Un clásico, Domingo Ortega, probablemente no entendería estas moderneces de ahora
Esto parece no tener remedio. Creo que tenemos que empezar a
asimilar que la Fiesta clásica de los toros va por un lado y este espectáculo
repleto de triunfos, orejas, indultos y bandas de Reina de las Fiestas va por
otro. Unos tiran para Cádiz y los otros para Mieres. Empieza a ser descabellado
el pretender medir a ambos mundos, a las dos fiestas, por el mismo rasero.
Quizás el único punto de unión que exista sea que cuando aparece el toreo
clásico con el toro de verdad, pone a casi todos de acuerdo. Unos porque
vuelven a encontrarse con lo que esperan ver cada tarde y los otros porque,
aunque sorprendidos, no pueden evitar reconocer que algo se les ha removido por
dentro.
Sería mucho simplificar si decimos que esta fiebre depende
de la plaza de que se estemos hablando. Aparte de las características que
definen a cada una, no se puede afirmar esto con rotundidad, ni mucho menos con
sólidos argumentos. Desde hace años nos quieren convencer que Sevilla es un coladero
donde el buen aficionado brilla por su ausencia y de que en Madrid solo van
amargados a pagar con toros y toreros sus cuitas domésticas. En el resto de
España solo hay ignorantes que van a la plaza a merendar. Pues la estrategia no
está nada mal planteada, todos contra la plaza que mantiene una afición más
estructurada por la frecuencia de los festejos y de esta contra los demás. Pues
no, no creo que sea así, ni creo que nos debamos dejar manejar por esta burda
maniobra. Baste como ejemplo estos párrafos de la crónica que la UTAASevilla
tiene la gentileza de hacerme llegar al final de cada festejo. Corresponden a
la gloriosa tarde en que José María Manzanares cortó cuatro orejas y abrió la
Puerta del Príncipe:
Para hablar de los toreros, antes tenemos
que hablar del toro de esta tarde en Sevilla y ¿cuáles son los argumentos?,
desgraciadamente ninguno, porque toro, lo que se dice toro, esta tarde en la Maestranza brilló por
su ausencia.
Ahora bien si entendemos como toro, aquel
animal que se aprueba mal presentado, o sea anovillado, con escasos pitones,
algunos de ellos sospechosamente romos o ciertamente reventados, entonces sí
podemos decir que lo que salió por chiqueros hoy en Sevilla era lo que cada uno
guste, pero nunca un toro integro o bravo.
Lo de esta tarde fue una pasarela del medio
toro, de aquel animal criado para las presuntas figuras de hoy en día, que se
queda corto en los capotes, que no recibe ni una media vara, que no admite un
quite y que llega a la muleta con las tandas justas para que un torero a su
medida ejecute una sucesión de muletazos desviados que enervan a quien quiera
admitir esta tauromaquia de mentira.
En fín, estos fueron los toros de Victoriano
del Rio, los que estas figuras de porcelana se matan por matar, y en este panorama
ciertamente son los primeros del escalafón. Nunca serán cabeza del escalafón
donde se lidia el toro encastado y que
presenta los problemas propios de su naturaleza brava.
MANZANARES es un torero fabricado desde
pequeño en escenarios como el de esta tarde en Sevilla y ahí le reconocemos
como número uno en unión de algún otro. Ejecuta la lidia con muchos tiempos
perdidos para que el animal al menos le dure varias tandas, desviadas y con
muchos resabios, pero pulcras y limpias y en eso basa su tauromaquia. Esa
tauromaquia moderna a tiempos de hoy donde estas pretendidas figuras se igualan
en lo fácil y eluden retos superiores porque no les interesa o posiblemente
porque no saben, quien sabe.
No sé que pensarán al leer esto, pero me parece que no están
demasiado de acuerdo con esta fiesta moderna que también les ha tocado sufrir. En
sentido contrario podemos recordar como en una plaza seria y considerada de las
duras, en Bilbao, el verano pasado se produjo el éxtasis durante una faena en
la que Morante de la Puebla superó ampliamente el centenar de pases, sin que la
mayoría se planteara ninguna duda al respecto. Bueno sí, las que se produjeron
en forma de pitos al inicio de la faena, cuando para unos cuantos se estaban
viendo los mejores momentos de la tarde. Que gran mezcla ¿eh? empezamos con lo
clásico y seguimos por lo más moderno e innovador, el pase inocuo, el que no
produce el más leve quebranto en el torillo.
Ya solo nos queda admitir que cada uno es aficionado a un
algo -rito, fiesta, espectáculo o show- diferente, que cada vez se va
distanciando más del otro. Unos tienen como referente el pasado y la evolución
que durante décadas se han producido en este arte. Otros han decidido echarse a
los brazos del triunfalismo, la alegría el jolgorio y la creación de ídolos a
los que adorar, sin plantearse la consistencia de estos, ni si perdurarán en el
tiempo. Da igual, siempre habrá un nuevo candidato que aupar al pedestal. En
parte es una visión pragmática de la vida. Para qué quedarse enganchado en nombres
que la mayoría ya ni sabe a quien correspondían, ni si cortaron mil o dos mil
orejas; lo que interesa es el gozo del momento, participar de una locura
colectiva, del histerismo contagioso y el poder decir que yo estuve allí. Puede
que estos beatos de la nueva se encuentren con alguien a la salida que les pida
que le cuente que ha pasado; probablemente no sabrán que decir, basta un
indescriptible para que el inoportuno preguntón se calle y deje de dar la lata.
En la otra fiesta los habrá que recuerden tal o cual faena,
los naturales o de pecho y la forma de embarcar a un animal que empezó
ofreciendo muchas complicaciones al torero, pero que este superó a base de
aplicar los conceptos eternos de la lidia. Unos alaban al señor que hace pasar
el animalito a distancia suficiente para no mancharse el vestido, que a base de
molestarle consigue que acuda mil veces al trapo y no ha hecho ni amago de
hacer por el sujeto que le hace ir de aquí para allá. Los otros no necesitan
tanta caminata, con veinte o treinta veces les vale, aunque exigen que sea
porque el torero hace ir al toro por donde no quiere ir y que para seguir la
muleta tenga que retorcerse y a veces hacerse un ovillo. Incluso llegan a no
conformarse con lo que ven con la muleta, también quieren ver torear de capote
y se mu8eren porque el toro acuda al caballo y muestre todo su poder y bravura.
Son dos mundos, dos fiestas, que marchan en direcciones opuestas.
