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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que nadie toque Madrid, que me enfado un montón

Los hay que se quieren erigir en dueños únicos de Madrid, sin ser capaces de tener la intención de mirar a su lado y aprovechar lo que puedan aprender de la compañía. Allá ellos.


Seguro que si usted es habitual de la plaza de Madrid, vean que no digo aficionado, no consienten por nada de este mundo que nadie venga a contarnos cómo deberíamos actuar en esta plaza. Y luego, enfrente, están los que se creen con derecho a querer cambiar Madrid y adaptarlo a lo que a ellos les viene bien, quizá a lo que conocen en otras partes. Bueno, es una forma de ver las cosas. Que anda que no se preocupan por lo que sucede en esta plaza. Pero no se preocupan por la plaza, ni mucho menos, se preocupan por los que frecuentan la plaza de las Ventas. No entienden que detalles que son señas de identidad de la plaza se mantengan por los siglos de los siglos. Pero entienden que esas cosillas solo hacen que amargarnos el carácter y no se crean, lo mismo hasta tienen razón, porque anda que no somos unos siesos esaboríos. Si es que estamos todo el día con el ceño fruncido, si es que no nos gusta na. Bueno, hay a quién le gustan muchas cosas, que no todos van a ser unos amargaos. Esos ajenos quieren que en nuestra plaza se toque la música cuando haya algo sobresaliente, aunque la cualidad de sobresaliente varía según a quién se le pregunte. Pero no me digan que la música no animaría el cotarro, pues claro que sí. Lo malo parecería regular y lo regular excelente, ¿qué digo? Histórico, pero histórico, histórico, aunque eso de histórico nos aguante en la memoria diez minutos. Pero esto no puede ser, hay que encontrar algo que recordar, a ver qué se nos ocurre. ¡Ya está! A dar muchas orejas y así seguro que nadie se olvida de aquella tarde en que fulanito cortó... entre mil y dos mil despojos. Estuvo grandioso. Eso sí, no pregunten más, que igual no saben dar más razones de lo grandioso. Eso, despoj... perdón, orejas. Pero, a estas alturas, ¿nos vamos a poner límites? ¿Madrid no tiene derecho a merendar? Instauremos la merienda en las Ventas. Solo tienen que ver el éxito del “Cénate las Ventas”. Que la plaza no se llenará, pero ese olor a fritanga tan nuestro, tan popular, tan de verbena del pueblo en verano, ese trajín de gente con bandejitas sin importarles que el toro esté en el ruedo o en la luna, con las bañeras de alcoholazo y con los ánimos dispuestos para... para solicitar despojos con vehemencia. Eso sí, no intenten llevarse las bebidas de casa, que en esos días hay un caballero en la puerta que se empeña en registrarles bolsos, mochilas y baúles, porque no dejan meter bebidas, que hay que consumir dentro. Pero el clímax llegaría en el momento en que ese entusiasmo por lo divertido nos llevara a que se diera un rabo a uno de los mediáticos. Y si además llegara el indulto, ¡no lo quiero ni pensar! No sé si lo resistirían nuestros cuerpos, no sé si tanta emoción cabría en nuestras molleras. Nos explotaría la cabeza ¡Un indulto! El cielo en la tierra. O quizá... Igual hasta podría ser entrar al infierno sin poder salir ya nunca más.

Pero que nadie piense que este abrir las puertas a la diversión es un imposible, ni mucho menos; no se me desanimen los animosos, por mucho que escuchen a unos clamar que si esta es la primera plaza del mundo, que si son muy exigentes, que si hay que picar, ¡naaa! Ni caso. Esos igual serían los primeros en querer pasar un rato bien divertido. Háganme caso, que se quejan de que los demás merienden, pero ellos, quizá sufriendo un taurino síndrome de Estocolmo, en cuanto pueden se preparan una merendola de toma pan y moja y no dejan de pasar tupperwares hasta que no se ve el fondo. Aunque esto son pequeñeces. Lo malo es cuando sale el toro y mientras gritan eso de hay que picar, cuando al toro no se le pica, por lo que sea, si este acude a la muleta como un bendito, sin un mal gesto, sin un mal derrote, ya están con que si es el toro del año, que si hay que darle una vuelta al ruedo, por aquello de la diversión y hasta alguno con el fervor que provoca el morapio, hasta repite eso de “es un toro de vacas”. Y no les pregunten motivos, que igual se llevan un rapapolvo dialéctico. Que a nada que uno no les baile el agua, lo más suave que te sueltan es que no tienes ni idea; ellos sí, por supuesto. Y no digamos cuando llega el amigo vestido de luces, el vecino del pueblo de al lado, que entran de lleno en el divertimento y se ponen a airear el pañuelo como posesos y si no logran el despojo, ya se encargarán de hacerle pegarse un rulo por el ruedo y que lo carguen a su cuenta, que pagan ellos. Como si ellos fueran dueños de lo que no tiene dueño, al menos solo uno o unos pocos. Ni tan siquiera son los amos que decidan quién y cuándo uno tiene que divertirse. Se creen tan, tan exclusivos, que actúan como si fueran socios, panas, coleguitas de la empresa y se alegran de sus supuestos éxitos, como si fueran suyos propios. Que verás cuando se enteren de que nadie va a compartir con ellos los beneficios. Eso sí, que como alguien se ponga como no se debe poner, ya saben, que nadie toque Madrid, que me enfado un montón.



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domingo, 4 de febrero de 2024

A ver si me acuerdo de…

A ver si me acuerdo y en algunos casos habría que remontarse quizá demasiado. Y recordaremos lo de hace mil vidas, pero no lo de hace dos ratos. Y, ¿por qué?

Siempre me ha asombrado la capacidad de muchos para reivindicar a Juanito o a Juanelo cuando salen los carteles de las ferias, cuando aparecen los nombres de los actuantes en grandes certámenes tintados de una oportunidad, aunque ni noticia del ganado. Qué capacidad memorística. Que también puede ser porque el reivindicado sea paisano, pariente o conocido del cuñado de un amigo del bar y entonces hay que hacer fuerza para que al conocido le pongan. Pero lo más habitual en estos días es que los que no tienen relación alguna con gente del toro, ni se acuerden del caballero en cuestión. Que se puede dar la circunstancia de haber visto a un torero, no una, sino varias veces y no recordar ni el nombre; y no digo nada si el susodicho solo actuó una vez y, en el caso de Madrid, si le pusieron cuando lo que mandaba la empresa era cenarse las Ventas.

Que me dirán que es que el aficionado es un desmemoriado, pero se da el caso de que estos se acuerden de toreros ya retirados y los que supuestamente están en candelero, aparte si se es paisano, pariente o conocido del cuñado de un amigo del bar, sean unos perfectos desconocidos. Aunque ya les digo que para acordarse de un nombre por un natural, en el mejor de los casos, una trincherilla o solo la buena disposición, aparte de meritorio, requiere una memoria de elefante. Que no es que nos lo pongan fácil. Primero, porque con tanta presentación, tantas confirmaciones que asombran hasta al confirmante y que luego todos se aprenden la misma lección y vienen a hacer lo mismo, a repetir lo que hacen otros, a repetir el repertorio que tan aprendido tienen, a profundizar en la vulgaridad impuesta de esta agoniante modernidad. Y por si fuera poco, salvo ilusionantes excepciones, el toro siempre es el mismo, el que va y viene, va y viene y a veces, viene y va. Que los hay que parece que quieren remediar esto, pero nada, exigen variedad de encastes, que dicen ellos, pero que luego solo piden variedad de capas, pero con el mismo comportamiento que lo demás.

Y en estas condiciones, ¿quién puede recordar nada? Tenemos una fiesta que es como una caja de cerillas, con todos los fósforos iguales, todo son clones y la única diferencia es si la caja lleva el palillo largo o corto o si hay que arrancarlos de una carterilla de solapa. Que traducido en lo taurino, pueden ser los toreros pegapases sin gracia o los que se enfrentan a l que no quiere nadie, ellos los primero, y pare usted de contar. Eso sí, en los novilleros esa diferencia aún apenas se percibe. Y aún pretenden que recordemos a fulano, mengano o zutano. Que no les digo yo que la solución sea no ir con demasiada asiduidad a la plaza, que eso de ver entre cincuenta o sesenta festejos puede ayudar a que todo se convierta en una amalgama de toros con alamares, toreros enmorrillados, caballos astifinos y trapaceros gesticulantes. O cómo se diga.

Eso sí, quizá algunos que echan de menos a tal o cual en las ferias, lo mismo es porque aquellos triunfos triunfalistas tampoco convencieron a los de los despachos y que ellos, como otros tantos, se percataron de que si no es por los autobuseros, aquel del que se decía que toreaba como los ángeles, no pasaba de vulgar, aunque de estos hay muchos, y gracia tenía la justa, a no ser que se sea paisano, primo, cuñado o conocido del coletudo en cuestión. Otra cosa es lo del ganado. No, esto nada tiene que ver. Aquí es más fácil que nos podamos acordar de tal o cual toro y de los agobios que provo0có en su lidiador. Entonces, en ese preciso momento ese hierro queda sentenciado ¿Nunca más, jamás! Y efectivamente, no los volvemos a ver nunca más jamás. Pero ojito, que en esto de los toros empezamos a caer en algo parecido a lo de los de luces, que se empiezan a ver fenómenos que embisten donde solo hay un animal que va y bien y que apenas pasó por un peto. Eso sí, te cuentan de él su nombre, el de la madre, el del padre, el de los hermanos, pero, ¡oiga! Que les preguntas si a ese fenómeno se le pudo picar y te saltan, en el mejor de los casos, que no mucho, pero que si le hubieran puesto, seguro que habría acudido al caballo, como si esto fuera de suposiciones y no de evidentes certezas. Lo que nos lleva a tener que hacer demasiadas veces el ejercicio del a ver si me acuerdo de…

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lunes, 29 de enero de 2024

Vertigine perdix, mareando la perdiz

Esto no es solo discutir sise dan orejas o no, hay muchos, muchísimos, detalles que hacen esto más grande.


Puestos a marear la perdiz, hagámoslo también en latín, que ya es marear, “vertigine perdix”, que diría Marcial; Marcial el romano, no el más grande, el del pasodoble. Y no me negarán que no estoy haciendo lo mismo, no decir nada y llenar líneas. Pero quizá mi inspiración se encuentre en los taurinos y no tan taurinos, incluido algún que otro habitante de los palcos hace unos días. Parece evidente que la fiesta cuenta con una larga lista de cuestiones que la perjudican y perjudican también los propios intereses de los aficionados, de los que pagan por ver toros y que ven como se vulneran permanentemente sus derechos y nadie, absolutamente nadie intenta protegerlos. Es más, los hay quienes anteponen los intereses de empresas, toreros o ganaderos, antes que los del aficionado. Este no cuenta y el público… el público no está para ponerse a exigir sus derechos y si en algún momento alguien les plantea tal tarea, solo los ven mermados y en peligro si los presidentes no se lían a dar orejas a diestro y siniestro. Ya saben, que si no, luego viene lo del altercado de orden público y eso no, eso no puede ser. O sea, que los niños se pillan un berrinche y hay que darles el caramelo, ¿no?

Pero, ¿qué es lo que plantean taurinos y no tan taurinos? Pues ya saben, “vertigine perdix”. ¿Por qué no obligamos a que haya que cortar dos orejas en un toro para abrir la puerta grande de Madrid? Por poner un ejemplo. Muy bien, que sean dos orejas, pero claro, cuando las dos orejas se empiecen a regalar, por eso del orden público, ya saben; entonces, ¿qué hacemos? Pues siguiendo ese camino, podemos poner que haya que cortar dos orejas, el rabo, la pata, la otra pata y así, hasta que haya que llevarse el toro a casa. Y entonces no se podrá sacar a nadie a hombros, porque no habrá cristiano que aguante a toro y torero subido a la chepa.  Pero dejémonos de “vertigine perdix” y seamos serios por una vez. Y digo yo, si no es más fácil aplicar el reglamento, mantener el sentido común y la seriedad y no volvernos locos. Porque al público también se le educa, lo mismo que se le maleduca, igual que se le hace que aprenda como desde los micrófonos y desde el taurinismo tergiversan y retuercen conceptos que siempre habían prevalecido. Que claro, que si un señor dice eso tan manido de que la primera oreja es del público y bla bla, bla bla bla, pero no dice que si pincha y se le da la oreja al caballero de luces le está dando la segunda, como si su actuación fuera merecedora de dos orejas, pues apañados estamos. Que me dirán que esto no es así, lo que ya da una idea de la edad de cada uno. Y si me confirman esto, es que ya tienen ustedes cierta edad y no aprendieron de esto por Canal Plus y demás locutores televisivos.

Que qué ingenuo yo también. Que digo que esto se resuelve con sentido común, con afición, partiendo del palco, pero claro, si resulta que uno escucha a un señor presidente de una plaza de Madrid que él defiende a la empresa, al torero… Que creo que no tengo que decirles dónde lo he escuchado. Pues uno piensa en lo del principio, cuando empezaba con lo de “vertigine perdix”. ¿Qué sentido común y afición podemos esperar de quien defiende a los que quieren arramplar hasta el último céntimo a costa de toros inválidos en el ruedo, de triunfos prefabricados para luego poner a ese supuesto triunfador por cuatro pesetas, a esa ganadería que echó una corrida muy buena que no se pudo picar, pero que le compran seis borrego por dos duros y si acaso ya le pagarán cuando el 29 de febrero caiga en Pascua. Eso sí, siempre habrá sitio para ocurrencias, desvaríos y bla bla bla… Que no para la afición, el sentido común y salvaguardar el espectáculo, rito o cómo quieran llamarlo, que este no importa. ¿Y cómo nos distraen y nos hacen mirar para otro lado dejándonos embobados? Pues eso, mareando la perdiz o como decía Marcial, el romano, no el más grande, el del pasodoble, “vertigine perdix”, mareando la perdiz.

 

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domingo, 13 de noviembre de 2022

San Isidro 2023 se presenta en febrero

Aún no hemos ni catado el turrón y ya nos dicen que menos de un mes después de Reyes, ya están los carteles de San Isidro. Ya es primavera en el Corte Inglés y estamos a dos bajo cero al sol.


Otra más de este contubernio taurodemente que componen los que mal conducen la plaza de Madrid, el dúo macabro de Casas y García Garrido por un lado y por otor esos colaboradores necesarios, esos consentidores que dicen que son la propietaria de la plaza, pero que han preferido no solo no ejercer, sino entregarse a los deseos del inquilino. Pues nada, sigamos, que ya estamos a nada de dejar esto como un solar, en el que no se va a poder montar ni un parque con columpios. Ahora van y todo ufanos nos dicen que en febrero será la presentación del próximo San Isidro. ¡Vengaaaa! Que se decía que en otros tiempos se esperaba a ver lo que pasaba en las ferias previas, por si algunos daba la campanada y había que ponerlo en Madrid. Que me parece bien que el ganado ya esté apalabrado y hasta casi firmado, pero dadas las formas de estos caballeros, igual hasta han convenido con algún ganadero eso de hablar allá avanzado febrero o marzo. ¿Después de haberse presentado la feria? Que me lo expliquen, dirán ustedes. Pues muy fácil, si tal y cómo está esto montado, podrían darnos los carteles al completo hoy mismo. Que si ya llevamos años y años que los carteles de esta y de todas las ferias es un corta y pega, ahora mucho más. Que en Madrid aún nos quedaba la esperanza de que pusieran a algún torero necesitado con los toros que las figuritas no quieren ver ni en pintura, pero es que ya no los ven ni en los carteles de la misma feria.

Esto es una multinacional en la que ya hay una serie de gente en plantilla, los mismos toreros, los mismos ganaderos, si acaso alguno que se desmarque mínimamente puede ser suspendido de empleo y sueldo algunas ferias, pero muy mal se tienen que portar, mucho tienen que calentarle los cascos a los jefes para que les licencien definitivamente. Y oiga, como en las grandes multinacionales, se saben los nombres de muchos de los mandamases, pero no se tiene absoluta certeza de quién es el capo máximo. Si hasta parece ser que hay bandos, que cuando se encuentran en público se comen la boca unos a otros. Pero como buena multinacional, hasta hay unos becarios a los que explotar. Eso sí, hace tiempo les dio por llamarles emergentes, pero no nos engañemos, los becarios, becarios son. Que cuando parece que apuntan las maneras que ellos buscan, no saliéndose del carril marcado por la doctrina al uso, igual los cogen bajo su manto los del sistema, les explotan uno o dos años, lo que duren y después, si te he visto no me acuerdo.

Pero esto no acaba aquí, que como toda multinacional, siempre tienen ahí una cantera de aspirantes que se mueren porque les capten. Las que no son del toreo se van a universidades privadas y estos, pues a las escuelas, dónde siempre estarán los que hacen de ojos y oídos, que localizan a los chavales que pueden pagarse su formación y hasta prácticas no remuneradas. Lo que en otros sitios se llama pagar la matrícula, aquí se llama ponedor; cuestión de terminología. Que los jóvenes aspirantes dicen eso de que a ellos les vale con meter la cabeza y que luego, como ellos lo valen, irán subiendo poco a poco en el escalafón, hasta llegar a consejeros delegados, directores generales o presidentes, vamos, lo que de toda la vida se resume en ser figura del toreo y estar en todas las ferias. Como si fuera tan fácil. Pero ellos se lo creen y otros se aprovechan de esta tan grande ilusión y una mayor ingenuidad. Y con este panorama, ¿aún nos extrañamos de que hoy mismo ya podrían sacar los carteles del próximo San Isidro? Que para justificarse siempre tienen frases hechas e ideas requetesobadas que te sueltan sin el menor pudor, como si ellos mismos se las creyeran. Que si las figuras, que si las ganaderías que embisten, que si es lo que el público pide, que si las puertas grandes y despojos del pasado, que si esto es histórico, que si… Pero esto no es lo peor de todo. Que me dirán, ¿pero hay algo peor? Pues claro, todo lo que va mal, aún puede empeorar y en este caso se ocupan de ellos los que pagan y que parecen encantados de poder pagar, que te empiezan a decir que la feria tiene cosas interesantes, que este cartel es redondo, que esa ganadería está en muy buen momento, con resultados previos más que vergonzantes, con animales infames, toreo tramposo y verbeneo a tutiplén animado no se sabe si por el alcohol, por el querer destacar o porque les vale todo. Y acto seguido, sin ruborizarse, te hablarán de aquello de que hay que picar, que hay que cruzarse, que hay que torear de todo, que si variedad de encastes, que si… En fin, que dicen blanco y se apuntan con entusiasmo al negro más negro de la negrura del universo. Me lo expliquen. Pero ya les digo que se estarán frotando las manos para empezar a dictar sentencias de lo que viene, porque si no se han enterado, los de Plaza 1 ya han puesto fecha a la gran pantomima, que San Isidro 2023 se presenta en febrero.

 

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lunes, 4 de julio de 2022

Es que os ponéis exigentes y no puede ser

Ángel otero y nada más, ¡qué lástima, lastimera!

Hay cosas que a algunos no les entra en la cocorota y es que no se puede confundir una tarde de toros, con un martirio voluntario. Que ya que vas, pues disfruta y déjate de mirar que si el animalito no se aguanta en pie, que si el torero corre el peligro de levantar un huracán desde el ruedo, de que los palmeros decidan hacer huelga a la japonesa y aplaudir a todo rabiar hasta al que pone el cartel de no hay billetes, aunque a este habría que montarle o una estatua, una calle o una ONG para que puede encontrar otra salida laboral. Pero bueno y si encima vamos a fijarnos e intentar entender lo que decide el señor guardia que se sube al palco, pues acabemos. Que esto no es vida.

Pero, afortunadamente, no todo el mundo es tan malaje como esos que pretenden ir a los toros a exigir y no a disfrutar de la “tauromaquia”. Que los hay animados que van y hacen salir a saludar a Gómez del Pilar al acabar el paseíllo. Qué menos, después de su última y gloriosa actuación en la que fue capaz de estar dando trapazos a un animal durante casi diez minutos, sin que el toro se enterara, pero oiga, dio pases, que lo de torear es cosa de esos “amargaos”. Que sí, que cuando un torero está grandioso, no menos, siempre se le ha sacado a saludar, pero es que ahora se quiere recibir con palmas a todo aquel que nos ha “gustao”, porque es majete y buena gente. ¡Ojo! Que también puede ser que después de ir a la enfermería se les sacara, pero claro, en los casos en que casi había estado más para allá que para acá. Pero claro, igual son los mismos que perdonan a Galván que se lie a pegar verónicas siempre con el pasito atrás y que le consienten que se ponga a poner poses flamencas con un inválido que no se aguantaba en pie, mientras protestaban los avinagrados y se deleitaban los amantes del “jarte”. Que bonito es ver mentir bonito, ¿verdad? Que al animalito que no se aguantaba sobre las pezuñas ya casi le obligaba el señor artista de la Isla a cabecear los engaños como si fuera Santillana, aquel rematador que llegaba al cielo y casi podía rematar lo mismo un balón, que un Boeing 747 que pasaba a su lado. Que me dirán ustedes que vaya crónica es esta, pero ya les digo yo, que esto no es una crónica de la corrida, es, si acaso, una crónica del absurdo, del absurdo de un ganado infame, inválido, hasta medianamente presentado, pero invadido por la termita en su interior. Y para dos que salen con algo, le tocan a Gómez del Pilar, que a su primear manso y afable para la muleta, solo fue capaz de darle trapazos, pero eso sí, le pegó dos tandas trapaceras de rodillas que hicieron las delicias de los motivados. Y a su segundo, que quizá tenía serie y media, no más, pues más de lo mismo, pero ya saben, entre arrimones y trapazos al más puro estilo de Paco Ojeda, y para contrarrestar las protestas de esos… pues una orejita que al espada le dio cosita pasear. Podía parecer esto la culminación del despropósito de un señor que se subió al palco, que no sé si era un comisario de policía, como manda el reglamento, o un caballero que andaba por los alrededores de la plaza, que había quedado allí con la/el querida/o y le dijeron que le iban a llevar a un sitio apartado donde solo se sentaban cuatro o cinco personas. Y él que pensó que iba a ser algo íntimo, se encontró enfrente a toda una plaza de toros. Perdón, a una plaza de toros toda granito y unos cuantos, más de cinco mil según la empresa que parecían menos de tres mil según el ojo humano, con unos diciendo fu y otros fa; los del fa son los animados, que con eso del fa aún esperaban que la cosa se animara y siguiera con el sol, la, si, do, re, mi…

Y hubo otro señor calzando las rosas, al que el destino no ha llamado por los caminos del toreo. Que igual puede mejorar mucho más, que margen tiene, pero lo de empeorar va a ser más complicado y si lo logra… paciencia, suerte y sobre todo, paciencia con él. Que él se empeñaba en pegar trapazos, pero es que ni para engañar tenía garbo. Que si se fija en Galván, pues sabe como meterte la bola y para algunos hasta hacer que pase, pero este Francisco José Espada, no deja ni que le regalen una orejita, que después de un espadazo hasta la mano que levantó a los entusiastas del sitio, vino la verdad de la suerte, asomando cuatro cuartas el acero por el costado del último inválido. Y al final la cosa quedó en que unos se marcharon creyendo que les habían fastidiado la tarde los de las protestas, porque a ellos les había parecido todo estupendo y que si esto es así siempre, intentarán volver a las Ventas no una vez, sino al menos una vez al año, sin faltar ni uno. Y los otros, pues salieron pensando que esto se ha acabado, que esto no hay quién lo levante, porque nadie quiere que se levante. Unos desde el palco, otros mintiendo y mostrando sus incapacidades con los trastos, otros criando moribundos invadidos por la carcoma y otros aplaudiendo todo y alejando lejos de si cualquier atisbo de crítica o exigencia. Eso sí, al menos un tal Ángel Otero manejó el capote y los palos, que no es poco. Pero ya les digo, ¿cómo vamos a pasarlo “dabuti” si solo vemos lo malo mientras intentamos buscar lo bueno? Y es que os ponéis exigentes y no puede ser. 

martes, 21 de septiembre de 2021

La responsabilidad del aficionado

Aunque no lo parezca, el aficionado no es del todo una masa a la que se pueda llevar de aquí para y zarandearla a gusto del poder. 


Es algo sabido y resabido que cuando las cosas se tuercen, unos intentan buscar soluciones y otros se conforman con buscar culpables, que por supuesto siempre son ajenos a ellos mismos. Que se les incendia la casa y la culpa no es que una velita aromática prendiera en las cortinas, sino de los cortineros que no utilizan tejidos ignífugos, como la piedra, el agua, la nada estampada; se les inunda el baño y la cuestión no es haberse dejado el grifo abierto, sino que este no tenía un dispositivo inteligente que o bien cortara el agua o que gritara “¡Te has dejado el grifo abierto, melón! Que no sé si será condición del ser humano, del carácter hispano o cosas del tan extendido infantilismo, del “señorita, yo no he sido”, pero resulta que esto ocurre también, faltaría más, en esto de los toros. Es más, es acepado incluso por los que en principio pueden resultar más que afectados de las tropelías y desmanes de los que mueven los hilos de este gran teatro de títeres.

Que ahora resulta que los señores taurinos se quejan de que no se llenan las plazas. Tantas ganas de toros y resulta que el aficionado no se ha tirado en desesperada estampida a las taquillas del mundo. ¡Será posible! A ver dónde están esos que clamaban por los toros, porque se abrieran las puertas de las plazas del mundo. Que tenían que sacar los boletos de seis en seis, para que los empresarios y taurinos en general se quedaran a gusto. Eso es lo que deberían hacer. Pero un momento, paremos un momentito, no vayamos tan deprisa. Que lo que el aficionado pedía a voces eran toros, que no es lo mismo que reclamar el ir a los toros. Y me explico. Para ver toros es imprescindible ir a los toros. Eso lo entendería hasta… cualquiera. Que eso de ir a la plaza está muy bien, incluso para algunos, muy bien. Que si comidas, copas antes, copas después, macrodiscoteca en las Ventas al finalizar los festejos, pero que no se nos olvide que esto es una gamba en la paella. Que esto no puede ser el motivo, sino que el origen debe ser, debería ser, el toro. Y si se anuncian unos carteles, como los de la feria de Otoño de Madrid, ya puedes dar canapés a la entrada, a la salida y en el medio, que es muy difícil que la gente vaya sin más.

Pero volviendo al principio, no podemos pensar que el aficionado no va porque no tiene palabra o porque no cumple con su sagrada obligación de sacar el abono a costa de lo que sea, a costa de que le anuncien unos carteles más para el gran público y para la gran plaza de la televisión, que para la plaza de Madrid. ¿Qué pretendemos, que cada abonado saca entradas para todo el portal, calle o barrio? Que los que se quejan tanto del no cumplimiento del aficionado con ese sagrado compromiso, podían pararse a pensar y lo mismo es que han puesto una velita encendida junto a las cortinas de la afición o que se han dejado el grifo abierto y ha permitido que la fiesta, nuestra fiesta, se vaya por el desagüe, mientras se buscan culpables a los que cargar el mochuelo de este desmadre taurino.

Que no confundamos los términos, que no es lo mismo querer ver toros, que querer ir a los toros. Que cuando aquellos faltan, lo demás sobra. Que no nos pongamos en modo empresario y pensemos que con los esfuerzos que han hecho para dar esta feria, ahora la afición no responde. ¡Noooo! Quizá mejor pidamos a los que mandan que se pongan por un momento en nuestro lugar. Que igual es momento para que pensaran en que hab confeccionado unos carteles que no son para Madrid, lo que evidencia su absoluto desconocimiento de lo que es esta plaza, con un ganado que no es que no agraden, es que indignan, con toreros a los que últimamente se les ha querido preparar un triunfo absolutamente artificial, para justificar su contratación. Que sería bueno qué pensaran en la forma en que han puesto a la venta los abonos, con colas interminables en el primer momento, quizá no tanto por querer ir a los toros, sino por garantizarse cada uno el poder ir a su sitio de siempre o lo más próximos a él. Sí es verdad que se podían sacar los abonos por internet, pero… A ver, un minuto de reflexión. Si vemos el perfil de gran número de aficionados, mayores, prototipo de eso que llaman la brecha informática, ¿aún esperamos que hagan un curso acelerado para sacar su abono? Personas que a lo mejor tienen sus abonos de temporada, más accesibles, de andanada y que ahora pretendemos que se pongan a enredar por las redes, que paguen la entrada más cara de lo habitual y con el sobrecoste de la gestión. Mucho, ¿no? Y que la no obligatoriedad de sacar el abono les ha hecho ver el cielo abierto, todo sea dicho de paso. Pero claro, si quieren, ellos o quién sea, ir una, dos o cuatro tardes en fines de semana diferentes, se ven obligados a sacar el paquete completo del fin de semana. Todo facilidades. ¿Y todavía la gente se asombra y se indigna porque el aficionado no ha volado a sacar sus entradas? Pero, ¿estamos tontos? ¿Tan estúpidos nos creen? ¿Hasta dónde creen que llegan nuestras tragaderas? Un poquito de mesura, de sentido común y reflexionemos profundamente sobre cuál es realmente la responsabilidad del aficionado.

 

Enlace Programa Tendido de Sol del 19 de septiembre de 2021:

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viernes, 16 de abril de 2021

Cartelazo muy de Madrid

Lo fácil que habría sido pensar en Madrid para montar un festejo en Madrid

Siempre se ha dicho que cada plaza tiene su personalidad, sus gustos, preferencias, tradiciones y hasta sus manías. Y será por eso que cuando las empresas se ponen manos a la obra para confeccionar carteles, tienen que saber de lo que son esas plazas, de lo que gusta y, claro que sí, de sus manías. Madrid es una plaza que tiene mucho de todo, pero manías, manías tiene para dar y regalar. Es una plaza extraña para muchos y gloria bendita para los más grandes. Paradojas del toreo. Pero Madrid es Madrid, sin necesidad de mirar a otras partes. Y a Madrid habría que darle lo que quiere y digo que habría que darle, porque desde hace años nadie se lo da. Que es verdad que en esta plaza y en este poblachón manchego, el pueblo más grande del mundo, como decía la leyenda, acogen con sumo agrado al que llega de fuera y sin importarle de dónde venga, ni el acento que tenga, se le toma por un madrileño más, pero de ahí a que lo que quieran es que adopte la personalidad, los gustos y las manías de otros, va un gran trecho. Que se puede intentar, pero que tampoco nos obliguen a actuar como si tuviéramos múltiples desdoblamientos de personalidad. Y en esto de los toros parece que esto se ha convertido en norma. Tomemos la plaza de Madrid, las maneras de Madrid, los gustos de Madrid, las manías de Madrid y mandémoslas a tomar… chocolate a San Ginés.

 Pero no se crean que para acabar con Madrid y para darle una patada en semejante parte al aficionado de Madrid tenga que venir nadie de fuera. No, que va, que los nacidos en la Villa y Corte a veces no saben por dónde se andan y aplican a lo nuestro lo que creen que gusta más allá de Guadarrama, más al sur del manzanares o pasado Meco y Navalcarnero. Aquí se aplica eso de los que han entrado en Madrid, pero Madrid no ha entrado en ellos y para muestra, el botón de ese magno festival que la Comunidad de Madrid ha anunciado para el dos de mayo, como fecha marcada en letras de oro para la reapertura de la plaza de las Ventas después de la maldita pandemia. Ya ven, una señora presidenta de Madrid, un señor director del Centro de Asuntos Taurinos, también de Madrid y cuando se meten a confeccionar un cartel, ¿qué digo? Un cartelazo; no se paran ni por un momento a pensar en lo que gusta por estos lares.

Lo primero, un festival y no una corrida de toros. Que uno no es epidemiólogo, pero igual es que el virus ve un traje corto y sale espantado, que todo puede ser. Ya digo, no soy médico y mis conocimientos acerca de todo esto se limitan a salir a la calle embozado y a abrasarme las manos con el gel hidroalcohólico. Pero luego viene la selección de los actuantes, que sí que es verdad que son los figurones del momento, pero es que resulta que en estos tiempos que corren, estos figurones son los más cuestionados de la historia en la plaza de Madrid, quizá desde el Bomba y Machaco. Ventura, que sí, muy espectacular, el adalid del circo a caballo; Ponce, magistral en el manejo de las lejanías, el pionero del teletoreo; Juli, el contorsionismo vestido de luces ante novillotes avanzados casi mogones; Manzanares, prototipo postmodernista y gran exponente de la Tauromaquia 2.0, 2.1… 3.0; Perera, príncipe de la soberbia, mezcla entre Ponce y Juli, agente comercial de Bose, rama megáfonos de largo alcance; Ureña, que se les ha tenido que colar o para al menos dar gusto mínimamente a la afición del foro; Y Roca Rey, sumo pontífice del banderazo, hijo de Eolo reencarnado en figurón mediático.

Pero esos amigos de la fiesta, esos que regentan la plaza de Madrid, esos que prometen proteger la “tauromaquia”, resulta que ignoran lo que gusta a esta plaza, a la gente que ocupa sus localidades, a los que aguantan el frío y el fuego que desprende ese granito serrano, esa piedra de gradas y andanadas de marzo a octubre, sin faltar, salvo que les toque en una mesa electoral un domingo cualquiera. Se les olvida a estos parroquianos, pero se saca pecho en las fotos para mostrárselas, así como diciendo “mira lo que me preocupo por vosotros”. O si es menester, cogen la fiesta que estos leales de Madrid tanto aman y se la tiran a la cara al primero que se les ponga por delante. Que la fiesta lo soporta todo, aguanta patadas, pisotones, desprecios, casi igual que esa afición de Madrid que quiere casi por igual esta pasión que son los toros, como su plaza. Que tampoco piden mucho, solo piden poder volver a su casa, poder volver a ver cómo se abre la puerta de toriles, poder volver a ver el toro y para empezar, quizá preferirían que no asomaran esos que tantas veces les crisparon, los que no dudaron en hacerles desplantes en su cara, decir de ellos verdaderas barbaridades, dudar de su saber, de su afición y hasta de su calidad de buena gente. Que no digo yo que todos sean buenos, ni sabios, faltaría más, pero o que no son es tontos y lo que sí saben es lo que quieren y por eso les gustaría que todo empezara de nuevo no con un cartel de figurones, no con un cartel propagandístico en una fecha tan determinada, no con un cartel para la televisión, sino un cartel a su gusto y si fuera posible, puestos a pedir, un cartelazo muy de Madrid.

Enlace programa Tendido de Sol del 11 de abril de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-11-abril-de-audios-mp3_rf_68401093_1.html

martes, 8 de septiembre de 2015

Das Stockholm sindromen o que majos son estos ladrones

El 28 de diciembre el muñequito nos hace gracia, pero el resto del año ni nos enteramos de que nos cuelga de la chaqueta


Si será extraño el que una persona se solidarice con quién le agrede, le tortura o le roba, que hasta se describe un síndrome que se ocupa de esta irregularidad mental de las víctimas. Quizá ni tan siquiera se puede calificar como tal, pero lo que es evidente es que esto existe. Llega un momento en el que el agredido empieza a empatizar con el agresor y hasta llega a comprender las circunstancias que le rodean y que le han empujado a agredirle. Tiene que ser un impulso muy poderoso el que invade a las víctimas y la complejidad de los procesos mentales deben ir mucho más lejos de lo que podemos cavilar. Pero si estos fenómenos ya nos dejan perplejos en si mismos, ¿qué deberíamos pensar cuando en el mundo del toro nos encontramos con individuos, incluso buenos aficionados, que llegan a comprender y compartir opiniones y situaciones que viven los taurinos y que les conducen a tomarnos el pelo y a querer instaurar una situación de fraude institucionalizado?

Desde hace tiempo vengo comprobando como buenos aficionados, de eso no me cabe duda, me manifiestan no sé si por convencimiento o por conformismo, su adhesión a postulados de los taurinos, admitiendo sin dudas el incesante deterioro del toro, el desprecio a reglas fundamentales y no escritas del Toreo y la necesidad de que el público asuma y consienta toda esta degeneración. A veces la excusa es eso del “de toda la vida ha sido así”, sin caer en la cuenta de que cada uno tiene un “de toda la vida” diferente, que puede ir desde los 5 a los 50 años, si no más. Pero eso ahora mejor dejarlo. La cuestión es como buenos aficionados, a veces jóvenes, pero con unas ganas terribles de aprender, se reacomodan en el sitio que les dejan en esta afición y tragan, sin querer y sin saberlo, verdaderas ruedas de molino. Y que conste que no pretendo pontificar, ni dar lecciones a muchos de los que yo debería recibirlas. Lo que me preocupa es eso, que las mangas se abran más que las del hábito de un cartujo.

El aficionado no solo transige con eso de los encastes minoritarios, sino que además exige que cuatro domingos por temporada les den el caramelito que les mantendrá callados el resto del año. Este ganado sale como sale y los taurinos ya tienen la excusa perfecta para decir eso de que estas ganaderías no valen, no embisten. ¡Vaya! ¿Y por qué no se exige el toro cada una de las tardes que suenan los clarines? Nos dejamos enredar en la trampa como unos pardillos, pero como vienen ganaderías de diferentes encastes, a callar, tan felices. ¿Desde cuándo es eso? El domingo pasado no daba crédito al ver que en los carteles, detrás del nombre de cada ganadería aparecía entre paréntesis, encasta tal o cuál. ¡En la plaza de Madrid estamos en esas en que tienen que decir la procedencia del hierro anunciado! Pero no sé de qué me extraño, si se admite que te saquen el caballo por la retaguardia y que te mantengan el toro entretenido en un burladero mientras el matador deambula por el ruedo. Con lo fácil que se soluciona eso, basta que los toros los pararan los peones. Que esa es otra, ¿Cómo los va a parar un banderillero? El matador tiene que demostrar que se viene con ganas. Pero no nos molesta que largue al animal de cuatro trapazos y cuarto. Se ha llegado a que hay que ser benévolo con un novillero o matador de toros que solo cuenta con una o dos actuaciones como toda experiencia taurina. Vamos, que antes de cada corrida hay que empaparse de la biografía de los coletudos, si viven confortablemente en un piso de tres dormitorios y dos baños, si tienen ascensor para subir las bolsas de la compra o si al chaval se le atragantaban las matemáticas en el cole. Eso sí, lo que sea, menos molestar al chico en el ruedo.

Si hasta empezamos a aplaudir, que ya no es aceptar, sino aplaudir acaloradamente las fundas de los pitones, porque ahora resulta que si la finca está en terreno pedregoso, puede ser que los toros se dañen un pitón. Así que nada, enfundamos as dos velas y así tenemos la seguridad de que se afofan los dos. Que vamos a tener que hacer una colecta para enmoquetar las dehesas de bravo. Si hemos llegado a compadecernos de un ganadero que te suelta que trae una corrida enferma que no se sujeta en pie y en lugar de montar la mundial, penamos al ver al que va a cobrar los seis toros como si fueran buenos haciendo cucamonas mesándose los cabellos.


No nos podemos permitir la exigencia, pues tampoco es cosa de amargar la tarde a los paisanos del torero, hay que unirse a la juerga y pedir despojos sin freno, para a continuación sumarnos a la juerga festivalera del paisanaje. Nos tragamos que la chepa del ruedo molesta, que el ruedo es grande, que las figuras no pueden ponerse delante del toro, toro, porque eso no es para ellos, es más hasta parece una barbaridad pedir que toreros como Juli, Pererea, Manzanares o el que quieran de los punteros se las vean con otra cosa que no sea de sangre Domecq fofucho. Ni tan siquiera se puede permitir que alternen con otros toreros más habituados a lo duro. ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Hacia dónde caminamos? realmente se ha llegado a un punto en el que los aficionados, incluso buenos aficionados, parecen aterrados con la simple idea de que las cosas vuelvan a ser lo que un día fueron. Si hasta parece que les asusta jalear con olés las faenas y se agarran al ¡bieeeejjnnn! con todas sus fuerzas. Hemos llegado a que solo los profesionales y sus satélites puedan opinar, porque ellos saben lo que hay, aunque entre los profesionales estén ladrilleros sin más conocimientos taurinos que una cuenta corriente sólidamente alicatada de billetes hasta el techo, pero que tienen como consejero a un avezado taurino que les proveé de vacas, les lleva chavales a las tientas y hasta convencen a un matador para que se deje invitar a la finca. Pero todo esto nos parece maravilloso. Protestamos cuando asoman las figuras o todo lo que tenga que ver con lo de domez, damos el pego de exigentes y sabios aficionados, mientras permitimos que nos taladren un butrón tamaño arco de Medinaceli por la retaguardia. Pero nunca reconoceremos nuestra estupidez, eso jamás, es mucho más cómodo dejarse engañar, que reconocerte como el primo del timo de la estampita. Será por eso que aceptamos  sin pestañear “Das Stockholm sindromen” o que majos son estos ladrones.

martes, 18 de agosto de 2015

¡Cómo hemos cambiado!



Entre sorpresa y sorpresa, seguimos ajustando los últimos detalles para Logroño


Uno tiene la costumbre de acercarse de cuando en cuando a la plaza de Madrid, o lo que queda de ella, en mayo todos los días y el resto de la temporada casi cada semana, por aquello de no abusar; y así desde hace un tiempecito. Y uno se da cuenta de lo mayor que se va haciendo cuando ve cómo han cambiado las cosas a lo largo del tiempo. Antes los afisionaos de verdad llevaban claveles reventones en la solapa, ahora almohadillas con asa, a rayas y metidas en una bolsa de papel con asas, de la medida justa de los cojines. Antes se iba a los toros con la ilusión de ver a fulano o mengano y los toros de la ganadería que tocara. Hoy se va con desparpajo, disfrazado de taurino y con un pañuelo blanco “preparao” para la ocasión, que como si tuviera vida propia, a los quince ¡bieeeeejjjnnnes! y un ¡Vámonos! se engancha en la mano del nota y se empieza a agitar convulsamente.

Pero estos antes y despueses casi son lo de menos, lo de más son otras cosas. Recuerdo yo cuando a un torero se le media por lo que tenía delante y por lo que era capaz de hacer ante semejante ejemplar y si su actuación no se correspondía con la condición, la del toro, se supone, allí podía arder Troya. Olvídense de semejante majadería. Si esa regla no escrita se hubiera tenido en cuenta en la corrida de la Paloma, por poner un ejemplo, el campechano Javier Jiménez habría salido abochornado y corrido a gorrazos el día de su confirmación. Y si nos descuidamos, casi le sacan a cuestas los “afisionaos” de la nueva plaza de Madrid. Si al primer mansito come muletas, un cualquiera hace años se dedica a darle trapazos y recortes sin torear, a largar hasta Murcia los mantazos con la siniestra, no habría encontrado refugio para la pitada que le habrían dedicado en tan señalado día. Lo mal que se llevaba el que a un torero se le fuera una babosa, un carretón, una malva, un cortijo. Pero na’ hasta le pidieron la oreja, la del toro, claro, en eso aún no ha habido variaciones. Y si para cierre, en el último sale a estar a merced del toro, sin saber por dónde meterle mano, sin mandar, ni torear, tienen que sacarle escoltado por el Benemérito Cuerpo. Pero la gente se emociona, se envalentona y a pesar del navajazo en mitad del lomo, ponen al del palco en la tesitura de tener que conceder un trofeo. Pero que los había que salían encantados y no eran un par, que eran unos cuantos.

Las broncas que uno ha vivido cuando un toro iba al caballo y a nada que rozara el peto el señor de arriba le señalaba el puyazo automáticamente sin casi producirle ni arañazos de segundo grado. Pues los “afisionaos” sensibles, ahora rompen en ovación cerrada y al retirarse el de aúpa le transmiten sus felicitaciones desde su localidad. Que ganas me dan a mí de imitarles, porque hasta el momento, por vestirse de colores no cobraba nadie, excepto Papá Noel y los emisarios reales de los Reyes Magos. Pero parece que el mercado del travestismo se va ampliando. La sensación que se percibe es como si el personal, tras estar un ratito aplanando nalgas contra el granito madrileño, sintiera la necesidad de desfogarse y, ¿qué mejor que aplaudiendo? Que lo mismo ocurría cuando el señor Jiménez andaba errabundo y desconcertado con su último de la tarde, sin saber por dónde aviarle y enseguida asomaba el del trasero más plano con sus palmas extemporáneas, que el resto del personal seguía con aparente convencimiento. Eso sí, les ruego que ese momento de efusión plausiblilista no les pidan razones, so riesgo de cortocircuitar al interrogado. Ya les adelanto yo la respuesta que puede ir desde un “ha estado muy bien” al socorrido “le ha echado un par de c...”, que sirve para todo lo que ustedes quieran que sirva. El niño que se tira por un tobogán con la bici y se parte la crisma, “le ha echado un par de c...”. El marido disoluto que mantenía una amante por cada día de la semana aparte de la oficial, “le ha echado un par de c...”. EL estafador que aprovechando su concejalía de urbanismo y que recalifica los terrenos del Campo Santo para hacer chalets, “le ha echado un par de c...”. La expresión vale para todo, aunque en realidad no diga nada.


Pero si hay que echarle un par para aguantar como lo que queda de la plaza de Madrid se pone hecha un basilisco por un manso y lo protesta y lo protesta, quizá con la esperanza de que el señor presidente lo devuelva a los corrales. Que habrá quién me diga que no hay que preocuparse, que eso no es posible, que antes le condena a las viudas, pero ojito, que no hace mucho, tan solo dos ferias atrás, que un morador del palco pretendía echar para atrás a un toro porque le daba la sensación de que iba a salir manso. Así que cuidadito, que no solo rechazan los mansos en los tendidos. Que uno sí ha visto protestas durante la lidia de un manso en esta plaza, pero después de ver que el animal no quería peto, reclamando que se le fogueara de acuerdo al reglamento. ¡Ay! Si a los que van a las plazas les diera por leerse el reglamento taurino, lo convertían en best- seller de dos patadas. En fin, que tenemos dos opciones, una amoldarnos a las nuevas y felices corrientes de los taurinos, que Dios me libre de tal calificación, y otra el intentar seguir, cuanto menos molestando, a ver si a alguno de estos satisfechos les da por mirar un poquito lo que era esta plaza y lo que era esta Fiesta. Y lo mismo llega a la misma conclusión y exclama eso de... ¡Cómo hemos cambiado!

martes, 25 de junio de 2013

Madrid de las mil caras

Los toreros de Madrid, cuando esta tenía una personalidad mas... rigurosa


Que tiempos aquellos en que Madrid era la primera plaza del mundo, que no la menos mala; que tiempos cuando se hacía respetar y no había tonto, espabilado, necio o estúpido que se le pusiera gamba a este público, cualquier cosa, menos permitir que los de abajo sobrepasaran la línea que separaba el ruedo de los tendidos; que tiempos en los que la dignidad y vergüenza torera hacía que los matadores rechazaran las orejas que creían no merecer, o que una parte importante del público lo manifestara así; que tiempos en los que el público sabía lo que quería, con un criterio claro, duro y flexible, serio y entregado, siempre teniendo en cuenta el toro; que tiempos en los que salía el toro por la puerta de chiqueros de la plaza de Madrid; que tiempos en los que todo el mundo la tomaba como modelo y no se intentaba ponerla al nivel del resto de plazas, de Albacete, Valencia, Salamanca, San Sebastián, Badajoz, Olivenza, Medina del Campo, Alicante, Castellón, Antequera, Marbella o Benidorm, por decir algo. No existía la influencia de los gurús de la Tauromaquia 2.0, esos con bigote o esos hooligans expertos en justificar y alabar todo lo que hagan las figuras, aunque sea sodomizar a los mansos. Lo que han cambiado las cosas. Veinte años no es nada, decía la canción, pero si nos fijamos en las Ventas y sus habitantes, ha bastado ese tiempo para que no reconozca a esta plaza, ni la madre que la fundó.

Por si quedaba alguna duda, durante las ferias de mayo y junio en Madrid hemos podido comprobar como esta plaza ha acabado encallando en la vulgaridad y el gusto pueblerino, ramplón y rebosante de ignorancia, donde cualquier cosa importa más que el toro. El público se deja engañar a conciencia, aún aburriéndose como desesperados, siempre y cuando se corten orejas; en ese momento se entregan al espejismo del triunfalismo. La antigua afición madrileña se caracterizaba por estar estructurada, por repartirse por distintas zonas de los tendidos, gradas y andanadas, que respondían al unísono ante el fraude, las trampas, la ordinariez, la ineptitud, el exceso de bisoñez o todo aquello que se apartara de los fundamentos de la lidia, sin que ningún sector se permitiera erigirse en guardián de los valores de la plaza. Pero las cosas ya no son así.

Aunque haya quien no lo crea, los nuevos dueños de Madrid son los que visitan esta plaza un puñado de veces al año, las que deciden en la peña del pueblo que todos los años organiza un viaje con autobús y todo, las que se acompaña al torero local y poco más, pero son los amos. Con eso de los abonos, tienen que sacar entradas en el sol, que es justo donde empiezan a escucharse los ¡bieeejjnnn! y donde se ven los primeros pañuelos. El foco se ubica en el 5, con extensión hacia el 4 y el 6. Ahí empieza la locura y el sin dios del triunfalismo. Ya puede Manzanares pegar una fanfarria de toreo distante, amanerado y crispado, que liarse Perera a pegar trapazos hasta llegar a mil, que ponerse Jonathan del Álamo a cucamonear alrededor del toro acabando con un solemne bajonazo, cae el toro y aparecen unos cuantos pañuelos que acaban contagiando a más “aficionados” de Madrid, hasta que el señor agente, el del palco, saca el suyo, mientras los mulilleros van a paso de Regulares de Ceuta o Melilla. Fuera de mayo el germen nace con unas tímidas palmitas durante la faena, allá por el nueve, que es de donde deben ser las invitaciones. Eso sí, en cualquier caso, una vez acabada la corrida, procuren no entretenerse, porque con todos esos autobuses por medio, se lía una gorda para tomar la M-30, que es por donde mejor se coge la carretera para salir de la capital.


Estos se van felices, han conseguido orejas, han insultado a los del 7, han retado a los listillos a que bajen ellos y han merendado como un marqués. Las cervezas un poco caras, pero para una o dos veces que se va a los toros, aparte de las de las fiestas locales. Se cabrean porque se protestan las sardinas, porque se pide a los picadores que piquen y a los toreros que toreen, pero lo que disfrutan cuando un monosabio colea al toro, cuando el picador ni señala la vara, cuando la montera cae bocabajo, cuando el toro desarma al torero, cuando pincha en hueso, cuando se contonea por el ruedo estorbando la lidia, cuando exagera el esconder la pierna, el retorcimiento y sobretodo cuando se lleva el toro cerquita. Esa es la plaza de Madrid ahora, que ve a un tío vestido de luces que se encara con el público, esos que pasan por taquilla y se dejan la pasta, y se mondan de risa y además les aplauden como locos y lo comentan con los paisanos, mientras escupen migajones del bocadillo que se trapiñan a dos carrillos. Habrá un día que hacer una antología de citas de estos… señores: “Baja tú”, “Payaso”, “Hijo p…”, “cabr…”, “Me la vas a…”. Si Castelar levantara la cabeza, estoy seguro que los nombraba asesores para sus discursos; hay que ver lo rico que es el castellano y el ingenio patrio, y lo burdos y zafios que son estos valentones que insultan a los del 7 desde el 5, bien lejitos, no vaya a salpicarles un bofetón o los migajones de la merienda que llevan estos añejos aficionados. Pero ¡ay! el 7, pobres, con lo que supusieron en las Ventas y con lo poco que pintan y además, últimamente con borrones, pinceladas toscas, torpes y con goterones manchando la obra. Cuantos se han colado en ese tendido haciéndose pasar por aficionados, mientras que sólo son vociferadores sin convencimiento. Y no saben lo que me duele decir esto. Que no veo mal la protesta, nada más lejos, creo que es algo imprescindible en estos momentos, es más, creo que ya ni se protesta, solo eso, de vez en cuando se pega un berrido y vale. Es como si los que sabían se hubieran hartado y hubieran abandonado, bastante comprensible por otra parte, y hubieran tomado la bandera de seriedad otros que no están a la altura. Tan desnortados andan, que lo mismo empujan a dar la vuelta al ruedo a un amigo, que se callan y no protestan con otro, que se alinean con un tipo de torero y le consienten todo, todo y durante años. No creo que esta sea la solución, vale que hay que ser flexible y todos los coletudos tienen derecho a un día malo, pero muchas veces parece que les guían más las preferencias personales, que las taurinas y eso no es bueno para la Fiesta, ni para mantener la seriedad de la plaza, ni la credibilidad de esos aficionados. Eso sí, ellos se creen que son los únicos que protestan y que soportan el prestigio de Madrid. Pero que no se agobien, que no se arroben tanta responsabilidad, que miren a su alrededor y acepten la ayuda que en forma de protestas les prestan otros aficionados, que no son “talibanes”, como a ellos les gusta llamarse a si mismos. Qué poco me gusta la palabrita, esa que en árabe significa estudiantes, pero que ellos han tomado como los más puros de los puros. Pues hasta el término está mal elegido. ¿No les valdría intentar llegar a ser… aficionados? Ya me gustaría a mí alcanzar semejante honor y que un día pudiera llegar a considerarme como tal, lo que cada día se complica más, especialmente si tu plaza, aquella que te enseñaba y te dejaba sentarte al lado de la cátedra del toreo, justo antes de convertirse en “Madrid de las mil caras”.

martes, 27 de noviembre de 2012

Madrid se empequeñece, ¡El derecho a mi grada!

Tanto se molió los sesos el genio de Gelves en el diseño de Las Ventas y a lo mejor a los señores de Taurodelta les bastaba con el aforo de la Carretera de Aragón.



Qué bonita está quedando la obra de la tapadera de la plaza de Madrid, qué gran obra, tapar la plaza de toros de las Ventas del Espíritu Santo; ¿será para que no se escape la pestilencia de lo que allí dentro están cociendo unos negociantes sin alma, ni afición y que han demostrado con largueza el tamaño de su ineptitud? Solo han sabido hacer negocio a base de recortes en los derechos de los aficionados, en la grandeza de la Fiesta y ahora ya no únicamente en la integridad de la que se decía que era la primera del mundo, sino en su capacidad. Además de contar con la complicidad de la administración autónoma, rebajándole el canon, permitiendo que apliquen el incremento del IVA con una diligencia propia de los sabios, haciendo oídos sordos, cerrando los ojos y aceptando una programación de festejos infame e insultante dando asilo a toda la vulgaridad que campa por la Fiesta. Miren que ya no digo nada de la reducción de festejos, que también, pero cuando uno se estrella con el coche, se rompe la pierna por tres sitios, sufre lesiones internas en riñones, intestinos, bazo, estómago y pulmones, despierta a duras penas del coma inducido y tiene que pasar más de un mes en cuidados intensivos, ¿le va a preocupar un esquince en la muñeca? Pues esa merma de festejos, comparado con el resto, es un esguince de muñeca.

Qué pena que toda esta hermosura que heredamos de nuestros mayores, ese vínculo que nos mantiene unidos a los que ya se fueron, que reúne a amigos, que establece unos lazos muy especiales con los que vienen detrás, que produce el encuentro entre generaciones, entre regiones, ciudades y gentes de ambos lados del mundo, todo esto, todo, ha caído en manos de unos inútiles con malas intenciones, apoyados y coreados por estúpidos que se creen las necedades que quieren convertir en el nuevo dogma de la Fiesta.

Uno no deja de escuchar a toda esa panda de idólatras del becerro de oro de la empresa de Madrid, que son un prodigio de gestión, de organización y de todo lo que se nos ocurra acabado en “ción”, pero si nos detenemos unos momentos en analizar a grandes pinceladas su labor en Madrid, nos damos cuenta de que son los gestores y organizadores idóneos de la ruina que ellos mismos han creado. Es como si desde el primer día hubieran puesto todo su esfuerzo en hacer de la plaza de Madrid una plaza a su medida. Lo contrario de lo que podría pedir la lógica, que ellos alcanzaran el nivel de exigencia y compromiso propio del coso de la calle de Alcalá. Empezamos con un declive notable en cuanto al ganado anunciado. En un principio la excusa era que querían dar a conocer nuevos hierros, lo que no está mal del todo, pero hecho con mesura y conservando lo mejor de los ya conocidos, sin llegar a exiliarlos de Madrid. Pero enseguida se les vio el plumero. Lo que pretendían no era otra cosa que comprar barato y venderlo como si fuera bueno. Si tantas ganas tuvieran de descubrir nuevas vacadas con posibilidades, no se empeñarían en traer año tras año a ganaderías que han fracasado estrepitosamente cada mes de mayo, incluso hasta dos veces. ¿Qué me dicen si no de Núñez del Cuvillo? Aunque después de las bobadas que he leído que dice el propietario de este hierro, uno ya está preparado para todo. Si uno además se para a ver lo que sale de cada camada por esas plazas de Dios, no tiene que fijarse mucho para darse cuenta de que a Madrid ya no viene lo mejor de cada casa. Pero claro, es que los bombones hay que pagarlos, no solo bien en cuanto a la cantidad, sino a tiempo. Ellos apalabran y apalabran pero no sueltan la mosca y si entre medias asoman los mozos peñistas de Brazabuey y ponen la tela por delante, ¿a que no saben donde irán los toros que apalabraron los señoritos de Taurodelta?
Monta su peña de San Isidro, el Aniversario/ Arte y Cultura/ Timo de la estampita y Otoño y ya se han cansado. Ya la ciencia no les da para montar corridas de toros en junio, ni casi en julio, se inventan rollos macabeos para disfrazar los detritus taurinos con apariencia de novilladas con novilleros que están más para aprender a coger los trastos que para torear en Madrid, y así van trampeando. Porque no nos engañemos, lo de la feria en mayo es poner sobre la mesa los toreros afines, los que apoderan ellos mismos o los capos de otros clanes que harán lo propio con los suyos, sin opción a poder ver a José Tomás o a otros toreros del gusto de Madrid, aunque cobren dos pesetas. Lo del ganado no supone ningún inconveniente, porque si no vienen los figurines con sus mochuelos debajo del brazo, siempre habrá una de cada hierro de los Lozano, de las franquicias Fraile o todo lo de Juan Pedro, bien por vía familiar, bien por vía ladrillera de nuevo rico con ansias de figurar.

Piden que se organicen menos festejos, que la temporada empiece más tarde, que acabe más pronto, claman por evitarse las novilladas del verano porque dicen que no son rentables, que no va nadie; lo cuál es absolutamente cierto, pero claro, es que el aficionado de Madrid va a los toros a ver toros, no a pasar la tarde. Si lo que le dan no interesa ni a los mozos de Brazabuey, ¿cómo van a pretender que vayan los más fieles a la piedra venteña? Y ahora se inventan lo de la tapadera, pero dejando fuera las gradas y andanadas. Hace unos años se hablaba de posibles soluciones para ampliar el aforo de las Ventas y ahora lo reducimos drásticamente, ¿pero qué es esto? Cuando no empiezan los sesudos taurinillos a pedir que se disminuyan las dimensiones del ruedo. Señores, la cosa está muy clara a estos caballeros les viene todo esto muy grande. Si empezamos quitando calidad en la tela del traje, reducimos el forro, eliminamos el chaleco, aunque se pierda elegancia, los zapatos los compramos en un mercadillo, hay que cortar las mangas, la pernera del pantalón y meter de la sisa, entonces blanco y en botella, que les viene muy, muy grande, que ellos iban para organizadores de fiesta camperas y les han tomado por empresarios taurinos. Pues si todo esto no les vale, márchense, déjenlo, olvídense de nosotros y de nuestra plaza, instálense la tapadera en el baño de su casa, inviten a sus torerillos a una barbacoa en su jardín y que se lleven allí a sus mascotas para hacerles cucamonas, déjennos en paz. Que no pedimos más, que lo único que queremos es poder ir a los toros y ejercer el derecho a sacar nuestra entrada de grada o andanada. Que porque a ustedes los dedos se les hagan huéspedes y no les dé su solvencia para manejar una plaza con casi 24.000 asientos, no es para que lo suframos los demás. Ustedes se preparan bien, se pasan unos añitos estudiando, hincando los codos, y luego vuelven, pero mientras, quédense en sus artes, sus culturas y sus mandingas ferroviarias. Que lo único que consiguen es que aficionados que viven para esto, que arrastran a la familia, que les aguanta su pasión con santa paciencia, que envenenan con el toreo a amigos y conocidos, que nos plantemos y digamos ¡ABOLICIÓN de la TAUROMAQUIA 2.0, YA! 

viernes, 6 de julio de 2012

Madrileños por el Mundo


Un ayudado por alto que comenzó una aburrida tarde toros


Tendré que explicar muy bien a lo que me refiero al decir esta frase, no vaya a ser que los del programa de la tele de doña Esperanza, el adalid y salvaguarda de la Fiesta, se me desboquen y me manden a los guindillas a ponerme firmes. No vamos a ir a Botswana a ver como un chico de la Prospe ha montado un negocio de exportación de gazpacho, ni que una señora de mediana edad del barrio de Hortaleza ha montado una casa de trajes de chulapos en el centro de Manila, por aquello de los mantones. Para eso habrá que esperar los capítulos correspondientes. Eso sí, si la reportera o reportero necesitan ayudantes, que no duden en llamarme.

Lo mío es mucho más próximo y no tan concreto, no me voy a presentar en casa de Manolo o Pepe Luis más allá de Despeñaperros, ni en la huerta de Joaquín, ni en el Chiringuito allá del mar. Cuando hablo de madrileños por el Mundo me refiero a la afición venteña y a todas sus delegaciones repartidas por la geografía. Como el chiste los de Bilbao, un aficionado madrileño, nace y vive donde le viene bien, aunque no haya posado sus mullidas posaderas sobre el granito de Guadarrama. ¿Y por qué? Pues porque eso es un sentimiento, una forma de entender la Fiesta. Hace años, ya lustros y a poco que nos pongamos, siglos, cada sitio tenía su propia afición a los toros y esta tenía caracteres muy marcados. Unos gustaban del toro grande, otros del toreo fino, otros del espectacular, cada uno era de su padre y de su madre. Pero hete aquí que llega la globalización. Y todos que estábamos tan contentos con la variedad y la personalidad de cada plaza, de repente nos damos cuenta en que la afición a los toros se divide en la de la tele, y más concretamente la de la tele del señor Molés, como máximo mandatario y sumo pontífice de esta parroquia y los demás, que sumidos en la angustia y la desesperación, ya no pueden acudir a la plaza de su tierra sin tener ciertos malos pensamientos y cierta aversión a lo que se ve en los ruedos de por ahí. Entonces es cuando estos buscan una tabla de salvación y comprueban que a su alrededor solo hay un salvavidas con el rótulo de Plaza de Las Ventas. ¿Qué van a hacer, ahogarse y renunciar a su afición? Pues no, lógicamente, se agarran como desesperados a lo que más se aproxima a su idea de la Fiesta, del toreo y sobre todas las cosas, del toro.

Los hay que nunca han pasado por la plaza de la calle de Alcalá, los hay que nunca podrán visitarla y luego también están esos que aparte de la romería de los patronos de su ciudad, de la excursión a tal ermita para reunirse con sus convecinos o de ir a coger aceitunas en una fecha determinada, han tenido que incluir un viaje a Madrid, para ver toros en las Ventas. Además cuando pronuncian el nombre de la plaza, se les llena la boca y se les hincha el alma. Unos toman la excusa de apoyar al torero con el que comparten paisanaje, otros por el ganado, otros por las dos cosas y otros porque necesitan respirar el ambiente taurino con el que se sienten más a gusto, por lo menos para ir tirando un tiempecito.

Ya decía que cada afición tiene sus cosas. Esta de Madrid en la Diáspora, también tiene sus valores eternos de la Fiesta. Es muy raro que no coincidan todos en el toro. A él agradecen su afición, a él dedican sus oraciones para que baje de nuevo a la Tierra encarnado en la casta y la bravura, y a él apelan cuando se sienten flaquear. Que no flaquean, pero les da esa sensación. Que cosas, gentes de Andalucía, de Castilla o Extremadura, que tienen el toro en el campo a dos pasos de su casa y se meten una montonada de kilómetros entre pecho y chepa para encontrarse con el toro. ¿No podrán verlo igualmente en la plaza de Mérida, Huelva, Badajoz, Linares, Córdoba, Valladolid o Salamanca? Pues o ellos están ciegos de bastón blanco y perro grandote, o eso debe ser algo menos que una utopía.

Igual que estos “madrileños” no abjuran de su origen, ni de su plaza, que por supuesto que no deja de ser su orgullo, también ocurre el caso contrario. ¡Cuántos madrileños transitorios prefieren las plazas de tercera! Y todo esto nada más que por un montón de despojos. Estos públicos son los que vayan las veces que vayan a la plaza de Madrid, nunca formarán parte de su afición, entre otras cosas porque no les da la gana, lo rechazan con todas sus fuerzas. Buscan que pasen los dos primeros tercios a toda velocidad, sin preocuparse por nada más y solo a partir de que el espada despliegue la muleta caen en la cuenta de que allí hay un toro y un señor con medias rosas, que se supone que es el torero. Si antes alguien ha protestado el toro, al picador o al lucero del alba, les importa un pito. Pero la afición de Madrid, la de todos los Madriles posibles, esa que forman los que van a la plaza y los de la Diáspora, piden, ya casi añoran, otras cosas. Es abrirse el portón de los sustos y esperan que salga un toro, ¡qué ilusos! Y si no sale, ya tenemos montada la marimorena. Y los otros madrileños empiezan con el cállate. Luego viene lo del picador, que unos quieren que se gane el sueldo y otros que ni se despeine. Seguimos con el “a picar” y la respuesta de “si le pican se cae”, “pues que se caiga; y sigue el pitote y las broncas a distancia. Los madrileños atacan con el “payaso” y los otros madrileños señalan al toro rebozado por la arena respondiendo “¿pero no lo veis? Pero el número fuerte empieza cuando sale el matador, que tiene sus familiares, paisanos y a los amantes de los despojos, del toreo Gore, apoyándole como un solo hombre. Y otra vez la gresca, unos que si el pico, el paso atrás, que si eso es mentira, que míralo con el pobre animalito, mientras que el eco de todo esto responde “baja tú, baja tú, tú, tú, u, u” y otras lindezas que mi educación no permite reproducir, pues ya decían que no es bonito nombrar a la madre del otro y restregarle por la cara algunas costumbres que el vociferante le atribuye por su cuenta y riesgo. Y cuando se produce la estocada, allá donde caiga y después de doblar el toro, entonces es mucho más fácil identificar a los unos y a los otros. Unos flamean los pañuelos como si fuera su pendón, como si blandieran una espada, mientras que los otros se echan las manos a la cabeza y repiten como una letanía “¡Ay Madrid, que bajo has caído! Pero no nos engañemos, estos que vemos son los madrileños que acuden siempre que pueden a las Ventas, porque nadie debe olvidar que además de estos, hay muchos más “Madrileños por el Mundo”.

miércoles, 29 de febrero de 2012

El papel de Madrid en la Fiesta


Madrid es tan particular, que hasta disfruta con esos encastes minoritarios que desprecian las figuras, los taurinos y los modernos aficionados de libro y vídeo

El otro día en Linares, un buen aficionado me hizo una pregunta corta, pero que podría ser objeto de un libro, ¿cuál es el papel de la plaza de Madrid en el toreo? Casi na´. Esto, como diría don José Ortega y Gasset, tiene varias respuestas, lo que piensa el público de Madrid, lo que el público de Madrid piensa que piensa el resto del mundo, lo que piensa el resto del mundo, lo que el resto del mundo cree que piensa Madrid, lo que aparenta y lo que realmente es.
Yo no me atrevo a emitir un juicio valorativo, no tengo tanta capacidad ni conocimientos, pero sí que tengo mi opinión, que es lo único que puedo exponer. Una cosa está clara, aunque la afición venteña proteste, se queje, piense que lo que ocurre es la decadencia suprema de la fiesta y que ya nos movemos en el lodo, una cosa está clara, Madrid es muy, muy diferente al resto de las plazas y que entre éstas y Las Ventas, aún hay una gran diferencia. Y que nadie piense que ésta es el ideal de plaza. Eso desgraciadamente nos queda muy, muy lejos.
Es más, incluso no sé si la afición de Las Ventas tiene presente eso de la primera plaza del mundo y de ser considerada la más exigente del planeta. A veces creo que ellos solo pretenden disfrutar de los toros tal y como a ellos les gusta. Lo de las calificaciones y categorías puede que les preocupe más a los que nos visitan de vez en cuando o a los paisanos de los toreros que consiguen arrancar una oreja de esta plaza. Esos que se creen que cuando uno cruza el umbral de la plaza, automáticamente le ilumina el espíritu santo de la tauromaquia y los convierte en la reencarnación de don Antonio o don Gregorio.
Lo que sí caracteriza a Madrid es que tiene muy claro lo que quiere. No se detiene en nombres, el que hoy es un ídolo, en cuanto se le ve la intención de querer engañar, se despeña de su pedestal. Y con toda la exigencia que se nos atribuye, puede que sea la única plaza del mundo que premia la intención y que es capaz de esperar y esperar, hasta ver el camino que coge el torero, ganadero o director de la banda de música. Pero todo esto de acuerdo a sus gustos y a sus criterios del toro y tipo de toreo que quieren ver en el ruedo de su plaza. Pero claro, si los hay que se ponen farrucos y quieren adaptar estos gustos a sus intereses particulares, pues ahí los capitalinos se ofuscan, fruncen el ceño y dicen que nanay.
Pero insisto, no sé si es la mejor plaza del mundo. Depende a quién se lo preguntemos. Unos dirán que la de Albacete, otros que la de Bilbao, México DF, Ronda, si se lo preguntamos a Manzanares dirá que Sevilla, si es a JT, igual se inclina por Barcelona, quién sabe. Pero hay un rasgo positivo y creo que indiscutible que dice mucho a favor del público de Madrid y es su predilección por el toro. No por el toro gordo, cebado, grandullón y cornalón, aunque si hay que elegir entre el de gran arboladura y el mocho, se prefiere el bien coronado. Pero el aficionado madrileño prefiere el trapío, que no el volumen por el volumen, le gusta el toro encastado, no el carrilero y ante bravura noblota y casta con picante, también lo tiene claro.
A partir de aquí, su función en el mundo de los toros sería la de hacer ver y difundir que otro tipo de fiesta es posible, que no es necesario un pegapases y un tragapases. Y la satisfacción de sus propios gustos puede convertirse en modelo a seguir. Lo que no quiere decir que el camino sea fácil, pues igual que Madrid tiene que cargar con los sambenitos del toro pasado de peso y fuera de tipo, de la exigencia sin sentido, de sus fobias y sus filias, a oteas plazas también se les cuelga un cartel con una personalidad que facilita el fraude, pero que no tiene por qué responder a la realidad. A Sevilla se le ha hecho creer que guardar silencio es suficiente castigo. Valencia se cree en la obligación de ser una plaza amable, Pamplona bullanguera, Zaragoza se tiene que conformar con ser una outsider de las grandes ferias, por ser el final de la temporada.
En Las Ventas se pretende afear la actitud del 7 y de otros pequeños corpúsculos indómitos, rebeldes y protestotes, para los que lo primero es el toro. ¡Fuera el 7! se escucha desde las localidades del 5, el 6 y el 4. Quizás a los que más moleste la protesta cuando el actuante es el paisano por el que se han fletado autobuses para ir a ver la corrida. Pero hombre, señores isidros, no sean tan duros y estrictos con la parroquia venteña, piensen que si tienen que ser condescendientes con su paisano y si se callan el descontento por ser de su pueblo, más tarde también vendrán los nativos de otros pueblos y otros más, así desde marzo a octubre. Guárdense sus clamores para cuando lleguen sus fiestas patronales y aplaudan y saquen en volandas al hijo de la panadera o del carnicero, que se ha hecho torero para disfrute de sus vecinos.
Tengan en cuenta que si no existiera el 7, igual habría que inventarlo. Que a veces se equivocan, por supuesto, ¿hay alguien que no se equivoque nunca? Y piensen que ellos no son los enemigos, igual que el resto de la plaza, ni la grada del 8, ni la del 8, ni las andanadas son culpables de que el niño de la Justa no sepa torear, ni que los toros que pastan en el pueblo rueden por el suelo al oír la primera protesta. Demasiada simplificación ¿no? Piensen que si mañana desapareciera el 7, otro sector de la plaza pasaría a tomar el relevo para exigir y hacer ver cuales son sus gustos, porque lo que quieren es seguir disfrutando de una fiesta íntegra y les preocupa muy poco el papel que pueda desempeñar Madrid en la fiesta.

PD: Dedicado especialmente a Manuel Troya y a José Luis Bautista. Va por ustedes

jueves, 23 de febrero de 2012

Taurodelta y el “Estimado abonado”


José y Juan, si levantárais la cabeza...


Acabo de recibir una carta de la empresa de la plaza de Madrid, Taurodelta, en la que aparte del trato de “Estimado”, que es lo menos que nos pueden decir después del pastizal que les llevamos a sus arcas a lo largo del año, nos informan que “de acuerdo con lo ofertado en el pliego para la explotación de la Plaza de Madrid, tiene el placer de comunicarle la posibilidad de obtener cómodamente localidades para las ferias taurinas que se celebren este año en la plaza de Valencia”. Pues muchas gracias estimados señores empresarios. Que detalle, el señor Casas, don Simón, quiere llenar aunque sea a costa de los ruidosos, irrespetuosos, bullangueros e ignorantes aficionados de Madrid. Se ve que a nosotros nos tiene demasiado predicamento, pero si a nuestro dinero. Si es que no hay nada que no calme un billete de 50 euros.
Una cartita de nada y uno acaba de entender el por qué de la adjudicación de Las Ventas a Taurodelta, un beneficio para el aficionado lo suficientemente contundente como para pasar por alto, según lo manifestado por personas como Juan Luis Fraile, las deudas con algún que otro ganadero, la posibilidad de sacar entradas para la Feria de Fallas. Pero ¿cómo hemos podido vivir hasta ahora sin ello? Será por eso que el año pasado fue una ruina la plaza de la calle Xátiva. Claro, si es que los madrileños no podían sacar entradas con comodidad; ahora será diferente.
Pero chico, no sé que me pasa con Taurodelta, tanto con la antigua como con la refundada, que cualquier posible beneficio aunque nos lo envuelvan en seda, no acaba de convencerme. Esto más parece, según diría un experto en marketing, la creación de una necesidad que no se necesita. No creo que haya una demanda tan cuantiosa por parte del aficionado de Madrid, como para ponerle las entradas de Valencia en el buzón de su casa. Más parece que don Casas, el señor Simón, no sabe ya a donde mirar para sacar un duro. Y si le ceden la explotación del bar de la Torre de Hércules, seguro que también les vende entradas para los toros en Valencia. Si es que no hay como acercar el toro al fiel aficionado de… La Coruña.
Uno, que tiene la mente retorcida y no ve nada más que mal donde otros me ofrecen el bien, piensa en la misma situación, pero al revés. Ignoro si el aficionado valenciano arde en deseos de venirse a los toros en Madrid. Si no se llena su plaza, van a llenar la nuestra. Y más en estos momentos, donde el ciudadano medio no para de echar cuentas para llegar a fin de mes y cuando más caro cuesta echarle de comer al coche. ¡Viva la desesperación! Pero que nadie piense que para llenar la plaza de Valencia, la de Madrid o la que sea, se van a decidir a abaratar los precios, en ofrecer buenos carteles y en hacer que salga el toro de verdad. Aunque este año en Fallas hay más de un cartel atractivo. Otra cosa es que esos días se acerque el público a las taquillas.
Y pensando y pensando, uno se plantea si para Madrid hace falta esa fórmula o ya mirando más a lo lejos, si se pretende homogeneizar su plaza, adaptándola más a la “evolución” de la Tauromaquia 2.0 y a los “tiempos y gustos del público de hoy”. A ver si así ya acabamos de desestructurar a la afición madrileña y conseguimos que se una a la corriente triunfalista de indultos, triunfos y alegrías flamencas, como en el resto del mundo decente. Que ya es hora de descabezar a esos indecentes que protestan la técnica del pico y el “fueracachismo” y del torito bonito, bajito y en tipo.
Ya digo que uno ya piensa mal casi por todo. Que yo agradezco lo de “estimado abonado”, pero no cuela. Aunque parece que en todas partes cuecen habas; solo hay que mirar de reojillo a Sevilla y escuchar a los señores empresarios, que no pudieron llamar a El Juli antes, tendrían que esperar a tener tarifa plana para llamadas nacionales. Y no es que este torero sea objeto de mi predicamento taurino, pero si la feria de 2011 fue el triunfador y según contaban dictó una tras otra sus clases magistrales, ¿por qué ahora no se le contrata? ¿No tendría que haber sido el primero en ser tocado por los señores Canorea? Pues los “Estimados abonados” de Sevilla tendrán que aguantarse, que hubieran llamado ellos. Y ya puestos, que le echen otra llamadita a Curro Díaz. Será que ahora en la Maestranza ya no se aprecia la gracia y el arte.
Los “Estimados abonados” podrán tener sus quejas de estos carteles, aunque no diferirán demasiado de las de años anteriores y si muy al contrario manifiestan su felicidad y alegría por unos carteles “tan redondos”, pues que con su pan se lo coman, aunque a uno le cuesta creerse que toda la afición hispalense sea tan dócil y esté tan domesticada como nos quieren hacer creer los medios oficiales.
Son tantos los tantarantanes que hemos recibido por parte de las empresas, que uno no se cree nada y cada vez que se les ve venir, lo primero que hacemos es ponernos el casco y el chaleco salvavidas. Y todo esto sin saber nada de los carteles de San Isidro de este año. No se habla nada, no se oye nada, solo que si El Juli deja esto aburrido y perplejo al ver el trato que está recibiendo y que cree no merecer, esperando que los Choperitas y sus amigos aflojen la mosca para traer a José Tomas, que no se olviden de Fandiño, Urdiales y Mora, que se tengan en cuenta los gustos del consumidor venteño y no los del público televisivo. Son tantas cosas, que es empezar y no acabar. Pero cuando se empiecen a confeccionar los carteles, seguro que pasamos del “Estimado abonado” a “Señores panolis” vayan abonando sus entradas calladitos y sin armar jaleo. Además se ruega que en la plaza estén calladitos y que todo el ruido que hagan sea el de sus palmas al aclamar a las figuras mediáticas. Y de eso en Sevilla también saben un rato.
Si es que hay cosas que nunca cambian. Llega abril y la feria de Sevilla debatiéndose en un estruendoso fracaso ganadero, luego Madrid, con más de lo mismo, los “profesionales” entusiasmados al hacer caja, los televindentes más que felices con las cosas que cuentan los señores comentaristas y descubriéndonos eso de la técnica, la toreabilidad y no sé cuantas cosas más. Que para eso somos el “Estimado abonado”.