
De Lorca, Murcia, Pepín Jiménez tomó por costumbre el acercarse de cuando en cuando a la plaza de Madrid. Soltaba la tiza y pasaba de enseñar quebrados, geometría y el teorema de Pitágoras a dar clases de tauromaquia del más alto nivel. A pesar de todo no fue un torero de muchos festejos por temporada, incluso hubo años de bastante escasez para la clase y torería que desplegaba.
En estos años de Internet, de la gran proliferación de vídeos de toreros en plazas de primera, segunda y tercera de España, Francia, Portugal y América, parece que si no tecleas en Youtube un nombre y salen quince vídeos, pues no existes. Pero claro que han existido; muchos pueden creer que son toreros invisibles, pero fueron muchas las oportunidades en las que nos levantaron del asiento, y como en el caso de Pepín, demostraron lo que significaba ser torero. Ahora se me vienen a la memoria José Ignacio Sánchez, uno de los que mejor y con mayor naturalidad han manejado la izquierda, Curro Vázquez, de sobra conocido por sus apoderamientos, aunque no tan recordado por sus trincherazos, su torero de capote y de muleta y porque a pesar de casi rendir su vida en Madrid, siguió siendo torero con mayúsculas. Pero no hay que irse al pasado para encontrarse con toreros invisibles, y si no sólo hay que irse a Internet y teclear Carlos Escolar Frascuelo, para ver lo difícil que resulta encontrar un vídeo de él toreando.
Pero volviendo a Pepín Jiménez, algunos se preguntarán quien era y cómo era este murciano; en primer lugar derrochaba personalidad, algo tan difícil de encontrar de unos años para acá. Desde los diseños del vestido de torear, en el que se hizo bordar el nombre de sus hijos, hasta la forma de andar, escondiendo el cuello y con los pies apuntando ligeramente hacia fuera. Sin retorcimientos inútiles y antiestéticos, no pretendía arrastrar los engaños a costa de partirse la espina dorsal. Relajado y derecho como una columna pegaba tal latigazo con la muleta que reventaba a los toros con suavidad, siempre elegante y sin forzarse. A veces parecía su forma de torear cómo la que cualquier aficionado podría encontrar en las imágenes antiguas de La Lidia. Y si a alguien le quedaba alguna duda, bastaba verle liar la muleta para entrar a matar y más parecía Paquiro guiado por Pedro Romero en la famosa imagen que representa al maestro y al discípulo en la Escuela de Sevilla.
Pero quizás sea mejor verle torear a un Guardiola en la plaza de Madrid hace algunos años. Guardiola, otra de esas ganaderías que también podría creerse que ya son invisibles, pero que en otro tiempo era fija en las ferias más importantes y a las que se identificaba con el toro. Si se presta atención en la faena de Pepín Jiménez se percibirán los aromas a toreo de otra época, próxima en el tiempo, pero lejana en conceptos taurómacos. Que disfruten.
En estos años de Internet, de la gran proliferación de vídeos de toreros en plazas de primera, segunda y tercera de España, Francia, Portugal y América, parece que si no tecleas en Youtube un nombre y salen quince vídeos, pues no existes. Pero claro que han existido; muchos pueden creer que son toreros invisibles, pero fueron muchas las oportunidades en las que nos levantaron del asiento, y como en el caso de Pepín, demostraron lo que significaba ser torero. Ahora se me vienen a la memoria José Ignacio Sánchez, uno de los que mejor y con mayor naturalidad han manejado la izquierda, Curro Vázquez, de sobra conocido por sus apoderamientos, aunque no tan recordado por sus trincherazos, su torero de capote y de muleta y porque a pesar de casi rendir su vida en Madrid, siguió siendo torero con mayúsculas. Pero no hay que irse al pasado para encontrarse con toreros invisibles, y si no sólo hay que irse a Internet y teclear Carlos Escolar Frascuelo, para ver lo difícil que resulta encontrar un vídeo de él toreando.
Pero volviendo a Pepín Jiménez, algunos se preguntarán quien era y cómo era este murciano; en primer lugar derrochaba personalidad, algo tan difícil de encontrar de unos años para acá. Desde los diseños del vestido de torear, en el que se hizo bordar el nombre de sus hijos, hasta la forma de andar, escondiendo el cuello y con los pies apuntando ligeramente hacia fuera. Sin retorcimientos inútiles y antiestéticos, no pretendía arrastrar los engaños a costa de partirse la espina dorsal. Relajado y derecho como una columna pegaba tal latigazo con la muleta que reventaba a los toros con suavidad, siempre elegante y sin forzarse. A veces parecía su forma de torear cómo la que cualquier aficionado podría encontrar en las imágenes antiguas de La Lidia. Y si a alguien le quedaba alguna duda, bastaba verle liar la muleta para entrar a matar y más parecía Paquiro guiado por Pedro Romero en la famosa imagen que representa al maestro y al discípulo en la Escuela de Sevilla.
Pero quizás sea mejor verle torear a un Guardiola en la plaza de Madrid hace algunos años. Guardiola, otra de esas ganaderías que también podría creerse que ya son invisibles, pero que en otro tiempo era fija en las ferias más importantes y a las que se identificaba con el toro. Si se presta atención en la faena de Pepín Jiménez se percibirán los aromas a toreo de otra época, próxima en el tiempo, pero lejana en conceptos taurómacos. Que disfruten.