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| ¿Banderillas con velcro? o ¿banderillas con emoción? ¿Modernidad incruenta o nostalgia a despreciar? |
Señor Ruiz Villasuso, reciba un saludo de un aficionado, o
aspirante a serlo, a esto de los Toros, que ni a juntaletras llega, como así
quieren llamar despectivamente algunos taurinos a los que escriben en sus
blogs, en Factbook, Twitter o en cualquiera de esas redes sociales que dan voz
a tanta gente; pero el hecho es que uno se atreve y se expresa como mejor
puede. Habitualmente me suelo ceñir a lo que veo en el ruedo de Madrid, siempre
y cuando servidor esté sentado en su dura piedra ablanda panderos. Pues bien,
hechas las presentaciones, paso a exponerle mi humilde y parcial parecer sobre
diferentes circunstancias que se han sucedido y sobre ciertas opiniones
expuestas por usted, lo mismo en forma de artículo, que en el único programa
taurino de la televisión pública.
Mire usted si uno será despegado, que aún a pesar de lo que
me gustan los Toros, no pertenezco a la audiencia habitual de dicho programa,
igual es por eso, porque me apasiona la Fiesta. Pero como nadie es perfecto, cambiando
de canales al tuntún, me topé con su emisión del sábado pasado y pude ver la
animada charla que usted y sus dos compañeros de mesa mantenían sobre eso de
las corridas con más o menos sangre, sobre el primer tercio y todas esas cosas
desagradables del espectáculo que algunos nos empeñamos en reivindicar. Que no
digo yo que esté en posesión de la razón absoluta, ni mucho menos, pero de la
misma forma, tampoco creo que la tenga usted, incluso hasta por momentos tengo
la sensación de que sus opiniones son ciertamente tendenciosas y que ni usted
mismo se cree. Pero esto es una sensación mía muy particular y si me dice lo
contrario, tendré que creerle y desterrar de mi mente la idea de que sirve a
los intereses de las altas esferas de los taurinos, cosa que haré con gusto si
usted se digna responder, aunque antes veré a las ranas mesar sus guedejas.
Usted, don Carlos, ni tendrá noticia de este escrito, ni de
su autor, ni mucho menos de lo que en él se ha vertido, al contrario de lo que
le ocurre a un servidor, que ya por casualidad, ya por no parar de leer
referencias a usted y sus escritos en las redes sociales, no podía evitar el
conocer sus reflexiones. Le escuche decir en esa animada charla televisiva que
esto de la Tauromaquia tenía que evolucionar, que las cosas no son cómo antes y
que había que adaptarse a los gustos de la sociedad de nuestros tiempos. Pues
tiene usted razón, ahí ha dado en el clavo. Pero la evolución no ha de ser
necesariamente el vaciar de contenido la Fiesta, ni el transmutarla en un
extraño adefesio que no se parezca en nada a lo que siempre se ha entendido
como Toreo. Que igual estamos asistiendo al nacimiento de un espectáculo nuevo
y los muy cerriles no nos damos cuenta o hasta puede ser que no nos interese. Y
si la Fiesta de los Toros no se adecua a los tiempos que corren por la
violencia, que existe, por la presencia de la sangre y por esa incertidumbre
que hace pensar al espectador que el hombre está en peligro y la certeza de que
después del castigo, del primer y segundo tercio, en el último el toro
encontrará la muerte, si todo esto no es digerible por la sociedad, igual es el
momento de que se eche el cierre y nos conformemos sólo con los recuerdos. Así
de simple, aunque en ese punto, no acabo de entender entonces la sincera
entrega, el delirio y las emociones que despierta un toro al ir al caballo de
lejos, al recibirle un picador aguantando las embestidas y la tensión mantenida
cuando este hecho se repite por tres veces. Cuando el toro entonces no da
lástima, ni pena, ni se ven asomos de ello, porque entonces se manifiesta como
el rey de la tauromaquia, como el mito viviente que es y cómo el tótem de de la
tribu se encarama a lo más alto de los altares de estas gentes de esta parte
del mundo.
Si algo identifica a España fuera de nuestras fronteras,
esto es el toro, el torero y las corridas de toros y como tradición y
patrimonio genuino de este país, no podía menos que estar repleto de
contradicciones, empezando por la primera y más categórica, la adoración al
animal se traduce en su sacrificio en el ruedo, a manos del hombre que hasta
parece perder sus marcas de hombría, para burlar la muerte con gracia y garbo
casi femenino, acentuando así aún más su masculinidad. Ya digo, una sarta de
contradicciones con mil interpretaciones y una tradición que es la que ha
marcado las reglas desde hace décadas y la que ha mantenido esto en pie. Tantos
son los matices, tantas las caras de este poliedro mágico, que han convertido
en imprescindible la variedad, garante de lo impredecible, que es lo que hace
más grande a la Fiesta y a sus actores, el toro y el torero.
Entenderá usted que resulte doloroso y hasta irritante leer
lo que usted, don Carlos Ruiz Villasuso, publicó en Mundotoro encabezando la
crónica de la novillada del 22 de septiembre en Madrid: “Torear una nostalgia”. Ignoro si
este titular es fruto de la reflexión más profunda y pausada o si nació bajo el
influjo de esta falsa modernidad imperante. No sé usted, pero yo, en mi humilde
opinión, no he visto que ninguno de los hierros anunciados de esos que usted
dice de imposible resurrección, hayan estado por debajo de los que se ven tarde
tras tarde arrastrándose por los ruedos a la sombra de las figuras y sus
discípulos. Eso sí, ha quedado patente la ineptitud de los toreros para darles
la lidia debida, para lucirlos en el caballo, que alguno pudo haber dicho algo
en el peto. Si a un niño se le ponen en las manos un lienzo, pintura y pinceles
y el resultado nada tiene que ver con Las Meninas de Velázquez, no podemos desbocarnos
y afirmar que eso de la pintura es una nostalgia con una resurrección
imposible; no hombre, quizá habría que enseñar al niño a pintar y ver si al
cabo de los años puede expresar algo con el pincel. No nos hagan trampas y no
cojan el rábano por las hojas, no vaya a ser que se queden con ellas en la
mano. Que entonces, hasta podríamos afirmar que muchos indultos vienen
derivados por la negativa de muchos toreros a entrar a matar, no fuera a ser
que se esfumaran las orejas por la espada, algo que usted y yo, y sobretodo
muchos aficionados, sabemos que no es cierto, ¿verdad? o igual sí. No lo sé.
Usted, don Carlos, no me
contestará, ni tan siquiera leerá estas letras que con tanto esfuerzo he
apelotonado, lo que ni me sorprende, ni esperaba, pues un servidor está en unos
niveles de difusión muy lejanos a los suyos cuando se pone delante de las
cámaras. Y será por esas cosas que usted dice, que cuando se le ve deambular
por el patio de arrastre, son muchos los que mascullan maldades, los que lanzan
improperios entre los dientes y los que dejan salir barbaridades que no vienen
al caso, pues usted, como todos, tendrá su familia, tiene su trabajo, lo
intenta mantener como mejor cree y luego, igual hasta conversa con su
conciencia para ver si puede poner su alma en paz y dormir sin remordimiento.
Lea o no estas líneas, le deseo larga vida y claridad de juicio en su labor
periodística.
Un saludo de uno que vive
para los Toros y no de los Toros.
