lunes, 7 de octubre de 2019

Culminó la limpia de corrales, que pasen los siguientes





Algunos aún recordamos una feria de Otoño en la que Madrid enloqueció de toreo

Resulta curioso que en seis festejos seguidos en la plaza de Madrid, los que han conformado la Feria de Otoño, no haya salido ni una sola corrida medianamente pareja. Se podía imaginar que esto sería complicado en la encerrona de Ferrera, para la cual se anunciaron nueve hierros, pero lo que es menos asumible aún es que en el resto de días aquello pareciera una feria de ganado. Y la culminación ha sido la de Adolfo Martín. Todavía hay quién tiene depositadas sus esperanzas ganaderas en lo de Adolfo, pero hay que reconocer que cada día que lidia en Madrid la cosa está más difícil. Mal presentados, un cornalón, unas sardinas escurridas, uno más grandote, o más escuchimizado, uno manso, otro más manso, otro peor todavía, alguno que otro escasito de fuerzas y que bien podía haber sido devuelto a los corrales, pero ninguno para decir que al final hacía su aparición el toro. Ya digo, cada día lo pone más difícil este ganadero para querer serle fiel y no fugarse a vivir un amor apasionado con cualquier cosa que no sea Albaserrada. Lo que ha cambiado el cuento.

También se esperaba que Curro Díaz desplegara todo su arte hasta hacer que nos frotáramos los ojos, pero… No fue el día. No aguantó con demasiado desahogo al primer cornalón que le apretaba en el capote, para al final marchársele suelto. Fue al caballo el de Adolfo al pasito, sin entusiasmo, Dos puyazos en uno en la primera entrada y una más, para no recibir castigo. Comenzó Curro Díaz con la diestra, atravesando la muleta y contemplando las caídas del animal, que o tiraba un arreón o se le paraba. Medios muletazos, con el toro quedándose a medio viaje, sin ofrecer una arrancada franca. El cuarto, anovilladito, se le revolvía en los primeros capotazos. Incluso medio que medio, peleaba en el peto, pero sin humillar. Inició el trasteo con la diestra, sacándoselo de las tablas, con un natural muy jaleado. Derechazos echándoselo para fuera, con el animal apretando y echándose encima. Naturales de uno en uno, entre enganchones, con la pierna de salida escondida, aunque no se le puede discutir el porte torero, pero sin llegar a ejecutar el toreo. Sin quedarse quieto, permitiendo que se la tocara casi siempre, aunque esto no parecía importar a los que jaleaban el muletazo antes de que este concluyera. Muletazos sin quietud, pegando rápidamente un respingo, sin conseguir dejar uno limpio entre tantos intentos.

A López Chaves le salió una sardina escurrida de carnes y escasito de fuerzas. Apretaba para las tablas y a las primeras de cambio ya rodaba por el ruedo. No aguantando a tenerse en pie y mucho menos en el primer tercio, en el que apenas le tocaron con el palo. El Adolfo se tropezaba solo en banderillas, pero por algún motivo desconocido, era mantenido en la arena. López Chaves pretendía que aquello se moviera, pero el animalito no podía con su alma. Por el izquierdo, por el derecho, a paso de burra vieja, sin apenas poder aguantarse en pie, lo que no impedía que el espada insistiera en darle derechazos y naturales con el pico por delante. El quinto ya de salida dijo mucho y poco bueno, pero bueno, los toros son cambiantes, ¿no? Pues sí, pero no este quinto de Adolfo Martín. Tres veces se metió de vuelta a toriles y tres más se asomo con desconfianza. Allí no podía quedarse, eso estaba claro, pero a ver quién era el guapo que se metía en esos terrenos y tiraba de él. Y allá que se fue el salmantino, le echó el capote a la cara y de pitón a pitón llevándolo muy metido en la tela, lo sacó hasta los medios, aguantando el que por momentos no obedeciera y se cruzara antes de tiempo. Aprovecharon para darle tapándole la salida, no fuera a ser que no hubiera otra oportunidad de tenerlo debajo del peto. Solo se dejaba, pero cuándo le tapaban la salida, entonces apretaba para afuera, como si precisamente buscara esa vía de escape. López Chaves se lo sacó más a campo abierto, pero la cosa no mejoraba, solo pegaba arreones, se frenaba y las arrancadas eran destempladas, para pararse de golpe a mitad de camino. Por el izquierdo iba con la cara alta, igualito que un burro en la noria. Era un toro que no tenía nada, o sí, quizá un macheteo eficaz, que hasta puede que hubiera sido mejor valorado, pero el torero se empeñaba en lo de los derechazos y naturales y aquel Adolfo no tenía nada de eso, bueno, ni de eso, ni de nada. Acabó con él de un infame bajonazo, pero no seré yo quién en este caso vaya a hacer sangre de ello.

Manuel Escribano reaparecía en Madrid después de aquella escalofriante cornada de mayo. Se fue a portagayola a darle la bienvenida a su primero. Y asomó parado, enterándose y el matador allí, aguantando el tipo. Acudió a la llamada y antes de llegar a jurisdicción se frenó, para acto seguido arrollar al espada. El animal no pasaba en los capotes. Más castigado en el segundo que en el primer puyazo. Puso banderillas Escribano, con el lamentable resultado de tres pasadas clavando a toro pasado y dos palos. Pretendía que el presidente cambiara el tercio, pero hombre, queda feo que en Madrid se saque el pañuelo blanco sin esos cuatro palos reglamentarios. Que a don Emilio Muñoz no le parece bien, pero es que como sigamos pretendiendo que se haga todo lo que dicen los coletudos, al final no vamos a saber a qué vamos. Que ya puestos a pedir, que pidan merienda para todos los presentes y que el señor presidente saque, más que el pañuelo, el mantel. En la faena de muleta, poca quietud, pico, medios pases, agravado todo por el toro que se quedaba a medio muletazo. Persistía el sevillano sin ofrecer nada y sin que probablemente tuviera nada que sacar de aquel animal. Solo pareció convencerle un achuchón por el pitón izquierdo. Volvió a irse a la puerta de toriles en el sexto, no teniendo en cuenta las salidas de los anteriores de don Adolfo Martín. Y este, ¡cómo no! También salió parado. El más parecido a un chivo de todos y además, mal hecho. Se le picó trasero, novedad, y hasta casi detrás de una oreja, y si tenía que empujar lo hacía en dirección a los medios. De nuevo mitin en banderillas, muy a toro pasado, para acabar arrancando algunas palmas al violín y por los adentros, después de tardar demasiado en que le pusieran al toro en suerte y en conseguir que se le arrancara. Intentó citar desde los medios, pero no había forma, tuvo que desistir e irse a lo único que el Adolfo admitía, las tablas. Apretaba para los adentros, se lo sacó de allí, para proseguir con el brazo muy extendido y metiendo el pico de la muleta. Trapazos en línea, largando tela. Allí no había nada que hacer y cualquier cosa que no fuera tomar la espada, era ponerse pesado. Y de una manera tan poco atractiva culminó la limpia de corrales, que pasen los siguientes.

Enlace programa Tendido de Sol del 6 de octubre de 2019:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-6-octubre-de-audios-mp3_rf_42718599_1.html

domingo, 6 de octubre de 2019

Exagerada desmesura


Creatividad, sí, pero toreo, también.

Y llegó la encerrona de Antonio Ferrera en Madrid. Ya desde el mismo momento del anuncio del cartel se pudo apreciar que la cosa iba a transitar por todo lo alto; para seis toros se anunciaron nueve hierros, nueve, de las más afamadas vacadas consagradas en esto de la Tauromaquia 2.0, incluyendo la reciente incorporación a esta élite de Adolfo Martín. Al final solo han comparecido cinco de esos nueve hierros, aunque algunos todavía manteníamos la esperanza de que arrastrado el sexto, empezarían a saltar al ruedo ejemplares de los que no habían sido incluidos en tan selecto grupo. Que como malpensados los hay siempre, había quién decía que era para que no hubiera posibles devoluciones de dinero si se devolvían tres toros de cualquiera de las ganaderías escogidas. Igual que las malas lenguas decían que hubo reparto de entradas en algunos ayuntamientos de la Comunidad de Madrid, y que el que quisiera ir a los toros solo tenía que pasar por el consistorio, pedir su boleta y hala, pa’Madrid. Y ya si hablamos de exageración y desmesura, pocos encajan mejor que Antonio Ferrera.

La verdad es que no se le puede discutir la disposición, eso sí, a su manera y con sus formas, exagerando todo demasiado, posturas, formas de citar, de moverse por el ruedo y de querer dejar claro que conoce mil suertes, que la creatividad le emana como si fueran las fuentes del Nilo, a borbotones y desmesuradamente, y hasta los secretos más recónditos de la lidia. Lo que no quedó muy claro es si realmente sabe en qué momento hay que aplicar cada remedio durante esa lidia. A su primero lo recogió por abajo, pero el animalito, de Alcurrucén, se le marchaba suelto a toriles. Lo condujo al caballo forzando demasiado las poses y aunque evidenciaba signos de mansedumbre, sin probarlo antes a contraquerencia, decidió que le cambiaba la lidia primero a terrenos del seis y después al cinco. Que está muy bien hacer eso con los mansos, pero, ¡hombre! Veámoslo primero. El de los Lozano hacía sonar el estribo sin control; abanto, en lugar de intentar sujetarlo, todo lo que se le hacía favorecía ese querer marcharse de los engaños. Esperaba en banderillas y cuándo se arrancaba era con peligroso arreón. Le tomó Ferrera en la muleta con la figura erguida, tirando de pico y prudentemente despegado. Lo probó con la zurda y tras un desarme decidió acortar distancias, con la misma receta, pico y lejanías.

El segundo que asomó fue el de Parladé, al que recogió con capotazos demasiado movidos, sin torear. El animal fue al caballo al relance, dónde mostró fijeza, pero nada más, solo le aguantaron el palo mientras le tapaban la salida. Lo sacó el matador con un recorte debajo del peto, pero en estás que la salida del capotazo era estamparse contra el peto. Volvió a dejarlo con un vistoso recorte, que es en lo que más se ha prodigado durante toda la tarde y de lo que más se le ha jaleado, que ya se sabe, dónde esté un buen recorte, que se quiten las verónicas y las medias llevando al toro. Quitó de una forma vistosa con una larga, chicuelinas y una media despaciosa. Le empezó a muletear con ayudados por abajo, para seguir con la zurda por ambos pitones, pero sin realmente llevar toreado al de Parladé. Derechito, con la derecha. Permitiendo que le tropezara demasiado la tela, muy perfilero, incluso exagerando tal circunstancia, echándoselo para afuera. Cites de frente con la izquierda, trallazo y a recolocarse a cada latigazo. Fuera palos y tiró la espada de mentira, eso que eufemísticamente ahora llaman la ayuda. Con la derecha, la izquierda, pico con las dos, muletazos de uno en uno, forzando los ademanes, como en toda la corrida, sin llegar a dar ni medios pases, el de pecho y el delirio. Dos pinchazos y una entera trasera enfriaron de golpe los ánimos y los golpes de verduguillo ya lo congelaron directamente.

Hacía tercero el de Adolfo Martín, justísimo de todo y que ojalá no sea anuncio de nada. Buscaba la salida por chiqueros al poquito de asomar en el ruedo. Capotazos de recibo y sí es verdad que el animal podía apretar algo, pero no como para tener que darse la vuelta y perder terreno hacia los medios. Sí que es verdad que ahí el extremeño lo metió eficazmente en los vuelos del capote, pero quizá habría tenido más sentido aguantar y ganarle terreno en la misma dirección. Ya en el peto, no paraba de derrotar el de don Adolfo, lo mismo que su lidiador, Ferrera, que tampoco se paraba. Otro vistoso quite al aire y la sorpresa de la tarde, como si fuera un programa de la tele, apareció un señor con una garrocha, Raúl Rodríguez. Pero no sé si el cárdeno estaba para esas fiestas, precisamente el cárdeno. Un primer intento y nada. Los había que pensaban que perdía la medalla de oro en Doha, pero no tenía nada que ver. La cosa se podía demorar y allá que fue el garrochista, aunque en lugar de salir por la penca del rabo lo hizo casi por las orejas. Como me decía irónicamente un veterano aficionado, era el salto de la tranca, a trancas y barrancas. A continuación vino un par de Fernando Sánchez, de lo mejor de la tarde, aguantando la incertidumbre en la embestida y ese esperar para arrancarse, concluyendo con un par en la cara. En el último tercio comenzó Ferrera muy fuera, le apretó y le rompió el palillo, parecía no poder conducir las embestidas del Adolfo, con demasiadas carreras entre muletazos, hasta que este ya se paró definitivamente.

Cuarto, primero de Victoriano del Río, recibido a pies juntos y el animal que se va suelto. A su aire, hasta llegando al caballo, al que cogió de mala manera por detrás, hasta echarlo a tierra. Apenas se le castigó en la segunda vara, mientras peleaba solo con el pitón izquierdo. Quite enganchado con el capote a la espalda de Ferrera. Escarbaba continuamente el de don Victoriano. Comenzó el espada el trasteo citando en los medios, con pico exagerado, muy fuera y echándoselo para afuera. El toro iba y venía, mientras solo recibía trapazos y más trapazos. Un desarme y como solución no se plantea otra cosa que volver a tirar la espada de mentira. Latigazos con la tela y mucha carrera para recuperar el sitio. Muchos recursos pretendidamente efectistas y plenos de vulgaridad. Tirones, muleta atravesada y sin mandar jamás en las embestidas, sin rematar ningún muletazo, como en toda la tarde, acabando en los terrenos de toriles, dónde decidió el toro. Muy jaleado, viendo que podía haber atisbos de la primera oreja, citó a recibir desde lejos, cobrando una casi entera caída y pescuecera, cinco golpes de verduguillo y a otra cosa.

La cosa avanzaba y aún no habíamos cortado ni la respiración. Salió el de Domingo Hernández, al que tapaba una arboladura exagerada y desproporcionada con el resto del toro. No era capaz ferrera de quedarse quieto, exagerando demasiado el codilleo, como toda la tarde, aparte de todo. Suelto por el ruedo, casi llega al que hacía la puerta. Sin castigo, sin fuerzas para pelear. Le quitó por orticinas, con la vistosidad que provoca este intento de variedad, que es muy de agradecer, por supuesto. Se lo sacó desde el estribo hasta más allá de la raya de fuera, para proseguir con la derecha sin torear y sin molestar al de don Domingo. Siempre fuera, acompañando el viaje, quedándose descolocado a cada muletazo, lo mismo por el derecho, que por el izquierdo, con la pierna de salida muy retrasada, pero el personal estaba empeñado en que aquello tenía que remontar y se pusieron a ello. Trallazos destemplazos y exageradamente perfileros. Se le echa encima, su incapacidad aflora y en lugar de enfriar los ánimos, los enardece aún más. Intento nuevamente de matar recibiendo y entera muy trasera que les permitía pedir una oreja por mayoría, que al final se nos iba a pasar al arroz sin un despojo que echarnos a la cara.

Salió el sexto de la tarde, el otro de Victoriano del Río, el que podía abrir la puerta grande y hacer que aquello pareciera algo más de lo que era en realidad. Ferrera no estaba dispuesto a irse a pie y puso en práctica toda suerte de recursos de los que echar mano para despabilar al personal. El primero era irse a portagayola, que eso gusta mucho por ahí. El toro salió sin atender demasiado al capote volador. Quedaron toro y torero en terrenos de toriles, donde el matador le pegó una larga al paso. Verónicas sin quedarse quito un momento. Entre el desorden reinante en el ruedo, un primer picotazo, sacándole del peto el extremeño con un afarolado de rodillas, muy histriónico, quite por chicuelinas, forzadísimas, como en toda la corrida, se podían decir muchas cosas, pero nunca que allí hubiera naturalidad, incluso en momentos en los que parecía querer dar esa sensación. El Victoriano acudía a todo lo que se le ponía delante, tomaba los engaños con nobleza. Muchos capotazos en el segundo tercio y en un momento de apuro del que bregaba, se permitió Ferrera adornarse en un quite con una toalla. No les quiero ni decir lo que provocó en los ánimos de los presentes. Terminado ese segundo tercio, porque sí, pidió los palos y puso un par al quiebro, por los adentros, con más riesgo que precisión. Todo esto ya se había convertido en una oda a la vulgaridad, un homenaje a la chabacanería de plaza de tercera y lo que es peor, secundado por gran parte de los asistentes. Cite de rodillas para iniciar el muleteo, trapazos desacompasados, ya en pie, derechazos con el pico, encorvado, rematados por un trincherazo con media muleta. Más recortes, amagos de detalles, con la izquierda más pico, cite casi de culo, acompañando y media, con dos descabellos, el último sin levantar el estoque del cerviguillo, que les valía para poder pedir de nuevo la oreja. Una tarde con mucho oropel y escasa de toreo, negado con la espada, con el único propósito de que cayeran los animales. Una encerrona con el sello Ferrera, una tarde de exagerada desmesura.

sábado, 5 de octubre de 2019

Perdonen que no me emocione


De aquellos días de Manuel Jesús, El Cid

Hace unos meses, cuando andábamos enredados con eso que ocurre cada mayo en Madrid, lo del San Isidro, se despedía de la que fue su plaza El Cid, un matador de toros al que esa afición eligió como su torero. Fue una despedida plena de emociones, de recuerdos y con la espontaneidad, naturalidad y la entrega de las Ventas con los suyos, se le homenajeó por todo lo que llegó a ser, que fue mucho. Es lo que tiene este Madrid, que es agradecido y tiene mucha memoria, no tanto para lo malo, pero sí para todo lo bueno. El Cid era el de aquella mano izquierda prodigiosa y aquella espada de cartón, pero hasta esto se le perdonaba. Se recordaron sus triunfos y los no triunfos, los ganados natural a natural y los perdidos pinchazo a pinchazo. Aquella tarde algunos vertieron toda la emoción que llevaban dentro, y que era mucha. Adiós a uno de los nuestros, a quién lo hizo. Hasta siempre torero. Pero las cosas a veces no quedan cómo creíamos que iban a quedar y aparece alguien que decide modelar la historia a su parecer y… Le vuelven a anunciar en Madrid, se vuelve a montar otra despedida y se prepara la conmemoración a conciencia, vamos a construir algo histórico. Pero perdonen que algunos no hayamos ya podido emocionarnos, se nos gastaron las lágrimas que costó retener en su día. Y sin emoción, pues la cosa parece otra cosa y a veces uno no se lo cree cómo se lo creyó en su día. Eso sí, no creo que el matador, El Cid, se pueda quejar de la segunda edición de su despedida en esta feria de Otoño. Cómo diría un castizo, se lo han currado. No voy a discutir nada de lo ocurrido, faltaría más, si acaso, felicitar a los artífices de todo esto, pero la pena es que algunos ya no nos hemos emocionado.

Quizá la cosa podría haber sido de otra manera si el ganado hubiera ayudado y si la definitiva despedida hubiera alcanzado la épica de la de Bombita, Marcial o Esplá. Adiós y triunfo en una misma tarde, ¿qué más se podía pedir? Lo de Fuente Ymbro ha salido cómo ha salido en su sexta presencia en Madrid en este año 2019. Que visto lo visto, no imagino las veces que se podrá despedir este ganadero de Madrid si llega el día para ello. Mala corrida, mansa, presentada con cada uno de su madre y de su padre, a la que apenas se le ha podido ver en el caballo, que como mejor respuesta se han limitado a dejarse sin más, mal picados, malos comportamientos a los que han colaborado las cuadrillas, dando unas lidias nefasta, sin fijarlos en los capotes, sin ponerlos en suerte, mucho mantazo para ponerlo ahora aquí y luego allí y aparte de esa querencia para escapar a toriles, tampoco se les ha ayudado para evitarlo. Malos, sí; infumables, también; pero si además se les hacen las cosas así, pues echemos cuentas. Y no tenemos que echar mucho la vista atrás para ver que esto es algo que se repite con demasiada frecuencia.

El Cid quería, desde es el primer momento, pero desde hace ya demasiado tiempo con este torero, donde no hay harina, todo es mohína. Comenzó toreando de capote con despaciosidad, cierta solemnidad, pero sin firmeza, rectificando el sitio. Primeros muletazos dejando que se la tocara, con la zurda, obligado a recolocarse a cada pase, retrasando demasiado la pierna de salida, ni mando, ni quietud. Abusando claramente del pico de la muleta, estirando exageradamente el brazo para pasárselo de lejos, sin agobios y una estocada con habilidad, que ya la habría querido para si más de media docena de tardes en esta misma plaza. A su segundo apenas le enseñaba el capote y el de Fuente Ymbro tomaba con decisión el camino de chiqueros. Los malos capotazos de la brega hicieron que el animal clavara los pitones en la arena, sin llevarlo al caballo, todo de mala manera. Ya en la muleta, en el último trasteo de El Cid en Madrid, por el momento, inició con mucho pico, despegadísimo y hasta con cierto retorcimiento. Muletazos de uno en uno, pico, mientras su oponente no paraba de escarbar, estirando en exceso el brazo para alejar al toro. El Cid quería, el público quería tanto como él, pero esta vez tampoco era el día. Demasiadas precauciones, el pico siempre activo, medios muletazos y una faena demasiado larga sin necesidad. Bajonazo y vuelta al ruedo que uno entiende que nada tenía que ver con lo hecho con los Fuente Ymbro  y sí con lo que en su día nos dejó El Cid. Siempre se remueve algo cuando se va un torero, ya llegarán los momentos de ponerse a echar cuentas. Un torero que fue grande y que hace ya muchos años, quizá demasiados, no paseó por los ruedos de la mejor manera posible, unas horas bajas que él mismo decidió prolongar. ¿El por qué? Él lo sabrá, por supuesto.

Emilio de Justo volvía a Madrid con la intención, como poco, de mantener el cartel y la consideración que le tiene parte del público de la capital. No se puede decir que haya tenido su mejor curso en las Ventas, pero al menos volvió a dejar el sello de su espada. Su primer Fuente Ymbro se desmoronó antes de llegar al burladero de matadores y fue sustituido por uno de Manuel Blázquez, que ya salía renqueando de salida, al que se recibió con unos mantazos de compromiso. Se le permitió ir a su aire, sin ponerlo en el caballo y que se marchaba a chiqueros sin disimulo. Muletazos sin sustancia, hasta llegar el primero de pecho, jaleado como si fuera la firma de una gran serie, pero no. Mucho, demasiado pico, echándose al mansito para afuera, con tanta separación que el animal intentó colarse por el hueco entre el bulto y el engaño. Muletazos desangelados con la zurda, aburrido, teniendo que recuperar el sitio constantemente. Intento citando de frente, que no pasaron de trapazos sin más. El grandullón que hizo quinto no dudó en buscar la querencia de toriles casi nada más asomar en la arena. Capotazos sin fundamento que no evitaron una nueva huida a sus terrenos, de dónde el espada lo sacó metiéndolo en el engaño con eficacia. Lo puso a media distancia en la primera vara y entre que uno no quería y los de luces se divertían en su particular baile de debutantes, acabó marchándose. Desastrosa lidia con exceso de capotazos que solo servían para complicar más las cosas. Comenzó de Justo con muletazos acelerados, hasta arrebatado. Cites con el pico, echándoselo para afuera, empezando a ponerse encimista, metiendo el pico en los intentos de naturales, enganchones, para acabar con un repertorio más dirigido al público entusiasta y partidario, para cerrar con una estocada demasiado caída.

Ginés Marín no parecía venir demasiado decidido, si acaso, a ver qué pasaba, con eso que dicen ahora, a ver si me sale uno que embista y punto. Que esto ya parece una lotería, si me sale el tema que me he estudiado vale y si no, pues otra vez será. Apático con el capote, no es que el toro se le escapara buscando la salida en toriles, es que no hacía por sujetarlo, igual que no hacía por dejarlo en suerte en el caballo. Parecía que como a casi todos, solo le importaba la muleta, pero igual tampoco le importaba. Primeros muletazos y se le vino al suelo y a partir de ahí más allá del tercio, solo fue capaz de aplicarle el toreo de todos, lejano, con el pico llegando a tocarle la testuz, enganchones, pasando el rato, pero eso sí, poniendo posturas flamencas, como si allí estuviera sucediendo algo, pero no era el caso. Al sexto le acabó recibiendo con chicuelinas, lo que dice mucho de su idea de la lidia y del efecto que en teoría se pretende con los capotazos de recibo. Se despreocupó de conducir la lidia, para eso estaban sus peones, que él es el maestro, allá cada uno. Al igual que su compañero Emilio de Justo, le brindó el toro a El Cid. Comenzó con trallazos, dándole distancia, echándoselo hacia afuera. Otro trallazo y el de Fuente Ymbro se le cao. Tardó poco en acortar distancias, para proseguir pegando latigazos y repitiendo todos los defectos ya reseñados, hasta ponerse demasiado pesado, alargando el trasteo sin lógica alguna. Dobló el último de la tarde y fue entonces cuándo se retomaron las muestras de afecto y homenaje a El Cid. Sinceras muestras de cariño, quizá el mismo que otros manifestaron en primavera cuando se suponía que el torero se despedía de Madrid y tanta fue la emoción de aquel día, que algunos nos vaciamos y hoy nos limitábamos a ser espectadores de algo muy bien preparado, pero… perdonen que no me emocione.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Finde de locurón en Madrid


A veces lo más meritorio no es lo más celebrado

Que digo yo que ahora que todavía acompaña el tiempo y los niños no tienen muchos deberes, que por qué no nos vamos a pasar el finde a Madrid, así de tirar la casa por la ventana. El viernes de tranqui, el sábado a comer un bocata de calamares a la plaza de Sol, que no sé dónde verán la puerta, y el domingo a los toros, al mano a mano cumbre con toros de muchas ganaderías, que en la variedad está el gusto. Así que me cogí a mi churri, a los niños, cargué el monovolumen y hala, pa Madrid. Y esto mismo lo pensaron tantos como casi los que caben en la plaza de Madrid, un montón. Y allí que llenaron la plaza de gentío y de ganas de ver orejas y salidas a cuestas hasta del de las cervezas. Una peña con polos rosas y una barra de pan de metro y medio, que la merienda no se perdona. Todas las amistades juntas y que aquí me las den todas, que para una vez que vamos a los toros y a una corrida de postín, hay que ir preparados.

Y nos preparamos para el mano a mano con toros de Juan Pedro, que no de Parladé, de Núñez del Cuvillo y de Victoriano del Río, que no de Toros de Cortés. Que te crean falsas ilusiones anunciando cinco hierros, de tres propietarios, y al final te echan de tres hierros, de los tres mismos propietarios. Que es como decir que saldrán unos toros, a decidir, pero que por si acaso falla alguno, aunque sean tres, el respetable no podrá pedir devolución del precio de las entradas. Si es que el señor Casas, don Simón, se las sabe todas y más si es para recaudar pasta y no soltarla. Los diestros, Miguel Ángel Perera, aquel de aquella puerta grande vergonzosa, y Paco Ureña, favorito de Madrid y de toda la región de Murcia.

Resulta complicado hablar de los toros siendo de tres vacadas diferentes, pero haremos el esfuerzo. Lo de picarles era una utopía, no se les picó, contando con la colaboración inestimable del público que no solo lo permitía, sino que aplaudía el que el puyazo apenas se señalara, el que se levantara el palo, en definitiva el que no se picara a ninguno, solo al sexto, un sobrero que era un marrajo de José Vázquez, al que al menos se le picó en la segunda vara. Toros que se quedaban en el peto, como el que se queda en una terraza de la calle de Alcalá, para hacer tiempo hasta la muleta. Ellos se dejaban y el de arriba si acaso, solo si acaso, apoyaba el palo levemente en el lomo, como si fuera a aplastar un flan. Luego en la muleta ibán y venían, sobretodo si los de luces no les obligaban lo más mínimo. En lo del corre que te pillo lo bordaban. Si bien es verdad que alguno se dolió como un perro en banderillas, pero no pasaba nada, como se arrancaba de lejos en la muleta ya le valía al personal para querer darle honores de bravo.

Miguel Ángel Perera compartía cartel en este mano a mano del que muchos aficionados de Madrid opinaban que bien, pero que les sobraba Perera. Pues empezamos bien. El extremeño empezó desarrollando ese toreo suyo tan predecible. Sin cuidar la lidia, ¿pa qué? No picando a su primero, no fuera a ser que se le desmorrara contra el suelo. Que luego decía que era porque a él le gusta dejarlos muy cruditos. Ya, en su punto, ¿no? Y con muchas patatas. Faena iniciada por el pitón derecho, abusando descaradamente del pico, sin cargar la suerte, cambio de mano y lo mismo, con enganchones incluidos, trapazos en línea recta, sin rematar jamás, para acabar a la velocidad mortecina del Juan Pedro, que no quiere decir que templando.

Su segundo le desarmó ya con el capote. Se picó en quites con Ureña, ante un animalito que malamente aguantaba aquel trajín. Y fue José Chacón quién más le cuidó con capotazos justos y con suavidad. Telonazos de inicio, muy solemnes, enganchados y ya con la diestra, pues a darle al pico, echándoselo para afuera. Medios pases siendo benévolo, que a veces, ni a eso llegaban. Pero él se propuso pasar el rato y alargó la faena innecesariamente, la faena y el trasteo. Y le salió el quinto, uno de Núñez del Cuvillo al que parecía que había que llevar en parihuelas. No se le picó, se le dejó a su aire, si va al caballo solo, como si va acompañado. Se dolía de los palos como un perro, pero en esto que Perera decidió, oportunamente, darle distancia, cada vez más y allí que se arrancaba el animalito hasta con prontitud, para ir y venir en muletazos que nunca le sometieron, ni tan siquiera le molestaron. La misma de siempre, pero eso de ver las arrancadas de lejos y para dar en los morros a los que protestaron al toro, el cotarro se animó y venga a venirse el personal p’arriba. Vaya cierre del finde, un locurón. Uno tirando líneas y los otros tirando vivas al viento. Siempre ventajista, con la zurda aún tenía que recuperar el sitio, escondiendo la pierna de salida y con la tela atravesada. Bernadinas fin de fiesta y un pinchazo que no desanimó a los entusiastas. Si sería así, que ni tan siquiera un metisaca barriobajero en la paletilla les sosegó. Tal sería la cuchillada, que ni pudo volver a entrar a matar para que aquello no fuera tan deslucido. Vuelta al ruedo y el sol jaleando la hazaña de un fulano bebiendo en bota sin respirar. Plaza de Madrid, sí señor.

Paco Ureña comenzó fuerte. Su primero no quería nada con las telas, ni con sus portadores. Le dejaron a su aire, que él decidiera. Había que esperar a la muleta, que para eso se viene a Madrid, para ver la muleta. Ayudados por alto para comenzar la faena, con dos muletazos por abajo por ambos pitones y se toree o no, eso gusta al público. Pases acompañando, para a continuación ponerse derecho, acompañando, que no toreando. Con la zurda ya aparecían los retorcimientos. Cites de frente abusando del pico, medios pases, para acabar despatarrándose con muletazos por ambos pitones. Entera contraria y una orejita, por aquello de luego poder contar que le pidieron la oreja a Ureña.

Al cuarto, el jabonero, le recibió con mantazos siempre jaleados, sin hacer por ponerlo en el caballo, algo no infrecuente en este matador. Se lo sacó al tercio sin templar jamás y ya con la diestra, a cada muletazo seguía una carrerita. No se hacía con él y el animalito no se toreaba solo, pedía al menos un poquito de mando. De uno en uno y siempre recolocándose e insistiendo. El sexto fue devuelto ya con las banderillas puestas, pero es que el animalito no se tenía en pie. Y salió uno de José Vázquez, parado y escarbando, echando las manos por delante. Mantazos más bien de compromiso, dejando que el toro le tocara demasiado el engaño. Se fue suelto del caballo para recorrer mundo y fue en la segunda entrada cuándo aprovechó el picador para darle con el palo. Buscaba la puerta de toriles, hacía hilo con los banderilleros y se dolía de los palos. Lo recogió bien Ureña con unos redondos por abajo, pero ya de pie se le venía rebrincado, echando los pitones al cielo. Lo que había que tragar; un derrote tras otro y a esperar el siguiente, buscando las tablas desesperadamente. Intentaba el diestro sacarlo de su querencia, pero una y otra vez era imposible. Se fue adónde pedía y aguanto que le pasara el pitón por la barriga, queriendo sacar lo que aquel no tenía. Alargó demasiado, se puso un tanto histriónico, quizá queriendo arrancar la oreja, pero no tenía sentido. Unos valoraron aquello como lo más meritorio de la tarde, otros puede que se desilusionaran porque no había más orejas, pero ya daba igual, que la habían gozado de lo lindo con el descaro de un señor que exige, no pide, exige respeto  para él, cuándo él mismo no lo tiene ni para el aficionado, ni para la plaza, ni para el toro. Pero unos protestones no iban a amargarnos un finde de locurón en Madrid.

Enlace programa Tendido de Sol del 29 de septiembre de 2019:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-29-septiembre-de-audios-mp3_rf_42263892_1.html

domingo, 29 de septiembre de 2019

Se conformaban con el 0-0


Quizá caminemos hacia gsutos más primitivos, despreciando todo lo avanzado en el toreo y olvidando que este es la parte más sofisticada y complicada de la tauromaquia.

Tarde de toros/ fútbol, a ver si Daniel Luque marcaba de una vez por todas, si Costa se sentía torero y si a los del Puerto les funcionaba el contragolpe, mientras Simeone le daba una buena lidia al contrario o si Zidane encontraba el sitio con la espada. Un lío, la verdad. Lo único claro es que la tarde fue de salir a conformarse con el cero a cero. Los del Puerto, si bien es verdad que no les entendían, tampoco es que estuvieran por expresar mucho, pero que tampoco se nos olviden esas lidias con casi una centena de capotazos, largando tela de cualquier manera y sin pretender fijar a un toro en toda la tarde. Y visto lo visto, los toros, cada uno de una manera, si se tenían que salir buscando las tablas o la puerta de toriles, pues allá que se iban. Eso sí, no se caían, que ya es un adelanto en esto del Puerto.

El primero de Daniel Luque salía buscando por dónde escapar, intentó saltar, escapaba de los toreros, que solo atinaban a rodearlo y enseñarle lo rosa, pero sin bregar para al menos intentar fijarlo mínimamente. Primer puyazo traserísimo tapándole la salida, un quite pausado a la verónica de Daniel Luque y una nueva entrada con el toro arrancándose con prontitud, para que le señalaran el puyazo de fea manera en la paletilla. Luego asomó Juan Leal, que venía dispuesto a demostrar lo que pone en práctica por esas plazas de Dios. Y vaya si lo demostró. El del puerto seguía mostrando su interés por todo lo que fuera con la puerta de toriles al fondo. Le alegraba la sangre para arrancarse con prontitud. Una primera tanda de Luque erguido, sin abusar del pico como suele ser costumbre, que parecía  que iba a ser el redescubrimiento de este torero. Pero el espejismo se diluyó en media tanda, con la mano alta, lo que hacía que el animal mostrara una embestida más descompuesta. Para continuar con tandas de trapazos, pico y echando al toro para afuera. Más picos, intento de medios muletazos y el de negro se acabó yendo decididamente al abrigo de las tablas.

Al grandullón de la Ventana del Puerto, feo, de malas hechuras, lo que por tierras charras definen como un vaco. Barbeaba sin disimulo, a ver que había detrás de ese muro de madera. Verónicas sin enmendarse, de brazos encogidos, sin bajar las manos. En el peto sencillamente se dejaba, empleando solo el pitón izquierdo. En la segunda vara le dejaron por allí, para que se limitara a pegar tres derrotes y acabar saliéndose suelto. Insistió en quitar Juan Leal, esta vez con gaoneras a la velocidad del rayo. Que si no es porque uno atiende una barbaridad a los que saben, nunca habría llamado a aquello gaoneras. Tomó Luque la muleta y en este ni atisbo de algo esperanzador. Trapazos desde el primer momento, acelerado y con el pico de la muleta. Ya empezó buscando las tablas, unas tandas más largando tela y entre la sosería y el aburrimiento, buscaba refugio y abrigo en los adentros y de la puerta de chiqueros, ya sin disimulo, si es que disimuló en algún momento. Muy aquerenciado, le hubo de cuadrar con el toro casi apoyado en un burladero. Y lo peor era lo incierto que estaba y el peligro de un repentino arreón defensivo, como así sucedió.

 Volvía Juan Leal, ese torero en el que algunos ven valor y entrega. Estupendo, pero la cuestión es si para ser torero vale con eso o si se precisa al menos un poquito de conocimiento del toro, de la lidia, si hay que tener un mínimo de recursos para enfrentarse al toro, en definitiva, si se pone la inconsciencia por encima del saber y que salga el sol por Antequera o si a estos kamikazes hay que decirles que por ahí no, que eso no es torear, igual que estamparse contra un barco tampoco era pilotar. Con el capote, aparte de no pararse quieto, se limita a mostrar la tela y escapar, sin pensar en ponerse a bregar e ir ahormando al toro. Bien es verdad que ya de salida, y también por la ausencia de un capote que le sujetara, se marchó a la zona de chiqueros, con la cara a media altura, sin amago de humillar. Le hicieron la carioca en el caballo, mientras el animal tiraba derrotes y más derrotes con el pitón izquierdo. Le dejaron corretear todo lo que quiso y más, para apenas picarle en la segunda entrada, con el picador levantando el palo y mostrando esa deplorable imagen del toro debajo del peto y los demás despreciando la posibilidad de que allí puede haber peligro. Ya sabemos que hay quien aplaude esto, pero allá cada uno. ¡Ay! Cuándo a los picas de antaño les decían que levantaran el palo y estos poco menos que te hacían una peineta. En banderillas resultó cogido Marc Leal, que se quedó inexplicablemente en la cara del toro. Comenzó Juan Leal de rodillas, con trapazos por delante y por detrás en el centro del ruedo. Ya en pie comenzó su sinfonía de pico, de quedarse fuera, escupir al toro y pasárselo deambulando allá en las lejanías. Si cada torero tiene su tauromaquia, como afirman los modernos, la de este es la tauromaquia M-40 o incluso M-50, circunvalando muy lejos del centro. Posturas forzadas enseñando el engaño por la espalda, creyendo que el hacer cosas extrañas y sin sentido es arte y sin dar jamás sensación de que alguien le haya explicado lo que es el toreo. Y si no le han explicado esto, lo de entrar a matar ni se lo han insinuado. Un extraño salto, como si en lugar de entrar a matar fuera a saltar a la garrocha. Y sin haber metido la espada, se dispuso a descabellar, con un movimiento de taladro que enerva al más pintado.

Al quinto, un grandullón que al menos recordaba algo más las hechuras de la casa, le recibió Leal con mantazos pocos convencidos y nada eficaces, dejando que le tocara siempre las telas, lo que el del Puerto aprendió de inmediato, tirando derrotes a medio viaje. No le castigaron demasiado en el caballo mientras le hacían la carioca, tirando viajes a la guata desesperadamente. Volvió a empezar la faena desde los medios y tanto espacio dejaba entre la tela y el bulto, que al final el toro no tenía más remedio que intentar meterse por ahí. Despegadísimo y desplegando toda su vulgar chabacanería y ahora, a ver si nos libramos de él un tiempecito, largo, de la plaza de Madrid.

A Juan Ortega se le espera siempre en Madrid, pues aunque no creo que haya cuajado ninguna tarde completa, y no es que se me hayan olvidado tardes muy jaleadas en esta plaza, hasta el momento solo ha dejado detalles, muy buenos, pero solo detalles, aunque eso sí, aunque solo sean detalles y algunos buenos naturales aislados, ya ha dejado más que casi todo el escalafón en mucho tiempo. Quizá por eso se le sigue esperando. Su primero salió flojeando hasta del rabo, pero no se caía, ¡qué cosas! Se empezó dándole demasiados capotazos y esta tónica se prolongó en exceso, abusando, durante los dos primeros tercios. Capotazos y más capotazos. El animal hacía hilo y en lugar de recortarles y desaparecer, allí que se quedaban. Fijo en el caballo, solo se dejó, sin más, sin presentar pelea. Nefasta lidia en banderillas. Cuándo nadie era capaz de ponerlo en suerte para un tercer para, estando en paralelo a las tablas en terrenos del cinco y viendo que la cosa podía complicarse aún más, Antonio Chacón hizo apartarse a todo el mundo, allí iba a encontrar toro y lo encontró en un soberbio par, arriesgado y con recursos de buen rehiletero. Que gusto, un torero en el ruedo. Se quedó pegajosito para la muleta y a pesar del desastre de trapazos, el animal aún iba, pero de aquella manera. Obligaba a perderle muchos pasos, se revolvía, escarbaba y Juan Ortega poco más que solo podía estar ahí. Le medio sacaba algunos muletazos con la derecha, pero no así con la zurda, por dónde ya se defendía y como prueba un arreón repentino del que le libró la agilidad de pies.

Ahora debería relatar lo que fue el sexto de la tarde, pero ya saben, después de ver cómo toros y toreros iban a por el empate, no debí tener bastante y me fui a ver otro soporífero empate a cero en el Metropolitano. Pero uno que tiene buenas amistades, le ha pedido a Gloria Cantero el que me pasara sus notas de ese sexto toro, las cuáles reproduzco sin poner ni quitar una coma:

Sexto: Bien presentado, se coloca en suerte en la primera vara pero no así en la segunda y es picado al relance y muy trasero.
Empuja con un solo pitón y levantando la testuz.
Quite de Luque por verónicas templadas sin mando.
El toro apunta demasiada indiferencia a las telas.
Se dolió en banderillas.
Comienzo de faena de muleta con la diestra, muy dubitativo y siempre descolocado. Dos tandas cortas y cambia de mano. El toro arrolla pidiendo mando, descompone al torero.
Media estocada y un pinchazo.
Silencio para el torero y una voz que se escuchó en el tendido:
"esta ganadería que no vuelva nunca más".
¿También los aficionados estaremos modernizándonos?

Y quizá sea así, que ya nos hemos modernizado y a veces sea difícil encontrar un algo de coherencia, que nos encantamos con un manso pregonao porque complica a los de luces y lo convertimos en nuestro hçéroe por siempre jamás, que clamamos por el tercio de varas y nos “emocionamos” con una corrida que no junta medio puyazo entre seis toros, que nos ponemos exquisitos con los toros y tragamos que nos anuncien nueve hierros para poder sacar seis toros en una fastuosa y memorable encerrona, que protestamos el pico y entronizamos a quienes lo tienen como seña de identidad. En fin, modernos, modernos, lo que se dice modernos y que con ganado malo, como el del Puerto, nos olvidamos de las fechorías perpetradas por los de luces y es que al final no solo colchoneros y merengues, toros y toreros, sino que también los aficionados modernos se conformaban con el 0-0.

sábado, 28 de septiembre de 2019

La chupifiesta, el chupitoreo, los chupicarretones y… que agradecidos son los paisanos


Se aplaude la habilidad, la maña, pero asomarse al balcón, ni la vieja al visillo para guipar al novio de la del segundo derecha

Los osados que se atrevan a decir que el público de Madrid es duro, demasiado duro, quizá deberían, en un acto de contrición, hacer examen de conciencia, pedir perdón por sus pecados y acatar la penitencia. Esta muy bien podría ser el tener que estar quince días seguidos, con sus noches, soportando una encerrona por jornada de esos a los que una tarde, un día que se tercia ir a los toros, a esos a los que en esa fecha jalean y piden orejas como el que pide otra ronda en los baretos alrededor de la plaza. ¡Una de oreja! Con su salsita y todo y el encargado de la barra, el señor de Villa Parro, sirviendo raciones y más raciones a golpe de pañuelazo.

Que si alguien aún no le ha cogido el aire a esto de la modernidad, no tienen más que ponerse la novillada que habría esta Feria de Otoño y a funcionar. Novillada más feota que otra cosa, demasiado anovillados y hasta con algún kilito de más, sin exceso, de Fuente Ymbro. Unos fofisanos que peleaban en el caballo, aunque con mal estilo, de medio lado, sin humillar, tirando derrotes al peto y alguno hasta saliéndose suelto del caballo, mientras los de arriba lo mismo les deslomaban, que le señalaban el puyazo como si estuvieran haciendo mahonesa con la batidora. Que gesto tan moderno, como horroroso. Solo Pachano tuvo la decencia de no picar trasero al primero. Luego su compañero de collera, Jean Nicola Bertoli, de la cuadrilla de Le Rafí, se encaró con el respetable cuándo le reconocieron su nefasta labor en el cuarto. ¡Mon dieu! Criticarme a mí, caballero montado del Pays Catarianne de la France francesa. De los novillos se puede decir que ya podían mansear como perros en el primer tercio, que en la muleta iban y venían para que les toreara hasta el que vendía las almendras. Pónmela ahora por el derecho, ahora me la cambias, que si no me aburro y, ¡halaaa! ¡Vengaaa! ¿Otra serie? Pues sea, como esta. ¿Una más por el izquierdo? Y dos si se tercia. Será por tandas. Que me las quitan de los pitones, señora. ¡Señora, ha llegado a su casa el trapacero! Se trapacean naturales, derechazos, medios pases y muletazos largando tela, con el pico de la muleta, sin mando, sin temple, todo a la velocidad que marca el burel. ¡Ha llegado el trapacero! Y tranquilos, que allí estaba el paisanaje y los que no eran paisanaje, dispuestos a jalear todo lo que allí sucediera, con tal de no quitarle la ilusión a los chavales.

El Rafi se presentaba en Madrid, mostró una incapacidad desganada con el capote, sin parecer importarle que su novillo deambulara a su aire por el ruedo; ya vendría. Con la muleta no es que pareciera que pretendiera disimular lo de meter exageradamente el pico de la muleta, sino que más bien parecía acentuar el gesto para que nadie en la plaza ignorara tal circunstancia. Pases, pases y más pases con una desesperante sosería. Despegado, tirando líneas, teniendo que recuperar el sitio a cada muletazo, sin gusto, para acabar en uno con un absurdo arrimón. Fuera de cacho, estirando en demasía el brazo y alargando el trasteo sin razón, castigando a esa benévola plaza que ni se atrevía a decirle nada, no fuera a ser que en una de estas le abandonara la ilusión al galo. Y como colofón un bajonazo recibiendo, que a algunos les hizo pensar que el chaval tendría que buscarse un abogado ya mismo.

Pero el bueno de verdad, el alumno aventajado de la modernidad fue Tomás Rufo. Lo tiene todo. Con el capote lo mismo tiraba mantazos, que se ponía flamenco, genuflexo, echando el pasito atrás, pero poniéndose muy flamenco, eso sí, dejando que le tocara el engaño en casi todos los lances. Aunque en su favor hay que agradecer la forma de llevar al caballo a su segundo, el mismo en el que hicieron saludar a los banderilleros por clavar más con picardía y habilidad, que con verdad. Con la muleta dio una verdadera sinfonía de lo que es meter el pico, quedándose fuera siempre, cites de frente con la zocata, pegando tirones. Dejando que se la tropezara demasiado. Si bien es verdad que en su segundo tuvo más vista. Medios muletazos con la derecha, girando y acompañando el viaje, pero sin mandar y sin rematar ni un muletazo. Pasaba a la velocidad que marcaba el novillo, acompañaba, pero no mandaba y el entusiasmo cundió entre los asistentes, que por momentos vieron torear despacio, pero claro, ya lo decía aquel, que una cosa es torear lento y otra templar y que no tiene por qué coincidir y en este caso, pues no coincidió. Un natural con la rodilla flexionada, que aunque con la tela atravesada, sí que tiró del Fuente Ymbro. Y como en su primero, una orejita, más una segunda vuelta al ruedo que no tenía explicación; quizá tanteaba a ver si le caía otro manojo de trigueros del bajo del siete. 

El tercero era Fernando Plaza, quién en el manejo del capote mostraba una quietud ya en desuso, pero a la hora de manejar los brazos, ¡ay los brazos! No cabe mayor sosería y desgana. Casi la misma que mostraba con la pañosa. Telonazos sin moverse, pero luego había que torear y… Atravesando el engaño hasta meterle la punta de la muleta en el testuz. Soso, aburrido, desangelado, siempre desde fuera, más allá de la pala del pitón. Además tuvo la mala pata de que le tocara el único con un poco de guasa. Empezó dudándole con el capote, el novillo medio se atravesaba y llegó un comprometido achuchón que afortunadamente quedó en susto. En el último tercio continuó con ese defecto de vencerse por el izquierdo, le punteaba las telas y a medio muletazo le tiraba un derrotito, acentuado por ese permitir que le tocara demasiado los engaños. Feo desarme poniéndole los pitones demasiado a la vista. Acabó con un arrimón innecesario y con bernadinas trapaceras, ¿o eran manoletinas? Sablazo haciendo guardia y tras una entera rinconera, todos para casa, que allí ya no había más. Y ahora podremos tirar de los tópicos de siempre, que si la ilusión de los chavales, que si están aprendiendo, que si lo que ilusionan las novilladas, que si ya tampoco ilusionan las novilladas, pero la realidad al final no es otra que esto ha evolucionado, o degenerado, en la chupifiesta, el chupitoreo, los chupicarretones y… que agradecidos son los paisanos.

martes, 24 de septiembre de 2019

Si ponemos a la zorra al cuidado de las gallinas


Cuesta adivinar el futuro de los toros en Madrid y lo que se adivina no anima demasiado




Que Tino ha tenido siempre la sabiduría popular, que capacidad para dar certeramente en el clavo y el que quiera, que entienda y el que no, que siga haciendo volatines por los riscos. Quizá una de las expresiones más absurdas e imposibles sea esa de poner la zorra a cuidar las gallinas. Nadie en su juicio cometería tal barbaridad con las pobres gallinas, que ya no solo las viola el gallo, según expertos gallinólogos, sino que el hombre le come los huevos y ahora, pues eso, que de segurata le ponen a la zorra. O una de dos, o el gerente del gallinero es un saco rebosante de ignorancia o no tiene ni idea de usos y costumbres de las raposas. O lo que es peor, le importa un bledo lo que les pueda pasar a la familia Gallinez. ¿Qué se las zampan y no dejan ni las plumas para rellenar cojines? Pues se rellenan de miraguano, que también vale.



Vamos, algo parecido a lo que ha decidido la nueva ejecutiva de la Comunidad de Madrid, en Asuntos Taurinos nos han colocado a Miguel Abellán. Que así, de primeras no parecería nada descabellado eso de poner alguien del mundo de los toros al timón de la fiesta en Madrid, especialmente de la primera plaza del mundo. Pero si miramos la trayectoria del nuevo responsable, la verdad es que es para echarse a temblar. Un taurino convencido y que seguro que no hará nada que pueda incomodar a los suyos. ¿Qué puede esperar el aficionado de quién hasta hace dos días era uno más de este entramado de manejantes? Con poco poder, eso es verdad, pero es que ahora lo tiene todo. Poco se puede esperar de quién ni entendía, ni quería entender al aficionado, de quién veía a este como un enemigo a batir. De quién está más en la línea del señor casas, don Simón y de sus arengas triunfalistas para que en la plaza de Madrid se den despojos a troche y moche.



Ójala nos llevemos la sorpresa de nuestras vidas y que no ceda ante el productor que tanto daño está haciendo a la plaza de Madrid hasta hundirla a niveles nunca antes alcanzados, ni sospechados. Ójala sea capaz de exigir carteles de acuerdo al prestigio de la plaza y que no le tiemble el pulso si tiene que devolverlos a la empresa cuándo esta se los presente a la Comunidad. Ójala que el señor Abellán deje de lado trifulcas partidistas y se entregue de verdad a trabajar por la fiesta de los toros, por mantener el respeto al toro y por al menos intentar entender al aficionado. Ójala no se entregue a ese triunfalismo del señor Casas, don Simón, quién no busca otra cosa que el público facilón que paga, calla y si acaso, solo si acaso, ya volverá al año que viene, si es que le cuadran las fechas para ver a los mediáticos.



Dios nos libre de los defensores de fiesta, que de los que la atacan ya nos libramos nosotros. Que nos libre de estos que confunden el amaneramiento y el folklore con el toreo, de los que ahora se llenan la boca pregonando el arte del toreo y lo confunden con cualquier vulgar astracanada mentirosa y tramposa. Que nos libre de esos que huyen del toro, que ni de lejos se acercan al toreo, que en la crítica ven falta de respeto y que como respeto solo entienden el halago, aunque sea infundado y la idolatría a la vulgaridad y a sus artífices. Pero mucho tendría que cambiar el señor Abellán para evitar todo esto, para que no se eche en manos de los taurinos, que ahora sí que le recibirán con los brazos abiertos, porque ahora él tiene mando y ya se sabe, al que manda, se le pulen las suelas de esos zapatos caros a fuerza de lametones. Y, ¿quién se puede resistir a los brazos abiertos de par en par de esos manipuladores de la fiesta? Pues esperemos que Miguel Abellán marque precedente y se mantenga firme y con el único objetivo de defender los toros y su dignidad en la Comunidad de Madrid y, por supuesto, en la plaza de Madrid, pero igual la realidad será otra, porque si ponemos a la zorra al cuidado de las gallinas.



Enlace programa Tendido de Sol del 15 de septiembre de 2019:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-22-septiembre-de-audios-mp3_rf_41814846_1.html