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domingo, 17 de junio de 2012

Domingo Navarro, de buena pasta en todos los terrenos


El día del Ángel de la Guarda de plata, Domingo Navarro, en Opinión y Toros


Ya hace casi un mes que hizo pública su decisión de apartarse de los ruedos, de colgar el vestido de torear y de no volver a subirse en su coche vestido de torero para ir a torear a la plaza. Yo me enteré unos días antes y compartí con un amigo el choque que esto le produjo; le dio vueltas y más vueltas a la cabeza, me llamaba, me comentaba lo mismo una y otra vez. Por un lado le atrapaba la pena del torero que se va y por otro la satisfacción del amigo que ya no tendrá que pasar más tragos delante del toro. Y sobrevolando toda la escena, la figura del gran maestro del que tanto aprendió el torero, el hombre y todos los que alguna vez le han oído hablar.

Pero Domingo Navarro se me hizo presente hace tiempo, mucho antes de que nadie pensara que se pudieran suceder todos estos acontecimientos. Empezó a llamar la atención de la afición de Madrid con esa pertinaz obsesión por estar siempre bien colocado durante la lidia; y digo durante la lidia y no en el ruedo, porque fuera en los toros que le tocaba o en otros, siempre estaba atento a lo que pasaba en el ruedo. Como comentábamos mi amigo Pepe y yo, si querías saber donde estaba Domingo en el toro de un compañero, solo tenías que ver donde estaba el toro y mirar en el lugar más próximo en el callejón. Ahí estaba atento con su capote y la montera calada; raro era el día en que no libraba a un compañero de un compromiso ante el toro. Algunos son tan necios y envidiosos que decían que esa era una forma de ganar aplausos. Pues si es para evitar una cornada, bienvenido sea, aunque si afirman que el objetivo final eran los aplausos, que poco le conocían.

Llegó la tarde del 1 de junio de 2011, tarde difícil con los toros de Palha, en que parecía pesar en la cabeza de los toreros las láminas que otras tardes lucieron los pupilos del señor Folque, con unas espabiladeras de meter miedo. Un quite a la salida de un par de banderillas, otro a un compañero apurado, así una larga retahíla de quites, capotazos y cortes medidos al milímetro, uno desplegando el capote como un abanico, con una torería sencilla y sincera, pero siempre con el capote de vueltas azules en la mano. Fue un día para no olvidarlo. Una de esas tardes que consagran a los más grandes. Como todos los días en feria estaba yo en mi localidad oteando cuáles iban a ser mis modelos a dibujar para publicar en Opinión y Toros. Empecé señalando un quite, luego dos, tres, cuatro, hasta que perdí la cuenta. Poco homenaje suponía ilustrar esos momentos. Así que me decidí liarme la manta a la cabeza y me metí a hacer un retrato del torero, que fuera lo que Dios quisiera, si salía con barba san Antón y si no, la Purísima Concepción. Hice el dibujo, escribí mi comentario y se lo envié a toda prisa, como todas las noches, a Antolín Castro. Por un lado me quedó el buen recuerdo de esa tarde y por otra la tranquilidad de haber entregado el trabajo.

La cosa quedó ahí, ya solo había que pensar en las siguientes tardes. Al día siguiente, como muchos días, me encontré con Antolín Castro, el director de Opinión y Toros, en el metro y me dijo algo así como que había liado una buena; no puedo precisar las palabras. Me extrañé y empecé a pensar que igual había mandado el dibujo a alguna asociación antitaurina o algo parecido, cuando enseguida me aclaró todo. Ni corto ni perezoso le mandó el enlace al torero y según me contó, le gustó. Para que vean que cuando uno se entrega, se entrega de verdad. Pasaron las semanas y en la reunión anual de colaboradores de Opinión y Toros se presentó Domingo Navarro, para conocer al del dibujo. Tomó un AVE desde Valencia, comió con nosotros y se volvió a Valencia en el mismo día. No me dirán que no es para comérselo. Apareció como un pincel, vestido de color hueso, con un sombrero de paja y con una sonrisa que eclipsaba al sol. Tras las presentaciones, agradecimientos y demás, me cogió y me dijo: “Che, siéntate aquí”. Y me empezó a contar su historia, la del que puede ser el único caso de un alumno de la Escuela de Valencia que “solo” quería ser banderillero. Así de fácil. Me hablaba del maestro Esplá, de cómo empezó con él, no sin antes pensárselo con tranquilidad, de la devoción que por él sentía y de todo lo que éste le enseñó. Me pidió que le contara mi vida de aficionado y se recreaba en los años en que a uno le empezó a calar la afición de la mano de mi padre. No es una historia nada extraordinaria, pero para él era la maravillosa historia que se ha repetido tantas veces, los niños aprendiendo de los mayores, y estos enseñando el amor y el respeto al toro y al torero y sobre todo, a la Fiesta más grande del mundo. Un señor que cada tarde vence a la muerte, se burla de ella salvando al compañero y que envidia la forma de aficionarse de un simple mortal.

No volví a verle, pero sí supe de él, me enteré que mi dibujo está colgado en la chimenea de su casa, nos mandábamos saludos por intermediación de amigos comunes, hasta que un día uno me llamó y me contó la noticia. Domingo sabrá ahora que le traicionó al revelar el secreto, que yo guardé casi hasta hoy, pero la angustia que estaba pasando necesitaba compartirla con alguien. No lo entendía, lo comprendía, la verdad es que estaba hecho un lío, pero no quería que el torero lo notara y se viera influenciado por ello. Fueron días de sí o no, hasta que una tarde antes de salir para la plaza me llamó y me pidió que le ayudara a preparar una despedida para todos a los que quería agradecer su apoyo, amigos, aficionados, matadores, compañeros… Ya no había vuelta atrás. Se acabó. Pero se acabó solo el salir al ruedo, que no el torero, el hombre y mucho menos el amigo. Así se le apareció a nuestro amigo común por sorpresa, el día del cumpleaños de este y no se le ocurrió un regalo mejor que el vestido con el que se despidió de los ruedos, ese con el que tantas veces le hemos visto rojo Perú con pasamanería en hilo blanco. Como para no entrar en shock. Y puestos a sorprender, al día siguiente me llevaron engañado hasta una terraza de la Plaza de Oriente, y mientras saludaba a otra persona, allí estaban él y su sonrisa. Y es que Domingo Navarro está hecho de buena pasta, pasta para todos los terrenos, para los adentros a los que acuden los mansos, para los medios, como para agradar y transmitir alegría a todos los que estén cerca de él. Al final te das cuenta de que puede haber sido un magnífico banderillero, pero lo que nadie duda es que es un buen tipo.