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| Una tarde puede durar todo el tiempo que permanezca vivo el recuerdo |
La primera vez que fui a los toros… ¡La primera vez que fui
a los Toros! ¿Cuándo fue esta primera vez? El caso es que no puedo recordar
cuando fue y por eso tengo que conformarme con mis primeros recuerdos de un
mundo luminoso, con una luz muy especial, y no me refiero a aquellas bombillas
que colgaban de unos cables que cruzaban Las Ventas de parte a parte, era la
luz de la niñez, la que entraba por unos ojos que se llenaban del color del
ruedo, de las rayas pintadas de Burdeos, los capotes destellando hechizos y el
fuego de la muleta guiada por un vestido que era más que el ropaje de los
dioses, era el deseo de poder lucir uno ya de mayor y poder decir que era
torero. Mi padre me guiaba de la mano, me llevaba a beber agua de un botijo que
ofrecía una anciana por una peseta el trago; las tejas de cartón para el sol y
el toro asomando por la puerta de chiqueros. ¿Qué mayor misterio? ¿Qué mayor
incertidumbre que ver salir el toro al ruedo?
Porque a los toros siempre se va de la mano, de la mano de
mi padre en este caso, al misma mano que yo pude coger cuando ya era mayor, muy
mayor, hasta la última corrida que pudo llegar a presenciar en la Feria de
Otoño de 2004. Bueno, más bien le llevaba del brazo, despacito y felicitándonos
porque había conseguido superar una temporada más, mientras yo, y probablemente
también él, pensaba si no sería el último día de muchos. Luego no he dejado de
ir con él a la plaza, nadie lo ve, nadie lo oye, sólo yo y escucho con atención
queriendo seguir aprendiendo. Lo que son las cosas, aficionados tan sabios, tan
llenos de grandes toros y toreros, se acercaban a la plaza llenos de humildad,
la que sólo da el saber, y el respeto a una plaza, a una historia, a un rito, a
una tradición y a tantos y tantos que antes repitieron las mismas rutinas desde
hace más años de los que se pueden contar. Cuanta diferencia con esos que
pasean su arrogante ignorancia disfrazada de supuestos conocimientos aprendidos
de alguien que aparenta saber.
Señores respetables que volvían a la niñez cuando aclamaban
con entrega a un torero, a su torero, porque a partir de ese momento ese sería
su torero, el que pasaría a su enciclopedia taurina, el torero del que
contarían mil y un sucedido en las plazas, cuando se cruzaron con él en un café
o cuando le vieron paseando por la Gran Vía. Que poderoso influjo ejercía el
torero sobre los aficionados a los Toros, conseguían hacerles gritar sin freno,
aplaudir, aclamar y hasta olvidarse del bien hablar, para balbucear palabras
sin sentido; pero las palabras eran inútiles, las miradas y las expresiones de
la cara eran todo un discurso sobre la felicidad, la ilusión y la admiración
que provocaba ese ser que era más que un simple hombre, era un torero, un ser
único y privilegiado por enfrentarse al toro y vencer a la muerte investido de
arte y oro con alamares de poder y valor.
Por esto vamos a los toros, porque siempre hubo alguien que
quiso compartir con nosotros esos momentos de felicidad infinita, por querer
mostrarnos la belleza de la vida, el respeto a la muerte y la armonía que
provoca el encuentro de la violencia animal con la delicadeza y poder de la
inteligencia, hasta provocar la creación del arte efímero y supremo, el toreo. Una
palabra que encierra un rito que se repite desde hace siglos en el ruedo, el
altar en que se sacrificará al dios supremo de la Fiesta, y en los tendidos,
donde un aficionado único y universal ha ido cambiando de hijo a padre, de
padre a abuelo, para volver a ser hijo de nuevo, padre, abuelo, formando una
cadena de afición que se aferra al tronco del árbol de la afición. Un orgullo
que viaja de generación en generación; el abuelo viajaba a Madrid todos los
años para ver las corridas de Madrid, Machaquito, El Gallo, Bombita, Vicente
Pastor y los más grandes, José y Juan. El hijo soñaba con las hazañas que le
contaban una y otra vez, hasta que ya pudo experimentar la magia del toreo con
Manolo González, Manolete, Pepín Martín Vázquez, Pepe Luis, Manolo Vázquez,
Domingo Ortega y todos los grandes desde los años cuarenta, hasta esa entrega
incondicional a El Viti, su particular espoleta de la pasión y entrega a un
torero. Y el que fue nieto e hijo a la vez prosiguió este camino, un camino que
de repente se empezó a estrechar, el firme se agrietaba, se desprendían
terrones de asfalto, hasta casi tener que vagar por una vereda casi oculta por
la arena, el tiempo y las malas hierbas, sin otra orientación que seguir la luz
de la verdad que desprende el toro cuando es íntegro y está en plenitud, esa
verdad con la que el hombre desafía a la bestia renunciando a las trampas,
artimañas y triquiñuelas que conviertan este arte en una lucha desigual.
Nos preguntan que por qué vamos a los Toros; muy sencillo,
porque un día probamos el veneno del toro, las sensaciones de miedo y felicidad,
incertidumbre y pasión, y esa sensación de estar contemplando algo irrepetible,
algo que sólo puede ser firmado y rubricado por el natural y el de pecho que el
matador liga haciéndolos uno, mientras el toro le pasa por la cintura con la
muerte colgando de los pitones de sangre y de gloria. A eso vamos a los Toros,
porque queremos volver a ver, queremos volver a sentir y por mucho que nos
abofeteen a traición los mercaderes de la mentira, no perdemos la ilusión.
Quizá alguien piense que a qué viene todo esto, pero no hay
misterio alguna, ni responde a impulsos poéticos, ni heroicos, es simplemente
que uno quiere demostrarse a si mismo que no todo es amargura en esta afición
que bebemos a traguitos cortos, que es precisamente la felicidad que se prolonga
en el tiempo la que nos hace seguir yendo a los Toros. No estamos amargados, ni
mucho menos, ni nos tienen amordazados en casa sin dejarnos hablar, todo lo
contrario, nos dejan contar nuestras historias de tardes pasadas y nos ofrecen
las venas esperando a que les entre el toro directo al corazón. Lo que no
podemos soportar es que unos siervos de la ignorancia, la mentira, el fraude y
la tiranía de la mediocridad nos quieran borrar los recuerdos, nos tomen por dementes
y quieran hacernos creer que nuestra verdad, la que se ha formado con los años,
no existe, ni existió, ni existirá. Como toda tiranía, todo régimen
dictatorial, pretenden rehacer el pasado según sus intereses, hasta queriendo
borrar un pasado real que algunos llegamos a vivir desde la piedra de la Plaza
de Madrid. Ya podrán emplear todas sus fuerzas para rehacer la realidad, pero
esta y la verdad que lleva en brazos, acabarán por salir a la superficie. Lo
que no sabemos es el coste que habrá que pagar y las prendas que habrá que
entregar hasta que la luz apague las tinieblas. Entonces podrán comprobar que
no somos pesimistas, ni derrotistas por naturaleza, pero sí tozudos, muy
tozudos, tanto que aún queremos sentir esa sensación no olvidada de “cuando
vamos a los toros”.
PD.: Quiero agradecer todos los apoyos, recibidos durante
los cinco años que hace poco cumplió este blog y que tanto me han ayudado a
seguir sentado en esta grada, porque siento que siempre hay algún buen
aficionado dispuesto a darme su empujoncito en forma de lectura de las cosas
que a un servidor se le pasan por la cabeza.






