Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas desde mi grada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas desde mi grada. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de mayo de 2014

Gotitas de toreo que saben a mucho

Hasta los areneros añoraban los ropajes habituales


Corrida goyesca para celebrar el 2 de Mayo en la plaza de Madrid, pero sin alzamientos populares, sin liarse nadie a macetazos contra el francés, ni tan siquiera proferir insulto alguno al gabacho invasor; lo que han cambiado los tiempos. De aquellas cargas de mamelucos hemos pasado a tener a un caballero de allende los Pirineos, como uno de los responsables de esta plaza. Y hasta parece que el caballero en cuestión no siente incomodidad alguna en tal fecha, ni en las demás de la temporada taurina. Él es un ciudadano del mundo, cosmopolita donde los haya, que sabe llenarse los bolsillos en cualquier parte del orbe taurino, lo mismo acompañado del señor Matilla, que de los Choperitas, formando este triunvirato que todo lo puede, como que él solito convence a José Tomás para que actúe en Granada.

Será por el día que era, por lo que se celebraba, que los pupilos de la familia Lozano, incluidos los dos del Cortijillo, parecían un poquito apocados, que el que no parecía manso del todo, parecía un manso pregonado, con varios niveles de mansedumbre, aunque a veces algo bobones que seguían las telas a pesar de las nefastas lidias, pero con un elemento común, la absoluta ausencia de casta y unos andares de trote de acémila manchega que te hacía plantearte seriamente eso de la afición a esto de las corridas de toros. Viendo la corrida incluso el no entrar rebrincado a los capotes, ya nos parecía algo digno de festejos y fanfarrias, aunque el mulo seguía siendo mulo, eso no iba a cambiar. A veces parecía que se arrancaban al caballo con cierta alegría, siempre buceando en esos fondos fangosos de la torería moderna y del toro con trazas de charoles, para acabar liándose a cornadas con el peto, queriéndose quitar ese molesto palo y acto seguido salir a escape de aquel lugar tan inhóspito para los mansos de los señores Lozano.

Mansos, descastados, pero seguro que al nuevo Ferrera le valdrían para dar una lección de lo que es lidiar a un toro. Pues no, esta vez ha tocado el Ferrera pasota, el trotarruedos que va con el capote de aquí para allá sin conseguir ni tan siquiera fijar al animal a los engaños, el que no desiste de las banderillas, aunque paree con ventajas, despego y a la carrera, clavando a toro pasado, o apurado por la condición del toro, como fue en el cuarto, pero sin demostrar nada del otro mundo en el segundo tercio. Con la muleta se limitó a dar unos soberbios trapazos a su primero, aderezados con sublimes banderazos por ambos pitones, sin parar quieto un segundo. Su segundo era algo mejor para la muleta, pero él aún andaba con aquello del trapazo. Como no acababa de ver al del Cortijillo claro del todo, optó por eso tan torero y vulgar de ahogar la embestida y tirar del repertorio más puramente talanquenero, arrimón, trapazo por aquí, desplante por allá, te la enseño por este lado y te la saco por el otro, dos naturales con cierto temple, de lo que se arrepintió de inmediato y nada de toreo. Le dieron un aviso antes de pensarse eso de entrar a matar y su oponente aún no había sentido el peso del dominio y el poder del torero. Con el postrero bajonazo los hubo que hasta pensaban en que se le regalara una oreja, pero no llegó la cosa a tanto. No diré yo que el toro fuera bueno, Dios me libre, pero si lo que quieren es que vaya y venga y cuando sale no le hacen ni ir, ni venir, pues apañados estamos.

Urdiales ha sido el que más cerca ha estado del toreo. Ya se sabe de su fidelidad a lo clásico, del poder de su muleta, pero al igual que sus compañeros de terna, nada tenía preparado para luchar contra el molestísimo viento que se paseaba por las Ventas como si fuera la corriente de aire levantada por los coraceros imperiales. Recibió el riojano a su primero con unas verónicas rectificando, aunque fuera avanzando para los medios, pero en el momento del embroque echaba el pasito atrás sin disimulo. No logró hacerse con él, lo que propició que el animal se fuera suelto al caballo. Con la mano derecha tiró del toro con cierto mando, pero el querer alargar las series más allá del tercer muletazo le hizo que se emborronara su labor. Nada por el izquierdo y vuelta al pitón derecho, cuando el de los Lozano ya buscaba un poco más que en las primeras series. Urdiales lo tuvo que hacer todo él y sin decir que fuera una faena antológica, al menos hemos vuelto a ver torear. Bien es verdad que le costaba convencerse para dejar la muleta puesta y aguantar el viaje, pero cuando lo hizo fue cuando llegaron los mejores momentos. No creo que fuera la cosa para la oreja que pedía parte del público, especialmente si nos fijamos en la estocada caída. La diferencia era o cortar una oreja entre protestas o darse una vuelta al ruedo con el buen sabor que habían dejado algunos de los muletazos que se tragó el segundo de la corrida. En el quinto, un manso de banderillas negras, se le picó poco y mal en medio de un caos tremendo en el ruedo y lo que parecía que podría ser otra cosa tras el inicio de faena por bajo hasta ganar los medios, quedó en nada. El viento, las dudas, los arreones y el animal defendiéndose, fue el preludio a una estocada casi entera y tendida que el de Arnedo dejó con mucha habilidad.

Arturo Saldívar estuvo ausente, peleando contra esos ventarrones primaverales tan frecuentes en esta plaza, quizá incómodo dentro de este tarje goyesco, que tan poco atractivo resulta, especialmente para los que se lo tienen que enfundar por obligación, como monosabios o areneros, que más bien parece que fueron los últimos en la fila para recoger tan pintones ternos. Si el mexicano miraba al personal esa pinta, con ese aspecto que recordaba al de un alemán vestido de faralaes, sí, sí, un germano que podría llamarse Hans, por ejemplo, con bata de cola. Pues así se veían los ayudantes de los picas y los encargados de alisar el ruedo. Y si no tuviera Saldivar suficiente con esa esperpéntica imagen, le sale uno del Cortijillo frenándose y echando las manos por delante. Una lidia que no fue tal, sin tener al animal sujeto a las telas y la continuación de una labor muletera a base de trallazos y a capricho del toro, siguiéndole por toda la plaza con ese ánimo del “a ver si aquí” o “no, ¿mejor aquí?”. Pero al final no fue en ningún sitio. Al último cornalón no sabía si tenía que torearlo o posar con él para que les “arretratara” don Francisco, el de los toros, pero este andaba por ahí desesperado, según dicen, perdió la cabeza. Saldivar, con tal jaleo y desorientación, siguió con sus mantazos, sin pararse a pensar que igual con un poco de mando, el mulo entraría en la muleta. Pero con tan poco convencimiento, tanto banderazo y tanto baile de San Vito, no parecía posible que allí asomara el toreo.


Unas gotitas de Diego Urdiales fue todo lo que nos pudimos llevar a la boca, tras una sequía demasiado larga. Dejemos de lado otras consideraciones, no fue un toreo de éxtasis, de locura, ni tan siquiera mínimamente arrebatador, pero al menos nos hacía recordar lo que debía ser el toreo. No fue ni de oreja, ni día de gran triunfo. En otros momentos sería una tarde más, sin historia, pero en la que el aficionado habría salido diciendo que el riojano tuvo la mala suerte de encontrarse con unos mulos descastados que parecían haber sido desenganchados de un carro de leña un ratito antes. Ese mismo aficionado pensaría que Diego Urdiales es un torero, que intenta torear con fidelidad a sus principios y a los fundamentos de la tauromaquia. No fue tarde de gran triunfo, no pudo ser, no hubo orejas, qué más da, pero al menos hubo quién quiso ser torero.

martes, 22 de abril de 2014

Es bueno tener amigos hasta en Taurodelta

¡Eh, toro! Oui çe moi?


Me ha costado abrir la temporada taurina, pero después de no pensarlo ni un minuto, porque igual era peor pensárselo, me fui a la corrida del Domingo de Resurección. Una fecha marcada en el calendario por muchos aficionados como propicia para hacerse un viaje a Madrid para ir a los toros, lo que a algunos nos ha venido de perlas para encontrarse con amigos de otros punto de la geografía. Siempre son agradables estos encuentros, muy agradables, igual que lo es acordarse de otros que están lejos en kilómetros, pero muy cercanos, tanto que los hay que te escriben un texto en su blog y te dejan sin palabras, más los comentarios de otros o los que se te presentan en la grada para saludarte y animarte a seguir en el lío y que te dejan con los ojos como platos, pero con el ánimo por las nubes. Perdón por este pasaje personal, pero tenía que decirlo.

Si es que no hay como tener amigos, ya lo decía aquel. Que se lo digan al señor ganadero de Los Bayones, que le contratan una corrida y todo parece indicar que por no tener amigos en Taurodelta, o igual por tener algún enemigo en el triunvirato, vio como le echaban la corrida para atrás. Que ya resulta chocante que a alguien se le ocurra traer a este hierro a Madrid con los antecedentes de esta vacada en esta plaza, pero eso no justifica que se atropellen sus derechos, una vez cerrado el trato; tanto que hasta se anunció como cierta su presencia. Incluso hasta parece ser que se echaron para atrás algunas reses ya aprobadas en el pasado. Uno no acaba de entender lo acontecido, pero igual es que el señor Matilla no estaba muy dispuesto a ver eso de “Toros de la ganadería de los Bayones” en las paredes de las Ventas.

Pero no es este ganadero el único que necesita un amigo en Taurodelta y si no, que se lo pregunten al ganadero Gerardo Ortega, siempre tan leal al poder taurino, pero que en esta ocasión se le coló por la derecha un encierro de Gavira. Aunque no parece que fuera que uno es más amigo que el otro, más bien parece que la cuestión fue cuestión de dineros, ya se sabe. Uno que según comentaba en el apartado podía ser la última vez que viniera a Madrid con una corrida de toros y el otro que vio como volvían para Huelva sus toros, sin que tan siquiera se hubieran bajado del camión para estirar las patas. Total que al final saltaron al ruedo seis ejemplares más dispares que una orquesta de sordos, que evidenciaban el origen de aquella corrida, la limpia de cercados de la Ganadería de Gavira. Una espléndida mansada, descastada y que pretendían esconder su flojera y tipo de vaca de Milka detrás de unas encornaduras escandalosas, como si fueran los renos de Papá Noel. Habrá quién quiera ver en eso trapío, pero para mí, el trapío es otra cosa; igual que no lo es un buey de 600 o 700 kilos si no tienen más que peso, tampoco lo es un ciervo con cuerpo de vaya usted a saber qué. El primero y el último es verdad que eran otra cosa, pero que tampoco nos creamos que fueran para esculpirlos en mármol.

Los tres espadas también contarán con amigos en Taurodelta, sobre todo el bueno de Antonio Nazare, del que se empeñan algunos en decir que es artista y que él mismo pelea por contradecirlos. No me voy a extender sobre lo ocurrido durante esta corrida del Domingo de Resurección, porque para ser la primera de mi temporada, con los motores aún sin afinar y la vista sin tenerla adaptada a las contorsiones y lejanías, uno ya ha hecho su esfuerzo intentando recordar lo que pasó en el ruedo. Allí donde Curro Díaz iba a deleitarnos con sus chispazos de arte y gracia que tienen los elegidos, pero que él parece haberse dejado olvidado en un taxi, para parecer uno más. Uno más que da pases insustanciales, despegados, abusando del pico de la muleta y descargando la suerte, uno más que no manda jamás en las embestidas de sus toros, uno más que se desentiende de la lidia y no es capaz de fijar al animal en los capotes, uno más que empieza a no merecer que sus seguidores recorran una montonada de kilómetros para verle en Madrid. Eso sí, el sablazo que pegó a su primero envainando la espada por el pellejo fue para contarlo, pero para pensarse otra vez eso de coger el coche para apoyar a Curro.


Morenito de Aranda tiene ese toque de artista, sin ser excesivamente pinturero, y ese halo de torero castellano que hace años ayudaba a identificarlos solo con verles coger el capote, pero le falta el acabar de convencer y el convencerse a si mismo. Igual es un punto de vista demasiado optimista y benévolo con el burgalés, pero esa es mi sensación. La misma que se diluye cuando se le ve deambular por el ruedo al son que le marca el toro. Pases sueltos de uno en uno, acompañando, que no dominando, con eso que dicen ahora de “componiendo”, pero no toreando. Bien es verdad que aparte de tener que pechar con los mulos de Gavira, también tuvo que pelearse con el viento de Madrid, que aparte de continuado, era frío como la m… Echemos la culpa de los enganchones al aire, que puede ser excusa, pero no sirve como tal. Igual que no debe consagrar a Antonio Nazare una faena con dos tandas de naturales retorcidos en los que toro y torero iban cada uno a su ritmo. Un prodigio del toreo moderno, sin saber cuál era su sitio durante la lidia, sin preocuparse de lo que ocurría hasta el momento de coger la muleta y con una disposición bárbara a llegar a los mil muletazos en una tarde. Y si esto no es posible, pues a pegarse el arrimón, eso tan eficaz para que uno se arranque a dar palmas él solito, como si fuera el único al que le ha iluminado la gracia del torero, para acabar siendo secundado por los demás al que el pionero de los aplausos ha abierto los ojos. Es lo que hay y puede que sea una muestra de lo que se nos viene encima, que luego uno escucha las conversaciones de algunos y le entra un ataque de depresión profunda, creyendo que no se ha enterado de nada, que ha tenido delante a la reencarnación de Chicuelo, Domingo Ortega y Manolo Vázquez y no se ha enterado. Y no digo de Belmonte y Gallito, porque esa reencarnación ya tiene dueño. Ese que tiene amigos por doquier y que pasado el tiempo, igual hasta los tiene también en Taurodelta, pero de esto de las reencarnaciones ya hablaremos otro día, que la cosa requiere que se reflexione sobre ello.

lunes, 25 de marzo de 2013

La vaca del aguardiente

A Urdiales quizá le habría ido mejor con la vaca del Aguardiente y no con los mulos de Torrestrella y Torrealta



Ya empezó la temporada de toros en Madrid, aunque ruego me perdonen, pues no me gustaría inducir a engaño; dicho así, alguien podría pensarse que de aquí a octubre no pararán de salir toros de lidia con bellas láminas, comportamientos de bravos, encastados y que exijan tener delante a un matador que sepa cómo salir con bien del compromiso que se supone que es Las Ventas y el toro que en las viejas historias se contaba que salía por toriles.

Así que volveré a empezar, tal y lo exige la terminología actual: “Ya ha comenzado la preferia de las Ventas, a la que seguirá el ciclo de novilladas preferiantes, luego la feria de la feria, la de rejones interferias, la feria del Jarte y la Kultura, la postferia, los ciclos de saldos novilleriles, la miniferias diferida de la Paloma, más ciclos, la preferia de Otoño, la postferia de Otoño y el final de este atareado año, que antes simplemente se llamaba la temporada.

Se anunciaba un encierro Torrestrella, muy en tipo, no se sabe de qué, pero muy en tipo. Tan dispares eran entre sí, que podían estar en tipo Veragua apretado, caballuno agalgado de patas largas, el mostrenco de Torrealta y un último que podía ser Núñez o todo lo contrario, destacando sobre todos ese tercero que parecía más una vaca vieja, sin tanto pitón, grandón y al que le hacían juego un montón de mocetones haciéndole cucamonas y toreándole con la rebequita de la novia. Pero cómo la tarde no estaba para quitar la rebequita a nadie, so pena de recibir un sopapo con la mano abierta en plena jeta, pues se dejó que el matador de turno intentara suplir la ausencia del mocerío del lugar.

Abría plaza y temporada el riojano Diego Urdiales, un torero al que siempre se le espera y al que se desea que le salga un toro con fuerzas, con buenas o malas ideas, pero que no se caiga. Quizás sea la única manera de ver a Urdiales en toda su pureza. Ante el jabonero de inicio, ese que hasta a una niña de diez años le hizo exclamar ¡Qué pequeño!, ya al tercer capotazo dio muestras de flojedad. Fue al caballo al paso, sin colocar en la primera vara, dejándose dar, aunque muy poco, estando más cerca de la simulación que de ejecutarla suerte con verdad. Allí se quedaba el animalito debajo del peto, sin que se planteara ni de lejos apretar. Un tanto parado por el pitón derecho, luego se arrancaba en sosas oleadas destempladas. Urdiales lo intentó primero por el derecho, se quedaba, al natural, con la molestia el viento, De nuevo se echó la muleta a la derecha, para comprobar que se revolvía cada vez antes, hasta que definitivamente se paró. En el grandullón segundo de Torrealta tardó en hacerse con él. Muy suelto y sin que nadie fuera capaz de fijarlo, fue como una flecha a por el caballo de puerta que acababa de salir, para mandar a caballo y jinete contra el suelo. Ya en el de tanda, fue al relance, para empujar mientras le tapaban la salida y le dieran de lo lindo para quitarle esos humos de mantón de barrio. Antes del inicio de la faena de muleta estaba bastante peligroso. Tras un tímido inicio por bajo, las tandas de Urdiales eran cortas, con buena colocación y queriendo hacer las cosas con verdad a este pegajoso zamacuco de Torrealta. Derechazos y naturales arrancados a fuerza de tesón, pero que no fueron tenidos luego en cuenta, precisamente por alargar en exceso su labor, con la consiguiente desesperación del respetable. Una media que no valió para que el toro doblara con rapidez, varios descabellos y dos avisos, hasta que al final cayó el geniudo grandullón que hizo cuarto.

El salmantino Eduardo Gallo fue el único que mató los dos toros de la ganadería anunciada, de Torrestrella. ¡Qué suerte! A su primero le recibió aseadito la verónica, con quietud, moviendo bien los brazos y ganando terreno hacia afuera. Animado intentó el lucimiento con un galleo para llevar el toro al caballo, pero quizá afeara su quehacer el que él iba por aquí y el toro por allí a lo lejos. Era una mezcla de toreo de salón sin toro, retirada sin perder los papeles y cómo un toro despistado buscaba un trapo al que hacer caso. Picotazo muy trasero, para seguir tapándole la salida y sin apretar, mientra el toro se mantenía paralelo al peto. En este primer encuentro se arrancó cuando más lejos tenía a jinete y cabalgadura, sorprendiendo al señor de la vara. La segunda vez éste ya estaba avisado y pudo casi simplemente señalar el puyazo, después de que el Torrestrella se arrancara hasta con cierta alegría. La pena era que no se le pudo casi picar. Gallo empezó con la muleta pasándoselo a cierta distancia, sin perder demasiado la compostura, derechito, pero llevándolo por allí lejos. Enganchones, separadito, soso, pero jaleado por el público ávido de toros y con ganas de divertirse, que así debe ser la cosa en las preferias, pero como uno no tiene costumbre, se cree que todas las corridas de toros deben mantener la misma exigencia. Derechazos acompañando, piquito de la muleta y la pierna de salida escondida descaradamente, pero sólo a partir del segundo muletazo, en el primero lo disimulaba un poquito más. Cita algo más fuera del hilo del pitón, lo que no le ayuda demasiado. Quizá un pelín más adelante, sin necesidad de cruzarse, fíjense lo que son las cosas, el toro le habría ayudado más y la faena también habría ganado en calidad. Pases escupiendo al toro y de cierre una variadísima sesión de inversos y trapazos que encenderían al más exigente público de cualquier plaza de tercera, incluso hasta de muchas de segunda. Pero en Madrid, aunque fuera en preferia, no sólo no gusta, sino que hasta hay quien se lo toma a mal, será porque no traga con tanta vulgaridad. En el que hizo quinto, la lidia se ausentó por motivos personales, y para escenificar el jaleo que había en el ruedo, tras el primer picotazo en el caballo el toro se llevó enganchada la puya. El que quiera que venga a quitármela, debía pensar el de Torrestrella. Otro picotazo leve y el animalito se derrumbaba cuando se batía en retirada, allá sobre las rayas del tercio. Quite por chicuelitas de Nazaré, una aquí, la otra, espera que voy allí, otra por el otro lado, pareciendo más una capa que busca al toro dónde sea para sacudirle un mantazo en toda regla. Desmelenado responde Gallo con un jaleado quite entre a la verónica, por navarras y delantales, pero todo al mismo tiempo, para cerrar con una buena media. Tras dos buenos pares de Domingo Siro, el charro cogió la muleta para empezar con derechazos escupiendo al toro de la suerte, muy soso y desangelado, teniendo que recolocarse a cada pase. El toro parado y defendiéndose imposibilitaba cualquier intento de crear arte.

Y cerraba Antonio Nazaré, una de las esperanzas de la afición hispalense y que algunos habían pedido verle aquí en Madrid. ¡Qué mala suerte! Le tocó la vaca del aguardiente, ese pseudo equino, pseudo vacuno, que con tanto pseudo se quedó en adefesio taurino. En el caballo primero se dejó sin más, para cabecear el peto en el segundo encuentro. Con la muleta, tras los tres primeros trapazos casi echa mano al matador, que resolvió con una faena plena de contorsiones y retorcimientos propios del toreo moderno. Tampoco es para ponerse exquisito oiga, que estamos en preferia, ¿o eso no tiene nada que ver? Es que uno no acaba de aclararse muy bien con esto. Naturales con la muleta torcidísima, dados de uno en uno. Estocada entera desprendida, ejecutada de esa forma en la que el brazo parece escayolado, sin moverlo y sin meter la mano, sin una buena ejecución de la suerte, pero como el acero entró, todos felices. Al segundo de Torrealta, el que hizo sexto, le costó llevarlo al caballo. En la primera vara se quería quitar el palo y en la segunda corneaba al caballo, mientras el maestro andaba por allí, de lejos, cómo un bulto sospechoso, si no fuera porque iba de luces. Estaría pensando la gran faena que iba a regalarnos para acabar, aunque no fue más allá de los retorcimientos y la falta de colocación, mientras el animal iba a su aire buscando una compañía que le resultara menos pesada. Con los aceros se hizo un verdadero lío, pinchazos, picotazos con el descabello, y la gente deseando marcharse para casa a tomarse algo calentito y a refugiarse de la rasca que hacía en la plaza de Las Ventas. Que si hubiera habido tapadera, igual la cosa habría sido mejor, pero no para gradas y andanadas, que solo oiríamos el jaleo de los bieeeeen a los trapazos y nos habríamos pensado que nos estábamos perdiendo algo grande. Pero no. Ya pasó el invierno y llegada la primavera hemos podido comprobar cómo los señores de Taurodelta, socios fundadores y adosados, siguen fieles a su filosofía de trabajo: “Rescatemos del campo a todo lo que nadie quiere, lo más infame, lo más descastado, lo menos en tipo, lo que ha fracasado en todas partes, comprando las corridas de erales, añojos, o antes de cogerlas del árbol”. Que lo mismo hay suerte y una de estas, viene con sorpresa y nos toca “la Vaca del Aguardiente”.

domingo, 8 de abril de 2012

50 años es un mundo y más si es en la plaza de Madrid


Juan Belmonte García


Hoy se cumplían 50 años de la muerte de don Juan Belmonte García, el Pasmo de Triana, el revolucionario del toreo, aquel que recomendaban que se fuera a ver con urgencia, no fuera a ser que no se llegara a tiempo y que un toro se le llevara por delante. Pero no, Belmonte fue dueño del toreo, de su vida y lo fue hasta de su muerte. Es lo que tienen los genios, el poder decidir sobre lo importante. Y fue aquel 8 de abril cuando decidió la fecha que pondría fin a su biografía.

Hace cinco décadas no había AVE, ni telefonía móvil, ni Facebook, ni Internet, ni Goldman Sachs, ni euro, ni Unión Europea, ni unos especuladores sin conciencia capaces de empobrecer al mundo entero con tal de tener unos milloncejos de más en un paraíso fiscal. Pero lo que sí había era una vida un poco más sosegada, vecinos con quien tomar el fresco por la noche, Reina por un día, Casa de Fieras en Madrid, niños jugando en la calle, niños jugando al toro e incluso toros y toreros. Todo esto hace 50 años.

Qué tiempos; era cuando en la Plaza de Madrid anunciaban una corrida de toros el Domingo de Resurección, una corrida que sería lidiada y matada a estoque por unos toreros. Lo que ha cambiado esto. Hoy, 50 años después, anuncian lo mismo, pero la realidad no tiene nada que ver con el anuncio. Pero cuando digo nada, es nada. Y si les dicen lo contrario, no se lo crean. Lo que ha pasado en las Ventas este 8 de abril es otra cosa, aunque algunos se pongan cabezones en que nos creamos que allí se celebraba una corrida de toros.

Empezó el espectáculo con un minuto de silencio en memoria de don Juan Belmonte y entre tanto recogimiento alguien ha gritado ¡Viva Joselito el Gallo! No creo que fuera ni por molestar, ni que fuera un antiguo partidario del de Gelves al que se le ha removido el alma. Más me inclino que la responsabilidad del alarido debe achacarse o a la ignorancia o al Don Simón. En cualquier caso, las dos cosas hacen envalentonarse al ser humano. Corrida de don José Luis Pereda con dispar presencia. Alguno aparentaba trapío, otro lo pretendía aparentar con un exceso de kilos y otros ni por esas, parecían más el toro mexicano, con plátanos por pitones o incluso alguno parecía el adelanto de la novillada del domingo que viene.

Los de Pereda han salido flojiiitos, flojitos, necesitando algunos de ellos de andador para poder circular por el ruedo, y el más fortachón el tercero, se ha salvado de la quema gracias a su mansedumbre. Y me explico, no vaya a pensar nadie que haya que jalear a los mansos. Ha aguantado porque no se empleaba en las embestidas y con ello se ha ahorrado los esfuerzos de buscar la muleta con celo y de empujar en el caballo sin rehuir la pelea. Los demás a nada que apretara el viento se venían abajo y no sé si el más afectado por la ventolera ha podido ser el quinto. El pobre empujo con fijeza en el caballo, donde le barrenaron e hicieron la carioca. y unas veces se tambaleaba y otras buscaba el andador o un brazo amigo en el que recostarse. Pero vamos, que si van a la feria, entre los seis no consiguen hacer sonar la campanita del Putching ball.

En cuanto a los matadores, pocas tardes habrá sido más cariñosa que la de hoy. Dos confirmaciones con abrazos y carantoñas y otro tanto en la devolución de trastos. Encabezaba el cartel José Pedro Prados, El Fundi, al que muchos considseran un maestro. Allá cada cual con sus creencias. Total, eso no hace daño a nadie. Yo espero encontrarme cara a cara con los Reyes Magos todos los 6 de enero y tampoco hago daño a nadie. A su manso primero lo recibió con mucho baile con el capote y hasta con ciertas precauciones en un momento dado. Trallazos y pico con la muleta, exentos de temple, arte y torería; estiramientos, carreritas para recolocarse y banderazos de pecho para abrochar cada tanda. Tandas bien, bien cerradas, con más de uno de pecho. Al natural más de lo mismo: Faena en los medios, de las que he podido rescatar un derechazo y un natural aceptables, en los que además no sacaba el culo de fea manera. Una casi entera desprendida mientras perdía la muleta al poner en práctica esa suerte del “busca, busca, busca”. Y orejita. Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Pues nada. Aunque solo sea como premio a la honradez, pues vale. Así ya nos consolamos del regalito presidencial. En el siguiente incluso calló esas bocas que hablan de buen lidiador, y permitió que el caos se hiciera el amo durante la lidia. Luego más pico, más trallazos, más maderazos, sin temple, un desarme y para cerrar un bajonazo tripero digno de un casquero.

De los confirmantes, se echó por delante Víctor Barrio, esperando recoger el cetro del toreo de Victoriano de la Serna o Andrés Hernando, pero de momento parece que no tiene sitio en casa para ponerlo ni encima de la tele. Soso, aburrido, sin mando, dejando que el toro se fuera adueñando de la situación y el matador solo se dio cuenta de ello cuando ya estaba colgado de un pitón del de Pereda. Se cruzaba en el primer pase, pues era la única manera de que el castaño se arrancar, pero a partir del segundo pase ya escondía la pierna de salida y se ponía perfilero hasta la desesperación. Quiso echar mano del repertorio favorito de doña vulgaridad que en ocasiones surte efecto en otras plazas de talanqueras, pero hoy no ha sido así en la de Madrid. Para contar su labor en el sexto, podría repetir lo dicho como si fuera el estribillo de una sevillana, pero poniendo que acabó de bajonazo casi envainado y destacando el tercio de banderillas protagonizado por Miguel Martín y Miguel Zayas.

El último en esta amable tarde de abrazos y parabienes ha sido Jonathan “Juan del Álamo”, otro aspirante a cargar con la púrpura del toreo salmantino. Qué cosas, hace cincuenta años El Viti exigía este derecho y lo ganaba de forma indiscutible y unas décadas después no se lo cree ni el propio del Álamo. Lo más destacable pueden ser las verónicas de recibo, sosas, con paso atrás, pero ganando terreno hacia los medios; algo es algo ¿no? Luego trapazos con la muleta abusando del pico, carreras para recolocarse y trallazos mientras se recorría el ruedo a voluntad del toro. Muy vulgar, con recursos más efectivos en otros ruedos que no en el de Madrid, mitin con la espada incluido, apuntando siempre en los bajos. En el cuarto se permitió el lujo de gustarse, pero sin caer en la cuenta de que era el único al le satisfacía su labor. Muletazos acompañando y sin mandar mientras tiraba del toro con el pico. Retorcimientos haciendo que remataba los pases sin rematarlos, más bien echando al toro para afuera. Otro show para honrar a la diosa vulgaridad y bajonazo infame y traicionero.

¡Hay el tiempo! Lo que dan de si 50 años. Aquel 8 de abril en el que Juan Belmonte decidió ir al encuentro de su querido José, en la novillada de Las Ventas se anunciaban los toros de Flores Albarrán, para Luis Alviz, El Espontáneo y Antonio Medina. ¿Y qué recordamos de aquel festejo? Pues a lo mejor lo mismo que recordarán de este en el primer centenario del fallecimiento del Pasmo de Triana.

lunes, 2 de abril de 2012

Domingo de Ramos, sopapo en toda la jeta


Los Jandilla, ideales para una barbacoa, pero no para una corrida de toros

Menudo sopapo que nos hemos llevado los que hemos acudido a la primera corrida de toros de la nueva temporada de la plaza de Madrid. En el metro y autobuses que partían de Ventas y en los alrededores de la plaza se conocía en seguida a los taurinos por llevar una mano tapándose la cara. La cosa no estaba para dejarla al aire. Con la ilusión que iba la gente a la plaza. Con los dos matadores que más gustaron en el pasado año y en los comienzos de este, pero… ¡Ay! ese pero, el pero de siempre. Lo que no puede ser es anunciarse con una corrida de Jandilla. Con una presencia en algunos casos muy justita, pasados de kilos, contradiciendo esa máxima de que los toros no deben sobrepasar los 525 o 530 kg. Pero el señor ganadero esto se lo ha pasado por el forro.
Mansos, blandos, descastados, algunos inválidos y de una nobleza rayana en la bobonería. Entre todos no se podríamos juntar un correcto tercio de varas. El que mejor ha cubierto las apariencias ha sido el tercero, que pareció que empujaba fijo, aunque sin fuerza, pero que a la primera escaramuza salió pidiendo socorro y en el segundo encuentro con el caballo cabeceó el peto sin pudor alguno. El castigo que recibieron casi se puede reducir a un “¡te voy a…”! pero luego nada, ni una colleja. Tras esa “dura” pelea en el caballo, en banderillas se dolieron como y se retorcieron por las molestias de los palos de colores. En la muleta algunos iban y venían, pero con una sosería. Ha resultado más encastado el molesto viento que los chicos de Jandilla.
Abría la tarde Iván Fandiño y sin dudarlo se fue a la puerta de toriles a recibir al primero con unas destempladas gaoneras apartándose. Luego un quite por chicuelinas trapaceras, en las que ponía más interés que en estar bien colocado durante el tercio de varas. Ya se sabe. Lo importante de esta Tauromaquia 2.0 son los pases, el resto, como la lidia, los terrenos o poner el toro en suerte y no soltárselo a la acorazada montada al relance, son naderías sin importancia. Inició la faena con unos banderazos a una mano y a pies juntos. Ya ha quedado claro lo inconveniente del viento, pero eso no tiene nada que ver en que el vasco retrasara la pierna y se retorciera como una ostra con limón. Mucho mantazo al soso primero, sin poder cogerle el sitio al natural, sin mando, para acabar con una casi entera y trasera. En su segundo, Fandiño siguió en la misma línea al mansote y descastado Jandilla; más mantazos, más trapazos, más aburrimiento y paseos por el ruedo y sin vender una escoba. Quizás fue en el quinto donde el espada se encontró más a si mismo, al torero peleón que asusta al miedo. Pero el mulo que le tocó en suerte no estaba por ayudar y le faltó la casta y ganas de pelea de su oponente. Con este material, tanto los mantazos de recibo, como las tafalleras en un quite, lucieron bastante menos de lo deseado. Empezó por el pitón derecho, intercalando algún pase más que aceptable, con otros que decían poco o menos. El animal se tragaba tres y el de pecho, porque en el cuarto ya decía que nanay, que no bailaba ni él, ni su prima. No se puede decir que el torero se cruzara, el punto estaba al hilo del pitón, porque bastaba que se quedara un dedo más en la pala para que el mulo no diera un paso. Por el izquierdo ni uno, ni dos ni tres; además de que se le acortaron demasiado las distancias, se defendía. Vuelta a los orígenes cambiando de mano, pero ya no había nada que hacer, el pozo ya se había secado. Ni las manoletinas animaron ni al de negro, ni al de luces, ni al personal. Parecía que el ambiente era propicio para cortar una oreja y como en otras ocasiones, Fandiño se tiró a matar, aunque sin la épica de otras tardes, para cobrar una estocada trasera, soltando la muleta. Ya son demasiadas las oportunidades en las que pierde la muleta al ejecutar la suerte suprema, dándose la coincidencia de que esto sucede cuando asoma algún trofeo en el horizonte. Esto puede hacer pensar a más de uno que tal circunstancia sea más abusar de un vicio, que un accidente propio de la lidia.
No se puede decir categóricamente que Iván Fandiño haya bajado su cartel en Madrid, pero lo que sí es cierto es que ha quedado demostrado que él necesita del toro. No es un artista fino y pinturero, así que su camino parece apuntar hacia la lucha con el toro de verdad; lo que no quiere decir que tenga que mejorar en cuanto a su capacidad lidiadora, porque torear no es solo aguantar delante del toro a ver si me coge o no me coge. También hay que saber poner sobre la mesa los recursos que todo buen lidiador tiene que llevar siempre en el esportón, por lo que pudiera pasar.
El otro espada, David Mora, a mi me ha aclarado bastantes de las dudas que me levantaba el de Borox. Intentó el toreo a la verónica, siempre echando la pierna atrás, cuando no dando un pasito para aliviarse. Decidido a ofrecer variedad, a su primero lo quiso llevar al caballo con un garboso galleo, pero ni fue garboso, ni fue galleo. El torero iba por un lado y el toro por otro, pero siempre a una distancia prudencial. Se retorció en demasía con la muleta, muy a la moda del momento, aunque con cierto temple. AL natural se limitó a dar medios pases y todos, tanto con una como con otra mano, dándolos de uno en uno, teniendo que rectificar los terrenos a cada momento. En su siguiente, más variedad con el capote; en este caso unas chicuelinas apartándose y dándole la salida antes de que el toro llegara a jurisdicción. Empezó la faena citando de lejos, pero sin mandar nunca en la embestida y hasta escupiendo al toro de la suerte. Un conato de arrimón y poco más, mientras el público se empezaba a desesperar con tanto afán por hacerle faena a un zambombo sin fuerzas. En el sexto tuvo un inicio de faena un tanto ratonero entre retorcimientos y siempre dejando atrás la pierna de salida. Pico, enganchones y muchos pases, que no es lo mismo que torear. Aburrido, pesado y desesperante. Entera caída para cerrar una tarde en la que nunca mató arriba y lo que es peor, en la que parece que ha empezado a dejar claras sus intenciones de querer subirse al carro de la Tauromaquia 2.0 y a ver si con un poco de suerte suple a algún compañero del G-10 o éste se amplía al G-11.
Tarde aburrida y decepcionante, en la que los toros de Jandilla tuvieron mucha culpa del chasco, pero no hay que perder de vista las intenciones que han dejado ver los dos matadores, uno que parece querer ser el protagonista de Gladiator II, el corajudo, y el otro renovándose el pasaporte para viajar a la república independiente de las figuritas 2.0. Y mientras, los aficionados que se las prometían tan felices, tuvieron que irse corriendo a casa con la mano tapándose la cara, hasta poder ponerse hielo en la zona afectada por un sonoro sopapo en toda la jeta.

lunes, 22 de agosto de 2011

JMJ, el acto final en las Ventas

Ni peones, ni matadores, ni los de los refrescos han cuidado la lidia de los Coquillas


Qué gran tarde de toros, todo alegría, todo buen humor, todo felicidad. Ya suele ser habitual que los clarines y timbales sean saludados con un clamor y una apasionada ovación a cargo de los foráneos, transeúntes y eventuales de Madrid. Y si ya salen los alguacilillos, pues para que más. Pero “cucha”, que también sale un toro. Esto sí que es despedirse a gusto de las jornadas, y encima sin tener que aguantar al sol estoicamente. Pero que nadie se crea, que también hubo aficionados de los habituales. Yo conté entre uno y dos. Uno fijo, porque tuve el privilegio de charlar un buen rato con él antes de lo de las palmas peregrinas. El otro lo imagino. Malo habría de ser ¿no?

Alguien se preguntará que que pintábamos esta tarde de agosto en los toros; pues lo de los Coquillas. Que nos tiramos todo el año con lo de lo de Domecq, que si no hay más encastes, que si la variedad, que si pim, pam, pum, así que si los señores empresarios de Madrid van y nos cambian la película, pues habrá que ir. Pues bien, los que hemos ido nos hemos perdido el “Que tiempo tan feliz”, “El Peliculón”, “Cine de Barrio”, los documentales de la 2, el café y la siesta sin prisas y sin achuchar a la familia con la hora de la corrida.

Si algo hay que decir es que sí, que son algo distintos a los demás, con un pelín de casta más de lo habitual y ya, lo que no quiere decir que fueran encastados, para eso les falta mucho, pero mucho. Incluso el cuarto no ocultaba su aspiración a mulo. Entraban al caballo corneando el peto como unos desesperados, ¡Madre mía! cómo les picaba el palo. Y como hacían sonar el estribo; quizás eso era lo que animaba a los peregrinos a dar palmas acompasadas, para acompañar más que nada. Luego en banderillas esperaban, pegaban algún arreón, pero muy contado, uno o dos. Es que ni mansos peligrosos tan siquiera, por aquello de la emoción.

En la muleta supieron estar a la altura de sus matadores, mal, pero aún así han sido capaces de torear a sus lidiadores. Y perdón por utilizar este término, el de lidiador, que no es el correcto, de acuerdo, pero para entendernos creo que vale ¿no? Pedro Carrero estuvo por allí, trapazo va, trapazo viene y para postre, bajonazo haciendo guardia. En el cuarto, el mejor candidato a tirar de un carro, pues más de lo mismo, me pego un paseo por aquí, voy por allá y entre medias abanico al animalito negro.

Manuel Fernández, pues más de lo mismo. No sé si será que en la escuela no le enseñaron nada o que él se distraía en la última fila. Igual hasta soñaba con ser torero. Y para colmo en el quinto, un viento pretormentoso de lo más incómodo. Pero como no hay mal que por bien no venga, seguro que nos vale como excusa. Que alguien le recuerda lo del bajonazo, pues ya está, la culpa es que hacía mucho aire; que se perfila desde el metro de Ventas, pues el viento, que es de un incómodo.

Jesús Fernández ha sido el triunfador de la tarde, con permiso de los de la JMJ. En su primero se gustó, sacaba el culo, metía el pico, no sabía por donde se andaba, se quedaba descolocado y al descubierto y obligaba al novillo a toparle, trapazos, banderazos y todo el repertorio del novillero que quiere llegar, aunque no se sabe a donde quiere llegar; al hotel para darle a la play, a su casa para tomarse un Cola Cao calentito antes de acostarse, no está muy claro, pero quiere llegar. Y si no, solo hay que ver que por su cuenta y riesgo se puso a dar una vuelta al ruedo venteño. Él quería ir y tanto afán tenía, que era capaz de que le llamaran cara dura, con tal de ir a alguna parte. O igual buscaba a algún paisano de los que estaban por el 9 bajo. En el sexto pido perdón, pero después del sablazo que propino al Coquilla, me di media vuelta y eché a correr para que no me pillara la tormenta. ¿Mal aficionado? Pues sí, lo reconozco, pero no saben ustedes lo negro que estaba el cielo, casi tan negro como el porvenir de los tres chavales y del ganado que hoy han echado en Madrid. Antes se hablaba del picante de estos toros, pero el tabasco parece que se les ha disipado y se ha quedado en una suave salsa barbacoa, una de esas que no pican y saben dulces. Si yo tuviera que elegir entre esto lo de Domecq, creo que no tendría dudas, elegiría a María Teresa Campos, o a Carmen Sevilla, o a la momia de Tutmosis.

lunes, 8 de agosto de 2011

La corrida más triunfal de Frascuelo no ha sido la mejor

El toreo de otra época, del que ya quedan muy pocos testimonios


De los que la calurosa tarde de este domingo de julio se han pasado por la plaza de Las Ventas, muchos de los nacidos de los Pirineos para abajo iban a ver a Carlos Escolar Frascuelo, aparte de los paisanos de los dos chavales que completaban el cartel. Y algunos incluso pensábamos que podía ser la última vez que el madrileño saliera de luces a la arena de la calle de Alcalá. Puede que no haya nadie que no sepa de la debilidad de la afición de Madrid por este torero. Como es ya tradición, una vez acabado el paseíllo se le hace salir a saludar arropado por el calor de una cerrada ovación. Todo lo que venga después ya es un añadido; con la garantía de que lo que sea rebosará arte, torería y verdad. Y todos saldremos encantados camino de casa, saboreando el toreo añejo del maestro.

Nadie podía pedir más, Frascuelo ha cortado una oreja a un remiendo de la Dehesilla, en una tarde de toros que aunque no para tirar cohetes, sí que han permitido hacerles cosas y al tercero de la tarde casi se le podía invitar a ir a la piscina, siempre y cuando se le pusiese una muleta para seguirla. Bien es cierto que han manseado en diversas fases de la lidia, incluso alguno presentó ciertas complicaciones, pero nada que no curara una buena lidia, que es lo que sí se ha echado en falta en algunos momentos.

Como se ha dicho a Frascuelo no le faltó el cariño del respetable en ningún momento de la tarde, ya podía estar desconfiado con el capote y sin conseguir acoplarse con ninguno de sus dos oponentes, que si de repente forzaba la postura en una media, el público se le entregaba. Igual no estaba bien colocado en el primer tercio, quedándose junto al estribo derecho mientras el toro se encaraba dirección al peto o que el banderillero de turno encontraba alguna dificultad con los palos y no el apoyo del maestro, que todavía no había llegado a su sitio, que se le perdonaba y no se le afeaba esta circunstancia. A su primero se le lidió mal, mucho capotazo y el toro por el ruedo sin que nadie lo fijara. Con la muleta lo recogió con la torería de siempre por bajo, aunque no tan asentado como otras tardes. Algún derechazo estimable, mientras el toro no daba ninguna facilidad para salir de la querencia de las tablas. Le andaba por aquí, se dejaba ver, recogía la montera del suelo y con ella en la zurda, un saltito para alegrar al toro, le lanza el tocado y consigue que el de la Dehesilla se le venga al trapo. Pases más acompañando que mandando, otros dos con cierta calidad y siempre sin perder ese saber estar de los toreros que han alcanzado la madurez. Una única tanda de naturales, trincherazo y a matar con media estocada trasera. Una orejita, el alborozo de los más fieles, pero no era a lo que estábamos acostumbrados. El aficionado mandaba más el corazón que la cabeza, porque en caso contrario, seguro que no se habrían sacado los pañuelos. Será una tarde no tan afortunada como se esperaba, será que el tiempo pasa y ni los grandes maestros lo pueden detener, pues no lo sé. Lo que sí sé es que no me gustaría que don Carlos Escolar Frascuelo emborrone la imagen que algunos guardamos de él, un tesoro como si fuera el reloj con leontina del abuelo. En su segundo el toro ayudo aún menos y con un pinchazo y una media acabó la tarde en que al maestro le dejan venir a Madrid a encontrarse con su público. Al término de la corrida algunos esperábamos, no fuera a ser que alguien le saliera por detrás con unas tijeras, pero no, se confirmaba eso que dicen algunos de que el madrileño ha afirmado que nunca se cortará la coleta.

Acompañaban a Frascuelo, Andrés Palacios, que se encontró con la gran oportunidad de decir “aquí estoy”. A su primero, que ya escarbaba de salida, le recibió con unas verónicas aceptables al de Pereda, que se arrancaba al caballo con mucha prontitud, aunque bien es verdad que empujaba con la cara arriba, que solo recibió una vara y que se dolió en banderillas. Pero a pesar de todo esto y por ese misterio de la selección de los ganaderos de esta época, buscaba la muleta como un perrillo. El manchego le toreó por la derecha, templadito, pero sin mando, cambios de mano, pero sin acabar de meter al toro en el trapo, lento, pero alejado y sin acabar de ponerse en el sitio. Pinchazo, estocada y oreja ¡faltaría más! Aunque si alguien le quiere, seguro que le harán ver el verdadero valor de esa oreja, en una tarde “cariñosa” y de paisanaje. En el quinto la oportunidad ya ni la pintaban calva, ni era tan clara, el toro le echaba la cara arriba y Palacios no solo no intentó limar ese defecto, sino que se lo fomentó con solemnes banderazos. Y en el pecado llevó la penitencia, que llegó a la hora de matar. Tras seis arañazos con la espada, o pinchazos, no dudó en tomar el verduguillo, olvidando aquella máxima de que “se mata con la espada”. Pero eso eran cosas de los viejos, la tauromaquia moderna permite eso y lo que sea y si alguien no está de acuerdo, pues que baje él al ruedo. Es que ya no se a dónde vamos a llegar con estos indocumentados en las normas básicas de la tauromaquia 2.0.
El tercero, que salió el primero, fue Raúl Velasco, quien recibió rodilla en tierra a su primero. Luego anduvo un tanto desorientado sobre donde debía desarrollarse la lidia. Bien en los comienzos por abajo con la muleta, pero al erguirse le costaba no ponerse fuera en el cite. No es que descargara la suerte escandalosamente y haciendo alarde de ello, como las figuras más rutilantes, pero si que alargaba el brazo, se retorcía y se mantenía a prudencial distancia. Pasó un momento de peligro cierto al quedarse enganchado de los pitones del de la Dehesilla al entrar a matar, aunque afortunadamente todo quedó en un mal susto. En el sexto, de Pereda, quizás le pudieron las urgencias. El galleo para llevar el toro al caballo se le notó un pelín atropellado, no se le picó y con la muleta se limitó a repartir trapazos, poner posturas y cuando el toro se le quedó definitivamente, intentó aquello del arrimón y de las ratonerías efectistas.

Una tarde larga, con detalles de buen toreo a cargo de Frascuelo, pero sin la enjundia y el mando de otras fechas y aunque nadie le pidió que pusiera fin a una más que digna carrera torera, honesta y sincera como ninguna, más de uno lo esperaba, pero lo dicho, que según afirman algunos que lo han oído de boca del maestro, él nunca se cortará la coleta. Pues que sea para bien.

martes, 12 de julio de 2011

La novillería en las noches de Madrid

La ilusión de los novilleros.


Si un novillero quiere vivir una noche idílica con el público de Madrid no tiene nada más que anunciarse en una de las novilladas del mes de julio, esas que se denominan de “oportunidad”. No encontrarán un ambiente más afable, familiar y cariñoso en ningún otro momento. Los paisanos aprovechan para jalear al torero local, se puede sacar el pañuelo sin complejos y los habituales van con las mismas exigencias de siempre, pero parece que se hacen notar menos; será por el jet lag del cambio de hora de las corridas. Cuando deberíamos estar casi en el quinto de la tarde, aún no han salido ni los alguacilillos. Unos alguacilillos que se convierten en unos de los héroes de la noche, a juzgar por la algarabía que provoca su irrupción en el ruedo para dar inicio al festejo.

Llevamos dos novilladas de las cinco previstas y ya hemos podido contemplar las evoluciones de las figuras más rutilantes de la novillería del momento. El primer día los chavales se toparon con un encierro manso, flojo y descastado de Zacarías Moreno no apto para florituras y mucho menos para pensar en ponerse a enjaretarles series de derechazos interminables y sin mando. Justo lo que pretendían dos de las promesas más prometedoras del escalafón de promesas prometedoras, o sea Juan del Álamo y Víctor Barrio, en compañía de Luis Miguel Casares. La sensación que dejaron estos embriones de figuras fue que son fieles discípulos de sus mayores, incapaces de todo lo que no sea pegar pases, soberbios y despectivos ante las críticas y teniendo muy asimilado eso de que “si no te has puesto delante, no puedes juzgar”. Esta es nuestra novillería y nuestra futura torería.

La corrida no era para desplegar todo el arte del Prado y el Louvre juntos, a lo mejor no era casi ni para dar una vuelta al ruedo, pero ¡señores! De ahí a no colocarlo en el caballo, a no estar casi nunca colocados los lidiadores en su sitio, a no dejar ir pasando los tercios como si fueran trámites inútiles antes de la muleta, pues hay muchos matices de cómo se puede quedar bien. Son jóvenes y quizás aún puedan aprender que si un toro no va con claridad a la muleta, a lo mejor se le puede torear por bajo y prepararle para la muerte, que eso también es torear. Juan del Álamo no se sabe si va o viene, no se sabe si está sobrado o se ha quedado cortito, pero lo que no cabe duda es que está pasota. Víctor Barrio parece ya consagrado, aunque no se sabe de qué. Dejó atisbos de buen torero con un complicado Flor de Jara, pero con el bueno solo manifestó su afiliación a los postmodernistas del toreo; con esta novillada ya no dejó lugar a dudas. Sobre Luis Miguel Casares, aparte del coscorrón que se llevó, parece que se tiene que aplicar más y aprovechar el verano hincando los codos, porque así no pasa curso ni comprando al tribunal.

Pero no solo había neofiguras en la primera novillada, en la segunda, la de José Cruz, con sangre Domeqc en las venas que parecía más vino peleón, se anunciaba la sensación de San Isidro, Jiménez Fortes, que de una novillada en la que salimos pensando que era un torero interesante y al que había que volver a ver, nos devuelven a una figura en ciernes, con la alternativa ahí delante. Que frágil es la memoria de algunos. Bastan unos cuantos contratos y algunos billetes para que a un novillero se le olvide eso de echar la pierna para adelante, el cargar la suerte, poner la muleta plana y el rematar los pases. Es pasearse por esas plazas de Dios y te lo devuelven hecho un figurín con todos los vicios de sus mayores. Y para todo lo que le da la experiencia adquirida es para ponerse a menar el caballo de un lado a otro en el segundo tercio del cuarto de la tarde.

No es que aportara mucho más López Simón, torero que despertó las ilusiones de algunos por su verdad ante el novillo, pero que ya debe haberse comprado tantas fincas, que no le compensa pelearse con los de las patas negras. Cómo se puede estar tan apático en una plaza de toros con un capote o una muleta en las manos. Yo no digo que le dé un ataque de ansiedad, pero de ahí a casi pedirse un gin tonic para hacer más llevadera la tarde. Puede tener defectos y carencias, algo propio y muy lógico entre la novillería, pero qué menos que pedir ganas. Si no sienten el veneno de ser torero ahora, ¿para cuando lo dejan? Son chavales que no necesitan mozo de espada, precisan de un ayuda de cámara que se ocupa de cogerles el capote y la montera al entrar al callejón, que cuando el compañero está descabellando le avisan con el “¡Tres minutos y a escena!” ¡Qué poca afición! ¡Qué poco cariño a algo tan bonito! Luego no me extraña que veten toros, que monten la de María Santísima en los corrales de medio mundo y que además exijan que no se le hagan fotos a un toro (Un ejemplo de esto lo pueden leer en Hasta el Rabo todo es Toro, no tiene desperdicio).

Pero no todo fue tan malo en estas dos primeras tardes noches, nos quedaba lo de Conchi Ríos, pero ¡ojo! no nos volvamos más locos de lo que se volvió el respetable pañuelo en mano y el señor presidente concediendo orejas. De una torera a la que se le vieron detalles que nos devolvían las esperanzas en el futuro, hemos pasado a la consagración de una figura histórica ¿Dónde vamos a ir a parar? Vale que la chica tiene un mérito tremendo de no quitarse del cartel después de la cornada de Francia, vale que casi salió de la cama para vestirse de luces, pero no agobiemos a la chica. Dejemos que se haga, que aprenda lo mucho que le queda por aprender. Lo primero a serenarse y a no ir tan acelerada, que como ya decía, eso es propio de la novillería y se va corrigiendo con el tiempo. Pero tendrá que asimilar lo de cruzarse, lo de no retorcerse, lo de evitar el pico, el toreo en línea recta, los estiramientos innecesarios que afean la figura y a que los toros hay que matarlos antes de los diez minutos, de los trece si las cosas se tuercen o de los quince, para no perder la honra torera, sin tener que depender de la benevolencia del usía. Sorprendió Conchi Ríos al recibir a su primero con unas verónicas muy firme, aunque no demasiado ajustadas y luego con algunos naturales en los que el toro le exigía una muy buena colocación, que le presentaran la muleta plana y que le remataran el pase detrás de la cadera. No fueron muchos la verdad, pero al menos hubo alguno. Una estocada recibiendo, o esa parecía ser la intención, pero que no es para hacernos perder la cabeza, ni para pedir orejas como si no valieran, ni para encumbrar a nadie al Olimpo torero. Dejémosla tranquila y esperemos que aprenda la verdad del toreo y que no se deje deslumbrar por el oropel de la pantomima imperante y que no vuele para apuntarse al medio toro, y a las medias corridas y que nunca tengamos que oírla decir que quien no se ha puesto no puede opinar de esto, ni que Madrid no la entiende, ni que el “profe” la tiene manía. Pero hasta entonces, paciencia, seriedad y afición, mucha afición.

lunes, 23 de agosto de 2010

Las Ventas. No era para andarse con alegrías


Algunos esperábamos que llegara el domingo para ver a los del Conde de la Maza y otros estarán deseando olvidar este domingo, al conde, a la maza y a todos los pupilos de este noble señor. Unos con una presencia impresionante y otros que parecían más una sardina escurrida que un toro, pero con unas intenciones como para no fiarse. Quizás primero y segundo fueron lo menos arisco de la tarde. Eran toros para estar muy atentos, como así lo estuvo Luis Miguel Encabo, muy pendiente de la lidia en todo momento, pero sin aspavientos y sin estar pensando en la galería.

El madrileño estuvo toda la tarde con muy buenas intenciones, aunque otra cosa es que fuera el mejor de sus días. En su primero, segundo de la corrida, que como todos sus colegas, entró al caballo echando la cara arriba, le intentó hacer las cosas de acuerdo a los cánones clásicos. Puso banderillas por los dos pitones, lo que ya es de agradecer y destacar, y le toreó, despegado, intentando rematar atrás el lance. Quizás le faltó templar más la violencia de la embestida del toro. Lució más una segunda tanda de derechazos por ofrecer más calma y despaciosidad. La que sí tuvo en la única tanda por el izquierdo, aunque sin esa virtud de querer rematar los lances. Fue una faena en la se pudieron apreciar detalles, como el inicio a dos manos por alto y los remates por bajo para terminar y un cambio de mano. El borrón fue la estocada, más de media caída y atravesada. Dio la vuelta al ruedo que no se pude censurar, pero tampoco aplaudir. En su segundo saltaron por los aires todos los galones de lidiador, gracias a un manso al que no había quien sujetara y que se arrancaba a todo lo que se moviera por los toriles y sus aledaños. Esto sembró el desconcierto entre las cuadrillas y lo mismo había un arreón por aquí al picador según salía al ruedo, como un tropezón con los dos caballos juntitos, uno en auxilio del otro. Quizás Encabo debería haber retomado ese concepto de lidiador antiguo y haberle propinado un macheteo por abajo, para que el manso fuera espabilando. El peligro que desarrollaba, con la cara arriba y revolviéndose muy rápido, no aconsejaban ponerse bonito. No obstante, si el complutense viene de esta forma, a mí no me importaría verlo más tardes. Encabo volvió a querer ser ese torero serio y clásico, olvidando el verbeneo de las banderillas a la carrera y los trapazos en busca de la orejita. Por lo menos se le vio intención.

A quien no se le apreció esta intención, ni se sabe si la tenía, era al mexicano Alejandro Amaya que demostró no estar para fiestas con tanta animación. Bien es verdad que con él empezó la mansada descarada, pero también es cierto que no enseñó ningún recurso para poder a este tipo de toro. Se limitó a estar a merced de los dos del conde. El primero con leña para hacer una falla y el segundo con más aspecto de cabra que de toro. Otra cosa son las ideas de la cabra. Si un toro muestra dificultades, lo que no se puede hacer es darle banderazos levantando la mano, lo que le faltaba a la joya que a cada momento quería pinchar la luna. Y en su segundo más de lo mismo. El toro pedía mando y el azteca andaba por allí viendo como se quitaba de encima ese vendaval de achuchones nada cariñosos.

Casi podría aplicársele lo mismo a Javier Solís que venía con la idea preconcebida de las normas del toreo moderno. Pero la cosa no estaba ni para dar muchos pases, ni para andarse media hora deambulando por el ruedo. Sin prestar demasiada atención a la lidia y esperando sólo el momento de la muleta, permitió que su primero quedara muy crudo. Lo recibió con pases por delante y por detrás en el centro del ruedo, citando desde lejos, pero, no se sabe si por lo molesto del viento o por los consejos desde la grada, cerró al toro y ahí se acabó todo. Éste se paró como si fuera de mármol y no tiraba ni para adentro, ni para afuera. Uno, dos pases sueltos, que alegraron a los catorce paisanos que le acompañaron desde Badajoz y poco más, porque el segundo, igualmente mal picado, más distraído y esperando, no quería meter la cabeza ni dentro de una corona.

Por supuesto que tengo que reconocer el mérito a los tres espadas que se enfrentaron a la corrida del Conde de la Maza, pero ellos, sobre todo Javier Solís y Alejandro Amaya, también tendrán que aceptar que no estuvieron a la altura. Ha sido una tarde que podría haber sido muy diferente si los de oro se hubieran decidido a lidiar y a pelearse con los toros, lo que no quiere decir que se les pidan muchos pases, arrimones y demás alardes del toreo postmoderno. Yo me habría conformado con que se les hubiera picado lo que demandaban, que se les hubiera banderilleado con eficacia, y si las faenas se hubieran ceñido a pases por bajo y macheteos poderosos, pues a lo mejor hasta habría pedido orejas. Eso sí, también me gustaría ver a más toreros con este tipo de ganado. Ese eterno deseo que no verán nuestros ojos mortales.

domingo, 15 de agosto de 2010

La maldición de la gitana



Siempre hacen referencia las lenguas expertas del toreo a aquella maldición que una gitana le lanzó a un torero de postín y demasiado rácano a la hora de pagar la buenaventura: ¡Ojalá que te salga un toro bueno! Pues parece que el desubicado César Jiménez se cruzó con una sierva de la raza de bronce minutos antes de hacer el paseíllo en Madrid.

Toros de Cortés y uno de Victoriano del Río, nobles y más que manejables en líneas generales, sin adolecer de una falta escandalosa de fuerzas, aunque tampoco es que anduvieran sobrados de bríos. En el caballo se dejaban dar sin más, a veces empujaban, eso sí, sin meter los riñones y con la cara levantadita. El más espectacular fue el sexto, el de la maldición, que fue al caballo como un tren, le taparon la salida y apretó aún más cuando su salida era hacia los medios, hasta que echó por tierra a caballo y caballero. Con la calzona rajada en plena rabadilla, en el mismísimo culo, volvió a tomar su puesto el Legionario. Sin ninguna consideración César Jiménez le dejó el toro en suerte como el que deja un petardo en la puerta de una anciana, para a continuación salir pitando de allí. Y de nuevo el toro se fue hacia el penco con ímpetu parecido, derribando de nuevo y haciendo que toda la Legión al completo se empotrara contra las tablas, poniendo el costado por delante; la de friegas que le habrán tenido que dar al bueno de Victoriano García.

Pero de entre el barullo que había en el ruedo surgió la figura de Víctor Puerto, que fue capaz de sacar unas verónicas más o menos aceptables. Era una buena forma de decirle al señor Jiménez que allí tenía material para decir algo interesante. Pero el señor Jiménez no supo más que empezar la faena con unos trallazos sin temple por bajo y seguir con varias tandas de mantazos aderezados con muchas carreras para recolocarse una y otra vez; por el izquierdo, por el derecho, por el izquierdo otra vez, mientras el toro se iba marchando sin torear. El animalito seguía la muleta allí, acá, más allá, más acá y quedándose más despistado que una monja en un top less, cuando el madrileño le quitaba el engaño sin avisar ni nada. Media caída y trasera y una colección de descabellos certificaron que César Jiménez sigue sin saber si quiere ser torero industrial, ingeniero taurino o decidirse por lo de la mercería junto al Supersol.

Quien sí tiene las ideas claras es Víctor Puerto, otra cosa es que estén equivocadas. Él, que venía a desparramar su experiencia por el ruedo de Madrid, lo mismo se ponía el brazalete de director de lidia electo, que se plantaba en la arena como un bulto sospechoso sin saber dónde meterse. Él seguía tan empeñado en su papel que igual se ponía pegado al picador hasta molestar, que le hacía un oportuno quite, como si fuera un buen tercero en el picador que hace la puerta. Lo de torear ya es otra cosa y lo de torear con cierto sentido y arte, eso ya es ciencia ficción. Eso sí, ya nadie le quitará la vuelta al ruedo que se ha pegado en su primero, sería por estirar las piernas. En su segundo parecía que iba con las mismas intenciones, pero el tono de la pitada le ha frenado en seco. Ya tendrá tiempo para explicarnos el motivo de su vuelta, pero por favor que lo haga en la barra de un bar, o en un picnic en la sierra o en las playas de Cádiz, donde quiera, menos en un ruedo.

Las pocas esperanzas que podía hacernos albergar el cartel del día de la Paloma eran las que José Luis Moreno traía en su fundón. Y tantas esperanzas traía ahí guardadas, que no le debían caber las espadas de verdad y se ha traído las de una tienda de souvenirs del Paseo del Prado. Pinchazos y más pinchazos, sin conseguir ni una estocada entera en toda la tarde. De toreo también poco, mucho pase, mucho tedio y mucho pico. Mala colocación y pocas ansias de triunfo.

Al final hemos salido con los pies fríos y la cabeza caliente y pensando en que el domingo que viene vuelven los del Conde de la Maza; lo que yo no sé es cómo después de lo de hoy, le voy a explicar a la familia que me quedan ganas para volver el domingo a los toros. ¡Ah ya sé! Diré que voy a ver si una gitana me echa la buenaventura, que buena falta me hace.

lunes, 28 de junio de 2010

Salvemos el lince ibérico


Por desgracia el progreso aparte de grandes beneficios para la sociedad también trae consigo algunas consecuencias no deseables; el peligro de extinción del lince ibérico es una de ellas y así hemos podido contemplar los esfuerzos de veterinarios, biólogos y naturistas, poniendo la tecnología al servicio de una especie en peligro. Pero esta no es la tónica general. Hay más especies que puede que en unos años, pocos, ya sean simplemente un recuerdo; y lo que son las cosas, en el lince se reconocen todas sus virtudes y son suficientemente ensalzadas, pero hay casos en los que esto no es así.

Existe una especie que probablemente se extinguirá con un corte de coleta, la de Carlos Escolar Frascuelo, último ejemplar del toreo clásico. Un toreo diferente a lo que nos quieren acostumbrar, un toreo en el que todo tiene un sentido y en el que se pretende llevar al toro por los cauces que marcan los cánones de la lidia; otra cosa es que el toro dé más o menos facilidades.

No sé si la actuación de Frascuelo ante los mansos de Navalrrosal y José Ignacio Charro ha sido la última del madrileño en la plaza de su pueblo, eso ya se verá, y nadie podrá decir que estuvo a la bien, no vamos a ser tan ciegos, pero tampoco nadie podrá negar que volvió a dar una clase de torería, aunque turistas, advenedizos y despistados no se percataran de ello. Su actuación se redujo a detalles, pero que detalles, una verónica y una media para hacer un cuadro, unos lances por bajo para recoger al toro y unos trincherazos que hicieron retorcerse al toro buscando la tela roja. Pero como el toreo no parece ser un bien universal, en el momento en que el torero se disponía a machetear al toro para intentar suavizar la embestida de su oponente, se empezaron a escuchar pitos en los tendidos. Quizás a lo más que podíamos aspirar era a esos detalles que nos supieron a gloria. También hay que reconocer hubo fases en las que quizás se pudo apreciar alguna ausencia de facultades, con la cabeza muy despejada, pero con el físico algo más limitado. Quizás en otro tiempo hubiera limado la áspera embestida del cuarto de Charro, pero lo que no habría logrado nunca es convertirlo en un toro bravo, como así les pareció a muchos que le ovacionaron en el arrastre y que consideraron que no fue suficientemente aprovechado, olvidando su feo comportamiento en el caballo, buscando el lado del peto por el que no había palo, empujando de lado y el descaro en retorcerse de dolor al sentir las banderillas en su lomo. Pero a otros aún nos quedaba el regusto de ese toreo de antes.

Muy diferente fue la actuación de Fernando Robleño, torero pundonoroso y con un toque épico que arrebata a las masas, pero con pocos recursos lidiadores, si por ello se entiende el poder al toro y no limitarse a estar allí delante, a ver si aguanta toda la faena con los pies en el suelo. Evidentemente que esto tiene su mérito; seguro que ninguno nos apuntaríamos a ganarnos el pan entre tanto sobresalto, pero el toreo no es plantarse a merced de los caprichos del toro, o por lo menos yo creía que no era así. Bien es verdad que el de San Fernando aguantó el molesto calamocheo de su primero, su pertinaz obsesión por buscar el refugio de las tablas e incluso no le importó ponerse a arrancar pases al de Charro pegado al olivo. Pero quizás algunos habrían agradecido más ver al toro retorciéndose con pases por bajo o un eficaz macheteo para que el animal se enterara quien mandaba allí. Esta medicina tampoco le habría venido mal al quinto, al que le administró una faena ratonera, no utilizando la muleta como un instrumento de poder y de dominio, quitándosela de la cara violentamente y sin conseguir los efectos deseados para poder entrar a matar con mayores garantías.

Luis Miguel Vázquez evidenció su bisoñez en la profesión. Por momentos parecía que podía llegar a algo, como en el sexto, pero inmediatamente cedía terreno y dejaba que el toro se le subiera a la chepa y eso es mala cosa, aunque fuera con una mansada como la que salió por los chiqueros de las Ventas. Y como mandan los usos y costumbres del toreo moderno, toda la labor del manchego se reducía en ver si podía dar pases, muchos pases, sin importar las condiciones del toro. Si hoy está instaurada la faena de derechazos y pases de pecho y a veces algún intento de natural, pues no se hable más, a cumplir con el guión y luego juzgaremos al torero por el número de trapazos conseguidos; lo de lidiar se queda para esos melancólicos que ovacionan a ese señor mayor nada más acabar el paseíllo, ese al que quieren conservar como si fuera el lince ibérico. Pero con quien no hay que tener esa deferencia es con la moruchada que desde Las Veguillas nos mandó el señor Charro, unos con mucha cuerna y otros, como el sexto, que parecía salido directamente de una lata de arenques. Mala forma de coger antigüedad.

Ya pasó la esperada tarde de Frascuelo en la que el aficionado esperaba reencontrarse con el toreo y que como algunos presagiaban, se estrelló con un ganado mal escogido o bien según se mire, dependiendo de los intereses de cada parte. Lo que sí está claro es que tendremos que ir pensando en otro valedor del toreo clásico, porque el tiempo es testarudo y no deja de avanzar y llegará el momento en el que los ruedos estarán poblados únicamente de corderos inermes y danzarines con las medias rosas y entonces todos nuestros esfuerzos sólo podrán dirigirse a salvar el lince ibérico.

lunes, 29 de marzo de 2010

Con las ganas que teníamos


Nos hemos tenido que volver para casa con las orejas gachas. No quiero pecar de adivino de pacotilla y repetir eso de “ya lo decía yo”, pero es que ya hemos visto alguna que otra vez como se estrella a un torero contra un ganado infame. Y el ganado infame hoy ha sido el de San Miguel, que más bien parecía 0’0, sin alcohol, sin calorías, sin fuerzas, sin casta y sin na’ de na’ y de tapa los dos Carriquiris que se apuntaron sin desentonar a la decepción generalizada.

Muchos íbamos a la plaza para ver a Curro Díaz, para que negarlo. Un torero que cuando torea lo hace de verdad y que después de sus últimas lecciones nos había alimentado aún más la ilusión por verle. Pero es que no ha habido lugar para nada. Se ha venido a Madrid desde Linares para matar a dos animalitos y marcharse con la sensación de no haber podido decir ni esta boca es mía. Te anuncian para cantar en el Real, te presentan como el principal atractivo de la ópera y cuando te dispones a entonar el “Nessum Dorma” te das cuenta de que no han llegado los violines, ni el viento, ni el director y que los que hay allí sentados son figurantes de la orquesta. Entonces ni ópera, ni Verdi, ni nada.

Tampoco disgustaba la inclusión de Leandro y Morenito de Aranda. Pero tampoco. El vallisoletano fue el único que instrumentó algún pase limpio, pero no toreó, eso es otra cosa. Otra cosa distinta de ese toreo distante y tirando líneas de Leandro, más próximo a la modernidad imperante que al clasicismo contundente. Y si no sólo hay que pararse a pensar la cantidad de muletazos que soportaron sus dos novillotes, que no tenían ni medio gramo de fuerza. Estos, como toda la corrida, no habrían aguantado ni un muletazo si el espada les hubiera sometido mínimamente.

El tercero de la terna, Morenito de Aranda, un torero con buenos conceptos, que en la mayoría de los casos intenta ajustarse a la verdad, pero que ayer le cambiaron la tila por un café muy cargado. Estuvo toda la tarde demasiado acelerado, olvidando algo tan necesario como el temple, sobre todo cuando tienes delante unos inválidos sin fuerzas como los que fueron soltando por los toriles. Pero tampoco le reprocho este aceleramiento, que puede que venga motivado simplemente por el afán de aprovechar cualquier oportunidad que se le presente y poder seguir tirando para adelante, sobre todo si tenemos en cuenta que no acaba de estar en ese circo del cambio de cromos de las empresas poderosas. Lo cual no quiere decir que no deba redimirse y atemperar sus ánimos, al menos en la cara del toro. Como en otras tardes, nos regaló algunas verónicas de mérito, quedándose quieto y jugando bien los brazos y ofreciendo el capote al toro perpendicular, dejándole meter bien la cabeza en la tela.

Y poco más hay de una tarde en la que algunos nos pudimos quejar por no considerar suficiente el “esfuerzo” de la empresa para confeccionar los carteles de San Isidro, en los que aparte de ausencias y presencias, también se echa de menos que a algunos se les obligue a venir más tardes, con otras combinaciones ganaderas y con enfrentamientos directos entre unos y otros. Pero igual que en el paseíllo el alguacillillo quería tirar para un lado y el caballo para otro, la afición quiere que esto vaya por aquí y los taurinos van por allí. Eso sí, y aviso, yo no iré a ver al señor Luque despachar seis toros él solito. Para matar seis toros hay que tener un repertorio largo, una cabeza en la que entren muchos toros, aunque esta expresión no me guste nada, y además hay que tener atractivo para la afición; y el señor Luque de momento no lo tiene, al menos para mi, que no me llenan esos pasimisí pasimisá, sin toreo de enjundia.

lunes, 15 de marzo de 2010

Toros, cámara y… acción


Ya estamos aquí. ¿Qué tal el invierno? Te veo muy bien, estar mejor que nunca, que alegría volver a verte. Estas y otras fórmulas parecidas se repetían ayer en los reencuentros de los fieles de la plaza de Madrid. Puede que menos de los esperados, porque casi no había ni un cuarto de plaza, pero eso es harina de otro costal.

Como atractivo principal los Santa Coloma de Flor de Jara, que en principio se lo iban a poner complicado a los tres novilleros que abrían el año. Pero mira por donde que ni unos fueron lo esperado, ni unos padecieron lo que se imaginaba. Los temibles novillos de Colmenar fueron unos bondadosos animalitos que se dejaban dar trapazos a mansalva sin casi acusarlo a lo largo de la lidia. Esos Buendías de hace unos años a los que había que saber hacer las cosas y que ponían en un brete al más pintado, no fueron los que saltaron al ruedo de las Ventas. El ganado fue noble, muy noble, casi excesiva y peligrosamente noble, porque ya se sabe que este camino iniciado por otros, acaba en un abismo de bobaliconería insoportable. Esperemos y deseemos que esto haya sido circunstancial y que el ganadero siga al pie de la letra su inicial declaración de intenciones al hacerse cargo de este encaste.

Pero a pesar de la bondad del ganado y de que éste fuera ofreciendo sus orejas para quien se las quisiera llevar en triunfo, no hubo quien fuera capaz de echar la pata pa’lante y dar una gran tarde de toros. Quizás tampoco era el día, domingo por la tarde con solecito, la primera del año en Madrid, poca gente, pues ¿pa’qué? Mejor lo dejamos para otro día. Pues esto era lo que parecía pasar por la cabecita de los tres aspirantes a matador de toros. Pues estamos listos. A ver si alguien les enseña la lección esa que dice que las oportunidades hay que pillarlas al vuelo y si es en la primera plaza del mundo, pues mucho más.

Tanto Carlos Guzmán, como Juan Carlos Rey, como José María Arenas, se limitaron a dar trapazos sin orden ni concierto. El primero parecía que intentaba hacer algo mejor el toreo, pero ese echar el paso atrás y el no mandar ni una sola vez con la muleta, le hicieron fracasar. El segundo tres cuartos de lo mismo, intentando ofrecer un poco más de variedad, pero ni en el quinto, que fue el único que recordó algo a los santacolomas de antes y que metía la cabeza en los engaños sin preocuparse de otra cosa que del trapo, fue capaz de dar un golpe en la mesa y postularse para ser torero. El tercero, el albaceteño Arenas evidentemente equivoco el lugar de actuación. Quizás habría sido mejor que se hubiera ido a pedir sitio como extremo derecha en cualquiera de los equipos de fútbol de la capital. Y es que a ver si se enteran ya de jovencitos, que eso de correr, correr y correr, no va con esto de los toros. Era capaz de correr incluso a mitad de lance. Citaba, iniciaba el lance y se ponía a correr o a bailar, todo depende del color del cristal con que se mire. ¡Ah! Y a ver si alguien le dice al joven que se evite lo de las banderillas, que para ponerlas primero hay que saber, que para arañar unas palmitas, no merece la pena.

Bueno, pues parece que ya estamos metidos en harina, aunque tengo que confesar que no soy demasiado partidario de acudir a estos festejos de principio de temporada. Estas primeras corridas me recuerdan al trofeo Carranza, donde los equipos no están rodados y se limitan a pasar el trámite. Pero esto no quita para decirle a los tres novilleros que con los Flor de Jara se han dejado ir una estupenda oportunidad de ganarse un puesto en el equipo titular de la novillería actual. A propósito, ¿era tan complicado tener un recuerdo para el recientemente desaparecido Salva? Y ¿no cabía un pequeño homenaje de despedida al ya jubilado director de la banda de la plaza de Madrid? Son gestos que no son absolutamente necesarios, pero que siempre ayudan a la fiesta y a aquellos que la han vivido con pasión.

lunes, 24 de agosto de 2009

Tarí tarí tarí… el toro ya está aquí


De eso se encargó Ana María Cascón, de criar, elegir y mandarnos un toro de verdad, que nos hizo olvidarnos del tremendo calor que hacía en la plaza de Madrid. Pero que esté tranquila la ganadera, que no le vamos a pedir que todos sus pupilos sean igual de aplicados. Eso es como pedir a la Consejería de Educación que todos los niños nos salieran como Einstein o Picasso.

El joven con cuatro añitos cumplidos en julio, se llamaba Buscón y ya de salida le dio que hacer a Francisco Javier Corpas, que no fue capaz de fijarlo en su capote a base de mantazos. En esto que asomaban los picadores y allá que se fue el toro para empujar como un león, o mejor dicho, como un toro bravo. El picador, José María Expósito, debió pensar que se le venía encima un mercancías, pero sin amilanarse lo más mínimo, le cogió muy bien y aguantó los embites en la puerta de toriles, evitando un derribo que ya estaba cantado. Podía parecer que Buscón apretaba a favor de querencia, pero en la segunda cita con el caballo totalmente a contra querencia empujó igual o mejor y casi consiguiendo descabalgar al picador. Pudo haber habido una tercera vara, pero ésta quedó en el limbo del señor presidente. Tal brío no era fácil de convertir en arte, aunque el de Ana María Cascón sólo pedía que alguien se plantara delante suyo con los pies clavados en la arena y le dijera por dónde tenía que ir. El encargado de ello era Francisco Javier Corpas, quien se limitó a poner la muleta y a dar trapazo tras trapazo. Sólo en una tanda de naturales estuvo un poco a la altura de las circunstancias. A un animal con esta categoría no se le puede andar intentando engañarle con el pico de la muleta aceleradamente. No se puede estar todo el día pidiendo que el toro se mueva y cuando sale nos rebasa por delante y por detrás y por la derecha y la izquierda. El cierre a tal recital de trapazos y de embestidas de enorme calidad no fue otro que una media caída, ¡a la suerte contraria! ¿El premio? Una oreja, y como aquí a lo que se viene es a eso, pues ya está, lo de torear es otra cosa.

El confirmante Carnicerito de Úbeda, con nombre de regusto torero, evidenció la falta de contratos. Apuntó que su idea del toreo no es la misma que la de Corpas, pero no lo pudo demostrar con ninguno de sus dos toros. En el primero algo más claro no acabó de confiarse y sólo nos dejó varios naturales que nos hizo esperar más y con el segundo no se podía hacer demasiado. Si con uno se vieron detalles, con el otro sólo pinceladas. Pero como se decía antes, no me importaría volver a verlo, aunque creo que no nos lo permitirán.

Serranito reivindicó su condición de torero modernista que se mueve como pez en el agua entre retorcimientos, toreo desde la lejanía, abuso del pico de la muleta para vaciar las embestidas hacia fuera e intercalando esas feas carreras entre mantazo y trapazo.

Pero también hubo una corrida de Juan Luís Fraile muy en el tipo Graciliano, que no respondió a la expectación que tuvo en otra época, pero que fue una corrida de toros de verdad, con sus problemas y dificultades, incluso a veces con toros complicados, pero al fin y al cabo fueron toros y como tales, dignificaron a sus tres matadores, porque lo hicieran mal, bien o regular, tuvieron que enfrentarse a toros. Eso sí, sin indultos, ni tratamiento de ¡Oh, Augusto Máximo de la Tauromaquia!

lunes, 17 de agosto de 2009

El bueno, el feo y el malo


O quizás habría que decir mejor: el regreso de un viejo conocido, la vuelta de un conocido del que acabamos de saber si quería ser nuestro amigo y la puesta de largo de un chiquito con un nombre lleno de esperanzas. No se puede decir que el aficionado que se acercó a la calle de Alcalá esperara ver la corrida del año, pero sí es verdad que esperaba algo. Esperábamos y encontramos a un Juan Mora maduro, sereno, más hecho, con ese no sé qué que suelen dar los años. Lástima que, con ese gusto y ese arte que siempre ha tenido, haya dejado marchar tantas oportunidades y tantos toros a lo largo de su carrera, en la que tuvo momentos de no demasiada lucidez. Aún recuerdo cuando se vio anunciado cuatro tardes en San Isidro y después de la primera no se le ocurrió otra cosa que decir por la tele que el público de Madrid era tonto. ¡Para qué más! Él solito convirtió la que podía haber sido su feria en un auténtico camino de espinas. Una y otra vez los “tontos” le estuvieron respondiendo con la misma moneda, enseñándole para quién debería estar montado este espectáculo, que no es una función sólo para “ellos”, los profesionales y los demás a callar. Pero como Juan Mora siempre ha sido torero pidió perdón y los mismos “tontos” se lo aceptaron. Esos mismos “tontos” que, aunque algo más viejos, le recibieron con una cerrada y cariñosísima ovación en su vuelta a Madrid, conscientes del camino que ha tenido que andar, de la estrepitosa cornada que le tuvo más para allá que para acá, del golpe muy reciente de la pérdida de su padre y de las injusticias que ha tenido que aguantar a lo largo de su carrera. Especialmente si se le compara con otros “fenómenos” que sí que han hecho fortuna en esto de los toros y que incluso ahora se les tilda de “maestros” o “figuras”.

No tuvo suerte Juan Mora con el ganado, bueno ni Juan Mora, ni nadie, incluidos los que nos sentamos en la ardiente piedra de Madrid, y juro que en esta expresión no hay nada de retórica. El ganado flojo como él solo, no aguantaba ni una simple regañina en el caballo, ni que se le amagara con bajarle un poquito la mano, y nos tuvimos que conformar con ver un poco del capote del extremeño, con conatos de arte cuando el lance era para los adentros, porque para los medios no quería saber nada de nada, y con ver como un torero daba por concluida la faena, montaba la espada y se tiraba a matar, evitándonos la horrorosa y habitual imagen del matador dándose un paseíto hasta las tablas para cambiar la espada de “mentira” por la de “verdad”.

El segundo que venía y que no sabíamos si era galgo o podenco era José Luís Moreno, el cordobés que unas veces parece que quiere ser amigo del aficionado y otras te pega un tartazo en toda la jeta, y además se queda a mirar para verte la cara. No es que tuviera como el mismísimo Paquiro porque le costó ver que el pitón del toro era el izquierdo. Hasta entonces hubo mucho paso atrás, mucho toreo al hilo del pitón y con desconfianzas. Cerró la faena con unos bonitos ayudados por bajo y una entera caída que le permitió darse una vuelta encantado con la oreja que le concedió el respetable.

Los aficionados con recuerdos más lejanos venían llenos de ilusión al ver en los carteles el nombre de César Girón, ¡toma ya! Ya se frotaban las manos cuando en estas apareció el hijo de Antonio Ignacio Vargas, que empezó la tarde con un tremendo susto cuando le cogió el toro y le mantuvo una eternidad suspendido del pitón. El trance podría haber hecho dimitir a cualquiera y decir que confirmara otro, que él ni estaba, ni se le esperaba. Pero debía ser por la casta Girón, que allá que se fue a seguir la tarea. Pero lo de torear es algo más que casta y algo menos que retorcerse y meter el pico. Parece que es el recurso del pataleo, que lo intento hacer bien y no me sale, pues meto el pico y se acabó. Pero ya habrá quien le diga que así no y si no lo quiere ver, pues qué se le va a hacer.

Y hoy hemos podido ver para qué son los actuales alguacilillos de la plaza de Madrid, para darse un paseo a caballo y para dar un abrazo a todo al que le den una oreja, porque para lo demás que no cuenten con ellos. Ya pueden los peones hacer que los toros se estampen contra las tablas, ya pueden correr el toro desde dentro del callejón o colocarse dónde les venga en gana, ya pueden los picadores hacer la carioca, quedar a merced del toro sin que nadie les acompañe para auxiliarles o que el callejón parezca el concurso de mazurcas de la verbena de la Paloma, ellos se limitan a hacer el Tancredo y no decir nada de nada. Qué tiempos aquellos en los que se oía la fusta restallar contra las tablas para llamar la atención a cualquiera que quisiera sacar los pies del tiesto. Aquellos alguaciles que cuando saludaban daban la mano con un caramelo, pero que estaban pendientes de la lidia, de acompañar a los caballos en su recorrido por el ruedo, de estar pendientes de dónde se ponía cada uno en el ruedo, se si se le tapaba la salida al toro o de que no le hicieran dar vueltas y vueltas para que doblara antes de tiempo. Hoy como muchas cosas más, son casi un elemento decorativo.