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| Yo no me avergüenzo de esto, ni pretendo esconderlo. Exijo que que no se nos hurte la parte fundamental de la corrida. |
Sr. Rincón, don César, le confieso que pocas veces me ha
costado tanto abordar un tema como en esta ocasión. Normalmente, a uno la idea
le llega por un comentario, una lectura, un recuerdo, una conversación y una
vez que el tema me parece interesante, cojo el capote y me echo pa’ fuera,
intentando no aliviarme y con la verdad que a mí me permita dormir a gusto y
teniendo siempre muy presente, que no hay nada que me pueda permitir el
faltarle al respeto a nadie. Como me decía mi padre a la salida de los toros
cuando pasaba por delante de nosotros el coche de algún torero, fuera de la
plaza ya son personas como cualquiera de nosotros. Pero en esta ocasión he
iniciado y reiniciado este escrito varias veces. Vamos, que si no fueran hojas virtuales,
tendría la papelera a rebosar.
Y todo esto viene a cuenta de lo que he leído por ahí de su
apoyo a las corridas sin sangre. Imagínese la de contradicciones que se me han
colado en la cabeza. El choque de ideas que se ha producido, el cruce de sensaciones,
sentimientos, mientras me quedaba todavía deslumbrado y cegado por el destello
de aquellas tardes en las que se empeñó en que nadie tomara asiento en la Plaza
de Madrid. Que no es que uno quiera ponerse a juzgar su actuación de ahora, ni
la forma en que se pueda ganar la vida, allá penas, como si de repente abjurara
de su fe taurina y se proclamara antitaurino. Aunque igual esto me habría
dolido bastante menos, porque a pesar de evitar entrar a juzgar, a uno ciertas
cosas le afectan, le causan una profunda decepción. Uno tenía al maestro César
Rincón como un ejemplo de torería, valor y honradez y de golpe todo esto se
desmorona y aquel semidios se convierte de golpe en el ciudadano César Rincón,
promotor de espectáculos que quieren remedar las corridas de toros, pero
evitando esas partes tan dolorosas y poco humanas como es el picar y pinchar a
los animales, para acabar con ellos de una estocada en todo el morrillo.
Uno que se pensaba que el que un toro entrara al caballo y
mostrara su fuerza y su fiereza era algo tan bello y emocionante que a algunos
nos empujaba a idolatrar a ese fenómeno de la naturaleza. Nunca vi a los
toreros como maltratadores, ni como burdos burladores de embestidas, quizás me
dejaba embrujar por la forma en que la elegancia y la inteligencia dominaban a
la fuerza bruta, a la casta y a la bravura. Una conjunción que culminaba en el
momento supremo de la estocada, en ese duelo final del “O tú, o yo”, en el que
cualquiera de los dos protagonistas puede pagar el cruce con sangre. Ya ve
ciudadano Rincón lo ingenuo que uno puede llegar a ser. Aquellos días en que
usted citaba con la muleta echada para adelante, en que cargaba la suerte,
esperaba clavado en el suelo y libraba la cornada metiendo los pitones en los
pliegues de su muleta, parece ser que dónde unos veían el rito del arte, otros
solo sentían que interpretaban un papel, el del profesional al que solo le
importa el dinero. Que no digo que no sea esta una actitud positivista y
pragmática de todo esto, pero hasta ahora, nunca me lo pude imaginar. Me cuadra
en esos pegapases a los que no les importa lo más mínimo ser el origen de la
degradación y ridiculización de la fiesta, pero en un matador de toros que
tanto tuvo que superarse, que luchó con el toro, con las mesas de despachos,
con la enfermedad, con las cornadas, siempre creí que le impulsaba su afición,
no el poder del dinero exclusivamente. Eso de poner a su finca “Las Ventas del
Espíritu Santo” siempre lo tomé como un rasgo de agradecimiento y de orgullo
del que fue el emperador indiscutible de la plaza de Madrid, pero ahora pienso
si no será solo el recuerdo del lugar dónde empezó a crecer su cuenta
corriente.
Ya me cuesta digerir el que Castella diga que no le gusta
ver a un animal, refiriéndose al toro, o los toreros que abogan por el arte y
no por la tragedia, como dicen ellos, Finito de Córdoba o Manzanares. Pero me
consolaba yo solo creyendo que estos ciudadanos son fruto de un presente en el
que en la cima de su escala de valores está el dinero y la apariencia, dejando
en último lugar lo sustancial, lo importante. Olvidan el origen, el motivo, la
causa de todo esto y anteponen sus intereses a cualquier cosa, incluso son
capaces de sacrificar el futuro de la Fiesta, no parece importarles. Incluso
pierden la boina corriendo a los requerimientos de un negociante, don Bull,
para participar en esas corridas del Velcro, aceptando que la mera presencia de
la sangre ya es para sentirse avergonzados.
Quizá tendría que haber alguien que me explicara cuál es el
motivo que justifica ahora el toreo. Será el arte, si aceptamos como tal la
acumulación de pases sin sentido, será el sostenimiento de un sector económico
y turístico. Lo que sea, menos la esencia, el toro, como fuerza de la
naturaleza, dominado por la inteligencia del hombre llegando a convertirse en
un arte, para acabar en la estocada, el por qué de todo el rito. Qué razón
tienen los franceses cuando llaman a estos señores toreadores y que equivocados
los que nos empeñamos en llamarles matadores de toros. En qué estará uno
pensando. Nos creemos todavía el cuento de Caperucita, que los Reyes Magos
viven en Oriente, que el Ratoncito Pérez tiene un cuarto lleno de dientes, que
en la curva hay una chica con camisón blanco que se sube y se baja de los
coches en marcha, que el pan y la cerveza engordan y que el toreo es una
manifestación cultural de siglos que sobrevivió en la Península Ibérica para
extenderse por el mundo, con el único fin de dominar al toro. Pues así tendrá
que ser ciudadano Rincón, no seré yo el que le quite la razón, pero aún
estupefacto por su actitud, quiero que sepa que no cuente conmigo para esta
forma de humillación de la Fiesta de los Toros y que deseo con todas mis
fuerzas la abolición inmediata de estas parodias que nada tienen que ver con el
Toreo.
