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viernes, 18 de febrero de 2022

A ver dónde nos colocan

Quizá al aficionado solo le queda abrazarse al único que ni defrauda, al toro.


Que preocupación tan grande cuando vamos a una boda y no sabemos en qué mesa nos pondrán, si con la tía Mercedes, que regaña, provoca o molesta tanto o más de lo que habla, que es mucho; o cuando en el trabajo reorganizan las mesas o los despachos y temes para que Angelines o Rodolfo te queden lejos, muy lejos y que no puedan desde su mesa mirar tu trabajo y decir eso de: eso está mal, ¿lo has revisado? ¿Seguro que es así? No sé yo… Si hasta en el colegio escapábamos de que nos sentaran con Perea, el empollón y repelente niño que sabía de todo menos de hacer amigos. Y como esto es la vida misma, en los toros nos empieza a pasar un tantito de lo mismo y no porque algunos hayamos cambiado nuestra postura, sino porque la han cambiado ellos y si no es así, porque les molesta e incomoda enormemente la nuestra.

Que el que a los taurinos les ponga de los nervios la presencia del aficionado que exigen los tendidos, eso es algo que ya se comenta hasta en la plaza de Tiananmen cuando el sol es devorado por las fauces del dragón de la noche en el solsticio de primavera del año del cerdo. Que si pudieran, hasta nos pondrían una bomba debajo de la almohadilla, como ya expresó un matador de estirpe ahora metido a entrevistador matinal. Que nos han querido sacar de nuestra secular ignorancia a base de voces por un megáfono, nos han dedicado punzantes miradas desde los puestos de comentaristas entre irrespetuosas frases de desprecio. Se nos han vuelto en el tendido para expresarnos cuáles son los deseos que les brotan de sus partes íntimas, que no nobles, nos han recordado a la madre por las ondas de radio, nos han desafiado desde el ruedo invitándonos a echarnos a la arena en su lugar, nos han dedicado excelsos cortes de manga, aunque luego, ya más calmados, dicen que la exigencia es absolutamente necesaria. Que ya me dirán ustedes si esto es bipolaridad o simple cinismo. Decidan ustedes mismos. Pero bueno, todo eso podría decirse que va en el precio de la entrada, la que por otra parte pagamos religiosamente o agnósticamente o con un profundo sentimiento ateo, pero sea como fuere, hay que pagarla y aligerar el bolsillo. Pero lo peor de todo es que montan un espectáculo según les viene el viento, siempre amparando sus intereses y con la firme pretensión de mandar en nuestros gustos y pareceres. Que a usted le va a gustar lo que yo le diga y si no es así, resulta que es que quiere imponer a todo el mundo sus preferencias. ¡Aaaayyy! Que igual es verdad, que llevamos décadas queriendo imponer algo tan sencillo como es el toro, y en consecuencia a aquellos que sepan enfrentarse a él; pero nada, que no hay manera, nosotros venga a querer imponer y a cada año que pasa imponen ellos, y cada vez con más fuerza, ese maldito imperio de la vulgaridad, esa preponderancia de lo hortera, chabacano y vacío de toda cualidad que debería estar presente en una corrida de toros. Que está claro que estos no nos quieren. Pues nada, apartémonos de los taurinos.

Pero claro, ahora resulta que por el otro lado tampoco es que nos guarden sitio a su lado en los tendidos y gradas. Que ahora resulta que tenemos que ponernos comprensivos con el de luces, el que cría toros, el que monta ferias y el que monta estos “chous”, ¿o se dice shows? Que a nada que digas te dicen que es que no sabes lo que cuesta estar ahí y además, si fulanito o menganito son amigos, pues a callar. Que nos están haciendo la jugada cuatro cuatro tres y se nos ponen comprensivos, como ya ocurrió en un pasado muy reciente. Que nos traen a las figuras y todavía protestamos. Que nos ponen delante estos manjares de toreros pegapases, amigos o no, con toros que tragan pase, perdón, trapazos como el tragabolas y encima tenemos que palmearlo con frenesí. Que hay que ser exigente te dicen y resulta que jalean a un caballero pegando cuartos de muletazos y ovacionan en el arrastre a animales a los que se les pegó medio raspalijón y de mala manera en el caballo. Que a todo lo más que llegan es a reconocerte que es que esto es lo que hay y hay que juzgar sobre lo que hay. Que si este mundo es una basura, a todo lo más que nos permiten es a juzgar si la basura es buena o menos mala, aunque no deje de ser basura. Si huele mal o peor, pero sigue oliendo mal, muy mal. Que nos niegan el juzgar sobre lo que debería ser y no sobre lo que es. Que solo nos conceden el derecho a vivir en un mundo infame, sin permitirnos aspirar a uno mejor. Y entonces, ¿aquí tampoco nos podemos sentar a su mesa por ese carácter de amargados? Que igual es porque ellos, que se codean con la gente guay se consideran élite en esto y al proletario taurino prefieren tenernos a gran distancia, casi allá por dónde cae la plaza de Tiananmen, cuando el sol es devorado por las fauces del dragón de la noche en el solsticio de primavera del año del cerdo. Y mientras, aquí andamos a la puerta de la nueva temporada, a ver dónde nos colocan.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

martes, 21 de septiembre de 2021

La responsabilidad del aficionado

Aunque no lo parezca, el aficionado no es del todo una masa a la que se pueda llevar de aquí para y zarandearla a gusto del poder. 


Es algo sabido y resabido que cuando las cosas se tuercen, unos intentan buscar soluciones y otros se conforman con buscar culpables, que por supuesto siempre son ajenos a ellos mismos. Que se les incendia la casa y la culpa no es que una velita aromática prendiera en las cortinas, sino de los cortineros que no utilizan tejidos ignífugos, como la piedra, el agua, la nada estampada; se les inunda el baño y la cuestión no es haberse dejado el grifo abierto, sino que este no tenía un dispositivo inteligente que o bien cortara el agua o que gritara “¡Te has dejado el grifo abierto, melón! Que no sé si será condición del ser humano, del carácter hispano o cosas del tan extendido infantilismo, del “señorita, yo no he sido”, pero resulta que esto ocurre también, faltaría más, en esto de los toros. Es más, es acepado incluso por los que en principio pueden resultar más que afectados de las tropelías y desmanes de los que mueven los hilos de este gran teatro de títeres.

Que ahora resulta que los señores taurinos se quejan de que no se llenan las plazas. Tantas ganas de toros y resulta que el aficionado no se ha tirado en desesperada estampida a las taquillas del mundo. ¡Será posible! A ver dónde están esos que clamaban por los toros, porque se abrieran las puertas de las plazas del mundo. Que tenían que sacar los boletos de seis en seis, para que los empresarios y taurinos en general se quedaran a gusto. Eso es lo que deberían hacer. Pero un momento, paremos un momentito, no vayamos tan deprisa. Que lo que el aficionado pedía a voces eran toros, que no es lo mismo que reclamar el ir a los toros. Y me explico. Para ver toros es imprescindible ir a los toros. Eso lo entendería hasta… cualquiera. Que eso de ir a la plaza está muy bien, incluso para algunos, muy bien. Que si comidas, copas antes, copas después, macrodiscoteca en las Ventas al finalizar los festejos, pero que no se nos olvide que esto es una gamba en la paella. Que esto no puede ser el motivo, sino que el origen debe ser, debería ser, el toro. Y si se anuncian unos carteles, como los de la feria de Otoño de Madrid, ya puedes dar canapés a la entrada, a la salida y en el medio, que es muy difícil que la gente vaya sin más.

Pero volviendo al principio, no podemos pensar que el aficionado no va porque no tiene palabra o porque no cumple con su sagrada obligación de sacar el abono a costa de lo que sea, a costa de que le anuncien unos carteles más para el gran público y para la gran plaza de la televisión, que para la plaza de Madrid. ¿Qué pretendemos, que cada abonado saca entradas para todo el portal, calle o barrio? Que los que se quejan tanto del no cumplimiento del aficionado con ese sagrado compromiso, podían pararse a pensar y lo mismo es que han puesto una velita encendida junto a las cortinas de la afición o que se han dejado el grifo abierto y ha permitido que la fiesta, nuestra fiesta, se vaya por el desagüe, mientras se buscan culpables a los que cargar el mochuelo de este desmadre taurino.

Que no confundamos los términos, que no es lo mismo querer ver toros, que querer ir a los toros. Que cuando aquellos faltan, lo demás sobra. Que no nos pongamos en modo empresario y pensemos que con los esfuerzos que han hecho para dar esta feria, ahora la afición no responde. ¡Noooo! Quizá mejor pidamos a los que mandan que se pongan por un momento en nuestro lugar. Que igual es momento para que pensaran en que hab confeccionado unos carteles que no son para Madrid, lo que evidencia su absoluto desconocimiento de lo que es esta plaza, con un ganado que no es que no agraden, es que indignan, con toreros a los que últimamente se les ha querido preparar un triunfo absolutamente artificial, para justificar su contratación. Que sería bueno qué pensaran en la forma en que han puesto a la venta los abonos, con colas interminables en el primer momento, quizá no tanto por querer ir a los toros, sino por garantizarse cada uno el poder ir a su sitio de siempre o lo más próximos a él. Sí es verdad que se podían sacar los abonos por internet, pero… A ver, un minuto de reflexión. Si vemos el perfil de gran número de aficionados, mayores, prototipo de eso que llaman la brecha informática, ¿aún esperamos que hagan un curso acelerado para sacar su abono? Personas que a lo mejor tienen sus abonos de temporada, más accesibles, de andanada y que ahora pretendemos que se pongan a enredar por las redes, que paguen la entrada más cara de lo habitual y con el sobrecoste de la gestión. Mucho, ¿no? Y que la no obligatoriedad de sacar el abono les ha hecho ver el cielo abierto, todo sea dicho de paso. Pero claro, si quieren, ellos o quién sea, ir una, dos o cuatro tardes en fines de semana diferentes, se ven obligados a sacar el paquete completo del fin de semana. Todo facilidades. ¿Y todavía la gente se asombra y se indigna porque el aficionado no ha volado a sacar sus entradas? Pero, ¿estamos tontos? ¿Tan estúpidos nos creen? ¿Hasta dónde creen que llegan nuestras tragaderas? Un poquito de mesura, de sentido común y reflexionemos profundamente sobre cuál es realmente la responsabilidad del aficionado.

 

Enlace Programa Tendido de Sol del 19 de septiembre de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-19-audios-mp3_rf_75649417_1.html

 

jueves, 25 de febrero de 2021

En el autobús siempre hay sitio


Están los toreros que quedan en la memoria de los aficionados grabados a fuego y los otros

A veces hay frases desafortunadas que hacen fortuna. Quizá sean esas que pronuncian aquellos que no las piensan, aquellos que quieren justificarse, defenderse u ocultar un complejo. Que igual sí o igual no, quieren pasar por filósofos, pero la realidad es que se quedan en charlatanes de mercadillo. Eso sí, no quiere decir que tal o cuál frase no sea celebrada y sea un recurso en mitad de una charla que pretenda ser medio seria, que tampoco seria, seria del todo. Recordarán ustedes aquello que el inefable Jesulín dijo un día; no, no me refiero a cuándo se bajó los pantalones en un programa en directo, ni cuándo comparaba todo con un toro. A lo que voy es a aquello de que los aficionados a los toros, los fetenes, cabrían en un autobús. Que era una forma de autojustificarse de que a estos no les entrara ni con calzador su idea y formas de ser torero y de que, aún rebozado en la vulgaridad más absolutamente chabacana, lo importante era ser seguido por las masas. Un argumento sobado y requetesobado por los que nunca podían imaginar ser apreciados por su toreo por el aficionado. Este que sabe discernir lo bueno de lo malo, valorar hasta las intenciones, pero que se queda frío ante lo que estos “héroes de masas del momento” llaman dar espectáculo.

 Curiosamente, con la escasez de aficionados que estos taurinos dicen que hay, no para de preocuparse y ocuparse por su presencia. Que si son los que caben en ese supuesto autobús, poca guerra podrían dar, ¿no creen? A ver si va a ser que les afecta más de lo que dicen lo que piensa el aficionados de ellos. Que luego vendrá lo de la zorra y las uvas, que saltarán, saltarán e intentarán saltar más alto, pero no llegarán y entonces dirán que los aficionados están verdes, que se conforman con el gentío que es pan para hoy y hambre para mañana. Que si nos ponemos a hacer listas, algo de lo que no soy muy partidario, seguro que los que en su día fueron valorados por el aficionado, también lo son años más tarde por la masa. En cambio, aquellos que jaleó esa masa han caído en su olvido, lo mismo han cambiado los nombres por los de otros que “dan espectáculo” y que cuándo no vistan de luces pasarán directamente a la olvido y serán sustituidos por otros, manteniendo viva esa cadena de entusiasmo efímero y amnesia permanente. Cuanto “espectacular se pregunta el por qué de su situación; él que fue un ídolo de masas. Y cuántos aficionados, porque serán los únicos que se acuerden de ellos, se preguntarán que qué fue de fulano o mengano.

 Nadie quiere a los aficionados, especialmente esos del coge el dinero y corre, del trincar sin mirar atrás. Esos que creen que el futuro, el presente y hasta el pasado es suyo, porque les aclamaron un día las masas enfervorecidas por los vapores del garrafón. Es esta una “filosofía” con entusiastas seguidores que repiten una y otra vez que esto de los toros se mantiene por la pasta que ponen los públicos, que los aficionados aportan nada y menos y que para cuatro perras que se gastan, no paran de dar la matraca. Y será verdad que el público supone más dinero, ni entro ni salgo en esas cuestiones, entre otras cosas, porque no creo que todo se pueda traducir a dinero. Es como si usted va al médico y le dicen que le tienen que operar y en lugar de decirle que estará una semana ingresado, un mes de convalecencia en la cama, otro en reposo con pequeños paseítos y una rehabilitación de seis meses, le soltaran que usted está enfermo y que son 12.000 por un lado, más 15.000 por los meses de baja y entre 2 y 3.000 de los medicamentos, que baratos, baratos, no son. Y marchando.

 Si nos ponemos a pensar en una casa, ustedes me dirán que sin ladrillos no hay casa; y razón llevan, pero, ¿una casa son solo los ladrillos? ¿Ustedes se quedarían tranquilos si les entregaran su piso, un cuarto con ascensor levantado solo ladrillo sobre ladrillo sin nada que los uniera? Yo ni en una caseta para el perro, ni mucho menos metía allí al pobre perro. Falta algo que dé solidez a todo ese mamotreto, algo que lo mantenga en pie y que evite que se vaya desmoronando con las primeras lluvias, con los vientos del invierno, con las tormentas primaverales o con esos aguaceros de las gotas frías del final del verano y principios del otoño. Pues esa masa, esa argamasa que une los ladrillos y que evita que la casa degenere en un montón de cascotes y escombros, eso es el aficionado a los toros. Que si estos no existieran, el deterioro de la fiesta podría haber sido tal, que ya ni toros, ni vacas, carretones engalanados con luces de colores. Ni toreo, ni torea, una danza esperpéntica de unos señores que perdieron el norte y olvidaron el fin último y el primero de esto que es el toreo: torear. Que sí, que los aficionados molestan, y mucho, en mitad de una verbena, pero igual es que esto nunca puede convertirse en una verbena. Que habrá quién me diga que exagero y que nunca se llegaría a los extremos de tal degradación. Que igual no acabarían trapaceando un carretón, pero párense a pensar en lo que esto era hace veinte años y en lo que es ahora, sin que hace dos décadas viviéramos en el edén del toreo, ni mucho menos. Que lo de ser aficionado no es fácil, por supuesto; que los habemos que llevamos toda la vida intentando acercarnos a ellos y ya ven, aún en parvulitos de aficionado, pero creo que merece la pena dejarse el aliento en el intento. Que no hay que perder el ánimo y hay que seguir y seguir. Y se dejen ir siendo presa del desaliento y piensen que en el autobús siempre hay sitio.

Enlace programa Tendido de Sol de 14 y 21 de febrero de 2021: 

https://www.ivoox.com/tendido-sol-14-febrero-de-audios-mp3_rf_65414384_1.html

https://www.ivoox.com/tendido-sol-21-febrero-de-audios-mp3_rf_65749588_1.html

jueves, 24 de diciembre de 2020

Decálogos, decálogos y más decálogos

 

Se atienden peticiones, bajo estricto control de los no afisionaos

Lo que nos ha cambiado la vida en los últimos tiempos. Nos ha cambiado todo. Hasta las tradiciones de esta época del año es diferente a lo que siempre fue. No sé si seré capaz de adaptarme a los nuevos tiempos, pero lo voy a intentar. Que era llegar diciembre ya avanzado y en toda casa de bien, lo que tocaba era hacer balance del año, hacer un resumen de todo lo sucedido los últimos doce meses, pero llega este año y al personal le da por hacer decálogos. Que no es que yo sea muy de hacer listas de nada y menos de normas para que se comporte el personal. Que antes que nadie, quién tendría que cumplir todo esto soy yo, pero ya ven, en eso tampoco soy un modelo. Pero he aquí mi decálogo del “güen afisionao”.

  1. Lo primerito de todo es ser amable con los colegas, compadres y afines de afisión y para ello hay que dar muestras de nuestra buena voluntad. Y qué mejor muestra que a quién se siente a nuestro lado en la plaza, en el bar o en la peña, les ofrezcamos nuestras propias pipas. Compartamos las pipas, porque compartir es vivir y nada de mejor afisionao que un buen bolsón de pipas.
  2. En esto de ser afisionao es muy importante cuidar los detalles. Un afisionao nunca dejará por ahí a su merced el yintonis, siempre lo tendrá bien trincao y no lo soltará bajo ningún concepto, excepto, siempre hay un excepto, para batir palmas en honor del figura/ artista/ señor que se expresa o, evidentemente, para pedirle los máximos trofeos e incluso el indulto del toro. Aunque esto es algo excepcional y no se puede dar siempre. Vale con indultar uno de sus dos toros, pero nunca los dos, porque el afisionao siempre es muy, pero que muy, exigente y conocedor de los códigos de la fiesta. Si no ha sonado la música, cómo vamos a pedir un indulto, por poner un ejemplo.
  3. El buen afisionao se preocupa por la mejora de la cabaña brava y es por ello que peleará por su buen estado con la mejor alma que tiene a su alcance, pidiendo los indultos a los carretones.
  4. El afisionao está obligado en su compromiso con la fiesta, en enseñar a los que no están tan introducidos en la fiesta. Por eso, cuándo un taurino hable, calle o simplemente carraspee, le dedicaremos una sonora ovación, sin reparar en lo que hable, calle o simplemente carraspee. Siempre tendrá razón. Y esa actitud la deben aprender el no tan afisionao; pero nadie nace enseñado.
  5. A nadie se le escapa el crítico momento actual de la fiesta, para lo que todo esfuerzo es poco para levantarla y llevarla a lo más alto. Hay que ayudar, hay que empujar para que los triunfos broten como la flor de azahar en los patios del sur en primavera. Y por ese motivo se precisa una entrega absoluta y qué mayor entrega que pedir las orejas con dos pañuelos, aunque con el traqueteo se nos salten las presillas de los tirantes. Lo primero es lo primero y además, va antes.
  6. El afisionao tiene que dar muestras de saber estar en la plaza, se debe hacer notar y desplegar esa clase que le viene de la mismísima providencia. Nunca interrumpirá una faena de muleta y si tiene sed, empleará los tiempos muertos para satisfacer esa necesidad. Y que tiempo más muerto que cuándo pican al toro. Es en ese momento cuando se pondrá en pie en su localidad y llamará al gaseosero con un “niñooo” o “maestro” y pedirá bebida para medio tendido.
  7. A los toros hay que ir bien vestido y bien “planchao”, siempre con algún detallito taurino. Unos gemelos con sus cuernos y todo, las bocamangas con tela de capote de brega o la camisa con tela de capote de brega o los zapatos con tela de capote de brega o los pantalones con tela de capote de brega o una americana con tela de capote de brega o un tres cuartos con tela de capote de brega o directamente un capote de brega con tela de capote de brega, pero siempre con elegante sencillez.
  8. El afisionao tiene que saber expresarse, saber hablar con claridad; da lo mismo que no sepa lo que dice, pero hay que decirlo con rotundidad y sabiendo decir. Y qué mejor que aplicar el vocabulario televisivo. Tirar de recursos tan precisos como eso del toro informal, el que tiene ritmo, el toro que es bravo pero que él no lo sabe, el toreo espectacular, que cada uno tiene “su tauromaquia”, independientemente de que nadie sepa cuál es esa “su tauromaquia”. Y si de repente soltamos que añoramos al toro Parvulito de la ganadería de Filemón Porretas que tomo dieciocho puyazos, pues lo soltamos, que nadie va a irse a comprobar na de na.
  9. El afisionao siempre tiene que conocer a tal o cual torero o ganadero, con los que tienen una profunda amistad, que un día se le cruzaron y le dio loas buenas tardes; con lo que eso une. Y por esa estrecha relación, el afisionao es tan afisionao y tiene tantos conocimientos de güen afisionao.
  10. Hay que tener el cuenta kilómetros reventado de ir de aquí para allá bien de fiesta en fiesta en las fincas, bien recorriendo las ferias más importantes del calendario taurino, Olivenza, Atarfe, Matilla de los Aceiteros, Torredelcampo del Encinar, Burguillos del Marquesado y alguna más que se me ha traspapelado. Y es imprescindible atestiguar todo esto mostrando fotos en las que estemos con el torero de turno, echándole el brazo por encima, aunque el maestro tenga cara de quién es este tío. Pero no, es que es muy humilde y no le gusta alardear de que conoce a tan güenos aficionaos.
  11. El afisionao que se precie tiene que tener una memoria privilegiada y ser capaz de recordar todos los días de toros por el restaurante dónde comió y su especialidad, por dónde se tomaron las copas y el café, las cervezas antes del festejos y dónde se tomaron las tapas de después. ¿El festejo? ¡Co….! Eso se mira en internez y ya.
  12.  El afisionao tiene que dejar claro que lo es y nada mejor que ir haciendo la forma de los cuernos con los dedos. Que bonita imagen que cuándo vaya a la plaza en su coche ir mostrando los cuernos durante todo el trayecto a los transeúntes, para que sepan que allí va un… un güen afisionao.
  13. Un afisionao tiene que dejar claro el “aquí estoy yo”, el que en la plaza está como gorrino en una charca de barro, pringado hasta las orejas. Si ve a un conocido cuatro tendidos más allá, para que se enteren los de alrededor y hasta los toreros y el mismo toro, se levantará y a voz en grito llamará la atención del amigo con un rotundo “maestro”, al tiempo que coge el móvil y llama a un tercero para decirle eso de: Paquitooooo, ¿a que no sabes a quién estoy viendo en los toros? Sí, a Mariano el Cojo. Eso sí, no confundamos la notoriedad con el mal gusto, esto nunca se hará durante la faena de muleta, que siempre habrá tiempo para hacer en los dos primeros tercios, sin necesidad de molestar al vecino. ¿No?
  14. El afisionao que se precie siempre estará dispuesto a aportar lo que los taurinos le pidan. Si hay que pagar para una peña, se paga; si es para una fundación que no da nada, pero que pide pasta, se paga. Y para ir a la plaza, nada de entraduchas baratas. De las de 50 para arriba, que hay que colaborar para que los verdaderos mártires de esto, los que exponen todo por la fiesta, los empresarios, puedan aguantar en pie. Lo que haga falta.

Y este es mi decálogo, que no tengo muy claro que quiere decir eso, pero yo ahí lo dejo, porque a ver por qué uno no y otros sí, que se la pasan haciendo decálogos, decálogos y más decálogos.

Enlace programa tendido de Sol del 20 de diciembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-20de-diciembre-2020-audios-mp3_rf_62708461_1.html

viernes, 13 de noviembre de 2020

Ir a los toros

 

El ir a los toros encierra muchos placeres. Algunos se aprecian mucho más cuando ya son un imposible, porque a quién acompañabas ya se marchó para siempre, sin poder seguir aprendiendo y aprendiendo del toro, de la vida.

Cosas del ser humano es que no demos valor a lo cotidiano, a lo que nos pasa todos los días, incluso varias veces al día. Que no demos valor a un hecho que reproducimos a cada poco, por ejemplo una vez por semana o depende del momento, todas las tardes durante un mes o más, o todas las tardes de una semana. Es lo de siempre, ¿qué tiene de extraordinario? Pues va a resultar que ese hecho frecuente y hasta cotidiano, tiene todo el valor del mundo; basta con que nos priven de él durante algún tiempo. Que son muchas las circunstancias y hasta las personas que en estos momentos nos ha robado la vida, pero quiero detenerme en el ir a los toros, en lo simple, lo sencillo que resulta ir a la plaza. Basta voluntad, sacar una entrada y entrar en el edificio en el que tantas y tantas veces se ha entrado. ¿Y dónde viene lo extraordinario? En poder seguir haciéndolo, en que la vida siga su curso esperado, en que no se desborden sus aguas, en que no lo anegue todo y nos tengamos que conformar con el recuerdo.

 Yo iba a los toros, desde que empezaba la temporada, porque era el inicio, hasta el último día en octubre, porque era la última de la temporada. Y así, pasando por mi San Isidro, más de un mes de toros, de enfados, de ilusiones, de toros, de toreros, de horas mirando a una circunferencia dorada intentando saber, queriendo descubrir el misterio que allí sucedía desde el mismo momento en que un hombre citó a un toro, se le vino hacia él, quebró su embestida y descubrió que eso le acercaba a la inmortalidad. La gloria al alcance de un quiebro, de un librar la embestida, salvar los pitones, burlar la fiereza, apartar a la misma muerte. Los toros, que gran misterio. Que hay quién se cree con el poder de saber desenmarañar esa encrucijada que forman la casta, el valor, la fiereza, la inteligencia, el poder, la agilidad, el toreo, pero, ¡qué lejos están de la verdad! Y están lejos, porque renuncian a la búsqueda, creyendo haber llegado a la meta. Si acaso aprenden letanías supuestamente sesudas, imitan teoremas, teorías y tesis adoctrinadoras.

 Pero ese no saber, el aprender día a día, el descubrir lo que hay detrás de cada ventana que abrimos al toreo es aliciente y espíritu vivificante para todos los que querríamos ser aficionados y seguimos yendo a la plaza, seguimos poniendo en práctica ese ir a los toros. Desde el momento en que tras la comida se piensa en la hora de la corrida, en si lo mejor es el coche, el metro o un largo y sosegado paseo calle Alcalá abajo. Llega la hora de prepararse para salir. Mientras unos hombres van invistiéndose de oficiantes bordados en oro, plata, blanco o azabache; mientras ellos tienen que mantener el corazón dentro del pecho y las ideas funestas fuera de la cabeza, uno solo tiene que pensar en coger la entrada, comprobar la fecha, no olvidar la almohadilla, la libreta, bolígrafos y lápices para que el recuerdo no se pierda al viento. Y vámonos a los toros. ¿Quién torea hoy? Preguntan antes de coger la puerta. Los toreros. Y venga para la plaza.

 Al aficionado a los toros le suele gustar encontrarse con sus habituales y a muchos les llena de regocijo el contar entre sus amistades a toreros, banderilleros, gente del toro, el codearse con la élite. Que no digo yo que no sea grato, desde luego, pero a mí que me den los encuentros y las charlas con los míos, que lo mismo es el de las almohadillas, aunque no se la compre, pero que lo mismo te cuenta sus historias de médicos, que lo que le apuran los exámenes, los porteros que un año estuvieron en tu grada y que te cuentan la complicada mejoría después de la operación; el que satisfecho te dice que su hija aprobó las oposiciones. Esos aficionados, amigos que te puso el toro un día delante y con los que cruzarse por los pasillos es un deleite para los sentidos, es escuchar la sensatez del que tanto ha visto, del que sabe discernir y evadirse de locuras colectivas. El compañero que un día se sentó a tu lado y al que le contaste que te ibas a la mili, que te casabas, que esperabas un niño, otro, que el bautizo, la comunión, la universidad, las vacaciones, las malas noticias de quién ya faltaba. Acoger a los que nos visitan de fuera queriendo hacerles sentir tu plaza como suya, porque se la quieres dar toda para ellos, contigo incluido. Esa prole de juventud de gamberras formas y respetuosas maneras, que te hacen sentirte parte de ellos y que quieren saber de toros, los cumpleaños, las alegrías, los ratos complicados. Eso es también ir a los toros. Y cuándo sale el toro, cuándo aparece el toreo, vibrar como uno solo, emocionarse todos a una y acabada la temporada, pasar el invierno y reencontrarse en el mismo sitio, la primera, porque es la primera, hasta la última, porque es la última, pasando por mi San Isidro, afirmando sin reservas, que una de las mejores cosas que hay en el mundo, una de las cosas que más me gustan y me llenan por dentro es algo tan sencillo y tan grande como ir a los toros.

 Enlace programa Tendido de Sol del 8 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-8-noviembre-de-audios-mp3_rf_60073576_1.html

martes, 22 de septiembre de 2020

Y nos llamarán…

 

La suerte suprema, esa que el señor Pinar intenta esquivar, porque un pegapases mo llega más allá de los trapazos 


 
En momentos de ofuscación cualquiera puede decir cualquier cosa, que el calentarse es lo que tiene. Nos acaloramos, nos encendemos y es como si se nos desconectara la boca del corazón por unos instantes. Eso creo que siempre puede tener perdón, si las disculpas son sinceras, si todo es producto de eso, un momento de cables cruzados. Pero hay veces en las que esa conexión se hace más intensa y lo que brota como un volcán en forma de palabras, o palabrería, es lo que de verdad siente la persona, lo que quizá lleve tiempo censurando, porque si se enteran de los sentimientos reales, igual uno empezaría a tener mala fama, muy mala fama.

 Que el bueno de Rubén Pinar, quién heroicamente fue el ejecutor del último indulto a un Victorino, se desbocó en un programa de radio y a todo aquel que no estuviera de acuerdo con tal indulto le regaló un calificativo poco edificante. Porque las madres siempre tienen culpa en lo que hacen los hijos, en si no saludan a las visitas, si meten los dedos en el plato, si hacen ruido al tomar la sopa, si no ceden el paso a las personas mayores, sin no son considerados con los demás, esas cosas que las madres y los padres, por supuesto, deben enseñar a sus crías en la edad temprana. Pero hombre, el que no estén de acuerdo con un indulto. Es responsabilizar en exceso a las madres del mundo. Eso sí, lo que parece que Rubén Pinar no aprendió en su infancia es a no ser desconsiderado con el prójimo, a entender que no todo el mundo coincide con las ideas propias y que estas ideas hay que, si no respetarlas, al menos no despreciarlas. Porque sí que es verdad que hay ideas que no admiten el más mínimo respeto, sobre todo las que se basan en el no respeto e intolerancia hacia el vecino.

 Poco ha tardado en emitir un comunicado el señor Pinar pidiendo disculpas por sus palabras. Disculpas aceptadas, lo que no quiere decir que no tengamos en cuenta sus pensamientos más íntimos, que por otra parte no son de exclusividad suya; es más, aunque lo oculten es una idea muy extendida entre los taurinos, entendiendo como tales los que viven del toro y los palmeros de los que viven del toro, que no para el toro. Que hay qué ver cómo se ponen por no bailarles el agua. Que no es que les lleves la contraria, les basta con que no muestres tu absoluto acuerdo con sus ideas y ocurrencias, para que renieguen de ti y te aparten como si tuvieras la peste o como si fueras portador del COVID 19 y les fueras tosiendo en la chepa sin parar. O conmigo o contra mí, a veces defendiendo intereses ajenos, esperando que el poder le reconozca los méritos y algún día se lo recompensen, pero aparte de no haber tanta recompensa para tanto arrastrado de la vida, bien les vendría saber un poquito de historia y recordar aquello de ”Roma no paga traidores”. Se vacían con el que a la postre es quién les paga y aunque intenten hacer como si no existieran esos que no son de su cuerda, están, son y hasta seguirán siendo los que alimenten este negocio. Eso sí, siempre habrá palmeros, periodistas y hasta directoras de programas, que no solo no se inmuten al escuchar semejante exabrupto, sino que hasta le reirán la gracia al chico. Vaya con los libros de estilo de los medios de comunicación. Parece que se los van pasando hoja a hoja por ese lugar tan…

 Que mal está recordar las madres y ponerlas cómo y dónde nunca debieron estar, pero por si quedara alguna duda de la condición de este caballero, el señor Pinar, por si alguien pudiera pensar que fuera un calentón y nada más, a pesar de que la situación era de lo más amistosa, aún le quedaba una perla. La prueba del nueve que no deja lugar a dudas de lo que lleva dentro y de la idea que tiene del ser humano. Sin venir a cuento suelta que estos señores a los que les mentó la madre, no dudan en ponerse sensiblones cuándo un torero cae en la arena. ¡Vaya! El típico recurso del que piensa que todos los humanos están hechos de su misma pasta. No, hombre, no. Quizá que lo venga a decir un ignorante, alguien que asoma por una plaza de toros de higos a peras, pues no es bonito, pero bueno, no se les tiene en cuenta y punto. Pero un señor que se supone que sabe lo que son los toros, lo que se vive en una plaza, un señor ya con ciertos años de experiencia que vaya y diga esto, pues no da señales de que uno pueda fiarse demasiado de él, porque lo que alimenta en su interior, brillante, lo que se dice brillante, no es. Que luego será el primero que exija respeto cuando un aficionado le afee el no saber qué hacer con un toro, el que aburra al mismo tedio con esas eternas faenas de trapazos, trapazos y más trapazos. Pero claro, si no entiende que el que paga puede opinar de acuerdo a criterios taurinos, si no llega a interpretar el sentimiento de nadie al ver o saber de una cogida mortal, no esperemos que sepa lo que es el toreo. Es mucho pedir y a veces el error no es suyo, sino de los que quizá por un momento le creímos matador de toros, sin enterarnos que simplemente es un vulgar trapacero pegapases que no se viste de torero, más bien se disfraza de ello. Que no es lo mismo investirse de, que disfrazarse de. Y cuándo se crea una tarde cualquiera que está sublime, habrá quién le diga que así no, que eso es una mascarada impropia del toreo y entonces él y sus corifeos se ofuscarán mucho y nos llamarán…

 Enlace programa Tendido de Sol del 20 de septiembre de 2020:

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jueves, 4 de junio de 2020

Si llega el fin de los toros


Me cuesta pensar en algo que haya generado tantas ilusiones, tanta dedicación, tanas cosas buenas y que puedan llenar tanto una vida, como los toros. Quizá por eso si llega el fin de los toros...

Nadie quiere pensar en que algún día pueda faltarle algo o alguien a quién tanto quiere, algo que tanto siente, algo que le da la vida. Que no era su vida, no lo necesitaba para respirar, ni para ver, ni para hablar, ni para oír, sentir, caminar, pero que por voluntad propia, o quizá más por voluntad de la fiesta, los toros, como si fuera alguien muy cercano y muy querido, te dio el aire para respirar, te abrió los ojos para poder ver, te permitió escuchar el ruido de la casta, la bravura, el entusiasmo de un pueblo, de tu plaza, mientras tú no tenías voz, ni podías dar un solo paso, ni expresar esos sentimientos que el toro y el toreo hacen que broten dentro de ti.

Son malos tiempos, los peores, dicen que esto se va, se acaba, se nos escapa de las manos lo que conocimos, lo que nos atrapó con extremada delicadeza con las ligaduras de la emoción, la entrega, el amor. Un cordón dorado, invisible, sólido, incorpóreo, que nos une a los nuestros, de generación en generación, trepando por la montaña del tiempo hasta perder el rumbo y los nombres de aquellos que desde hace siglos nos precedieron en esta aventura del toro. Y dicen que esto se acaba. Pero si llega el fin de los toros, que no me lo dejen ver, que me tapan los ojos, que me pongan una venda que no me deje ver ni un rayo de la infamia que se los acabe llevando por delante. Si llega el fin de los toros, miéntanme, alimenten mi ignorancia, con mentiras piadosas o crueles patrañas, pero no me dejen ser testigo del final. Si llega el fin de los toros, no busquen culpables, no busquen causas, que ya de nada servirán, nadie pagará por ello. Nadie se quedará para excusarse, para pedir perdón, para expresar cuánto lo sienten.

Tantos años de gloria, de pasión y, ¿por qué nos tiene que tocar a nosotros? ¿Será que ya no te quieren? ¿Faltará ese amor incondicional? ¿Se habrá diluido esa entrega, esa afición que empujaba una tarde y otra y otra y así hasta mil y mil más, con la única excusa de que iba a salir el toro? Será que el amor sincero se ha convertido en simple atracción carnal para unos instantes de sucio desahogo, el que provoca la gula qu8e se ha adueñado de una tarde de toros, en conjunción con los zafios alaridos de supuesto entusiasmo, sin importar el honor del toro, el prestigio de una plaza, ni mucho menos el rito que el toreo ha ido modelando desde que el tiempo no tenía medida, solo tenía sensaciones. Virutas de plata enroscadas sobre si mismas como si la mano del orive las guiara en volutas de plata, oro y azabache.

Si llega el fin de los toros, no me lo digan, no me lo cuenten, tómenme por un ingenuo, un estúpido, un imbécil, una cabeza perdida, sin rumbo, pero no me digan que se ha muerto una parte de mí, esa parte que igual que un día me hizo sentirme vivo, otro día me arrancó de las garras de un perro negro que me quería devorar por dentro hasta vaciarme de mi mismo. Si llega el fin de los toros, no me lo digan, no hará falta, porque estoy convencido que lo sabré, algo habrá que me diga que sin poderlo evitar, se me habrá ido una vida. Muchas vidas, todas las que se viven en una plaza de toros, las que se viven hablando de toros, sintiendo los toros, viéndolos salir de un pincel, leyéndolos desde lo más profundo del alma. Si llega el fin de los toros…

Enlace programa Tendido de Sol del 31 de mayo de 2020:
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jueves, 28 de mayo de 2020

Marginados


Los marginados solo queremos poder revivir sensaciones que nos hicieron saber que estábamos vivos.

Corren malos tiempos, malos tiempos para la sociedad que primero ha tenido que enfrentar una crisis nunca imaginada y que tendrá que padecer las consecuencias de esta; malos tiempos para la verdad, que unos buscan y buscan esperando que sea la solución para abatir a ese virus, a veces dando palos de ciego, pues ciegos están, con el agravante de los que se empecinan en embarrarla, que si echan falsedades sin pudor, que si tiran de datos inventados, sin otro fin que su propio beneficio. Malos tiempos para todo y por supuesto para el toreo, que está siendo un fiel reflejo de lo que nos está pasando. Pero lo malo no es solo eso, que ya bastante malo es, sino que hay un afán constante y creciente para marginar a todo aquel que no está conmigo. El conmigo o contra mí está viviendo sus días de mayor gloria, para tormento de los simples mortales.

Si empezamos desde lo general, transitando a lo particular, y visto lo que se dice y se lee, el toreo parece que está condenado, incomprensiblemente, por parte del gobierno de la nación. Marginación que niega en algún medio el ministro de Cultura. Está bien, si no es así, ¿por qué no se explica con absoluta claridad para que todo el mundo se entere? ¿Qué problema hay en decir quiénes sí y quiénes no y en qué condiciones van a llegar las ayudas que se anuncian y que parece que están llegando a trabajadores de otros sectores? Que el dar esta que sería una buena noticia, no tiene que ser muy complicado. Que tampoco hay que acomplejarse por auxiliar a ciudadanos a los que les ha caído un problemón sin comerlo, ni beberlo. Y si estas explicaciones no se dan por no ofender o no encender a ciertos sectores de la sociedad, o grupos políticos, que no ven con buenos ojos esto de los toros, pues entonces no solo tenemos un problema más, sino que se crea una circunstancia en la que la incertidumbre está servida sobre un campo sembrado de interpretaciones sesgadas y malintencionadas en beneficio de otros intereses completamente ajenos a los toros. Dirán que nos estamos liando; y de qué manera. Así, ¿cómo nos podemos sentir los aficionados a la tauromaquia? ¿Marginados? Pues quizá sí y con razón.

Y aquí podría acabar el relato y todos tan amigos, pero claro, quizá, involuntariamente, estaría marginando a muchos aficionados que tampoco se sienten cómodos con ciertas actitudes y ciertas campañas que han partido del mundo del toro y más concretamente de los taurinos que desde hace ya demasiado tiempo están manejando todo lo que tiene que ver con el toro. Que no creo que haya que recordar recientes acontecimientos, pero la verdad es que resultan chocantes ciertas posturas y por quiénes son protagonizadas. Ahora resulta que hay que estar a pie firme al lado de quiénes, utilizando su propia terminología, han censurado a compañeros, ganaderías, públicos, plazas, aficiones, medios. Que han manifestado sin pudor alguno que a aquellos que no tragaban y no cantaban con entusiasmo sus supuestas hazañas había que expulsarlos de la fiesta, e incluso, un reconocido nieto se atrevió a desear en público que se pusiera una bomba en cierta plaza. Ahora, arropados de ese victimismo tan falso como ofensivo, nos quieren hacer olvidar no solo su pasividad al contemplar la desaparición de hierros históricos, sino su activa participación en ello. Quieren que ignoremos ese desprecio al afirmar que tal o cuál ganadería no la matan, porque ya no están para eso. Que no es ser rencoroso, eso jamás, pero tontos, tontos del todo, tampoco.

Estas víctimas que ahora se quieren convertir en abanderados de los humildes son los mismos que unas veces se olvidaron de sus compañeros más modestos, los que menos toreaban, y otras directamente pidieron que se les apartara del cartel para ponerse ellos o que se les sustituyera por un torero que no les molestara para alternar con ellos. Estos son los que se pasan por el forro eso del “respetable” y el “distinguido público” encarándose con él arrogante y chulescamente, los que sin ocultar su incapacidad invitan a los de los tendidos a bajar al ruedo, los que se permiten recomendar el uso de un megáfono, los que generan los bailes de corrales, los que quieren echar abajo todo fundamento del toreo para mayor comodidad suya y para que no se les vean las costuras de su escasa torería y nula afición. Y pobre de ti como no olvides todo esto y no te hinques a sus pies. No sé cómo va a acabar todo esto. La sensación es que los cambios van a ser pronunciados y si algunos ya pensamos que nuestra fiesta se acabó hace tiempo, ahora da la sensación de que los que ya eran los dueños se van a fortalecer aún más, que los factores ajenos a la fiesta pueden quizá estar más presentes que nunca y que no habrá sitio ni para los disconformes, los críticos, los sin clasificar y todo aquel que no trague con los dictados del poder y las presiones de las masas, por mucho que nos pese y por muy necesarios que algunos creamos que son, irremediablemente solo tendrán una opción, lamentablemente, quedar marginados.

Enlace programas tendido de Sol del 17 y 24 de mayo de 2020:
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Enlace programa Especial Joselito, 16 de mayo de 1920:
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miércoles, 15 de abril de 2020

Volveremos


Las cuadrillas volverán a pisar la arena y con ellas, volverán las emociones




Son días de estar en casa, encerrados y casi mejor, porque los hay que se ven obligados a salir cada mañana a trabajar, esos a los que nunca agradeceremos suficiente el que podamos pensar que si enfermamos nos atenderán, si nos hace falta pan ellos lo cuecen y otros lo venden, que si hay que llenar la nevera, ellos nos la llenarán desde lugares lejanos en los que nace, crece y se produce todo lo que nos permite seguir viviendo con los mínimos trastornos posibles. La pena es que a nuestro lado también los hay que no tienen ni nevera que llena, ni un rincón no solo dónde colocar esta nevera, sino que ni sitio para descansar sus huesos tienen. Permitámonos el desasosiego, el penar, lamentarnos, gritar al cielo, pero no dejemos que esto sea una cadena que se nos agarra al cuello. Que el dejar salir las tensión está bien y hasta es sano, pero convertirlo en una cantinela que nos ate de pies y manos es letal.



Hay mucho que lamentar, desde luego, los aficionados a los toros vamos viendo pasar el calendario y con él contemplamos cómo se van cayendo esas fechas que siempre fueron tardes de toros. Los toreros con el de luces en el armario, los toros entre la dehesa y el matadero y los empresarios entre la esperanza y la bancarrota. ¿Quién nos lo iba a decir? Lamentándonos por los empresarios, pero sí, ellos también son necesarios y también están pasando su quinario. Ya llegarán los días de pedirles cuentas. Ojalá lleguen pronto esos días, los días de aclamar las glorias de los que lucen moña y coletas y si es el caso, de censurarles, de criticarles, porque ese es también un elogio, la exigencia a aquel que creemos que se le puede exigir, porque él puede hacer el toreo. Porque les queremos tratar como toreros y no como monigotes vestidos de dulce. Los toreros han alcanzado esa dignidad de poder tocar la gloria con los dedos y de tener que encarar con valor las críticas. Por eso son únicos.



Estos toreros de los que debemos aprender a afrontar los reveses de loa vida. Hemos recibido un tremendo cornalón de mil y una trayectorias, que nos ha seccionado la femoral, la safena y hasta el alma, pero que ni de lejos ha rozado nuestra afición. Lecciones de matadores de toros y novillos que se han tenido que enfrentar al desgarro del pitón en sus entrañas, que desde la misma camilla ya preguntaban cuándo iban a volver a torear, que con resignación aceptaron que el camino iba a ser empinado, lleno de piedras y curvas traicioneras. Toreros que un día les dijeron que no sabían si iban a poder volver, que les valía con poder volver a caminar, con escapar de la pérdida de un miembro, con esquivar la silla de ruedas, con poder volver a ver, aunque fuera por un solo ojo, con poder llorar solo por un ojo, pero podían llorar.



Aprendamos de esos ganaderos que salvaron una vacada del matadero y la pusieron en la cima del toreo, que tuvieron paciencia para mantener la ilusión durante años, a veces décadas, pero que sumando los días de uno en uno, poniendo la mirada en un horizonte que iba más allá de los cuatro o cinco años, al final atisbaban la luz, al final se veían en los carteles, precedidos de esa máxima del “6 toros 6, de la afamada ganadería de…” Ellos, toreros, ganaderos, volvieron. Ellos llenaron su espera con la ilusión de aprender, saber, esforzarse, entregarse al toro para poder seguir viviendo, porque para ellos y para nosotros, los que solo podemos sentarnos en los tendidos, el toro es vivir, él nos permite seguir viviendo. La vida más bella, la más hermosa, la de las emociones al límite, las pasiones, las decepciones, la de esas tardes d no poder hablar, porque lo que vimos no se puede contar. Todo esto es lo que nos dará, lo que nos da la fuerza para después de esta hibernación forzada y no deseada nos hará romper las ligaduras que nos amordazan y que nos hará gritar muy fuerte, muy alto y todos juntos que volveremos, volveremos y después… volveremos.



Enlace programa Tendido de Sol del 12 de abril de 2020:

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miércoles, 1 de abril de 2020

La primera vez del niño y el gran día del abuelo


La visión de los toros por parte de un niño, a veces es tan pura, como sincera y como ilustrativa

Será por instinto, quizá el legado cultural o la herencia genética, hacen que el hombre desee y procure lo mejor, lo que él considera mejor, para sus crías su descendencia. A los hijos, a los nietos, los mayores quieren dejarles, aunque sea una utopía, una gran fortuna que les arregle la existencia futura, un valioso recuerdo que les permita permanecer en la memoria, una educación que les haga valerse en la vida. Pero no todo son relojes de oro, cuentas corrientes, una casa en el pueblo o en la playa o una colección de sellos, hay legados intangibles que casi nunca pueden medirse en cifras seguidas de ceros y más ceros, pero que tienen un gran valor. Y si de eso hablamos, la afición a los toros es una de las herencias que no solo no suelen malgastarse, sino que se acrecientan con los años. Basta con sembrar una semillita, para que cada uno vaya haciendo crecer un árbol que llegará a ser robusto y frondoso, incluso para darnos abrigo en momentos de poca fortuna.

Aquel día un abuelo, el padre que ya había prendido esa afición al toro en sus hijos, vivió el momento que tanto esperaba, el niño, su nieto, ya tenía edad para poder aguantar dos horitas en los toros, ya era tiempo de su bautismo taurino. Uno de tantos de la feria de Madrid, se convirtió por azar en uno único y especial. Solo tuvo que quedar una entrada libre, una tarde agradable, soleada, sin agobios y que el niño accediera a ir con el abuelo y el papá a eso que iban todas las tardes de mayo. Un acontecimiento que comenzó en el mismo momento en que se tomó la decisión y que prosiguió según se iban acercando a la plaza, el niño mirándolo todo, callado, con los ojos muy abiertos, girando la cabeza a uno y otro lado y haciendo reparar al abuelo y al papá, cada vez que veía algo que le resultaba conocido, algo ya familiar para él; el puesto con capotes, muletas, estoques, toros, carteles y por supuesto, el puesto de los helados. El abuelo tieso, erguido, que el orgullo le impedía mirar al suelo, excepto si no era para dedicarle toda la atención al crío.

Llegó la hora de entrar a la plaza, el papá del niño se disponía a preparar las entradas, haciendo malabares con estas, con la mochila de la merienda, la botellita del agua y no dejando que el mozo se le fuera de la mano. Y de repente, el abuelo levantó su bolsa con los prismáticos, la almohadilla y programas de al menos una semana antes y chocándola contra el pecho del papá del niño, le dijo: toma, cógeme esto. Y sin mediar más palabra, cogió la mano de su nieto y directo a la puerta, sin mirar ni de reojo si su hijo tenía manos para todo, porque él solo tenía ojos para su niño. Y allá que entraron los dos, de la mano, con tanta solemnidad y orgullo como los césares cruzaban el arco de triunfo después de una victoria. No importaba como se apañaba el improvisado porteador, lo importante era que ese día de mayo, él había llevado a su nieto a los toros. Pasearon con sosiego por los pasillos de la plaza, para que el esbozo de aficionado pudiera verlo todo, carteles, azulejos, unos señores gritando y vendiendo almohadillas, otros corriendo con cajones llenos de bebidas, otros distraídos mirando a las nubes luciendo claveles en las solapas, señoras subidas a tacones que no aseguraban la integridad de sus tobillos, unos mozalbetes repartiendo unos cuadernillos, que fueron a buscar el padre y el hijo y que el nieto, imitando a sus mayores, también pidió el suyo. Que no sabía leer, pero sabía que lo de la portada eran un toro y un torero, de eso no tenía duda.

Y cuándo el abuelo le quiso enseñar la puerta por la que los toreros salían a hombros, el niño vió como en una puerta grande, enorme, monumental, se abría una hoja y dejaba entrever dos caballos blancos. Tiró de la mano que le sujetaba, mientras abuelo y padre le querían retener, porque allí no se podía ir. Pero los guardianes de esa puerta no lo debían saber y en lugar de impedir el paso, citaron de lejos al niño, le abrieron la hoja más grande y le invitaron a ver los caballos. ¡Caballos! Exclamó el alevín de aficionado con los ojos de par en par. Pase, pase, dijeron los porteros. Y sin saber ni cómo, ni de qué manera, el niño se levantó del suelo medio metro. Un señor todo de negro, con una capa negra, botas negras y sombrero negro con plumas de colores, le cogió por los brazos con la idea de subirlo a un caballo. ¡Señores! Que ya somos mayorcitos. Pero el que era mayorcito y pesado, era el niño. El alguacilillo desistió, a medias, del intento y le ordenó al papá: súbelo tú, que me pesa. Y aúpa el mozalbete, subido en uno de los caballos que iban a abrir plaza. Para qué más. El rey del mundo, príncipe del universo, encaramado en la silla de uno de los caballos de la autoridad.

Al fin la terna de padre, hijo y niño se encaminaron a la localidad. Y por si fuera poca la carga, una almohadilla para el chaval. Había que subir al sitio, pero para estas tareas más pesadas ya estaba el papá e hijo al mismo tiempo. El niño, la mochila de la merienda del niño, la bolsa de los prismáticos, la mochila propia y la almohadilla de la plaza, ligera y flexible dónde las haya. El padre a un lado, el hijo al otro y en el centro, el debutante, que en esa espera hasta el toque de clarines recibió todas las carantoñas imaginables de los habituales de todos los días, los mismos que le fueron ofreciendo caramelos, pipas, quicos, panchitos, pastas, magdalenas, melón en tacos y el mundo en papel de plata si hubiera hecho falta. Preguntas de quién es tu torero y gran celebración de los mayores cuando la respuesta era José Tomás. Allí había un aficionado en ciernes y de los que saben. Bendita ingenuidad. Sonaron los clarines y timbales, que no sorprendieron, porque ya sabía que así empezaban los toros. Los caballos que ya eran viejos colegas y después los toreros, aquello iba a empezar, de hecho, ya había empezado. Lo que pasó después poco importa, porque lo que realmente importaba era que el abuelo había llevado a su nieto a los toros, con el orgullo, ilusión y satisfacción que eso le producía, porque no era poca cosa, era la primera vez del niño y el gran día del abuelo.

Enlace programa Tendido de Sol del 29 de marzo de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-29-marzo-de-audios-mp3_rf_49414190_1.html

jueves, 26 de marzo de 2020

Los toros vivían en su casa


Aquellos niños que jugaban al toro


En aquellos años infantiles la mayoría de los niños no eran conscientes de si los toros eran algo extraordinario, algo bueno o malo o algo que esconder, en aquellos años, los toros estaban y punto. Así de sencillo. Y en la vida de aquel crío no había nada que hiciera esto diferente, los toros siempre estaban allí. Él jugaba a torear en su casa, se aclamaba a si mismo los capotazos, los muletazos y las estocadas hasta la bola, porque claro, en su juego, no iba a pinchar, ¿no? No era necesario eso del ambiente taurino en las casas, porque lo taurino era algo más de la cotidianeidad, estaba ahí. No eran necesarios capotes de paseo en una vitrina, ni vestidos de torear, ni cabezas de toros célebres adornando el salón, los toros estaban.

Los toros podían aparecer en los juegos, cogiendo aquel capote rojo que con un palo se convertía en muleta, con aquellos muñequitos de plástico, lo que genéricamente se llamaban indios, pero que eran toreros, con los que se montaba grandiosas corridas extraordinarias, con sus toreros con el capote, con las banderillas, la muleta y ese caballo de picador que tenía gastada la pintura amarilla del peto de tantas embestidas de esos toros idealizados, bravos y encastados. Pero la mente infantil, audaz y atrevida, no se queda en lo evidente y la de que aquel crío no iba a ser menos, llegando a montarse sus corridas de toros con las chapas, las mismas que un ratito antes habían corrido la Vuelta a España o ganado la liga y el Mundial.¿Extraordinario? No, la vida, su vida.

Eran esos años en que si había toros en la tele, en la única que había, en blanco y negro, había que estar callado, porque su padre los veía en silencio, un silencio casi litúrgico. ¡Toros en la tele! Eran otros tiempos y solo se televisaban algunas escogidas. Las calles casi se vaciaban y en los escaparates de las tiendas de electrodomésticos se apelotonaba el personal para ver los toros, con los más pequeños aplastando la nariz contra el cristal, como si estuvieran sujetando la luna ante algún derrote perdido de un toro desmandado que se escapara de la pantalla.

Pero aquello no era nada extraordinario, porque los toros estaban siempre ahí. Aún no habían nacido los antitaurinos, las señoras y los señores no torcían el morro cuándo alguien decía que iba a los toros o que tenía entrada para los toros; es más, los más atrevidos incluso preguntaban que si les sobraba una o, pensando en el futuro, decían eso de que si algún día te sobra una. Porque los toros eran algo cotidiano, claro que sí, y estaban presentes en la sociedad, pero eso de ir a la plaza, por muy acostumbrado que se estuviera a ello, por muchas veces que se hubiera ido, siempre era un acontecimiento único. Que podía tener mil alicientes, que si toreaba fulanito o menganito, que si los toros de Juan o Manuel, que si era el día del patrón o la patrona, pero lo principal era que se iba a los toros. Damas y caballeros arreglados para ir a los toros, orgullosos del brazo se encaminaban a la plaza y desde lejos parecían engallarse a medida que se acercaban a la puerta.

Pero no era algo exclusivo de los mayores, porque los niños también iban a los toros, en este espectáculo de vida y muerte no había rombos que prohibieran su entrada. Esos rombos que les impedían ver muchas películas en la televisión. Un rombo, no apta para menores de catorce, dos rombos, solo para mayores de dieciocho. A los toros sí que podían ir. Solo hacía falta que se pronunciaran las palabras mágicas: ¿Te vienes a los toros? Dicho y hecho, El niño se levantaba como una flecha y la madre detrás, a buscarle la ropa para que fuera guapo, peinarle  muy bien repeinado, los zapatos relucientes y cómo decía la madre, como un jaspe, a los toros. Entonces se aparcaba en el descampado pegado a la plaza y si era tarde de expectación, en los solares y callejuelas cercanos al antiguo mercado de Ventas. Que quedaba un poco más apartado, pero tenía la magia de girar una calle y aparecer la plaza resplandeciente. Había que hacer cola, una cola que llegaba hasta la calle de Alcalá. El niño en la cola, el padre daba unas vueltas por allí, a ver si veía. ¿Y dónde está? ¿Y si no llega? Que no viene, pero a poquito de llegar la vez, el padre aparecía y sacaba dos tendidos, que nunca le gusto eso de que si los niños no pagan o si lo cojo en brazos que no molesta. El niño, con su entrada, como los mayores. Después un paseíto hasta el patio de caballos para ver llegar a los toreros, con aquellos coches enormes, los Hispano Suiza que decía su padre. Y de ellos, uno por uno se iban bajando semidioses vestidos de luces y de entre todos, el matador. Papá, yo quiero ser torero, y el padre, siempre serio, sonreía. Que bonito sueño, que bello imposible. De vuelta a la puerta grande, un traguito de agua del botijo de una señora que los vendía a peseta y si era localidad de sol había que comprar una sombra, un medio cucurucho con una goma, que aliviaba los dos toros y medio que tardaba en llegar la sombra, no la de cartón, la de verdad. Mira papá, se va a caer. Un capitalista trepando por la fachada, aprovechando las hendiduras de los ladrillos. Todo, con tal de entrar a los toros.¿Y los guardias no les dicen nada? Mientras escalan, no. Imagina que se ponen nerviosos y se caen. Luego, arriba, les estarán esperando: o eso dicen.

Los pasillos de la plaza siempre le resultaban a aquel niño un caos indescifrable y maravilloso, un correr sin saber, la almohadilla, por aquí, por allá y esa amplia entrada a los tendidos que de repente se estrechaba en un pasillo enladrillado, unas escaleras y el ruedo, mágico plato dorado con dos anillos color teja. Y el sonar de los clarines era la culminación de toda esa ilusión, ya estaban en los toros, empezaba la magia, empezaba algo que siempre estaba presente, pero que era único, no había nada igual, eran momentos que no se iban a volver a repetir, por muchas veces que se fuera a la plaza, por muchas veces que años después se repitieran las rutinas, por muchas veces que siguiera compartiendo localidad con su padre y por muchas veces que se escuchara aquello del ¿te vienes a los toros? Ya de mayor, pero con esa familiaridad con siempre se vivió la afición a los toros, porque sin aspavientos, sin estridencias, desde siempre, los toros vivían en su casa.

Enlace programa Tendido de Sol del 22 de marzo de 2020:
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viernes, 31 de enero de 2020

Cuando resignarse es morir


Pues no me resigno a no volver a ver el toreo en una plaza

Resulta demasiado frecuente el hecho de que al comentar la situación actual del toreo, el toro descastado y aborregado y esas formas de toreo ventajista, tramposo, monótono y ventajista de los coletudos, uno diga eso de: hazte a la idea que esto es así y nos tenemos que adaptar y olvidarnos de lo que vimos hace tiempo y que ya no volveremos a ver, que ahora toca olvidarse de todo lo que no sea la vulgar modernidad. ¡Vaya panorama! Y yo me pregunto, ¿solo queda que resignarse?

Que no seré yo quién censure la postura de los que se rinden a esta realidad y que no aspiran a nada mejor, pero sinceramente, cuesta un poco entenderlos. Porque la siguiente pregunta es: ¿Qué es lo que buscan realmente en los toros? Entiendo mejor a los que ya no aguantan más, que a los que se amoldan a esto. Es como si ese amoldarse fuera por no perder el hábito de ir a una plaza, a una finca invitado por un ganadero, a una tertulia de amigos o para poder seguir hablando de algo con esa gente con la que hasta puede que no tuvieran nada más de qué hablar.

Repito que cada uno es muy dueño, pero, ¿es necesario querer convencer a los demás? ¿Hace falta querer arrastrarlos hacia su postura? ¿Resulta irremediable el afear la postura del que no se resigna? Que ya no es tan siquiera esa carrera de a ver quién es más aficionado, porque igual ahí tienen el debate perdido. Como buenos conocedores, te cambian los terrenos y te meten en el barrizal de ser educado o mal educado. Si protestas, mal, no está bien visto, no es de gente que se moderada que tan bien se maneja entre dos aguas. A veces incluso se te presentan benévolos y generosos y muestran su preocupación por la salud del inconformista. Que ellos aseguran ser de los tuyos, de los exigentes, de los que quieren ver el toro y el toreo de verdad, pero aguantan muy poquito manteniendo esta pose. En nada y menos se te descubren intentando convencerte de las excelsas cualidades del figura de turno; que si la novedad, que si el supuesto valor, que si la maestría, la elegancia, la simpatía y así, encadenando elogios vacíos, hasta casi llegar a ese enamoramiento por el color de los ojos, el cual nunca confesaran.

Y llegados a este caso, una vez establecidos en la moderada educación del aficionado que no se pierde una tertulia con los de su cuerda, que sabe cómo agradecer las invitaciones y que hasta sabe descubrir virtudes que nadie antes atisbó, ¿en qué benefician a la fiesta de los toros? Y ojo, que no pregunto en que benefician al negocio de los toros, no, que eso es otra cosa bien diferente y que en ocasiones, en demasiadas ocasiones, tienen intereses opuestos. Bien que quieran asimilar fiesta con negocio boyante, pero no nos equivoquemos. Está muy bien que aquí todo el mundo gane dinero a espuertas, pero si se ponen a elegir y se quedan con el uno, antes que con la otra, el resultado puede que sea que el negocio corrompe la fiesta y ya corrompida no le quede otra que emigrar eternamente al limbo. Y entonces ni animadas tertulias con amigos del alma, ni fiestas camperas, ni rutinas yendo a la plaza, ni nada que loar de las figuras de relumbrón. Entonces ya solo a lamentarse. Que no duden que encontrarán sus culpables a los crucificar al amanecer en su particular calvario taurino. Anda que no. Pero entonces ya no habrá toros. Que no será eso que algunos afirman de que su fiesta ya desapareció hace años, será que ya desapareció todo posible rastro de lo que siempre se conoció como los toros. Porque no creo yo que lleguen a considerar fiesta de los toros a representaciones taurinas para atraer turistas. Que no digo yo que no resulte todo esto más o menos exagerado, pero de lo que sí que estoy seguro es de que así, estaremos a un paso de ese día cuando resignarse es morir.

Enlace programa tendido de Sol del 26 de enero de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-26-enero-de-audios-mp3_rf_46959331_1.html

martes, 10 de abril de 2018

Pero, ¿por qué os gusta esto?


A unos nos lo contaron, lo vimos, y quedamos enganchados a esto, pero a otros, les contaron, les siguen contando, no han llegado a verlo, pero creen, saben que un día fue y siguen con una fe inquebrantable. 

Si nos sentamos a ver con detenimiento el panorama taurino actual y dos suspiros después nos ponemos a recordar un poquito, tampoco demasiado, lo que algunos tuvimos la suerte de llegar a ver años atrás, no podemos por más que pensar cómo es posible que los jóvenes de ahora se hayan aficionado a esto. ¿Cómo es posible que sean fieles espectadores en plazas como la de Madrid? Allá que van un domingo tras otro y en mayo todos los días, puntuales a las siete de la tarde, salvo exámenes que obligan a la falta. Devoran vídeos, libros, los encastes, toreros, tertulias, recuerdos de aficionados con muchos años sobre la piedra; abren los oídos, abren los ojos, abren el alma, pero el toreo grande solo les llegó por referencias. Si acaso se agarran a esos coletazos furtivos de un José Tomás en retirada diferida o si acaso de Morante, ya en perpetua ausencia, haga o no el paseíllo.

Que luego pasa que cuatro y el del banderín se acercan a la plaza de la calle de Alcalá, esperando que los de Fuente Ymbro repitieran lo del año pasado y se encuentran con una mansada desigual, regalando embestidas para el que las quiera y tres chavales que se permitieron despreciarlas. Ellos estaban a lo de los trapazos, las ventajas, el toreo lejano y perfilero, destemplado, enganchado, vulgar y aburrido. ¡Caramba con el futuro! Que así pasa, que esa juventud que puebla tendidos, gradas y andanadas espera en su nido de afición, piando con desesperación, picos abiertos mirando al cielo, a que los matadores les echen media lombriz de toreo que les alimente sus ilusiones. Es verdad que alguno intenta pasar el trago del tedio litrona en mano, pero ni eso les dejan, los vidrios al contenedor azul, no en la plaza; y en ese ansia de querer ver, de querer atisbar el toreo, se conforman con uno, con dos, incluso tres muletazos, que es la locura si completan una tanda. Muletazos sueltos, que lances ya no se ven, si acaso, capotes aventados, que no mecidos; quites estrafalarios para que el toro pase, no verónicas con el toro conducido y dominado. No ven torear, si acaso, lo más toreado son los pases del desprecio que tanto jalean, quizá por eso, porque es lo más toreado. El amaneramiento entendido como arte; el toro-toro, incompatible con el arte verdadero, ¿desde cuándo? Pero es lo que han visto y les vence ese querer ver, ese querer tocar el toreo, con litronas o sin litronas, pero que haya toreo.

Esas ansias de afición les empuja a ver el toro, no cabe más; pero creen que si hay toro, solo puede haber gladiadores, no caben toreros, porque, según cuentan las voces interesadas, el toreo bonito solo con el medio toro y si el toro es íntegro, fuera exquisiteces. ¿Desde cuándo? Admiran y se entregan al que como todo recurso solo es capaz de oponer el estar ahí, el aguantar el vendaval, ni lidiar, ni mandar, ni torear, basta con que aguante y en las ferias no entienden por qué no se incluye a los que más aguantan, pero que no torean. Que aguantar siempre ha sido virtud en el toreo, pero se aguantaba para poder, para acabar dominando al animal, o tú o yo.

Ya no se discuten esos dos mundos que transitan en paralelo, por un lado los “hartistas” del medio toro, que rebosantes de ventajas trapacean y se ponen bonitos. Y del otro, el toro y los que se anuncian con orgullo y escasos de conocimientos, pero deseando saltar al otro bando, cómo si eso supusiera un ascenso en esta multinacional del taurinismo. A bregar con el toro, pero con el ojo puesto al otro lado del muro. Eso sí, si lo consiguen, no les pidas que vuelvan, ni de visita, que les insinúas un paseíto por caminos de antaño y te responden que eso ya no es para ellos. Que no está el problema en que ahora se admita esa fiesta con el muro de la vergüenza partiéndola en dos, que lo peor es que cualquier realidad que no sea esa parece no una utopía, sino una locura. Tantas trabas, tantas limitaciones, tan poco premio y ahí siguen y seguirán. El próximo domingo volverán a su plaza, qu3e hay novillos y al otro y al otro y saldrán decepcionados, pero volverán y quizá se congratulen con su afición porque tal fulano dio dos naturales u otro seis medios pases despacito ante un moribundo. No es la primera vez que lo digo, ni que se lo digo a ellos. Quizá el próximo domingo repita y les vuelva decir eso de: pero, ¿por qué os gusta esto?

Enlace programa Tendido de Sol del 8 de marzo de 2018:

miércoles, 7 de febrero de 2018

A mí no me engañan, que yo sé elegir


A veces la elección es uno mismo

El abandono paulatino de la Fiesta es un mal que nos afecta a todos, que va despacio, pero con paso firme. De los que se van ausentando en unos casos escuchamos justificaciones que suenan a simples excusas y otras el testimonio doloroso de quién ya no puede más y opta por alejarse de algo muy querido y lleno de dolor. Que quizá el resultado sea el mismo, pero el análisis no puede ser igual. En este último caso es necesario pararse al menos un suspiro y medio e intentar entender qué es lo que les lleva a estos a cortarse definitivamente la coleta. Porque lo que ha sido casi una forma de vida, una forma de entender tanto, esas ganas de buscar, de saber de vivir, no se deja por un aire de Levante que vino de manera inoportuna e inesperada. Quizá lo mejor que podríamos hacer, si es que se prestan, es sentarnos con ellos y escucharles el por qué de esa amargura que les echó de los toros, porque a estos o les echaban o nada, y les echaron.

Pero en esta ocasión quería detenerme en los que afirman que no se acaban de ir, pero que con todo convencimiento afirman que a ellos ya no les engañan, que ellos ya eligen y no van a todo, por eso, porque no les engañan. Ya es aventurado en esto de los toros afirmar algo con tanta rotundidad, ya saben, que la verdad más absoluta, la única verdad verdadera en esto es que no hay ninguna verdad absoluta y mucho menos cuándo se trata de presumir de que a uno no le engañan. Porque es posible que en esa selección esté la madre del cordero. Piénselo, lo primero que nos pretenden hacer creer es que somos diferentes, que somos unos especimenes aparte de todo y nos llaman “toristas”. ¡Zasca! Con una palabra ya nos han sacado del partido. Está feo eso de que ya de primeras no te dejen jugar con los demás niños y con la misma pelota que ellos. No, a nosotros, cómo sabemos tanto, cómo somos tan exigentes, no0s dan una de trapo, que seguro que, cómo somos tan sabios, sabremos apañarnos. Y menos mal que hablan de “toristas”, que tampoco nos dejan en tan mal lugar, que también podrían habernos calificado de “monosabistas”, especialistas en monosabios, “puntilleristas”, especialistas en puntilleros, areneristas, especialistas en areneros y así, hasta llegar a “cerveceristas”, mientras alardeamos de saber quién abre mejor la lata de cerveza y mejor la sirve de toda la plaza. Y ya digo, que lo peor de lo peor es que los hay que se compran ellos mismos la medallita, con su dinero, para ponérsela en la solapa. ¿Se imaginan en el fútbol o en cualquier otro deporte que hubiera hinchas de los árbitros y que renunciaran al resto del espectáculo por quedarse solo con la actuación impecable de los trencillas? A mi humilde entendimiento el aficionado es aficionado a los toros y estos constan de tres tercios, en ellos intervienen varios actores, empezando por el fundamental que es el toro y prosiguiendo por el torero, que es el encargado de hacer el toreo. ¿De Perogrullo? Absolutamente.

Y ya asumido, y con sumo gusto, eso de ser “torista, los señores taurinos se montan sus ferias a su gusto con lo de siempre y de vez en cuándo, tampoco con demasiada frecuencia, te monta una corrida “torista” y a esa sí que hay que ir, que eso da mucho lustre a la chapita. Que si hay que viajar a Torrecilla de los Matacanes, se va, que el ser “torista” es lo que tiene. Y de un plumazo han conseguido, primero alejarnos de sus convites borregueros y como consecuencia, poder seguir con lo suyo sin nadie que les incordie. ¿Qué los niños se ponen pesaditos? Pues se les da la pelotita del “torismo” y a otra cosa. Que se quejaran, vociferarán y se rasgarán las vestiduras, pero lejos, en tertulias solo para “toristas”, en facebook, twitter, watshapp, instagram o en la peluquería del Cantares, que está a trasmano de cualquier círculo taurino. Eso sí, pero a estos que seleccionan, a estos no les engaña nadie.

Quizá es que no nos hemos parado a pensar que los taurinos, esos que se deleitan con el toreo moderno, los que repiten las consignas que les llegan por la tele o panfletos oficiales, no se molestan con los que no van a la plaza, se molestan, y a veces hasta perder las formas, con los que si acuden a los toros y manifiestan su descontento, los que allí mismo dicen que no a todo este montaje, justamente cuándo los otros, lo que pretenden es eso engañarles. Si es que el Mundo es una caja de sorpresas. Resulta que los no engañados, porque ellos eligen, no importunan a nadie, si acaso aburren a la parienta, al cuñado y los suegros, cansaítos de la misma cantinela. Los molestos, a los que hay que desterrar de las plazas, los irrespetuosos, los indeseables, son los que en el momento en que olisquean el timo se ponen de manos y con sus protestas deslucen los montajes triunfales del taurinismo vigente. Que no creo que a estos les engañen, ni mucho menos; lo intentan, eso está claro, pero no lo consiguen. Otra cosa puede que sea con esos que con toda la autoridad de su saber afirman sin reparos lo de “a mí no me engañan, que yo sé elegir”.

miércoles, 31 de enero de 2018

Así somos, o no, los aficionados a los toros


Aficionados o no aficionados, es ver el toro en la calle y se revolucionan las almas

Seguro que no hay quién me diga que nunca se ha encontrado como, siendo aficionado a los toros, ha tenido que aguantar que le cuenten cómo es, sencillamente porque alguien, vaya usted a saber quién, un día decidió que o cumplías una serie de clichés o no podías ser aficionado a los toros. Pues bien, permítanme que yo le aclare a estos señores cómo somos de verdad. ¡Atención! Y no repito más, los aficionados a los toros somos gente alegre, que nos gusta, aparte de los toros, la juerga, el fino, el flamenco, somos de derechas, muy de derechas, no entendemos estar haciendo permanente referencia a los toros, nosotros no cruzamos la calle, cambiamos los terrenos, no somos directos, entramos por derecho; cuándo no le dedicamos poco esfuerzo a algo, hacemos una faena de aliño: no salimos emparejados con nuestra/o chuti, vamos en colleras o mano a mano; no se nos ocurre ir a un bar que no tenga cabezas de toros a tutiplén por las paredes  del local. Las vacaciones se adaptan para ir a todas las ferias del norte, del sur, de la Francia taurina y ya puestos a buscar un destino exótico, a la feria del Cristo de los Milagros. Al primer niño se le llama Juan o José y al segundo, Belmonte o Gallito, que el cura sabrá entenderlo. ¿Qué es niña? Macarena. A los aficionados a los toros nos gusta el cante y si nos ponen un pasodoble, tiramos de servilleta, toalla, rebequita o kleenex y nos liamos al natural, la verónica o con una larga cambiada. Los aficionados a los toros no saludamos estrechando la mano, nos largamos un abrazo de sonoras palmotadas en el lomo del ajeno y le llamamos maestro, seguido de un “me alegro verte”. Seamos de Porriño, Canillejas o Medina del Campo, no podemos evitar que se nos deslice un cierto deje de ahí abajo, nunca el Sur, se dice ahí abajo, salpimentado con  estratégicos “¡Ohú!”. A ninguno le puede gustar, ¿qué digo? Ni agradar tan siquiera, ni el fútbol, ni la música en inglés, ni esas barbaridades de la enebeá. ¿Lectura? Libros de toros, revistas de toros, periódicos de toros y hoja parroquial de toros. En invierno nada de abrigo, ni gorro de lana, ni bufandas y los guantes, para los ladrones. Un tres cuartos sobado, los cuellos arriba, camperas y la gorrilla de visera de medio lado y si acaso, cuándo la rasca sea contumaz, soltar un castizo ¡Ohú! Luego, según el opinador, hasta podrán creernos unos sádicos que nos pone la presencia de la sangre, que ve en los animales un ser que está ahí para nuestro uso y abuso. Eso sí, excepto los caballos, que en esos nos damos largos paseos y son ideales para lucir estampa.

Pues bien, ahora ya saben cómo somos los aficionados a los toros, ¿no? Para que nadie les cuente milongas y para que inmediatamente que se encuentren con uno de nosotros, sepan de que reata venimos. Pero, ¿y si todo esto nada tuviera que ver con la realidad? Y si resultara que con tales trazas no se encontrarían un aficionado a los toros así ni en toda la producción del señor Arniches o los Álvarez Quintero. ¡Qué decepción! Que no digo yo que no haya uno que igual se acerque, pero señor no aficionados, los sí aficionados tenemos dos piernas, dos brazos, dos ojos… que tampoco quiere decir que si la desgracia te ha arrebatado algún órgano, ya te borren de la nómina de aficionados. El aficionado a los toros es una persona, lo que no es poco, que vive en su tiempo, que sale de los toros y se va a casa a ver la Súper Bowl escuchando en el coche a Bisbal, la Travista, the Rolling o Concha Piquer, si es que no va oyendo los deportes. Que juega al tenis, que no juega a nada, que le gusta el sushi o lo odia, que no se ha puesto unos botos en su vida, que le gusta Paul Auster, Cervantes o Naguib Mafoud. Sufre con que su equipo no gane el domingo, que se lleva mal o bien con sus cuñados, que les gusta guisar o que lo odia. Espera con ansia la temporada de esquí, un verano en la playa, bebe fino, cerveza fresca, mojitos, coca cola, colacao y hasta cerveza sin alcohol. Que lo mismo hasta va a los toros con la camiseta de su equipo a vivir la tarde intensamente, para después largarse al fútbol, que se va de cena fin de curso, fin de carrera o fin de matrimonio; que los hay casados, descasados, así así o que se lo están pensando.

Que va ser verdad que los aficionados a los toros son como tantos, con una pasión que les da la vida, llenos de contradicciones, que aman al toro y entienden que su único fin es morir en la plaza, sacrificado como se sacrifica a un dios. Contradictorios al exigir al torero que arriesgue el alma, pero sin querer que caiga jamás en la arena. Los aficionados se rebelan cuándo se quiere hacer desaparecer el riesgo, pero que no entienden el riesgo sin sentido. Reniegan una y mil veces de esta fiesta, claman que nunca más, que no volverán a pisar una plaza de toros, mientras se están despidiendo hasta el domingo siguiente. Los toros les da la vida y se ven sin ellos solo en la muerte. Quizá lo que diferencie de verdad al aficionado a los toros es eso, que sin los toros no entendería vivir. Luego pueden tener sus gustos, sus maneras, profundizarán más o menos en ese querer descifrar el misterio del toro, pero siempre sentirán el hechizo que este provoca sobre ellos y sobre su forma de sentir. Pero esto también es una interpretación particular que puede que sea verdad el que así somos, o no, los aficionados a los toros.


Enlace programa Tendido de Sol del 28 de enero de 2018: