martes, 19 de septiembre de 2017

Que no nos falten las banderas


Ahí tienen todas las banderas de España, algunas incluso de cuándo ni imaginaban que después vendría la roja, amarilla y roja. Que cada uno elija la que prefiera, pero por favor, una vez hecha la elección, no me expliquen el por qué, porque igual ahí dejo de entender sus motivos
(Fuente: ABC, Historia Militar)

¡Ay Señor! Si usted alguna vez se ve falto de recursos o sin demasiada maña para hacer algo y no quiere que se le note, ponga una bandera por delante, que lo mismo favorables que desfavorables se quedarán enganchados a ella. Lo mismo que parece que no hay mejor cosa para ofender, que tirarle a la cara a alguien esa bandera que supuestamente muchos dicen querer tanto. Que la quieren, pero que la usan como arma arrojadiza y elemento de discordia contra los demás ¡Qué cosas! Y yo que me pensaba que lo que se quiere se protege y no se usa para embadurnar de lodo al contrario, que igual era mejor intentar convencer que ofender. Pero, bueno, esto también son cosas mías, igual a otros les motiva eso de poner su bandera, la que sea, expuesta a que se la hagan jirones, aunque sea en sentido figurado. Todos tenemos nuestras banderas, rojas y amarillas; rojas, lilas y amarillas; tricolores, esteladas, con la cruz de San Andrés, con barras y estrellas; rojiblancas, será por banderas. Pero a veces hay que saber cuándo y cómo sacarla, porque aunque sea un trozo de tela de colores, si la imagináramos como una persona, quizá al exhibirla en ciertos lugares, hasta ella misma podría sentirse incómoda; entonces, mejor protegerla.

Yo soy partidario de que cada uno, en su casa, viva la bandera que quiera, incluso en público, de eso no hay que avergonzarse, pero ya digo, no la pongamos dónde ella pudiera sentirse incómoda. El señor Padilla, con una larga trayectoria de provocación, con todos mis respetos, y si no que se lo pregunten a los viejos aficionados de la plaza de Madrid, puede tener las ideas que mejor considere, ni tan siquiera voy a entrar en si enarbolo una bandera pre/ anti/ pro o paraconstitucional, pero si tanto ama, como afirma la fiesta de los toros, quizá no sea esta la mejor manera de defenderla y darle herramientas a tantos que se han construido un cliché absolutamente erróneo de lo que son los protagonistas del mundo de los toros. Y en lo de protagonistas incluyo a los aficionados, por supuesto. Evitemos alimentar la idea de que en esto solo nos encontramos gente de un determinado espectro político, entre otras cosas porque nos va a resultar muy complicado encontrar a políticos de la izquierda que pierdan ese estúpido complejo de progresismo equivocado que salgan a dar la cara y se declaren rotundamente aficionados a los toros. Yo conozco a alguno, que se parten la cara por el toro, que declaran sin dudarlo su progresismo ideológico, incluso con cargos importantes, pero a los que su mismo partido tampoco parece que les dé suficiente apoyo en cuanto a esto, o al menos esa es la idea que parece percibirse desde fuera. 

Habrá toreros de ultra derecha, de dere cha, de centro, de izquierda o ultraizquierda, como también los habrá a los que la política creen que no les afecta, pero, ¿y qué nos importa a nosotros?  Que habrá quién me diga que no hay que mezclar toros con política, que quizá también diga que no hay que hablar de política y hasta puede que diga que no le interesa la política y que lo único que consiguen es que lo que uno escuche sea que no quiere escuchar tus opiniones, pero que tú tendrás que tragar con las suyas. Y entonces es cuándo yo me pregunto, ¿realmente no quieren mezclar toros y política? ¿No será que sus pretensiones sean el que yo me amolde a sus ideas? Vamos, que de aquí a lo de la unidad de todos los taurinos y aficionados al ritmo que marcan unos pocos taurinos, hay un paso. Que pasamos del gesto de un torero de decidir no poner banderillas al oír cómo pitaban los colores de su bandera, a otro que da la sensación de pretender imponer esos colores a todo el orbe, ante el grito de “os jod…”. Y ahora esto del señor Padilla, que ha pedido disculpas, que a algunos les pueden parecer más que para pedir perdón, que tampoco entiendo por qué, para que le dejen en paz y quede zanjado el tema. Pero a veces las excusas y las explicaciones no hacen sino emborronar aún más. Porque vale, no se dio cuenta, pero, ¿no tenían ojos en la cara los miembros de su cuadrilla para avisarle? ¿O quizá es que no les parecía nada anormal la bandera? Mejor no pensarlo, porque por muchas cábalas que se hagan, solo ellos saben la verdad, que por otro lado es cosa suya y a los demás no nos debe importar, faltaría más. Y juro que nunca pensé en escribir sobre el tema. Eso sí, si tanto aman a su bandera, a esta fiesta y a la cohesión nacional, quizá pueda haber otros caminos menos pedregosos, pero eso sí, por favor, y a pesar de los pesares, para los que necesiten reafirmar sus convicciones o identidades, que no nos falten las banderas.


Enlace programa Tendido de Sol de 17 de septiembre de 2017:

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El cliente era él


Se pasó de ese vagar por los pueblos tragando con toros pasadísimos de edad, a este cuidado excesivo, que además quita la posibilidad de aprender realmente lo que es el toreo, a unos chavales que no saben de otra cosa que de la comodidad que puedan pagarse

Si nos ponemos a buscar a alguien que no haya oído nunca eso de que el cliente siempre tiene razón, igual encontramos a un indonesio que no ha experimentado tal experiencia, aunque también puede ser que porque no sea capaz de distinguir entre tal frasecita y la de “marchando una de boquerones”. Y siempre el cliente es el que paga, ¿no? Las dudas vienen cuándo no caemos en la cuenta de quién es el que paga; ahí vienen los conflictos. En este mundo de los toros, la tauromaquia como dicen los modernos y decían los antiguos romanos, el cliente se supone que es el que pasa por taquilla, abona su entrada y se sienta en la piedra de las plazas o en esos asientos de colores que el progreso ha plantado en los tendidos. Hasta aquí parece que todo está claro, unos cobran y se exponen al público a desarrollar lo que llevan dentro y otros juzgan y exigen. Que no son demasiados los que exigen, pero bueno, aunque solo sea para que se sepa lo buen afisionao que es, pueden hasta aparentar exigir y quejarse, que si el yintonis está caliente, que si el pan del bocata está correoso, que si las pipas rancias o que las orejas no se le van cayendo al señor presidente por el caminito que lleva al palco.

Luego hay otros que exigen otras cosas, que se desesperan al ver cómo los aspirantes a ser toreros, a ser en esto del toro, ya sean matadores de alternativa o novilleros, deambulan por las plazas como si ya estuvieran hastiados de fincas, dineros, mercedes, deportivos, fiestas flamencas y ya dominaran el “moonwalker” como el mismísimo maestro Ponce, crisol de artes, crisol de culturas, de razas y de más cosas, que me enseñaron de chico que no se dicen. Y no les digas nada, que en un pispás te saltan por las redes sociales y te ponen de hoja perejil. ¿Y por qué esta soberbia tan fuera de lugar? Que parece que los que pueden exigir son ellos, exigen entrega, triunfos prefabricados, la sumisión de los presidentes lo mismo para que les regalen trofeos que para que les indulten el animal ante el que se niegan a montar la espada y si hace falta te sueltan el baja tú. ¿Se imaginan, como me contaba el otro día un joven y buen aficionado, que de repente bajara un caballero del tendido, le dieran tres tandas al burel y dejara en ridículo al de las medias rosas? Que no digo yo que no pudiera eso pasar ahora aunque, pensándolo bien, no creo que el mismo que desafía al tendido lo permitiera. El que quiera torear, que se lo pague, como lo hace mi papá. ¿Quéee? A ver si va a ser eso. ¿Que para torear hay que aflojar la mosca? Primera noticia. Entonces, si el cliente es el paga y el cliente siempre tiene razón, igual resulta que el cliente es el que se viste de luces o mejor dicho, el papá o ponedor del chaval y entonces, claro, se ven con todo el derecho del mundo a exigir. 

Señores aficionados, que va a ser verdad que no se puede protestar en una plaza de toros. Que si les protestamos a esos chavales, a los novilleros que creemos que quieren abrirse camino, es como si en un restaurante nos pusiéramos a abroncar al señor que está comiendo el pollo con los dedos. Paga el menú y encima se lleva el chaparrón de los demás parroquianos. Y claro, el menú que pagan los novilleros no es de once euros el cubierto, es un pico y medio más. Que lo mismo pueden ser unos miles de euros a tocateja, que vender una montonera de entradas, que vaya usted a saber y a la hora de hacer cuentas, el papá aún tiene que aflojar el valor del coche, de medio negocio o la casa que le dejaron los abuelos. Que pensando, pensando resulta curioso que cuando se habla de un novillero siempre hay alguien que te informa de la profesión, negocios o posesiones del padre. ¡Caramba! Entonces, ¿quién le va a exigir al chaval? Pues nadie, porque quién debería hacerlo y conducirle en esto del toro, quien tendría que enseñarle eso de la colocación, del saber estar en el ruedo, de estar pendiente de la lidia, de saberla llevar, a ese todo eso le importa un bledo, él solo se preocupa de desplumar al que pone el dinero. Le camela con que el chaval tiene maneras, con que tiene un corte de torero magnífico, con que torea dos en Cantapotras y Villamodorro, de ahí a Zarzaparranda y el salto a Madrid. Llenamos un autobús de paisanos, para los que habrá que arrimar unos euros para pagarles la entrada y la merienda, aparte del transporte, y así, en un dos por tres, como el vals, se va la fortuna familiar dando giros por el salón de los primos y cuando los bolsillos del papá estén del revés, pues nada, es que esto es muy difícil, el chaval no ha sabido aprovecharlo, yo he puesto todo lo que sé y hasta luego Lucas, a buscar al siguiente panoli, Que además, tampoco tienen que buscar mucho, porque en las escuelas tienen a sus criaturas todas juntas, basta ir preguntando a qué se dedica el papá y en dos patadas tendremos a la siguiente víctima servida en bandeja de plata, basta con aliñarlo un poquito con palabrería y aplicar la fórmula de siempre. Entonces, con el pastizal que se gastan para vestirse de toreros, ¿entienden que no puedan consentir la más mínima crítica? 

Luego pasa lo que pasa: que toman la alternativa y pretenden que la cosa siga igual, que ellos puedan seguir en esa burbuja de alabanzas y encumbramientos de película y que los que también pagan, porque aquí paga todo hijo de vecino, les doren la píldora como los aprovechados que tan bien les han mantenido ciegos, sordos y desorientados en su caminar por el toro. Luego entran otros mecanismos, en los que quizá no hay que poner tarde tras tarde. Luego viene eso de cuadrar las cuentas a final de temporada y cuando empieza el taurino con que si tanto para los voceros, tanto en dádivas y presentes, que si lo de aquel día en aquella finca, que si picos, palas y azadones y después de una temporada que el chaval y su familia creían triunfal, con el planeta taurino y la afición entregada a sus pies, más de cuarentas tardes y ¡catapum! Que aún debe tropecientos mil euros. Lo que no sabremos es si entonces entienden cómo otros con los que alguna vez alternaron no estrenaban vestidos de torero, trastos de torear y que para verse anunciados tenían que pasar las de Caín. Y entonces es cuando el papá, o quien sea, el que iba adelantando dinero a costa de darle bocados a la fortuna familiar, se da cuenta de la realidad y cae en la cuenta de que el cliente era él.

Enlace programa Tendido de Sol de 10 de septiembre de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-10-septiembre-de-audios-mp3_rf_20789062_1.html

domingo, 3 de septiembre de 2017

Estamos cómo queremos


A los maestros se les recuerda, pasen los años que pasen, pero luego están los que se empeñan en serlo, pero no se les echa de menos

Ya metidos en el último tercio de la temporada, ya pasadas las grandes ferias, con la excepción de Zaragoza y si nos ponemos a echar cuentas, poco ha pasado, como ya hace años, aparte de leves, levísimos picos, en ocasiones con demasiada carga de artificiosidad, se mantiene una insoportable monotonía, que solo beneficia a los que manejan todo este tinglado. Se podría decir eso, que aún queda El Pilar, pero de la misma forma, figuras, figurones y figurantes, se han empeñado en despreciar y vaciar la que siempre ha sido la última feria importante del año.

Siempre puede haber quién eche mano de estadísticas y utilice las orejas y salidas a cuestas como dardos contra los no tan optimistas, pero al final se demuestra que estos dardos son de goma y el más leve argumento les dobla la punta. Ni los toreros de arriba tiran, ni los de detrás empujan. Si se quiere alimentar la esperanza, no que da otra que ir allanando el camino a los jóvenes, a ver si así, empujoncito a empujoncito logran superar las primeras rampas del puerto que supone el ser torero. Los hay que quieren agarrarse a Ginés Marín, joven torero que ha irrumpido sin rotundidad y como digo, gracias a la benevolencia de los sedientos de ilusión. No me cuenten las salidas a hombros como la de Madrid, porque si tiramos por ahí, igual acabamos la discusión demasiado pronto. Hoy parecía algo y mañana se desfiguraba como una acuarela en un balde y dejaba al personal esperando a ver si era que sí o si era que no. Luego apareció Román, con sus triunfos en la plaza de Madrid, patrocinados por AutoRes; no se le puede negar la voluntad, claro que no, ni la simpatía, faltaría más, pero si el modelo de torero que nos espera es el de voluntarioso simpático, es que esto está peor de lo que pensábamos, pero mucho peor. Y puestos a rebuscar, pues también la voluntad de Javier Jiménez y no digo más, que tampoco hay que cebarse con el chaval, está empezando y le queda mucho que aprender, dejemos que lo aprenda, pero no me lo conviertan en la reencarnación de Lagartijo el Grande.

Quizá lo más esperanzador sea la reaparición de Ferrera, pero si esto es a lo que nos tenemos que agarrar como a un clavo ardiendo… ¿Hay algún abismo próximo para atravesarlo sin freno? Ureña, del que se esperaba otra temporada, parece seguir en la línea de salida, aunque afortunadamente tampoco se le han visto intenciones ni de traicionar al aficionado, ni mucho menos a él; Urdiales, pues si uno aún está en la salida, este ni se ha quitado el chándal, ¿qué digo? Ni se ha bajado la cremallera. ¿Y las figuras? Pues las figuras, a lo suyo, a seguir por ahí, con sus cosas y ampliando estadísticas, pero no se metan a ver el por qué de los números, que igual se encuentran con el señor Ponce y entran en shock. El maestro, desde Madrid, ha vivido en un eterno día de Reyes, regalos por aquí, regalos por allí y si un caballero le dice que se esfuerce para merecerse el Scalextric, todavía va y se pone moñudo. ¡Qué malo es eso de mimar a los niños! Luego se vuelven soberbios y caprichosos y explíqueles usted que no todo es según a ellos les viene bien.

Pero si nos centramos en el ganado, ahí la decepción alcanza dimensiones mayúsculas. Basten unos pocos apuntes. Si nos atenemos a las señeras de otros tiempos, el panorama es deprimente. Adolfo de mal en peor; Miura, una decepción desoladora; Victorino, el ideal moderno, al que la novillada de Madrid le cuenta cómo corrida de toros. Y cuándo sale algo de verdadero interés, como Rehuelga en Madrid, no hay palos suficientes para echar por tierra la corrida que más cosas dejó en el recuerdo del aficionado. Lo que quizá nos deje motivos para la reflexión es la progresión de algunos hierros no hace mucho denostados, que parecen decididos a recuperar la casta, eso, siempre y cuando no les lidien las figuritas. Así parecía con Juan Pedro, que daba la sensación de irse recuperando muy lentamente, pero es aparecer la cremme mediática y todo vuelve a lo anterior. O la de Torrestrella de Bilbao, a la que habrá que esperar en próximas apariciones. 

Eso sí, si nos paramos a escuchar a algunos empresarios, esta temporada va ser un hito en cuanto a resultados, se mire desde dónde se mire, aunque algunos, quizá el más satisfecho de si mismo y de su gestión, el señor Casas, don Simón, de tanta euforia hasta quiso cortar la exitosa temporada de Madrid y solo por la insistencia de la Comunidad de Madrid, prodiguió su exitoso camino y en un mar de novilladas, hasta se atrevió a dar una corrida de toros en todo el verano. También estaría bien en saber de la felicidad de las empresas de Sevilla o Bilbao, que cada vez ven sus plazas más vacías de lo que algunos esperaban, pero ellos están encantados y si además pedimos opinión a la prensa del movimiento y a los de la tele, entonces ya la juerga es un no parar. Lo que no sé es como no nos tatuamos un azulejo en el pecho, que nos recuerde todas las mañanas la situación de nuestra fiesta de los toros y es, estamos cómo queremos.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de Septiembre de 2017:
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lunes, 28 de agosto de 2017

En la marcha de Dámaso González


Los toros no hablan, aunque muchos lo lleguen a pensar, pero seguro que llorarían la marcha del torero. QDEP.


En silencio, sin ruido, sin excesos, se marchó Dámaso González, el torero de Albacete que paseó el nombre de su tierra por todo el mundo taurino. Si quieren que sea sincero, nunca fui un entusiasta de este torero, ni de sus formas, ni de su concepto torero, no me entusiasma el encimismo, el pegapasismo, pero ¡ojo! No creo que haya muchos toreros a los que se les pueda, se les deba mayor respeto que al torero de Albacete. Habrá quién te mese desesperadamente los cabellos al leer que yo nunca me entusiasmé, pero siempre le respeté. ¿Y qué hacía que mereciese ese respeto? El toro, siempre el toro, quién da la medida de todo lo que se hace en un ruedo. Que sin ser partidario de arrimones, ¿qué quieren que les diga? No es lo mismo hacerle cucamonas a un borrego, que poder y someter a in Miura, Victorino, Samuel, de la época, Guardiola, Pablo Romero, Conde de la Corte, Juan Pedro, de los de aquellos y tantas y tantas ganaderías que otros muchos “maestros” rehuían.

Dámaso González fue ejemplo de humildad, nunca se le vio plantar cara al aficionado, nunca se le escuchó ni tan siquiera cuestionar a una plaza como la de Madrid que, acuérdense, le contaba los pases en aquellas largas faenas. Sus plazas eran la de su tierra, Valencia y muchas otras, no llegó a encandilar a Madrid, pero, ¿creen que encontrarían a un solo aficionado madrileño que le negara su mérito y el respeto debido? No, porque una cosa son los gustos, sobre todo cuándo Madrid gustaba del toreo artista, fino y elegante, combinado con el mando y el poder, algo casi imposible, pero que de vez en cuándo se daba, y ante el toro. Dámaso González nunca miraba estupefacto a los “estúpidos” que no se entregaban a su toreo, nunca le molestaron las chepas, ni los del 7, la andanada del 8, los severos aficionados de la sombra, ni le puso pegas a si esta ganadería le cabía en la muleta o no, ni farfulló eso de que a algunos les gusta la tragedia. Estaría bien que muchos figuras presentes hubieran seguido su ejemplo, pero no les veo yo a unos con disposición para ello, ni al torero que ha marchado creyendo que pudiera dar clases de nada a nadie, no porque pudiera o no pudiera, sino porque quizá su humildad se lo impidiera, pero ya digo, unas horitas de charla con él, quizá habría sido una buena medicina para tanta estúpida soberbia. 

Quizá Dámaso González no se sintió artista, ni esperaba tan siquiera alcanzar los excelsos límites del amaneramiento, pero seguro que se sentía torero, matador de toros, porque de eso no hay ninguna duda. No voy a dar nombres de toreros de su época, de toreros con los que alternó, que por sumar grandes números en aquellos años se les calificó de figuras, muchos ya no están y otros retirados hace lustros, no tienen por qué escuchar impertinencias fuera de tiempo y lugar, pero no se puede negar que lo tuvieron más fácil que el torero de Albacete. ¿Y creen que se reveló, que sacó las uñas y que se revolvió con malos modos ante aquello? Pues no, él simplemente se vestía de torero y con ese porte desgarbado se iba a matar la de Miura a Madrid, quizá era su forma de hablar. Luego, ya digo, sus maneras eran las que eran, pero ahí estaba para tragar tarde tras tarde y temporada tras temporada. Incluso en el ruedo no empleó triquiñuelas tremendistas, ni gestos exagerados para levantar los tendidos, no lo vendía, cómo se dice ahora. Se ha marchado un torero tal y cómo vivió, con discreción, prácticamente desaparecido desde que dejó los alamares, sin apuntarse a juergas mediáticas, si se le llamaba, estaba y si no, pues tampoco se metía. Así se ha ido y a pesar de no ser del gusto de Madrid, a pesar de no encandilar a muchos aficionados con su toreo, quedará en el recuerdo y todos sabrán que Dámaso González, torero de Albacete, tantas veces cosido al toro duro, al más complicado, a los hierros que a muchos hacían y hacen echar a correr a tantos y que a él clavaban los pies al suelo, es, el torero, se ha ido. Dámaso González, matador de toros, descanse, por siempre, en paz, mientras quede en la memoria del aficionado.

domingo, 20 de agosto de 2017

En la churrería del señor Casas no se va en pantalones cortos


Quizá antes de acabar con los pantalones cortos en los tendidos, se debería devolver el traje de luces al buñolero de la Plaza de Madrid.


Las cosas, y sobre todo las cosas bien hechas, no se logran en un chasquido de dedos, hace falta paciencia, despacito y buena letra que nos decían las monjas en parvulitos. No sé qué se pensará la gente a la hora de juzgar al señor Casas, don Simón, el pobre, que solo recibe críticas en su mayoría, sin que nadie le ofrezca el hombro para consolarse y anda que no hemos tenido tiempo para ofrecernos al señor Casas, don Simón, para escuchar sus lamentos; ya desde antes de que se iniciara la temporada, cuándo escuchábamos aquellos proyectos, aquellos planes de grandeza y felicidad extrema, a medida que se le fueron viniendo uno por uno abajo, ya podíamos haber hecho cola como consoladores, con perdón. Parece que hace un siglo del fracaso de la feria de San Isidro, en la que esperaba el señor Casas, don Simón, cien mil espectadores más que el año anterior y levemente supero los asistentes del otro San Isidro pero con más festejos que en el 16. ¿Y dónde estaban ustedes para consolarle después de semejante trompazo? 

Lo que le afectaría semejante revolcón, no se sabe si a él o a sus socios, porque aún nadie ha dado razón de lo ocurrido, pero que de la noche a la mañana se descolgaron con que no había más toros en Madrid, hasta mayo del siguiente año, ni temporada, ni temporado, aquí se corta por lo sano y punto. Pero ni eso le salió cómo esperaba a la Plaza Uno, que menos mal, porque cómo hubiera dos iguales, ¡todos a cubierto! Que le pensaban echar las culpas a la señora Carmena, hecho que algunos ediles madrileños se apuntaron como propio, hasta que doña Carmena dijo que el Ayuntamiento no pintaba nada en esa trifulca y la Comunidad, sin tardar ni un suspiro, confirmó que iba a haber toros cuándo tenía que haberlos. Otro berrinche para el Casas, don Simón, y hala a continuar con la temporada, aunque eso sí, sin demasiado entusiasmo; es como si el Casas, don Simón, se hubiera hecho con el negocio de una churrerría y ¡venga! A montar festejos, o mejor deberíamos decir, festejillos. Novilladas a tutiplén, a horas más bien de irse de copas que de sentarse en un tendido a contemplar las ocurrencias de el Casas, don Simón. En su haber puede contar la Plaza Uno, el haber montado un verano, además de la feria, más pobre que se pueda recordar, que hasta a los guiris les parecían penosos los carteles. Que ratos más malos ha tenido que pasar el Casas, don Simón, cuándo le contaran por teléfono, videoconferencia o vaya usted a saber, el solar en que estaban convirtiendo a las Ventas. Eso sí, el señor productor no se ha pasado por Madrid, ni para ir al aeropuerto, debe haberse dado unos rodeos por la M-45, la M-50 y hasta la M- 70, que está sin proyectar, para no tener que pisar Madrid. Con las ganas que tenía de que le dieran las Ventas y lo poco que la está disfrutando. Eso sí, no hubo, ni parecer ser que hay, hombro en el que él desahogara sus pesares.

Monta un certamen novilleril, con unos resultados más que pobres, gana un chaval, un novillero con la ilusión del que empieza y con ciertas maneras ilusionantes y ni se acuerdan de él para la Feria de Otoño. O sea, que por lo que se ve, lo del certamen les importaba entra nada y menos, que solo era un producto más de la churrería que se acababa de agenciar el Casas, don Simón, para tapar los huecos del verano y que en cumplimiento a lo ofertado para que se le adjudicara la plaza, debía cubrir el señor empresario. Pero cuidadito, que en fecha tan señalada cómo la presentación de los últimos carteles del año, donde se incluyen los de Otoño, el Casas, don Simón, no puede evitar ese afán de querer arreglar esto del toro y ni corto, ni perezoso inicia su enésimo proyecto para la plaza de Madrid, aunque este pareced empeñado y comprometido a llevarlo a buen fin. Queda prohibido terminantemente a esa chavalería de la Grada Joven, acudir al coso de la calle de Alcalá, en pantalones cortos. Ya era hora de que alguien se tomara en serio los verdaderos problemas de la fiesta de los toros y para ello, ¿qué mejor sitio que la plaza de Madrid? Pues ninguno. Y no me vengan con que los carteles cojean por todas partes, que unos parecen descolgados de la última y gloriosa feria de San Isidro, la de las mil puertas grandes, y otros montados por el doctor Franckenstein, que si interesan los hierros anunciados, es echar una mirada a los alternantes y dan ganas de poner una vela a Santa Rita por la vuelta de Taurodelta. Que me lo dicen hace diez meses y ni me lo creo. Que alguien lograra hacer buenos a los Choperita y adyacentes, ¿cabe mayor disparate? Pues sí, el disparate de el Casas, don Simón. Pero no se me desvíen del tema, no se me relajen y centrémonos en lo importante, que lo de los toros fofos con figuras aún más fofas, lo de los torazos para toreros poco y mal toreados, lo de los novilleros puestos por el Ayuntamiento y demás lindezas, nada comparado con lo de los pantalones cortos. Que uno también lo entiende, porque claro, si a todo el mundo le da por ir enseñando cacha y fresquitos, por aquello de aguantar los más de 30ª C en esas tardes de estío, ¿adónde iría a parar la industria del abanico y el agua, agua fresca a la vera de la plaza? Y lo que es peor, que vamos casi desnudos con las canillas descubiertas y nos dan ganas de protestar, sobre todo esa panda de jovenzuelos que se creen que a los toros se va a protestar cuándo les están guindando la cartera. Pues no, no y no. A ver si ya nos enteramos de una vez y dejamos las cosas claras, calladitos a aplaudir con agrado y que se sepa, ¡venga hombre ya! En la churrería del señor Casas no se va en pantalones cortos.

martes, 15 de agosto de 2017

Que Morante se hace a un lado


Pues sí, fue una gran ilusión lo que provocó Morante de la Puebla, pero al final...


Menudo revuelo que ha montado el señor Morante de la Puebla, que de la noche a la mañana va y dice que se va, que nos deja, que nos abandona el último artista fértil, que nos deja el vació, el desierto más árido e inhóspito que la mentalidad taurina pudiera imaginar, sin agua, sin vegetación, sin puestos de claveles, sin dónde comprar pipas, ni echarse un yintonis al coleto, ni tan siquiera dónde poder montarle un altar al genio; que por genio lo tienen muchos y ven con él desvanecerse todo motivo por el que seguir en esto. Se nos va un torero que un día enloqueció a la plaza de Madrid con un puñadito de quites, un torero que es posible que en su momento haya enamorado a todo aficionado a los toros, pero que con el paso del tiempo fue perdiendo adeptos al mismo ritmo que ganaba detractores que no entendían, ni compartían sus maneras. Un torero que fue construyendo un personaje cargado de adornos fuera del ruedo al tiempo que vaciaba de contenido sus presencias en las plazas.

Morante de la Puebla, aquel chaval que medio ilusionaba en sus comienzos, que tenía algo diferente, pero que tampoco era para perder los papeles, sufrió una etapa complicada que le llevó a alejarse de los ruedos con más pena que gloria y demasiadas decepciones. Quizá aquella decisión fue la más sabia y no vamos a entrar en las causas, pues esas son particulares del hombre y no creo que nadie tenga derecho a ponerse a cuestionar lo que entonces sucedió. Afortunadamente se cruzaron los caminos de Morante y de Rafael de Paula y quizá fue en ese momento cuándo brotó una personalidad que en los primeros compases sonaba a música celestial, a toreo excelso, eterno y fue cuándo es posible que se le valorara más por lo que se atisbaba que podía ser, que por lo que realmente fue. A continuación vino el cambio de apoderamiento y un cambio de sentido de 180º, sobre todo en las intenciones, en la filosofía del torero y en sus modos de enfrentarse al toro.

Morante de la Puebla inició un camino en el que todo su empeño era buscar su acomodo, sin importarle demasiado lo de alrededor, atender a la lógica y mucho menos al bien de la fiesta de los toros. Tal fue su obsesión por encontrarse cómodo, que al final más bien parecía una obsesión por adecuar el mundo a sus caprichos. Sería interesante pararse a pensar y reflexionar sobre el bien que ha hecho Morante a la fiesta, sobre cómo estaba cuándo él se incorporó y cómo la deja ahora que se va, ¿qué ha aportado a la fiesta, de importancia? Si le preguntamos a los más fieles, esos que a las críticas respondían con que era la envidia lo que guiaba a sus detractores, nos responderán que es el arte puro, la imagen viva de la estética más solemne del toreo, la expresión del artista único, pero claro, todos los artistas dejan un legado, una obra, un ejemplo de su entender el arte. ¿Qué ejemplos, qué modelos nos deja Morante de la Puebla? Y vayamos a plazas de primera, aquel día de Bilbao del casi centenar de muletazos, lo que ya dice bastante de su toreo, los quites de Madrid y momentos muy puntuales en Sevilla y poco más. No tiene un dos de mayo cómo Joselito, ni un 5 de junio cómo José Tomás, ni un toro blanco, ni una Beneficencia con un sobrero para bordar el toreo, ni una tarde en la plaza de Carabanchel, ni catorce Puertas Grandes de Madrid encarnando lo que es el toreo al natural, ni… ¿Para qué seguir? 

Lo que nos deja en la memoria Morante de la Puebla es la vergüenza de los bailes de corrales las mañanas de toros; el puro; el cafelito; cambiar el color de las rayas de picar; la chepa de Madrid, que se bajó para que hiciera el ridículo y no poderla poner de excusa; el traje de lince; el vestido de dos colores; apuntillar vilmente a un borrego estando atrincherado detrás del burladero; acuchillar a otro sin sacar el primer estoque; saludar henchido de soberbia tras recibir los tres avisos; la negativa permanente a no matar nada que no sea de las ganaderías escogidas afines al sistema; el repucharse cuál manso pregonao cuándo las cosas no iban, exigiendo no se qué respeto que cree merecer en esas circunstancias, por parte del público; la exigencia a ser idolatrado como el mayor genio parido en la tauromaquia, y ahora que si el toro es… yo qué sé cómo dice que es el toro, porque a lo mejor, lo que le sobra es eso, el toro, quizá su ideal sería el vestir de luces, pasear luciendo palmito y contoneando genialidad al abrigo de las tablas, sacudir al aire las telas y pasar a recoger las “merecidas” ovaciones que los que pagan están obligados a regalarle, haga o no haga, pero basta con que esté. Unos dirán que se va un genio, otros que un fraude y otros, hasta puede que tengan sus dudas por si tras esta despedida no se esté preparando ya la vuelta en loor de multitudes o si serán efímeras apariciones como un mesías resucitado, dos, tres tardes a lo sumo, imitando el método José Tomás, pretendiendo cobrar su buena pasta, sin complicarse la vida, sin entrar en competencia y a la fiesta… a la fiesta que la den. Que ya estaría bien que uno de sus enterradores ahora nos se nos pusiera flamenco y decidiera echar un cuarto a espadas para revitalizar esta agonía, aunque antes tendría que ganarle la pelea al personaje que parece haber ido devorando al torero, al hombre. Pero no teman, que eso no lo verán nuestros ojos, que lo único cierto, por el momento, es que Morante se hace a un lado.

jueves, 3 de agosto de 2017

Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno


Nada tan moderno, como lo clásico, que hasta pudo ser revolucionario

Puede ser que sea que uno se ha quedado anclado en unas formas que aunque haya a quién les parezcas inmutables, a otros simplemente les sobran, no aportan nada, mientras que los más ni tan siquiera saben de su existencia y la sorpresa les hace aclamar unos modos que hace no tanto, aparte de chabacanos, habrían sido objeto de la censura más airada por parte de aficionados, no aficionados, gente del toro y profesionales de la pluma. Será que para algunos el rito forma parte sustancial de la fiesta de los toros y que usos que aunque no influyen directamente en el transcurrir de la lidia, sí constituyen una parte irrenunciable de este todo, creando esa atmósfera, alimentando una tradición y manteniendo vivo el misterio que nos permite seguir hablando de los toros como un rito sagrado en el que tarde tras tarde se sigue sacrificando a un tótem de nuestra cultura, consiguiendo paradójicamente prolongar la vida del espectáculo, de un sentimiento heredado y por supuesto del toro de lidia. La muerte como garante de vida. 

Como si fuera un árbol de Navidad, los hay que se empeñan en ir quitando adornos, una bola por aquí, quizá dos, tres, algunas tiritas de espumillón, pero el árbol no ha perdido su condición de tal. ¿Y si dos más? Luego esas estrellitas bañadas en purpurina, unas cuantas luces y quitando y quitando, sin darnos cuenta, el árbol de Navidad en su pobreza de adornos ya empieza a parecer menos árbol y más un esperpento sin sentido y desprovisto del significado que un día tuvo. Y como si fueran esos abetos desmarañados, así se ven a los chavales que a la mínima, al primer empellón, a veces incluso sin empellón, se despojan de parte de su hábito de oficiante del toreo, se quitan las zapatillas alejándolas lo más posible; si es que no hay quién haga nada calzado. O cuándo en caso de apuro siempre hay un alma buena que le levanta la chaquetilla de torear al matador; fuera despojos. Y es que creo que nunca hubo tanto topless taurino a lo largo de la historia, como lo hay ahora. Que si tanto molesta esta prenda, si tanto pesa, ahora hay un modelo de chándal magnífico, con los alamares serigrafiados que parecen dar el pego y así todos nos evitamos un mal rato. Y llegado el caso, los fines de semana en que no se toree, el maestro puede ponerse su chándal de chabacano y oro y bajarse a comprar el pan y el periódico con él y ya apurando, hasta llegarse al hipermercado del bricolaje y comprar los tableros para el zapatero del cuarto del fondo.

En muchos casos las modas, más que marcar una tendencia, son una condena, un suplicio inevitable, pero como es la moda, a tragar; y no levantes la voz, que te emparedan en el muro de las antigüallas a desechar. Lo chic que parece resultar eso de ya no liarse en el capote de paseo y echárselo por encima así como un pareo sobre el triquini en la Manga. Será que no han tenido un aficionado que les diga a estos jovencitos que hay usos, maneras, que no son solo una tradición, es mucho más, es parte del rito y en muchos casos, no son más que una muestra de la implicación del matador durante la lidia, porque el estar con la muleta y la espada esperando a que termine el tercio de banderillas, como si hubiera alguna prisa, no es más que el desinterés por lo que allí ocurre y el creer que si ocurre algo, que vaya Juanele, que para eso le pago. No sé si será moda el no cuidar la colocación en los dos primeros tercios y lo que ya supera al colmo de la tontería es esa manía que algunos, incluso ya matadores de toros, de ponerse a torear de salón con el toro en la plaza, ya sea al extremo de allá alejado del caballo o detrás del banderillero preparado para parear. Lo que digo, un claro signo de falta de afición y de estupidez taurina. ¿Y cuándo ellos, sumos sacerdotes del toreo, allá tan felices con su toro, porque suyo es y así lo consideran, deciden invitar a salir al ruedo hasta al portero de la finca, para brindarle un toro? Que no digo yo que tengan que ocultar el afecto, el agradecimiento y lo buena gente que son, pero eviten que asomen al ruedo la última colección de Emidio Tucci o la última bicoca que el homenajeado ha sacado de las rebajas de oro del Corte Inglés.

Todo esto, sin profundizar en las cuestiones propias de la lidia, pero que no deja de ser un claro síntoma de la idea que muchos tienen de esto del toreo. Porque, ¿qué me dicen de ese ponerse la gabardina, que es lo que parece cuándo ceremoniosamente se tiran el capote a la espalda para quitar por pseudo gaoneras o cualquier versión del trapaceo al aire como si sacudieran las mantas del invierno? Que algunos hasta se recrean en pecado, en lo que no parecen capaces de hacer con un lance lleno de garbo y torería. Pero repito, que lejos debemos estar algunos de estas modas poligoneras del toreo. Porque sin entrar en esos males del pico, de no cargar la suerte y demás trampas ventajistas, ¿ustedes pueden con eso de coger la de mentira, que me niego a llamarle ayuda, porque siempre ha sido, es y será la espada de mentira, y que el matador la tire como si le apestara o en el mejor de los casos la clave en la arena? Así, cómo si estuvieran parcelando el ruedo y necesitaran una referencia para saber de dónde a dónde van las patatas, las coles o las tomateras. Eso sí, a continuación se enredan en eso de los “naturales” con la derecha, como si ya fuera el sumum, el éxtasis del arte torero y del chachachá. ¿Cómo se puede concebir un matador que durante el tercio de muerte no tenga siempre en la mano la espada, el estoque? Son muchas cosas, demasiadas, quizás, que nos podrían tener aquí durante horas y si los aficionados se pusieran a hablar, entonces no haríamos otra cosa que incrementar con largura la lista de despropósitos taurinos difíciles de entender y explicar. Costumbres que imitan todos, viejos y noveles. Que se impone el bajonazo y todos a tirar a la paletilla, que las estocadas traseras, pues a practicar la colonoscopia taurina, que ya no se descabella por aquello de no marrar y venga el folklore. Pero, ¿quién es el culpable de todo esto? Pues es evidente que los que cometen tales despropósitos, los que no solo no se los corrigen, sino que se los fomentan con eso del “véndelo”, como si de chalanes de feria se tratara y los que no solo no lo censuran desde los tendidos, sino que además se rompen las manos a aplaudir y hasta consideran tales numeritos merecedores de premio. Y este es nuestro castigo de tarde sí y tarde también, pero, ¿qué quieren que les diga? Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno.