Lo que iba a cambiar la cosa si saliera el toro todas las tardes
Señores ya terminamos la larguísima y absurda feria del
patrón de Madrid, y ya puestos, hasta las corridas de toros que deberían
haberse celebrado entre los meses de junio y julio, tal y como se supone que
debe ser en una plaza de temporada. Otra cosa es que ese afán que la empresa
calla, de aniquilar tal temporada, se formalice en un futuro no demasiado
lejano.
Y en las que nos andamos, el ser humano no puede evitar ese
vicio, esa manía o esa tortura para los demás, de ponerse a hacer resúmenes a
sacar conclusiones o vaya usted a saber que patochada puede salir de quien
quiere rellenar un espacio para mantener el blog vivo. Y yo no podía ser menos,
así que después de este descanso, que aún me parece demasiado corto, me
dispongo a exponerles mis razonamientos después de esta gloriosa feria de San
Isidro 2012 y la Feria del Arte y la Cultura o del “Jarte” y la Costura (Xavier
González Fisher dixit) o las corridas que deberían haber tenido lugar en la Plaza
de Madrid en junio y julio; pero los señores empresarios han decidido juntar
estos festejos para aprovechar la inercia de San Isidro y hacerse con unas
entradas para unas corridas a las que igual no acudirán, pero que Taurodelta se
asegura recaudar lo que no sacaría en verano con unos carteles infumables. En
estos meses que antes eran en los que se daba la prensa, la Beneficencia y
cuando venían a Madrid los excluidos de la feria, ahora nos ponen solo
novilladas los viernes a las mil y gallo. Y es que no saben que hacer para que
los toros se ajusten a la hora del cubata. Que lo primero es lo primero, a ver
si nos vamos enterando.
Pues después de tanto festejo, tanto inválido, tanto borrego
descastado, tanta morfología asardinada de los toros que matan las figuras, la
prácticamente desaparecida suerte de varas sustituida por la suerte del chotis,
en la que el penco hace que de vueltas el animalito a su alrededor mientras que
el picador apoya el palo en el lomo, en el suelo o en las nubes; no confundir
con la carioca, pues esta suerte fue inventada para picar a los toros, no para
acariciarlos, ni para simular que se castiga. Hemos sido testigos de la abolición
de la lidia y del desconocimiento más absoluto de esta por parte de los
coletudos, que en la mayoría de los casos no saben ni colocarse para la foto,
de la incapacidad de estas figuras para solventar el más mínimo inconveniente
que presente el toro, que en ese momento pasa a ser imposible. Cuántos animales
exigían que se les muleteara por abajo y se ha pretendido pasar solo con
derechazos y naturales. Y así podríamos seguir y no acabar. Como ha quedado
meridianamente claro que la feria preparada por Taurodelta era un fraude y una
pantomima desde que se imaginó en la cabeza del triunvirato, con toreros que
nunca debieron venir, con toros que jamás debieron repetir después de lo del
año anterior y con un excesivo número de festejos confeccionados para que el
coste fuera lo menor posible y el beneficio mayor que nunca. Y a todo esto, la
fiel infantería de los plumillas y los de los micrófonos, jaleando grandezas
que solo existieron en su imaginación y en las mentes abducidas de los
aficionados televisionarios que siguen al pie de la letra las enseñanzas de sus
“maestros”, repitiéndolas después como loritos, aunque no sepan lo que dicen.
Pero aún no hemos llegado al verdadero problema que acosa a
la Fiesta de los toros, el verdadero mal está en los tendidos, gradas y
andanadas de la plaza de toros de Madrid. Sí señores, así es, el problema de la
tauromaquia es el público y más concretamente el de Las Ventas y todos los que
vienen de fuera y se dejan abducir por ese poder hipnótico que proyecta sobre
las mentes débiles y adocenadas. No es de recibo que en una feria que se
organiza con motivo de unas fiestas patronales, haya grupúsculos subversivos
que piden el toro íntegro, el toreo de verdad y la lidia clásica, sin pararse a
pensar en que el prójimo lo que quiere es pasarlo bien, pedir muchas orejas y
que el matador mueva mucho el trapo rojo delante de un animal que más bien
parece amaestrado y entrenado para seguirlo obedeciendo las órdenes de un
contorsionista vestido de colorines.
¿Dónde hemos ido a parar? Como estarán las cosas para pensar
que el público que paga y exige que un espectáculo discurra de acuerdo a unos
parámetros sobre los que se ha desarrollado durante décadas, como puede ser el
problema. Es el problema porque no se resigna a ser timado y engañado, a que
esto de los toros sea considerado como algo en que el aburrimiento es parte
integral y de mucha importancia, el aburrimiento. No admite que le dicten como
deben ser sus gustos y si no, solo le queda callarse y aguantar, aunque pague
como el primero y en una temporada vaya sesenta veces más a los toros que esos
que cuando salen descontentos de la plaza afirman eso de: “el año que viene no
vuelvo”.
Estos culpables del deterioro de la fiesta son atacados sin
piedad por los plumillas y locutores, que así esperan hacer méritos suficientes
para que el poder tenga una atención con ellos cuando lo necesiten. Reciben las
acometidas furibundas de matadores o exmatadores de toros, que o bien buscan asegurarse
un plato de lentejas, o prepararse el terreno para cuando ellos mismos actúen
por esas plazas del mundo, entre las que ya no está la de Madrid por no tener
ni la categoría, ni el interés suficiente para verse anunciado en los carteles
de Las Ventas. Y a lo mejor, aunque creo que sería muy ruín, hasta hay alguno
que con sus comentarios quiere satisfacer su rencor hacia una plaza en la que
nunca o casi nunca fue aceptado, y que conste que en este apartado no incluyo a
Emilio Muñoz, matador de toros que nunca estuvo acertado por estas tierras,
pero que años después ha tenido el valor y la vergüenza torera de afirmar que
ahora entendía mucho mejor a la afición madrileña. Pero claro, ¿Dónde está
ahora? Pues en su casa, porque hay otros que se ajustan mejor al guión de la
tauromaquia moderna, lo cual dice mucho a favor del trianero.
Lo que son las cosas, unos señores que no dudan en gritar libertad,
libertad cuando ven las orejas al lobo de la abolición, que recogen firmas y
rubrican con su nombre las hojas exigiendo esa libertad para poder seguir
acudiendo a las plazas, son los que niegan cualquier manifestación contraria a
sus ideas. Lo mismo da que se les expongan argumentos razonados a los que ellos
solo saben responder con las consignas de sus amos taurinos, eso de “Baja tú”, “Un
respeto” o que se exprese la opinión cuando ya ha caído el toro. ¡Amigo! Si nos
callamos cuando se está co0metiendo el atropello, una vez cometido ya no hay
vuelta atrás y entonces pasará a imperar la dictadura de la mayoría sobre la
razón y los usos que sobradamente han mostrado su conveniencia y su capacidad
para construir algo tan grande como es el toreo. No me resulta fácil decir
tauromaquia, pues es un término excesivamente manoseado por esta gente que se
inclina ante el becerro de oro de la Tauromaquia 2.0. Ahora que cada uno saque
sus propias conclusiones de lo ocurrido en la feria, de la situación de la
fiesta y que piense si realmente es posible que el problema esté en los
tendidos. A ver si no s centramos ya un poquito y recuperamos la cordura.










