viernes, 20 de noviembre de 2020

Y después… ¿qué?

 

Que dicen que somos amigables y pacíficos. Pues que sigan diciéndolo y no se tapen, a ver si lo siguen diciendo

Los toros, las corridas de toros, son el gran mal de nuestra sociedad en estos días de paz, alegría y ausente de preocupaciones. Bueno, dejando de lado la pandemia. Pero esta pasará y los toros seguirán ahí. Y para estos no hay vacuna ni posible, ni viable. Que los infectados de taurofilia no tienen remedio. Y lo que es peor, que a nada que se pongan a hablar de toros con el primer fulano con que se crucen por la calle, lo mismo le contagian ese entusiasmo y acaban los dos yéndose a los toros. Afortunadamente puede ser que sea un día de figuras y de golpe se les rebaja ese entusiasmo en un abrir y cerrar de ojos. Pero esto no quiere decir que los toros, las corridas de toros, no sigan siendo el gran mal de nuestros días. Y ahí nos encontramos con esa lucha incesante de los antitaurinos, los animalistas, que recorren las calles en multitudinarias hordas reivindicativas de quince o veinte personas. Que usted, aficionado a los toros igual cree que son pocos y que no hay que tenerlos en cuenta. No se equivoque, porque aparte de que griten mucho, tienen de su lado el magnífico altavoz de los medios de comunicación, los cuales solo hablan de los toros en dos casos. Si un toro parte en mil a un torero, lo cual debe gustar a la audiencia, quizá pensando que esto haga cundir el desánimo en los que están en querer ser toreros. Y el otro caso es cuando estas almas inocentes y adalides de una utópica felicidad universal se lanzan a un ruedo y les tienen que desalojar las fuerzas del orden o cuando se plantan a la puerta de una plaza de toros a intentar “amablemente” evitar que los malajes sin entrañas entremos a los toros.

 Pero, ¿alguien ha escuchado, leído o adivinado cuáles son los planes de esta gente para el día después de la supuesta prohibición de las corridas de toros? Que uno ha escuchado algunas cosillas, pero sin responder a planes meditados y suficientemente contrastados con especialistas. Que cuándo haces esa pregunta, la de qué hacer con ese ganado y esos campos, te sueltan con decisión: pues se dejan cómo están. ¡Ah! Buena respuesta. ¿Y quién cuida de ese ganado y cuándo es preciso les echa de comer? Muy fácil, los mismos que lo hacen ahora. Pero eso cuesta dinero. Pues que no los tengan. ¡Caramba! Ya vamos clarificando las cosas. Basta con no tenerlo, se acabó el problema, se murió el perro, se acabó la rabia. Que también digo yo una cosa, que sin toros en el campo, será mucho más fácil enmoquetar las fincas, poner salas chilout, spas en las charcas y chiringuitos veganos a la sombra de una encina. Que no sé yo si es necesario que no haya toros cerca, porque lo mismo se podría dejarlos por allí, a su libre albedrío, y que les dieran de comer los visitantes. Que el toro se acercara a las mesas, que transitara entre ellas y que el personal les diera cacahuetes, almendras y patatas fritas de la tapita que se van trajinando para que la cervecita pase mejor.  Que solo le veo yo una pega a esto. Que estos animales, herbívoros, pacíficos, tiernos, entrañables y amigables con las personas, hay veces que se les tuerce el ánimos y en dos quítate pa’lla te desbarajustan el mobiliario de la terracita y te ponen mesas y sillas a la encina por montera.

 Bueno, parece que lo de dejarlo todo cómo está y no dar corridas de toros, no es un buen plan. Pero, ¿cuál es un buen plan? ¿Hay plan? ¿Existe tal plan? Que igual los animalistas piensan que se pueden llevar un toro al salón y sentarlo en el sofá, pero no iba a ser buena idea. Que igual algún que otro partido pueda pensar que se prohíbe todo esto y todos tan felices. Que el mundo no se iba a acabar, eso está claro, pero afectaría, vaya si afectaría. Que pretender hacer como si no pasara nada es tan estúpido y fuera de lugar como llegar a alguien que le han amputado una pierna y decirle que tampoco es para tanto, que con las muletas que hay ahora de carbono criogenizado y sofronizado se podrá dar unos paseos que pa’qué más. Que podía haber sido peor. Claro, le podrían haber arrancado la sesera, como a ti, que sin cerebro sigues siendo igual de imbécil que con él. Será la falta de proteína animal, ¿no? ¿No pasaría nada si el 5% del territorio de España se libera de la cría de ganado de lidia? Pues miren que lo dudo. Dudo mucho que estas joyitas de la naturaleza no se convirtieran en cualquier otra cosa, excepto en lo que son actualmente, en un tesoro al que hay que cuidar. Si ya es extremadamente complicado eso de mantener ese frágil equilibrio para mantener el medio, no quiero ni imaginar qué pasaría si el toro desapareciera. Aunque visto lo visto, no soy el único que no quiere imaginar ese día después de la prohibición. La diferencia es que yo ruego que todo siga igual y otros claman por darle la vuelta a todo. Que el animalismo está muy bien, es una filosofía de vida genial, aunque igual algunos no han caído en que choca frontalmente con el ecologismo. Que igual ese animalismo, sin pretenderlo, por supuesto, lo que está pidiendo a gritos es que se eliminen de un plumazo cientos de miles de cabezas de ganado, que el medio ambiente se degrade precisamente por esa medida y que esto provoque una ola que se lleve por delante flora y fauna casi exclusiva de la Península Ibérica. Que yo entiendo que estaría muy bien que en nuestros campos hubiera búfalos, el oso Yogui, el Correcaminos, Bugs Bunny o el osito Misha, pero no es posible. Vivimos dónde vivimos y tenemos lo que tenemos, lobos, cabras, cigüeñas, nutrias, encinas, matorral, lirones, buitres, dehesa mediterránea y además, así, de regalo, toros, toros de lidia. Esos que viven aquí desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera comerse una hamburguesa de tofu. Pero claro, mis dudas siguen ahí atornillándome la cabeza y pensando en los que quieren acabar con los toros, en la prohibición y siempre concluyo con el “y después… ¿qué?”.

 Enlace programa Tendido de Sol del 15 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-15-noviembre-de-audios-mp3_rf_60421562_1.html

viernes, 13 de noviembre de 2020

Ir a los toros

 

El ir a los toros encierra muchos placeres. Algunos se aprecian mucho más cuando ya son un imposible, porque a quién acompañabas ya se marchó para siempre, sin poder seguir aprendiendo y aprendiendo del toro, de la vida.

Cosas del ser humano es que no demos valor a lo cotidiano, a lo que nos pasa todos los días, incluso varias veces al día. Que no demos valor a un hecho que reproducimos a cada poco, por ejemplo una vez por semana o depende del momento, todas las tardes durante un mes o más, o todas las tardes de una semana. Es lo de siempre, ¿qué tiene de extraordinario? Pues va a resultar que ese hecho frecuente y hasta cotidiano, tiene todo el valor del mundo; basta con que nos priven de él durante algún tiempo. Que son muchas las circunstancias y hasta las personas que en estos momentos nos ha robado la vida, pero quiero detenerme en el ir a los toros, en lo simple, lo sencillo que resulta ir a la plaza. Basta voluntad, sacar una entrada y entrar en el edificio en el que tantas y tantas veces se ha entrado. ¿Y dónde viene lo extraordinario? En poder seguir haciéndolo, en que la vida siga su curso esperado, en que no se desborden sus aguas, en que no lo anegue todo y nos tengamos que conformar con el recuerdo.

 Yo iba a los toros, desde que empezaba la temporada, porque era el inicio, hasta el último día en octubre, porque era la última de la temporada. Y así, pasando por mi San Isidro, más de un mes de toros, de enfados, de ilusiones, de toros, de toreros, de horas mirando a una circunferencia dorada intentando saber, queriendo descubrir el misterio que allí sucedía desde el mismo momento en que un hombre citó a un toro, se le vino hacia él, quebró su embestida y descubrió que eso le acercaba a la inmortalidad. La gloria al alcance de un quiebro, de un librar la embestida, salvar los pitones, burlar la fiereza, apartar a la misma muerte. Los toros, que gran misterio. Que hay quién se cree con el poder de saber desenmarañar esa encrucijada que forman la casta, el valor, la fiereza, la inteligencia, el poder, la agilidad, el toreo, pero, ¡qué lejos están de la verdad! Y están lejos, porque renuncian a la búsqueda, creyendo haber llegado a la meta. Si acaso aprenden letanías supuestamente sesudas, imitan teoremas, teorías y tesis adoctrinadoras.

 Pero ese no saber, el aprender día a día, el descubrir lo que hay detrás de cada ventana que abrimos al toreo es aliciente y espíritu vivificante para todos los que querríamos ser aficionados y seguimos yendo a la plaza, seguimos poniendo en práctica ese ir a los toros. Desde el momento en que tras la comida se piensa en la hora de la corrida, en si lo mejor es el coche, el metro o un largo y sosegado paseo calle Alcalá abajo. Llega la hora de prepararse para salir. Mientras unos hombres van invistiéndose de oficiantes bordados en oro, plata, blanco o azabache; mientras ellos tienen que mantener el corazón dentro del pecho y las ideas funestas fuera de la cabeza, uno solo tiene que pensar en coger la entrada, comprobar la fecha, no olvidar la almohadilla, la libreta, bolígrafos y lápices para que el recuerdo no se pierda al viento. Y vámonos a los toros. ¿Quién torea hoy? Preguntan antes de coger la puerta. Los toreros. Y venga para la plaza.

 Al aficionado a los toros le suele gustar encontrarse con sus habituales y a muchos les llena de regocijo el contar entre sus amistades a toreros, banderilleros, gente del toro, el codearse con la élite. Que no digo yo que no sea grato, desde luego, pero a mí que me den los encuentros y las charlas con los míos, que lo mismo es el de las almohadillas, aunque no se la compre, pero que lo mismo te cuenta sus historias de médicos, que lo que le apuran los exámenes, los porteros que un año estuvieron en tu grada y que te cuentan la complicada mejoría después de la operación; el que satisfecho te dice que su hija aprobó las oposiciones. Esos aficionados, amigos que te puso el toro un día delante y con los que cruzarse por los pasillos es un deleite para los sentidos, es escuchar la sensatez del que tanto ha visto, del que sabe discernir y evadirse de locuras colectivas. El compañero que un día se sentó a tu lado y al que le contaste que te ibas a la mili, que te casabas, que esperabas un niño, otro, que el bautizo, la comunión, la universidad, las vacaciones, las malas noticias de quién ya faltaba. Acoger a los que nos visitan de fuera queriendo hacerles sentir tu plaza como suya, porque se la quieres dar toda para ellos, contigo incluido. Esa prole de juventud de gamberras formas y respetuosas maneras, que te hacen sentirte parte de ellos y que quieren saber de toros, los cumpleaños, las alegrías, los ratos complicados. Eso es también ir a los toros. Y cuándo sale el toro, cuándo aparece el toreo, vibrar como uno solo, emocionarse todos a una y acabada la temporada, pasar el invierno y reencontrarse en el mismo sitio, la primera, porque es la primera, hasta la última, porque es la última, pasando por mi San Isidro, afirmando sin reservas, que una de las mejores cosas que hay en el mundo, una de las cosas que más me gustan y me llenan por dentro es algo tan sencillo y tan grande como ir a los toros.

 Enlace programa Tendido de Sol del 8 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-8-noviembre-de-audios-mp3_rf_60073576_1.html

viernes, 6 de noviembre de 2020

Tras la reconstrucción vienen reformas integrales

 

Cuéntenme a mí de reconstrucciones

Que resulta que después de esta gira lúdico festiva que decían de la reconstrucción, viene lo de las reformas integrales. Primero los ingenieros, aparejadores y demás gente chupi, para que luego venga el ñapas de turno para que el agua caliente salga por dónde el agua caliente y la fría por dónde la fría, que las tuberías no hagan ruidos por haber cogido aire o que si encendemos la luz de la cocina no nos salte el automático de toda la casa. Eso sí, la reconstrucción les quedó de cine. De cine, de película de los hermanos Calatrava, que ni el guapo es tan guapo, ni el feo tan gracioso. Vamos, como en los toros, que ni el torero es tan torero, ni el toro tan fiero, ni tan guapo.

 Que ni habían acabado de reconstruir y ya estaban que si aquí había unas humedades, que si las baldosas se movían con las pisadas del viento, los crujidos del forjado, las puertas caídas y rechinando. Que buena ocasión se ha perdido para hacer las cosas bien y mostrar al mundo que esto de los toros es un palacio pleno de belleza, robusto, rebosando verdad por los cuatro costados y con afán de perdurar por los siglos de los siglos. Pero claro, que al final, lo barato sale caro, no, carísimo. Que por no echar mano de la mejor materia prima, sobre todo en un momento en que tanto toro se ha quedado en el campo, ¿es que no había dónde elegir? Igual es que tampoco se empeñaron mucho. Pero claro, si dejamos tal tarea a los que tenían que ponerse delante. La lógica humana dice que siempre se tira por lo más fácil, lo que cuesta menos esfuerzos, por escapar de riesgos que no llevan a otra cosa que o la ruina o la gloria. La lógica de los toreros dicta que siempre habrían optado por intentar alcanzar la gloria. Que es lo que tienen estos, que si hay que arriesgar, se arriesga, aunque solo sea para jugarse la vida. Pero claro, toreros, aunque se vistan de luces, no lo son todos. Vamos a lo cómodo, a lo de siempre, que ya si eso, lo de la gloria, se inventa, que para eso están los cuentacuentos del toreo, los de los micrófonos, y ellos harán épica, lírica y cantos de cisne a partir de la nada.

 Lo que les preocupaba a muchos que se quedaran tantos toros en el campo o que tuvieran que irse camino del matadero. Qué disgusto más grande, pero nada, a la primera que pueden y cuando todo estaba a su favor para quedar como marqueses, ¡hala! A quedar como la Chencha. Rácanos de valor y de dignidad torera, ausentes de afición y compromiso y despreciando todos esos valores que tanto cacarean y que afirman que les inculcaron desde chicos, pero ya se sabe, “lo que natura non dat, Salmantica non prestat”. Que igual los equivocados somos los que creemos que aún les queda un gramo de amor por esto de los toros. Que gran error el nuestro; les creímos dioses y no pasan de profesionales. Así está esto. Tanta parafernalia para que un canal saque un exiguo provecho, pero que pueda justificar su existencia y el cobrar la cuota a sus aficionados. Corridas de cuatro toros, que parece ser que el bolsillo o los ánimos no daban para más. Un espada que elige ganado y compañero, con la garantía de que ni los unos, ni el otro, les iban a apretar ni un poquito. ¿Es que no había nadie que pudiera levantar la voz e imponer un mínimo de sentido común taurino?

 Que gran oportunidad se nos ha ido. Que oportunidad tirada por el desagüe, que oportunidad desbaratada por ese sentido exclusivamente mercantilista que domina todo esto. Que igual esa oportunidad tampoco la supieron ver o no quisieron verla. Que ahora igual las cosas no son cómo eran antes y los conceptos se han invertido. Que ahora lo del taurinismo no es pedir que salga el toro, hacer que salga y plantarle cara con valor, inteligencia, conocimiento y torería. Ahora eso de ser taurino parece que se reduce a llevar una almohadilla color capote de brega, con asa, por supuesto y con un ribete rojo, amarillo y rojo, llenarse las muñecas de pulseras con nombres taurinos, ponerse una pegatina con el hierro de una ganadería de fama, vestir ropa con logotipos que son capotes, estoques, hierros o toros haciendo escorzos, pasarse antes después y durante por los bares de la plaza, poner los deditos como si formaran unos cuernos, llamar maestro hasta a las estatuas de la Plaza de Oriente, un ¡Osú! De cuando en cuando y pa’lante. Que oportunidad se nos ha ido de mostrar al mundo la grandeza de esto, la magnanimidad de los toros. Pero bueno, quizá es que algunos estamos un poco o un mucho despistados y no nos damos cuenta de lo que hay que tras la reconstrucción, vienen reformas integrales.

 Enlace programa Tendido de Sol del 1 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-1-noviembre-de-audios-mp3_rf_59098255_1.html

jueves, 29 de octubre de 2020

Paso al animalismo más… ¿puro?

 

¿Quién podría pensar que este angelito te iba a hacer daño? Si solo quiere jugar.

Reconozcámoslo, o nos aclimatamos o nos aclimamorimos. Hay movimientos que nacidos de la modernidad más moderna, bondadosa y a veces un pelín ñoña, pero en el buen sentido, están conquistando el mundo y queramos o no, no nos podemos abstraer, ni excluir de ellos; sobre todo si el hecho de dejarnos caer en sus brazos nos van a convertir en mejores personas. ¿O es que usted, usted y usted no quieren ser mejores seres humanos? Tanto, tanto, que hasta podríamos llegar a pretender convertirnos en un gato, un perro, una iguana, un tigre, una anaconda o en cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia. ¿Qué digo familia? Como un hijo más. Que ya saben, que los hay que incluso quieren más a la mascota que a un hijo y que al hijo le educan como a una mascota, pero eso es otra historia. Pero claro, si realmente queremos mejorar este mundo en el que habitamos, quizá deberíamos tomar ciertas medidas, quizá sería necesario el modificar algunas cosillas que en su momento ya nacieron viciadas, pero que aquí está la bondad humana para corregirlas. Y hasta ya hay quién ha abordado tal empresa y si quieren, aquí les dejo algún ejemplo muy ejemplarizante, por supuesto.

 La Opera House de Cincinapolis ha reescrito el drama de Carmen, corrigiendo esas partes tan… ¿penosas? ¿Ofensivas para nuestros semejantes los animales? Desde ya, para no recordar tiempos pasados, la obra de Bizet pasará a llamarse “Mamen, una jovencita laboriosa que entablaba amistad con unos caballeros”. Bueno, sí, se alarga el título, pero creo que es mucho mejor, ¿no? Así las Cármenes no se verán señaladas y los gatos, perros, iguanas, tigres, anacondas o cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia, no se sentirán ofendidos, ni heridos en sus sentimientos si su compañera que le quita la caca, les cambia la arena y les prepara el tofu en forma de animalitos, se llamara Carmen. Olvidémonos de eso del torero, la cigarrera o el oficial del ejército. El argumento tratará sobre una joven que trabaja en el departamento de márqueting de una multinacional alimenticia que importa y elabora cereales tropicales para distribuir en los países desarrollados. Pero resulta que se enamora de Escámez, nada de Escamillo, que es el responsable de ventas para España y Portugal. Pero también coquetea con José, el jefe de administración. Y bueno, tienen sus cosas, pero al final Mamen decide abandonar la empresa y montar una casa rural en los montes de Toledo.

 Otra obra que dicen “clásica” y que se va a reelaborar es el Guernica. De momento se cambiará el título y para hacerla más universal se llamará “Un lugar próximo al mar, en el que un día no reinó la armonía”. Evidentemente, ese toro y ese caballo no pueden seguir ahí, con lo cuál se ha decidido cubrir esas partes del cuadro con mandalas hechos por los alumnos del colegio “Aguas y Mares en libertad”. Estos los realizarán en la clase de integración con la naturaleza, en un parque público, aprovechando los bancos, las máquinas de bebidas, las terrazas en medio de los bulevares y las medianas de la autovía de circunvalación, para que sientan los niños el estrecho contacto con la naturaleza. Eso sí, todos con sus correspondientes mascarillas.

 Por supuesto que tampoco se podía dejar la mitología así como está y es por ello que lo que siempre se llamó el mito del Minotauro, a partir de ahora pasará a llamarse “Cómo incentivar a la juventud a la aeronáutica ecológica y a la superación humana”. Sería la historia de un joven, apoyado en todo por su padre y que en colaboración con un toro, mientras retozaban por un prado en las laderas del Monte Olimpo y jugaban al escondite en un laberinto, con todas las medidas de seguridad, por supuesto, ideaban cómo conseguir para que el joven pudiera hacer vuelo sin motor. El toro sería su instructor, un poco severo, eso sí, pero muy encariñado con el chaval, tanto que no paraba de decirle “es que te como”. Al final, Teseo, que así se llamaba el emprendedor muchacho, logró su objetivo. Bueno, solo por un ratito, pero eso se eliminará de la versión cívico dulce modernista. Incluso se medita si en lugar de un toro se pudiera poner un cocodrilo, que como no tiene cuernos, es mucho más amable. Un cocodrilo vegano, por supuesto.

 Hay que reconocer los esfuerzos de tanta buena gente para lograr un mundo mejor. Y quizá lo más laborioso en todo este proceso ha sido interpretar correctamente la obra de Francisco de Goya, que tanto y tanto mostró las cosas desagradables del mundo, sin pararse a pensar en lo que podía ofender a quién viera su obra, aparte del mal rollito que le podría causar. Es por ello que se decidió cambiar el título de muchos de sus trabajos, especialmente de una serie de grabados, nada bonitos, que ilustra cosas feas, malas de frustrarte mucho y quedarte marcado, tan marcado, que se te quitan hasta las ganas de tomarse una quinoa revigorizante con un buen batido de acelgas y espinacas, con un toquecito de perejil deshidratado de los montes Taurus de Anatolia. Empezaríamos por llamar a tales grabados “Cositas feas que los buenos ya no hacemos con nuestros semejantes los animales”. Y luego los guardaríamos en una caja fuerte, muy fuerte y los enterraríamos muy profundo en un lugar indeterminado de la naturaleza, justo antes de enmoquetar el lugar, porque hay que ser precavido, que igual en el césped natural hay bacterias y bichos que podrían hacer que luego nos pusiéramos malitos. Y con todas esas reproducciones que hay de estos dibujitos en las redes, pues nada, delete, delete, delete y venga delete y ya está.

 También surgió qué hacer con eso tan desagradable, bárbaro y brusco de las corridas de toros, pero se optó por dejarlos a su aire, porque según parece, ninguno de los animalistas sería capaz de acabar con eso de los toros ni tan bien, ni tan rápido. Y luego, en los campos dónde se crían los toros, se podrían hacer campamentos de convivencia allí, con los toros, las vaquitas, los terneros y que el dueño de ese campo nos trajera por las mañanas el desayuno para todos, para los toritos y para las personas humanas, que les visitarían con sus gatos, perros, iguanas, tigres, anacondas o cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia. Y así, cuándo el sol empezara a aparecer en el horizonte por la mañana tempranito, nos cogeríamos todos de las manos, pezuñas, garras, patas y anillos y gritaríamos al viento paso al animalismo más… ¿puro?

 Enlace programa Tendido de Sol del 25 de octubre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-25-octubre-de-audios-mp3_rf_58404843_1.html

jueves, 22 de octubre de 2020

Celosos gestores del aburrimiento

 


Lo mejor contra el aburrimiento, el toro

De unos años a esta parte parece que el aburrimiento es un elemento indiscutible en los toros. Antes se hablaba de ilusión, expectación, decepción, bochorno, escándalo, triunfo excelso, mansadas, grandes corridas de toros, de sol y moscas, pero ahora muchas de esas sensaciones prácticamente solo son hechos muy ocasionales y ha sido el aburrimiento quién parece que, a base de codazos, se ha hecho el amo en todo esto. Es el nuevo amo que preside las corridas de toros, su excelencia el aburrimiento. Aburrimiento que por otra parte alimentan y mantienen los que viven del toro y que sin demasiada consideración hemos dado en llamar taurinos. Lejos de romperse los cascos buscando ganaderías, toreros en alza, toreros prometedores o que simplemente puedan mostrar algo diferente, repiten los mismos carteles año tras año, porque unos señores de luces no quieren sin alternar con nadie que no sea de su cuerda, ni torear otros hierros que no sean de garantías. Lo que traducido quiere decir que estos les garanticen que no les van a poner en complicaciones ni empeñándose mucho. Y así una tarde y otra y otra y una temporada y otra y otra y otra más. Pero no se crean que se inmutan porque nadie les diga que aburren, que aburren con unas combinaciones repetidas hasta el hartazgo, que aburren con un ganado insulso y bobalicón que va y viene y que aburren con un toreo anodino, vulgar y vacío de cualquier sentimiento torero que pudiera dar a esto algo de chispa. Eso sí, que ni dudan en autoproclamarse artistas y soltarnos eso de que se tienen que expresar y que necesitan un toro determinado para estar a gusto. Ahí es nada.

Tardes soporíferas, ferias sin fuste y, ¿qué remedio ponen? Pues muy fácil, si el aburrimiento dura 30 tardes y tres horas, o más por tarde, se acorta un poquito por aquí, otro por allá y marchando que es gerundio. Que no hay otra solución, porque a todo esto, el aficionado tiene que cumplir sin rechistar con su sagrada obligación: ir a la plaza todas las tardes, pasar por taquilla religiosamente y callar como postes mientras les cae encima ese infumable chorreo de vulgar y anodina sosería. Que si entramos en un caso como el de Madrid, ni se despeinan al afirmar que las treinta tardes, número arriba, número abajo, son una barbaridad y que sería mejor que fueran solo veinte, quince o diez festejos, porque lo que tenemos ahora, con tanto aburrimiento, no hay cuerpo que lo aguante. Y les digo una cosa; tal y cómo está esto montado, una tarde ya me parecería mucho. Que con un festejos ya se me hace largo. Y claro, ahora con esto de la reconstrucción, o demolición, para que los festejos no se alarguen demasiado, mejor ponemos cuatro tyoros y así nos vamos antes a cenar, que luego igual cierran los bares pronto y nos quedamos con el estómago cantando la marcha de granaderos hasta el día siguiente. Que digo yo, que puestos a acortar, que se eviten lo de los señores en un penco, casi también lo de las banderillas, el toreo de capote y que ya desde salida vaya el artista con la muleta, lo reciba a portagayola y a otra cosa. ¿Qué eso ya lo hacen? Lo que te digo, que hemos perdido el rumbo.

 Pero a ninguno de los que manejan esto se les ha ocurrido otra cosa que gestionar el aburrimiento, ni se les pasa por la cabeza acabar con él o por lo menos, poner los elementos para intentar que este no asome muy a menudo. Que ya les digo yo que no sería tan complicado desterrarlo mil y una tardes de las plazas de toros. Otra cosita es que los de luces y su “entorno” lo permitieran y que los criadores de ganado, especialmente los que les sirven la materia prima del destoreo se decidieran a criar un toro un poquito más encastado. Que los palmeros de la vulgaridad seguro que se convertían a lo de la conmoción en un pis pas. Que son así de volubles, que les das toro y toreo y se olvidan hasta de dónde han puesto las pipas y si el yintonis se les agua al derretírseles los hielos. Que todo sería muy fácil, aunque complicado de llevar a término, precisamente por las reticencias de los que tienen el mando. Ya me estoy imaginando a los figurones, los que se expresan con su arte, alternando con uno que quiere hacerse sitio y que viene tirando bocados, con hierros que no sean los de siempre y con un toro con un poquito, tampoco hace falta mucho, con un poquito más de casta. Que para que esta vaya imponiéndose ya habrá tiempo. Que de esta manera, incluso con lo que tenemos ahora, pero con otro toro, las 30 tardes nos iban a saber a poco. Y a ver cuántos aguantaban cuarto de hora delante de uno que no te dejara pasar ni una, que a la mínima que no se le hicieran las cosas te tiraba un gañafón. Con lo que se le seca a uno la boca en cuanto asoma la casta. ¿Tres horas? Si me apuran, ni tres cuartos de hora dos veces si sale el toro para todos. Y así, lo mismo hasta se generalizaría l esta tendencia de irse cortando la coleta desde casa. Pero no seamos ingenuos ¿Creen ustedes que toda esta gente estaría dispuesta a tal cambio? Al primero que se meneara en tal sentido le quitaban de la circulación con dos llamadas de teléfono. Así que de momento, por mucho que nos pese, en lugar de ganaderos de bravo, toreros con poder, empresarios con afición y amor propio y un público exigente y con criterio, no nos queda otra que aguantar a los que no quieren moverse ni un centímetro de su sitio, porque por algo ellos mantienen muy en alto el título oficial de celosos gestores del aburrimiento.

 Enlace programa tendido de Sol del 18 de octubre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-18-octubre-2020-audios-mp3_rf_58091852_1.html

jueves, 15 de octubre de 2020

Lo que iba a ser y no fue

 

Tantas cosas que iban a a ser y no fueron, como el Centenario de Joselito el Gallo

Ya se nos cortaron las alas taurinas en Madrid, ya concluyó la temporada que no llegó a empezar. Las circunstancias mandan y de que manera, a base de garrotazo y tente tieso, que es lo que es este maldito mal. Que no da opciones ni para ilusionarte ni un poquito. Es como pretender echarte un balde de agua hirviendo por todo lo alto y esperar solo entrar en calor sin abrasarte el alma y todo lo que rodea al alma. Y si no, que pregunten a sanitarios, gente de la hostelería, de los hoteles, del ocio, en definitiva, de todo lo que nos alimenta la vida, el estómago y el espíritu.

 La temporada se ha dividido en dos partes, que bien podría ser que lo de una se aplicara a la otra y viceversa. Íbamos del “a ver si”, al “a ver cuándo”. A ver si esto se pasa para San Isidro, a ver si al menos se puede dar algo de la feria en junio, al a ver cuándo se da la feria, para continuar por el a ver si se dan toros en verano y continuar con el a ver cuándo se dan toros en verano, para concluir con el a ver si se dan toros y el a ver cuándo se va a poder volver a dar toros. Y entre tanto, siempre han aparecido los oportunistas que culpaban a unos pero no a otros de esta carencia de festejos, aludiendo a extrañas manos negras, pero sin querer ver la verdadera causa del por qué no se habrían las puertas de la plaza de Madrid. No creo que haya habido muchos que no hayan pensado que se podía dar algún festejo en un momento determinado, pues nadie imaginaba que esta situación se fuera a prolongar tanto.

 Pero todo esto se enredaba más y más con las explicaciones y la ausencia de ellas de los responsables de dar algún festejo y los que debían autorizarlos. Que empezaron a buscar excusas, más que para no dar toros en ese momento, por si se daba el caso de que tuvieran que darlos. Un motivo tan potente para no abrir la plaza de Madrid en verano como el que no iba a haber turistas. ¡No hay japos, no hay toros! Las especulaciones se empezaban a disparar, que si lo que se buscaba era no tener que abonar el canon a la Comunidad de Madrid, que si uno de los empresarios estaba a dos velas, que si… En fin. La gente se puso de manos con aquello de los nueve metros cuadrados, ¿para qué más? Se escuchó de todo, que si eso era entre espectador y espectador, que si era una forma de atacar a la fiesta, cuando quizá el mayor ataque lo sufrían con esos argumentos las matemáticas, la geometría, los profesores de matemáticas y muy especialmente el sentido común. Y con tanto embrollo, al final hasta no parecía posible que los responsables de dar o no dar toros pudieran dar la única explicación válida y creíble: no se pueden dar toros, porque la situación sanitaria lo impide. Que no querría jugar a lo del capitán a posteriori, pero al final ha quedado claro, más que evidente, que abrir las puertas de las Ventas era una temeridad. Y ojo, que esto lo digo ahora, porque un servidor, como otra mucha gente, pensó que se podría dar algo de San Isidro, algo en verano, la Paloma, una miniferia, Otoño y hasta esa prometida del 12 de octubre, pero…

 Que las latas esferas de la Comunidad aseguraron que para la Hispanidad habría una corrida extraordinaria, lo cuál no censuro, no se me ocurriría, pues creo que hasta podría pecar de injusto, precisamente por lo anteriormente dicho, porque casi todos creíamos que llegaría el día en que se abrirían las puertas de Madrid. Luego ya nos fuimos cayendo del burro, cada uno a nuestro ritmo, pero la realidad era tan abrumadora, que no quedaba otra, eran lentejas. Se tachó de mil cosas, ninguna bonita al flamante director del Centro de Asuntos Taurinos por no forzar para que se celebrara algún festejo. Honestamente creo que en todo esto el señor Abellán pintaba menos que un salmón en la feria de Zafra. Eso sí, el susodicho se dedicó a pasear el palmito por aquí y por allá, más desafiante que eficiente y aunque ya digo que lo más probable era que su capacidad de movimientos fuera casi nula, en lugar de mostrarse arrogante y altanero también podía haber dado un paso adelante. Llegar al despacho de quién le nombró y dadas las circunstancias en las que no parecía necesaria ni su presencia, ni su actuación, presentar su dimisión. Pero eso ni pasó, ni a nadie creo que se le pasara por la imaginación. Todo un embrollo que podría haberse aclarado explicando las causas reales para que no hubiera toros este año en Madrid, y que todo el mundo conocía. Pero no, aparte de que lo más probable era que esas causas no las pudieran contar, o que no se atrevieran a ello, había que mantener la bronca. Eso sí, mientras andaban tirándose los toros a la cara sobre si tu partido no quiere toros o si el tuyo sí, siempre había voces cargadas de razón repitiendo eso de que no hay que politizar los toros. De acuerdo de pe a pa, pero si no hay que politizar los toros, no se empeñen tanto en lo contrario, dejen de utilizarlo como un arma arrojadiza, como un pelele al que se tira al aire y se recoge para volverlo a mantear sin el más mínimo cuidado y cariño por esto que llamamos los toros y que ahora casi todos llaman tauromaquia. Y entre tanto quiebro y requiebro, tanto será o no será, se nos ha pasado el año, se nos ha ido la posible temporada con lo que iba a ser y no fue.

 Enlace programa Tendido de Sol del 11 de octubre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-11-octubre-de-audios-mp3_rf_57756784_1.html

miércoles, 7 de octubre de 2020

Lo que cuenta una retirada


 

¿Te vas? Si decides volver, aquí te espero

Siempre llega el momento de decir adiós, nada es eterno, pero hay muchos matices si nos acercamos al cómo y cuándo hacerlo. En el cómo, se puede hablar de un apartarse en silencio, de un apartarse porque te empujan, bien sea por las circunstancias o por los circunstanciales. Se da el irse entre el clamor de muchos que nunca desearían que ese corte de coleta fuera definitivo. También hay retiradas que han pasado a la historia del toreo, como la de Bombita o Marcial, que tanto deseaba para si Antoñete. Y otras como la del propio maestro del mechón, que tras una carrera irregular y unos últimos años plenos de magisterio, se zanjó con un enorme fiasco ganadero que la afición de Madrid ignoró y pasando por encima de todo reglamento y palcos presidenciales, se aferró sin complejos a la justicia y al sentido común, reventando la puerta de Madrid para sacar en volandas a quien tanto lo merecía. Otros, hasta se han despedido una vez y otra más, porque sí, anunciando varias veces que esa era la última tarde; demasiadas últimas tardes quizá. También los ha habido que han tenido que decir adiós desde la cama, porque allí les postró el toro. Y hasta hay retiradas que suceden súbitamente por un arranque de orgullo, de rabia, de vergüenza torera o por el destello de un momento de clarividencia, dónde el torero se da cuenta de que ya no hay más camino que recorrer; que no han sido pocos los que en mitad del ruedo se han arrancado el añadido y han dicho hasta aquí.

 El cuándo es quizá lo más difícil de decidir. ¿Cuándo ponemos fin a una carrera? Pues ahí entran en juego muchas variables. No cabe duda que lo mejor es poder decidir ese cuándo, el poder escoger el momento, la plaza, la compañía. Que los asistentes tengan plena conciencia de ser testigos de un acontecimiento de dimensiones extraordinarias. Ese torero que en plena madurez dice adiós, incluso contraviniendo los deseos y voces de sus fieles. Eso sí, en esto también influye mucho la personalidad del espada. Que a unos les va el boato y una parafernalia exagerada para después llenar páginas y páginas de la historia del toreo y otros, un domingo por la noche, en mitad de una entrevista, así, sin más ni más, le sueltan al entrevistador que se retira de los ruedos, que cuelga el traje de luces para siempre, sin casi dejarle tiempo a su interlocutor a que se medio recuperara del shock. Ya digo, cuestión de personalidades. Pero ya digo que esto de poder elegir es cosa de privilegiados, que también los hay que antes de pensar en dejar los toros, los toros le abandonan a él y no pueden ni pensar en colgar el traje de luces, porque ya lleva demasiado tiempo colgado y sin esperanzas de que vuelva a bajarse de la percha, si no es para limpiarlo y quitarle el polvo. Lo que no quiere decir ni mucho menos que estas retiradas forzosas y en silencio, no estén llenas de dignidad y vergüenza torera, porque si no se puede, no se puede y punto.

 Pero quizá esas formas de irse del toro no sean norma habitual de estos tiempos, que ahora parece que ha irrumpido una variedad más, la del ahí os quedáis con vuestras miserias y me dejadme en paz o la de escapar de la quema, no vaya a ser que la cosa se ponga fea y me pille de lleno el vendaval. En el primer caso, uno se retira, pero un poquito, me voy, pero cuándo me interesa vuelvo, lleno la saca a rebosar y ya si acaso ya me paso a firmar el finiquito. ¿Y quién puede hacer eso? Pues muy simple, un privilegiado que puede hacer lo que le dé la gana, porque vaya o venga siempre llena y de momento no tiene, ni se le espera, un competidor que le pueda hacer sombra. Y no creo que haya que dar nombres, ¿verdad? Eso sí, retirado y todo, los aficionados le siguen esperando con la misma fe que los apóstoles esperaban la vuelta del maestro al tercer día. El segundo caso de retirada es el de pies para que os quiero, el de esto no se sabe adónde va a desembocar y antes que se me complique la situación, voy y me hago a un lado. Que siempre habrá quién lamente una retirada, pero también puede ser que el aficionado se quede cómo estaba, que le dé lo mismo si se va o se queda, aunque también los habrá que descansen y digan eso de tanta paz lleves como tranquilidad dejas. Que se ponen a echarle cuentas al torero en cuestión y lleguen a la conclusión de que tras muchos años de alternativa no dejan nada en la fiesta, no han aportado nada a los toros. Que como gran mérito solo cuentan el haberse apuntado una vez a la de Miura en dos décadas de alternativa. Y que todo el recuerdo que deja sea el pasarse el toro por delante y por detrás o afirmar que a él, matador de toros, le daba pena tener que estoquear a los toros. ¡Vaya legado! A propósito, que igual no les ha llegado la noticia, pero parece ser que Sebastián Castella se ha retirado de los toros. ¡Caramba! Quizá ahora, tras conocer la noticia, podemos sacar nuestras propias conclusiones y detenernos un momentito para leer lo que cuenta una retirada.

 Enlace programa Tendido de Sol del 4 de octubre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-4-octubre-de-audios-mp3_rf_57434614_1.html