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miércoles, 15 de febrero de 2023

La televisión pronto llegará

Los toros ya están aquí, pero, ¿cómo se van a poder ver por televisión?


Según dicen, las retransmisiones taurinas, a partir de ya van a correr a caro de una nueva empresa, One Toro. Solo falta saber si se sumará alguna feria más, pero Madrid y Valencia ya han firmado. Ahora solo falta saber cómo podrán firmar también los que quieran apuntarse a ver los toros por el nuevo canal, lo que todavía es una incógnita, aunque lo mismo esta tarde, mañana por la mañana o al otro, ya se tendrá que saber. Aunque quienes vivan en la Comunidad de Madrid y nadie más, ya tienen seguro que el canal autonómico televisará un gran número de festejos, hasta catorce. Eso sí, el 16 de mayo no hagan planes de toros, que ese día las Ventas cierra por descanso del personal. Un detalle, un mal detalle. Pero claro, la llegada de One Toro ha provocado la desaparición del anterior canal que retransmitía las ferias de la temporada. Que si sigue habiendo toros por la tele, bueno, el mal el menos, pero ahora viene otra duda. ¿Harán los de la nueva tele que se cumpla eso de “detrás vendrá quien bueno te hará”? Pues Dios quiera que no, porque entonces, apañados estamos. Que si aquellos comentaristas tan melosos, tan a favor del torero, tan a favor del medio toro, tan comprensibles con la vulgaridad, ahora van a acabar pareciendo exigentes, como ya sucedió con ellos y con Manuel Molés, ¿pues ya me dirán? Que sí, no se crean que he perdido la chaveta, pero si este fue uno de los que más daño hizo a la fiesta con un micrófono en la mano, quien le sustituyó le superó con creces. Que el triunvirato formado por los periodistas que conducían la retransmisión, fuera el que fuera, el agotador Maxi Pérez y ya fuera Emilio Muñoz, Cristina Sánchez o Dávila Miura, era para mesarse las guedejas y hacer una pasmina con ellas.

Los nuevos, que tampoco son tan nuevos, lo mismo siguen engrosando ese neodiccionario taurino para el que hace falta un diccionario Taurino- Castellano, Castellano- Taurino que algunos no solo no entendemos, sino que preferimos no entender, por aquello del sonroja, la vergüenza ajena y el cabreo grado sumo. Que los nuevos tendrán que superar a los anteriores en justificar lo injustificable, en ese positivismo extremo que supera la necedad pretendiendo hacer bueno lo malo y pasable lo pésimo. Que igual es mucho pedir, que lo mismo estamos pidiendo imposibles, pero ya les digo yo que si empezaran por no darle la enhorabuena a todo aquel al que acercan el micrófono aunque hayan pegado un petardo monumental, pues ya la cosa mejoraría. Que si en lugar de decirles eso de “no ha podido ser”, empiezan por un simple “no has visto al toro o no le has entendido”, ya se daba más de uno con un canto en los dientes. Que no es tan difícil. Que igual bastaría con que pensaran con que la empresa que les paga ha puesto una pasta por delante y que eso ya debería bastar para exigir un espectáculo de calidad. Pero… anda que cuando nos ponemos a soñar.

Que no voy ahora a ponerme a cuestionar si tanta tele sí o tanta tele no, porque en primer lugar me quiero poner en el sitio de quienes no tienen el privilegio de vivir a cinco estaciones de metro de las Ventas, por poner un ejemplo; de esa gente que quiere vivir los toros, pero que vive lejos de dónde dan toros y mucho más de dónde dan toros de verdad, si es que queda alguno. De esa gente que llegan las ferias y se plantan delante de la televisión y a pie firme aguantan lo que les echen y además tienen que escuchar esos comentarios que… Pues todos esos seguro que quieren saber cómo van a poder ver los toros, cuánto les va a costar, si lo podrán ver por la tele, el ordenador, el teléfono o mirándose en las rayas de la mano. Si para contratar van a tener estudiar “teleco” o si bastará con llamar a un teléfono, entrar en una web o si lo podrán comprar en los chinos del barrio. Que no hay que tener prisa para nada, pero que como no se apuren, al final les ca a pillar el toro, nunca mejor dicho, y que no les vale con esa promesa de que la televisión pronto llegará

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

lunes, 24 de agosto de 2015

La tele, los toros y cine de barrio

Y lo que este hombre ha tenido que aguantar por no querer salir en Cine de Barrio


Decir que la televisión es la causa principal de la degeneración taurina es, además de exagerado, incierto, pero tampoco quitemos los méritos que las retransmisiones de corridas han alcanzado a lo largo de tantos años. El medio en si no es malo, es más, es un elemento magnífico que podría ayudar a la difusión y conocimiento de los Toros. Otra cosa es su utilización por parte de los profesionales del medio. Como en otras muchas circunstancias, el problema está en el uso y en el modo de hacerlo. Para muchos aficionados a los que la primera plaza medio fiable les pilla a varios centenares de kilómetros, la tele es su balsa de salvación para satisfacer su afición y calmar su hambre de toro. Coincidimos en que tienen que sufrir los comentarios de los dueños de los micrófonos, periodistas con años de experiencia en el manejo de la Fiesta o profesionales, que no toreros, que se ponen al servicio del poder y que a veces hasta reciben el premio de verse anunciados en ferias, aunque no puedan presentar méritos ganados en el ruedo, pero eso da igual, basta que el del micro decida tratarle como un maestro, para que una mayoría les copie la idea. Pero dónde unos ven un madero en mitad de la mar al que agarrarse, otros ven todo el saber taurino al que nunca podrían aspirar y se tragan la doctrina impartida sin rechistar, para luego repetir una letanía insufrible por machacona y por mentirosa. Se aprenden la terminología como urracas y la sueltan como loros.

¿Se imaginan ustedes a un representante destacado de la cultura de España decir que les gusta mucho el cine, que están muy interesados en el cine que se hace aquí y que para reforzar tal afirmación acabaran diciendo que son seguidores de Cine de Barrio? Pues algo parecido puede ocurrir con los que se toman las retransmisiones taurinas como la Biblia del Toreo. Igual que no me imagino yo el Festival de Cannes, la Bienal de Venecia, la Berlinale, ni tan siquiera San Sebastián con “Vente a Alemania Pepe”, “La ciudad no es para mí” o “Las chicas de la Cruz Roja” en los carteles y los críticos diciendo que son grandísimas obras del arte cinematográfico, mucho mejores que cualquier cosucha de Bergman, Fellini, Buñuel o Saura, por barrer para casa. Que los Ozores y compañía son lo güeno, güeno. ¿Y qué me dicen del mérito que tiene hacer una película, sabiendo cuando hay que decir “acción” y cuando “corten”. Pero que a nadie se le ocurra poner pegas, que a nada le sueltan “¿Pero tú alguna vez te has puesto... a rodar un flim?” “Rueda tú”. O que en su caso el galán de turno afirmara que lo que hace falta es que la gente jalee estas películas y se deje en paz de Padrinos, Amarcordes o Lawrencios de Arabia. O que otro invite al espectador a salir del armario y que llene los cines en los que proyecten sus películas, que eso hace muy bien a su... al arte del cine.


Y los de la tele, los del Cine de Barrio, mientras, machaca que machaca a los mártires que se tienen que conformar con ver los toros a través de las retransmisiones con locutores entusiastas del landismo. O eso o nada. Porque tampoco es cuestión hacerse miles de kilómetros en una temporada para salir defraudados in situ, y eso que eligen los carteles con lupa, pero ya se sabe, no siempre se acierta con el día. Que mucho ir contra Cine de Barrio, pero a veces ya quisiéramos que las corridas tuvieran la misma variedad que ofrece este cine. Que pasas de “Sor Citroen” a “Esta voz es una mina”, como lo haces de “Los bingueros” a “La mujer es un buen negocio”. Lo de los Toros, da igual que sea por la tele o en la plaza, es como ver “El turismo es un gran invento” una tarde y otra y otra y otra y otra más, cambiando los actores, pero actuando todos igual, sin matices, sin variación alguna y soltando el texto con el mismo entusiasmo con el que un binguero canta los números. Pero ¡ojo! que esto es lo mejor a lo que nunca podíamos imaginar que llegaríamos a aspirar. Que podemos seguir delante de la tele sin pestañear, pero yo me pregunto una cosa, ¿a quién favorece el que nos sigamos tragando el mismo rollo sin rechistar? Pues calculen ustedes mismos el daño que un buen medio puede producir con un uso perverso e interesado. Que no sé si será la causa principal de que esto se acabe, pero su culpa tiene en todo este desastre. Porque los cinéfilos Cinebarriofilólogos que se saben todos los diálogos de Antonio Garisa, Saza y Gracita Morales saldrán pitando en cuanto que en otro sitio les pongan los yintonis con longaniza caramelizada, que clamarán al cielo, igual hasta se presentarán en manifestaciones prolandistas, recogerán firmas, pero no aguantarán lo que han aguantado los aficionados, los que ya han abandonado esto, los que persisten, los que van a la plaza y los que se agarran al madero salvavidas de su afición que es la tele, pero que nadie se engañe, que ellos saben distinguir muy bien entre la tele, los toros y cine de barrio.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Y después de la tele ¿qué?

Si uno se asoma al balcón, el balcón puede saltar por los aires



Ya se ha televisado una corrida de toros por la televisión pública, esa demanda generalizada ya ha sido atendida por RTVE, pero, ¿qué pasará a partir de ahora? ¿Qué ha mejorado la fiesta? Pues empecemos por el final. El efecto que esto ha ejercido sobre la Fiesta de los toros creo que ha sido nulo, en el mejor de los casos, pues después de ver como salían un torillos a los que ni se les podía enseñar la puya o que rodaban por el suelo, mientras los comentaristas lo jaleaban absolutamente todo, no creo que habrá nadie que se haya sentido atraído por semejante esperpento.

Lo fáciles que somos de contentar, o eso se cree el poder, aunque no sé si la realidad coincide con sus pensamientos infantiles. Va Taurodelta y ya que pedimos toros de diferentes encastes, pues se saca de la manga el invento este de septiembre, eligiendo quizás no a las ganaderías en mejor estado, sino a las más propicias para luego poder regañarnos. Ay, estos niños mimados y caprichosos, siempre pidiendo ¡No quiero más Domecq, no quiero más Domecq! Y entonces tus padres te cambian el yogur con sabor a Juan Pedro por otro con sabor a Prieto de la Cal. Y ya la tenemos liada, te quejas porque está pasado de fecha y te dicen que es la última vez que van a ceder, que desde ahora, solo yogures bodegueros, que son más baratos y más suavecitos.

Pues lo mismo con esta obsesión por los toros en la tele. Tanto tiempo penando y a la primera de cambio nos ponen a tres toreros de esos del grupo que tiene nombre de quitamanchas, G-10 no dejará ni rastro. Hace mucha espuma, llena la habitación de aromas del campo, fácil de llevar, fácil de aplicar y cuando lo retiras frotando con un cepillito, la superficie afectada está como siempre, pero ahora haga lo mismo, pero aplicándolo en la mancha, que si la mancha iba a fastidiar, que si se metía para adentro, que la gente no sabe lo difícil que es enfrentarse a esas manchas, que si las manchas buenas son las de cerveza y no las de tomate, que las de tomate son imposibles, que no entienden como la gente se empeña en quitar estos lamparones de tomate. Y seguro que todavía los habrá que les aplaudan, solo por el aroma. Pero claro, en la reaparición de la tele en una plaza, no solo fue cosa del quitamanchas, sino que además, el yogur era de sabor a Juan Pedro. Menuda mezcla, como para que se te cayera un pelotón en la pechera.

Pero bueno, ya nos han puesto toros en la tele de todos, ya podremos estar felices durante otra eternidad, porque no sé yo si habrá toros muy a menudo; y más si es en horario infantil. Con todas las protestas que han salido como setas por todas partes; con las que estoy completamente de acuerdo, esa pantomima no es para que la vean los niños, no vaya a ser que se piensen que esto de los toros sea una patochada. Casi mejor que se aguanten las ganas y esperen un día en el que sea una corrida seria, y perdón por la redundancia, porque una corrida, si es de toros, siempre es seria. Será más fácil que antes repitan tres veces Verano Azul o Pretty Woman; con este caramelito nos tendrán entretenidos por un tiempo, nos callarán la boca los políticos que han propiciado la retransmisión y se creerán con todos los derechos para enarbolar la bandera del taurinismo.

Y es que estamos de enhorabuena, todo indica que si ya estamos viviendo una nueva Edad de Oro de… de… de esto, lo que viene ya va a ser la monda lironda. Primero lo de Cultura, porque así nos podríamos beneficiar del IVA reducido y otras ventajas fiscales, como se ha podido demostrar el 1 de septiembre, además de una mayor y mejor difusión de la Fiesta, cuyos frutos saltan a la vista con la increíble audiencia de los Tauro-realitys de Canal Sur y Telemadrid; luego esa interminable lista de lugares que han declarado la Fiesta Bien de Interés Cultural, otros Bien Inmaterial, otros algo parecido, pero sin ser capaces de ponerse de acuerdo tampoco en esto, unos andan con el yogur, otros con el quitamanchas y otros pues con lo que Dios les da a entender, que vaya usted a saber lo que entienden. Y finalmente, la guinda del pastel, Arnás, el engominado y el Capea contándonos aquello como si fuera una corrida de toros y como si hiciera mil años que no hubiéramos visto ninguna. Vamos, como cuando televisan la lucha esa de japoneses grandes y bien nutridos, en que te tienen que explicar por qué llevan el pañal de colores y nada más. Pero claro, lo del pañal casi es accesorio, porque los dos señores se zurran la badana de verdad y el que queda en pie es el vencedor. En lo de la tele no, ahí podemos ver a un animalito estamparse contra un caballo con faldas y a un señor que le toca con un palo largo, como si fuera a picarle, pero que inmediatamente agarra la vara como si estuviera señalando al animalito ¡Eeeh! qué está aquí, ¡Eeeh! Hombre, chiquitín era el animalito, pero tampoco hay que humillarlo de esa forma, qué pensarán sus familiares; seis años sin toros en la tele y no se les ocurre otra cosa que señalar al inválido, ¡Aquí está! ¡Ni picarlo puedo! ¡Este, este! Y la vaca, el toro y los terneros avergonzados del haragán del hijo y hermano que se echó a la mala vida y se convirtió en yogur con sabor a Juan Pedro. ¿Cómo no le iban a faltar al respeto esos señores con las medias rosas? Si es que no es para menos, aunque con las posturas que estos ponían y esos retorcimientos, tampoco era para que se les tuviera a ellos. Unos señores que cuando cogían la espada, y según palabras de los comentaristas, eran contundentes, que vale que alguno no fuera muy ortodoxo, como un tal Juli, con su saltito peculiar, pero que según lo escuchado, no era algo para censurar, casi más lo contrario. Lo que yo no acabo de tener claro es si esta retransmisión ha servido para algo más que no sea ridiculizar y caricaturizar la fiesta de los toros, y no para de darme vueltas en la cabeza la misma idea; y después de la tele, ¿qué?

sábado, 30 de abril de 2011

¡Lo que estoy aprendiendo con la tele!

En estos días me estoy planteando muy seriamente el dejar de ir a la plaza y seguir la feria de San Isidro, Aniversario y todas las ferias del mundo, por la tele. Y, ¿por qué esta decisión? Porque he descubierto la luz con las retransmisiones de la Feria de Abril. Me quedo boquiabierto y estupefacto de todo lo que se puede aprender mirando, y sobre todo escuchando, lo que sale de esa bandeja con cristal puesta de pie. La tecnología que ha convertido la caja tonta en este nuevo artilugio extraplano ha llegado a la fiesta de los toros.



Con los toros por la tele puedes apreciar con todo detalle cuántas gotas de sudor le caen al matador por la punta de la nariz, las veces que pestañea el toro y conocer a todo aquel que es alguien entre los taurinos. Pero eso son baratijas comparándolo con lo que se puede sacar de los comentarios del maestro Molés y del maestro Caballero. Se abre la puerta de toriles y ya te dicen si “eso” es toro o borrego, si es guapo o feo, si está bien acabado y si ha acabado el curso de esteticista a distancia, que no es maquillar con el pincel enganchado a una pértiga.

Si hay una cosa que caracterice al mundo de los toros es su particular y precisa jerga. Ya tengo claro lo que es la toreabilidad, ese maldito término que a muchos nos tiene a maltraer, pero ¿qué me dicen de la durabilidad? No creo que haya una expresión que describa mejor el comportamiento del toro durante la lidia. Primero ha de tener durabilidad y después toreabilidad y lo siguiente es tocar el cielo. Pero ojo, que esto no acaba aquí, porque estamos hablando de algo vivo, en continuo proceso evolutivo y con la capacidad de incorporar nuevos términos para nuevos fenómenos. Pero esto no se puede hacer a tontas y a locas, hay que respetar unas normas y la fundamental es añadir el sufijo “-bilidad”.

Siguiendo esta metodología testada en las más importantes ferias del mundo y gracias a la difusión que un medio como la televisión permite, no será difícil tener una idea exacta de una corrida, siempre gracias al relato de verdaderos maestros. Así será fácil conocer el comportamiento del toro en el primer tercio, ese que últimamente estaba un poco abandonado, pero no era otro el motivo, que no se había creado un término apropiado. Así podemos hablar de picabilidad, la capacidad del animal para ser picado o no. Que no tiene picabilidad, pues ya sabemos que no se le pica, porque si se abusa del palo, igual merma la pasabilidad de éste y hace que aumente la invalidezbilidad, resaltando feamente la borreguibilidad. Si el toro se para en banderillas y no acude a la reunión con la suficiente alegría, estamos faltos de banderillibilidad, carencia alarmante en casos de corridas de matadores banderilleros, verdaderos expertos en la carrerabilidad, saltabilidad y toropasadobilidad.


Pero esto tampoco tiene demasiada importancia, lo “güeno” viene con la muleta, donde el astado, con gran pitonibilidad si presenta una gran arboladura, debe dar todo lo que lleva dentro. Ahí tiene que demostrar cuánta toreabilidad lleva dentro. Pero en este mundo de matices, esto no iba a ser menos. Que el toro entra y sale como si estuviera en una puerta giratoria, pues eso es boboneriabilidad, descastabilidad, y según a quien se le pregunte, aburrimientobilidad, que se puede incrementar, o no, con la estirabilidad y retorcibilidad del matador.

Es necesario seguir correctamente estas normas de uso y así cuando un vecino nos pregunte, ¿qué tal la corrida?, cuando nos vea llegar de los toros, podremos decirle que fueron de estimar las altas dosis de coñazobilidad, conjuntada con la mantabilidad de los maestros y la nula orejabilidad durante toda la tarde. Para que el vecino no se piense que te sobra primobilidad, calidad de ser más o menos primo, por eso de ir todas las tardes para nada, le puedes dar en el hocico con la meriendabilidad, la bocadillibilidad y guisquibilidad del tercer toro, como en los pueblos, de la charlabilidad con los fieles del tendido o grada, muy útiles a veces para aguantar el nivel de aguantabilidad de los huesos propios del final inferior de la espalda, y que se fastidie que en una tarde con plena aforabilidad, cuando se llena la plaza, y de máxima reventabilidad de entradas y clavelibilidad, él se ha quedado en casa y tú no. Pero claro si te sale con que él ha disfrutado como un enano con la televisibilidad y tú no, hay estás perdido, tendrás que agachar las orejas y marcharte a casa a ver si esa noche hay cenabilidad o dietabilidad.

lunes, 10 de enero de 2011

Hoy hay toros por la tele


Perdón por lo enigmático e incomprensible del titular, pero no he podido evitar encabezar así esta entrada, recordando una expresión que se repetía con relativa frecuencia años ha. Esta es una de esas frases que un día tuvo su significado, que todo el mundo conocía, pero que ahora a las jóvenes generaciones les suena a chino. Y a las venideras hasta les puede sonar a insulto.

Yo no voy a ser de los que censuren a los directivos de la televisión pública estatal por expulsar y prohibir las corridas de toros en su parrilla de programación. Están en su derecho y seguro que se han guiado por sus mejores intenciones y sentimientos democráticos y de libertad, y en las que todo el pueblo español disfruta de igualdad de oportunidades para acceder a la enseñanza, a la sanidad y al ocio que más le satisfaga.

Quizás ha habido algo de gusto personal, no digo y que no, o quizás también un deseo de no saturar las limitadas mentes de los habitantes de la piel de toro ¡uy! perdón, quise decir bovino no maltratado y que vivía en libertad antes de que desapareciera la dehesa, su medio natural, donde vivía en libertad. Pero a lo que iba; será por esa escasa capacidad mental que solo saturan nuestras mentes con el Madrid y el Barcelona, Pep y Mourinho y, para los más espabilados, Cristiano y Messi. Ya hasta para darnos el tiempo nos ponen fotos de la lluvia, la niebla, un día soleado o la Cibeles nevada. Es que si no, no hay quien se entere.

Como parece que no es cosa menor eso de los gustos de cada uno, yo reclamo mi derecho a que se escuchen los míos, sobre todo si tenemos en cuanta mi contribución al mantenimiento del Ente Público, especialmente allá por el mes de mayo, cuando Hacienda somos todos. Pues bien, a mí las motos no me gustan, me dan miedo y vértigo y no soporto ver a críos que no han alcanzado la mayoría de edad rodando a velocidades de vértigo. Tampoco me gusta que me hablen de comida, cuando lo que estoy intentando desde hace meses es quitarme esos kilitos de más, que no quiero decir que esté gordo, quizás algo fuerte. No soporto las telenovelas, no soy capaz de aguantar toda mi vida esperando a ver qué pasa tarde tras tarde. Tampoco estoy preparado para ver desgracias, catástrofes e infortunio, así que nada de informativos en los que solo se cuentan cosas desagradables y cuando son agradables me corroe la envidia y me doy cuenta de que soy un “jodido envidioso” y eso no me gusta. Tampoco me interesan los programas culturales o los reportajes de la dos, porque me recuerdan lo ignorante que soy y yo siempre me había tenido por un tío listo y no por un tuercebotas cultural. Y, ¿qué me dicen de los concursos? Esos que parecen hechos única y exclusivamente para que unas ratas de biblioteca nos soben el papo con sus conocimientos enciclopédicos y conozcan la obra completa de “Sopenjagüer”, “Volter”, “Quirquegar” o “Sespir”.

Y es que uno ya está harto de sentirse discriminado, minimizado, ninguneado, pisado y humillado por tanto listo, hábil, ágil, inteligente o ecuánime que sale por la tele. No voy a pedir que retransmitan corridas de toros porque entiendo que pueda herir la sensibilidad de algunos, especialmente si se les ata delante de la pantalla y se les obliga a contemplar esa barbarie desde el paseíllo, hasta el arrastre del último toro, que para eso es la tele. Quizás si desde la mañana a la noche pusieran la carta de ajuste todos nos pondríamos de acuerdo, eso sería inaguantable.

Podríamos ponernos a pedir que algún torero de verdad se decidiera a ser televisado por el Ente Público; no sé a lo mejor ¿José Tomás con toros de Cuadri? Pero quita, quita, semejante barbarie no podría ser aceptada por los capitostes de la TE- UVE- E, la UNO, la DOS, y TELEDEPORTE. Además el locutor tendría que ser un periodista ecuánime y equilibrado que no contara milongas a la audiencia, y no esos halagadores profesionales que hablan de toros en ese programa que es el último vestigio de la fiesta de los toros en la tele de todos.

No digo yo que fuera una buena idea, pero a lo mejor si se ofrece un espectáculo íntegro y lleno de emoción, a lo mejor, solo a lo mejor, estos señoritos se replantearían su sabia y acertada decisión de mandar los toros al exilio hertziano. Así todos podríamos ver una corrida de toros sin tener que bajarnos a alguno de los escasos bares que ponen los toros por la tele de pago, la que es más, o sin tener que hacer horas extras para abonarse, que aunque en ella hable el señor Molés, eso de abonarse no es cubrirse de estiércol hasta las cejas; lo del olor pestilente es por otras causas.

Quizás los toros se ven excluidos de la programación de televisión porque es una fiesta y una tradición ajena a este medio, como les pasa en alguna Comunidad Autónoma. ¿Quién es capaz de recordar una corrida televisada por la tele de todos? Pues nadie, por supuesto. Y habrá quien me diga que la primera retransmisión que se hizo en la historia del Ente Público fue una corrida de toros desde las Ventas, o que la tarde del toro blanco de Antoñete era una corrida televisada o la retransmisión por parte de Matías Prats de la Corrida del Siglo, con los Victorinos, Ruiz Miguel, José Luis Palomar y Esplá, o que la oportunidad de Vistalegre de la que salió Palomo, también se vio en la tele y otras muchas tardes más, las tardes de los Guardiolas en Sevilla cerrando la feria, la Beneficiencia de todos los años en Madrid, la de Asprona en Albacete y muchas tardes más, que nunca se televisaron en un medio tan serio y preocupado de la divulgación cultural, el entretenimiento y la información como lo es RTVE, la tele de todos, menos de los aficionados a los toros. Pero yo no desespero y todavía creo que algún día podré volver a decir que: hoy hay toros por la tele.

PD: A propósito, ¿se imaginan que una de las televisiones que emiten en abierto contrataran a un director de programación francés, aficionado a los toros, y que con su consabido chauvinismo se decidiera a mostrarnos uno de los espectáculos que más tirón tiene en el mediodía francés: la “corridá”?

martes, 1 de diciembre de 2009

La tele me mata


La televisión, ¿aliada o enemiga? Pues como todo, depende de quien la perpetre. A nadie se le escapa que podría convertirse en una herramienta ideal para mostrar lo que es la fiesta de los toros y para desempeñar una importantísima función docente. ¿Y qué es lo que tenemos? Un artefacto al servicio casi exclusivo de intereses económicos, de los toreros, empresarios, cadenas, ayuntamientos, anunciantes o vaya usted a saber quien más.

Existe además una idea, equivocada según mi parecer, y es que todos los que hablan en televisión deben reprimir su sentido crítico. Según algunos, estos deben limitarse a contar lo que ven, pero dentro de mi ignorancia yo me pregunto: ¿dentro de ese “lo que se ve” no se incluye también lo malo? Pues está claro que no. Pero esto no es lo peor del caso, lo peor a mi juicio es la resonancia que tiene lo que se dice y se oye en este medio. Para comprobarlo no hay nada más que pararse a escuchar a esos “aficionadísimos” de fina piel que cuando hablan de toros parecen “talmente” la voz de su amo. Unos hablan del tranco del toro, otros de “poner en valor” y otros del terno “purísima y oro”. Seguro que más de uno le pone cara y canal a cada una de estas expresiones.

La televisión podría ser un medio estupendo para la buena difusión de la fiesta y para empezar a construir sobre los cimientos de la verdad del toreo y la integridad del toro. Quizás así se podrían empezar a crear verdaderos aficionados que distinguieran entre el toreo profundo y los pases largos, entre cargar la suerte y esconder la pierna. A lo mejor también se conseguiría discernir entre una babosa parada que el matador hace que embista y el poder de un toro que se quiere comer los engaños y al que hay que dominar. Quizás habría menos orejas, menos indultos y menos verbenas en las plazas de toros, pero no hay que desesperar porque si hay toro, eso sólo duraría un tiempo. Eso sí, lo que cambiaría serían las caras de los protagonistas. Igual veríamos como desaparecen del escenario taurino esos finos y elegantes estilistas del “pegapasismo” o dejaríamos de oír las sandeces de los “toros artistas”.

Pero tal y como está montado este tinglado, no creo que vayamos a ver una revolución desde las distintas televisiones. En primer lugar es difícil porque en la televisión pública los programas taurinos parecen emisiones clandestinas en horarios clandestinos y las retransmisiones taurinas son cosa de otro tiempo. En los canales autonómicos los programas taurinos suelen ser claramente tendenciosos, aunque algunos nos permiten ver otras facetas de la fiesta, pero que realizan retransmisiones de corridas con carteles de poco interés y que sea como sea deben acabar en triunfo. Algo parecido a lo que ocurre con el canal de pago que tiene en el triunfalismo su principal seña de identidad, bajo la apariencia de una falsa exigencia apoyada en la opinión de profundos conocedores de los secretos de la fiesta de los toros. Pero ese rigor y esa seriedad para algunos resulta ser una exposición de juguetes rotos que se convierten en títeres a las órdenes del maestro de ceremonias en que se convierte el comentarista de dicha retransmisión. ¿Qué podemos pensar los que aclamamos un día a Antoñete como maestro absoluto del toreo al oír sus “valoraciones” en radio y televisión? ¿Es que él toreaba con la vulgaridad que no se cansa de alabar? ¿Era esa la idea de toreo que realmente tenía dentro o la que nos mostró con capote y muleta en mano? ¿Y qué podemos decir de los Ruiz Miguel o Joaquín Bernadó? Dos toreros que cada uno en su estilo eran la honradez vestida de luces, el de la Isla sumando corridas de Victorino, una tras otra cuando esta ganadería era dura de verdad o el catalán que si tenía que torear en Madrid en los meses de verano lo hacía desplegando esa elegancia de verdad y no la de ahora de pitiminí.

La televisión se ha convertido en un nuevo Saturno que devora a sus hijos y que ya está preparando la mesa pensando en Joselito. Los más fieles pensarán que el torero del barrio de las Ventas no cederá a las presiones del medio. Él, que no dudó en enfrentarse a quien fuera por mantener su dignidad; él, que dio una de las más memorables lecciones de tauromaquia; él, que siempre ha sabido decir las cosas como se deben decir sin una palabra de más, ni de menos. Esperemos que siga siendo tan torero en la tele, como lo fue en la plaza.