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| No les movían de su sitio ni una manada de toros detrás y han acabado haciéndolo los que dicen defender la Fiesta. |
Hace ya un tiempecito que uno anda subido a esta bitácora y
que se expone al juicio de los que leen estas cosas, y que con tanto respeto y
cariño me tratan, desde el primer día. Gracias a esta afición y a este invento
de los blogs, he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente buena, muy buena
con los que además he compartido afición, opiniones, debates muy enriquecedores
y hasta una buena amistad, a pesar de que a algunos les he podio ver media
tarde y a otros tarde y media como quien dice. México se me ha venido a la
puerta de casa, Huelva y su campo bravo lo tengo con solo asomarme a la
ventana, Salamanca, Sevilla, Málaga, Zaragoza, Valencia, Colombia, Perú,
Murcia, Jaén, Valladolid, Pontevedra, y tantas otras, que de repente han
acortado las distancias con Madrid y las siento tan cercanas que las veo casi
cruzando la calle. Y por supuesto Madrid, que gracias a esto del toro me ha
regalado estupendos compañeros de grada. Todos buenos aficionados, todos
viviendo los Toros de una manera muy especial, mucho más entregados que la
mayoría de los que viven del toro. Todos capaces de cualquier cosa por poder
acercarse a una ganadería, ir a ver a su torero allí dónde pinte o simplemente
para hablar y oír hablar de toros.
Realmente uno se da cuenta del amor a algo como los Toros,
que va mucho más allá de cualquier cosa. No es un divertimento, no es una forma
de ocio, ni tan siquiera una forma de matar el rato, es mucho más. Son lazos
fuertemente amarrados que parece imposible que nadie pueda desatar, pero esos
lazos hay veces que se acaban rompiendo. Como el tajo de un bajonazo, estos
aficionados se ven cada día más aislados y apartados de su pasión. desde
aquellos primeros compañeros de blogs taurinos que se mantenían en la brecha
cuando empecé por aquí, y de los muchos y buenos comentaristas que a veces
escribían verdaderos artículos de opinión, han sido demasiados los que han
dicho que hasta aquí. Los habrá que los tilden de cobardes, de comodones, de
oportunistas o de mantener una pose de aficionado que no han podido mantener.
Pero exceptuando a los que se lanzan como flechas a opinar, aunque no sepan
sobre que lo van a hacer, cualquiera podrá darse cuenta de que tiene que haber
sido una razón muy poderosa para colgar el teclado y cortarse el ratón como el
que se corta la coleta, más los que llevan tiempo meditando el si es sí o si es
no ¿Y todo esto por qué?
Quizá los que dejan esto sea porque se han dado cuenta de
que ya no hay nada de aquello que les volvía locos, que aquéllas formas se
esfumaron a golpe de triunfalismo y vulgaridad, y los que quedan será porque
aún no se han percatado de que los tiempos del toro y del torero, ya no
volverán. Es duro, pero creo que es real tal circunstancia. Hemos llegado a un
punto en el que otra forma de divertimento, usurpando el nombre de Fiesta de
los Toros, sus tipismos y sus apariencias externas, se han adueñado del reino
del toreo. Igual que en el Antiguo Egipto había períodos intermedios con
dinastías transitorias y períodos de oscuridad, pero sin esos renacimientos que
hacían que todo fuera mejor, más resplandeciente y enriquecedor, hasta que
llegó el final de los Ptolomeos y de Cleopatra. Pues nosotros estamos a punto
de hacer reina a nuestra Cleopatra. Será El Juli, Talavante, Manzanares o cualquiera
de los ganaderos que se dejan humillar a cambio de poder participar en las
fiestas palaciegas de los medios dominantes, que como los sacerdotes de Karnak,
aunque no portasen la corona de las tierras del Nilo, eran los que de verdad
decidían lo que tenía que pasar en las dos orillas del río.
Por decreto debemos adorar a los ídolos que nos imponen y
admitir que sus baratijas son el tesoro que durante décadas se ha conservado en el campo bravo y en las
plazas del mundo. Pretenden imponer sus dioses, que ni pueden gobernar las
crecidas, ni prever los años de sequía, ni los ataques de las tribus hostiles,
ni ninguno de los peligros que acechan a este espectáculo que no se acaba de
saber cuánto tiene de rito, cuánto de Fiesta, ni cuánto de arte; o a la mejor
tiene un cien por cien de todo. Así son los Toros, impredecibles, inabarcables
y contradictorios. Pero esa ansia de mando, ese afán por tener cada día más y
más vasallos a sus pies, les ha empujado a llevar esto al rincón de la
uniformidad, del simplismo, de lo predecible, de la monotonía y sobre todo, de
la vulgaridad. Han creado una fe en la que la el primer mandamiento es “amar
ciegamente al ídolo sobre todas las cosas”, y si los medios deciden cambiarlo a
mitad de sacrificio, se postran a los pies del nuevo entronizado sin dudarlo un
momento. Todos se ven en la obligación de despreciar a todos los que
construyeron un pasado glorioso, a los que labraron y pulieron las piedras del
toro, fuertes, resistentes y dispuestas para soportar el peso del tiempo,
queriendo hacernos creer que no hay nada como el adobe, porque se puede coger
con las manos. Desprestigian a los tallaron las figuras de reyes y dioses,
pusieron en pie obeliscos para alcanzar el cielo y los que pintaron las bellas
imágenes que decoraban las tumbas y templos. Ellos prefieren las paredes lisas
y si acaso con obscenos grafitis garabateados por manos torpes sin el más
mínimo gusto, aunque los autores se crean los más grandes artistas, sólo por
trazar líneas rectas y muy largas, en grandes cantidades y apelotonadas sin
criterio, ni orden, ni armonía posible.
Ya digo que son muchos los convencidos, pero esos que aunque
queriendo, nunca podrían entregarse a estas nuevas corrientes, los que
mantienen el recuerdo de la grandeza pasada, los que tienen otra idea del arte
y el valor, esos se van marchando. Con el dolor clavado en el corazón, mucho
más que si hubieran tenido que entregar un miembro a cambio de su libertad.
Dejan atrás no un brazo, una pierna o una mano, dejan una parte importante de
su vida, de recuerdos con sus padres, sus abuelos, de momentos de pasión y
entrega después de ver un toro en el caballo o dos naturales dibujados con
tintes de oro y plata, dejan su admiración al hombre, al torero que convertía
la violencia en arte y lo que es más grande la adoración al toro, que encarnaba
todas las virtudes que el hombre podía desear. Así que esto va por los Civilón,
Bastonito, Antonio Díaz, Iván Colomer, Marín, Sánchez López, Lupimon y tantos
otros, y por los que cada día parece que les cuesta más, David Campos,
Miguelito News, Isa Molina, Juselín, Paco Martínez, Amparo Gomar, Franmartin, más
los que últimamente parecen haberse animado, pero a los que también ahoga ese
pesimismo en torno a los Toros. Gente a la que están deseando callar, que
prefieren tenerlos cuanto más lejos, mejor, y que a fin de cuentas,
parafraseando al Guerra, “No nos vamos, nos echan”.
