jueves, 22 de junio de 2017

Nos pedían paciencia pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?


¿Quién dice qué?

Qué gran acontecimiento fue aquel día en que la Comunidad de Madrid le concedió la gestión de la Plaza de Madrid a don Simón Casas y compañía. Unos se lanzaron a rasgarse las vestiduras sin demora, mejor antes que después, otros, entre los que me incluyo, pensamos que había que dejarle actuar y otros que no se podía desconfiar cuando aún no se había ni sentado en su mesa de las Ventas. Es que no se puede ser tan negativo, ni ver todo mal, que es verdad, pero, ¡hombre! Que cada uno tiene sus antecedentes y el señor Casas, don Simón, tiene los suyos, que ni son pocos, ni tranquilizadores. Pero no había empezado la temporada y ya llevaba una larga lista de promesas incumplidas, que otra cosa no, pero defraudar, este señor no defrauda, se esperaba un disparate y respondió con una montonada de ellos, a cuál más descabellado. Pero no les voy a aburrir contando los planteamientos de la feria, ni de la temporada que estaba iniciándose. Vayamos al final de la feria, que según él, los medios oficiales y sus seguidores más fervientes, los que se quedan siempre con lo bueno, loaron el ciclo como el mejor de no sé cuántos años. Daban cifras de más de 600.000 espectadores, más que el año anterior, pero sin contar que con un mayor número de festejos; pero eso no lo decían. Nos hablaban de las puertas grandes, algo que no es mérito del señor Casas, don Simón, pero no de la forma en que se produjeron. También nos tiraban a la cara los muchos toros que embistieron a la muleta, de lo que tampoco se puede aprovechar el señor Casas, don Simón, más si nos paramos a ver cuántos de esos toros soportaron medio puyazo, por dar un dato, ni del bajón en la presentación del ganado no solo durante la feria, sino desde que comenzó la temporada. Todo era idílico, ¿a ver qué espectáculo reúne a tantos miles de personas durante tantos días? Decían los pancistas de la tele, como si nunca hubiera ocurrido lo que no hace tanto era norma, la sucesión de llenos que empezaban con la primera y se cerraban con la última, eso sí, con un ligerísimo descenso en la asistencia en los días de novilladas. Pero todo era felicidad, gloria, jolgorio y alegría, aunque yo me hacía una pregunta: ¿estará realmente satisfecho el señor Casas, don Simón? Pues parece que no demasiado.

La verdad es que el señor Casas, don Simón, comenzó con un ritmo difícil de mantener, porque no se puede soportar por mucho tiempo eso de maquillar la asistencia a base de regalar entradas. Circunstancia que igual también rondaba la cabeza de los señores de Plaza 1 y que quizá provocó cierta inquietud entre el señor Casas, don Simón, y su socio, Nautalia, lo que se vio reflejado en la desaparición del callejón del caballero francés a las primeras de cambio durante la feria. Bastaron cuatro protestas y dos toros devueltos, para que alguno decidiera esconder la testa. ¡Ay que ver! Ni un corte de mangas que nos ha dedicado a la afición de Madrid. Todo lo bueno se lo guarda para sus paisanos. Y cuando ya todo parecía discurrir por las calmadas aguas de la temporada madrileña, los festejos con menos de un cuarto de plaza con torerillos baratos y ganado más barato aún, ¡zas, cataplum, chimpún! Que se corta la temporada de Madrid, que hay que hacer obras en la plaza para garantizar la seguridad de los asistentes y que ya si acaso, pero que aún no se sabe, igual para el próximo San Isidro se volvía a abrir el portón de los sustos en Las Ventas. ¡Caramba! Eso sí que es arte y del bueno, del que te estremece y hace que no te llegue la camisa al cuerpo, que a más de uno se le encogió la pajarilla y aún no se le han destensado las cervicales. Pero, ¿qué broma es esta? ¿Qué broma de mal gusto, de pésimo gusto es esta? ¿A qué estamos jugando? Resulta que antes de la temporada nadie se había enterado de que había que hacer obras, que se liaron a poner cámaras y a tirar cableado y no hubo cristiano que pensara en que había que echar mano de Manolo y Benito para meterse en reformas y si llegaba el caso, darle una manita de gotelé a la “primera plaza del mundo”. Pero según parece, solo según parece, ha bastado que el ayuntamiento de la capital negara la correspondiente licencia para lo de las motos, para que al señor Casas, don Simón, se le encendiera la luz de emergencia. ¿Allí no se podían dar espectáculos no taurinos? Pues de los otros, los supuestamente taurinos, tampoco. Y punto, se corta la temporada y el domingo 25 con la corrida de Martín Lorca se echa el cerrojo y a otra cosa. Un hecho que solo tuvo lugar durante la Guerra Civil, sin precedentes en tiempos de paz, pero que al señor Casas, don Simón, le debe importar un bledo. Lo que me gustaría saber es si tal anuncio contó con la anuencia de la propietaria de la plaza, la Comunidad de Madrid, o si se ha lanzado a la piscina por su cuenta, en cuyo caso, la señora Cifuentes y su equipo, aparentemente siempre tan preocupada por los toros, deberían actuar de inmediato y aclarar todo este embrollo. Si bien es verdad que el consejero portavoz del gobierno regional, don Ángel Garrido, ha salido a desmentir tal suspensión, se deberían dar detalladamente los motivos y sucesión de los acontecimientos que propiciaron tal anuncio. 

Lo que está claro es que si alguno aún dudaba de la condición del señor Casas, don Simón, igual con esto se le han abierto los ojos, a no ser que esa ceguera parcial sea propiciada por el grosor de sus buenos fajos de billetes. Me gustaría oír a la señora Cifuentes que en caso de incumplimiento del pliego de contratación se aplicarán las medidas administrativas pertinentes, me gustaría también saber si se mantendrá el rigor necesario a la hora de aprobarse los carteles, para lo que resta de temporada, para la siguiente y para las ferias de Otoño y de San Isidro. Son muchos aspectos que ahora parecen cogidos con alfileres. Así como recordarle al señor Casas, don Simón, y a su socio de Nautalia, que firmaron un contrato con una administración pública y que su incumplimiento no sale gratis. Ahora solo queda esperar que la Comunidad de Madrid sea capaz de llevar a cabo las obras necesarias y dar satisfacción a las demandas del Ayuntamiento de la capital, al que hay que agradecer ese innegable desvelo por la seguridad de los ciudadanos que acudimos a la plaza de las Ventas, siempre y cuando vayamos a las motos, a un concierto, al circo o a la Copa Davis, porque si vamos a los toros, ya se nos puede caer encima el palo de la bandera. Aunque tampoco hay por qué alarmarse, pues no me cabe la menor duda de que ya sea en el caso de que pudiera peligrar nuestra seguridad, ya sea porque de repente nos hurtan la temporada de toros a la afición madrileña, seguro que aparecerá la Fundación del Toro para defendernos de cualquier entuerto o injusticia con el yelmo de Mambrino calado hasta las orejas, la adarga antigua y el galgo corredor.  Los seguidores del señor Casas, don Simón, ya fuera desde los micrófonos de la tele, desde los medios de comunicación oficiales, desde la propia administración o desde la barra de la tasca del Pedernales nos pedían paciencia, pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?

P.D.: Y servidor que pensaba tomarse un descanso...

sábado, 17 de junio de 2017

Iván Fandiño, D. E. P.


Iván Fandiño, D. E. P.

Poco sentido tiene ponerse a hablar de corridas de ningún tipo, todo pasa a segundo plano, hoy ha muerto un torero, Iván Fandiño, que descanse en paz. Perdonen que no cumpla con mi compromiso de contar lo que he visto en una calurosa tarde en Madrid. Volvía a casa cruzando mensajes comentando el festejo, charlas telefónicas, cuando de repente se ha colado la fatal noticia. Un tremendo golpe, muy fuerte y que de momento no se puede asumir, aunque la realidad sea la que es. Aparecerán ahora por un lado esos mensajes tan inoportunos, como parece que inevitables; los que también buscarán responsables dónde no los hay. Allá cada uno con la tarea que quiera iniciar, otros simplemente nos quedamos dando vueltas a algo tan tremendo, rumiando la pena y queriendo recordar lo bueno del torero y del hombre. 

Ruego me disculpen, ruego me perdonen, pero no puedo decir más, no encuentro más, ni tampoco tengo fuerzas para buscarlo, simplemente el deseo de que Iván Fandiño, el matador de toros, el hombre, descanse en paz, la paz que los suyos han visto desgajada, ese consuelo que en ningún sitio encontrarán y el sentir que les han abierto en canal para arrancarles el corazón. A ellos todo el cariño del mundo, que desafortunadamente les sabrá a muy poco. Iván Fandiño, D. E. P.

Gol en las Gaunas



Cuándo la Beneficencia era la Beneficencia

Hay veces que uno no sabe si está en una plaza de toros, en un campo de fútbol, en una sesión del parlamento filipino o en la lonja del pescado de Teruel, después de que los barcos pesqueros hayan llegado a puerto y expuesto el género tras un día en la mar. ¿Qué en Teruel no hay ni mar, ni puerto? Si ya les digo que a veces uno se pierde. Uno va a los toros con la idea de ver una corrida de toros, ¡qué coincidencia! Y viendo como celebran el que uno de los actuantes, como si hubiera marcado su equipo el gol del campeonato, poniéndoles caras a una parte del público, cortes de manga y hasta gestos amenazantes de rebanar el pescuezo, lo que, cómo en un campo de fútbol, sirvió para que el “amenazante” tuviera que abandonar su localidad acompañando a las fuerzas del orden. Quizá faltaban las bufandas y las banderas, aunque con los pañuelos blancos algunos ya se daban por satisfechos. Si ya lo intuía un despistado cuándo tras sonar el himno en honor del rey, que presidía la corrida extraordinaria de Beneficencia, preguntaba si no tocaban también el del equipo contrario. 

Ya digo, Corrida Extraordinaria de Beneficencia, la más importante del año, porque siguiendo la costumbre, los actuantes son los triunfadores de la reciente feria de San Isidro y hasta llegan a anunciarse sin cobrar un duro, donando sus beneficios a… Perdón, perdón, me he vuelto a despistar. ¡Vaya día! Que no me centro. Pues eso, la Beneficencia, que ya no es de Beneficencia, con tres matadores que no son los triunfadores de nada, aunque en su día pasearan algún despojo, El Juli, José María Manzanares y Alejandro Talavante, con ganado elegido y muy elegido, de don Victoriano del Río y el tercero de Toros de Cortés. Más un sobrero, el que hizo segundo, de Domingo Hernández. No quiero pensar el mal rato que habrán pasado los taurinos con algunos de los ejemplares, productos les llaman sus criadores, que saltaron al ruedo, pasados de kilos más de uno y de dos. Eso sí, en la segunda mitad ya se calmarían al ver salir esas raspas con cierto aire anovillado. Toros modernos, por supuesto, que para resumir, ya adelanto que no se les picó, excepto al sobrero de Domingo Hernández, que presentó cierta pelea, poniendo en apuros A Chocolate, que se agarró bien al toro y mucho mejor al palo, porque ya se veía midiendo el suelo con los lomos. 

El Juli recogió a su primero por abajo, con muletazos con la diestra, para seguir con todo el pico que puedan imaginar y tres palmos más, retorcido, despegadísimo, enlazando tanda tras tanda, recolocándose, ahora te pego uno por aquí, otro más, para cerrar con esa forma tan “particular” de sacrificar a los animales, echando a correr en rededor del toro, bordeando el Amazonas y cuándo ya ha ganado la orilla, a la altura de las orejas, ¡zasca! Sablazo. Ya ven, suerte suprema, sí, supremas de pollo con salsa barbacoa. Quizá vio en el escurridito cuarto a algo más acorde a lo que está acostumbrado a enfrentarse por esas plazas del mundo y corriendo buscó en sus archivos que tipo de repertorio le va mejor a semejante criatura y ni corto, ni perezoso, le endilgó una lidia y una faena digna de una talanquera de charol. En el primer tercio, cuando el caballo deambulaba por allí para no hacer nada, hizo un quite con capotazos del revés y muy desmadejaos, de esos que despiertan al respetable. Esos oleses sentidos le hicieron ver la luz. Derechazos, cambio de mano por detrás, enganchones y la parroquia entregadita, para continuar incluso con más pico que en su primero, como palmo y tres dedos más. Trapazos, por aquí, ahora con la zurda, más trapazos, metido entre los pitones, venga a recomponer con carreritas lo que no mandaba con la muleta, el toro para afuera, trapazos largando tela hasta el infinito, sin rematar jamás atrás, el toro muy parado ya muy despacito y El Juli gustándose con trapazos lentos, pero sin torear, aunque vaya usted y explíquele eso a los que veían que marcaban el gol del campeonato, que cómo sería la cosa, que hasta se enrabietó el maestro. Una entera trasera y caída y ahí llegaron los enfrentamientos, esos de los que los señores de la tele están tan orgullosos y echan tanto de menos. Pero, ¿qué quieren? ¿Qué nos matemos? ¿Qué es eso de incitar a que los que aplauden se enfrenten y le planten cara a los que protestan? ¿Qué sin sentido es ese? ¿Para salvarle el negocio al señor empresario, a ellos, a los criadores de productos, a los pegapases y a toda esa peste del taurineo? La lástima es que hoy la policía ha pedido que les acompañara a un caballero quizá cargado de alguna copa de más, que solo iba a pasar una tarde en los toros y que quizá contagiado por ese fervor populachero, se ha estropeado la tarde, mientras estos incitadores a vaya usted a saber qué, volverán mañana y pasado y al otro y cobrarán una tela por servir a los taurinos y por vejar la fiesta de los toros. Pues eso, lo dicho, una orejita para El Juli, que afortunadamente no montó la zapatiesta de Toledo, porque el usía no le concediera el segundo despojo.

José María Manzanares se las vio con ese sobrero que no se aguantaba en pie de salida, al que los lidiadores le echaban los capotes al cielo para evitar que se cayera. Pero inesperadamente en el caballo pareció revivir, peleando en el peto y por momentos con fijeza, arrancándose al peto con las ganas del que quiere echarlo abajo. El de aúpa picando, según los embates del de Don Domingo, con firmeza, sin barrenar y aguantando bien. Si es que lo que debería ser la norma, ahora nos parece casi extraordinario. Ya en el último tercio, Manzanares empezó a componer, que se le da, que lo monda, pero es que… compone tan lejos, que casi no se le oye. Abuso desesperante del pico, sin bajar la mano, escondiendo descaradísimamente la pierna de salida, carreritas y más carreritas, que dirán que uno se pone pesado con el tema, pero es que creo que es un sigo inequívoco, uno más, de que allí falla algo, que no hay toreo, que no existe el mando, el dominio. Al final el toro acabó en toriles, ¡qué cosas! Al quinto, más de lo mismo; parecía que aquello podía tomar vuelo con un galleo andando para llevar el toro al caballo, pero en esto que el animal se empezó a caer y ya nada podía tener sentido, a pesar de que el matador insistía e insistía, dejando que pasara el tiempo, sin más.

El tercero en cuestión era Alejandro Talavante, ese torero que unas veces parece que… y otras que tampoco. Un maestro al que le cuesta no solo fijar al toro, ni llevarlo al caballo, es que como les ocurre a muchos, le cuesta un mundo deshacerse del toro con un remate. Telonazos y naturales enganchados para comenzar, se dejaba puntear demasiado la tela, el toro hasta parecía arrancarse con brío, más pico y más enganchones a un toro que se quería ir constantemente a su querencia en tablas, hasta casi acularse para plantear su defensa. Poco se le podía hacer al inválido que cerraba plaza, que se caía a cada muletazo, a pesar de lo cuál el matador insistía en prolongar innecesariamente la faena y desesperando al personal, que ya llevaba un buen rato aguantando el calor de la tarde, tarde que no se sabe por qué motivos, empezó con un considerable retraso, quizá porque nadie pensó en retirar antes la lona decorativa instalada en el ruedo, quizá porque nadie cayó en que había que regar lo cubierto y pintar las rayas, quizá porque pocos cayeron en la cuenta de que aquello era una corrida de toros, lo más puntual que existe en España, que viendo esas celebraciones de los trofeos hasta se podía pensar que estábamos jugándonos el título y que dependíamos del resultado en otro campo, desatándose el jolgorio y la celebración cuándo al sacar el usía el pañuelo blanco para El Julio se oía una voz que gritaba Gol en las Gaunas.

lunes, 12 de junio de 2017

Tanta historia arrastrándose por la arena


¿Será Miura un fósil más de la tauromaquia clásica?

Decir Miura es decir toro, así es y así ha sido durante muchos años, quizá no esos 175 que carga sobre si el hierro de los de la gaita, pero tampoco mucho menos. Una historia, un prestigio que ha traspasado los límites del toreo, las fronteras por tierra, por mar y hasta las de la lengua, porque Miura no es solo una ganadería, ni tan siquiera es solo el toro, ha llegado más allá y hasta encierra en esas cinco letras un carácter, una forma de ser y un comportamiento propio de las personas. Miura ha proyectado sus valores sobre mucho más que simplemente una ganadería y cuesta mucho ver como unos toros que llevan la gaita a fuego sobre su piel, no parecen de esa casa. Cuesta mucho el verlos y pensar que ellos pueden haber sucumbido a la peste taurina, la peste de la Tauromaquia 2.0. Cuesta mucho ver como un encierro de Miura, que cerraba la feria de Madrid de 2017, se arrastraba por la arena.

Volvía Rafaelillo con otra “facilona”, que no se puede negar ni las carencias, ni el toro con el que tiene que tragar tarde tras tarde, si quiere torear. Su primero ya renqueaba de salida, lo que no impidió que el matador intentara alargar el viaje del animal, algo que últimamente parece que se ha convertido en costumbre. No hubo forma de picar al toro, pues el más mínimo intento de administrarle algún castigo podía dar con el animal en el suelo. Al inicio de la faena de muleta le siguió una tanda en la que se pudo ver hasta un derechazo aseado y templado, pero la continuación fue el toreo desde fuera, con el pico y el brazo excesivamente alargado, especialmente en los remates. El de Miura no hizo ni un mal gesto, pero la poca fuerza hizo que se fuera parando y a pesar de la insistencia del matador, allí poco o nada quedaba. El cuarto salió haciendo cosas muy raras, que si reparado de la vista, que no, que si una mano, pero en fin, lo recibió Rafaelillo muy arrebatado, de rodillas, mantazos sulfurados, retirándole el capote con violencia de la cara al toro. Quizá al final, dónde mejor se encuentra el espada es en esos terrenos de la épica, aunque sea forzada. Mal colocado el animal en el caballo, fue una sucesión de idas y venidas, para al final no ser picado. Al primer muletazo se vino al suelo, para proseguir con más de lo de siempre, muletazos alborotados y sin parar quieto un momento. En ese alborozamiento, el murciano salió trompicado, con el resultado de salir calado. Sin la chaquetilla y en esos espacios del drama que tan bien trabaja Rafaelillo, se limitó a estar y a dejarle la muleta en la cara al toro, sin tan siquiera amagar con citar y correrle la mano, provocando los lógicos derrotes del de Miura. Un macheteo que el toro no precisaba, quizá pretendiendo hacer creer que aquello era una alimaña tobillera, pero nada más lejos. Y como decían por allí, quizá volvamos a ver a este torero en otoño y seguro que si es así, con lo que nadie quiera ni ver.

Excepcionalmente y para homenajear al hierro de la familia, reaparecía Dávila Miura, quien por esas casualidades y el capricho de unos inválidos, no pudo matar ninguno de la casa y se tuvo que enfrentar a un primero de Buanavista y a otro de El Ventorrillo. Salió parado y olisqueando el primer sobrero, buscando la salida y ya perdiendo las manos, lo que sucedió en el caballo, dónde sí que se le castigo, sin que el Buenavista hiciera otra cosa que dejarse. Siguiendo los mandamientos de la ley de la modernidad, el animalito, con más presencia que todos los de Miura juntos, hasta siguió la muleta, para que Dávila Miura no le ofreciera otra cosa que un toreo lejano, demasiado apartado, metiendo pico y sacando culo, alargando el brazo, sin bajar la mano, para acabar de pinchazo y bajonazo. En el otro sobrero, el de El Ventorrillo, que ya renqueaba de salida, ni se molestó en llevarlo al caballo. Se agarró bien el picador en la primera vara, quisieron darle más distancia en la segunda, pero no pudo ser y lo que fue un puyazo trasero, desde cerca, en el que le dieron a gusto. Comienzo del trasteo por abajo, a una mano, pero seguía con el brazo largo, largísimo, con el pico, conduciendo por afuera al toro, mucho muletazo, sin que el toro se enterara de que allí alguien pretendiera torearle. Sería que nadie le estaba toreando. 

Quizá costaba entender la presencia de Rubén Pinar en esta feria y en este cartel, pero al finalizar la corrida, tampoco se entendía la presencia de este ganado con tan poco dentro. A su primera raspita miureña la recibió con capotazos a ritmo de yenca, izquierda, derecha adelante, atrás, un dos tres. Se revolvía el animal debajo del peto, sin poderle picar y a la salida del caballo se vio ese lamentable espectáculo de los capotes al cielo, para ver si aquello se aguantaba. Con la muleta el animalito no aguantaba los intentos de muletazos al sesgo, con el pico, sin pararse quieto y dando la sensación de no saber por dónde meterle mano. El sexto ya de salida hacía méritos para irse para adentro y como toda la corrida, discurrió su lidia entre ver si iba aguantando, para no devolverlo. Evidencias de invalidez, pero todo dependía de si perdía las manos una vez más o menos. En el caballo empujaba con fijeza, lo que las fuerzas le permitieran empujar, sin que se le pudiera apenas apoyar el palo, pero como no se caía, aguantábamos, lo mismo que en banderillas, cambio de tercio y a ya coló, otro más. Y la faena de muleta fue un intento de nada, por parte de Rubén Pinar, que quedó precisamente en eso, en más nada. Así concluía una feria más, según unos, la mejor de la historia, según otros, un fiasco más, como se decía antes, de crítica y público. Con menos público que nunca, con la exigencia bajo mínimos, lo mismo que con el trapío de los toros y un ambiente creado artificialmente para provocar el desvarío, que un desvarío fue, pero no como imaginaba el señor Casas y si queda alguna duda, detengámonos con la última y reflexionemos sobre qué sentimos al contemplar tanta historia arrastrándose por la arena.

Enlace programa Tendido de Sol del 11 de junio de 2017:

sábado, 10 de junio de 2017

No es bueno mezclar, sienta mal


Hay cosas que no se pueden ocultar ni con una gran polvareda

Anda que no habré escuchado veces eso de que mezclar no es bueno, que mezclar no es bueno, que… Pues don Adolfo Martín parece que no le quiere hacer caso a la sabiduría popular y se empeñó en mezclar la casta con lo comercial, para ver si el sabor tomaba un poco de dulzor y así vender más combinados, pero que será por la Coca Cola, por los hielos o por la selección, que el resultado es anodino, sin gracia y después de toda una feria, después de un mes yendo a la plaza, la gente ya no está para un toro que parece toro, que no se mueve como un toro, que no sabe a toro y que no recuerda a un toro, si acaso al calimocho de mezclar vacas suizas con un morucho desbravado. ¡Hay que ver! Con la fe que mucho aficionado tiene a este hierro y se encuentra con un encierro descastado con tintes de buey para carne.

Con este material, la verdad es que poco se puede decir de los matadores, Antonio Ferrera, Juan Bautista y Manuel Escribano, porque a cualquier crítica pueden contestar con un argumento irrefutable: es que yo venía a matar una corrida de toro. ¿Y qué les dices a eso? Pues que es verdad. De poco sirve contar que Ferrera intentara alargar el viaje por abajo a su primero, en los lances iniciales de capote. No demasiada pelea en el caballo, dónde hasta mostró cierta fijeza. Luego vinieron las banderillas de Ferrera y Escribano; un número que ya no entusiasma demasiado. Ya en la muleta, a lo más que se llegaba era a muletazos de uno en uno, no pudiendo evitar que antes de la salida ya levantara la gaita como buscando la noria. Lo que sí es de agradecer es que Ferrera no se pusiera exagerado en las poses, aunque para pegar un espadazo trasero, para eso es tirarse recto o no, poco tiene que ver el mueble que tenga delante. Al cuarto costaba darle un capotazo, él andaba pendiente de ver por dónde quedaba la salida. En el primer puyazo el animal echó la cara arriba y mandó por los suelos al pica, que se encontraba sin casi ningún auxilio de un capote. Una segunda vara desde más lejos, y el pica, que se agarró bien, no pudo contener ese impulso de zurrar al que te tira. Con el toro muy cerrado, costaba saber por dónde meterle mano a aquello, que se marchó tranquilamente a toriles. Se iba del engaño a cada muletazo y Ferrera al menos consiguió una tanda. Todo el tiempo muy aquerenciado en tablas, lo que dificultaba cualquier intento de sacarle algo, además de esos ademanes de mulo. Quizá el extremeño pecó de alargar demasiado su labor, lo que pudo costarle un disgusto, pues a punto estuvo de sonarle el tercer aviso y, francamente, que te echen un animal de estos al corral habría sido para darse de cabezazos.

Luego vino lo de Juan Bautista, que a veces no se sabe muy bien si quiere no estar a mal con su compatriota empresario de Madrid, alargando faenas innecesariamente, o que por dónde va es por el “no quieres caldo, toma tres tazas”. Que ya sería curioso que utilizara su toreo como herramienta de tortura. Su primero, a punto estuvo de derribar al caballo, al que levantó hasta el ¡ay!, porque lo siguiente sería el ¡ay, ay, ay! Pero del picador. Después de eso, ni presentó pelea, ni tampoco le castigaron. Un segundo puyazo andandito, le dieron lo suyo y no opuso la más mínima resistencia. Fue al comienzo de la faena cuándo el animalito hasta dio la impresión de que iba a ir, pero fue un espejismo que se diluyó entre el toreo con el pico y los enganchones y con un cambio de pitón que acabó con cualquier tipo de especulación, ahí la sosería de toro y torero rebosaba por los bordes. Al quinto le dejó Juan Bautista que se pegara las carreras que le parecieran bien, fue al caballo para que no le picaran, a lo que el de Adolfo respondió con un “vamos a ser amigos”. El público protestaba por una eminente falta de fuerzas, pero no se cayó ni una vez, esto llegó en el momento en que se hizo intención de bajarle un dedito la mano. Y para justificarse él, al presidente y al Sumsum Corda, se puso s hacer que daba pases, dejando que pasar y pasara el tiempo, provocando la desesperación y enfado de la concurrencia. Igual es que el galo quería hacerse con un puesto en la novillada de triunfadores de la semana próxima.

Cerraba Manuel Escribano, que se fue de primeras a recoger al suyo a portagayola. Muy suelto en los primeros compases así acudió al caballo, dónde peleó con fijeza, lo contrario de lo ocurrido en la segunda vara, dónde ahí ya dimitió de toro encastado y de todo lo que se le pudiera parecer. Más banderillas de los matadores, lo que seguía sin despertar el entusiasmo del personal. Y para el último tercio ya estaba el toro parado del todo. Toreo moderno, escondiendo la pierna de salida, lo que en un momento le pudo costar un susto, pues por ese hueco se quería colar. Muy, muy parado y con Escribano tan parado como él. El sexto hasta parecía que de salida iba a tener un poquito más de brío que sus hermanos, hasta iba lejos si le alargaban los brazos. Le costó al matador quitárselo de encima para que entrara al caballo, dónde le administraron cierto castigo y hasta se vislumbró un querer meter los riñones, pero ya saben, poco dura la alegría en casa del pobre. Faena iniciado al abrigo de las tablas, para proseguir sacándoselo fuera, pareciendo que hasta iba a humillar. Con la muleta en la zocata, Escribano largaba tela, sin llevar al toro y sin rematar, muy cerca, por ambos pitones, acabó atosigando al animal, que por otro lado tampoco tenía un cortijo en cada pitón. Por no tener, no tenía ni el pago de una letra de la finca. Y así se fue el respetable, con la sensación de haber pasado allí años y solo fueron un par de horas, pero es que cuándo los combinados no cuajan, se convierten en un brebaje imbebible y así pasó que la corrida de Adolfo Martín fue cabezona, con lo mal que se pasa después y es que no es bueno mezclar, sienta mal.


viernes, 9 de junio de 2017

Que hasta dio el pego y todo


Escenas de otros tiempos, que parecían, pero que no, aunque casi dan el pego.

Después de toros, tercios de varas y ese sopor de tener que seguir la lidia con interés, ese querer escudriñar en el toro para ver si deja que asome el misterio de la casta, del toro con presencia, del toro, en definitiva, y antes de los de don Adolfo y lo de Miura, un pequeño descanso con la reconfortante modernidad de los Alcurrucén y el Cortijillo, Lozanos al fin y al cabo, con El Cid, Joselito Adame y Juan del Álamo como estrellas invitadas. Una tarde en la que se ha divertido hasta el que pone los capuchones a los bolis. Y es que con esto de Alcurrucén, repartiendo felicidad por el mundo, por todas las plazas de España, que no me dirán que no, que según el programa de mano, el año pasado lidiaron 113 toros, en 25 festejos. Vamos, que Nautalia estaba pensando regalar al triunfador de la feria un tour por todos los lugares dónde se anunciara este hierro y para abaratar ha optado por regalar una vuelta al mundo para dos personas.

A ver qué se creen ustedes, que Alcurrucén tiene hasta marca blanca, que le iban a poner Alipende, pero como ya estaba cogida, le pusieron El Cortijillo, que modestos, ni el Cortijazo, ni el Cortijo, el Cortijillo. Y con lo que llevaba dentro ese primero que le tocó a El Cid, no daba ni para comprarse una tienda de campaña con jardín, no daba para nada. Ya salió parado, buscando a la familia, porque a los de los capotes no los quería ni ver. El matador tampoco ayudaba, que le dio unos capotazos así con una desgana; sería por lo de la marca blanca. Le llevaron al caballo y al principio dudaba, sería que no le apetecía el puyazo trasero que le endiñaron, tampoco demasiado fuerte, pero aún así mostraba fijeza, pero con los pitones al cielo. Se fue suelto escapando hasta el que hacía la puerta, le apartaron, pero vuelta la mula al trigo, un picotazo y adiós muy buenas. Le cogió Adama para darle unos delantales, pero se quedó en mandilazos. Ya en la faena de muleta, le tomó el Cid por el derecho, punteaba mucho, mientras el espada citaba desde fuera, con el pico de la muleta y con mucha desconfianza. Con la zocata le daba dos muletazos desabridos y el toro se le iba; tampoco ayudaba mucho ese baile permanente del matador, que mantuvo hasta el final. El que hacía cuarto ya del hierro titular, fue recibido con más decisión, una serie de verónicas jaleadas por el personal, aunque sin que el sevillano dejara de echar el pasito atrás. Puyazo trasero, durmiéndose el toro en el peto y el de aúpa apoyado en el palo, sin castigo, en el que el caballo casi se derriba solo. Le puso de lejos en la segunda vara y el animal se arrancó bien, pero no se le picó, a lo que el de abajo respondió no empleándose. Tras dolerse un mundo en banderillas, se inició el trasteo en los medios, por el pitón derecho, abusando del pico y con el brazo agarrotado. Ya más relajado, en las siguientes tandas ya se empleó el Cid estirando el brazo a todo lo que daba, tirando mucho de pico, tronchado por la mitad, aunque por el pitón derecho hubo un momento en que hasta parecía que asomaba el temple. El toro seguía y seguía el engaño sin hacer un mal gesto y queriendo coger la muleta, perdón, el pico que le ofrecía su matador. Había expertos en la Tauromaquia 2.0, que hasta vaticinaban la oreja, pero esta saltó por los aires tras pinchar a espadas.

Concluía Joselito Adame su periplo isidril de este año y a decir verdad que en esta última tarde no apareció ese torero que al menos pone entusiasmo. Su primero, una raspa, parecía manifestar cierta flojera. Muy corretón, no fue apenas castigado en el caballo, más en el reserva, al que se fue escapando para la segunda vara. Siempre muy suelto por el ruedo. Lo que resulta bastante feo es ver como no han acabado de irse los caballos y los banderilleros ya están con los palos en la mano, de la misma forma que no se ha acabado de parear y los matadores ya tienen la muleta montada. Que no hay prisa. Se lo sacó Adame a una mano, para ver si se le olvidaban momentáneamente sus querencias. Le costó confiarse, para ya decidirse por trallazos con la muleta al bies, alargando el brazo y continuar presentando el pico como si fuera un escudo o un arma amenazadora, que no al toro, sí al buen gusto en el toreo. Mucho enganchón y el toro aún andaba suelto por allí. Concluyó con bastante mala maña con la espada, con pinchazos y dos bajonazos para no contar. Consintió que su segundo deambulara en demasía por el ruedo, que si lo apartaron del picador de la puerta de cuadrillas, que no le ponen en el de tanda, que le dio lo que debía y una más, salió suelto. A la siguiente tampoco se le puso en suerte, fue al relance y del topetazo derribó al penco, para acabar recibiendo un leve picotazo. Muy suelto en banderillas, dónde se montó una capea en la todos cogían toro, los quintos del 98, los del 88 y hasta los del batallón de gastadores Almería nº 5. Estatuarios de inició con la muleta, a veces telonazos, para proseguir por ambos pitones. Pico y enganchones por el pitón derecho, brazo estirado citando muy fuera, largando tela por el izquierdo, además de enganchones un bajonazo, según dicen haciendo guardia, varios pinchazos y otra caidísima.

Pero lo fuerte, fuerte estaba por venir y llegó de la mano de Juan del Álamo, menos arropado que otras veces por sus paisanos a los que cambió por una gran mayoría de la plaza. Tengo que decir que me ha parecido menos moderno que otras tardes y que hasta ha hecho cosas de mérito; eso sí, lo de las orejas por las orejas y las puertas grandes a cuestas, eso ya es ir muy lejos. Por un momento parecía que se empleaba con sus toros solventando las dificultades que presentaban y acto seguido, casi inmediatamente, te soltaba un ¡Viva el vino! En plena jeta. Su primero salió paradito, como enterándose, amagando, suelto y se fue solito al picador de la puerta, pero fue notar el palo y salir espantado. Para entonces, los sabios transeúntes de Madrid protestaban al toro por su mansedumbre, estos que dicen que a Madrid no hay quién la entienda, pero ellos tampoco lo ponen fácil. Ya en el de tanda le dieron a base de bien y el de Alcurrucén peleaba con los dos pitones, aunque sin humillar. Se fue, volvió y ahora sí, fue notar la puya y otro respingo. Tuvo que entrar una vez más, para recibir un picotazo trasero, rectificado, del que también salió espantado, a terrenos que olieran a chiqueros. En los primeros muletazos el animal se quería marchar, pero le sujetó bien Juan del Álamo en el engaño. Continuó por el pitón derecho, tirando del pico, desde fuera y dejándose enganchar la tela, muñecazos y la pierna de salida muy escondida. Sin templar, con la zurda no remataba los muletazos, y siempre con esa costumbre de atravesar la tela. El mansito no se cansaba de embestir y concluyó el trasteo cómo lo comenzó, con ayudados por abajo, que precedieron a una entera desprendida. Aguanto el presidente, que no concedió una oreja muy gritada y como el usía fue malo, malote, pues una segunda vuelta al ruedo. Bueno, a hacer piernas. El trofeo no sé si será exagerado, francamente, pero lo de la segunda habría sido poner en entredicho todo lo hecho, aunque ese segundo giro tampoco está mal. Eso sí, los de las protestas por manso, se rompían las manos al ver arrastrar al toro. El sexto era una raspa en toda regla y por si faltaba algo, un manso de libro que no quería nada con nadie, ni en ningún sitio que no fuera la querencia de los mansos. Se revolvía en seguida en los primeros capotazos. No, esta vez no hubo protestas por la mansedumbre,  pesar de que era bastante peor este caso que el otro, pero igual ya alguien le chivó a media plaza que la mansedumbre no es un defecto, es una condición, mala, pero no para devolver a nadie a los corrales. Se hacía complicado sujetar a la joyita esta, le abandonaron cerca del caballo y se fue, siempre entraba con el freno de mano echado y cuándo tocó palo, tocó escapar desaforadamente. Aquerenciado en tablas, decía que el caballo para el hipódromo. Fue complicado desentablerarlo. En el de puerta al notar el palo, otra vez de escapada; vuelve, derriba y a correr. Al final en el cuatro y en este caso que era recomendable taparle lña salida y aprovechar la ocasión, no se la tapan. Complicadísimo tercio de banderillas, especialmente si el Pirri no estaba en su sitio a la salida del par. A este señor le quitas de ponerse a frenar a las mulillas para forzar las orejas y de presionar al presidente y ya se pierde. Primer arreón en los medios y del Álamo le sujeta. El toro muy violento. Le desarma, para volver a las tablas, una tanda arrebatada, pero aguantando, sin que esos mismos arreones le permitieran meter el pico, había que taparse. Quizá este inicio fue lo más meritorio del salmantino, incluida esa primera faena de las orejas voceadas. A partir de ahí, ya algo más centrado, volvió su toreo habitual, el moderno del pico, fuera de cacho y esas, pero no obstante, había que estar allí. Muy embarullado por el pitón izquierdo, de nuevo el toro para adentro y en los muletazos para afuera se lo pensaba, pero para adentro, ni por un momento. Faena enredada, a la que daba valor las complicaciones del toro. Con este no se podían esperar pinturerías, pero sí verdad, que en un principio pareció vislumbrarse. Y cuándo solo le quedaba un último recurso para rubricar esta pelea, la estocada, volvió con otro ¡Viva el vino! En forma de bajonazo infame que avergonzaría a un matador de toros, que no a Juan del Álamo, al que solo parecen preocuparle los despojos. Bueno, es una forma de entender esto, igual que los que con ese espectáculo de la espada tan caída, no se pensaron lo de sacar el pañuelo. Una corrida a la manera moderna, pero dejó ráfagas de otras formas, otros usos y otro entender todo esto, pero ya digo, que hasta dio el pego y todo.


jueves, 8 de junio de 2017

Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería


Si sale el toro, todo se revoluciona

Lo que a priori era casi una tarde de relleno, una tarde de transición, lo que se vio reflejado en la escasa asistencia a la plaza, se acabó convirtiendo en un ejemplo de lo que puede ser la fiesta de los toros, de esta fiesta que vivimos en la actualidad. Sale el toro, con sus cosas, con sus maneras, cada uno con sus comportamientos y tres señores que se empeñan en aplicarles la misma receta que a todos, beber mucha agua y paracetamol y si lo que piden es distancia y mano firme, gárgaras de agua con sal y bicarbonato.

Se anunciaban con estos de Rehuelga, Fernando Robleño, Alberto Aguilar y Pérez Mota y quizá se anunciaran estos tres espadas, porque a otros no les veremos en la vida con este ganado. Pero cómo diría aquel, con estos bueyes hay que arar. El primero no era del hierro titular y salió para Robleño uno de San Martín, gesto que es de agradecer que al menos se respetara la procedencia del sustituido. Ya en los primeros capotazos ni amagaba con meter la cabeza. En la primera vara, aparte de picarle traserísimo, el animal echaba mucho la cara arriba, un defecto que ya traía de casa y que el pica no hizo por apaciguar, que otra cosa es que lo pudiera haber conseguido. Tanto le picaba el palo, que hasta parecía que el darle la vuelta al caballo era para alejarse de semejante instrumento del demonio. Robleño quiso comenzar por abajo y el toro se vino al suelo, luego muchas carreras para recuperar el sitio, pico, cites desde fuera y el animal sin meter la cabeza. Quizá el espada se puso demasiado pesado, pues con prendas como este, lo único que se podría llevar es que le levantara y la verdad, no merecía lo más mínimo la pena. Su segundo, ya de Rehuelga, salió muy parado y perdiendo las manos. Fue al caballo al paso, para empujar solo por el pitón derecho, mientras el de arriba se empleaba a gusto, tapándole la salida. Un segundo puyazo desde lejos, frenándose antes de llegar al peto, para a continuación seguir en la pelea y seguir recibiendo castigo. Presto en banderillas y haciendo hilo con los rehileteros. El toro iba bien por ambos pitones, exigiendo en cada embestida un torero que le mandara y dominara y que le hiciera saber quién marcaba el camino, pero ese no fue Robleño, que se perdió en trapazos y más trapazos, muy ratonero, mal colocado, estirando el brazo exageradamente y sin tener nunca en cuenta las condiciones del toro y lo que este demandaba, concluyendo su presencia con un infame bajonazo.

Alberto Aguilar supo en seguida cómo venía la tarde. A su primero no fue nada más que darle unos capotazos desmarañados y atropellados para tener que darse la vuelta y ceder terreno hacia las afueras. Sin cuidar la colocación en el caballo, se le picó muy trasero, mientras el toro empujaba contra el peto. Le levantaron el palo, pero él seguía encelado en la guata. Si ya perdió una vez las manos en el primer encuentro, en el segundo puyazo volvió a caerse al topar con el penco, para continuar echando la cara arriba, sobre todo por lado izquierdo. Tras un mal segundo tercio, Aguilar comenzó citando de lejos, aguantando, pero atravesando mucho la muleta y echándose fuera al toro. Muletazos con el pico de la muleta, sin mando y obligado a recuperar el sitio a cada momento; uno de pecho estimable, pero que sabía a poco. Se limitaba a estar ahí, por uno u otro pitón, pero sin poder, mientras que el toro se le comía, se iba haciendo el amo, hasta que las fuerzas le hicieron pararse, lo que aprovechó el espada para seguir con lo suyo y que al menos pasara el tiempo. Pero el verdadero calvario vendría en el quinto, un torazo, como casi toda la corrida, largo y grandón, que como en el anterior, le hizo darse la vuelta de inmediato. Lo pusieron de lejos al caballo y se arrancó bien, pronto, para recibir un puyazo trasero, tapándole la salida, sin que se empleara demasiado el animal. Una segunda vez, bien puesto, en que se volvió a arrancar con ganas, de nuevo para recibir un puyazo, tapándole la salida. Aquí ya pareció reaccionar el de Rehuelga y se empleó más a fondo. Y un tercer puyazo, lo cual hay que agradecérselo a Aguilar, de lejos, con alegría, para que solo se señalara el puyazo en buen sitio, no hacía falta más. Ya en banderillas empezó a confirmar que pedía distancia y así pareció entenderlo el espada, que en la primera tanda así le citó por el derecho, solo acompañando el viaje. En un derrote seco le llegó al muslo a Alberto Aguilar, que más tarde hubo de pasar a  la enfermería. Pudo proseguir la faena, pero esa de las distancias ya era agua pasada, era lo que pedía el toro, pero no lo que el matador estaba dispuesto a darle. Ya muy encima, ahí el de Rehuelga iba peor, y le soltaron la retahíla habitual de trapazos y más trapazos, dejándose ir a un buen toro, al que despachó de un bajonazo. Se le dio la vuelta al ruedo, aunque si se le hubiera dejado ver en la muleta, es posible que la cosa hubiera sido mucho más rotunda, pero a veces las cosas vienen como vienen y el mérito no es darle la lidia que pedía el toro, sino estar ahí. Pues bien, ahí estuvo.

Desde el inicio parecía que el tercero tomaba el capote de Pérez Mota, fue bien de lejos al caballo, desde bastante lejos y con alegría, para recibir un puyazo trasero, tapándole: en la segunda vara lo dejaron más cerca, pero también se arrancó de buena forma, aunque peor que en el primer envite. No se le dio demasiado, mientras el cabeceo hacía sonar el estribo. Quizá habría estado bien un tercer puyazo, pero no lo consideró oportuno el matador. Ya con la muleta el toro entraba despacito y Pérez Mota se limitaba a acompañar el viaje, pasándoselo a una distancia más que prudencial. Cambió al pitón izquierdo, para comprobar como tomaba bien la muleta si se le corría bien la mano. Incluso ya avanzada la faena, el toro iba bien de lejos, pero el torero traía ya una idea de faena y parecía que no estaba dispuesto a cambiarla. Le salió otro torazo en último lugar, que en el caballo, aún yendo de lejos, cabeceó en el peto y no humilló y en la segunda vara, también desde lejos, solo se le señaló el puyazo. Si ya anteriormente se habría esperado un tercer puyazo, en este caso con más razón, a ver si así se aclaraban las posibles dudas. Hubo quién vio a este que cerraba plaza como un mejor toro que el anterior, que tuvo un mejor comportamiento en el caballo, a lo que quizá ayudó el que tomaba mejor la muleta, por momentos parecía que se toreaba solo, llegando a dar la sensación de que se comía a Pérez Mota, que desplegó un toreo al uso con pases y más pases, sin colocarse en su sitio, sin mando y dejando que el toro se le fuera yendo sin torear. Que en esta ocasión han sido estos tres toreros, pero es que es posible que con otros nombres el resultado hubiera sido muy similar, porque eso del dar pases y no torear es algo tan extendido. Pero ya ven sale el toro y parece como si se pusiera a tararear aquella cancioncilla de los sesenta: si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería.