino y Mario Vilau.

Los tres han sido lo de tantos, cada uno a su manera. Que tentado estoy de soltar una retahíla de cosas y ya ustedes las van colocando dónde mejor les parezca. Nulos con el capote, incapaces de poner un novillo en suerte en el caballo, aunque mandaban como gendarmes adónde colocar el penco venga a agitar la manita, ponerse de rodillas y a la mínima tenerse que ponerse en pie para no verse arrollados, teletorear manteniendo las distancias con descaro. Que el personal lo aplaudía, pero no me pregunten por qué, si acaso, cunado pongan subtítulos, igual les puedo dar una idea. Muchos trapazos, venga a cazarlos por todo el ruedo, allá dónde los de doña Sagrario mandasen, ¿aquí? Pues aquí ¿Allí? Pues allí. Que no se sabe si lo que se jaleaba era el trapazo, la carrera, que ya era uno menos que soportar o vaya usted a saber. Que se aturullaban echándose el novillo encima, que se perfilaban para teleestoquear, muy fuera, para pinchar o dejar la espada lo mismo caída, que trasera traserísima. Pero también les digo, que igual con subtítulos no habría forma de explicar cómo alguien pensaba que podía pedir un despojo en el sexto para Mario Vilau, pero han aflorado los pañuelos, incluido el del usía, que ese sí que podía haberse explicado con un: le doy el despojo porque estoy harto y ya me importa un pito, que lo que quiero es irme a mi casa y olvidar este peñazo con este ganado y estos novilleros. Pero imposibles aparte porque no cabe tanta explicación en unas líneas, es evidente que hay que poner subtítulos en los toros, ¡urgentemente!


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viernes, 3 de julio de 2026

Para ganarse el cielo

A veces lo soñado y lo que provoca el sueño no coinciden


Hay días y días. Días en los que un festejo es largo y pesado, un día en el que no hay nada de nada y aún menos, días en los que nada es lo que se podría esperar. Y luego hay otros en los que a lo mejor no se alarga demasiado la cosa, comparándolo con otras tardes, pero que se hace eterno. Y esto pasó en este nuevo “Cénate las Ventas”, que con solo, ¡solo! Dos horas y cuarto, parecía aquello un penar por los siglos de los siglos en el purgatorio. Que para cuatro que deciden perderse el “fúrgol”, van y les endiñan una noche en la que las sales de fruta y los antiácidos eran pura necesidad y no por la grasaza que te servían como si fueran delicias divinas. Eso sí, también les digo que todo depende de a quién se le pregunte, que uno subía la cuesta de Alcalá de vuelta a casa y escuchó a unos señores a la espalda tan felices con no sé cuáles de los novillos lidiados y que si no es por el viento... que si no es por este, igual habríamos descubierto a Mazzantini, el Guerra y Antonio Fuentes redivivos.

Pero ya sabemos cómo va esto, que los hay que si el animalito, cuanto más desgreñado, mejor, acude al trapito bobaliconamente, eso es bravura. Que si es capaz de llevar al peto y que le apoyen el palo, a nada que tire un derrote es un dechado de bravura. En banderillas no es que se fijen mucho, a no ser que alguno realice un supremo ejercicio gimnástico. Y en el último tercio, pues qué se puede decir, que al estar atropellado, pegando respingos, carreras y más carreras, le llaman estar en novillero. Cuanto más se abuse del pico, más técnica, como si ahora la trampa fuera eso, técnica y no fraude. Que después de mil trapazos te sueltan que el “shaval” ha estado para repetirlo. Sí, para que repita, pero en la escuela, desde primero de toreador hasta el último curso. Que me gustaría ver qué pasaría si a los alumnos les pusieran a todos un antifaz, que nadie supiera el trabajo o la hacienda de los padres, que solo se les midiera por lo que hacen y no por lo que los ponedores pudieran ofrecer, a ver cuántos prosperaban en esto del toreo. Y para cerrar, lo de la espada, si se pega un bajonazo es que se ha tirado como un rayo. Y si pincha una vez y otra y otra y... y además no atinan con el verduguillo, es que el animal se ha movido, no ha colaborado con su propio sacrificio. Ya digo, que hay que mirar a quién se le preguntan ciertas cosas. Si usted quiere felicidad y alegría, busque a un profesional de estos, pero si quiere otra cosa, aunque lo que vaya a escuchar no sean fiestas, pues... Usted verá.

Que a todo esto, el castigo de este jueves era una de López Gibaja, justa, justísima, alguno más caprino que bovino, aunque bobinos eran todos. Demasiado anovillados. Demasiado mansos, pero mansos sin nada, sin sustancia. Que andaban por allí, que acusaron la inoperancia de los novilleros, que iban a pegar derechazos y naturales y si el novillo se les iba escapando, pues solo les daba para intentar seguir arreando trapazos. Que a ninguno se le ocurrió no solo eso de poderles macheteando por abajo, sino que ni tan siquiera fijarles. Como es la norma, les dejaron a su aire y a ver si luego cazaban dos o tres trapazos jaleados por el personal; pero que mala suerte, había “fúrgol” y el paisanaje y la cla se habían quedado a ver la roja y los que acudieron, pues que o aplaudían o merendaban, que todo tiene su momento. De los picadores, pues hubo alguno que hasta se propuso zurrar al novillo, aunque rápido se le quitaban las ganas, mientras otro debió donar la paga del día, por no habérsela ganado con el palo y gracias que no le cobraron por darse un paseíto en el penco.

Si hablamos de los actuantes, pues igual acabamos poniéndonos tan pesados como fue la noche y no es plan, nadie se merece tal castigo, aunque claro, si ustedes me cuentan el “fúrgol” ¿no les voy a poner contar el...? Pero no. Cristian González, Juan Alberto Torrijos y Jairo López fueron una muestra de lo que es esto en la actualidad, unos muermos incapaces a los que las palmas solo les engañan y los “bieeeejnn” solo les distraen. Torpes, con las trampas muy bien aprendidas, que hasta parecen saber que son trampas, porque a nada que les corrigen desde los tendidos, bien que intentan ponerse. Las diferencias entre unos y otros, pues que Cristian González insiste e insiste en martirizar a los presentes, pero dando muchas voces, jaleándose solo, que hasta un ole se dedicó. Eso es tener ánimo. Muy alborotado, pero animoso. Juan Alberto Torrijos desplegaba un porte como si acabara de descubrir el toreo al mundo, no descubriendo otra cosa que el destoreo enganchado, aunque no fue el único. Y como la cosa no avanzaba, pues el arrimón, pero esta noche no pareció ir a la plaza ese “afisionao” que en mitad del silencio, o de la siesta generalizada, se arranca con una solemne ovación que arrastra a más de uno que despierta de repente y como ve que aplauden, aunque no sepa de qué va la cosa, pues aplaude también. Y no se atreve a preguntar el porqué, porque lo último es reconocer que se estaba pegando una plácida cabezada. Y Jairo López, pues quería dejar clara su voluntad de triunfo, pero... alguien le chivó cuales son los resortes para encender al personal, pero no le debieron contar ni cómo, ni cuándo ponerlos en práctica. Que ahora de rodillas, que me achucha y de pie, venga a alborotarse con la pañosa, que si me pego un arrimón, que si un “¡Viva México!” que si me voy a portagayola para tirarme en plancha, que si una larga de rodillas en el nueve y ya acaba de darla y el novillo aún no ha llegado a jurisdicción, que si más de rodillas, que si me retuerzo exagerando la pose, que si arrimón ¡Qué suplicio! Que esto era como un partido de “fúrgol” entre el Desganaos FC y el Racing de los Sin Sangre, con prórroga, tres prórrogas y sin penalties, no fuera a ser que ahí hubiera emoción. Y es que al final, a los cuatro y medio que se acercaron a la plaza solo se les podía decir que habían ido a las Ventas para ganarse el cielo.


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viernes, 26 de junio de 2026

Una de bravas, dos Chateau del Trapazeao y... ¿a alguien se le ha escapado el gato?

 

Y el que no se divierte es porque no quiere, que facilidades las dan todas.

En un ambiente festivo, alegre, familiar, distendido y muy poco taurino, ha dado comienzo la feria de la tasca en las Ventas 2026. Que olores, que aromas, que... Que no pase usted botellas de cristal a la plaza, que ya en la puerta un funcionario se ocupaba de evitarlo. Que las almas candorosas pensarán que es para evitar posibles males mayores; pero los no tan cándidos igual iban más por la idea de que la gente consumiera en el Tascuzo 2026. Allá cada uno. Y entre zampa y zampa, que como aderezo, no como elemento principal, resulta que echaban unos animalitos al ruedo y unos caballeros vestidos de colores se entretendrían con ellos, a ver si en una de estás les regalaban un despojo y ya hacíamos la juerga completa. Que está preparado que te mueres, las tapas, el alcoholazo y de postre la Discoventas a todo lo que dé ¿Qué podía salir mal? Pues nada, cómo iba a salir algo mal. Pero sí, resulta que en medio de un permanente molesto bullicio, a alguien, parece que a muchos, se les ha escapado el gato y toda la plaza llamando al gaterío con un atronador ¡Ssssssssshhh! Y el gato que no aparecía y otra vez ¡Ssssssssshhh! O lo mismo... y si resulta que no fuese que Robespierre se le hubiera escapado a un desconocido y que los del siseo fueran aficionados al tenis. Pero no creo, no había pelotas.

Pero dejemos de lado las bravas, bastante más bravas que los novillos, esa delicia del Chateau del Trapazeao y... ¡Ssssssssshhh! Y si nos dejan, hasta el gato que no parece haber sido encontrado. Ganado de los Chospes, alguno de una sin caballos, otros justitos y nada más y el quinto que al lado de sus hermanos parecía el padre de todos. Oiga, que comportamiento tan parejo, todos mansos, pero mansos de la mansedumbre. Eso sí, tampoco han tenido los mejores colaboradores en los tres espadas, Álvaro de Chinchón, El Mene y Félix San Román. Que si tienen algo ahorrado, para el año que viene se podían montar su tascuzo para este certamen tan, tan, tan poco inspirador para los aficionados a los toros. Eso sí, que no lo monten de sardinas, porque con tanto gato suelto, a ver quién protege el género. Lo de los caballos, pues será una atracción más para este público tan, tan, tan particular, el ver unos pencos paseándose por el ruedo con unas faldas taloneras. Anda que los de los Chospes no han pegado derrotes a la guata y el que no, pues sencillamente se dejaba picar en mitad del lomo, de la paletilla, dónde cayera. Y que griterío, sin importarles espantar a los gatos; ¡Ssssssssshhh! Que fijación de los novillos con irse a tablas, con buscar la puerta de toriles, con escapar para que el maestro fuera detrás. Aunque los maestros...

Álvaro Chinchón no solo no sabe dónde colocarse durante la lidia, que a lo más que llega es a plantarse como un plantón a ver qué pasa y cuando se cansa, pues se quita la montera para pedir el cambio ¡Tan difícil! ¡Tan complicado! ¿Cuesta tanto decirles a los futuros figuras que aquí no se desmontera uno para pedir el cambio? ¿Que en su pueblo sí? Pues cuando vayan para allá, ya saben. Pero lo de la montera ya es casi lo de menos, lo peor es la absoluta ausencia de conocimientos y recursos taurinos del espada en cuestión. Que aparte de banderazos, ventajas, quedar siempre fuera, los enganchones, las... lo de siempre. Incapaz de conducir una embestida y así le pasa, que a nada se ve complicado, se queda a merced, con lo peligroso que es esto. Que si al menos supiera llevar un toro con el capote, por ejemplo para ponerlo al caballo, igual podría ser hasta un digno peón, pero permítanme que lo dude.

El Mene, el que iba para figurón, pues... Que nadie le ha contado de qué va esto, ¿no? Que no intenta ni fijar a un novillo, solo el darle mantazos, a ver si se pone bonito, pero que no lo logra, ¡oiga! Que le sale un manso de libro y él, que debió escuchar campanas en algún sitio, va y lo pone para una segunda vara de lejos. Pero, ¡Chico, fíjate un poco! Pero que no ha manera. El animal pronto decidió refugiarse en tablas, después de correr y correr por el ruedo, y ya no hubo manera, se empezó a defender y acabó parado como un marmolillo. El quinto era como un burro, pero con cuernos, pero por esas cosas de la vida o por las bravas o por el Chateau del Trapazeao, que la gente dejó de llamar al gato, ¡Ssssssssshhh! Y empezó a jalear los enganchones, el que el borrico no pasara, el recolocarse a cada trapazo, ese encimismo tan poco... ¿cosmopolita? Y que hasta hubo quien pidió un despojo. Pues para él, buen provecho; por la oreja, claro, bueno y por las bravas y el alcoholazo trasegado en la noche.

El tercero era Félix San Román, que dejó claro, pero muy claro, que lo suyo puede ir más por lo de montar un tascuzo con sus compañeros de terna, que por eso del toreo. Que hasta nombre tienen ya: “Los Reyes del Trapazo”. Aunque no me extrañaría que el nombrecito ya estuviera registrado, hay demasiados candidatos. Pues resulta que el madrileño parece que tiene voluntad, pero muy poca destreza. Que si recibir de rodillas con una larga es una declaración de intenciones, se lo damos por válido, pero el que ya te enganchen el capote a las primeras de cambio es también una declaración de aptitudes, pocas o casi ninguna. Que posturas pone, sí señor, pero posturas de corista de opereta francesa alrededor de la vedette. Trapazos con el pico, muy, pero que mu descarado, echándose al toro fuera. Luego un arrimón y punto, en el tercero. En el sexto, pues intentó lo mismo, pero en este caso el manso no le dejó, que el animal no estaba para juergas. Y el espada detrás, a ver si te pego un trapazo, a ver si me planto para una foto y venga detrás del animal; que se pegaron vuelta y media al ruedo, pero no vuelta triunfal, ni mucho menos, uno escapando y el otro poniéndose ya pesadito y los gatos sin aparecer ¡Ssssssssshhh! Con el ambiente festivo, alegre, familiar, distendido y muy poco taurino que había y que los gatos seguían huidos. Y no me extraña, que lo mismo es que se olían el percal y no querían pagar los platos rotos. Aunque lo mismo aparecieron en la Discoventas, que no me extrañaría, al menos para echarse un bailecito. Pero algunos aún estaban en lo importante, en lo sustancial, en lo que la empresa anuncia con tanto entusiasmo, y seguía oyéndose esa música celestial del Expo Tascuzo 2026, una de bravas, dos Chateau del Trapazeao y... ¿a alguien se le ha escapado el gato?


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lunes, 27 de abril de 2026

Encuentros con el toro

Almargen de otras circunstancias, la Casta Navarra parece que puede seguir 
 recuperándose
 


Ya ha pasado, esa fecha tan esperada que desde el momento de su anuncio ya movilizó las cabezas de tantos aficionados que se preguntaban unos a otros si irían a San Agustín... y fueron, no se lo podían perder; y los que se lo perdieron, no sin dolor de corazón. Que incluso sabiendo después si las cosas habían ido bien, no sentían envidia, sino satisfacción por el triunfo del toro. Que las cosas han salido como el toro lo haya querido, que ya saben eso de que el hombre propone, el Club 3 Puyazos, Dios dispone y llega el toro y todo lo descompone. Empezaba el fin de semana con una novillada de Guardiola e Isaías y Tulio Vázquez, que decepcionó. Bien presentada, pero su condición nadie la podía saber; mansos y no sobrados de fuerzas. Los actuantes, Joao D'Alva y Jesús de la Calzada, voluntariosos y queriendo cumplir un guión que creían que tenían que cumplir. Intentaban poner los toros al caballo, dando distancia y a esperar a que los animales se decidieran a ir. Unos iban al paso, otros se arrancaban en un encuentro con alegría, pero al notar el palo. Y ese empeño en las lejanías, a contraquerencia y a esperar, esperar y esperar a que el de negro se decidiera. Que eso es mostrar el toro dicen. Sí y no, porque si no va y está mirando de reojo las tablas, si se fija en el caballo cuando está a favor de su querencia, la de manso, igual habría que pensar en darles los terrenos que pide. O eso pienso yo. Pero este ha sido un factor común en los tres festejos.

Por la tarde una corrida pensada por alguien que sabía lo que se hacía y que quería que se vieran los comportamientos a priori opuestos de dos sangres diferentes, los Veragua de Prieto de la Cal y los navarricos de Reta de Casta Navarra. Unos torazos bien presentados, bajando un pelín el sexto de Reta. Para Sánchez Vara, Joselillo y Francisco Montero. Los de Prieto de la Cal mansearon en el caballo, o si quieren, no se comportaron como un toro bravo, les ponían de lejos, tardeaban un mundo y solo parecía opción el esperar, esperar y esperar, a ver si, para unas veces ir andando o con un ligero trotecillo, quedándose en el peto o tirando derrotes cuando ya no sentían el palo. Solo el quinto fue una cuarta vez, por indicación del ganadero, que era como si en un partido de la selección española estuvieran en la banda los entrenadores de todos los equipos de cada jugador. Que igual él lo ve como un alarde de celo, pero... Los de Reta empezaron dejando mal a su criador, o bien, porque esto ya no fue aquel no querer los caballos ni en pintura. El trabajo parece que va dando sus frutos y los animales no escaparon de los caballos, incluso alguno peleó en el peto. El primero, escarbando y todo, pegaba un arreón y hasta tuvo que salir el jinete a los medios a por él; eso sí, al notar la puya pegó un respingo doliéndose. El cuarto empezó derribando y como fue la tónica habitual, tardeó en acudir al peto. Y el que cerraba plaza se hartó a tirar derrotes a la guata, le pusieron de lejos, aunque mal colocado, solo para dejarse, pero el caballero, Gabin Rehabi, se hizo con él, esta vez sin alardes innecesarios, con cabeza y viendo las condiciones del animal y quizá hasta la mala colocación, moviendo el caballo para corregirla. Eso sí, la salida del ruedo fue muy a su estilo, pero si eso gusta y no afecta a la lidia, nada que decir. Los de a pie, pues Sánchez Vara, que parecía más querer estar ahí sin resultar cogido y si encima se le cruzaba por ambos pitones, para qué más. Joselillo con excesivas precauciones y pensando que los toros venían ya aprendidos de casa, dejando los engaños al aire y claro, si a uno de estos le dices a la primera donde está el trapo, después él querrá ir allí sin que nadie se lo mande y pasa lo que pasa. Francisco Montero no podía con su primero de Prieto, toreando más al aire que al toro, para acabar vulgarote, esperando las palmas de un sector del respetable más amante de la diversión que del toreo. En el de Reta, complicado, siempre buscando el refugio de las tablas, estuvo a merced del toro, pero aún así, pegado al olivo, tragó arreones, se empeñó en darle trapazos y más trapazos, pero quizá en su cabeza estaba que o eso o la nada. Y hubo una circunstancia bastante censurable. En el segundo se le rompió el palo al picador y este quiso seguir picando con la astilla. Vale que se tiene que defender, por supuesto, pero una cosa es eso y otra el destrozar a un toro. Quizá no le dio tiempo para voltear el palo, pero es que para esto también están las cuadrillas, que deben estar atentos a cualquier imprevisto y no quedarse mirando a ver si el de aúpa atraviesa al animal o recibe un soplo de decencia taurina.

Y la mañana del domingo, cayendo el sol a plomo, que así se nos pasó el punto de las coronillas despobladas, llegaba la que podía ser la más previsible, si cuando asoma el toro hay algo previsible, pero creo que ya me entienden; es lo que vemos con más frecuencia. Dolores Aguirre y José Escolar, para Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera. Los tres primeros toros con presencia de plaza de tercera, destacando sobre el resto el cuarto y sexto, ambos de Escolar. El primero de Dolores, perdón por la familiaridad, metió los riñones bajo el peto. Entraba en zigzag, lo que dificultaba atinar con el palo. Hinco los pitones varias veces en la arena, con el quebranto que eso supone. Castaño empezó bien por abajo, para después diluirse en muletazos echándoselo fuera y el animal toreándose solo. Al de Escolar, que le recibieron haciéndole la carioca en el caballo mientras empujaba retorcido cuando era para fuera, bien cogido en la segunda vara sin pelear cuando era hacia adentro, y de nuevo solo cuando le tapaban la salida en la tercera vara después de pensarse el arrancarse, Castaño empezó el trasteo entre trallazos. Siguió con el pico y estirando demasiado el brazo, colada por el izquierdo, dejando mucho hueco el espada, muy fuera, cerrando de un infame bajonazo.

Juan de Castilla estuvo gris, algunos justificaban con que estaba herido, lo cual siempre es un hándicap, pero si no se está, quizá es que no se puede estar. El Escolar iba andandito al caballo, le pegaron cuchillada tras cuchillada y al final apenas se le pico. El espada con muchas precauciones y ventajas, pico descarado. A su segundo, el de Escolar, en la primera vara solo se dejó, pero el jinete debía haber pasado una mala noche, una bronca con el casero, unas lentejas sosas, que empezó a zurrarle como si no hubiera un mañana y siguió en los tres encuentros, tapándole la salida. Que no funcionaba eso del vale, vale, ni levantar la mano el espada. Pero el señalado era de Castilla, que es quién debería sacar al toro y mandar a su subalterno que midiera el castigo, que al fin y al cabo es el que le paga. Después el trasteo fue un cúmulo de protestas entre el abuso del pico y los enganchones con que nos deleitaba el espada.

Maxime Solera se encontró con su primero de Dolores Aguirre que empujaba sin meter la cara, fue al pasito al peto para marcharse, sin querer ir desde lejos, por mucho que se lo pensara. En el trasteo el animal iba, iba y volvía a ir, sin que el galo supiera por dónde echarle mano, pero eso sí, alargando la faena hasta la desesperación. Y cuando el toro parecía que iba mejor, decide cerrarlo en tablas y ahí se acabó. El sexto de Escolar ya parecía quedarse un tantito en el recibo y sin hacer caso a los intentos de Solera de sacar los brazos. Fue cuatro veces al caballo, pero sin emplearse nunca, andando, pensándoselo y sin parar de escarbar. Reservón en la muleta y el espada con precauciones. Se le revolvía, tiraba arreones, arrancadas sorprendiendo, quedándosele y siendo este el epílogo de una feria para los aficionados y por muchos años, aunque algunos le auguraban escaso futuro, pero bueno, quizá es que también los había que iban a ver a los toreros y los que iban a ver a los toros les parecían unos bichos raros deshumanizados. Pero esto solo sirve para que, después de hablar de toros, los recordemos y nos echemos unas risas. Estos son los que llevan el Gps que no les funciona a devolverlo a la frutería. Y un último detalle, el señor presidente de los festejos, a ver si para otra vez no se “jincha” a valerianas antes de los festejos y se le ve con un poquito más de diligencia en lo de sacar los pañuelos a tiempo.

Y ahora, yo que ustedes descansaría, iría a tomarme un vasito de agua, un café y después, ya relajados, volver, que queda la de Palha de Madrid. Un no parar. Y es que Madrid no para, de momento. Corrida de Palha, más un remiendo de Couto de Fornilhos, para Sánchez Vara, Francisco José Espada y Luis Gerpe. Presentación entre justita y rara, feos y el de Couto para montar un tendedero entre los pitones, un cornalón que daba susto. Y viniendo de San Agustín,lo que se nota el ruedo de Madrid, que aquí hay que parar y fijar a los toros, evitar que se peguen mil y un garbeo innecesario por el ruedo venteño. Que si siempre es importante lo de los terrenos, en Madrid toma unas dimensiones más que importantes, lo que hace que se pueda ver mejor las condiciones de toros y toreros. El primero de Sánchez Vara fue una capea, que si no te pongo, pero te abandono, mal colocado de lejos, a un toro que quería empujar con ambos pitones, pero al que le faltaban energías. El alcarreño puso banderillas o eso intentó. Mucho trapazo bien bailado, acelerado y solo dando aire al Palha, que seguía entrando a la muleta, hasta que ya harto entraba con la cara a media altura. Le tocó el cuarto, un jamelgo, que se fue suelto al que guardaba la puerta, empujando, para ya a contraquerencia en la segunda vara tirar derrotes al peto. Volvió Sánchez Vara a coger los palos, que si me protestan y los devuelvo, que no, que las pongo yo, y en que hora. Trapaceo vulgar, mano alta, sin asentarse, echándolo fuera y tras pinchar, media pescuecera. Y cuando el animal se marchaba a buscar el abrigo de las tablas, el personal le aplaudía. Cosas que pasan.

Francisco José Espada ya no podía de salida con su primero, dándose la vuelta y perdiéndole terreno. Se le escapó, este también, al de puerta y para que el toro no fallara, lo metió en el peto el propio peón que amparaba el caballo. En el segundo encuentro solo se durmió en la guata, para después irse a tablas. Telonazos a una mano, para seguir por trallazos con el pico, carreras, enganchones desde la lejanía, muleta retrasada y el animal que se quería ir ya aburrido. Al cornalón de Couto le recetó mantazos por alto en el recibo, se le marchó a los medios y allí que le dejó. Fue suelto al caballo, le cogió bien el jinete, la cara muy alta, mientras le tapaban la salida, para acabar yéndose suelto. Volvió suelto para la segunda vara, picotazo y en medio del desorden una tercera vara. Venga trapazos con la muleta, seguimos con los enganchones y sin poder con el animal, para acabar con ese encimismo que entusiasma en otros lares, pero que en Madrid tiene sus detractores... afortunadamente.

Al tercero, Luis Gerpe, le salió algo más parecido a un caprino, que a un bovino, recibo rectificando siempre. Sin picar, para en un tercer encuentro ir el caballo al toro y no al revés. Empezó la faena de muleta con más banderazos, quitándoselo de encima cuando se le venía, arreones por dentro, venciéndosele por el izquierdo, a merced del animal y sin saber por dónde tirar. El sexto se le revolvía, le atosigaba sin dejar pensar al torero. Fijo en el peto, solo dejándose, hasta que le quitaban el palo, esa bonita costumbre tan en boga para esos del “levanta el palo”, momento en que el Palha se lió a tirarle derrotes al peto. En el trasteo ya le avisó por el pitón izquierdo, sin llevarlo y así pasó, que acabó echándole mano. Que quizá habría que reflexionar sobre si hay que aplaudir siempre a todo o no, evitando así ciertas confianzas y venidas arriba sin tener demasiados recursos, que pueden acabar en la enfermería, un lugar al que no hay que ir ni a por tiritas. Lo avió, no sin dificultades, Sánchez Vara. Y así terminaba un fin de semana de toros, toros mejores o peores, pero toros al fin y al cabo, aunque los Palha no estuvieran a la altura de lo esperado. Se acabó 3 Puyazos por este año, pero seguro que bastará el anuncio de la fecha del 2027, para que tanta gente se ponga a querer cuadrar calendarios. Y Madrid, pues de momento ahí sigue, solo hasta que la empresa, el Centro de Asuntos Taurinos y la Comunidad quieran. Pero de momento, seguiremos pensando en estos encuentros con el toro.


PD.: Disculpen tantas letras juntas, y la demora, pero entiendan que cuatro festejos pueden dar para mucho.


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lunes, 20 de abril de 2026

Y que esto no desgrave en Hacienda

 

Quizá no sea cuestión de volver a los caballos sin peto, pero una vuelta a los fundamentos de todo esto no vendría nada mal.


La vida de un ciudadano está repleta de reivindicaciones no atendidas, que si unos quieren meter los gastos de las vacaciones, que si las clases de hípica de los niños, el gasto de comprar un piano y nada de eso puede ser desgravable para el común de los mortales. Pero claro, ¿por qué no se puede declarar que se ha pasado una tarde infame en la plaza de Madrid? Ya no tanto por el precio de la entrada, si no por el rato que los asistentes han pasado sobre la piedra venteña. Que llevamos ya dos tardes en las que no se emocionan ni los paisanos y amigos de los actuantes; que habrá quien piense que seguro que la abuela de cada uno de ellos se emocionaría al ver a su nieto de luces y delante de un novillo en la plaza de Madrid. Pues no se me confíen, que lo mismo al salir de la plaza las abuelas juran no volver a hacerles un bizcocho para merendar hasta que no aprendieran a torear. Que sería de justicia una casilla en la declaración, ahora que estamos en plazo, en la que se marcara si es habitual de la temporada de Madrid; eso sí, presentando los oportunos justificantes, una foto dando una cabezadita, un cuaderno de crucigramas completados, un resumen de las obras completas de Thomas Mann y el padre Coloma, será por justificantes.

Novillos bien presentados de Antonio palla, aunque para algunas almas generosas, excesivas para ser novillos; aunque hasta la bondad tiene su contrapunto y los hay, con malas entrañas, que afirman que es lo justo para traer a la plaza de Madrid. Y quizá ahí debería haber quedado todo, los animales con su cuajo y punto. Porque si seguimos hablando del encierro, soso, descastado, manso pero sin ganas, que ya es penoso. Que ni ganas de mansear parecían tener. Quizá era porque eran fieles a esa “neotauromaquia”, que después de no decir nada bueno en los dos primeros tercios, en el último, si hay un señor que no les moleste y que les abanique mucho, van y vienen como un burro en una noria. No se les ha picado apenas, que si un pica decidía emplearse, inmediatamente tenía que frenar el brazo. En el mejor de los casos se quedaban en el peto, que era, viendo la condición de los bueyes. El quinto hasta se arrancaba con cierta prontitud, y hasta aparentando ganas, al peto, pero era notar el palo y en lo que tardaba en darse cuenta de que aquello hacía pupa, salía escapando del caballo y de aquel señor del palo largo.

Y usted se preguntarán que en qué estaban los tres espadas en estos primeros tercios, pero no se hagan preguntas difíciles a si mismos. Si bien es verdad que El Mella hasta quiso llevar el cuarto al caballo con un galleo, es mejor que pasemos por alto el capote de los tres novilleros. Y ya metidos en faena con el ya nombrado Mella, más Cid de María y Tomás Bastos, pues solo se puede decir que han estado en la misma línea de los de Antonio Palla. Pongan el nombre que quieran a eso de dar trapazos y más trapazos, hacer las faenas eternas por su larga duración y por lo tediosas que resultan. Pases y más pases, con el pico, desde muy fuera, con demasiado enganchón, abusando de las distancias cortas y cambiando de mano sin ningún criterio. Que a saber quién le ha dicho a el Mella que eso de ponerse de hinojos es toreo, como el que le haya chivado a Cid de maría que a su primero había que ahogarle la embestida, sin aprovechar los quizá pocos viajes que ofrecía yendo dándole algo de distancia. Y Tomás Bastos, cuya única ocurrencia ha sido irse a portagayola con ese valor que se diluye en el momento en que hay que ponerse derecho y cargar la suerte llevando al novillo. Pero que nadie piense que esto es exclusivo del luso, ni mucho menos, porque quitando eso de si se fue a la puerta de toriles, si se puso o no de rodillas, el resto son una copia emborronada del otro. Que tanto estiraban el brazo que conseguían que el animal se les metiera entre el bulto y el trapo. Que claro, uno escucha las maravillas siderales de otras plazas y otras ferias y entenderán que se coma las uñas intentando calmar la envidia, pero claro y todo tiene un pero, si lo medio ve en los vídeos laudatorios que circulan por ahí, de que esto es lo nunca visto, que si esto era de Pepe Hillo, ¡cómoooo? Que si lo otro de Manolete, de Pepe Luis, de Joselito el Gallo, de Chicuelo, de... Cómo no van querer estos proyectos de matadores ser émulos de tales acontecimientos. Eso sí, lo menos que se podrían plantear los que rigen nuestros destinos es que a los que van a la plaza en tardes como esta, hay que hacerles una gracia, porque, y que esto no desgrave en Hacienda


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lunes, 13 de abril de 2026

Pañuelos como sábanas para premiar la nada del autobús

Será que los niños ya no juegan al toro y por eso no tienen ese desparpajo y frescura del que tiene algo dentro que mostrar, más allá de eso de querer ser figura.


Y que se quedó aquel aficionado pensando y pensando, ¿y si me apuntara a eso de pedir despojos? Con lo feliz que parece hacer al personal este agitar de pañuelos. Nada que ver con echarse una novia o novio, nada que ver con que te toque un bingo, una muñeca Chochona en la tómbola o que el camarero invite a una ronda después de quince antes, nada es comparable a pedir premios para el paisano, amigo o lo que sea, para el motor que impulsa a la gente a subirse en un autobús para ir a los toros a Madrid. Que por si esto fuera poco, con la entrada te dan una sabana/ pañuelo que lo mismo te sirve para sonarte la nariz, que para embozarte y atracar un banco, que para pedir despojos. Que me dirán que la dominical de Madrid no daba para tanto o que incluso no daba para nada, pero... ¿Es que estamos locos? ¿Qué vamos a perder la ocasión del jolgorio más juerguista? ¡Venga ya! Que solo se vive una vez y lo mismo a las Ventas no se va ni una vez en la vida y menos a ver al ídolo del pueblo, el barrio o el bloque. Sí hombre, que ahora vamos a hacer como esos que ven que el torero traviesa las tripas a un novillo y se ponen de uñas. Atino en lo negro, ¿no? Pues ya está, ¿pa qué más?

Novillos, a veces demasiado novillos, de Sánchez Herrero y dos, cuarto y sexto, de López Gibaja; que frecuentemente, en tono despectivo los aficionados utilizan esa expresión de, ¡vaya moruchada! ¡Ojalá hubiera llegado al rango de moruchada. Mansos descastados, de una flojedad desesperante, que no es que se cayeran, es que se desmoronaban rodando por la arena. Que siguiendo la costumbre, porque esto de los toros es muy de tradiciones, pues no se han hecho ni intentos de llevar una lidia medio ordenada por parte de los titulares de las cuadrillas. Que lo mismo te tiraban al animal contra la nada, allá dónde el quisiera ir, que te lo abandonaban con esa ya demasiado habitual suerte de la gasolinera, que lo dejan a su suerte y desaparecen. Los de a caballo, pues con las miras en la Luna, que si puyazos traseros, que si caídos, aparte de tapar las salidas y hacer la carioca. Pero miren lo majos que eran los autobuseros y demás moradores de las Ventas, que en el sexto, después de un picotazo en buen sitio, aplauden a rabiar, olvidando que ese mismo caballero había clavado en el primer encuentro en mitad del lomo. Cosas de la “tauromaquia” de estos tiempos de juventud y jolgorio. Pero oiga, mucha juventud, pero que anteriormente se enfadaron y cómo, porque uno de estos “partelomos”, en lugar de dar marcha atrás para irse por la puerta de Madrid, el muy osado decidió circular como manda el reglamento y avanzar hasta la puerta del seis, hurtándoles el placer de vociferarle bien cerquita. Si aunque vaya por fuera, también se le puede mentar al que masacra un toro. Pero no se crean que los seis fueron un desastre culmen, no, que los de López Gibaja solo se quedaron en desastre; eso sí, al cuarto, como salió brioso, un ejemplar escuchimizado, le aplaudieron con delirio, porque salió con brío. Que tal y como estamos, algunos necesitamos, y con urgencia, un manual que no explique esto de la Tauromaquia AI o Tauromaquia 5G o Teletauromaquia, porque todo es a mucha distancia y porque parece ser que es lo que van marcando los microfoneros de las teles. Que como saquen el dichoso manual, ya les digo yo que se agotaría... o no. Y que sea con letras gordas, por favor, que la presbicia...

Que dirán ustedes que a este cristiano se le olvidan los de luces; ya me gustaría, ya. Jesús Romero, uno de esos jóvenes valores de la Teletauromaquia, que sigue la lidia de sus novillos a una distancia más que considerable. Y nada más que destacar. Bueno, sí, que no le contaron lo que es esta plaza, que los saludos muleteros de rodillas a modo “El Bombero torero”, pues que no es que se valoren demasiado. Que luego el resto son trapazos y trapazos y más trapazos, enganchones, pierna atrás, que no entusiasmaban ni a los familiares. Que le importaba nada que el novillo se le viniera al suelo con mirarle muy fijo, como el cuarto, que él había venido a gastar su bono trapazo y no se lo iba a llevar a medio gastar. Eso sí, tras una estocada haciendo guardia, los hubo que sacaron el moquero, no se sabe si para pedir despojos o para esparcir miasmas a esos malajes aburridos habituales de la plaza de la calle de Alcalá.

El segundo era Mariscal Ruiz, un portento de desgarbada sosería, otra máquina de dar trapazos cual giraldillo. Entró en quites a los compañeros, pero por favor ruego que no pidan describirlos, guardemos un respetuoso y acusador silencio. Que como sus compañeros, delante de un cadáver con patas, aún se veía superado. Que ellos vienen a dar pases, no a torear. Voluntarioso,, que hasta se atrevió a tomar los palos en su primero, lo que le califica como un buen aspirante a tomar la plata. Y será porque Sevilla pillaba lejos, que no hubo paisanos que sacudieran pañuelos en su honor. Y cerraba pedro Andrés, que curiosamente hubo momentos en los que parecía tener buenas intenciones, pero del querer al poder hay un mundo y en ese trayecto pueden evidenciarse todas las carencias imaginables y sin imaginar. Que antes de empezar su trasteo al último de la tarde hasta se podía pensar en que no molestaría verle otra tarde, pero... Será por las ganas que le insuflaron sus amistades, que decidió tirar de repertorio talanquerero y ahí se rompió todo. Vulgar, pesado, enganchones trapaceros, muy fuera, encimista, pero que al concluir su tarea, ese cogollito de los allegados empezó a sacudir las sábanas como si no hubiera un mañana. Que nadie más en la plaza sintió la necesidad de airear vergüenzas. Pero ellos dale que dale, que igual debían pensar que si llegaban a las 250 sacudidas les convalidaban las que no practicaban el resto del tendido. Eso sí, cosas de la modernidad, no le animaron ni para que saliera a saludar. Que no me hagan preguntas difíciles, cuando salga el dichoso manual para entender esto, van y lo consultan. Pero nada, ellos tan felices con sus pañuelos como sábanas para premiar la nada del autobús.


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lunes, 6 de abril de 2026

Gran mérito lo de aguantar en pie


Siempre se echa de menos al toro, pero cuando delante nos ponen animales que no aguantan un suspiro para mantenerse en pie, la cosa es mucho peor y desemboca en el mosqueo.


Será el pienso, será la falta de vitamina, que no tienen un coaching que les ponga hechos unos toros, nunca mejor dicho o que no les dan un buen tazón de colacao por las mañanas, pero vaya manta de flojos que ha mandado Martín Lorca y el sobrero de Escribano Martín; que no se aguantaban en pie y en el mejor de los casos, para aguantar, solo se defendían. Y dirá el otro que también se defendían por el instinto de la mansedumbre, pero todo con orden, que si no, se nos hacen los dedos huéspedes. Ya de salida daban síntomas de flojera, al tiempo que escapaban buscando la puerta de toriles. Luego en el caballo, ¿caballo? ¿Qué caballo? ¡Ah, sí, ese lugar en el que un señor le acariciaba con cariño con un palo largo, allá dónde pillara, a excepción del cuarto, que el pica estaba con ganas de barrenar... y barrenó. Que el más peleón del encierro tiraba derrotes o se dormía debajo del peto. En fin, que no creo que la de Martín Lorca y el parche pasen a la historia, ni que nadie la recuerde para darle un premio; premio para los que han aguantado a pie de piedra sin dar una cabezadita.

Si hasta los de luces parecían dormitar. Curro Díaz, de luto, desmonterado en el paseíllo, ha sido tratado con cariño desde el primer momento al taparse las cuadrillas en el callejón. Costaba ponerse estupendo con el torero en un trance como este, claro que costaba. Pero lo de ser cariñoso en una fecha tan señalada no quiere decir que haya que pasarse al lado opuesto, al de que todo es maravilloso y todo es toreo grande. No ha sido así, por mucho que alguien quiera convencernos o convencerse de lo contrario. Aunque quizá si ha habido enganchones, la muleta atravesada o muletazos sin rematar sea lo se menos, porque lo verdaderamente importante estaba muy lejos del ruedo y del ánimo de la plaza de Madrid. Solo desearle que vuelva y entonces ya hablaremos de todo, claro que sí, el torero se lo merece.

Sus compañeros estuvieron a la altura del ganado, bajo mínimos, aunque por momentos daba la sensación de que se estaban creyendo cualquier cosa que no era, una realidad paralela en la que esperaban los olés y glorias a su quehacer. Rafa Serna cuidó a su primero como se cuida a un rorro de meses, lo cual está muy bien para una criaturita, pero para un toro de lidia resulta sonrojante y profundamente irritante y más si se pone a pegar trapazos a la bola de sebo y para colmo no puede con él. Que ya tiene delito no poder con un alma en pena con cuernos. A su segundo, como al primero, hay quien asegura que lo picó, pero fíense ustedes de lo que se dice por ahí. Que también hay quien dice que apenas les rozaron con el palito largo. Ya en el último tercio se espabiló con unos trallazos como alaridos en una chumbera. Le dio distancia y venga trallazos con la muleta al bies. Por el izquierdo aún peor, sin poder con aquel moribundo y sin saber por dónde se andaba, bueno, sí, siempre fuera.

Y cerraba Diego San Román, al que le echaron a los corrales a su primero, ya con banderillas en el lomo, que no es que estas le dañaran hasta el punto de impedirle andar, sino más bien porque el señor presidente debió pensar que si aguantaba un poco, igual nos le colaba y santas pascuas. Pero no coló, como quizá tampoco debería haber colado el que en principio era el sexto y que salió como tercero al correrse el turno. A pesar de los capotes al cielo, el animalito tenía que hacer verdaderos esfuerzos para aguantarse sin rodar por la arena. Pero San Román debió pensar que era lo que llaman el toro mexicano y allí se lió a pasárselo por el sacro, vulgo culo. Y venga y otra vez y otra y... y el animal que exhibía una calmada embestida acemilar, tenía que aguantar trapazos con el pico, venga enganchones, después venía lo de acortar las distancias y mostrar que la vulgaridad es ilimitada, siempre puede ir a más. Muleta retrasada, sacando el pico, trapazos de uno en uno, ahora me pongo de frente para lo mismo y dos avisos por su torpeza con la espada. En sexto lugar salió el sobrero de Carmen Valiente, un alegre corretón al que lanceó San Román siempre rectificando. Un primer tercio para no contarlo, sin picar, por supuesto y quite por gaoneras, para hacer que el toro rodara por el suelo. Y como fin de fiesta un inacabable repertorio de trapazos rebosantes de vulgar sosería, recolocándose constantemente, abusando del pico y que no se cansaba, que no veía el final. Que el pobre animal no hacía por el torero por falta de energías y para rematar, unas bernadinas, o una, una antes del desarme. Vaya colofón para una tarde poco o nada soportable, con mucho público foráneo que no parecía saber dónde estaba y lo mismo se te levantaban para ir a por una fanta, que para probar un sitio veinte localidades más allá y otro otras veinte más acá, que lo mismo aplaudía, que al segundo daba palmas de tango. Una tarde de mérito, sobre todo para el ganado, que ya saben que para mérito, mérito, gran mérito lo de aguantar en pie.


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