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| Dos quites celestiales con el capote y ascendió a los cielos. Poco tardó en comenzar nuestro martirio en forma de la decepción y desencanto más absoluto |
¡Qué disgusto más grande! La de vueltas que le llevo dando a
la cabeza, el dios de los toreros, la luz de la torería, el Teseo de nuestros
días, nuestro guía en los intrincados caminos del arte, el lince entre los
linces, desprecia nuestra plaza y nos dedica un “ahí te quedas”, con un par.
¿Qué mal hemos hecho? ¿Qué delito hemos cometido? ¿Cuál es nuestro pecado? Si
nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos? Si
nos envenenan, ¿acaso no morimos? Y si nos agravian, ¿no debemos vengarnos?
¿Por qué este castigo? Todo por una chepa, la misma que al mismo dios no le
importó para deleitarnos con su toreo de capote años ha, ya demasiados, la
misma que no impidió crear el toreo más bello que imaginar pudiéramos a Paula,
Romero, Chenel, El Viti o Camino, a los más recientes Mora, El Cid, en la época
de los quites del dios, José Tomás o Frascuelo.
¡Maldita chepa! ¡Yo te maldigo chepa! Tú nos has arrebatado
al genio, al arte, al baile de corrales, a los caprichos sin sentido, a las
mamarrachadas del aprendiz de brujo, a la estupidez pública, a la ausencia de
afición, al miedo a afrontar la responsabilidad de una plaza en la que aún se
protesta, a tener que esperar que el aire le venga por delante o por detrás para
justificar el parné al que nunca ha hecho ascos, al sentirnos abochornados,
engañados y asaltados por un espantajo con medias rosas, puro en boca y
cafelito a deshoras. ¡Bendita seas, mi chepa del alma!
Antes, en los tiempos pasados, muy pasados, aunque no tanto
como lo están aquellos quites con el capote del dios, las gitanas hicieron
famosa su célebre maldición en que a los malos toreros les deseaban que les
saliera un toro bueno. Pero eso era para quienes al menos se sentían toreros y
se veían obligados a demostrarlo precisamente con el toro bravo y boyante, el
más chivato de todos, el que canta las carencias y faltas de valor. Pero el
dios se nos atasca con una chepa, con una rampa en mitad del ruedo. ¿Será un
problema de accesibilidad taurina? ¿Cómo no habíamos caído en ello? Lleva años
evidenciando sus carencias y ahora nos extrañamos de lo de la chepa. Si no ha
podido superar el escalón del toro encastado, no se atreve con subir el
bordillo del toro íntegro y ha convertido en un clásico el pitote corralero
matinal. Hay que allanar el camino al dios.
Pero tranquilos, que siempre habrá quién le encuentre la
gracia a tanto esperpento y perderán el aliento para justificar y vestir de
genialidad tanta tontuna concentrada. Eso que ahora llaman genialidad era
motivo suficiente para acabar en el pilón o ser corrido a gorrazos por la
calle. Y como al dios le gustaba la sintonía, se subió al carro y se lo creyó. ¡Qué
cosas! Para eso no necesito ayuda, sí para la chepa, pero si la cosa va de
halagos pega un respingo que llega al cielo. A ver si va a ser que simple y
“llanamente” está interpretando un papelón. Serán cosas del márquetin, que uno
de sus mentores se llegó de dos patadas a Los USA y se trajo un manual de
mercadotecnia aplicada al taurinismo. Mira dios, mientras andemos con estas
melonadas, nadie se va a fijar en lo que haces en el ruedo. Ni tan siquiera vas
a tener que seguir queriendo imitar a este o al otro, basta con que te
disfraces de bicho raro, que te enfrentes a los antitaurinos comiendo pipas,
que cuando te pregunten no hables y que cuando hables, parezca que hablas sin
hablar y ya está, te desmelenamos tus guedejas al viento, una camisa desigual,
esa parsimonia tintada de halo divino y pa’lante. Igual hasta nadie cae en que
eres torero y que tu obligación es plantarle cara al toro y así vamos
recaudando por esos mundo de perfomance en perfomance. Seguro que “el coro de
niños cantores de loas al dios” no se detendrán en esos detalles sin
importancia y en gra
n medida, absurdos de exigir al torero como tal, de pedirle
que al menos justifique su caché y su fama en los ruedos, pasarán por alto eso
de no ver al toro con trapío ni en las litografías de la lidia y hasta se
desternillarán cuando se repitan que el dios no acudirá a Madrid por la chepa,
porque con la maldita chepa de por medio es imposible. Si ya lo dice él, así no
se puede torear. Pero no se equivoque, no se puede torear si no hay toro, si no
hay afición para ello y si no hay vergüenza torera, sin detenerse en excusas
estúpidas para ocultar tanto que tiene que ocultar y que nada tiene que ver con
la chepa de la vergüenza.