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domingo, 9 de abril de 2017

Pero es que yo quiero ser torero


Descanse en paz el niño que quería ser torero y para los suyos un deseo de consuelo por una pérdida tan grande, pero...




Se cuenta que un día de abril llegó a las puertas del cielo un niño que quería ser torero y que, ya que antes no pudo cumplir su sueño, al menos esperaba que este se hiciera realidad allá arriba, donde se juntan sueños, ilusiones de mayores, que son los más, con los pequeños, que no son tantos; por fortuna, porque aunque por allí dicen que se está muy bien, no es lugar para que haya niños, mejor que se hagan mayores, muy mayores y luego ya les llegará su momento, porque aunque sea el Paraíso, tampoco hay que tener prisa por llegar.



-          ¡Hombre! Mira que niño más guapo ha venido hasta aquí. ¿Cómo te llamas?

-          Me llamo Adrián. ¿Y qué es este sitio?

-          Bueno, tampoco te preocupes por el nombre, dependiendo quién, lo llaman de muchas maneras, pero tú solo preocúpate de estar a gusto.   Seguro que te gusta jugar, ¿verdad?

-          Claro. Y aquí, ¿hay que ir a la escuela?

-          Si tú quieres, puedes ir, pero no es imprescindible, aquí sabrás todo lo que necesites saber, sin necesidad de estudiar o tenerte que examinar, aquí ya tienes todas las asignaturas aprobadas.

-          ¿Hay muchos niños?

-          Algunos hay, pero no es lo que más abunda. Tenemos de todas las edades, pero la verdad es que suelen venir más personas mayores que niños. Los niños es mejor que tardéis en venir, porque cada uno que viene aquí es un ángel que nos llevamos de allí abajo y allí necesitan mucho de los ángeles. Pero claro que encontrarás niños con los que jugar. A ver, ¿a qué es a lo que más te gusta jugar?

-          A los toros.

-          ¿A los toros? ¡Caramba! A mí también me gustan los toros, aunque no he jugado demasiado.

-          Yo te enseño, primero tú haces de toro y yo te toreo y luego, cuándo aprendas, cambiamos.

-          ¿Y por qué tengo yo que hacer primero de toro?

-          Pues porque sí, porque para saber torear, primero hay que saber hacer de toro. Me lo han contado los toreros de verdad.

-          ¿Los toreros de verdad?

-          Sí, yo conozco a muchos, ¿sabes?

-          ¡Aaah! No sabía.

-          Sí. Es que una vez, cuando yo estaba malo, que me pasaba el tiempo en el hospital, pues para curarme se juntaron un montón y torearon para mí; bueno, para mí y para toda la gente que estaba en la plaza. Pero a mí me brindaron los toros y todo.

-          ¿Te brindaron los toros?

-          Sí, es cuándo ya van a torear con la muleta, van a una persona, se quitan el sombrero, o la montera, si van de luces, y es como si le dedicaran lo que van a hacer. A mí me gustó mucho. Aunque ya me habían brindado más toros, pero con toda la gente a la vez. Eso es brindar al público, que el torero va al centro y hace así.



Y el niño metió los riñones, levantó el brazo y con el labio de abajo sacado para fuera exageradamente, dio una vuelta completa sobre su eje, cruzando las piernecitas a medida que giraba como si fuera el Sol deslumbrando al Universo.



-          Y luego tiran la montera, pero tienen que hacer que caiga boca abajo.

-          Y yo que me perdí esa tarde en la que los toreros te brindaban los toros.

-          Síii, pero es que luego, cuándo acabó la corrida, me cogieron a hombros, como si hubiera cortado yo dos orejas y me pasearon por el ruedo.

-          ¡Caramba! Eres toda una celebridad.

-          ¿El qué?

-          Que eres famoso.

-          Sí, pero no te creas, que hubo gente a la que no le gustó. Ponían cosas feas en el ordenador y mi madre lloraba. Eran unos, unos…

-          Eran unos pobres hombres que no sabían lo que es la ilusión de ser torero, unos pobres infelices que seguro que también querrían ser amigos de los toreros, que les brindaran sus toros y que les llevaran a hombros por el ruedo.

-          No sé, pero es que decían cosas feas.

-          ¡Bah! No hagas caso a esas palabras feas, ahora estás aquí, en el Paraíso, o cómo prefieras llamarlo y serás un ángel y podrás cuidar a los tuyos desde aquí arriba.

-          ¿Un ángel?

-          Claro, es lo mejor que hay, ¿o es que no quieres ser un ángel?

-          Bueno sí, lo seré si tú quieres, pero es que yo quiero ser torero.





PD.: Que el niño torero descanse en paz y un beso muy grande para los que no podrán ya encontrar consuelo por no tenerle a su lado y que han recibido un golpe tan fuerte que nadie, nadie puede ni imaginar.


Enlace programa Tendido de Sol del 9 de abril de 2017:
http://www.ivoox.com/tendido-sol-9-abril-de-audios-mp3_rf_18047434_1.html

martes, 11 de octubre de 2016

La ilusión de un niño

La visión de un niño de lo que era para él el toreo, los nombres que le sonaban sin saber a quién se referían, pero bastaba si eran de un torero, de un ser superior que se enfrentaba al toro todas las tardes.


¿Hay algo más conmovedor y que nos haga ver el futuro, el mundo, con mayor esperanza que la ilusión de un niño? Un niño ilusionado genera una corriente de felicidad comparable con pocas cosas en la vida. Luego se van haciendo mayores y a los padres les gustaría que el fuego de aquella ilusión se mantuviera vivo y con arrogantes llamaradas. Quizá en muchos casos seamos los adultos los que sin darnos cuenta vamos echando paladas de arena en esa llama que se va apagando. De niño quería ser médico, bombero, periodista, enfermera, modelo, trompetista, torero... ¿torero? ¿Ha habido y hay niños cuya ilusión era ser torero? Pues sí, y podrá haber otras muchas igual de fuertes, pero no mayores. Quizá lo que distingue a ese “querer ser torero” es el pundonor, el afán de superación y que los traspiés no solo no hacen retroceder al aspirante, sino que alimentan más esas ganas, esa afición, esa ilusión.

Ser torero supone asumir un camino de sufrimiento, pero que merece la pena por las satisfacciones tan grandes que se reciben y que perdurarán para siempre, esas alegrías, esos momentos, que harán volver a la infancia, a la adolescencia, a la juventud, a señores ya entrados en años. Esa ilusión que transmitirá en los niños que le sigan, los niños que vayan llegando a la familia y que le harán revivir tantas y tantas experiencias que les dio el toro y que no le abandonarán jamás. Esa ilusión que pasa de mayores a niños con un gesto sencillo y limpio, basta con tomar de la mano al crío para que, apoyado por la palabra, vaya fluyendo ese sentimiento que el toreo atesora, edificado sobre una idea: la verdad. Díganme ustedes un espectáculo que sea lo mismo para adultos que para niños y al que se pueda llevar a los pequeños tranquilamente de la mano, sin temor a que ningún energúmeno aparezca por allí para estropearnos el día, un lugar en el que se vivan las pasiones más extremas y donde oiga un mal insulto, un sitio en el que se aprenda de la vida y la muerte, del respeto y la exigencia, del querer y el poder, del hombre y el animal y en el que el animal sea el rey, el centro de todo, el tótem al que se adora, pero en el que ni por un segundo se cuestiona la humanidad y la dignidad del hombre. Amor al toro, pero sin olvidarnos de la persona; exigiendo el respeto a aquel, sin olvidar, ni desear que la cornada está siempre ahí. Quizá parezca difícil de entender lo que puede parecer una contradicción permanente, pero ya les digo que no lo es tanto, basta con ser aficionado para entenderse a la perfección. Eso sí, no lo se lo intenten explicar a quién no lo quiera entender, nunca lo comprenderá.

Qué cosas tiene esto del toro y el toreo; es tanta la pasión que despierta y arrastra, que como contaba un día aquí mismo, hasta se podría afirmar que tiene efectos terapéuticos. No se trata de una dosis cada ocho horas, ni unas gotitas después de las comidas, basta con vivirlo y sentirlos. Es esa ilusión de la que hablaba hace un momento la que provoca ese efecto beneficioso para la salud. ¿Exageración? Pues no les diré ni que sí, ni que no, simplemente les contaré cómo a personas a las que se les estaba haciendo demasiado larga la vida, le tomó el toreo de la mano y le fue conduciendo y a suaves empujoncitos le fue echando para adelante, le fue descubriendo que la vida era bella, muy corta, siempre muy corta, y que había que aprovecharla, había que intentar abarcar ese imposible que es el toro, que tira, tira y tira. Ha habido a quien el dolor hacía insoportable cada minuto del día, pero que encontraba alivio en revivir y volver a ver aquella faena de aquella tarde inolvidable, aquellas faenas del campo que tantas veces vivió en cuerpo y alma, como el mejor de los efectos paliativos, dándole fuerzas para intentar llegar al siguiente San Isidro y poder volver a la plaza de toda la vida. Y también hay niños que están viviendo lo que por edad no les corresponde, un sufrimiento que les llega sin avisar, ese mal traicionero que les trasforma, les vuelve calvitos de golpe, les aparta del recreo por largas temporadas, tienen que pasar por terapias que los mayores superan a duras penas y a pesar de todo viven una bella y maravillosa ilusión: ser torero. ¿Quién se atreve, quién puede ser tan perverso para negarle este asidero que le ata a la vida? ¿Quién le puede hacer culpable de nada por algo tan sincero como la ilusión del toro? Pues parece ser que sí, allá ellos, allá con sus penas y con la condena que supone vivir con un alma envenenada, con una existencia inundada por el odio, la sin razón y la ignorancia, pero a los que sí sabemos de las contradicciones, hermosas contradicciones del toro, déjennos vivir y emocionarnos con la ilusión de un niño.

Adrián, venga, chaval


Enlace programa Tendido de Sol del 9 de octubre de 2016: