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| Sería un logro la vuelta de los toros a Cataluña y más aún si no fuera solo en Barcelona y con José Tomás en días contados |
Ya se ha confirmado la nulidad declarada por el
Constitucional de aquella sonora prohibición de las corridas de toros por parte
del Parlament de Cataluña. En teoría ya podremos ver una de Garcigrande con
Juli, Morante y Manzanares, para satisfacer al buen aficionado. Felicitémonos
por tan ilusionante noticia. Aún recuerdo aquellas manifestaciones llenas de
dolor e indignación, era como si a la temporada española le hubieran cortado un
brazo y una pierna y a partir de entonces ya todo sería vivir en un mundo
precario sin los toros en Cataluña. Que no quiero yo decir con esto que me
agradara aquella incoherente e interesada decisión que aprobaron por mayoría
los representantes del pueblo catalán, ni mucho menos, pero... Y aquí viene el
pero; todo era consecuencia de un abandono por parte de los taurinos de la
fiesta, primero en toda Cataluña y por último en Barcelona y luego los valentones
políticos de entonces se lanzaron a apuntarse el tanto de acabar con la ya más
que finiquitada fiesta en aquellas tierras. Sirva el ejemplo del puntillero que
da el golpe final a la res y nos quiere convencer de su valor, torería y valor
lidiador, haciendo de menos al maestro y a las cuadrillas. Los cacheteros del Parlament solo despenaron
al toro de la fiesta que los mismos taurinos habían antes lidiado y estoqueado
con un bajonazo infame, desde tiempo atrás.
Pues bien, ahora se supone que todo eso ya quedó atrás. La
cosa no está fácil, por supuesto, pues ya empiezan a cacarear las lenguas de
palabrería incontenible que no van a permitir la vuelta de los toros a
Cataluña, que si hace falta repetirán la suerte de la desobediencia, porque
ellos lo valen. Que no es por dar ideas, pero, ¿se imaginan que los vecinos de
Barcelona decidieran no pagar el impuesto de circulación, ni el aparcamiento
regulado, ni por supuesto las multas que se les impusieran por incumplir tales
obligaciones? Igual la señora alcaldesa no solo les perdonaba, sino que igual
hasta les pondría una calle: calle de los “Con un par”. Estaría curioso, pero
volvamos a lo del toreo, que bastante tenemos con lo nuestro. Pues bien, ¿y si
una empresa decidiera montar veinte festejos ejerciendo su libertad de negocio?
Se le alquila la Monumental al señor Balaña y a partir de ahí, toros los domingos.
Si la asistencia no fuera más allá de cuatro paisanos y cuarenta guiris, igual
no se llegaba ni al paseíllo, pero ¿y si primero hubiera diez mil aficionados,
luego doce mil, así en progresión hasta alcanzar unos niveles de asistencia
respetables? Igual alguno cambiaba de actitud, no fuera a ser que hubiera más
aficionado de lo imaginable y que convirtieran aquel conflicto en un espolón en
el talón para las autoridades catalanas. No me perdería ese espectáculo por
nada del mundo.
Ahora bien, ¿ustedes creen que habrá quién corra para montar
media docena de espectáculos en Barcelona o dónde quiera que fuera? Y que a su
vez respondiera la afición. ¡Uff! Mucho imaginar. Y que conste que no dudo que
fuera toda la afición catalana; otra cosa es el volumen de tal afición, a la
que por otro lado abandonaron en su momento los poderes del taurinismo, todo
sea dicho de paso. Que no dudo que se monte un gran festejo, quizá con José
Tomás y los acompañantes que quiera poner cada uno. José Tomás y un torero catalán,
el torero del pueblo de cada uno, el que más simpático les pueda parecer, el
más fotogénico, el de más tirón entre la juventud, el más arrollador entre las
jovencitas, mister fotogenia 2015, el del pico de oro, el que quieran, pero, ¿y
luego? Que se agotarían las entradas, sin duda, pero aún así, ¿hay futuro para
los toros en Cataluña? ¿Existe una afición lo suficientemente nutrida en esta
Comunidad Autónoma como para alimentar la fiesta y garantizar su continuidad?
Ojalá me equivoque, firmaría ahora mismo esto como un error, pero quizá no sea
demasiado descabellado pensar que no. Tarde o temprano volverían los cacheteros
de los políticos para apuntillar a una fiesta moribunda en este rincón de
España. Tengo la sensación de que seguiría en el abandono en que se encontraba
hace años y que ninguno de los que tendrían capacidad para intentar salvarla
moverían un dedo por ella.
Llámenme pesimista, pero uno ya tiene quizá demasiado
asumido eso de que no haya toros en Cataluña, o quizá debería decir en Barcelona,
igual que empiezo a asumir algo parecido en otras comunidades españolas, pero
lo que no sé cómo soportaría de nuevo pasar por el trance de “la última
corrida”, “el último paseíllo”, “el último toro”, ese paseíllo de los toreros a
hombros por las calles de Barcelona por última vez, llevados por esas gentes a
las que les robaron algo muy importante en sus vidas, algo que les identificaba
con su tierra, con su cultura, con esa pasión que les daba la vida, con ese
poder adorar al toro en su casa, sin tener que viajar a otros lugares como
apestados. Vale, ya ha quedado anulada la prohibición de las corridas de toros
en Cataluña, pero, y a partir de ahora, ¿qué?
Enlace programa Tendido de Sol del 23 de octubre de 2016:




