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sábado, 9 de junio de 2018

Una más y una menos


Y el próximo jueves, la Beneficencia con los triunfadores de la feria, ¿no? ¡Aaah! Que no, que ya ha sido. Lo que ha cambiado el cuento

Tanto quejarnos, tanto renegar, tanto hartazgo, pero no se puede evitar que todos los años, al acabar la feria de San Isidro, se duerma o se despierte algo dentro. Se mira al futuro como si empezáramos una vida nueva, o eso me pasa a mí todos los años, como si descubriera que todas las tardes, a partir de las siete, hay vida, el mundo sigue y sigue aparte de la plaza. Es lo mismo de todos los años, con ilusiones, ya menos, decepciones, cada vez más, pero sin poder evitar el recuerdo de como fueron otros finales, como fue la última feria para alguien querido y que se fue, pero que sigue estando presente, los que abandonaron hartos de tanto aguantar, los que se fueron incorporando y llegaron para quedarse. Y es que si los toros es la vida, vivir la feria de Madrid es vivir más vidas. La pena es que hubo vidas mejores, que no es eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero algunos, lo fueron y con gran diferencia. Siempre nos quejamos de los empresarios, pero es que a este no hay por dónde cogerlo. De los toros que no eran lo que se esperaba, pero es que a estos, a los que tanto gustan a tanta gente, dan ganas de llevártelos a casa cómo mascota, siempre y cuándo lo permitan las figuras. ¡Ay las figuras! Que puede que no haya habido una época en la que estas causaran tanto rechazo. Y esa plaza de Madrid, que era respetada y admirada, con sus isidros más volubles a lo populachero, pero sin acercarse a los niveles actuales, en los que los transeúntes, que en nada se parecen a aquellos isidros, han dinamitado ese ideal, con absoluto convencimiento.

Este final, dejando la de Victorino aparte que en este año será la corrida de la Prensa, ha sido protagonizado por los de Adolfo Martín, hierro con notable y sabido predicamento en Madrid y que a lo largo del tiempo ha gozado de la comprensión y paciencia de muchos aficionados. Completaban el cartel el pasado, presente y futuro de la fiesta. El pasado, El Cid, que a cada día que pasa más se instala en ese pasado, pues su presente no se lo merece un torero que dio tanto, hace ya demasiado tiempo. El presente, Pepe Moral, que en esta feria ha dejado claras sus intenciones de hacerse con un sitio de una vez por todas. Y el futuro, por ley de vida debería ser Ángel Sánchez, aunque por lo visto en esta última de feria, aún tiene que aplicarse bastante en muchos aspectos.

La presencia del Cid ha sido más efímera de lo deseable, resumiéndose casi en la confirmación de alternativa de Ángel Sánchez y poco más. Recibir al segundo de la tarde con capotazos inseguros, sin conducir las embestidas y sin que se le apreciara un mínimo de firmeza. Lo llevó de mala manera al caballo, a un toro que simplemente se dejaba, con un amago de querer meter los riñones, pero que quedó en nada. Primeros muletazos de tanteo y se apreciaba que el Adolfo empezaba a poder al torero. Hizo por él al tercer o cuarto muletazo, con tan mala suerte de haberle calado, pasando a la enfermería. Prosiguió Pepe Moral, que prácticamente se limitó a unos muletazos de compromiso, para tomar inmediatamente la espada.

Siguiendo la lidia ordinaria, empecemos por el sevillano, Pepe Moral, recibió dubitativo a su primero, muy suelto y que le punteaba el capote por el pitón izquierdo. No cuidó al toro en el primer tercio, sin colocarlo para dejarlo ver, para que el picador le diera a gusto, tapándole la salida. En la muleta ya entraba como un mulo, saliendo buscando las tablas y si encontraba la salida, mucho mejor. Un intento de serie en toriles y tras un arreón, el sevillano decidió abreviar. Con el quinto se vio apurado y tuvo que darse la vuelta en el recibo e irle cediendo terreno hacia afuera. Bien puesto en el caballo, de largo, para que al animal le arrearan una puñalada casi en el costillar, para apenas picarle. Una segunda vara dándole distancia, con una arrancada queriendo comerse aquello que le importunaba, para volver a recibir otro marronazo, en el mismo sitio; el Adolfo peleaba en el peto, pero de lado, con el pitón derecho, el mismo por el que apretó a Juan Sierra en banderillas, que casi se vio cogido, saliendo del compromiso con altanería torera y descarándose con el toro; eso sí es torería y personalidad, no encararse con las gentes de los tendidos. Que me den mucha altanería y gallardía como la de Juan Sierra. En los primeros muletazos por abajo ya daba la sensación de que allí había toro, había que templarle mucho y que no le tocara el engaño. Una primera tanda no muy ajustada y tirando con la parte de fuera de la muleta, mientras el toro se entregaba sin reservas, ¡qué forma de embestir! Tandas jaleadas, pero había algo que no redondeaba, quizá el remate. Con la izquierda la muleta la presentaba un poco más atravesada, que parecía que el toro se le podía ir, para volver de nuevo a la diestra. Mejor por ahí y el público entregado. De nuevo por el izquierdo, se sucedían las tandas y uno embestía y embestía y el otro se entregaba, pero tengo la duda si se puede decir que estuviera a la altura del toro. Pinchazo y entera muy trasera, que le valió una oreja.

Confirmaba Ángel Sánchez, que visto lo que se vio, parecía que esa era su única ambición, la confirmación en Madrid. Se vio sobrepasado por su primero, al que le presentaba el capote sin parar quieto un momento, hasta que se vio arrollado, afortunadamente sin consecuencias. Lo puso bien al caballo, que ya no es poca cosa, para que le picaran en la paletilla, tapándole la salida, el toro peleando y sin que el pica se dejara nada dentro. En la segunda vara solo fue un picotazo. Gran par de Miguel Martín por el pitón derecho, el mismo por el que le esperó en el primero. Se lo sacó Ángel Sánchez por abajo, aunque un tantito acelerado. Por el derecho ya empezó con el pico y quedándose fuera, lo mismo que por el izquierdo, aunque hubo un atisbo de que la cosa fuera diferente, pero no. Muletazos en línea, más pico, venga a recolocarse, sin acabar de encontrarse. Que tampoco se encontró en el cuarto, al que ya en los lances de recibo le dejó el capote colgado de un pitón. Fue el toro al caballo al relance, para que le hicieran la carioca. Daba muestras de una clara tendencia a irse a las tablas. Defecto que se hizo más presente en el trasteo de muleta, saliéndose a mitad de muletazo en busca del olivo. Muchas pruebas por el izquierdo, intentando enseñarle con el revés de la muleta en la diestra y a las primeras de cambio, un desarme. Continuó por el derecho y venga arreones; lo mismo por el izquierdo y el confirmante sin ver por dónde meterle mano, aunque quizá habría sido buena, y plausible, solución el darle por abajo. A la salida del sexto parecía dar la sensación de falta de ánimo por el triunfo, que él llegaba allí a soltar su repertorio y punto. Este último simplemente se dejaba, encelado en el peto, pero sin `presentar demasiada pelea, a pesar de que se le dio a modo. En el último tercio el Adolfo iba a su aire, mientras que el matador se limitaba a ponerle el trapo, sin correr la mano y metiendo el pico con la zocata. Al derecho se lo echaba para afuera, muchas precauciones y ese ir a su aire del toro, al que Ángel Sánchez respondía con aparente apatía. Intento de naturales de uno en uno, un respingo y eso, que habría quién pensara que su objetivo no era otro que la confirmación. Acababa la corrida, acababa la feria, las despedidas, unos hasta otoño, otros hasta el domingo, los menos hasta este domingo y todos los demás, mientras intentaban recordar las glorias de todo un mes de toros, con una la conclusión de ser una más y una menos.

viernes, 8 de junio de 2018

El desafío es usted, señor Casas





Agustín Romero nos reconcilió con el tercio

A punto está de echarse el cierre a la feria de San Isidro de este año, una feria con muchas sombras, muchísimas, con demasiado oropel, demasiadas zonas oscuras y excesivas maniobras que parecen solo perseguir un fin, acabar con la plaza de Madrid, hacer creer que los aficionados de Madrid han enloquecido, que hoy una cosa es blanca y mañana la misma es negra, que hay un viento endiablado que hace cambiar el sentido de los habituales de Madrid, cuándo precisamente estos, los habituales, son los únicos que se han mantenido en el mismo sitio, con la misma idea y la misma postura. Pero como algunos, sobre todo los de micrófono en mano, saben moverse en el lodo con tanta maestría y sin una pizca de honestidad, con la colaboración de los ocupas del palco, están convirtiendo a la plaza de Madrid en un adefesio sin crédito alguno. Les sobra argumentario y medios para instalar la mentira en el centro y convertirla en una verdad aparente, a fuerza de repetirla una y mil veces. Una feria tragando y tragando basura ganadera, vulgaridad torera e infamia empresarial, pero aportando siempre una justificación a lo más injustificable, siempre a tiempo. Y cuándo aparecen esos hierros llamados tan desacertadamente encastes minoritarios, sueltan estopa sin compasión. Simplemente aquello es lo ideal, lo grandioso y esto, la fiel representación de la miseria taurina. Que ni tan siquiera amagan con comparar, porque quizá en las comparaciones, lo comercial, lo moderno salga perdiendo. Y el señor empresario, sin más aportaciones, sin más innovación, que auténticas melonadas, ocurrencias que aparte de no tener sentido, ni justificación, aportan poco o nada a los toros. Que si la corrida de la cultura o  la de las naciones, con una única variación, la ambientación de la plaza con cuatro colgajos o con unas banderitas muy propias, o esas corridas anunciando dos hierros, por aquello de poder parchear el festejo en caso de necesidad o el desafío ganadero, que ni ha sido desafío, ni nada, pero bueno tampoco está tan mal esta fórmula. Algunos preferimos corridas de seis toros y una ganadería y otros… Pero de esta forma se abre la puerta a que ganaderías cortas puedan mostrar su trabajo en Madrid.

Y llegó el día de tal desafío, que en principio iban a ser tres de Rehuelga y tres de Pallares, pero que por exigencias ganaderas ha quedado en un dos cuatro. Le ha pesado a Rehuelga eso de tener que presentar tres toros en Madrid y reeditar el éxito del año anterior. Precisamente de este hierro fue el primero, el de Iván Vicente, nada aparatoso de presencia, más bien lo contrario, que ya de salida puso en apuros a su matador. Empujó con fijeza en el peto, habiendo derribado en una primera vara, cuándo le daba la vuelta al peto, para al final no pasar de dejarse pegar. Ya con la muleta, Vicente le dio la peor medicina que podía administrarle, permitir que le tocara la tela. Sin  quedarse quieto, la tomó en la zurda y el toro entraba ligeramente rebrincado, pico, medios pases y además, con mucho cuidado de no bajarle la mano más de la cuenta, para que el de Rehuelga no besara el suelo. El cuarto, de Pallarés, ya daba la sensación de que se quería comer los engaños y a quién los manejara y no se hacían con él. En varas fue de menos a más, un picotazo rectificado sin apenas castigarle, al paso para un puyazo trasero, cabeceando y hasta repuchándose y un tercer encuentro arrancándose desde lejos y peleando en el peto. Ya fuera de este, el toro aún estaba pendiente de aquel caballo con faldas dónde le habían hecho pupa. Entraba de dulce en la muleta, que se le presentaba atravesada y sin mandarle en ningún momento, buscaba pelea, pero solo se le ofrecían trapazos, hasta que ya se aburrió y tras varias tandas ya salía de los muletazos desengañado. Una faena que al final solo fue merodear por los alrededores, encimista y soltando trapazos sin interés. Quizá esta fue la oportunidad de Iván Vicente para convencer a los que tienen los contratos, pero se le fue.

Javier Cortés volvía después del buen sabor de boca de su última actuación y tras echársele para atrás a su primero, corrió turno y echó por delante al otro de Pallarés, al que ya de salida le dejó tocar en demasía las telas. No se le picó apenas, lo que quizá acusó en el último tercio, con embestidas codiciosas que el espada no fue capaz de templar. Mucho aceleramiento, muchas prisas y largando tela en línea recta. No se hacía con él, un desarme, cambio al pitón izquierdo y sin poder impedir que el toro tocara la muleta una y otra vez, se le estaba viniendo arriba y complicándole la existencia. Llegó a ponérsela plana con la derecha, pero no era capaz de mandar, obligándose a recolocarse constantemente. Y si con el bueno no pudo, con el de Marca la cosa iba a complicarse. Amagos en los primeros capotazos, arrancándole el engaño a las primeras de cambio. En el caballo peleó con la cara alta, se salió suelto del caballo y ese defecto de apuntar al cielo se daba también al tomar los capotes. Esperaba por el derecho en banderillas, pegando un arreón que complicaba mucho el poder clavar. Comienzo de faena por abajo, derrotes, la tocaba y más derrotes aún, defendiéndose y así ocurrió que en un derrote seco, alcanzó a Javier Cortés, qué mala suerte la del chaval. Cogido, forzó el arrimón, arrancar muletazos, pero quizá aquello solo tenía un macheteo eficaz por abajo y a otra cosa.

Javier Jiménez hacía su única aparición en la feria en este desafío ganadero. Le tocó uno de los dos de Rehuelga, al que se picó poco y mal, en mitad del lomo y tapándole la salida. Ya flojeaba tras la primera vara y en la segunda apenas se le apretó. Con la muleta todo fue un conglomerado de despropósitos, pico, enganchones, carreras, mientras el animal no podía con su cuerpo. Al sexto, quizá con kilos de más, le recibió sin pararse un momento y dando la impresión de que no le apetecía demasiado bregar con el de Pallarés. Bien cogido en la primera vara, picando en lo alto; le tapó la salida, mientras el animal peleaba, tirando alguna que otra cornada por el izquierdo. Un segundo puyazo, con el de arriba moviendo el caballo, de nuevo en buen sitio y, cosa excepcional, se le puso a un tercer puyazo, de lejos y aunque se lo pensó más, se entregó al toreo a caballo del picador, que de nuevo volvió a picar arriba. Ya estaba la gente buscando el programa y queriendo saber quién era ese loco que había movido al caballo, que había toreado, dejado tres puyazos arriba y que además, había medido el castigo; pues sí Agustín Romero, de nazareno y oro, al que el bueno de Javier Jiménez invitó a descubrirse, lo que pasa es que en el último toro, se descubren todos los que lucen castoreño con piña, cucarda y ajustado barbuquejo. El público esperaba algo grande, pero el de Espartinas no pudo más que intentar muletazos de uno en uno, acortar ya de principio las distancias sin motivo, quitándole el engaño de la cara de golpe y liarse a dar trapazos siempre tropezados. No se había enterado de lo que allí había, banderazos, merodeaba en los alrededores del animal y parecía que ni se enteró de la oportunidad que se le había ido. Terminaba el desafío ganadero, la feria esta a punto y tras tanta ocurrencia, tanto despropósito, tanto ajeno a la fiesta de los toros, tan poco centrado en lo fundamental y tantas y tantas tardes vacías, si alguien ve al empresario, o cómo se quiera él mismo llamar, que le diga que el desafío es usted, señor Casas.

jueves, 7 de junio de 2018

To er mundo e güeno


No era tarde de toreo trágico, vamos, ni de toreo

Al fin llegó la paz, se hizo la calma en la plaza de Madrid, después de esas tardes de tanto trajín, del toro encastado y los corazones encogidos, los felices asistentes al final pudieron volver al goce de la merienda, la cabezadita con el solecito en la cara y la orejita nuestra de cada tarde. Al fin hubo pases, muchos pases, pases por aquí y por allá, saltó por los aires el trapacerómetro. Torillos entre noblotes y bobones, para evitar sobresaltos, que es lo que tienen las ganaderías de garantías, que colaboran más que un becario con idea de ganarse el puesto. Decían de otros que con esas hechuras era imposible que embistieran, pero claro, si el aspecto caballuno lo presenta uno de Alcurrucén, de la cuadro de los hermanos Lozano, la cosa cambia. Como si sale una albóndiga con cuernos, que también vale. Y a ninguno se le pudo picar, ¿cabe más gozo? Cómo se ha aplaudido a un jinete por no picar. Eso es vida. Esos hermosos mansos esperando a ver si se abría la puerta de toriles para volver de nuevo a la dehesa. Esos bobones que seguían el trapo entre hipnotizados y atontados, que daba igual que se la pusieran al bies o al revés, que ellos no iban a poner pegas. Una tarde toda de comodidades y sin apechuges a la patata. Hasta el rey, el emérito, que al otro esto de los toros no le va, pero sí a su padre y a su hermana y a su sobrina y a su sobrino; que igual puede que llegue a tener un sobrino político torero, ¿se imaginan? Por un lado Su Majestad y por otro el torero, aunque si no coinciden en lo de los toros, pueden hablar del Aleti, que eso une mucho.

Usted se habrán dado cuenta de lo idílico de la tarde, ¿verdad que sí? Pero yo les explico el por qué, es que era la Beneficencia, que no sé si le han quitado lo de corrida, lo de extraordinaria y a lo mejor, hasta lo de Beneficencia. Vaya cartel chulo, me refiero al creado por Diego Ramos, una belleza. Lo del otro, el taurino, pues… Los yintonis están un poco caros, ¿verdad que sí? Arrancaba Antonio Ferrera, ascendido en los últimos tiempos a artista de primera y lidiador de honor, aunque no sé yo si le habrán firmado los papeles de tal ascenso. Que lo de lidiador, poco, que lo mismo dejaba a sus toros que deambularan por la plaza a su aire, que le manteaba por allí hasta que saliera el caballo. Ni ponerlos en suerte, ni cuidar que no fuera de lado a lado de la plaza de un caballo a otro. Una primera faena en terrenos de toriles, con muletazos pasados de revoluciones, sin templar la embestida del Alcurrucén que con tanta bondad metía el hocico. Siempre muy fuera y viendo pasar aquel rayo que no cesaba y cuándo cesó, ya a paso más bien mortecino, dejó de lado las carreras y enganchones e hizo creer que estaba toreando relajado. Entonces dejamos el aperreamiento de lado y tomamos el toreo perfilero, acompañando el viaje, erguida la figura, recordándonos eso del torero artista que ahora dicen que es. Que aparte enganchones, eso del artisteo se debe ver en no querer tomar el verduguillo, que tampoco parece ser necesario el intentar evitar el espectáculo de ver a un toro agonizando, resistiéndose a caer, más que nada por no estar la espada en su sitio. En su segundo, dejaba que le tocaran demasiado la tela, enganchones, sin parar quieto y dando demasiados respingos. A ver si le firman ya los papeles del ascenso y ya con el certificado de artista se toma las cosas con más calma.

Miguel Ángel Perera no necesita de papeles, él ya sabe que es un fenómeno. Lo malo es que se ve obligado a compartir su arte con una panda de desagradecidos, pero habría que decirle que no hace falta, que si no aprecian su arte, que no alargue tanto las faenas. Que es ahí dónde se le puede ver, porque en el resto de la lidia es difícil. Deja que el animal ande por ahí y él, muy concentrado, lo mira de lejos; que solo le falta decirle eso de “aquí te espero comiendo un huevo” Pero luego con la pañosa, la cosa cambia. Será por muletazos. Con esa personalidad tan suya del picazo, el banderazo, el trapazo para afuera, ahora por el derecho, otro y al izquierdo, con ese brazo agarrotado, tomando el engaño cómo una bandera, con sus carreritas y todo, porque él es un maestro, un artista. Condición que reafirmó en su segundo, dejando que la fiera de Alcurrucén se la tocara mucho, demasiado. Enganchones, toreo muy perfilero, empalmando derechazos desde fuera, sin rematarlos jamás y siempre escondiendo exageradamente la pierna de salida. Muy vulgar y alargando en exceso el trasteo, como si así mortificara a los que le protestan, pero claro, si él mismo piensa que la mejor forma de fastidiar es seguir toreando, cuéntenme ustedes que concepto tiene de lo que hace.

La presencia de Ginés Marín quizá se justifique por los éxitos de la pasada feria en esta plaza de Madrid, lo que da un soplo de esperanza al aficionado, pues lo mismo hay suerte y el año que viene para esta misma tarde contratan a Octavio Chacón y Javier Cortés, ¿no? ¿Lo verán nuestros ojos de pecadores? Que parecía la tal corrida de Beneficencia organizada para celebrar el día de Extremadura en Madrid, que no es cosa menor. Marín hasta intentó el toreo de capote, eso sí, sin dar un capotazo sin enmendar la posición, que más parece vicio que signo de torero medroso, pero que no se queda quieto, a pesar de que a veces juega con buenas maneras los brazos. Con la muleta hasta ofreció variedad, lo cual está muy bien y es de agradecer, pero la variedad no puede eximir de la obligación de torear. Y cuándo viene lo de los derechazos y naturales, entramos en los terrenos habituales del resto de la torería, toreo ventajista, siempre citando desde muy fuera, sin rematar los pases, siempre acabándolos delante de la cadera, con mucho pico, cambios de mano poniéndose muy perfilero, sin aprovechar las buenas embestidas del cebón que hizo tercero y cuándo se le quedó parado y entrando como un mulo, arreándole una de bernadinas, más uno del desprecio al aire, pues el toro ni llegó a pasar. Eso sí, a pesar del pinchazo, sin petición suficiente, el señor presidente le regaló un despojo. A su segundo, el que cerraba tan magno festejo, ya se le veían pocas posibilidades. No llevaba medio capotazo y ya salía de los lances como un burro, ¡caramba con las ganaderías de garantías! Que a las otras, ni verlas. El Alcurrucén, un paradigma de la mansedumbre, con una lidia para olvidar. Y allí que se fue Marín a abrir la puerta de Madrid y tanto ímpetu llevaba, que parecía querer dar tres muletazos en uno. ¡Qué prisas! Cuánta aceleración, que más parecían descargas eléctricas, que toreo templado y con mando. Bueno, esto no lo parecía ni cerrando los ojos, así como achinándolos. Que daba lo mismo por el derecho, que por el izquierdo, que le ponen una dinamo en el brazo y él solito ilumina la Gran Vía para una semana. Cuánta vulgaridad, pico, pico y más pico y para continuar, aún más pico, muy ventajista, muy fuera, para acabar con lo mismo, pero muy despatarrado y después citando de frente. Que era tarde de fiesta, pero hubo quién no se enteró y se entretuvo en protestar esos mansos acemilados de Alcurrucén, ese ventajismo y esa vulgaridad de ferrera, Perera y Ginés Marín, desentonando en una tarde para la felicidad, una tarde en la que la consigna era dejar muy clarito que “to er mundo e güeno”.

miércoles, 6 de junio de 2018

Les sacas del guión y se pierden


Ya es mala suerte, que te sientas torero con el caballo, que señales el puyazo en el sitio y marres las tres veces

Tocaba la de don José Escolar, corrida que tradicionalmente estaba reservada para poco menos que gladiadores dispuestos a aguantar y sortear las dentelladas de estos vástagos de Albaserrada. Si es que era nombrarlos y se nublaba la tarde, era hablar de los cárdenos y se cortaban los alientos. Bastaba con estar y quizá eso pensaban Rafaelillo, especialista en solo estar, Fernando Robleño, un maestro en lo de estar haciendo parecer que hace y Luis Bolívar, del que algunos aún creen que está, pero con fundamentos. Que los hubo de don José que iban más que justitos de trapío, que pasaron por el caballo recibiendo la leña que muchos ni piden, ni sueñan para esas ganaderías del “toro para el torero”, a los que en líneas generales se les lidio bastante mal, pero que para lo que les hicieron pasar, bien poco acusaron los cientos de trapazos de más y a destiempo.

Le correspondía el primero a Rafaelillo, que pudo comprobar como iba largo, de la misma forma que no veía la manera de quitárselo de encima, por más mantazos que le endiñara. El de Escolar cabeceó en algunos momentos en le peto, mientras el picador barrenaba sin disimulo, aplicándose también en la segunda vara. Rafaelillo le tomó con la muleta por abajo y el toro seguía yendo largo, la sensación es que allí había toro, pero poco pudo aguantar el murciano sin empezar a acortarle el viaje. No estábamos más que en el inicio del trasteo y daba la sensación de que el Escolar le iba a comer la merienda de dos bocados. La verdad es que el dejarle tocar la muleta, el no tener recursos cuándo le apretaba, el atravesar la muleta, con el peligro de que el animal se iba al hueco que quedaba entre el engaño y el bulto, no ayudaban para que Rafaelillo sacara algo en claro. El espada acortaba los muletazos, quitándole la tela de repente. La cosa no marchaba y entonces tomó la opción de acortar distancias, a ver si así, al menos se calmaba el vendaval. No es la primera vez que este matador malea un toro pretendiendo hacer ver que es un marrajo, pero en esta ocasión la evidencia se interpuso entre sus carencias y la boyantía del de Escolar. A su segundo parecía que iba a intentar también alargarle el viaje, pero estas buenas intenciones se diluyeron casi de inmediato. Se dio la vuelta para perderle terreno, se le venía y le movía el capote da lado a lado, en la misma cara del toro, como si a estos no les hiciera falta poco para que se avisen. Muy mal picado, en la paletilla en los dos puyazos, dándole estopa tapándole la salida, mientras el animal echaba la cara arriba. Ya con la muleta, se lo sacó más allá del tercio, se echó la pañosa a la zurda, para en dos trapazos ya dejar que se la enganchara con carreras y estando aperreado con el cárdeno. El toro no cesaba de puntear la muleta, que siempre acababa demasiado alta, cuándo lo que se requería era mano baja. Siguió aperreado, cambiando de mano, pero ese punteo no encontraba remedio, yendo la cosa a peor, lógicamente. Quizá otras tardes le haya funcionado a Rafaelillo eso de hacer ver que el toro era un dije, a base de hacerle todas las perrerías imaginables, pero en este caso, con los dos de Escolar, ha quedado retratado él y su carencia de recursos para torear. No se trataba solo de estar, había que poner algo más, algo de lo que quizá carece este matador.

El segundo, que correspondía a Fernando Robleño, tomó el capote rebrincado. Pelea más que discreta en el caballo, para pasar al segundo tercio, en el que puso en apuros al que fuera por el pitón derecho, por el que cortaba una barbaridad. Inicio de faena sin parar quieto un momento, para ya con la diestra, comenzar una sinfonía de toreo con el pico, constantes carreras para recuperar el sitio, el baile no paraba, un desarme, para seguir dándole pases allá dónde pillara. Cambio de mano, pero no de escenario, traspiés que dejó a Robleño a los pies del toro, que no hizo por él . Acabó con el irremediable arrimón de cada día, muletazos de uno en uno, de frente, haciendo que el personal despertara de la pesadez de faena de Robleño. El quinto ya de salida daba la sensación de poderse quedar en cualquier momento. Acudió al caballo al paso, para dejarse dar sin más, cómo si admitiera el trámite. Sin humillar y esperando demasiado, Robleño le empezó a merodear, se le defendía, lo que hacía que el madrileño anduviera un tanto aperreado, aunque tampoco se le ocurría darle por abajo, lo que hizo tímidamente muy a última hora, al menos para poder medio entrar con la espada.

Le salió a Bolívar el que hacía tercero, que ya pasaba del tipo Albaserrada, al tipo anovillado, que si los demás estaban en esa línea del sí o el no, este caía de bruces en el no. Aturullado con el capote, se puso a dudarle por la cara, moviendo el capote de pitón a pitón. Humillaba en el peto, con fijeza, pero sin que apenas se le diera, se dejaba y poco más. Se paró prácticamente al segundo muletazo. Para a continuación empezar a seguir la tela allá dónde se la movían, otra cosa es cómo la movía Bolívar, que bastante tenía con intentar recuperar la posición. El toro iba a más y él solo daba para echárselo para afuera con la ayuda del pico, sin haber sabido aprovechar las embestidas buenas, que las hubo. Al sexto le recibió con verónicas que hicieron vibrar al público, siempre echando el pasito atrás en el momento del embroque. Le puso tres veces al caballo, dándole distancia, el toro arrancándose con brío, el picador toreando bien a caballo, dejándose ver, citando con alegría y las tres veces señaló el puyazo en muy buen sitio, pero era tocar el palo al toro y al picador se le nublaba el mundo, no atinó en ninguna de las tres oportunidades. Que esto puede pasar, sobre todo cuándo se dan muestras de esa voluntad de hacer las cosas bien, pero, ya es mala suerte que no atinara ni una vez y además que dejara al toro sin picar. Gran par de Fernando Sánchez, que hubo de saluda ren compañía de Miguel Martín. En la muleta el toro no se cansó de embestir, pero Bolívar solo podía ofrecer una retahíla interminable de trapazos con el pico de la muleta, en línea, levantado la mano, sin mando ninguno, teniendo que colocarse a cada muletazo. El toro se le iba y vaya que se le iba, boyante, noble, como toda la corrida y el colombiano poniendo posturas y de respingo en respingo. Como último recurso optó por encunarse al entrar a matar, pero poco era eso, cuándo no había existido el toreo por ninguna parte. Este, como casi toda la corrida de José Escolar era para torearlo, para aprovechar esos regalos en forma de embestidas, para oponer firmeza y mando, pero los tres parece que llegaban con ciertas ideas preconcebidas, que no coincidieron con lo que salía de chiqueros y es que lo que demuestra todo esto, por mucho valor que se les quiera dar, es que les sacas del guión y se pierden.

martes, 5 de junio de 2018

Lo mejor es no ponerse a comparar


Había que dar leña por abajo, a ver si se hacía algo con esos ejemplares

Cuándo llegan las corridas que algunos llaman, con poca fortuna, toristas, parece que el mundo se parte en dos, se abre una gran zanja y unos se ponen a defender con uñas y dientes lo blanco y otros lo negro; eso sí, con la creencia de ambas partes de que ellos son lo blanco y los de enfrente lo negro. Y no se admiten matices de grises, ni azules, ni rojos, amarillos, verdes, ¡nada! O negro o blanco. Y entonces empiezan las comparaciones, ¡que odiosas son las comparaciones! Siempre con la idea de arrimar el ascua a la sardina de cada uno. Pues admitamos todo el colorido que nos ofrece la fiesta de los toros. Porque decir que la corrida de Saltillo ha sido buena, es mucho, pero mucho decir. Es cierto que ha salido un buen toro, el primero, lucido en el caballo y que ha permito cierto brillo en la labor de Octavio Chacón. Pero el resto ha sido una mala corrida de toros y no le demos más vueltas. Eso sí, no había lugar al aburrimiento, pues la incertidumbre de ver como los toreros libraban los gañafones de los Saltillo, despejaban cualquier atisbo de lucimiento. Que si nos paramos a pensar, ya son varios años seguidos en los que este hierro echa un encierro malo, incluso peor que el de este año, lo cuál tendría que hacer que alguien se planteara algo. Pero cuidado, si mostramos rigor y exigencia con este tipo de ganaderías, esto no quiere decir que eximamos de ello al resto. Porque claro, Saltillo quizá no debería volver el año próximo, pero… y aquí llega el pero; hay muchas, pero muchas de las ganaderías comerciales, que no solo no deberían repetir la feria que venga, sino que no deberían haber repetido desde hace años. Que si nos ponemos exquisitos, así a bote pronto, se me ocurre la triada infernal, con Jandilla, Garcigrande y Victoriano del Río, más el inevitable Núñez del Cuvillo, Torrehandilla, Juan Pedro, El Pilar, así a modo de sugerencia. Que ahí también se verá el tipo de aficionado que se siente cada uno. Que los hay que prefieren un emocionante tercio de varas y otros se lo pasan por ahí mismo. Que los hay que en el momento en que el toro no aguanta ese tercio de varas, simulándolo de forma sonrojante, ya no entienden que pueda valorarse nada más, si no hay toro, nada tiene valor. Y los de enfrente no solo no valoran ese primer tercio, sino que se lo pasan atendiendo a sus cosas, despertando solo para entregarse a la faena de muleta, sin mirar si el toro no tiene trapío, si es un inválido, si no ha aguantado medio puyazo, si es un animalico descastado y bobalicón, pero que juega al voy y vengo con absoluta entrega, que permite que le hagan barbaridades, como lo del pico, la mala colocación y los trapazos a destajo, mientras que a los otros, como les hagas una, te la pueden liar. Y a partir de aquí, que cada uno decida con qué se identifica más. Yo lo tengo muy claro, cuándo no hay toro, ¿qué sentido tiene todo esto?

Lo habitual en estos casos, en tardes como la de Saltillo, es que se acartelen tres desheredados del toreo, unos porque no aprovecharon la ocasión de mantenerse en la zona noble del tren y otros porque, vaya usted a saber por qué, casi no les dejaban subir ni al pescante y a base de agarrarse a esto con uñas y dientes, ahí siguen el viaje, esquivando al celoso revisor que a veces se extralimitaba en sus funciones. Lo que me recuerda a una película, el “Emperador del Norte”, que iba de mendigos que querían viajar de polizones y un revisor un tanto…peculiar.

El primer viajero de la tarde era Octavio Chacón, con cierto renombre por plazas del norte y de Francia, pero que hasta ahora no había dado el campanazo en Madrid. Salió el primero de los cárdenos, bien presentado como toda la corrida y de primeras se le frenaba en el capote, para después ir tomando el capote que le presentaba Chacón, estirando los brazos e intentando alargarle las embestidas. Se dio la vuelta y perdiendo terreno, le fue metiendo en la canasta. Un primer puyazo de lejos, con el toro avanzando al paso, para recibir un marronazo en la paletilla, haciéndole la carioca, para acabar derribando. De nuevo dándole distancia, poniéndolo en suerte con una media con sabor campero. Durante todo el tercio, no se puede decir que el picador pusiera demasiado de su parte para citar al toro y provocar su arrancada. Al segundo puyazo se arrancó hasta con alegría, puyazo muy trasero, tapándole la salida y dándole candela. Una tercera, también de lejos, que quedó en un picotacito en mitad del lomo. Quite por delantales y una media con sabor abelmontado. El Saltillo no humillaba en banderillas y se colaba por el izquierdo. Comienzos por abajo, aunque puede que el toro aún pidiera más, pero Chacón no insistió, a partir de que el animal perdiera las manos. Una buena primera serie, abrochando muy bien el de pecho, el primero de varios que ligó y ejecutó con mucha torería y llevándolo toreado. Nueva tanda con gusto, cambio de mano y otro de pecho. Bajó la intensidad en el momento en que se retorció un poco más. Cambio a la zocata y ahí no hubo lucimiento, coladas, muchos derrotes y la muleta enganchada. Volvió al pitón derecho, pero el toro ya se había acabado, se defendía e impedía el lucimiento, con unas tandas postreras que quizá podían haberse evitado. Aunque sí que tuvo vista el gaditano en el sentido de cambiar la espada e intentar alguna tanda más, más que nada para evitar que el Saltillo se hubiera refrescado y le complicara la suerte suprema. Espadazo demasiado trasero y petición no mayoritaria, aunque lo que son las cosas, esta fue la tarde en que al don Gonzalo Julián Villa parro le arreglaron el cuenta pañuelos. ¡Qué cosas! Las tardes de las figuras no se lo tenían a punto y tuvo que contar a bulto. Y como él es cómo es, fue y sacó el pañuelo azul. No creo que fuera la juerga para tanto. Que lo mismo que perjudican las orejas claveleras y autobuseras, tampoco ayuda el que se de la vuelta a un toro que no llegaba a tanto. Eso sí, el espectáculo de las mulillas, demencial, no se hacían con ellas y la vuelta se quedó en media gira por el sol. Con este primero se acabaron los toros bravos y boyantes. El cuarto apretaba de salida hacia adentro, el matador se dio la vuelta y tuvo que aguantar derrotes a diestro y siniestro. Le puso de lejos al caballo, le picaron trasero, mientras el Saltillo hacía resonar el estribo. De nuevo en suerte, con una revolera por abajo, dejándolo en su lugar. Esta vez con más fijeza. Una tercera vara, todo con una lidia bien administrada, con una arrancada pronta, pero al notar de nuevo el palo, dijo que ya no jugaba más a eso y salió de najas. Se puso complicado en banderillas y hay que señalar los dos pares de Vicente Ruiz, quién se negaba a saludar, quizá por las dos primeras pasadas en falso. Eso es vergüenza torera. En ese segundo tercio hubo demasiados capotazos y la cosa se fue complicando. En los primeros compases del trasteo, ya mostró el toro que se venía con brusquedad, se comía al torero, que en un instante de quedarse descubierto, se le arrancó el animal con saña. Se defendía demasiado y se cruzaba por ambos pitones, poco había que hacer allí, con el toro más pendiente del que maneja la tela, que de la tela. La verdad es que Octavio Chacón ha estado muy pendiente de todo durante toda la lidia, la de sus toros y la de sus compañeros. Dispuesto y colocado para los quites, esperando para acompañar al picador, saliendo él por delante cuándo se abrían las puertas, atento para auxiliar a los compañeros. Una tarde para felicitar al matador. Pero, ¿le tendrán en cuenta a partir de ahora los productores de arte y los organizadores de festejos taurinos?

Acompañaba a Chacón, Esaú Fernández, que evidenció una alarmante falta de recursos y por lo que expresó en los micrófonos de la tele, una falta de criterio, de rigor y hasta desconocimiento del reglamento, que le hace parecer estar más fuera que dentro de esto. A su primero, al que recibió con muchas precauciones, le serpenteó varias veces por la cara, con lo peligroso que eso puede ser a posteriori. Se le marchaba a toriles o a cualquier zona de la plaza que el toro considerara tranquila. En el caballo, lo abandonó, más que ponerlo en suerte, lejos. Marronazo en el costillar, para salir volado en cuanto notó el palo. Que si la carioca, que si capotazos en exceso, se fue al reserva sin que nadie intentara remediarlo, de nuevo la carioca, tirando cornadas y más cornadas, muy castigado, un nuevo puyazo muy trasero, culminando una verdadera carnicería en el lomo del Saltillo. El desbarajuste prosiguió en banderillas, con un Pascual Mellinas muy atento toda la tarde para hacer el quite al compañero. Esaú pensó que esto se solucionaba con pases a la manera habitual, pero no, aquello no estaba para fiestas. Pico, trapazos, arreones, respingos, enganchones, sin sacar nada en claro. El quinto salió con ganas de recorrer el ruedo, hasta que sin complejos, buscó la salida por los terrenos de toriles, recorrió más de media plaza barbeando las tablas, sin que tampoco hubiera muchas ganas de agarrarle. Llegó suelto al caballo, derrotando con el pitón derecho, para acabar derribando. Fue tres veces al peto, para no dejar de tirar tornillazos a la guata. Con la muleta intentó el matador un leve macheteo sobre las piernas, que tampoco es que aquello tuviera para más, era o eso o eso. Y al intento de pegar pases, la respuesta era la cara alta. Multitud de pinchazos, menos de la docena, pero cerca le rondó. Es cierto que Esaú Fernández no está demasiado placeado, pero es que claro, a Madrid hay que venir muy toreado, porque puede que te salga un dije de estos y te lleve por la calle de la amargura.

Cerraba el colombiano Sebastián Ritter, en una tarde que no estaba para apasionamientos patrios, que entre el frío y el temblor que provocaba el miedo, no había quién se pusiera a dar vivas patrioteros. Salió el tercero y ya empezó con capotazos por la cara, que más parecía que se cruzaba el matador, que el propio toro. Fue pronto al caballo, para recibir un puyazo trasero, ese mal que no parece tener remedio y dándole para ir pasando. No metía la cara en los engaños y a su vuelta al peto pasó de largo y fue notar el palo y pies para qué os quiero. Tuvo que llegar de nuevo Octavio Chacón, bajándole las manos, metiéndole en la tela y poniéndolo en suerte. Un tercer encuentro y tras descargar todos los derrotes que le quedaban, volvió a irse del caballo. En el último tercio no disimuló su condición y escapó a refugiarse a la puerta de chiqueros, aquerenciado en tablas, aunque Ritter le echaba la muleta abajo, no se acababa de entregar. Lo que no permitía era que le atravesaran el engaño, porque era ver el hueco y para allá que se iba. El espada quería pararse, un desarme y de nuevo por el derecho se tiró a buscar a Ritter. Cambio de mano y se marchaba de cada intento de muletazo. Allí no había nada.. El sexto ya de primeras salía del capote como un burro. Fue pronto al caballo, le taparon y empezó a pegar derrotes como una devanadera, tirando cornadas desesperadamente. Aquerenciado en tablas, costaba arrancarlo de allí y no estaba más que a mitad del primer tercio y ya se había parado. Nueva arrancada pronta en la segunda vara, para recibir un picotazo en la paletilla y cerrar con otra entrada, para que el de aúpa siguiera acuchillando el lomo. Cortaba una barbaridad por el pitón derecho y hacía hilo con los banderilleros, qué cosas, parado cómo ya estaba, pero cuándo veía la presa a tiro, se lanzaba cómo un misil. Tomó Ritter la muleta con la diestra y en momento de apuro le desarmó y se vio perseguido desde los medios hasta debajo del estribo en el cinco, a dónde le empujó el manso, afortunada e increíblemente, sin consecuencias. El Saltillo ni quería, ni tenía nada y solo había un camino, acabar la tarde. Una tarde en la que quitando el primero, todos salieron mansos y exigiendo unas manos experimentadas, quizá muy experimentadas. Mala corrida, quizá en el sentido opuesto a otras, en esta hubo caballo, hubo lidia y hubo emoción, vaya si la hubo; las otras, pues ya sabemos las otras, pero que no nos hagan elegir no sea que lo mejor es no ponerse a comparar.   

lunes, 4 de junio de 2018

Para que no te confíes


Lo de Miura a veces sale feo, sin fachada, otras sale complicado, otras imposible y otras, todo mezclado

Ya empiezan a asomar esas ganaderías de la última semana que esperaban muchos aficionados, ya llegó de nuevo Miura y podrá hablarse de que ha sido buena, mala o regular y entablarse un debate de alta graduación, pero lo que no ofrece dudas es que es distinta y en especial si la comparamos con cualquiera de las ganaderías comerciales, las que admiten viajar debajo del brazo de toreros que se allanan el camino hasta la exageración. Que los habrá que entienden esto como algo ñoño y abarcable, que se queden con ese toro dulzón hasta el empalago y que ni entiendan, ni les cabrá en la cabeza el toro fiero que presenta dificultades y al que o le ganas o te come. Y eso ha pasado con la de Miura, que cómo no le ganaras, ¡Ojo! Con este toro, todo lo que sea haga tiene mérito, excepto el quedarse a merced, sin más recursos que el quedarse ahí, a ver por dónde sale el toro. Pero admitido eso de que este hierro es diferente, no puede serlo, ni se debe pasar por alto el que eche una corrida demasiado escurrida. Que si miramos la tablilla, igual no había discusión, pero esta es una muestra de que el peso importa lo justo y que nada tiene que ver con el trapío. Que a demasiados daban ganas de prepararlo un Cola Cao con magdalenas, pero muchas magdalenas. Ni tampoco seríamos justos si decimos que ha sido un encierro parejo, que no lo era. Eso sí, el comportamiento, con complicaciones, nada tenía que ver con la presencia.

Si hablamos de un especialista en esto del “a ver qué pasa”, el “quedarse a merced del toro”, pocos hay que superen a Rafaelillo, que se encontró con primero que renqueaba de los cuartos traseros. Apenas se le castigó en el caballo, dónde no presentó pelea, se dejó y hasta se fue suelto. El murciano comenzó por abajo, pero en su estilo habitual, sin torear y queriendo dar la sensación de estar realizando una heroicidad y a todo esto, el viento. Aperreado con el Miura, que no valía un duro, pero su además nos empeñamos en hacerle peor, imagínense. Entera haciendo guardia y un mitin penoso con el descabello. Su segundo, demasiado anovillado, amagaba con saltar, mientras Rafaelillo tiraba capotazos sin eficacia. Se fue suelto al caballo, le taparon la salida, mientras tiraba algún derrote que otro al peto, recibiendo leña a base de bien. Entró tres veces al peto y recibió lo que corridas enteras de esas que tanto gustan al personal, de esas que no van al caballo, pero que algún adelantado pide la vuelta al ruedo en el arrastre. ¡Qué cosas! El animal se quedaba con todo lo que le hacían y por supuesto, también con los trapazos del matador, que lo mismo se la ponía, que se la quitaba de un tirón. Muy aperreado con el de Miura, al que hizo bastante peor de lo que venía del campo. Este es el toreo de siempre de este hombre, que año tras año vuelve, para demostrar lo que es quedarse a merced del toro, sea del hierro que sea.

A Pepe Moral le salió un grandullón mal parecido, sin chichas, sin rematar, con muy poca presencia, a pesar de ese volumen. Comienzo incierto, mirando a las tablas, sin meter la cara, fijo en el caballo, pero con la cara alta y peleando solo con el pitón izquierdo, para después dejarse sin oponer resistencia en la siguiente vara. Buen comienzo del trasteo por abajo por parte de Moral, en el que por momentos llevó toreado al equino con cuernos. Prosiguió con una tanda arrancando muletazos, pero haciendo que el toro se parara al tercer muletazo, quizá más para respirar el torero, que el toro. Hay que reconocerle que no metiera el pico, algo más con la zurda, destacó un buen natural, había que dejarle la muleta para evitar lo antes dicho, que el Miura se parara. Por momentos las tandas no pasaban de aseadas, pero hay todo lo tuvo que poner el matador, que allí nadie le iba a regalar nada. Quizá habría podido obtener recompensa al esfuerzo realizado, pero la espada se lo llevó al viento. El que hizo quinto, ya perdía las manos de salida, hizo sonar el estribo en el primer tercio, con la cara muy alta; ya en la muleta presentaba un molesto calamocheo ante el empeño de Pepe Moral de liarse a dar derechazos. Quizá no estaba para eso y lo que pedía era un macheteo. Lo intentó por el izquierdo y peor, tirando derrotes, hasta que llegó el punto en que tras el gañafón se quedaba parado. Ahora solo queda ver qué pepe Moral será el de la próxima tarde, un torero que es una montaña rusa, hoy sí, mañana no, al otro te ilusiona, después… De momento, apetece verle otra vez.

A Román hay que agradecerle que además de ponerse con lo cómodo, también lo haga con Miuras, otra cosa son los resultados y el que parezca que está demasiado adaptado a las mañas del torillo bonancible y nada hecho para otro tipo de ganado. Y para más inri, tuvo la mala suerte de tener suerte en el sorteo. Su primero de salida se estampó contra las tablas, dejándolas hechas añicos. Mantazos a un animal que cazaba moscas, muy pendiente de todo lo que allí sucedía. Castigo justito en el caballo, sin humillar y oponiendo pelea. Se arrancó alegre en la segunda vara, pero no se le picó lo que necesitaba. Román intentaba hacer lo que le hace a todos, metiendo el pico, pero en este caso, esa trampa podía hasta ser una temeridad, había que taparse. Se limitó a rondar por allí, a ver qué pasaba, sin saber para dónde tirar. Cambió a la mano izquierda y peor, más pico y el toro tiraba el derrote al verlo descubierto. Decidió acortar las distancias y peor, porque ahogaba al de Miura. Le quedaba redimir sus penas con la espada, pero entrando de esa manera, saliéndose descaradamente, solo hizo que la cosa empeorara. Y salió el sexto, como un trueno, que haciendo por un banderillero, hasta salto la barrera para ir en su busca, se comía los capotes y en nada, sin que hubiera quién le pusiera las cosas en su sitio, se hizo el amo del ruedo. Peleó en el caballo, pero tirando derrotes, en especial por el lado izquierdo. Román incapaz tan siquiera de ponerlo en suerte. Siguió derrotando y al final quedó sin picar. En el último tercio era para que acusara todas las perrerías que le habían hecho. Comienzo con banderazos por ambos pitones, mucho enganchón, el toro se quedaba con todo lo que le hacía el valenciano, pedía toreo y le administraban trapaceo. Muleta atravesada, brazo estirado, el toro tomando el engaño como un tren y Román solo atinaba a dejar que se la enganchara una y otra vez, mientras la sensación era que se le estaba yendo una gran oportunidad, que cerró con un bajonazo insultante. Esta pede ser la imagen de cómo está todo esto, la de los toreros acostumbrados al medio toro, pero que no pueden con la más mínima complicación, aunque esta venga de toros escuálidos, mal presentados, con kilo y medio de carne, pero con unas ideas que para qué y es que estos, en este caso los de Miura, son para que no te confíes.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de junio de 2018:

sábado, 2 de junio de 2018

El descaro, la altanería y la desvergüenza distan un mundo de la torería


Habrá que distinguir entre ayudados toreados y los otros

Que afortunados los que este año consiguieron entradas para esta nueva edición de la “Clavelera fashion week”, no se lo podían ni creer, en una misma tarde Apolo y Adonis vestidos de luces, acompañados del Teseo de Beziers, el héroe galo por excelencia de la tauromaquia moderna. Tres prodigios enfrentados a los fieros devora hombres de don Victoriano del Río, más uno de Toros de Cortés. Había que ponerse las mejores galas, el acontecimiento lo merecía, que ya lo decían nuestros mayores, que a los toros hay que ir arreglado, aunque viendo lo que se ve por la plaza de Madrid, algunos más parecen disfrazados, que arreglados. Que se te visten de taurinos y ganas de dan de darles un abrazo para demostrarles solidaridad. Que es muy complicado ser taurino, con la chaquetita “apretá”, que respiran a las seis de la tarde, antes de salir de casa y hasta las diez no les vuelve el aliento al cuerpo. Con esos pantalones “ajustaitos” en los tobillos, para que los que no respiren sean los tobillos. Y aparte de la almohadilla con asa, muy taurina ella, que no falte el “vasaco” king size en una mano y el veguero XXl en la otra, mientras que se sujeta el paquetón de pipas, la entrada, el programa, las gafas de sol, el “movilazo” para guasapear durante la corrida y el bolso de la cari, que ha ido al baño y le ha dicho: sujeta. Y lo bien que lucen que a punto de salir el toro ellos anden todavía atascados en las escaleras de los tendidos. Y que se tropiece la cari y haga puenting desde lo alto de los tacones, porque cómo el cari tenga que echarle una mano, la empapa de yintonis, la abrasa con el puro, la llena de pipas hasta el corbejón y le sacude un almohadillaos en toda la cara, mientras le tapa la cara con la foto del Gaye del programa de mano. ¿No es para ser solidario con estos pobres que a nada que se tuerzan las cosas se les amarga su tarde de toros de este año?

Toros de don Victoriano del Río y uno de Cortés, a cuál más anovillado, comprensible porque si no, los artistas no se expresan, ni componen, ni se sienten a gusto delante de la cara del toro. Flojones como merengues, haciendo imposible cuándo menos, un discretísimo primer tercio. Si se les intentaba picar, se caían, si se les miraba mal, se caían, si se les soplaba, se caían y si se estornudaba cerca, se derrumbaban, así que lo de picar, mandar y someter, para otro día. Mansos, buscando constantemente las tablas y hasta la puerta de toriles. Pero ¡Ojo! Que no nos quejamos, que ya sabemos que esto es lo idóneo para las figuras. Pues vale, permitamos estos mochuelos para estos toreros. Pero, ¡ay! ¡Caramba! Que les dejamos estos aprendices de toro y encima quieren que se les trate como a maestros del toreo. No, hombre, no, o susto o muerte, hay que elegir. 

Corrieron rumores de la ausencia de Castella tras su reciente percance en esta misma plaza, pero al final ha podido hacer el paseíllo y cerrar su gesta isidril, Jandilla, Garcigrande y Victoriano del Río. ¡Escalofriante! Hay que estar ahí. Hay que estar ahí para sujetar a su primer novillo y recibirle con algo más que capotazos sin parara quieto un momento, siempre echando el paso atrás. No se picó, ni se cuidó el primer tercio, por supuesto, y ya en el último tercio, Castella comenzó con muletazos por ambos pitones con la diestra, atravesando el engaño. Mucho enganchón, pensándose demasiado por dónde atacar y el de don Victoriano besando el suelo cada poquito. Acortó distancias muy pronto y el animalito casi solo se podía defender, sin fuerzas y muy aquerenciado en tablas. Mal con la espada y pero con el verduguillo, que habitualmente se resiste a utilizar, sin importarle lo más mínimo el que el animal agonice innecesariamente, dando una imagen no demasiado edificante. Su segundo no aguanto ni el primer capotazo, cuándo ya rodaba por la arena. Sin tercio de varas, comenzó el trasteo de muleta en los medio, dando distancia y pasándoselo por la espalda. La tomó con la diestra, abusando de mala manera del pico y el novillo clavando los pitones en la arena. Le costaba aguantarse en pie. Pico, tandas enganchadas, trapazos por ambos pitones, dejando que le tocara demasiadas veces la tela, hasta concluir con un arrimón muy chabacano, invertidos, banderazos, el péndulo. Que debía pensar el espada que vaya gente tan rara, con lo que estas cosas gustan por ahí. Y así es, gustan por ahí y a muchos de los eventuales que llenaban los tendidos.

Hay dudas para saber si Manzanares era o no quién más tirón tenía del cartel, con una cohorte que siempre le responde y le aclama, es tan… Capotazos por abajo, bregando, para intentar fijar al toro. No obstante, quedó suelto, fue él solito a que no le picaran en la primera vara y a que tampoco le picara el que guardaba la puerta. Se caía constantemente en los comienzos de la faena de muleta, Manzanares sin pararse un momento e intentando poner posturas. Pico exagerado, para acompañar el viaje del novillo, que no tarde en escapar a tablas. Nuevos intentos de pasarle por la muleta y corriendo a toriles, sin que Manzanares consiguiera hacerse con él, dándose más de un garbeo por la plaza detrás del de don Victoriano. El quinto ya salió renqueando de las patas, que para que me entiendan los de la tele, son las manos de atrás, vamos, lo que siempre se ha conocido por patas, cuartos traseros. Inválido y todo, sin apenas apretar al picador, le derribó, quizá por aquello de no agarrarse bien. Una segunda vara inexistente y para adelante. Demasiados muletazos de tanteo al principio de la faena y pico y carreras hasta la saciedad, repitiéndose constantemente y si algo había que añadir, los enganchones. Todo era un merodear a un alma en pena, el toro, intentando poner poses elegantosas, que es lo que ahora llaman componer. Pero poco más había que rascar, a ver si para otro año.

Quizá me habrán creído un loco al cuestionar que Manzanares era el mayor aliciente del cartel, pero, ¿y si les digo que el tercero era Cayetano? ¡Aaaah! La cosa cambia, ¿verdad? Y a él le correspondió el más anovillado de todos, el de Cortes, al que el matador no consiguió sujetar en las telas y allá que se fue a por el caballo, según empezaba a asomar al ruedo. Notó el hierro y pegó un respingo, huyendo como Cayetano escapando de los paparazzi. Un primer puyazo muy trasero y un segundo, al relance, con el de arriba barrenando como si hiciera picadillo. Eso sí el espada andaba por allí, cómo preguntando dónde se tenía que colocar en el tercio de varas. Quizá para otra vez, que le pinten una cruz en el suelo, como en los platós de la tele. Andaba un poquito distraído, sería por eso que en el toro de un compañero se quiso ir antes de que los banderilleros acabaran su labor. Con lo fácil que es contar uno, dos y tres, ver si hay cuatro palos, uno, dos, tres, cuatro y entonces sí, te vas, pero sin molestar a los banderilleros, ni mucho menos poniendo en peligro a estos. Inicio sentado en el estribo, para ya de pie, sacárselo más allá del tercio. La muleta atravesada, medios pases, quitando el engaño sin rematar el pase. El de Cortés ya no podía, le quedaban fuerzas para respirar y poco más, pero Cayetano, errer que erre, a pegar pases. Acortando las distancias, Más pico con la izquierda y no consiguiendo sujetarlo sin que se escapara a las tablas una y otra vez. Estirando mucho el brazo, para evitar apreturas, cómo se decía antes, que corra el aire. Vendavales, podían pasar por allí. Vulgar y muy pesado, cobró una entera caída y el entusiasmado público de este año le pidió la oreja, que don Trinidad muy amablemente, no denegó. Pero claro, no todo el mundo estaba de jarana, había muchos que habían ido a los toros y pensaban que la mediocridad no merece premio. Salió don Cayetano Rivera Ordóñez a recoger la oreja y ante las protestas se paró mirando a los protestotes, no sé si calificarlo como desafiante o simplemente con una chulería que afectaba al sistema gástrico. Serán esas maneras de señorito que debe tener tan arraigadas, que no le permiten aguantar una bronca. Pero no pasa nada, `pensemos que le queda un mundo por aprender, le queda aprender, lo primero a torear, a ser torero, o quizá en distinto orden. Que ha habido maestros, pero de los de verdad y han aguantado mucho más que unos pitos, pero claro, ya digo, eran maestros. Él no tiene más recurso que esa chulería de matón arrabalero, muy elegante, eso sí, pero arrabalero. Que si no le agrada la pitada, rechaza el despojo, saluda y se tapa. Que no está bien, pero al menos demuestra dignidad, renunciando al trofeo que le discuten. Pero no, con esa chulería tan suya, agarró las chinches y se pegó la gira por el ruedo. Que para pasar un mal rato, que no vuelva, que es posible que ni se le eche de menos, pero los a favor y los en contra, también le pagamos su sueldo. Que tampoco le he visto rechazar la pasta. No, eso no entra en sus esquemas de chuleta capitalino. A su segundo le recibió a portagayola. Intentó después sujetarlo rodilla en tierra, pero claro, enseñar el capote no es lo mismo que torear. Se le veían ganas, quizá por salir a cuestas, que pocas veces lo va a tener más fácil. Se llevó el toro al caballo con un airoso galleo, muy de agradecer en estos tiempos de mediocre monotonía, y más tarde un quite por detrás, llevándose el capote a la espalda con una larga, ¡Caramba! Que hay momentos en los que hasta deja ver cierto gusto. El animal se fue descaradamente a toriles, pero se lo llevaron para que empezar el trasteo frente al siete, de rodillas, uno de pecho, llevándolo, aunque se le quería marchar. Fuera de cacho, se volvió a pedir paciencia al público, como si no hubiéramos tenido bastante. Con los años que llevamos esperándole para verle ponerse en su sitio, unos minutos más tampoco nos iban a hacer perder los nervios. Trapazos con el pico, siempre pico y el de Victoriano huyendo a tablas. Más pico dejándosela tocar, le desarma, mientras todo el entusiasmo se iba desmoronando y a pesar de no haber nada, aún hubo quién agitó el pañuelo, no se sabe si para pedir un despojo, lo que sería un tanto rocambolesco, o si era una tímida pañolada a modo de despedida, del torero y de la plaza, aunque un año pasa en seguida y a lo mejor, igual en otoño, si nos enteramos de cuándo hay toros, podemos volver. A ver si para entonces ya nos ha quedado claro a profesionales y público en general, que el descaro, la altanería y la desvergüenza distan un mundo de la torería.

viernes, 1 de junio de 2018

Don Simón, deje de idear y empiece a pensar


No hay mejor invento, que el toro. Y dejémonos de ocurrencias

A veces, muchas veces, uno tiene la sensación de que el señor Casas, don Simón, está decidido a poner en práctica cualquier cosa que se le pase por la cabeza o lo que es peor, lo que sueña en la siesta se lo toma en serio, lo viste de genialidad y luego pasa lo que pasa, que acabamos con la plaza de Madrid llena de banderitas. Que ni entro, ni salgo en lo de las banderas, pero que algo a lo que el señor Casas, don Simón, dio tanto bombo y que acabe reducido a un festival de luces, con muchas banderas, es un poco triste, ¿no? Que los festivales siempre resultaban entretenidos, matadores que no estaban en activo mostrando su saber a las nuevas generaciones o recordándoselo a los más veteranos, incluso con matadores de toros actuando de banderilleros, convirtiendo una tarde de toros en algo muy especial, algo que quedaba en el recuerdo. Pero claro, el planteamiento en este caso era muy diferente, una ganadería de las que piden las figuras, para seis toreros que no están en condiciones de exigir y a los que solo se le planteaban dos opciones, o estás o sigues estando.

Lo de El Pilar ha salido muy acorde a la tarde, novillotes para un festival. Algunos rematadamente feos, justitos de trapío, pero que ofrecieron embestidas nobles a los matadores; otra cosa es que hayan sabido aprovechar estos tal oportunidad. Que la verdad es que era complicado, jugártelo todo a una carta no creo que sea ni justo, ni atractivo para el aficionado, ni tan siquiera entretenido. Se apreciaba demasiadas prisas en los matadores, había que entregarlo todo en un solo toro, todo era aceleración, exceso de ansiedad y con esa espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas de que si algo se torcía mínimamente, la tarde se iba al garete. Eso sí, el desfile de matadores se ha hecho interminable.

Juan Bautista abría el cartel con el que se despedía de San Isidro, como todos, aunque alguno ha reducido su presencia en la feria a un único toro. Este primero se frenaba de salida en los capotes, echando las manos por delante. Tras esquivar al caballo en un primer encuentro, acabó entrando en el peto, para medio cumplir en varas, recibiendo un puyazo y un picotazo trasero. Siempre mal colocado el matador, circunstancia que se repitió en exceso en el resto de sus acompañantes. El comienzo con la muleta fue que el toro rodó por la arena al primer pase. Poquita fuerza, lo que no quiere decir que se dejara poder. Faena anodina, aparte de ponerse demasiado pesado con demasiados muletazos insustanciales.

Luis Bolívar regresaba tras una larga ausencia. Recibió a su novillote con decoro. Mucho capotazo antes de lograr acercarlo al caballo, dónde no le dejaron más que dos picotazos, si acaso. Comenzó el trasteo por abajo y en uno de los muletazos se vio arrollado el matador, viendo como le pasaban por delante los derrotes que le tiraba el del Pilar. La continuación fueron muletazos abusando en demasía del pico, obligado a recolocarse permanentemente, dejando que el animal tocara demasiadas ocasiones, no podía con él y la cosa se empezaba a complicar. Más de lo mismo, dudas, trapazos, carreras e intentando encontrar el pitón bueno con mucho cambio de mano.

Juan del Álamo, que hasta el momento había tenido una feria más bien decorosa, se las vio con uno que ya de entrada acudía como un mulo al capote, muy suelto por el ruedo, a su aire, con dos picotazos, cuándo pasaba por allí. Muletazos por abajo, para proseguir, ya en pie, estirando demasiado el brazo, con demasiadas urgencias, pasándoselo muy lejos, tirando de pico y citando desde muy fuera. Fue acumulando tanda tras tanda, de forma apresurada, vulgar, sufriendo algún que otro desarme, alejándose de las maneras reciente y volviendo a lo de antes, al Juan del Álamo más preocupado en agradar al público, que en torear.

Joaquín Galdós, el otro peruano, permitió que su toro deambulara demasiado suelto por el ruedo. Acudió dos veces al caballo, dónde hizo intento de pelear, mal picado, y aún no le había sujetado nadie. Muletazo rodilla en tierra, continuó por abajo, siempre con la zurda, con cierta vistosidad, aunque ya afloraban las prisas. Tomó la tela en la derecha y a parte del pico, su quehacer era un continuo respingo para salirse de la cara del toro. Mucho retorcimiento, el engaño muy atravesado, siempre fuera y sin parar de correr. Cambio a la mano derecha para cortar los pases de repente, prosiguiendo en ese camino de vulgaridad en el que todo se reducía a pegar pases, uno detrás de otro, sin asomo de toreo.

Luis David Adame, anunciado como Luis David, parecía decidido a que se le viera su disposición. Verónicas de recibo, después chicuelinas y el toro a su aire, que se quería marchar de los capotes. Como ya es costumbre no se le picó. Intento de ser variado de Luis David, pero sin conseguir profundizar en el toreo de verdad; apresurado, con mucho pico, sin parar quieto, con la izquierda muletazos de uno en uno, a un animal que no humillaba, pero que tampoco se le había intentado obligar. Empalmados, martinete, todo muy populachero, acortando demasiado las distancias, para concluir con bernadinas apartándose. Cómo debía estar muy satisfecho de su labor, se dio una vuelta al ruedo, yéndose tan rápido, sin hacer caso a los pitos, que ni los banderilleros estaban preparados para pasear por el ruedo.

Jesús Enrique Colombo volvía un día después de su confirmación. Dos largas de rodillas, quedándosele el toro en la segunda, de la que salió avanzando como un penitente. Capotazos a pies juntos, pero siempre echándose para atrás. Muy mal colocado en el primer tercio, siempre en el estribo derecho, contemplando como al toro le hacían la carioca, como echaba la cara arriba, saliéndose de un respingo en el primer puyazo. En el segundo le taparon la salida, picándole trasero. Colombo tomó los palos y quizá debería pensar o en no tomarlos más o en serenarse y dejar de pegarse esas carreras. Soso y vulgar con la muleta, con el engaño atravesado, enganchones, él muy fuera de cacho, culo fuera, hasta que en una de estas recibió un golpe en la cara. Ya se empezaba a hablar de la oreja del revolcón. Prosiguió la lidia con el toro moviéndose como un mulo. No se paraba el matador, muletazos de uno en uno, la pierna de salida muy retrasada, para concluir con unas manoletinas. Y cómo no quería ser menos, se dio otra vuelta al ruedo. Los matadores estarán muy enfadados con el señor presidente que no atendió la petición de oreja en los dos últimos, pero el aficionado respiró, al menos una tarde sin tener que pasar vergüenza de su plaza, la que entre unos y otros han convertido en una verbena de tercera. A ver si la providencia les escucha y el empresario atiende sus demandas y atiende este mensaje: don Simón, deje de idear y empiece a pensar.  

jueves, 31 de mayo de 2018

Y el problema es el trapío, ¿no?


Quizá estaría bien no confundir el arte, con lo pinturero

El señor Ponce, don Enrique, no parece satisfecho con la situación actual de la fiesta; qué cosas, como servidor, aunque sospecho que el descontento de cada uno va por caminos opuestos. Dice el señor Ponce, don Enrique, que con los toros con kilos, esto se va a pique. Ni sí, ni no, si son toros con caja, no tiene por qué, pero si son los novillotes con los que él se anuncia, cebados como gorrinos, pues sí, esto se acaba. Se queja el señor Ponce, don Enrique, que con el toro con el trapío que quiere el aficionado, esto también se acaba. Aquí no me atrevo a discrepar, pues lo primero que habría que saber es a que se refiere cuándo dice “esto”. Si es su negocio, su montaje de gran maestro, esta farsa de toreo distante a ganado bobo que lleva debajo del brazo por esas plazas de Dios, pues igual sí es verdad que se le descubra el tinglado y se le acaba todo. Pero en mi humilde opinión, opinión muy personal por otro lado, si lo que se impone es la mona enclenque, el animal descastado, sin presencia, en la mayoría de los casos anovillados y que para tapar las vergüenzas a veces les ponen kilos que no soportan, entonces sí que se acaba todo, pero si lo que sale es el toro, el que él no quiere ni ver, pero ni en foto, el toro que te encoje el corazón,  el que exige toreros, el que exige a los toreros, esto puede hacerse eterno ¿Que a él no le gusta? Bueno, él tampoco hace demasiada gracia al aficionado, al que a la trampa llama mentira y al fraude, timo; no al que a esa trampa llama arte y elegancia y a la mentira y al fraude, maestría. Pero ya digo, cuestión de puntos de vista. El señor Ponce, don Enrique, torero que en sus inicios encandiló a Madrid, mientras él estaba encantado con la admiración y respeto de una afición que por aquel entonces consideraba entendida, viajó a velocidades ultrasónicas al extremo opuesto, a ese acomodarse, ese no querer comprometerse, para llegar hoy en día a poner en duda todo lo que le venga del aficionado de Madrid y sintiéndose como pez en el agua en medio de esa algarabía de transeúntes que idolatran los despojos por encima de todo, que se entregan a la diversión antes que a la pasión y que prefieren la juerga a pasar miedo viendo a un torero ante un toro.

Son demasiadas las casualidades que se dan en la plaza de Madrid un día en el que asoman las figuras, ganado a modo, Garcigrandes descastados bobos, que parecen alimañas en el momento en el que no se toreen solitos. Que con nada, hacen sudar a los actuantes, que de repente deciden que un animal de estos es una fiera que se les quiere comer. Confirmaba la alternativa Jesús Enrique Colombo, quién fue máxima figura del escalafón novilleril, lo que dice muy poco del estado de la novillería. Con todos los malos modos de sus mayores y la misma falta de recursos de estos. Quedó claro por dónde iba la cosa cuándo a su primer novillote no fue capaz de sujetarlo en el capote, porque claro, los trapazos no sirven, hay que torear y meter a los animales en los engaños, hay que enseñarlos, que en el campo, aunque sea en el campo charro, no aprenden, que dicen que en Salamanca hay universidad desde hace ocho siglos, pero no es para los toros. Un primero inválido, que hasta derribó al pica, por eso de no mantener el palo cuándo debajo hay uno de negro. En banderillas el venezolano muestra facultades para clavar unas veces más pasado que otras y hasta por ambos pitones, lo que no está mal. Ya en el trasteo de muleta desplegó todo lo que es el toreo moderno, pico, falta de mando, sin temple, echándose el animal para afuera y dando la sensación de acoplarse cuándo el moribundo de Garcigrande se arrastraba por el ruedo y el toricantano acompañaba la lentitud del caminar con posturas de toreo parsimonioso y relajado, lo cuál resultaba, cuándo menos chocante y fuera de lugar. Al que cerraba plaza se limitó a darle capotazos sin sentido, dejando que el toro fuera a su aire, ahora voy al caballo, ahora no voy, ahora me marcho, Quiso comenzar la faena de rodillas y los desarmes se sucedían una y otra vez. Hasta cinco le contaron. Pico, carreras, lejanías, enganchones y el moribundo haciéndose el amo. Gran futuro a Colombo, que no molestará a ninguna de las figuras, que seguro que no le verán como una amenaza. Hace lo mismo que ellos, pero con mucha menos experiencia.

El señor Ponce, don Enrique se hacía presente en su única participación en la feria, con ganado, compañeros y usía muy bien elegidos. Su primer novillo fue devuelto por manifiesta invalidez, saliendo en su lugar uno de Valdefresno, con algo más de presencia, quizá la justa para que el maestro se enfurruñara un rato. Nadie, ni el matador, era capaz de sujetar al animal, que a la mínima se iba a emplazar en terrenos de toriles. Tuvo que ser Mariano de la Viña el que pusiera un mínimo de cordura, con capotazos suaves por abajo. El señor Ponce, don Enrique, puso las dos veces al toro en suerte con dos revoleras. El animal empujó con fijeza en la primera vara, para acabar dejándose sin más en la segunda. Tomó la muleta comenzando por abajo con la diestra, abusando en exceso del pico. Ya erguido continuó por el mismo camino, pasándoselo muy lejos, muy perfilero y con la pierna de salida allá por Manuel Becerra, empalmando algún derechazo, con lo que levantó el ánimo de los que tenían el turno de visita el día de san Fernando. Intento de toreo con la zurda y un enganchón inoportuno le hizo desistir; y es que no tiene suerte, el señor Ponce, don Enrique, con los toros, que desde hace casi treinta años no le van bien por e pitón izquierdo, al menos en la plaza de Madrid. Más pico, enganchón, enganchón también en los adornos finales y entera caída. Con el flojo cuarto, otro novillote adelantado, capotazos siempre enmendándose. Derribó el animalito al caballo, más que por el ímpetu y fortaleza, que no tenía, por ese no mantener el palo de los picadores y claro, puede pasar que en un mal derrote, montado y montura vayan al suelo. El caso es que no se le picó y quedó con cierta brusquedad, bronco en las embestidas, no apto para acompañar, quizá pidiendo que alguien le ofreciera una muleta con mando, pero no salieron voluntarios. Muletazos por un lado y por otro, para proseguir con un macheteo como si el Garcigrande fuera un pregonao de libro. Que no es la primera vea que el señor Ponce, don Enrique, se inventa un manso y le da lidia de manso, con lo que esto gusta al personal no fijo eventual. Pero ni por esas, no podía con el novillote y tiró de arrimón, como cualquiera, aperreado con un toro que casi ni genio sacó. Sí hay que valorar la celeridad con que el señor Ponce, don Enrique, tomó el capote y se hizo cargo de la lidia del quinto de la tarde, tras el tremendo volteretón que sufrió Castella. Podría haberse quedado quieto, pero quizá habría esto contribuido a que el animal se orientara, así que con buen criterio, hasta que el francés se recuperó, se hizo cargo del de Garcigrande.

Proseguía Sebastián Castella su periplo torista, Jandilla, Garcigrande y le queda el compromiso de Victoriano del Río, que deseo de corazón, que cumpla, tras la aparatosa cogida de esta su segunda tarde. A su primero le saludo con capotazos sin fuste alguno, que lo mismo me doy la vuelta, que me la doy otra vez. En el caballo hizo sonar el estribo, para salir suelto en la primera vara y taparle la salida en un puyazo trasero en la segunda. En el último tercio, Castella ya comenzó dejándose enganchar la tela. Citaba dándole distancia al toro, abusando del pico y dando la sensación de que no se hacía con el de Domingo Hernández. Muletazos con la muleta atravesada, más enganchones, por ambos pitones. Mucho trapazo y mucha vulgaridad desesperante.  A su segundo le recibió con capotazos a pies juntos, sin pretender encelar al toro en la tela y al tercer lance el toro se le vino directo a él, llevándoselo por delante, haciendo que parecieran eternos esos momentos en que estaba a merced de los pitones, en que cuándo parecía que iba a caer en la arena, volvía a rebañarlo el toro. La cornada parecía segura, tras semejante paliza, no podía creerse que solo tuviera males menores o mejor dicho, sin aparente gravedad. Evidentemente la conmoción fue grande. Mientras, con criterio, Ponce se hizo cargo de la lidia. Una primera vara muy trasera, en la que el animal peleó y todo. Ya en el segundo encuentro se incorporó Castella, dejando al toro con una revolera. Picotazo, para irse suelto. Lo que no se puede negar al francés es la disposición tras semejante percance. Comenzó la faena de rodillas, lanzando trapazos, quitándose al Garcigrande de encima, sin torear, pero lo que contaba en el público era eso de ponerse de rodillas. Ya en pie, continuó abusando del pico y muy retorcido, muletazo por la espalda, algún que otro enganchón y el animal siguiendo la tela. Al pitón derecho, con la misma tónica, que si me pongo de frente, pase por aquí y por allá, con unas formas y mañas de un gusto, digamos, muy popular, coronado con el consabido arrimón, trapazos por los dos pitones y estocada tirándose para dejar una entera bastante trasera. Y don Gonzalo Julián de Villa Parro, sacó a otro más a cuestas, convirtiéndose en el más benévolo, generoso e irrespetuoso presidente de la plaza de Madrid, con la plaza de Madrid, en la actualidad. Y casualidades de la vida, siempre le designan para las corridas claveleras, aunque esta calificativo ya me parece exagerado y  demasiado elitista, que tal cómo marcha esto, podrían llamarse a estos festejos los del cardo borriquero, exclusivo para amantes de lo chabacano y populachero, aunque ya saben, con todo lo que estamos padeciendo, llega el señor Ponce, don Enrique, nos ilumina, todos buscando las causas de esta debacle y el problema es el trapío, ¿no?

miércoles, 30 de mayo de 2018

La cantinela de siempre


Lo bien aprendidos que salen algunos de las academias taurinas, que luego ves uno y los has visto todos

Imaginen que ustedes son aficionados a la música, les gusta acudir a conciertos y todos los días toca “la vaquita lechera”, interpretada por uno afónico, otro día por uno con menos oído que una piedra, otro por uno que no se sabe la letra, otro día por uno que no se sabe la música, el que lo susurra, el que libera gallos, el que se queda en blanco, al que se lo van chivando, el vergonzoso que canta de espaldas al público y al final de cada concierto, así hasta completar más de un mes de horrores, sale uno o varios señores que te dicen que esta maravilla es un prodigio de la naturaleza y que si no lo has sabido apreciar, es que eres una mala persona, un insensible, un reventador, que faltas al respeto a los artistas, que si vas de mal café es mejor que te quedes fuera, que eso es cultura, arte y que no eres nadie para echar todo eso por tierra. Y a todo esto, de acompañamiento, cada día sale un alguien diferente, que solo toca el piano con dos dedos, muy elegantemente, pero solo con los dedos de hurgarse en la nariz. Y a la salida, vas y pretendes contar lo que has visto. Pues hagan un esfuerzo mental, por favor y sin pretender abusar, y trasládenlo a los toros y más concretamente a la feria de San Isidro, y puestos a concretar, a la corrida de Torrehandilla.

Nos repetimos hasta la saciedad con que los toros no son toros y los toreros tienen poco de toreros. Un prototipo de la modernidad. Una novillada bien presentada de Torrehandilla, remendada con dos de Torreherberos, el cuarto y el sexto. El entrar en detalles me parecería en esta caso abusar de su tiempo y dar categoría de corrida de toros a esta mamarrachada que sucedió en la plaza de Madrid el día después de una suspensión con muchos puntos oscuros. Del ganado se puede decir poco o nada, lo ya reseñado, escasa presencia, mansa, descastada, floja, sin poder picar a ninguno de los seis, si acaso algo más al sexto, el sobrero de Virgen María, pero sin alegrías, que entre la nada y el poco, a este le tocó lo poco. El primer tercio se reducía a que los toros llegaban al caballo, sin que nadie cuidara su colocación, simulaban la suerte apoyando el palo, cuándo no era sentirlo y salir volados. Se dejaban en el peto y punto. Animales que llegaron al último tercio arrastrándose, que a duras penas iban y venían detrás de la muleta, siempre y cuándo no se les forzara; que se les dieron mil trapazos, pero ninguno con un mínimo de sometimiento que sirviera para dar a aquello una pátina de dignidad. Que seguro que habrá quién afirme que a estos toros se les podía haber sacado más; depende, si sacarles más es darles más pases y quizá de mejor trazo, es posible, pero es que siento que en estos casos no hacemos otra cosa que hacerle el caldo gordo a los taurinos, al que trae este hierro, que a su vez contrata a estos toreros y a los que interesadamente les jalean. Hace dos días hubo quién por televisión se atrevió a decir que lo de doña Dolores estaba podrido, porque salió una mansada. ¿Y qué decimos de lo de Torrehandilla y de todas las ganaderías cortadas por el mismo patrón, incluida el santo y seña de la modernidad, Núñez del Cuvillo? Que lo de la mansedumbre se puede intentar solucionar buscando la bravura en la selección, pero, ¿y esa alarmante falta de casta, ausencia absoluta de casta? ¿Qué solución se le pone a eso? ¿Taparlo con optimismo? Quizá otro día, sí, pero en este momento no estoy por la labor de contar dos embestidas sin que el animalejo rodara por el suelo. Ya digo, quizá en otro momento. Que de toros y sus embestidas, sé poco, pero de embestidas de burros, de esas ya les digo que ni inventando podría hablar.

Sobre los matadores, pues bien, tampoco hace falta extenderse demasiado. Daniel Luque sigue asomando por el ruedo de Madrid, más que por sus grandes triunfos en esta plaza, dicen que por la ascendencia que tiene por parte de la empresa que desgobierna las ventas. Torero vulgar, al que ya ni se le ven esos intentos de toreo de capote. Ausente de la lidia, que solo se implicaba en el primer tercio, cuándo casi antes de que sus toros chocaran contra el peto gritaba: ¡Vale, vale! Eso es saber estar, saber lidiar ¿verdad? Con la muleta era una sucesión de trapazos tramposos, abusando del pico de la muleta, descolocado y teniendo que recuperar con carreritas lo que no mandaba con el engaño. Que para este torero el máximo de entrega es tirar la espada de mentira, ese palo que usan para montar la muleta, y dar trapazos con la flámula del revés, cambiándosela de mano. Que no digo yo que esto no guste en otros lugares, pero entonces, que lo haga allí. Aunque tal y cómo está Madrid, aquí ya entusiasma hasta el número de la cabra.

David Galván es torero de alternativa, eso es evidente, pero, ¿nadie le ha contado lo de la colocación en el ruedo, lo de no convertirse en un bulto sospechoso durante el primer tercio, que si se está picando el toro de un compañero, quizá no sea el mejor momento para ponerse a dar patadas al capote o torear de salón. Pero en estos tiempos, lo mismo Galván, que la gran mayoría de toreros, lo que espera es el último tercio, para liarse a pegar muletazos a diestro y siniestro, muletazos tramposos, enganchados, intercalados de mucha carrera, fuera de cacho, sin rematar. Que los inicios con un pase cambiado tienen mérito cuándo de verdad se cambia el viaje al toro, no que a varios metros ya le diga que por aquí. Sin bajar la mano a su segundo, no fuera a ser que el señor presidente de turno, también tan creativo él, le diera por devolver el toro a los corrales después de la segunda tanda de muletazos. Faenas eternas, faenas vulgares, sin sentido, con recursos de una chabacanería que asombra y que se llega a hacer muy pesada. Pero tranquilo, que el año que viene, con eso de llenar tardes, seguro que habrá otra con un cartel incomprensible, sin pies ni cabeza, o si vuelve Cuadri, pues ahí también puede ser, en ese cajón de sastre para los desheredados del toreo.

Álvaro Lorenzo regresaba tras su reciente salida a hombros, hecho que muchos no podían creer cuándo  le veían deambular por el ruedo. Que viendo ese correteo por el ruedo, el no pararse quieto, el abusar al extremo del pico, el no quedarse colocado en ningún momento, el pegar tirones, trapazos destemplados y que cuándo el toro ya no podía más, entonces acompañar esa lentitud, resultaba complicado imaginarle ganándose la Puerta Grande. Con un repertorio muy limitado, quizá efectista para el público, para esos entusiastas que aquel domingo le siguieron hasta Madrid, pero en esta ocasión no era el día, laborable, amenaza de lluvia, televisada. Quizá ninguno de los tres matadores lleguen a entender por qué no se les aclamó, no triunfaron con este encierro de engendros taurinos, por qué no se les entregaron las masas a sus sinfonías de mediocridad. Y eso es lo más preocupante, lo verdaderamente alarmante, que no toreen, trapaceen, que anden por ahí a su aire y que no sepan que eso no es torear, que el toreo es otra cosa, a veces sin necesidad de expresar arte, porque con expresar el toreo es más que suficiente. Pero no, ellos se aprendieron lo suyo de memorieta y allá dónde llegan lo quieren soltar y así pasa, que a muchos, tanto repetir lo mismo, tanto repetir lo mismo, estos y otros, modestos y figuras, ya nos suena irremediablemente, a  la cantinela de siempre.  

lunes, 28 de mayo de 2018

Hubo días peores


Los toros guapos se quedaron enchiquerados

Se ha suspendido la corrida de Partido de Resina, por el estado del ruedo. Decisión correcta y plausible, pero… Siempre hay algún pero. Se pone a llover a cántaros a las seis menos tres minutos y en lo que se tarda en coger el programa, subir las escaleras, sacar la almohadilla, sentarse y echar un vistazo al programa, ya tenemos el lago Ness. El monstruo parece ser que ha sido visto en las oficinas de la plaza, con los pelos arremolinados. Que sorprende la facilidad con que se encharca el ruedo de Madrid en la actualidad, más cuándo no hace tanto, uno o dos años, se podía ver cómo el agua escurría hacia las tablas y resultaba evidente que el platillo, aún mojado, tardaba mucho en quedar impracticable, para lo que tenía que caer mucha agua. Ya no.

Insisto en que la decisión de suspender me parece muy oportuna, porque una corrida de toros no es echar un animal tras otro y que los de luces tengan que estar más pendientes de mantener el equilibrio, que del toro. Pero una vez ha parado de llover, como un cuarto de hora después, no se ha visto a nadie asomarse al ruedo para ver si era posible acondicionar el suelo de alguna manera. No soy experto, en esto tampoco, pero no sería la primera vez que entre una legión de operarios el ruedo quedaba más o menos decente. Pues no, no ha asomado la gaita ni la Tacones. Han aparecido después los actuantes, en compañía de la autoridad, el señor presidente. Han patinado un poquito, a los toreros se les veía que se les quedaban las zapatillas presas del lodo y tras una breve charla, para adentro. Llegamos a las siete y ni presidente, ni pañuelos blancos, ni megafonía, ni aclaración alguna. Pasadas las siete ya anuncian la suspensión del festejo y a partir de entonces empiezan las elucubraciones del personal ¿Cómo es posible que hoy suspendan y otros días se ha tirado para adelante? Que no quiere decir que esa sea una causa para hacer torear a un hombres, con el peligro que suponía, pero el sentido común se debe aplicar todos, todos los días, ya sea una novilla, la de los Cuvillos o los del Partido de Resina. No vale eso de hoy sí y mañana, que está mejor el piso, no. Y ahora viene otra duda, ¿esta medida, este criterio se mantendrá todos los días? Llámennos malpensados, pero es que a veces basta con sumar dos y dos y si hoy son cuatro y mañana cinco y ayer fueron tres y medio, aunque no quieras, acabas sospechando. Que más de uno le ha sorprendido la suspensión, aunque la entienda, pero lo que no le quita nadie de la cabeza es que hubo días peores.

Exclusivo para toreros, absténganse imitaciones


Lo que han padecido los rehileteros

Se esperaba la de Dolores Aguirre en esta feria, el aire fresco de la casta, que cuándo le da en la cara al aficionado recuerda por qué está enganchado a esto de esta manera. Que no seré yo el que hable de una gran corrida de toros, faltaría más. Encastada o no, una mansada nunca se puede calificar tan siquiera ni como una buena corrida. Un buen primero, nada fácil, un segundo, ya más complicado, tercero, cuarto y quinto mansos de solemnidad, con peligro, encastados como los demás, lo que hacía que estar delante se complicara mucho más, aunque revalorizando todo lo que se hacía ante ellos. Y un sexto descastado, que no quería nada con nadie, pero no exento de peligro. Una corrida de toros, para toreros, toros de impresionante lámina, que se movían, vaya si movían, pero que no permitían el más mínimo desliz. Toros que no estaban ni para medir toreabilidades, ni durabilidades, ni el que se pusiera un señor a componer, porque lo que allí se exigía eran toreros. Toreros que no anduvieran con que si me mira, es que me quería coger, es que salía por encima del palo, es que esto es buscar la tragedia, es que es acabar con la ilusión, es que… Toreros. En esto no caben medias tintas. Y si con estos o con otros toros, pero toros, hay quién sea capaz de crear arte, entonces hablamos de Maestros. Si es que no es tan complicado, muy difícil sí, pero se entiende a la perfección. ¿Que loa taurinos, con y sin micrófonos, tirarán a degüello contra este tipo de tipo? Por supuesto, porque no son nada tontos y se dan cuenta de que dos de estas y una más buena, les desmantela su mentira en tres embestidas. Tienen que tirar de artillería pesada y echar abajo cualquier amenaza que les pueda descubrir la trampa. Insisto, una mala corrida de doña Dolores, que nada tiene que ver con el ideal del toro y de la corrida buena, pero entre la pantomima y la verdad, ¿con qué se quedan? Ellos, con la pasta.

Los asignados a ponerse delante de los de doña Dolores eran Rubén Pinar, Venegas y Gómez del Pilar, que ya adelanto mi admiración, pero no caigamos tampoco en el papanatismo de que todo está bien con el toro, hay cosas que no, aunque también es verdad, y en esta tarde se ha demostrado, hay veces que hay que rebasar ciertas líneas, como la del tercio, para que la lidia pueda llevarse a buen fin, una vez visto que el toro no quiere nada de nada y con nadie. El primero de Rubén Pinar salió espantándose de los capotes, frenándose en los primeros encuentros. Ya en el caballo empujó de firme, lo mismo mientras le tapaban, que cuándo tenía a su espalda la libertad de los medios. Repitió en el segundo puyazo, arrancándose con prontitud, pero ahí sí que se salió solo del peto. Ya en la muleta seguía la muleta sin cesar, resultando hasta pegajosito para el matador, que no se lo podía quitar de encima, con esa incomodidad del toro encastado, que sigue los engaños hasta cuándo al matador le gustaría que le diera un respiro. Muletazos desabridos, sin mando, enganchones y dejando al espada al descubierto. Si corría la mano, el de Dolores seguía y si no tiraba de él, se le quedaba. Así se le hicieran las cosas, así se complicaba su lidia. El cuarto, un tío, ya complicaba las cosas de salida. De primeras se fue al que guardaba la puerta y ya en el de tanda peleó y recibió su castigo. Arrastraba el defecto del gazapeo, no se paraba, lo que incomodaba bastante durante su lidia. Muy aquerenciado en tablas, costando verdaderos esfuerzos sacarlo de allí, cuándo no se iba a toriles. Esperaba en banderillas con mucho peligro, siendo quizá lo mejor el clavar a la media vuelta, para que los banderilleros se taparan lo mejor posible. Ya con la muleta, lo complicado se tornó en imposible, gazapeo, huidas a tablas, escapadas por el ruedo. Estaba la cosa muy dura. ¿Macheteo por abajo? Pues quizá sí, quién sabe. Al final Rubén Pinar se lo quitó de encima, afortunadamente.

Seguía en turno, Venegas, que podía tener la esperanza de que su primero fuera como el que abría plaza, pero no. Salió enterándose, echando las manos por delante y muy suelto, con el permiso de los toreros, hasta que David Adalid medio le sujeto con dos capotazos por abajo, pudiéndole. Dos puyazos buenos, haciéndole la carioca, esperaba en banderillas, tirando arreones inesperados. En los primeros compases de la faena de muleta presentaba un molesto calamocheo, había mucho que torear aquí, parecía estar pidiendo que le lidiaran y le hicieran crujir los huesos. Una tanda tirando del toro, se quería escapar a tablas y Venegas medio lo sujetó en los medios, pero la cosa no iba a dar para mucho más, enganchones, arreones y además venciéndose mucho en las embestidas. Menudo trago. Igual pensaría que la cosa mejoraría con el quinto, pero… De salida se paró en la puerta de chiqueros, olisqueando la arena, con paso cansino, sin atender a los capotes. Entró cinco veces a los caballos, el de tanda y el de la puerta, sin orden, ni concierto, notaba el palo y pegaba un respingo, aguantando algo más en el reserva y una cuarta vez en el de tanda, o era la quinta, viniéndole al hilo de las tablas. Era un firme candidato a las viudas. Esperaba mucho y en esas que David Adalid dejó dos buenos pares, en especial el segundo, que el toro ya sabía lo que venía por ese lado y se defendió, apurando al torero. Comenzó el trasteo por abajo, pero todo lo que le dieran era poco. Se la echó a la diestra, se le revolvía, se le colaba una y otra vez y el peligro era menos cuando la mano viajaba baja. Al final marchó corriendo en busca de las tablas y la puerta por la que entró, dejando clara su condición.

Y cerraba la terna Gómez del Pilar, quién todo animoso se fue a recibir a su primero a chiqueros. Ni caso, asomo por la puerta y se fue por la izquierda bordeando las tablas. No quería capotes, fuera telas, huía del torero, no quería pelea. En el caballo salía de najas y sin mirar atrás al notar el palo, el picador no era capaz de taparle la salida. Al final se le picó algo, pero el de doña Dolores estaba sin picar. Intentó el matador ponerlo en suerte, pero se marchaba una y otra vez. No hacía caso a nada, pero cuándo creía que podía llegar a la presa, entonces pegaba un arreón para alcanzar a su presa. Primer muletazo por abajo y pies, para qué os quiero. Empezó macheteando por abajo al manso, quizá poco, para lo que merecía el bicho. Intentó muletearle con la derecha y sacarle un pase era un triunfo. Pues hasta alguna tanda le arrancó. Daba igual por el pitón que fuera, era una pelea de poder a poder, en el que al final fue Gómez del Pilar el que venció y con todo el mérito. No hubo pases y más pases y quizá por eso no hubo vuelta al ruedo, pero daba igual, el madrileño había toreado, ¿toreo bonito? El más bonito, el de los toreros que se la juegan de verdad y con verdad. En el sexto volvió a intentar la portagayola y esta vez sí. Pero si los demás habían sido encastados, este ya no entraba en el cupo. Dos capotazos y se iba como un burro. Se le intentó picar a favor de querencia, pero no había forma. No atendía los engaños, no atendía a los toreros. Imposible con la muleta, saliendo de los pases como un mulo de carga, saliendo de los pases mirando a Cuenca. Al final acabó escapando a toriles, dónde él solito se echó. ¿Cabe más mansedumbre y falta de casta? Logró el espada dejar un pinchazo hondo y de nuevo se acostó el burro. Insisto en lo malo de la corrida, que igual que digo que mejor que no haya muchas como esta, también digo que no deje de haber nunca corridas como esta. Y no me den a elegir entre las bobonas comerciales y estas, entre otras cosas, porque no hay comparación entre el toro y la boba chochona. ¿Qué también pegan cornadas? Claro que sí, pero esas poco tienen que ver con el arte del toreo, con esa terminología tan cacareada de tauromaquia. Esto es tauromaquia, lo otro. Que lo ideal son corridas encastadas, como esta, pero bravas, con embestidas boyantes, claro que sí, pero no tontas. Que estas corridas, las encastadas, buenas o malas, son de uso exclusivo para toreros, absténganse imitaciones.

Enlace programa Tendido de Sol del 27 de mayo de 2018: