
Señor Cifuentes, llevo todo el día asimilando la noticia que usted ha soltado en la blogosfera. Durante mucho tiempo nos ha ido contando el día a día de la vida en el campo, el cambio de estaciones y como es el cuidado de este maravilloso animal, que en su caso además coincide con un ejemplar que se debate entre la supervivencia o la definitiva defunción de una sangre.
Pues parece ser, según sus palabras, especialmente duras aún sin pretenderlo, que al encaste Coquilla ya le ha llegado la hora. Al menos a los Coquillas de Cifuentes. Habrá quien piense que esto no tiene otra causa que la modernidad, los gustos del público, la estructura de la Fiesta y los cánones que mandan en el toreo. Y como siempre creen algunos, esta modernización significa progreso, avance, evolución y estar más cerca de un mundo mejor. Estarán felices esos que creen que lo que no vale hay que mandarlo al matadero. Muy bien ¿y quién decide lo que no vale? ¿Y si dentro de diez años caemos en la cuenta de que lo desaparecido era la solución? Pues nada, desenterramos unos huesos y como si habláramos del bucardo, lo clonamos genéticamente y punto. Cuanta confianza ponemos en la ciencia ficción y que poca en el devenir cotidiano de la naturaleza.
Luchemos por el lince ibérico o el quebrantahuesos, lo que me parece estupendo, pero dejemos que el toro de lidia vaya desapareciendo bajo la vergüenza de la puntilla. Que bien, que esos toros no serán torturados en una plaza de toros. Señores antis, ya pueden felicitarse porque se nos ha muerto una parte de esta abominable fiesta. Resulta mucho más humano meterles en unos camiones y hacerles recorrer un pasillo en el que al final está la muerte. Mucho mejor que verlos en la plaza enseñoreando su casta y su bravura, haciendo balancearse a un picador montado a caballo y armado de puya y peto, sobre la cuna de sus pitones. Un toro que busque los engaños y se revuelva para quererlos coger una y otra vez, para al final morir a estoque en el ruedo. Pero esto es lo que yo prefiero y puede que el señor Cifuentes también lo prefiera. Treinta años criando toros para la plaza y no para el matadero. Esto sí que es un duro golpe.
Habrá quien me diga que si en tal o cual plaza no salieron buenos los Coquillas, que si malos, mansos, duros, lo que sea, pero eso son cosas del toro. La ganadería es lo que tiene, que se trabaja con animales y las buenas decisiones se pueden convertir en malas, las que se toman como último recurso pueden ser hoy magníficas y mañana nefastas, la persistencia puede ser el camino del éxito, que difícil y sacrificado. Sin hablar de la paciencia que se precisa para ser ganadero. Seguro que los Coquillas de Cifuentes no han fracasado año tras año en la plaza de Madrid, esa que dicen que es la más decisiva. Aunque de eso habría mucho que hablar.
Me dirán que cuánta tragedia por un hierro, pues puede ser, no digo yo que no, seguro que si la que marchara al matadero fuera Zalduendo o Núñez del Cuvillo no me pesaría tanto. Y no por nada en especial, sino porque en estos casos sería más fácil la refundación de la ganadería, pero en el que nos ocupa es algo utópico y de ciencia ficción. Aunque nunca es bueno que un hierro acabe en apuntillado en el matadero.
Ahora puede que sea el momento ideal para que a mí me expliquen los beneficios de trasvasar la Fiesta de los toros a la órbita del Ministerio de Cultura o lo que significan esas declaraciones a boca llena de las autoridades locales, autonómicas y ahora centrales, de Patrimonio Cultural Inmaterial, Bien de Interés Cultural, Patrimonio o lo que sea de la UNESCO y no sé cuantas cosas más. Aparte de para hacerse una foto los políticos, creo que eso no vale ni para… para nada, dejémoslo ahí. Anda que no han trabajado los Geses, las Mesas y el Sumsum Corda solicitando ayudas para la Fiesta. Pero ¿en qué se traducen esas ayudas? Pues en pedir dinero, dinero y más dinero, que vaya a los bolsillos de los que no logran llenar las plazas, para que así puedan seguir manteniendo su nivel de vida, independientemente de que los toreros no interesen, las bobonas mochas no emocionen y los empresarios no hagan otra cosa que fotocopiar los carteles de unas ferias para otras. Y mientras tanto, el cemento se convierte en el más leal asistente a los festejos taurinos.
No digo yo que a don Mariano Cifuentes no le hubiera venido bien una ayuda económica, pero en las circunstancias actuales, probablemente habría preferido que le llevaran agua a la finca o que sus vacas y sus toros pudieran tener que llevarse a la boca. Es lo que tiene esta locura del toro. Y cuando las cosas se hubieran normalizado, pues don Mariano se habría podido hacer cargo de los gastos. Pero no, para eso no hay posibles. Solo queda para lo absolutamente necesario y la Fiesta no lo es, ni el toro de un encaste en vías de desaparición. Serán las leyes de la selección natural, pero a algunos esto nos hace bola y por más vueltas que le damos, no lo pasamos. Esto no hay quien lo trague y mucho menos si el atropello se hace en nombre de la modernidad.