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viernes, 8 de noviembre de 2013

Cuando vamos a los toros

Una tarde puede durar todo el tiempo que permanezca vivo el recuerdo


La primera vez que fui a los toros… ¡La primera vez que fui a los Toros! ¿Cuándo fue esta primera vez? El caso es que no puedo recordar cuando fue y por eso tengo que conformarme con mis primeros recuerdos de un mundo luminoso, con una luz muy especial, y no me refiero a aquellas bombillas que colgaban de unos cables que cruzaban Las Ventas de parte a parte, era la luz de la niñez, la que entraba por unos ojos que se llenaban del color del ruedo, de las rayas pintadas de Burdeos, los capotes destellando hechizos y el fuego de la muleta guiada por un vestido que era más que el ropaje de los dioses, era el deseo de poder lucir uno ya de mayor y poder decir que era torero. Mi padre me guiaba de la mano, me llevaba a beber agua de un botijo que ofrecía una anciana por una peseta el trago; las tejas de cartón para el sol y el toro asomando por la puerta de chiqueros. ¿Qué mayor misterio? ¿Qué mayor incertidumbre que ver salir el toro al ruedo?

Porque a los toros siempre se va de la mano, de la mano de mi padre en este caso, al misma mano que yo pude coger cuando ya era mayor, muy mayor, hasta la última corrida que pudo llegar a presenciar en la Feria de Otoño de 2004. Bueno, más bien le llevaba del brazo, despacito y felicitándonos porque había conseguido superar una temporada más, mientras yo, y probablemente también él, pensaba si no sería el último día de muchos. Luego no he dejado de ir con él a la plaza, nadie lo ve, nadie lo oye, sólo yo y escucho con atención queriendo seguir aprendiendo. Lo que son las cosas, aficionados tan sabios, tan llenos de grandes toros y toreros, se acercaban a la plaza llenos de humildad, la que sólo da el saber, y el respeto a una plaza, a una historia, a un rito, a una tradición y a tantos y tantos que antes repitieron las mismas rutinas desde hace más años de los que se pueden contar. Cuanta diferencia con esos que pasean su arrogante ignorancia disfrazada de supuestos conocimientos aprendidos de alguien que aparenta saber.

Señores respetables que volvían a la niñez cuando aclamaban con entrega a un torero, a su torero, porque a partir de ese momento ese sería su torero, el que pasaría a su enciclopedia taurina, el torero del que contarían mil y un sucedido en las plazas, cuando se cruzaron con él en un café o cuando le vieron paseando por la Gran Vía. Que poderoso influjo ejercía el torero sobre los aficionados a los Toros, conseguían hacerles gritar sin freno, aplaudir, aclamar y hasta olvidarse del bien hablar, para balbucear palabras sin sentido; pero las palabras eran inútiles, las miradas y las expresiones de la cara eran todo un discurso sobre la felicidad, la ilusión y la admiración que provocaba ese ser que era más que un simple hombre, era un torero, un ser único y privilegiado por enfrentarse al toro y vencer a la muerte investido de arte y oro con alamares de poder y valor.

Por esto vamos a los toros, porque siempre hubo alguien que quiso compartir con nosotros esos momentos de felicidad infinita, por querer mostrarnos la belleza de la vida, el respeto a la muerte y la armonía que provoca el encuentro de la violencia animal con la delicadeza y poder de la inteligencia, hasta provocar la creación del arte efímero y supremo, el toreo. Una palabra que encierra un rito que se repite desde hace siglos en el ruedo, el altar en que se sacrificará al dios supremo de la Fiesta, y en los tendidos, donde un aficionado único y universal ha ido cambiando de hijo a padre, de padre a abuelo, para volver a ser hijo de nuevo, padre, abuelo, formando una cadena de afición que se aferra al tronco del árbol de la afición. Un orgullo que viaja de generación en generación; el abuelo viajaba a Madrid todos los años para ver las corridas de Madrid, Machaquito, El Gallo, Bombita, Vicente Pastor y los más grandes, José y Juan. El hijo soñaba con las hazañas que le contaban una y otra vez, hasta que ya pudo experimentar la magia del toreo con Manolo González, Manolete, Pepín Martín Vázquez, Pepe Luis, Manolo Vázquez, Domingo Ortega y todos los grandes desde los años cuarenta, hasta esa entrega incondicional a El Viti, su particular espoleta de la pasión y entrega a un torero. Y el que fue nieto e hijo a la vez prosiguió este camino, un camino que de repente se empezó a estrechar, el firme se agrietaba, se desprendían terrones de asfalto, hasta casi tener que vagar por una vereda casi oculta por la arena, el tiempo y las malas hierbas, sin otra orientación que seguir la luz de la verdad que desprende el toro cuando es íntegro y está en plenitud, esa verdad con la que el hombre desafía a la bestia renunciando a las trampas, artimañas y triquiñuelas que conviertan este arte en una lucha desigual.

Nos preguntan que por qué vamos a los Toros; muy sencillo, porque un día probamos el veneno del toro, las sensaciones de miedo y felicidad, incertidumbre y pasión, y esa sensación de estar contemplando algo irrepetible, algo que sólo puede ser firmado y rubricado por el natural y el de pecho que el matador liga haciéndolos uno, mientras el toro le pasa por la cintura con la muerte colgando de los pitones de sangre y de gloria. A eso vamos a los Toros, porque queremos volver a ver, queremos volver a sentir y por mucho que nos abofeteen a traición los mercaderes de la mentira, no perdemos la ilusión.

Quizá alguien piense que a qué viene todo esto, pero no hay misterio alguna, ni responde a impulsos poéticos, ni heroicos, es simplemente que uno quiere demostrarse a si mismo que no todo es amargura en esta afición que bebemos a traguitos cortos, que es precisamente la felicidad que se prolonga en el tiempo la que nos hace seguir yendo a los Toros. No estamos amargados, ni mucho menos, ni nos tienen amordazados en casa sin dejarnos hablar, todo lo contrario, nos dejan contar nuestras historias de tardes pasadas y nos ofrecen las venas esperando a que les entre el toro directo al corazón. Lo que no podemos soportar es que unos siervos de la ignorancia, la mentira, el fraude y la tiranía de la mediocridad nos quieran borrar los recuerdos, nos tomen por dementes y quieran hacernos creer que nuestra verdad, la que se ha formado con los años, no existe, ni existió, ni existirá. Como toda tiranía, todo régimen dictatorial, pretenden rehacer el pasado según sus intereses, hasta queriendo borrar un pasado real que algunos llegamos a vivir desde la piedra de la Plaza de Madrid. Ya podrán emplear todas sus fuerzas para rehacer la realidad, pero esta y la verdad que lleva en brazos, acabarán por salir a la superficie. Lo que no sabemos es el coste que habrá que pagar y las prendas que habrá que entregar hasta que la luz apague las tinieblas. Entonces podrán comprobar que no somos pesimistas, ni derrotistas por naturaleza, pero sí tozudos, muy tozudos, tanto que aún queremos sentir esa sensación no olvidada de “cuando vamos a los toros”.



PD.: Quiero agradecer todos los apoyos, recibidos durante los cinco años que hace poco cumplió este blog y que tanto me han ayudado a seguir sentado en esta grada, porque siento que siempre hay algún buen aficionado dispuesto a darme su empujoncito en forma de lectura de las cosas que a un servidor se le pasan por la cabeza.

martes, 20 de diciembre de 2011

El origen de todo


Hoy voy a dejar de lado a los taurinos, pegapases y criadores de bobonas desmochadas. Será por las fechas en que nos encontramos, que me he puesto más tierno que el día de la madre y he decidido dar rienda suelta a toda la ñoñería que me cabe dentro. Aparte de dedicar esta entrada a algo muy personal.

Cualquiera que se haya pasado por este blog habrá visto de qué pie cojeo en lo taurino, incluso habrá pensado que mis gustos y preferencias están a lo mejor un pelín trasnochados. Pues seguramente que eso es cierto. Hasta ha habido algún visitante de Toros Grada Seis que muy generosamente ha alabado mi saber de toros. No voy a decir que a uno le siente mal la alabanza. A todos nos gustan las rosquillas con anís ¿no? Pero tengo que reconocer que nada de todo lo que escribo es propio, todo me lo han soplado. Yo he podido leer libros, ver vídeos, ir a los toros siempre que puedo y hasta charlar con buenos aficionados, pero el principal culpable de todo esto fue un señor que me enseñó a entender el toro y luego el toreo, lo que no significa que entienda ni de lo uno, ni de lo otro. De él aprendí el por qué de todo esto, el fin del toreo, el motivo y la esencia de esta afición y de este espectáculo que es más que echar un toro en la plaza y que un señor se líe a abanicarle con unas telas.

Resulta que los toros eran mucho más, los toros inundaban toda la vida, a través de los toros me educó en el respeto, en el querer aprender y descubrir hasta el último secreto de las cosas y que a los actores de la Fiesta hay que respetarlos dentro y fuera de la plaza. Dentro del ruedo al animal que lo es todo, a un ser magnífico, que se crece al castigo, que no rehúye la pelea, pero que aúna en su espíritu la fiereza, la bravura y la nobleza. El torero, que se juega la vida a cada pase, pero al que hay que tratar con justicia, aplaudiendo en lo bueno y censurando en lo malo. Fuera de la plaza, al toro en el campo se le admira, pero no se le molesta y al torero se le puede admirar o no, pero se le deja vivir sin importunarle, ni mucho menos extender a la calle los trances ocurridos en la arena.

Durante años y años yo veía los toros con apuntador. Sentado allí a su lado podía ver como toda la plaza se volvía loca con un toro o un torero y él en voz baja y para que lo escuchara yo solo, me descubría la verdad. Luego, cuando las cosas salían como me había adelantado, se limitaba a mirarme y a guiñarme un ojo. Eso sí, cuando surgía el milagro la pregunta siempre era la misma “¿Te ha gustado?” Bien sabía él lo que me gustaba y lo que no, pues él había moldeado mi gusto y mi afición. A través de él vi torear a Domingo Ortega, a Pepe Luis, Manolo González, Pepín Martín Vázquez o hasta el mismísimo Manolete. Y también vi la tarde del homenaje a Rafael “El Gallo” y a los capotes de los peones llenos de puros para el maestro. Vi el enfado del Papa Negro con sus hijos al no dejarle salir al ruedo, como Curro se negó a matar un toro y luego salió a hombros al día siguiente o como Luis Miguel un día se proclamaba el número uno y otro le tiraban despojos envueltos en papel. Con él viví la marea humana que lo sacó de la plaza en volandas el día de rodaje de Tarde de Toros, contemplé en silencio como tentaba Arruza y disfruté de esto que llamamos Fiesta de los Toros. Jamás me empujó a esta afición, pero siempre me llevó de la mano y dejó que ésta me fuera invadiendo poco a poco.

Pues sí señores, nada es mío, todo son palabras de este señor que un día me sentó delante de él y me abrió los ojos para que viera lo difícil que era ser torero. Hace ya casi siete años que ya no va a los toros conmigo, aunque él sigue sentado allí en la grada junto a mi, igual que me dicta las entradas que publico en este blog y me dice al oído todo lo que toca al toro. En lo único que le hago menos caso es en la pintura, aunque cada vez que acababa un cuadro o un apunte, siempre aparecía el punto de vista del aficionado, que si la pata atrás, que si el toro tal o cual. Ahora ya todo el mundo conoce mi secreto, el que me reveló por años el señor Martín, mi padre y que me hace sentirme un privilegiado por haber tenido tal maestro. Pero también un tremendo cargo de conciencia por no ser capaz de transmitir todo ese saber. Perdón por haberme dedicado a mí esta entrada, pero ya digo, a veces uno es más tierno que el día de la madre y últimamente y en estas fechas, pues mucho más.

viernes, 3 de diciembre de 2010

La fiesta se nos va por el desagüe


Quizás muchos imaginábamos un final de la fiesta de los toros más apocalíptico, con prohibiciones y persecuciones o abandonada en una profunda desidia y desinterés provocado por ese aburrimiento que se ha convertido en permanente compañero de localidad. Pero lo que yo nunca llegué a pensar es que esto iba a ser una continua sangría como la que estamos padeciendo. Es como si todos los aficionados o aspirantes a ello, pero con un profundo amor a esto, nos preparáramos para tapar un boquete en una cañería; pertrechados con trapos, toallas, bobinas y bobinas de estopa y un cañón que escupiera toneladas de silicona. Y cuando se esperaba la gran avalancha vemos como aparece súbitamente una fuga; la tapamos, pero dos metros más allá surge otra y otra más acá y otra dos palmos separada de la primera, otra más grande que nos hace abandonar las primeras, y otra y otra y otra y esto no parece tener fin. Ya tenemos claro que va a haber más fugas, pero a nadie se le ocurre cerrar la llave de paso. ¿Para qué, si los que saben de esto dicen que el caudal no es tan grande y las conducciones tan seguras, que no pasará nada? Y nosotros a pesar de todo seguimos parcheando, sin que nadie nos quite de la cabeza que ese experto no está en sus cabales.

Basta echar un vistazo a las webs oficiales del taurinismo, para darse cuenta de que esto se pone más serio de lo que ya estaba. Sé que esto puede suponer un esfuerzo para los buenos aficionados, sobre todo porque estas sangrías se tapan con las crónicas de las faenas inteligentes del maestro Ponce, por las heróicas orejas conseguidas por otros en Perú, por los triunfos en todas las plazas de América, esas en las que nos han hecho creer que no hay ningún aficionado cabal y que se llenan de ignorantes taurinos. Luego uno se va a los blogs de aquellas tierras y puede leer su descontento a imagen y semejanza de lo pasa por aquí. Que los toros parecen gatitos con cuernos, que si los toreros españoles pasean su soberbia ibérica por aquellos lares, pero la oficialidad no dice nada de esto, como aquí. También hay webs más honradas, y no voy a hablar de Opinión y Toros por ser parte interesada, y más ahora en que también aparece una opinión de quien escribe estas letras.

Hace unos días nos rasgábamos las vestiduras en señal de duelo por lo de Sánchez Cobaleda; a mí personalmente me dolió en el alma, pero es que ni esta ha sido la primera, ni será la última que se marche al matadero, como si habláramos de una “Solución Final Taurina”. Empezamos con los Atanasios, lo esquivaron los Coquillas de Sánchez Fabrés, han seguido los de Trifino Vegas y seguirán otros más. Van cayendo las ganaderías una a una, como si estuviéramos viviendo una nueva selección de las especies, reviviendo las teorías de Darwin. El único pero es que éste afirmaba que sólo sobrevivirían los más fuertes, pero nada dijo ni de los más comerciales, ni de los más poderosos, ni los que tuvieran más billetes, ni los que más interesaran a las figuritas, a los taurinos y a los corifeos mediáticos de todos estos. Curiosa y fraudulenta selección natural de las especies.

Tantas toallas y trapos para tapar el boquete de Cataluña y sin que los que mandan se den cuenta, la fiesta se nos va por el desagüe. Y ¿cuál es la solución? Pues incrementar el caudal, para que al final del tubo siga saliendo agua suficiente para llenar las piscinas, jacuzzis de los señoritos y regar los verdes campos de golf en medio del desierto. Pero ¿y cuándo ya no quede más agua? Eso no importa, hay mucha agua y si se acaba, a mí no me va a pillar. Y además eso es imposible, tradicionalmente desde hace siglos ha habido agua para estas cosas y ya se sabe que las tradiciones son eternas y que nadie puede acabar con ellas. Y si la fuente se seca será porque a algún malaje y desalmado se le pone en las narices, no por nuestra culpa.

Pero seguro que no va a pasar nada de todo esto, no es posible, eso es cosa de esos derrotistas que lo ven todo negro y a los que se les ponen las siete maravillas delante de loso ojos y no las saben apreciar. Sí es verdad que están un pelín ruinosas, pero tampoco hay que ponerse estupendo. Y si no que vean la expectación que se está viviendo de cara a la próxima temporada. Ya nos estamos repartiendo lo de Núñez del Cuvillo y Zalduendo. Tanto que se les protestó la temporada pasada y hay codazos para coger la vez en las colas que se forman en los despachos de los pobres y afanosos empresarios. Aunque a mí me queda una duda que no soy capaz de resolver y que espero que los buenos aficionados que se sientan en la Grada del Seis me aclaren: ¿Por qué estas basuras ganaderas no se van al matadero y si las que representan una variedad ajena a los Domecq? Antes el ganadero ponía su saber al servicio del espectáculo, llegando a crear encastes propios que dieron brillo y gloria a la fiesta; ahora se empeñan en ir eliminando todo lo que se salga de la norma. Pues que tengan cuidado no se les vayan a ir sus duros corriendo por el desagüe, enganchados en las imponentes arboladuras de los patas blancas o arrollados por la casta brava de los santacolomas o el picante de los coquillas. A ver si a alguien se le ocurre cerrar la llave de paso y ponerse manos a la obra para cambiar las agujereadas cañerías.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Ni cornadas, ni marrajos


En este mundo de los toros en el que muchos nos empeñamos en habitar, son muchas las dicotomías inexactas que se plantean como una raya en el suelo que no se puede traspasar sin riesgo de que te tachen de blando y mojigato o de duro inmisericorde. Como suele suceder, nada es blanco o negro, entre medias hay muchos matices y muchos colores.

El verano ya está finiquitado, la temporada pega el último respingo con multitud de festejos de las ferias de la Meseta y el final en Zaragoza, aunque no sea una feria que cuiden las figuras. Como todos los años casi desde que el toreo es toreo, estas fechas coinciden con un perverso incremento del número de toreros cogidos, y casi de la misma manera, con la gravedad de los percances, siendo en muchos casos, en demasiados, cornadas que hacen peligrar seriamente la integridad de los toreros.

Y aquí es donde nos encontramos con una de esas líneas que de forma maniquea quieren organizar el mundo. No es poco frecuente ver cómo a consecuencia de una cogida grave hay voces que desahogan su angustia mirando a los aficionados más exigentes y les dicen esa frase tan odiosa de: “Estaréis contentos, ¿no? O ¿ya estáis satisfechos? Pues la respuesta a ambas interrogantes es no, no y otra vez no. Todavía no nos acabábamos de reponer del impacto de las imágenes de Luis Mariscal, cuando nos volvió a trastocar el ánimo ver como Jesús Márquez se agarraba el muslo y cómo la pierna se le teñía, casi de repente, con la sangre que sólo pudo detener a medias la mano de un compañero, evitando que por ese boquete se les escapara la vida.

Pero afortunada o desafortunadamente, el aficionado graba en su mente las cogidas, y aunque el tiempo pueda deformar la imagen, lo que no consigue cambiar son las sensaciones que el hecho dejó en él, con el agravante de que cuanto más toros se ven, más se agudiza la vista para ver por dónde entró el pitón.

A lo largo de los años he tenido la mala suerte de ver cogidas de todos los estilos, la de Curro Vázquez en Madrid, el bautismo de sangre de Joselito, Israel Lancho, el Bote, El Campeño, el Ruso, Perera, Rafael Cuesta, Aparicio y muchos más. Incluso en mis años mozos en tres tardes de San Isidro tuve que irme a casa dos de ellas antes de tiempo por estar los tres espadas en la enfermería. Y todavía recuerdo cómo los mismos que culpaban a los más exigentes de las cogidas de cada matador, eran los mismos que exigían que se concluyera la corrida y que empezaban a desconfiar de la magnitud de los percances, pero eso fue hace mucho tiempo.

No creo que nunca nadie con las facultades mentales en orden disfrute al ver a un torero por los aires a merced del toro. Pero tampoco se pueden confundir los términos y cambiar la escala de valores de las corridas de toros. El objetivo final no puede ser el que los toreros salgan ilesos, lo cual es sencillo: no se sale al ruedo y asunto resuelto, el fin es someter a un animal que acomete por naturaleza, de acuerdo a los cánones que rigen la fiesta desde hace décadas. Pero si los hombres de luces optan por dedicarse a la lidia del toro bravo, también tienen que asumir el riesgo que esto conlleva, siguiendo las normas básicas de la tauromaquia clásica. Ese respeto y esa fidelidad a esas leyes del toreo son las que convierten al torero en un ídolo al que se venerará y dará el tratamiento de maestro por el resto de sus días.

Pero no nos dejemos llevar por el error y pensemos que el aficionado quiere ver gladiadores que se enfrentan al toro en pelea singular, y que, cuanto más fiero, violento y agresivo sea, mejor para el espectáculo. No creo que un aficionado disfrute viendo a un hombre a merced de una fiera, todo en su justa medida, pero lo que tampoco es admisible es pasar de raíz al polo opuesto y empezar a pensar en el torero como en un vecino muy allegado, y creer que el toro sólo tiene que ir y venir entre los vuelos de la muleta, sin tan siquiera insinuar un mal gesto.

También es frecuente después de una corrida de esas que cazan moscas con los pitones y con las que bastante es el poder salir andando de la plaza, tener que escuchar eso de: ¿Así os gustan los toros? Ahí tenéis esos toros que es imposible torear. Pues en este caso las respuestas por orden de enunciado son: no con excepciones y sí. No es que el aficionado esté como loco por ver una mansada, pero si ésta es encastada y la otra opción es ver una reata de bobaliconas babosas soporíferas, pues la elección está muy clara. Y al contrario de algunas creencias populares, ese tipo de toro sí que se puede torear; otra cosa es que únicamente se considere torear a pegar derechazos y derechazos, con algún que otro natural y más pases de pecho de los que aconseja el buen gusto.

Así que espero haber aclarado algunas dudas y dejar claro que lo que más gusta al aficionado es ver torear y cuanto más bonito mejor, pero siempre pensando en el toro íntegro y encastado, no en un carretón empujado por un vecino. Que este mismo aficionado unas veces disfruta, otras se emociona, otras se queda mudo y otras se le seca la lengua contando las hazañas de su ídolo, pero lo que nunca espera es aburrirse en una corrida, tal y como suele ocurrir en nuestros días cuando se acartelan las figuritas con los pupilos del monoencaste imperante. Así que a ver si ya hemos logrado dejar claro que no queremos ni cornadas, ni marrajos.

viernes, 23 de julio de 2010

El mundo pierde el norte y no encuentra sustituto


Cada día entiendo menos este tinglado que llaman mundo y esta panda que llaman gente. Y ¿por qué digo esto? Pues que me digan si la cosa no es para reservar una suite en la casa de salud. El otro día me reencontré con un viejo amigo y como buen español, decidí que había que celebrarlo en un bar delante de unas tapas. Dos jarritas de cerveza muy fría, una de bravas, una de chopitos y embutidos ibéricos de los de enmarcar. Allí que estábamos recordando la mili y dándole al carrillo, cuando estando a punto de pinchar en el chorizo de Salamanca, llega el camarero y nos retira el plato. ¡Eh oiga, que no he acabado! Y sin hacer ni caso, nos quita el resto de platos y las cañas. Y juro que como mucho nos habíamos trajinado no más de un tercio de lo pedido. Mi amiguete y yo empezamos a protestar, sin que los señores camareros nos hicieran ni caso, a todo más nos miraban con cara de perros rabiosos. Pero en estas que vemos que le hace lo mismo a un coleguita moderno de pantalón por debajo de la rodilla, camiseta “ocean” ajustadita y chancletas de mercadillo, que estaba convidando a su chuti a unas raciones. En esto que ve que le quitan la birra de la boca se levanta y mientras se rasca en la entrepierna, le pide explicaciones al señor camarero. Mi amiguete y yo no dudamos en unirnos al coleguita, que en caso de talegadas se las ventilaría solito. Pero mira por donde que la misma operación se repite en todas las mesas de la terraza del “Javi y Maritoñi’s”. El padre de familia de dos mesas más allá se indigna mientras los niños berreaban por verse sin su Mirinda de un tajo, el abuelo se pone como una fiera recordando sus tiempos de furriel en Cartagena, mientras el padre de familia le echa para atrás y la abuela le agarra por el brazo al grito de Aurelio que te pierdes. Y Aurelio estaba más preocupado por perderse su Bitter sin alcohol y la tortilla paisana, que porque se le desajustara la sonda. No quiero ni contar la que se armó; sólo la presencia de varios agentes de la policía local pudo arreglar aquel infierno. Nos reintegraron a todos lo retirado, nos repusieron las cervezas en su integridad y pudimos seguir la merienda donde la dejamos, aunque con la sangre un poco más alterada; ya nada era igual.

Días después y para quitarnos el mal sabor de boca, quedamos de nuevo para ir al cine a ver una de tortas de esas en que el prota viene a España y se toma una paella frente al Guggenheim, mientras es atendido por unos camareros y camareras con bigote y acento sudamericano, diciendo eso de: “ahorita le atiendo mi amol”. Llevábamos ya veinte minutos de película cuando se encienden las luces de la sala, nos abren las puertas y nos piden con mucha educación, casi ceremoniosa, que desalojemos la sala, y que nos esperan en una próxima oportunidad. Mi amiguete y yo no dábamos crédito. Una vez que reaccionó del shock, el público empezó a protestar airadamente. Una pareja de treintañeros bajaba indignado de la última fila, mientras él se iba metiendo la camisa y ella se alisaba delicadamente su melena algo desordenada. Una panda de chavales intentaron atrincherarse delante de una máquina de refrescos, mientras se explicaban unos a otros la situación y contaban lo que harían en caso de querer bronca, que por supuesto no querían. Mi amigo se erigió en el cabecilla de la rebelión subido haciendo equilibrios en dos butacas y coreando a voz en grito el “del barco de Chanquete, no nos moverán”. El acomodador desacomodador se mostraba inflexible y mientras nos señalaba la puerta se encaminaba hacia el Jacin, mi amigo, perdiendo los nervios únicamente cuando la chavalería le vació su refresco comunal por la espalda, con hielos, pajitas, vaso gigante y refresco incluido. Otra vez sólo pudimos ver el final de la película gracias a los cuerpos de seguridad del Estado, pero ya no teníamos cuerpo para nada, nos habían chafado la diversión.

Esto no podía quedar así, el Jacin y yo no nos resignábamos a recuperar nuestra amistad de una forma tan chusca. En estas que me suelta ¿y si nos hacemos una corrida? ¡Hombre Paco, no me jo…! Sí tío, vamos a los toros. ¡Uf, Qué alivio! Ya me veía dando explicaciones y poniendo excusas estúpidas para dejar al Jacin solo. Pues venga, y dicho y hecho, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos sacando dos gradas de sol. Cartel con toreros de nivel, de esos que salen en Tendido Cero y a los que en Toros para Todos le ponen la musiquita esa de las guitarras y el piano que te llega al alma. Un maestro, un profesional de los de verdad y un jovencito de esos que vienen empujando fuerte. Sale el primer toro, un tierno corderito con dos plátanos como pitones. Yo alzo la voz y le digo a mi amigo: pero si eso es una sardina escurrida. El Jacin sólo respondió con un ¡tío! y un poco cara sapo. Salen los caballos y casi en un visto y no visto se vuelven pa’ dentro sin casi haber ni regañado al torillo ese. Lo siento, pero no pude evitar el que se me escapara un ¡a picar! La única respuesta que obtuve fue un lacónico ¡pero tío! ¿qué te pasa? Me quedé tan descolocado que cuando me quise dar cuenta allí estaba el Jacin como loco aplaudiendo al maestro en banderillas. Ya sin gritar le comenté, así como le que no quiere la cosa, que todos habían sido a toro pasado. Ni me contestó.

El maestro nos brindó el toro, se aseguró de dejar la montera boca abajo y empezó a agitar la muleta como un guardiamarina en un día de tormenta. Ahí ya no pude aguantar y le espeté eso de ¡Crúzate! El eco me devolvió un lejano ¡baja tú! y al Jacin categórico: “Mira que vienes puntilloso, no te gusta nada, total a ti ¿qué más te da? Aquí uno viene a divertirse” Y no me dijo más porque mientras yo protestaba el infame bajonazo, él pedía la oreja agitando la almohadilla y gritando mucho, pero mucho, mucho. Y cuando le dieron la oreja al fenómeno de masas y me dispuse a manifestar mi descontento y la sensación de estar siendo atracado con semejante farsa, sólo pude ver cómo el Jacin iba escaleras abajo y se marchaba escandalizado de la grada, señalándome y comentando algo con los furibundos espectadores que me apuntaban con el dedo mordiéndosela la lengua y consolando a mi amigo en su huida.

El Jacin, ése que no consentía que le robaran ni el aire de alrededor, ése que era capaz de llegar al cadalso en defensa de sus derechos de ciudadano intachable, ese que se convertía en una nueva Agustina de Aragón por que la caña no estaba fría, no había dudado en tirar por la borda nuestra amistad nacida en los tercios de la Infantería de Marina en Cádiz, porque su compañero de armas, bueno de cantina, porque allí estábamos destinados, porque al que suscribe no le parecía bien que le cobraran un novillo a precio de toro, un tío vivo como un tercio de varas, un saltimbanqui como si fuera un torero y un carnaval como si fuera una corrida de toros. Igual es cosa mía, pero ¿no creen que el mundo ha perdido el norte? Y lo peor, no hay quien lo reponga.

domingo, 18 de julio de 2010

Todos tenemos algo que enseñar y mucho que aprender

Ya llevo un tiempo sentado en este blog “Toros Grada Seis” y de lo que yo pensaba al principio y de lo que éste es ahora, se mantiene que el centro es el toro. A partir de ahí casi nada se parece a mi intención primitiva. Yo pensaba hablar de toros, expresar mis opiniones y mi idea de lo que es la fiesta, enseñar mis dibujos y poco más. Pero con lo que yo no contaba era con la exigencia de los lectores que, con mucho cariño sea dicho de paso, te llevan por donde ellos quieren, lo cual ya supone un privilegio para quien escribe.

Hace no mucho y después del hastío de las ferias de Madrid, esas que Taurodelta y la Comunidad de Madrid tanto empeño tienen en servirnos apelotonadas y que nos obligan a tragar sin tan siquiera unas patatitas, o una ensalada para acompañar y sin ofrecernos la posibilidad de empanarlas y así enmascarar el mal género que nos ponen en el plato, en ese momento me andaba yo con el sí y el no de meter a “Toros Grada Seis” en el congelador.

Me llegaron muchas y buenas palabras de ánimo y aparte de las de los estupendos aficionados que se pasan habitualmente por este espacio, recibí las de gente más joven que yo, que además de recordarme que ya no soy un niño precisamente, lo que les agradeceré eternamente, me hicieron pensar en el valor de los años. Perdonadme que no cite los nombres porque no quiero olvidarme de ninguno, pero me hizo recapacitar el hecho de que se me preguntara por la forma de torear de Frascuelo, un torero al que aún se le puede ver una tarde al año en Madrid, pero al que uno de estos aficionados más jóvenes no acababa de ubicarle en su toreo. Al intentar compararle con un torero que él conociera, dejando de lado el compromiso, me daba cuenta de que cualquier semejanza la colocaba más allá de los quince o veinte años. Que lejos tenemos cualquier referencia al toreo de siempre. ¿Cómo podemos explicar que lo de hoy no tiene nada que ver con lo puro y lo verdadero? Las mentes interesadas han moldeado el gusto del aficionado presente y se han esmerado en borrar o deformar aquello a lo que algunos nos agarramos como a un clavo ardiendo.

Quizás los buenos aficionados de más de esos quince o veinte años de que hablamos parecerán una cuadrilla de amargados que tiene por bandera y como filosofía de vida el desplegar esta amargura por el mundo y machacar la alegría festivalera del prójimo, pero de verdad que no es así. Lo que ocurre es que es muy difícil disfrutar del chopped como si fuera jamón de Salamanca, sobre todo cuando se ha podido disfrutar del jamón de Salamanca. Pocos irán a la plaza con más ganas que yo para que me guste fukanito o menganito, pero es que esto es visceral, cualquier predisposición en uno o en otro sentido salta por los aires en el momento en que salta la chispa. En esto no se puede empezar a corear los olés cinco minutos antes de lance, en esto la belleza, la emoción o la pasión, surgen como una zambullida en la jeta. El aficionado que lo siente no puede sentarse en el tendido como un juez justo e imparcial y poner nota con exactitud siuza. En la plaza no se puede uno detener en eso, porque en cuanto uno se para en andanas se pierde lo siguiente. Eso lo pueden hacer esos tan leídos y que diseccionan las "virtudes " no encontradas de un torero, siguiendo el mandato de los sesudos mercachifles del toreo de hoy. Así ahora se venera el toreo del Cordobés, Dámaso González o Paco Ojeda, con las evidentes distancias entre ellos, se pondera la espectacularidad, la quietud o la capacidad para hacer embestir a una lavadora y nadie recuerda, aparte de los Viti, Camino o Puerta a toreros como Andrés Vázquez o Rafael Ortega, será que el desprecio a la pureza viene de lejos.

Incluso puede que a los que llegamos a ver a algunos de estos toreros nos falta sentido docente o simplemente capacidad descriptiva para relatar lo que era aquella fiesta, aquella forma de torear y las sensaciones que producía en el espectador, o simplemente el comprobar que no habrá comprensión por ninguna de las dos partes. Quizás también hay que echarle su responsabilidad encima de estos distanciamientos, a la televisión que llega a todos, pero que sólo transmite la visión del gran hacedor de programas y retransmisiones, quien no siempre se rige por criterios de verdad y autenticidad y que a veces, sólo a veces, da la sensación de que se guía por otros intereses más inconfesables.

No hace mucho un lector, desde muy lejos, me recordó las obligaciones de todo aquel que pretende convertirse en un buen aficionado y una de ellas es contar como era y como debe ser la fiesta de los toros. Y no me lo pedía como un favor, sino como una exigencia. Esta exigencia me despertó de sopetón y me ha hecho pensar que no podemos dejar solos a esos que se empeñan en ser aficionados a pesar de todo, que lo que ven no les gusta, pero que adivinan que puede haber algo mejor; y realmente creo que los buenos aficionados que de pegan sus giras por este blog son capaces de seguir descubriendo la verdad de la fiesta de los toros. Yo dentro de lo que pueda les ayudaré cuanto pueda. Así que nada, sigamos por donde íbamos y contemos nuestra visión de la tauromaquia.

lunes, 22 de febrero de 2010

El tesoro de la experiencia



Una de las virtudes de los blogs es la posibilidad de intercambiar comentarios y opiniones entre los aficionados, para desgracia de los embaucadores y para bien de la fiesta de los toros. Entre unos y otros se van descubriendo multitud de matices, aunque al final todos coinciden en lo esencial. Pues bien un día de estos recibí el comentario de un aficionado que, por deseo propio, vamos a mantener en el anonimato y que nos puede servir para reflexionar un ratito. A unos se le vendrán imágenes del pasado, personas que nos guiaron de la mano en nuestros primeros pasos en esta afición y a otros les descubrirá una forma de entenderla completamente desconocida. Pues sin más preámbulos, ahí os dejo con una voz llena de vivencias taurinas:

Hola Enrique:

Creo que debía haber contestado a tu último comentario en el post de Pepín Martín Vázquez pero me fui de viaje unos días y hasta ponerme al día a la vuelta, se quedó pendiente. Por otra parte, como es un tema que me apasiona pues por esa época empezaba mi afición, quería extenderme algo.

Hoy día la personalidad de los toreros es prácticamente inexistente y creo que ello se debe en gran parte a las escuelas taurinas que, lejos de fomentársela, se limitan a enseñarles a ¿torear? a esos semovientes que salen por chiqueros que no admiten el toreo de mando y dominio propios de un auténtico toro; por eso el ¿toreo? moderno es un “toreo paliativo”, lineal, hacia fuera, a media altura y de pasito atrás, porque si se les obliga o quebranta algo, se van al suelo. También les enseñan todos los trucos y ventajas para engañar al público facilón con alardes falsos o con pases de adorno pero sin fundamento, ni profundidad. Además, consecuencia del mercantilismo de la sociedad actual, sólo se fijan, imitan, a los que más ganan que no siempre son los que mejor torean. Resultado: toreros clónicos y sin personalidad, aparte de ventajistas y faltos de recursos cuando sale un toro con algo de casta.

Yo creo que no he visto a Pepín Martín Vázquez o al menos no tengo ningún recuerdo de él (cuando se retiró yo tenía 13 años) pero, igual que tú, sí le he “visto” en conversaciones familiares. A Pepe Luis ya sí le recuerdo aunque en su última época y en su reaparición posterior (1959) en que ya era una sombra de lo que fue pero no obstante me quedan recuerdos de detalles, sobre todo con el capote.

Del torero que tengo recuerdos claros es, curiosamente, más antiguo: Domingo Ortega. Le vi en su última temporada cuando le tenían que inyectar para aguantar la corrida, y tengo unos recuerdos imborrables de dos festivales a beneficio de toreros.

El primero en el homenaje a Nicanor Villalta, el 27 septiembre 1956, por cierto con los albaserradas de Escudero Calvo que entonces tenían mucho que torear (hoy Victorinos). Domingo Ortega no estaba en el cartel sino que estaba de espectador y al final quiso sumarse al homenaje y pidió autorización para matar el sobrero (no sé de quien era) y, como se la dieron, bajó al redondel con traje de chaqueta y corbata y dio un auténtico recital de lo que es el toreo, algo que, más de 50 años después, permanece fresco en mi mente. También quiero decirte que el “El Papa Negro”, Manuel Mejías Rapela, “Bienvenida”, padre de los 5 hijos de la dinastía, Manolo, Pepote, Antonio, Ángel Luís y Juanito, también estaba presente y, con sus más de 70 años, quiso sumarse al homenaje poniendo banderillas, pero afortunadamente no se lo permitieron, pues sus facultades ya no estaban para eso. Esos detalles demuestran lo que eran los toreros entonces. Como anécdota ese día tocó la música en Las Ventas.

El otro festival al que me refiero es el del homenaje al “Divino Calvo”, Rafael El Gallo, el 22 octubre 1957. Fue el homenaje de los puros; se recogieron a miles, porque todos los aficionados, sabedores de la pasión de de El Gallo por los habanos, fueron a la plaza provistos de un buen veguero que le lanzaron al dar la vuelta al ruedo después del paseíllo (no encabezando éste como estaba previsto porque llegó tarde) o depositaron en recipientes al efecto. Domingo Ortega, una vez más, ofreció otra clase magistral por la que le premiaron, es lo de menos, con dos orejas, igual que en el homenaje anterior. Con independencia del éxito artístico, resultó un homenaje muy emotivo, pues aparte de la simpatía natural de Rafael, se dieron varias circunstancias que perseveran en el recuerdo: Conchita Márquez Piquer, hizo el despeje de la plaza; en la meseta de toriles, ataviadas de mantilla, estaban las bellezas de la época… Lola Flores, Carmen Sevilla, Conchita Bautista…; y, como colofón, el gran picador Miguel Atienza, el creador de la suerte del Sr. Atienza, “La Carioca”, se despidió del público madrileño ¡qué tiempos!

Por cierto, me viene a la memoria una anécdota, no sé si cierta, que circuló con motivo del dinero recaudado: se reunió la comisión organizadora y sabedores del rumbo de Rafael, discutieron en la forma de entregárselo, si de golpe, que seguro lo gastaría pronto, o a intervalos más o menos regulares para que le durase más; hubo propuestas, anualmente, mensualmente, etc., y alguien propuso una cantidad diaria, pero, rápidamente, soltó otro: mejor esa cantidad, la dividimos en dos y una parte por la mañana y otra por la tarde. Supongo que no deja de ser una anécdota más o menos graciosa para resaltar la personalidad del genial torero.

Bueno, como me suele pasar en estos casos, me disparo y no hay quien me eche los frenos; vuelvo al tema. Domingo Ortega es como te decía el torero más antiguo de quien tengo claros recuerdos, después ya vienen Rafael Ortega, con el que se acabó de fraguar mi afición y uno de los más puros que he conocido y que su fama de estoqueador creo que le ha nublado algo su auténtica valía con el capote o la muleta; Luís Miguel, que su gran vanidad, que en nada le benefició, era equiparable a su categoría como torero; por supuesto Manolo González y Manolo Vázquez (algo posterior) artistas que tú citas; Julio Aparicio, para mí el torero que mejor conocía los toros desde que salían de chiqueros, lidiador fácil y dominador pero que le afectaron bastante las cogidas, particularmente la de Barcelona, después, San Sebastián y Las Ventas; luego ya vendría Ordóñez uno de los más grandes, Cesar Girón el primero de una saga de venezolanos alegres, bulliciosos y buenos rehileteros, Antoñete que, como los vinos, mejoraba con los años, Jaime Ostos el as de espadas, Diego Puerta que pasó a ser Diego Valor, Curro Romero si le has visto hacer el paseíllo “te pués morí”, Camino el niño sabio de Camas, El Viti el toreo es algo muy serio, etc… En fin como verás una pléyade de figuras, auténticos figurones, todos ellos diferentes, muy diferentes, pero con su personalidad propia… Entonces todavía no había escuelas taurinas.

Creo que ha merecido la pena utilizar por una vez la pluma de otro, sobre todo para mejorar este blog. He omitido los saludos y despedidas, en los que hace referencia a otro buen aficionado de Aguascalientes, Xavier González Fisher, quien tan bien nos pone delante el espejo del pasado para ver los males del presente, sus opiniones desde la distancia con una clarividencia pasmosa y su visión de una fiesta universal, con los mimos males y las mismas virtudes en cualquier lado del Atlántico. Y creo que ahora es el momento de callarse y quedarse con que “la experiencia es un tesoro”.