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domingo, 13 de marzo de 2011

Los toreros que caben en la cabeza


Quien no haya oído nunca aquello de que el mejor aficionado es aquel al que le caben más toreros en la cabeza. Y que verdad más grande, dejando de lado el tamaño del sombrero del mejor aficionado del mundo. Pero eso era de fácil aplicación y comprensión hace años, quizás muchos años, y ahora algunos lo quieren aplicar al escalafón actual para intentar arrimar el ascua a la sardina de su torero de cámara.

Pero una frase llena de verdad puede verse manipulada y cubrirse de falsedad. Se sobreentiende que se habla de buenos toreros, artistas, dominadores, valientes, con facultades, pero buenos. Los vulgares no tienen cabeza donde meterse, ni previa trepanación taurina. Aunque la perversión modernista intenta hacerse su sitio y hasta mal interpreta esta sentencia queriendo meter en el saco de los buenos toreros a los Juli, Cayetano, Ponce, Castella, Perera y demás tropa de las huestes de los pegapases. El primero nos lo quieren presentar como dominador y técnico, justamente por poder con un tipo de toro que ya viene dominado de casa. Cayetano, pues no sé, ni sé si sabré en algún momento. Ponce es la elegancia distante, Castella la sublimación estética del aburrimiento versión gala y Perera idem de lienzo, versión ibérica. Pero todos responden a un mismo tipo de torero, el aburrido y monotemático, que se diferencia del otro por el grado de retorcimiento, pero que básicamente desarrollan el mismo toreo. Ausencia y abulia durante toda la lidia, desinterés por el tercio de varas y un toreo de muleta asentado sobre los cimientos de la cantidad de pases describiendo líneas rectas cuando deberían ser curvas y curvas cuando deberían ser rectas. Con la inequívoca e inevitable marca de la casa del toro sin describir curvas y el torero que no soporta la rectitud de su cuerpo.

Si nos cupiera el toreo moderno dentro de nuestra cabeza, con el único fin de que los modernistas nos pudieran considerar buenos aficionados, a estos los meteríamos en el cuarto trastero de nuestra afición, todos empaquetados dentro de una caja bien cerradita y muy al fondo del cacumen. Pero que nadie se rasgue las vestiduras que esta misma receta es aplicable al estado general de la fiesta en este momento.

A pesar de los apóstoles de la modernidad que nos quieren adoctrinar de lo que está bien y de lo que nunca estuvo bien, aún quedan algunos indocumentados e insensibles que prefieren quedarse con lo malo de antes, mejor que con lo maravilloso de ahora. Incluso sin remordimientos que valgan, pues les basta ver cualquier día en cualquier plaza algo que se parezca a aquello y la forma en que todo el mundo pierde la razón, para que piensen que no pueden estar tan equivocados. Porque a pesar de los vídeos y de los libros de que ahora se escriben, nada hay como lo vivido.

Es un error muy frecuente ese de querer trasladar usos actuales a épocas anteriores y querer pasar toda la historia por el rasero que se aplica a las “figuras del toreo”, lo cual es un gran sin sentido, pues son dos mundos que no admiten comparación. En primer lugar porque se parte de un fundamento falso y es que en la actualidad el toro es más grande y bravo que nunca, véase si no lo de Vistalegre y véase lo que va a salir por los toriles la temporada que empieza. Además si se considera una virtud esa uniformidad cansina y monótona, casi clónica de la torería imperante, entonces nada vale de lo vivido hasta ahora. Nada tiene que ver con la exigencia del toro de ahora, con la del de antes, entre los que también había juanpedros, que no Domecq, no sé si se entiende la diferencia. Esa variedad de toreros se debía primordialmente al toro, a los diferentes tipos de toro que salían al ruedo y a la capacidad que los matadores desarrollaban para poder con esa variedad.

Para ser más exactos la sentencia de que “el mejor aficionado es aquel al que más toreros le caben en la cabeza”, quizás habría que darle algunos retoques y decir que el mejor aficionado es aquel al que le caben más nombres en la cabeza, entronizando de una vez el conocimiento enciclopédico del aficionado moderno, capaz de retener fechas, nombres y número de orejas cortadas, con toda la naturalidad del mundo. Luego pretenderemos que tengan sitio para el toreo clásico, ese que es tan grande que no cabe en cualquier lado.

domingo, 27 de febrero de 2011

El gusto de los toreros


Juan Mora, torero con gusto
Hay expresiones que siempre ha tenido el aficionado en su boca y que poco a poco se van arrinconando, bien porque el fenómeno de referencia va desapareciendo o porque las nuevas generaciones prefieren confeccionar su propia jerga, mitad taurina, mitad cibernética, y nos obsequian con eso de la toreabilidad, paseabilidad, orejabilidad, triunfalidad, indultabilidad y otros términos acabados en “idad”, igual que vulgaridad.

Algo que siempre se ha valorado mucho y que respondía a una circunstancia muy precisa era aquello de “tener gusto”. El torero que tenía gusto siempre apetecía verlo, por su forma de torear, sus vestidos de torear y hasta por el coche que le llevaba a la plaza. Pero este gusto no tenía nada que ver con algo que podría llamar a equívoco, que era el amaneramiento, ese camino de oropel más aparente que real. El amaneramiento forzaba las posturas, los gestos, ademanes y forma de manejar las telas de una manera supuestamente artística, sin tener en cuenta el toro y sus circunstancias, pero que el aficionado no acababa de tragar. Un ejemplo puede ser el codilleo, defecto que hacía caer en pecado mortal a los que cometían tal fechoría, que en ocasiones resulta incluso estético y que algunos coletudos llevan al extremo, afeando su labor.

Un torero con gusto es el que a la elegancia le añade torería y conocimiento de la lidia, el que en cada momento aplica la solución más idónea, dejando ver el toro al aficionado. Tener gusto es llevar el toro al caballo y colocarlo en su sitio sin demasiados capotazos, con gracia y con arte, es el andar a los toros, el colocarlos en suerte con un leve movimiento del cuerpo, el cambiarle los terrenos sin un solo muletazo y ejecutar las suertes con verdad, hondura y pureza.

Es esta una virtud que no adorna a las figuras del momento. Al mismo Juli le puedo reconocer muchas cosas, algunas muy a regañadientes y otras bajo amenazas, pero lo del gusto es una utopía inalcanzable para el madrileño; Ponce, el rey de la elegancia según unos, carece de este gusto, aunque hubo una época, muy al principio, que parecía que podía adquirirlo, pero todo quedó en nada; incluso José Tomás, quizás uno de los toreros menos discutidos desde hace mucho tiempo, no se caracteriza precisamente por el gusto.

Capítulo aparte en esta disquisición merece Morante, torero considerado artista y que, en mi opinión, no se le puede considerar aún un torero con gusto. Sí lo muestra en ocasiones, arrebatando al público hasta la locura, lo mismo que cuando se decide a derrochar ese arte que se tiene o no se tiene, pero ese amaneramiento y esa exageración de las poses que en ocasiones muestra ante un toro que no se come a nadie, es lo que puede excluirle de esa categoría de toreros con gusto, aunque habrá quien se escandalice con estas afirmaciones, hecho que puedo entender.

Como ya he dicho, hay momentos en que lo aparenta y seguramente podría llegar a tenerlo si en algún momento se decidiera a ser solo Morante de la Puebla y olvidarse de otros toreros, presentes o pasados. Quizás esté en ese proceso de afirmar y reforzar una personalidad propia y de la misma forma en esa evolución puede que le llegue la madurez y que nos regale arte, gusto y torería, porque al contrario que otros compañeros de escalafón, Morante tiene sensibilidad. Ya decía que puede que muchos no estén de acuerdo, pero creo que la línea del gusto es muy fina e incluso puede oscilar de un lado a otro, dependiendo del momento. Y si a alguien le importara, que conste que el de la Puebla es uno de los pocos que me remueven el alma y que me consiguen emocionar.

Otro ejemplo puede ser el de Juan Mora, que considero que siempre tuvo gusto toreando, pero al que le fallaron otros aspectos. Siempre se le consideró un torero con arte y se le encuadró en la escuela sevillana al desplegar ese torero con gracia, arte y torería, aunque la frecuencia en que esto se producía no era la deseada por público y empresarios. A veces se dejaba ir tarde tras tarde como si la cosa no fuera con él, pero siempre fue un torero con gusto. Con el paso de los años además ha sumado a sus virtudes la de la madurez y sosiego ante el toro, lo que hace que todo lo demás luzca mucho más y que resalte como la luz frente a la oscuridad.

Seguro que se pueden añadir más toreros a esta lista, yo mismo tengo algunos en la mente en este momento, pero no se trataba de hacer un análisis exhaustivo del escalafón y sí de dar mi opinión al respecto, aunque sí me atrevo a asegurar que los Castella, Fandi, Perera, Rivera Ordóñez y otros tantos son toreros más próximos a la vulgaridad que al gusto torero.
PD: Una vez publicada esta entrada, Xavier González Fisher me ha dado la noticia de la muerte de Pepín Martín Vázquez. Aunque puede sonar pretencioso, dedico esta entrada a un torero que era el buen gusto como torero, que contó con el reconocimiento de todos los buenos aficionados y al que seguro que ahora le harán todos los homenajes que mereció en vida y que no se le dieron. Ha muerto uno de los grandes toreros de la historia y lo único de lo que tendremos la seguridad es de que en los medios de comunicación, en el caso más generoso, se dará una pequeña nota. Con que repitieran en Cine de Barrio su Currito de la Cruz, yo me daría con un canto en los dientes. Maestro Martín Vázquez, D.E.P.

lunes, 31 de enero de 2011

“Mama”, quiero ser torero

¿Cuántas veces no se habrá repetido esta misma frase desde hace décadas. Quizás lo único que haya variado sea la respuesta. De aquello de: ¡Huy hijo mío! ¿Y qué vas a hacer tú solo por esos caminos, buscándote la vida, durmiendo en las cunetas y comiendo casi de la caridad y pasando frío por esos campos de Salamanca? Pues hemos pasado al: ¡Huy hijo mío, con lo caro que es eso! Pero si tu padre está de acuerdo te ayudaremos, con la condición de que al menos acabes eso de la ESO. Ten en cuenta que entre los trastos de torear, los vestidos, los viajes, los hoteles, que todo se multiplica por dos, porque te acompañaría tu padre y luego pagar por ir a las fincas, las novilladas sin caballos y que además hay que ser educado y tener algún detallito con los profesores de la escuela para que te lleven a torear y para los periodistas, los pobres. Pero no me dejes los estudios ¿eh? Que luego a lo mejor las cosas salen mal y que por lo menos puedas hacerte cargo de la ferretería cuando se jubile tu padre.

Y así nos va la cosa. Hemos cambiado una vida llena de penurias y de sacrificios que solo se aguantaba por la ilusión de un joven de verse vestido de luces preparado para el paseíllo en una plaza de primera. Una vida recorriendo pueblos y sintiéndose casi un privilegiado por poder matar novillos de más de cinco años, y no es que me haya colado, porque aunque en los carteles pusiera “gran novillada”, la única verdad era lo de “gran”. Eso sí que era hacer la ESO, el bachillerato y una licenciatura en Ciencias Puras con doctorado y todo. Era un duro aprendizaje en unas condiciones más que penosas en todos los sentidos y que obligaban primero a defenderse, después a conocer al toro para poder hacer algo más que salir a horcajadas y, por último, los que llegaban a hacer arte. Y no digo yo que añore estos liceos taurinos, pero el devenir cíclico en forma de espiral de la historia que escribía Arnold Toynbee nos ha empujado al extremo opuesto.

El camino para ser torero ya no circula por las cunetas con el hatillo al hombro, ahora vuela en el 4x4 del papá rumbo a una finca en la que un buen amigo que conoce a un ganadero le ha preparado unas vacas al chaval, que torea igual que podía irse a hacer puenting con sus colegas del twiter. En un cambio de papeles, la ilusión se ha traspasado y la alimenta el padre, para el que no hay nada más grande en el mundo que el hacer al niño “figura del toreo”.

Tales aspiraciones son de lo más lícito, porque si antes uno llegaba a matador de toros arrastrándose por el mundo y viviendo casi como un proscrito, ahora hay que anhelar cotas más altas, pasamos de matador de toros a “figura del toreo”, ¡ahí es na’! Un padre no se gasta sus ahorros de toda su vida y de la vida de todo el vecindario para que el niño solo sea matador de toros.

Esos padres que ponen su empeño y su fortuna en pagar y pagar, sin saber si paga a alguien a cambio de un servicio o simplemente porque pasaba por allí. Y como el que paga manda y el que manda exige y el cliente siempre tiene razón, no hay quien tenga congojos , después de haber cobrado para comprar el equipo, para pagar a la cuadrilla, al mozo, al ayuda, el ganado, la plaza, las entradas que no se vendieron, mil cosas más y al veedor, decirle que el niño no tiene cualidades. ¿Cómo no va a tener? Y si hace falta se aprieta uno el cinturón un poco más y se compran.

Y así estamos, en que a los niños se les va haciendo la carrera a base de papelitos del BBVA con la rúbrica de papá. Este ganado en aquel pueblo, porque hay que cuidarlo, se va recorriendo la geografía española de pueblo en pueblo imponiendo los caprichos del que paga y del padre del que paga, no vaya a ser que se pille una vasca y deje de aflojar la mona. Se llega al pueblo y chitón, todos a callar y si hace falta se llama al alcalde de la localidad y se le dice cuánto hay que cortar los pitones al novillo, que los “vestíos” cuestan un dineral como para que le hagan un enganchón en cualquier plaza de Dios. Que eso de afeitar es de toreros con poder, de toreros con entorno. ¿Que el entorno decide afeitar?, se afeita, ¿Qué decide que se cambia el ganado? Se cambia, porque no vas a tener la mala suerte de Daniel Luque que va a un pueblo de Salamanca, Tamames, que dice que o se afeita o no torea y el alcalde de la localidad le dice: pues que no toree. Y además le lleva a dos señores con tricornio para que se lo explique a ellos muy despacito. Eso es un buen comienzo y te asegura que años después te anuncien con seis toros certificados por el veedor de turno en la plaza de Madrid.

Yo no digo que sea un camino de rosas, pero por este camino solo tendremos niños ricos vestidos de luces, porque lo que parece más que evidente es que no puede ser torero quien quiere, sino quien puede... pagarlo. Y repito, como el que paga exige, a nadie del entorno se le ocurre pensar que el niño pueda decidirse a torear ganado de distintos hierros y encastes para ir atesorando unos conocimientos que luego pondrá en práctica ante el toro. Aunque también habrá quien diga que ¿para qué? si en el peor de los casos lo que te puede pasar es que te anuncien en Madrid, que te metan con una de Moreno Silva, que te echen un toro al corral y que a la salida digas que esos novillos solo merecían el matadero y a seguir para adelante. No vuelves a Madrid, pero te vas haciendo el circuito de los coros y danzas, las fiestas de tu pueblo, del pueblo de la novia y del pueblo de un amigo del papá que es concejal de festejos en un pueblo de Toledo.

Pero a pesar de todo y de las aviesas intenciones de los que quieren amargar el aprendizaje a los chicos y de los que querrían que nunca más un chaval se volviera a vestir de torero, se seguirán pronunciando esas palabras mágicas que retumban como el trueno en el pecho de una madre: “Mama”, quiero ser torero.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El valor en los toreros


Natural de José Tomás
El valor es uno de los conceptos del toreo sobre los que más se ha podido escribir, tanto como ente abstracto que el torero proyecta sobre su arte, como de la aportación que éste recibe precisamente para expresar ese sentimiento artístico. Pero no seré yo el que pretenda establecer teorías sobre el tema; simplemente me limitaré a dar mi opinión y las sensaciones que me producen al ver a un torero en el ruedo.

Me resulta habitual ver cómo el público en general considera valientes a aquellos toreros que ejecutan las suertes con muchos alardes o que la suerte elegida basa su mérito en el cara o cruz. Y me voy a explicar: si un torero basa su actuación en muchas carreras, movimientos casi espasmódicos, frecuentemente dejando que el toro vea poco los engaños, y además se encara con el tendido con un gesto de “ahí queda eso”, pues inmediatamente se le considera un torero con valor. De la misma forma que se considera con valor a aquel que espera a portagayola, independientemente de si la larga de rodillas se la da al toro o al aire. O cuando un matador empieza las faenas de muleta con ese repertorio tan sobado por los toreros modernos, de plantarse en los medios y dejar pasar al toro por delante y por detrás, sin fijarse si para hacer un pase cambiado espera hasta el último momento o va marcando la salida del toro desde la puerta del hotel. Esos son los toreros que el público considera que tienen un valor a prueba de bombas. Es tal el estado de euforia creado que ya no quedan ojos para ver si el matador cita descaradamente con el pico de la muleta, si estira el brazo desaforadamente o si se dobla por la mitad haciendo un horroroso arco con su cuerpo, y todo para evitar el molesto y arriesgado trance de sentir el paso de los pitones rozando los alamares. Multitud de trapazos que sólo aburren al toro, para acabar metido entre los pitones, volviendo al inicio, a esos alardes estériles que no dan la verdadera talla del valor de un torero.

Por el contrario, siempre he oído esa cantinela de los toreros artistas, justitos de valor y más pendientes de coger el olivo que de adueñarse de la situación. Pero yo aquí tengo una opinión que difiere un tanto. Para torear con arte es necesaria una buena bolsa de valor. Tengamos en cuenta que en primer lugar el torero se planta a dos o tres metros del toro, citando cruzado, ofreciendo la muleta plana y embarcando la embestida mientras el toro pasa muy cerquita del fajín, para concluir el pase detrás de la cintura, bien rematado, quebrando al toro y preparándolo para el siguiente pase. El torero artista se fuerza más y de la misma forma, se entrega más, cerrándose cualquier posible escapatoria en el caso en el que el toro lance un derrote. Ahí el riesgo de cogida aumenta considerablemente. Entonces cabe suponer que para asumir ese riesgo tan cierto, hay que estar muy bien pertrechado de valor. Que no entro si este valor nace en la afición, el sentimiento, el ansia de dinero y fama o vaya usted a saber, pero lo que resulta indudable es que el valor está presente.

Pero el público en general, igual que pone etiquetas de toreros con valor a diestro y siniestro, o faltos de él a los artistas, ahora ha inventado una nueva clasificación para explicar un fenómeno que les resulta incomprensible: el torero suicida, el que busca morir en el ruedo; suponiendo a priori que algún torero tenga esta idea entre sus previsiones en el momento de salir a hacer el paseíllo. Y dicho esto, quien no escriba aquí el nombre de José Tomás, es que ha estado emigrado a la luna desde hace más de una década.

A José Tomás se le puede considerar suicida si se sube en un coche con los ojos vendados y lo pone a 180 en una carretera de montaña. Quizás también por ser hincha incondicional del Aleti, pero no por la forma de torear. Para mí eso no es ser un suicida; eso sí, el valor es más que evidente. El valor necesario para interpretar el toreo clásico, el toreo en el que el toro te puede coger por el muslo o el vientre. Ese empeño de conseguir que el toro cambie la trayectoria desde que se arranca, hasta que sale del pase. Primero cuando tiene que ir en busca de la muleta y despés cuando va en busca de esta. Ese riesgo que no se puede ser desterrado sin desterrar también la esencia del toreo. Un arte en el que todo adquiere una dimensión extraordinaria si todo esto se hace delante de un toro íntegro y encastado, que ya es mucho decir.

Si alguien pretende eliminar de la fiesta el riesgo, la incertidumbre y hasta la amargura de algunos malos momentos, lo que está haciendo es renegar del espectáculo que llamamos toros, que de ser un divertimento o motivo de reunión social pasa a convertirse en un rito, ese rito que muchos buenos aficionados reclaman. Sin el riesgo que está siempre presente en este arte la fiesta de los toros se convierte en una representación teatral, en pura pantomima casi vacía de emociones, en algo diferente, no sé si mejor o peor, pero evidentemente diferente, al que los buenos aficionados no se afilian. Es un sin sentido incomprensible para ellos. Y si no sólo hay que recordar las reflexiones de Joaquín Vidal cuando decía que “Torear es muy difícil y además, muy peligroso”. Pues eso.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Una historia de toreros


Cuando empleamos la palabra torero, en muchos casos sólo nos referimos a esa figura vestida con un terno bordado de oro y que se dirige hacia la gloria envuelto en un halo casi de santidad. Pero cualquiera me puede decir que esto es absolutamente inexacto y tremendamente injusto, y con toda la razón. Toreros son también los que llevan en volandas a su matador a esa gloria tan deseada y a veces tan utópica como remota.

Hace unos días se nos marchó un torero. Una de esas personas que un día persiguió una ilusión, con el impulso que da el amor por una fiesta, a un animal y a un arte tan contradictorio, emotivo y bello como es el toreo. Este torero se quedó en el camino de esa gloria mitificada de ser “figura del toreo”, pero tuvo la suerte de poder vivir la gloria y el orgullo de ser torero. ¡Qué gran cosa ser torero! ¡Qué privilegio el poder vivir del toro! Y cuanta afición hace falta para aguantar lo que esto supone, aunque también es vivir una pasión permanentemente. Viajes a las plazas de primera, segunda, tercera y carros, pero con el maestro y los compañeros; tardes de gloria y fracaso, pero con el maestro y los compañeros; alegrías y decepciones, pero con el maestro y los compañeros. Incluso en los momentos más duros se puede sentir el apoyo y la presencia del maestro y los compañeros y muchos más maestros y compañeros que se juntan para ayudar a quien ya no puede vivir del toro, de la mejor forma que saben hacerlo, toreando para ti. Y el público que te dedica una sonora y cariñosa ovación aunque no hayas puesto un par en todo lo alto y asomándote al balcón, aunque salgas al ruedo en una silla de ruedas.

Las cogidas siempre son una desgracia que afectan a cualquiera con un mínimo de sensibilidad, aunque parece que unas se olvidan antes que otras. La del matador que estuvo a punto de abrir la puerta grande, pero que un toro le abrió la de la enfermería. Pero también están las de los toreros que no van de oro, pero que también cortan orejas. Mi padre, quien vio más toros que la dehesa, siempre se acordaba de la cogida de El Coli, un peón que se dejó la vida un verano en las Ventas, y pasado el tiempo todavía le impresionaba el camino hacia la enfermería y la salida de sus compañeros tapándose la cara con las manos, llorando y abrazándose unos a otros.

Hace dos años nos dejó helados la cogida de Adrián, quien ahora se ha marchado igual que lo hicieron Montoliú, Soto Vargas, el Campeño o el mismo Coli, junto con otros muchos. Otros tantos que como el Ruso, Jesús Márquez o Luis Mariscal, por citar algún nombre, se enfrentaron al ganado que les marcaba el matador, a los que nadie les preguntaba sus preferencias o si preferían un hierro duro, comercial o de garantías. Los mismos que si el toro era complicado o un bombón, tenían que plantarle cara y que sea lo que Dios quiera.

Pero no sólo es tristeza y anonimato. Recordemos que los dos triunfadores del San Isidro de este año han sido Jesús Arruga y Carlos Casanova, que protagonizaron un tercio de banderillas en el que parecían absolutamente convencidos de dejarse coger con tal de clavar arriba, dejándose ver, asomándose al balcón y dejando llegar al toro una barbaridad. O ese Boni que podría reclamar con todo el derecho del mundo la mitad de los éxitos de su matador. Los que se visten de Ángeles de la Guarda como lo fue Joselito Calderón o ahora lo es Domingo Navarro. Los mismos que cuando tienen que pasear la oreja ganada por su matador, lo hacen casi a la carrera y modestamente y que cuando su maestro triunfa y se lo llevan por la Puerta de Madrid, reciben empujones y golpes por igual con una sonrisa de lado a lado intentando llegar al coche de la cuadrilla. Son tantos nombres que mi memoria no los podría abarcar nunca.

Todos estos también son toreros. Toreros de plata que valen como el oro. Y que nadie piense que me he olvidado de los de a caballo, esos mismos que en alguna ocasión hemos visto dar la vuelta al ruedo de la mano del espada y que parecen revivir el protagonismo del que gozaron hace décadas, pero hoy era el día de los peones de a pie, era el día de Adrián, que ya vestirá su terno de gloria y plata allá donde esté.