jueves, 5 de diciembre de 2019

Levantadores de la fiesta


Si se trataba de levantar la fiesta, de verdad,pocos mejor que el maestro que hace poco cumplió años.




Parece ser que la fiesta de los toros ha estado en momentos mucho peores que en la actualidad, ¿qué digo peores? Rayanos en lo pésimo. Que si ahora creemos estar al borde del abismo, entonces ya estaba la cosa en caída libre. Pero siempre había un levantador que hacía resurgir la fiesta, siempre aparecía uno como el señor de Córdoba, de cuyo nombre no quiero acordarme, o un señor de Velilla o hasta uno de Lima, del Perú. Esos son los que revitalizaron y revitalizan la fiesta. Y que se nos quiten otras ideas de la cabeza. Y aquí mismo podría dejar zanjado el tema y poner la rúbrica debajo. Pero, ¿se quedarían conformes? Pues al igual que quién suscribe, creo que no.



Quizá esos levantadores lo fueran para el negocio, que algunos confunden con la propia fiesta. La buena salud de uno y de la otra no tienen por qué ir de la mano; es más, hay momentos en los que se encuentran en lugares absolutamente contrapuestos. Que realmente, la fiesta da la sensación de que nunca ha gozado de buena salud, si nos atenemos a las opiniones de los contemporáneos, pero si cada período lo observamos desde la distancia y comparándolo con el presente de cada uno, pues igual esa mala salud no era tan mala. Que habrá quién me diga que esto mismo ocurrirá con esta actualidad que nos está tocando vivir. Pues bien, como en algún momento alguien vea esto como un modelo a imitar, no quiero ni pensar en lo que les toque pasar a los aficionados del futuro. ¡Que Dios les pille “confesaos”!



Mala cosa como los aficionados por venir añoren a los Juli, Ponce o Roca Rey. Que es verdad que el pasado se tiende a idealizar, porque sin ir más lejos, ahora los hay que le echan redaños y hablan de aquel señor de Córdoba como de un maestro. Que sí, que llevó gente a las plazas, hizo que el negocio fuera viento en popa, pero entonces volvemos al comienzo, ¿es lo mismo la buena salud del negocio con la buena salud de la fiesta de los toros? Que con el paso de los años uno se entera de que unos y otros fueron maestros, a unos que les contaban los trapazos a coro, a otros que les acompañaba el escándalo por anunciarse con monas desmochadas, a otros que se manejaban en la vulgaridad sin rubor… pero ahora ya son maestros.



Y en estos años de este primer cuarto del siglo XXI parece que va mal el negocio y la fiesta en si misma. Que se empeñan en meternos por los ojos a unos fenómenos que no consiguen que esto interese a alguien más que los habituales. Que si en una feria falla cualquiera de esos figurones, esos que se supone sustentan la fiesta, no pasa nada y nadie les echa de menos. Es más, resulta más frecuente que el aficionado los eche de más cuándo ven su nombre anunciado en las grandes ferias. Y se supone que estos van a levantar la fiesta. ¡Caramba! Que ya tendría mérito que al tiempo fueran levantadores y enterradores. Si acaso, no voy a decir que sean el maná que salve el negocio, a lo sumo puede que lo mantengan cuatro tardes al año. Y mientras tanto, entre levantadores y puntilleros, los maquilladores, los que disfrazan la realidad y que con un empeño admirable quieren hacer ver que la realidad no es tal cual la vemos, sino tal cual nos la quieren contar. Eso sí, si hay que utilizar un argumento de peso tiramos de estadísticas y asunto concluido. Empiezan a contar despojos, indultos y algarabías de las masas y asunto zanjado. Pues bien, permítanme echar mano de unas estadísticas que se han hecho públicas recientemente. En el año 2010 entre España y Francia se celebraron 721 corridas de toros. En 2019, 450. El número de plazas con actividad taurina ha pasado de 324 a 224. Que no sé yo si los que viven de este negocio se sentirán muy aliviados con estos números. Y si además hablamos de datos socioculturales, ¿para qué más? Son cuatro cifras que las podrán interpretar cómo les de la gana. Eso sí, solo les pido que con estos datos no me hablen de estos levantadores de la fiesta.



Enlace programa Tendido de Sol del 1 de diciembre de 2019:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-1-diciembre-de-audios-mp3_rf_44937374_1.html

viernes, 29 de noviembre de 2019

Don Francisco se ha desapuntao de los toros


Puestos a elucubrar, ¿por qué no pretender que los artistas rupestres fueran también antitaurinos? Tiempo al tiempo

De lo que se entera uno, que ahora resulta que don Francisco, el de los toros, pintaba y dibujaba toros para mortificarse el espíritu. Que iba a la plaza de la Puerta de Alcalá para autolesionarse moral y físicamente y lo mismo hasta sentía dentro de su ser eso de hacerse vegano y comer hamburguesas de tofu o acelgas ecologizadas y disfrazadas de algo rico. ¿Qué entonces no había tofu? Vaya, don Francisco, que o se nos muere de hambre o le da a la pata del cabrito. Qué cosas. Uno podía esperar muchas sorpresas de don Francisco, pero eso del antitaurinismo… Que no lo vi venir. Vamos, ni yo, ni creo que él mismo lo supiera. Que ahora resulta que todo lo que pintaba era para criticar, para reflejar su rechazo a través de los lápices y los pinceles.

Quizá pueda resultar muy infantil y hasta ingenuo, el pretender que nuestro ídolo, nuestro símbolo, en este caso Goya, cumpla con todas las virtudes que personalmente consideraríamos que debería ostentar un gran hombre. Y de esta forma, con esa pretensión de perfección, de idealización humana, puede que estemos despojando de todo rasgo de humanidad al genio, en este caso a Goya. Que si aplicamos esos criterios de perfección cuasi divina, igual nos quedamos sin ídolos, aunque siempre serán genios. Pero claro, si a la señora y reconocida experta mundial en el pintor aragonés le pide el cuerpo que este fuera anti y a otro experto le cuadra que fuera taurino, ¿a quién creemos? Que no es la primera vez que se oye esto, quizá para ver si eso de repetir una mentira mil veces al final consigue que se convierta en verdad, una verdad prefabricada, pero a la que muchos acabarían dando crédito de verdad.

Pero, ¿por qué ese querer reescribir la historia? Cambiar el pasado a la medida de los deseos y valores actuales de los manipuladores máximos del presente, como si aquel 1984 de Orwell llegara a ser realidad, también en esto. ¿Por qué ese empeño en quitarnos los estandartes que muchos aficionados toman como modelo? ¿Por qué nos quieren robar nuestra historia, nuestro pasado? Ellos consideran que de acuerdo a esa moral suya, esa moral que quieren imponer sea como sea, que no puede permitir que Goya, al igual que otros genios de nuestra cultura, pudiera vivir los toros con apasionamiento. Pero señores, que lo de ser aficionado a los toros no quiere decir nada de una persona; quizá la única consecuencia válida, admisible y contrastada sea que el toreo despertó algo que le llevó a crear belleza, arte supremo.

Quizá los antis tengan en común con los taurinos ese afán y ese orgullo de contar entre los suyos a grandes hombres que pasaron a la historia por sus pinturas, sus versos, su música, su saber, por mil y una cosas. No tengan prisa, ya tendrán ustedes su propia lista de adeptos a la no fiesta. Si quieren les ayudo, pueden empezar por Mario Vaquerizo, Alaska, Jorge Javier, Lluvia Rojo, Dani Rovira, David Broncano y tantos y tantos personajes que tanto han aportado a la cultura. Que no se trata de entablar ningún tipo de campeonato de a ver quién pone más genios sobre la mesa. Sería ridículo y tampoco sería justo, pues el toreo lleva años de ventaja al antitoreo. Y hasta puede que igual que algunos antis, los propios aficionados estemos cayendo en el ridículo al comentar cosas como esta. Que yo me pregunto: ¿cambiaría en algo lo aportado por Francisco de Goya al mundo, a la pintura, a la cultura, al arte, si fuera una cosa u otra? Porque si su afición le descalifica como artista, entonces ya entramos en otras vías y no parecen demasiado adecuadas, si nos lleva a lo de las listas negras, a lo de censurar la obra artística y a acabar silenciando a unos u otros.

Puede que no sea la mejor idea el entrar en estos caminos de clasificarlo aquí o allá. Dejémonos atrapar por el arte de un señor que lo mismo ridiculizaba a su majestad, que mostraba al pueblo divirtiéndose, que nos ponía delante los desastres de la guerra, que nos invitaba a participar en las ceremonias con el cabrón satánico, que nos relataba las hazañas de el Licenciado de Falces, de la Pajuelera, que nos presentaba en persona a Pepe Hillo, Pedro Romero o Costillares. Y no nos vengan a estas alturas con que don Francisco se ha desapuntao de los toros.

Enlace programa Tendido de Sol del 24 de noviembre de 2019:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-24-noviembre-de-audios-mp3_rf_44672937_1.html?fbclid=IwAR3j_Qapd5ucitSkyRY2gqJHDWqUZi_GMMIZk-kd6RFXxpt28vkviAk2Yg4

jueves, 21 de noviembre de 2019

De apoderados a conseguidores


A veces reconforta volver a los principios de todo esto

Una figura trascendental en la historia del toreo, aunque casi siempre sin demasiados protagonismos, es el apoderado. El que en otros momentos se convertía en descubridor de talentos y en quién iba esculpiendo el torero para sacarlo adelante. Así era la materia prima, así iba puliendo al aspirante a vestirse de luces. Ha habido apoderados de leyenda, empezando por Ojitos que encontró al primer fenómeno mexicano, Gaona, o Calderón que reconoció el genio heterodoxo de Belmonte, siguiendo por los Camará, Dominguín, Marcial Lalanda, después Florentino Díaz Flores o el Pipo y más recientemente Antonio Corbacho, descubridor del último gran fenómeno del toreo. Repárese que no he mentado a ninguno de esos empresarios/ apoderados/ ganaderos que proliferan en la actualidad llevando las carreras de los “profesionales” que se visten de luces. Quizá ahí está el quiz de la cuestión.

El ser torero no es solo vestirse bonito, salir, pegar pases a un animalejo y para casa. Porque si ese animalejo deja de ser eso y vuelve a ser lo que nunca debió dejar de ser, hace que entren en juego multitud de factores. El ser torero es poder a ese animal, pero al mismo tiempo es convencer al público y por esta vía, convencer al que firma los contratos. El ser torero es una carrera inacabable de perfeccionamiento, de superación, tanto en el cómo se torea, como en esa pelea con uno mismo que le haga ser capaz de superar obstáculo tras obstáculo. El ser torero es también vivir en torero, sentirlo, conocer al toro, conocer a todos los toros, los de este encaste, los del otro, los de este hierro, los del de más allá y entender lo que son los toros, lo que ahora llaman tauromaquia. El ser torero también es alcanzar el triunfo y encajar los malos días, disfrutar los halagos, compartir con los partidarios y tener alguien que no te deje caer en la peligrosa ceguera de la vanidad. De los que dicen “bien torero”, “que grande torero”, de esos sobran. Lo que hace falta es que también haya quién diga las cosas cómo son y porque son, que para decir que mal has estado valemos todos, pero para decir por qué se ha estado mal y ofrecer soluciones, eso ya es harina de otro costal. El torero, y cualquier, que tiene a una persona para echarle una bronca y a continuación darle un abrazo de verdad, ese tiene un tesoro. Y quizá esa persona, la que desempeña todos los papeles que hacen que el torero, que la persona eche para adelante, quizá sea el apoderado, entendido como siempre se entendió.

Está claro que los apoderados también tienen que defender a su torero y los intereses de este en los despachos, unas veces haciéndose valer y otras, a tumba abierta, para lo que sea, porque el chaval tiene que abrirse camino en esto del toreo. Que está claro que en un principio todo arrancaba por intereses puramente crematísticos, lo que hacía que hubiera que tener muy buen ojo con el muchachillo que quisiera ser torero. Había que verle cualidades y disposición para hacer el camino de querer ser torero. Ahí se la jugaban todos, el de luces y el apoderado, aunque los meneos solo se los llevara el primero. Pero había que hacerlo poco a poco, pulir los defectos con los engaños, los terrenos, las querencias, que si había que echar horas y noches reventando el carretón con la espada, que si había que buscar un ganadero que le pusiera unas vacas. Es un no acabar.

Pero los tiempos han cambiado tanto, que ahora hay apoderados que lo mismo se limitan a pegar voces destempladas para desquiciar al chaval, que como todo consejo no dan más que para decirles eso de “véndelo”, que delegan en otra persona para que le acompañe por esas plazas de Dios y que al final casi ni se ocupa de liquidar a final de año, que para eso hay contables. La gran mayoría de los que se hacen ahora llamar apoderados, no miran las condiciones del chaval, primero se enteran del trabajo del padre y si tiene alguna pequeña fortuna para gastar con el niño, a ver si se hace torero y si se agota el parné, pues se le deja tirado y a otro. Que empiezan loando al nuevo Lagartijo y cuándo la fuente ya no da agua, se cortan las ilusiones del torerillo y de la familia con un “es que esto está muy difícil y el chaval no vale”. Y se permiten aconsejar al papá con que siga con los estudios, que estudie una carrera. Pero, ¿con qué dinero? Si la sanguijuela le ha chupado hasta el último céntimo. Y así pasa, que los chavales no están preparados, que lo mismo llegan a la alternativa y no se han enterado de que va esto, porque le han ocultado la verdad. Y si acaso puede continuar, una vez fuera de ese ficticio camino de rosas, viene la dureza del toro y del toreo.

Y quizá ya sea demasiado tarde cuándo los estafados se den cuenta de que lo que había hecho falta era un apoderado, una persona que supiera guiar los pasos del neófito y no un simple conseguidor de contratos, que en muchos casos florecían a costa del dinero del padre o la familia. Estos caballeros se ocupan muy bien de aislarlos, de mantenerlos en una burbuja de falsas promesas, de triunfos imposibles si no son prefabricados y de una carrera de glorias que ellos muy bien saben que no va a ser. Y lo peor es que siempre habrá una víctima que sin darse cuenta transite por ese camino que le hace tomar el desvío que le lleve de apoderados a conseguidotes.

Enlace programa Tendido de Sol del 17 de noviembre de 2019:
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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Un todo o nada taurino


Ganaderos y toreros se lo juegan a un todo o nada. Igual así se acabarían muchas componendas inadmisibles.

Ya les digo de entrada que lo que viene a continuación no deja de ser un ejercicio de imaginación, que igual podría tener su interés, pero que los taurinos no estarían dispuestos a admitir. ¿Se imaginan que en una corrida de toros hubiera una bolsa única con los dineros de toreros y ganaderos y que al final se lo llevara quién hubiera ganado esa tarde, quién hubiera estado mejor? Toros o toreros, no habría que complicarlo más. El señor empresario pagaría lo mismo, pero bien los toreros o el ganadero, no cobrarían lo mismo. Algo así como en el boxeo. Y si hay empate, pero empate de verdad, se reparte la bolsa, que al final no sería otra cosa que perder una buena tajada.

Resulta poco edificante, por no decir vergonzoso, ver como los ganaderos tragan y tragan escuchando verdaderas barbaridades de sus animales, solo por tapar la incompetencia o incapacidad de los toreros. En muy raras ocasiones se revelan, y no todos, para afirmar que a sus toros no se les han hecho bien las cosas o que incluso se les ha hecho todo al revés. Siempre están los de luces superiores y son los toros los que no cumplen con las expectativas. Que el toro se defiende e intenta dejar claro que él no tiene la culpa de muchos males que se les achacan, pero claro, nadie les escucha, pocos le hacen caso.

Que tengo que reconocer que esto no pasa de ser una ocurrencia y punto, porque tal y cómo está esto montado, si el criador levanta la voz, ya sabe lo que le toca, que el torero que sea dice que no le mata ni una corrida más y se le acaba el negocio, no la vende ni para ese, ni para ninguno que calce de rosa. Que mientras trague, mientras que permita que el figura de turno le vaya a tentar, mientras que al figura se le trate como la reencarnación de Lagartijo el Grande y mientras sigan con que el que no ha estado bien ha sido mi ganado y no el de luces, si aguanta esto y más, seguirá vendiendo sus corriditas año tras año y si nos aupamos al grupo de arriba de ganaderías, hasta te pedirán la camada entera para un solo señor y habrá tortas por apuntarse con él en todas las plazas.

Ahora está todo montado de tal manera, que unos señores, por uno y otro lado, ya comienzan el curso con sus ganancias aseguradas, salvo percance inesperado. Como si fueran una multinacional, hasta podría hacer sus previsiones para sucesivos ejercicios taurinos. Y si el señor ganadero aumenta la producción, igual los caballeros de luces podrían incrementar el número de tardes y aquí todos ganan, no pierde nadie, siempre y cuando se esté dentro de esa nebulosa del poder taurino. Pero, ¿Y si esas ganancias se tuvieran que ganar tarde a tarde y que si las cosas no salen se pierde todo, aunque si el asunto se da bien, todo mejoraría y bastante.

Ya sé que es poco menos que imposible porque esto de jugárselo a un todo o nada no sería admitido sobre todo por los toreros y a su vez los ganaderos querrían asegurarse un mínimo por la crianza de sus novillos o toros durante años. Sería además complicada la fórmula para juzgar quién se proclamaría ganador cada tarde. O sería muy sencillo, lo complicado sería que tal jurado pudiera mantener su independencia y quedar aparte de posibles presiones, que por supuesto, las habría. ¿No quieren emoción? Pues se les iba a atragantar tanta emoción. ¿Que los de luces no pueden con un ganado que les come constantemente la merienda? Pues esa tarde no cobran. ¿Que los matadores están muy por encima de una corrida boba, inválida, descastada o encastada y mansa que no admite no solo un pase, sino que ni lidiarse se pueda? Pues tanta hierba y tanto gastado en pienso, para nada. ¿Qué los unos y los otros no dan la talla y aquello lo convierten en un esperpento? Pues se les retiene la bolsa. Y si ambas partes cumplen, pues que cada uno cobre lo suyo. Que repito que esta idea no es que sea demasiado factible ponerla en práctica, es más, dudo que solo uno de los que intervendrían en el caso fueran a estar de acuerdo, pero no me negarán que no les gustaría asistir, aunque fuera por una vez, a un todo o nada taurino.

Enlace programa Tendido de Sol del 10 de noviembre de 2019:
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martes, 5 de noviembre de 2019

Obras en las Ventas


Lo que sea, pero que nos quede bonita, ¿no?

Instalaciones de Reformas Montijano Hnos. a eso de la hora del bocadillo. Suena el móvil de Germán, el encargado, en ausencia de los jefes, o sea, casi siempre, especialmente por la mañanita pronto y por la tarde, tarde, además de la hora del aperitivo, el café y la siesta.

- Germán:       Síiii, “ígame”.

- Cliente:        Buenas, ¿ahí hacen reformas?

- Germán:       No caballero, aquí no, se la hacemos a usted, dónde usted nos diga.

- Cliente:        Sí, claro, jaja (con una risita tonta y forzada), dónde yo   les diga. Es que llamaba para pedir presupuesto.

- Germán:       Pues usted me dirá. ¿Es obra completa, pintura, fontanería, electricidad, forja? “Ígame”.

- Cliente:        Sí.

- Germán:       ¿Cómo sí? Tendrá que concretarme.

- Cliente:        Que sí, que de todo y más.

- Germán:       “Amo” a ver, quiere que se le haga de todo, ¿no?

- Cliente:        Sí, de todo y más.

- Germán:       Vaya. ¿Y dónde es el trabajo?

- Cliente:        En la plaza de toros.

- Germán:       No jod… Perdón, no me diga. ¿Y de qué se trata?

- Cliente:        Pues cambiarlo todo, para que mi jefe pueda hacer fiestas dentro, que dice que con los toros solo, que no le llega.

- Germán:       ¿Y querría factura o sin factura? Que el IVA se le pude poner en un pico. Que yo se lo digo porque se puede ahorrar un dinerito muy jugoso.

- Cliente:        Pues ahora me hace dudar, porque unas veces es que sí y otras…

- Germán:       Ya, ya, no me diga más. Bueno, de momento, con factura. “Ígame”.

- Cliente:        No, lo que usted diga, hay que arreglar accesos, escaleras, localidades y poner zonas vipses, que ahora no hay, pero que a mi jefe le hace mucha ilusión que las haya. Ahí, en la parte de abajo.

- Germán:       Ya, ya le entiendo, que vayan los que se dejan la mosca y no esos ganapanes que no dan na’ y que solo protestan, que todo lo ven mal, ¿verdad?

- Cliente:        Cómo lo sabe usted.

- Germán:       Pues a mí se me ocurre una cosa muy curiosa que ponen en el tenis, pero bien, que no sea solo para ver el tenis, porque al cliente hay que darles un servicio. ¿No es eso?

- Cliente:        Eso, eso, eso mismo es.

- Germán:       Pues mire, vamos a poner unos cubículos con cuatro butaquitas, ¿del mobiliario nos encargaríamos también Montijano Hnos.?

- Cliente:        Claro, claro, de todo y más.

- Germán:       Pues eso, unas butaquitas de las que sale un soporte ergonómico “antropofórmico” para poner los pies, por si la tarde se tuerce, que el cliente se pueda acomodar bien y entre copita y copita, echarse una cabezadita y ya si eso, despabilarse cuándo sea lo de la muleta.

- Cliente:        Pero, ¿eso no quitará mucho espacio?

- Germán:       Será por espacio. Se le roba unos metros retranqueando el ruedo y ya está. Que son muchos metros perdidos para nada. Que con que media quepa el animalejo y un caballo, ya tiramos. ¿No?

- Cliente:        Claro, claro.

- Germán:       Y así conseguimos que los clientes se puedan saludar de una parte a otra del ruedo. Se dice ruedo,  ¿verdad?

- Cliente:        Sí, ruedo, se llama ruedo.

- Germán:       E imagino que habrá corrales, ¿no?

- Cliente:        Sí, hay…

- Germán:       Naaaa’, los que haya. Le dejamos dos, para que tampoco vayan justitos de espacio y en los demás les montamos una zona para catering, reservados para reuniones o para lo que sea, jajaja. Usted me entiende, ¿no? ¿Me sigue por dónde voy?

- Cliente:        Bueno, sí, pero no del todo.

- Germán:       Hombre, que a lo mejor a un señor de dinero le apetece un privado con… jaja.

- Cliente:        ¡Aaah! Ahora sí, aunque no sé yo si…

- Germán:       Naaa, yo lo preparo y si no les cuadra luego, ponemos un spa.

- Cliente:        Bueno, si es así, igual…

- Germán:       ¡Caaa! No habrá de ser. Y si no… ¿a su jefe le gustan los bares? Vamos, lo de la hostelería, que no quiero yo decir que su jefe le dé al morapio.

- Cliente:        Sí, mucho, bueno, no, que no es que le dé, que igual un vinito sí, pero no, que lo que le pirra es montar bares, tascas y demás negocios del ramo.

- Germán:       Pues les monto allí, en lo que vienen siendo los corrales, una disco con varios ambientes y lo peta. Vamos, que solo con mis colegas y los colegas de mis colegas, ya le digo que aquello lo llenamos hasta los topes.

- Cliente:        ¿Y para el resto de la plaza?

- Germán:       ¿Para el resto? Na’. Se sanea un poco, se le da una mano de llana dónde se precise, se pinta y arreando y para parecer que se ha hecho, le ganamos medio metro a cada lado de las escaleras y accesos, dos barandillas, pintamos los pasillos con pintura de esa que no resbala y apañao.

- Cliente:        ¿Y los baños y eso?

- Germán:       Naaaa’. Se cambian las luces, secamanos de esos que no secan pero que echan un vendaval que te despeina para un mes y a otra cosa.

- Cliente:        Y ya si quiere, esos amigos que dice que tiene, esos que dice que son multitud, podrían también venir algún día a la plaza.

- Germán:       ¿A los conciertos? Eso está hecho. Y a la disco multiambiente.

- Cliente:        No, yo decía a los toros.

- Germán:       ¡Aaah! A los toros. Igual no es posible, no creo que eso vaya a poder ser.

- Cliente:        Que son de fuera de Madrid y no les pi…

- Germán:       ¡Caaa! ¡Qué coño! Que no van, no les hable de toros. Como a mí, pero es que el trabajo es el trabajo, que si no…

- Cliente:        ¡Aaah! Que no…

- Germán:       Que nada.

- Cliente:        ¿Y quiénes son sus amigos? Si se puede saber.

- Germán:       Los del partido

- Cliente:        Aficionados al fútbol, suele pasar…

- Germán:       Qué contra fúrgol, el PACMA.

- Cliente:        ¡Aaah! Ya. Sí, entiendo. Bueno, si eso ya le llamamos más adelante.

- Germán:       Que oiga, si tiene dudas, aún podríamos tener un detalle con usted, ¿eh? Que aquí va a haber tela para todos.

Y ahora estamos esperando a ver si se concreta el presupuesto y las autoridades competentes del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, con la “colaboración” de la empresa adjudicataria, aprueban y firman los presupuestos y nos dejan la Plaza de Toros de las Ventas del Espíritu Santo como una casa de citas, sin casa, sin citas y sin na’. Que toros no habrá, pero copas, de esas, hasta por las orejas. Y a ver qué hacemos mientras y después de que haya obras en las Ventas.


Enlace programa Tendido de Sol del 3 de noviembre de 2019:
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martes, 29 de octubre de 2019

¿Y si aplicamos el reglamento antes de modificarlo?


Ya nos conformaríamos más de uno con que antes de modificar, se cumpliera el reglamento para el primer tercio

En ese afán de querer arreglar el desaguisado actual de la fiesta, por un lado el aficionado intenta aportar ideas que puedan mejorar lo presente y se ponen a elucubrar sobre modificaciones en el reglamento, quizá intentando pensar en fórmulas que los profesionales estuvieran dispuestos a poner en práctica. Y po r otro lado, los taurinos, entre los que por supuesto se encuentran los profesionales, mantienen casi el mismo afán reformador, pero en otro sentido, quizá opuesto y quizá complementario a lo que quieren los aficionados. Estos quieren cambiar para acomodar más la fiesta de los toros a sus expectativas, a sus capacidades o a sus intereses y hasta puede que en este caso estén dispuestos en poner tales medidas en práctica. Eso sí, no creo que en este caso satisfagan a aquellos, a los aficionados, que tanto desean crear una normativa que estos, los taurinos, asuman y cumplan. Y esto que se suponía que complementaba a los deseos de unos, les encabritará aún más, pues no es lo que ellos pensaban.

Quizá este sea un rasgo más de la españolidad de la fiesta de los toros. Hagamos leyes, muchas leyes, leyes para los que parpadean, para los que no, para los que están aprendiendo, para los que no tienen ojos, para los que tienen uno, dos o vaya usted a saber cuántos, pero luego ya se buscarán las mañas para saltarse esas normas a la torera, que no podía ser de otra forma. Ahora estamos con el peso del caballo, con las puyas, con los caballos, los petos y hasta los relinchos; y que conste que no estoy en absoluto en desacuerdo con ello, pero, ¿y si cogemos lo que tenemos y hacemos porque se cumpla? Y al que no lo haga, le hurgamos en el bolsillo o mejor, en la cartera, que ahí es dónde viajan los billetes gordos.

Tenemos un reglamento que no voy a decir que sea bueno, es francamente mejorable, pero que es raro el que se cumple con fidelidad al espíritu con que se redactó en su día. Díganme ustedes si no admitirían con alborozo el que a un toro se le dieran dos puyazos, que se colocara el toro ante el caballo, que se le parara antes del trompazo contra el peto, que no se le picara trasero, que no se le tapara la salida, que no… será por vicios que desearíamos desterrar de un plumazo. Que todo esto, si lo pensamos dos minutos, poco tiene que ver con el peso del caballo o medidas de la puya. Es más el sentir la suerte de varas, el compromiso con esta y con el conjunto de la lidia o con el seguir pensando que eso de picar a los toros es un mero trámite, cuando no algo absolutamente prescindible. Y si hay que modificar, volvamos a los tres puyazos.

Y qué curioso, cuándo hablamos de modificaciones reglamentarias, casi siempre empezamos por modificar el primer tercio. Unos pretenden que se cumplan unos mínimos requisitos que eviten la completa desaparición del tercio de varas y enfrente están los que firmarían a sangre y fuego su completa abolición, que empiezan por detentar en exclusiva el derecho a picar o no a un toro y al final parece que quieren desembocar en las corridas de toros sin caballos. O la otra opción, esa tercera vía ya apuntada por algún figurón, la suerte de varas con megáfono, pero esta opción no la acabo de ver. Y después de esto de picar a los toros, el segundo aspecto al que se llega cuándo se habla de cambios en el reglamento, inevitablemente, la piedra angular de la fiesta, el motor, la causa primigenia de que todo esto exista, la concesión de las orejas. Que no se plantean cómo evitar el fraude en el toro, cómo evitar la alarmante e imparable pérdida de casta, la falta de trapío, la manipulación de las astas, no, antes está lo de las orejas. Unos queriendo obligar a que el corte de despojos sea mayor, como medida para subir un poco la exigencia, como un último esfuerzo por intentar devolver a esto la dignidad que hace tanto que se perdió. Y los otros, pues a lo suyo, convirtamos las plazas en un gallinero y que la concesión de trofeos no responda a méritos objetivos, que sea la masa, su entusiasmo combinado con el alcohol quiénes decidan si una, dos o mil las orejas. Pero que nadie espere que tal hecho pase por el rigor, por lo sucedido durante la lisia, por las condiciones del toro o porque el no estar acertado con la espada penalice la consecución de los despojos. Mejor dejar esto en manos de la masa, de los perezosos mulilleros o de los banderilleros provocadores, para que luego nos cuenten eso del sentido democrático. Que estaría bien que el personal echara un vistazo a los usos de siempre, ellos que tanto hablan de tradición, y que le echaran un vistazo al reglamento, que eso también ayudaría y ya si los señores de los micros abandonaran esa campaña de la confusión, entonces esto ya sería la reoca. Llegados a este punto, quizá sería bueno echar una pensadita y reflexionar sobre todo esto y lo mismo llegábamos a esta conclusión: ¿y si aplicamos el reglamento antes de modificarlo?

Enlace programa Tendido de Sol del 27 de octubre de 2019:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-27-octubre-de-audios-mp3_rf_43572749_1.html

martes, 22 de octubre de 2019

Torear despacio no siempre es templar


Cuando el natural, templando, se convierte en la sublimación del toreo

En estos tiempos en los que no parece distinguirse lo blanco de lo negro, lo grande de lo chico, lo chico de lo fino, lo fino de lo elegante, lo elegante de lo amanerado y el culo de las témporas, tampoco se diferencia con demasiada claridad eso de torear despacio, con torear templando. Que no es infrecuente que después de una batería de trallazos trapaceros en los que el de luces se quita de en medio las arrancadas del toro de aquella manera, y una vez que el animalito ya ha agotado los bríos iniciales, al ponerse en paso de procesión, como si fuera de la hermandad del eterno tullido, que medio aguanta con paso cansino y jadeante y que es entonces cuándo el de las calzas rosas se aprovecha, se pone jacarandoso y hala, a acompañar las despaciosas embestidas con porte aflamencado, entre el delirio del pópulo. Pero, ¿realmente es eso torear?

Aunque ahora son muchos los que cuestionen a Domingo Ortega, tendremos que acudir a su más que sabida sentencia, al parar, templar y mandar. Parar, que gran palabra, conseguir que cuándo el toro entra en jurisdicción y crea que va a atrapar el engaño se frene y lo siga a la velocidad que marca el torero y por el camino que este le marca. Así desde el primer instante, sin tener que esperar que las carreras mengüen el brío del toro y que sea a partir de la tercera o cuarta tanda en la que aparezca la despaciosidad. Esta debe estar presente desde el primer capotazo, el primer muletazo, porque las telas no pueden en ningún momento convertirse en un látigo agitado violentamente. El efecto de la muleta sí que debe ser cómo ese látigo, pero con suavidad, sin prisas, porque eso es el toreo. Y esa cadencia no puede venir marcada por los ímpetus del toro, debe ser el resultado del mando, del dominio.

Hoy en día se admite el toreo eléctrico en el que el gran mérito es apartar la tela, no conducir la embestida con él. Incluso parece que ese brío, esa brusquedad de movimiento provoca esa sensación de emoción que tanto se proclama en estos días. Y no entremos en las condiciones de las embestidas de los toros, en si parece que van de un lado a otro siguiendo la pelotita o si lo que quieren es agarrar capote o muleta y hacerlos su presa. Que esto de los bríos iniciales no es algo que sea exclusivo de novilleros o matadores noveles, no, que esto también lo trabajan los que se consideran ya figuras de la fiesta. Se descaran ante las pasadas destempladas, eso que los expertos llaman “saber venderlo”. Y como el fin son los despojos y el toreo es solo un incoveniente imposible, pues adelante con los faroles. Que curiosamente estas corajudas entradas es posible, y muy frecuente, que procedan de un animal al que apenas se le ha podido apoyar el palo sobre el morrillo en el primer tercio.

Pasada esa fase de frenesí, entonces es cuando aparece la despaciosidad. Y digo que aparece, porque no es ni intencionada, ni provocada. Si así fuera, debería evidenciarse en todo momento en el toreo, porque este, además de naturalidad, de mando y poder, es temple, que en parte encierra en si mismo las otras virtudes, porque templar es dominar, poder y por supuesto la ya nombrada naturalidad. Resulta triste y penoso ver a un animalito desplazarse con ese andar cansino, casi mortecino, mientras el caballero de luces se engalla y se nos ofrece como un héroe mitológico. ¿Han visto que despacio torea? O lo que sería más correcto, ¿han visto que despacio acompaña el viaje? Y el pópulo mesando las guedejas, haciéndose jirones las camisas, brazos al cielo, clamando por el prodigio que el destino ha puesto ante ellos. Y digo yo, ¿qué ocurriría si un día, por una vez y sin que sirva de precedente vieran torear, fueran testigos de esa máxima del toreo de parar, templar y mandar? Las listas de espera de cotolengos y manicomios se iban a bloquear por décadas. O lo que es aún peor, quizá en ese momento quedarían enganchados del velo del toreo por siempre jamás y no lo soltarían ni aunque este les condujera por tempestades, huracanes, tifones o tormentos de vulgaridad, porque nada les quitaría de la cabeza la idea, la obsesión, por querer volver a ver eso una vez más. Que para algunos eso, el parar, templar y mandar, es como un ser querido al que hubiéramos perdido hace años, pero que aún creemos que alguna vez, aunque solo sea una vez, podría volver por un instante a nuestras vidas para poderle abrazar, besar y decirle todo lo que no le dijimos en su día. O quizá nos quedaríamos mudos, pero si ese ser tan querido sabía de esto de los toros, si este ser tan querido incluso fuera nuestro maestro, seguro que nos diría que torear despacio no siempre es templar.

Enlace programa Tendido de Sol del 20 de octubre de 2019:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-20-octubre-2019-audios-mp3_rf_43296514_1.html?fbclid=IwAR2HUnqUbbrZFVfbFXWUKGR-z0QVecFaIVvtjAISwAmE6pRNJzSSVWrqIKc