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lunes, 31 de octubre de 2022

La cultura de una nación

Aunque en Altamira no pintaran a gente jugando con el toro, igual un poco después ya andaban haciendo recortes en las marismas del Guadalquivir.


Si nos ponemos a hurgar en las tradiciones, celebraciones o símbolos de una nación, del lugar del mundo que queramos, seguramente que en gran medida estas partan de hechos y circunstancias que hoy en día nos parecerían poco recomendables. Pero es que la historia del hombre, la historia de su cultura, de lo que retuvo la memoria de sus ancestros, es la que es y lo que dudo es si eso sería justificación suficiente para eliminarlos, para borrarlos de la memoria colectiva de una nación. Que no es admitir ese legado a cualquier precio, ni legitimar la tradición simplemente por serlo, ni mucho menos. Y aquí hablo de naciones y no países, porque a lo mejor estos dos conceptos no coinciden plenamente. Los países tiene claramente definidas sus fronteras, pero las naciones, puede que si las tienen estén tan borrosas y difuminadas que se mezclarían con las de sus vecinos. Y si hablamos de esta península ibérica, quizá nos sorprendería lo que nos encontraríamos antes de que a esto se le llamara Reino de España, pero mejor no seguir por este camino, pues nos llevaría a unas tesis y unos argumentos para los que servidor no tiene argumentos, ni mucho menos conocimientos suficientes. Pero sí que hay un fenómeno que se ha repetido desde hace siglos en toda la península, obviando la frontera más antigua de occidente que el toro sobrepasó sin el menor respeto a gobiernos, reyes, tribus o imperios, y este no es otra cosa que el juego con el toro, primero su crianza y más tarde el hacerlo el eje en celebraciones y fiestas, con los hombres jugándose el ser simplemente por eso, por ser, por sentir, por vivir, por burlar a la muerte, algo que también está en las raíces de esta gente del Pirineo hacia abajo. La muerte, siempre presente y jugando a esquivarla con descaro, con aparente despreocupación y desprecio al cuerpo y a la vida misma.

Que esto de los juegos con toros, tanto desde su origen hasta el presente, con su máxima expresión en las corridas de toros, no es fácil de entender, quizá la cuestión sea que no hay nada que entender: es algo irracional, tanto como los sentimientos humanos, como ese arraigo a una tierra que te maltrata, que es tan inhóspita que cualquiera con dos dedos de frente abandonaría. Pero que el que la nace y la vive se niega a levantar sus plantas de allí donde vivieron los suyos y, con más o menos esfuerzo, se empeña en repetir una y otra vez los ritos que ya nadie sabe cómo, ni dónde nacieron, pero que están ahí. Será porque les hace sentir, saber quiénes son. Que habrá quien desee levitar sobre una historia, unas costumbres, una forma de ser, porque se sienten más próximos a lo que sucede en otras latitudes; que no tienen que estar ni a cientos, ni a miles de kilómetros, basta con estar entre asfalto y edificios de cuatro o más plantas, con ascensor, moqueta en el salón, calefacción con bomba de calor y una Siri para que les diga si se ponen la térmica o las chancletas. Que es posible que esta gente esté creando una forma de vida, una tradición y hasta unos ritos y que luego los quieran implantar en todo el orbe, pero… ¿Ahora vamos a pretender enmoquetar el campo? Que la vida rural, el campo, no se puede instalar en la ciudad, quizá los toros sean lo más lejos que ha llegado este mundo al asfalto, pero tampoco pretendamos lo contrario. Porque igual lo de vivir en el campo con wifi potente, un 4x4 que nos lleve a todas partes, que te traigan la compra pedida por internet a casa, que desaparezcan los gallos que hacen kikiriki al amanecer, que callen las campanas de las iglesias porque no nos dejan ver neflis, que las vacas no caguen, que los caballos no relinchen, eso no es el campo, eso es su ideal de un mundo muerto, anodino, en el que solo caben los que piensan así y, evidentemente, no les cabe nadie más.

Que las almas puras ahora parece que quieren hacer que el mundo sea mejor borrando cualquier referencia a lo que no es una felicidad al modo que inventó Aldous Huxley, ese de “Un mundo feliz”, que ya sabía de antemano que ese mundo nunca podía ser feliz. No podemos eliminar los “Fusilamientos de la Moncloa” porque es una imagen de guerra, dolor y muerte, no podemos echar abajo el Coliseo porque simboliza todo lo que era la Roma Imperial, ni convertir la “Gran Muralla” en una huella en el suelo, porque era una barrera para impedir el paso de los forasteros, ni prohibir la “haka” Maorí porque era una danza previa a la lucha y en la que al enemigo se le quería asustar anunciándoles una muerte cercana. Porque eso son los pueblos, lo que no quiere decir que hoy en día los tercios quieran volver con la pica a Flandes, ni que las legiones pretendan someter de nuevo al mundo, ni que se vaya a pasar a cuchillo a todo aquel que sobrepase la muralla, ni que los “Black Jacks” tenga la idea de acabar con cualquiera que les pretenda arrebatar un balón apepinado. Entonces, ¿Por qué es tan difícil entender que los aficionados a los Toros son unos enamorados de un animal? ¿Bajo qué mecanismo y razonamiento pueden pensar estas almas puras que odiamos al toro y que disfrutamos con su muerte? Que no le da un valor extraordinario el que sea parte de la tradición, nada más lejos; el valor se lo da el rito, el acerbo cultural que ha llegado hasta nosotros y ha crecido a través de los siglos, la fuente de inspiración que ha sido y es para tantas mentes prodigiosas, para tantas mentes que hasta estuvieron dispuestas a dar su vida por la libertad de su gente, de su pueblo, por la igualdad entre semejantes, por la fraternidad de los pueblos, y que además veían en los Toros una fuente inagotable de valores reales, no los que otros pretenden manipular torticeramente, valores para crear arte, para educar en la vida sabiendo que siempre estará presente la muerte, que la muerte es inevitable, la tuya, la suya, la propia. Y quizá también supieron entender cómo era y por qué se movía el lugar dónde vieron la luz, cómo eran sus padres, sus abuelos, los que les precedieron y que les hicieron saber más de ellos mismos. Quizá por todo esto aprendieron a saber e identificar cómo eran, cómo es la cultura de una nación.

Enlace al programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

viernes, 18 de febrero de 2011

La Operación Trapío en Cultura


El mundo del toro se ha escandalizado con los tejemanejes de unos avispados que ya no es que quisieran hacer pasar gato por liebre, ya era el “aquí vale todo y tiro porque me toca”. No voy a entrar en calificar, relatar o dedicarle tiempo a describir unos hechos que todo el mundo conoce de sobra. Pero esto me ha dado que pensar y me he puesto a imaginar cómo se solucionarían estas situaciones con los toros en Cultura.

Parece claro que los cuatreros pillados acabarán en la trena. Como si fueran los hermanos Dalton llevados al calabozo por el sheriff de Dogde City y esperaran allí a que el juez Willoby escuchara sus versiones, sin caer en la cuenta de que el fiscal acusador iba a ser James Stewart, el caballero sin espada y el hombre que mató a Liberty Wallance, el mismo que capeó con solvencia una tempestad sobre Washington, hasta que una mala caída yendo al club social de Cheyenne le dejó inmóvil en una silla de ruedas con la pata escayolada y delante de una ventana indiscreta.

Pero lo que no sé es si al pertenecer los toros a Cultura dichos sujetos serán castigados o serán premiados con el Max de teatro como los mejores prestidigitadores del año, al meter unos mulos de carne en un camión y sacarlos hechos unos barbas cinqueños de Victorino o Miura. Y vale que hemos visto cómo borregos nos los hacían pasar por toros de lidia, pero que además sean de marca, ya es superarse. Allá lucían sobre sus polos de punto la A coronada o la A con asas.

Otra posibilidad es que les hicieran repetir curso por haber fallado en el examen final del truco del tocomocho, exigiéndoles que en septiembre lo hagan mejor y que el ganado de carne nos lo hagan pasar por toros para la feria de Otoño de Madrid, y si no, para febrero, para ver si estos mulos entran en la siguiente feria de San Isidro. Ya lo estoy viendo, figuras de postín dándose de codazos para puntarse a esta bueyada. Que si no toreo esta no voy a ninguna, que si va ese a la bueyada yo no me anuncio en ninguna. Pero eso no va a pasar ¿verdad? No me imagino yo a Ponce, el Juli, Castella o alguno más peleando por hacer de matarifes y mondongueros de ese ganado. Por favor, ¡qué son figuras coño!

Si los toros están en Interior el castigo sería más severo, sin duda, pero en Cultura no creo que lleguen a los límites de Soto del Real. En Cultura seguro que los mandan internos a un colegio de la sierra de Madrid y les hacen copiar mil veces “No timaré más a los aficionados a los toros colándoles borregos por toros” y en los descansos de cara a la pared, clavando las narices en el nombre de el Juli del cartel de la Beneficencia de este año, con los brazos en cruz y con la enciclopedia del Cossío repartida entre las dos manos. ¡Qué dolor! Los brazos en cruz y la nariz tragando más olor a tinta que el sufrido Antonio Alcántara.

Al estar en Cultura y no en Interior, estos golfos cambiarían el chándal y las chancletas por un baby de cuadritos azules y los zapatos gorila destrozándoles los pies, los funcionarios de prisiones por unas monjas entocadas blandiendo una regla con una mano y repasando las cuentas del rosario con la otra. Yo no sé que da más cague, casi prefiero a los funcionarios. Estos por lo menos dejan que de vez en cuando vayan a la prisión los jugadores del Madrid o Rosendo a dar un concierto de rock añorante, o que les metan en el coro de la cárcel a los que menos desafinen.

Podría parecer más blando lo de Cultura, pero me están entrando mis dudas. En la cárcel al fin y al cabo, si eres bueno, te dejan estudiar, pero en el cole de las monjas igual te mandan estudiar de memoria la lista de los reyes godos, que los ríos y montes de la península, que la lista de ganaderías con procedencia Domecq, que la lista de indultos de Ponce o de triunfos contundentes de El Juli. La cosa ya parece que se empieza a poner fea ¿no? No querría yo estar en el pellejo de esta panda de cuatreros al arrodillarme delante de la monja y confundir Núñez del Cuvillo con Carlos Núñez o a Garcigrande con Garcichico. Que en la cárcel te sancionan y llaman a tu abogado, pero en el internado la sor te suelta un sopapo que te vuelve la cara para la pared sin que se menee el resto del cuerpo, y luego te vas con los otros niños con la cara a rayas como si te la hubieras pintado de rorjiblanco para ir a Neptuno. Jo…lines con la hermana, casi mejor que solo se hubiera quedado en prima.

No sé a cuánto llegará la condena para esta panda de chorizos, que si estuvieran en el Puerto 2, llegado el día saldrían por la puerta del penal con su maleta, felices y con la lección bien aprendida, pero, ¿creen que hay algo más cruel que antes de salir debajo de la toca de las monjas que haya que salir con pantalón corto, camisa blanca con lacito rojo delante de los familiares de todos los internos a cantar el “Yo amo a Laura” dando palmas y todo? Pues me da que más de uno rezará porque los toros sigan en Interior y darán palmas con las orejas al ver el tricornio de charol, en lugar de la toca almidonada de sor Ost…entación del Verbo Divino.