lunes, 19 de febrero de 2024

El primer tercio, un dónde, cómo, cuándo y de qué manera

Hay tanto y tanto que ver en el primer tercio


A cualquiera que se le pregunte sobre el tercio de varas, afirmarán sin duda que es fundamental durante la lidia. Bueno, cualquiera, lo que es cualquiera, igual no, porque los hay que empiezan a manifestarse de acuerdo con esa idea que parece estar haciendo fortuna de que sea el maestro el que decida si salen los montados o no. Toda la vida clamando por la integridad del primer tercio y ahora quieren imponer las corridas sin picar. Pero de momento será mejor hablar de cosas serias y no de pamplinas taurinas. Pero tampoco se resuelve todo con decir que el primer tercio nos importa mucho, que lo respetamos y que hay que salvaguardarlo por encima de todo, hay mucho más.

No es infrecuente en una plaza de toros el ver cómo se pone al toro de lejos y se espera con ansiedad su arrancada al peto. Pocas cosas habrá más espectaculares durante la lidia, pero a veces, muchas veces, se insiste tanto en que el toro se arranque, que dejamos de lado el sentido de este tercio. Al toro se le debe dar distancia, algo más que sabido y que no voy a descubrírselo a nadie, pero también tiene un tiempo, porque la bravura también se manifiesta en la prontitud. El estar insistiendo e insistiendo e insistiendo, no tiene sentido. Que al toro hay que darle su tiempo, por supuesto, pero no todo el del mundo. Se le pone una vez, si no va, se le cambia y se le vuelve a poner y si a la tercera no va, se le cambian los terrenos, el caballo camina al contrario de las agujas del reloj a favor de la querencia y se vuelve a intentar, que el terreno en el que vaya también importa mucho, vaya si importa.

También es algo que se ve en las plazas el que una vez se arranca el toro, luego ya todo pierde importancia. Pero es que es en el peto dónde quizá se puedan apreciar más matices de lo que el animal lleva dentro, sin olvidar la labor del jinete, que mucho tiene que ver en permitir que se vea al toro. Si el toro cabecea al sentir el palo, si derrota solo con un pitón, si echa la cara arriba, si se pone de lado, si busca dar la vuelta a la caballería y, por supuesto, si empuja con fijeza con los dos pitones. Pero hay otro matiz. Cuántas veces no escucharemos exclamar al público cómo empuja un toro, precisamente cuando se le tapa la salida. Porque claro, no es lo mismo que lo haga en este caso, buscando la libertad, que con la libertad de los medios a su espalda y que la desprecie optando por la lucha. Y volviendo a los terrenos, no es lo mismo que lo haga a medida que se va a favor de su querencia, que a contraquerencia. Y ya no les digo nada, cuando el toro, antes o después, se marcha suelto del peto. Feo gesto que no dice nada bueno del mozo. Que puede ser quien me diga que es que ha visto un capote a lo lejos, pero es que los capotes, a lo lejos, tienen que estar. De acuerdo que no se debe molestar, ni entorpecer el transcurso de la lidia, pero allí tiene que haber unos actores y no se pueden evaporar. Que ya es frecuente incluso en la plaza de Madrid, que en las concurso o en los desafíos ganaderos, aparte de esas rayas tan horrorosas y sin sentido para el aficionado, se haga salir solo un caballo; que esto tiene su sentido en ruedo pequeños, en los que resulta más complicado ver al toro en toda su dimensión, pero en uno como el de las Ventas, perdonen que les diga. Que dicen que eso es para no distraer al toro. Pero, ¿por qué no se le va a distraer? Distraerlo con sentido, aunque si se piensa que el caballo que guarda la puerta distrae, no sé qué decirles. Y digo que yo quiero esa

 Distracción, porque quiero ver lo que el toro decide elegir, si pasar un mal ratito a sabiendas que detrás está la salida o si desprecia esa supuesta libertad y elige la pelea en el polo opuesto al lugar por dónde salió. Que eso algo querrá decir, ¿no?Y volviendo a lo de las rayas, si ya me parecen de poca utilidad las dos rayas del tercio, y que me perdone el maestro Ortega, el poner esas líneas que parecen una cerradura gigante, pues qué quieren que les diga. Que ahora resulta que el aficionado no sabe si un toro se pone de largo o si se le mete debajo del peto, si no es por las dichosas rayitas. Y todo esto, solo en lo que toca al toro, porque si nos metemos en los de luces, esos que ni lo ponen en suerte, que lo dejan abandonado de cualquier manera dónde caiga, que lo meten debajo del caballo, que no van a sacarlo y se limitan al ¡Vale, vale! En lugar de ir a por él al caballo. Esto sería un no acabar. Y por último, también en relación con las rayas, si el toro no va ni empujándolo, a veces hay que ir a por él, porque habrá que picarlo y no pasa nada si el jinete traspasa la raya, que no se rompen, se pintan otra vez y ya, pero será mejor eso a que el toro no se pique. Que ustedes verán en este escrito cuestiones que conocerán de sobra, pero bueno, permítanme la licencia de poderme explayar a gusto restringiendo mucho el tercio de varas, dando solo unas pinceladas para hablar de ciertos matices que encierra esta fase de la lidia y ya saben, el primer tercio, un dónde, cómo, cuándo y de qué manera.

 

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lunes, 12 de febrero de 2024

Esto no va de mayorías o minorías

Al final son minoría los que se ponen y lo hacen sin trampas, los que lo quieren ver sin que les engañen los que viven esto sin importarles si son o no de cualquier mayoría, porque eso no les incumbe


Un argumento de peso para muchos, un argumento al que se agarran para vaya usted a saber qué, es eso de lo que interesa a la mayoría o solo a una minoría. Que esto viene muy bien para que todo el mundo se adapte a un pensamiento determinado, a una moral supuestamente buena y acorde al bondadoso sentimiento del espíritu que esté de moda en cada momento. Así de simples somos. Que ahora resulta que los toros es algo que solo interesa a una minoría, bien, vale, lo que quieran, no voy a entrar ahora en cuestiones estadísticas y menos para valorar un hecho social. Porque si entramos en eso de las estadísticas, como parece que pretende hacer con el mundo antitaurino, incluidos los que ostentan cargos en gobiernos, podemos entrar en una deriva muy complicada y por supuesto muy empobrecedora. Es verdad que así se podría adoctrinar con eficacia a la “mayoría”, pero… ¿Se han pensado realmente en las consecuencias? Que esto puede ser un rasgo magnífico que nos permita percibir una aplastante ignorancia sobre el tema en cuestión y sobre el personaje del que se trate, incluido un señor ministro de cultura. ¡Ministro de Cultura! Pero como autoridad que es, obedezcamos y corramos a aplicar el sentido estadístico a la vida.

España es un país con una indudable y potente cultura, pero hay que reconocer que hay aspectos, muchos, que no tienen el predicamento que algunos desearían y solo interesan a minorías, y en consecuencia, ¿por qué no eliminarlas y excluirlas de momento de ministerios y organismos de la administración de los que se espera cierto apoyo? Que levanten la mano los que se consideren amantes de la ópera, la música clásica, incluso del folklore de los pueblos del país, la poesía, la pintura, aparte Antonio López que gusta a todo el mundo, de tantas y tantas manifestaciones artísticas que por otro lado mueven grandes sumas de dinero… Nos quedaría un mundo de lo más particular, ¿no creen?  Qué bonito sería que nos moviéramos todos con el mismo ritmo, la misma cadencia, a la misma hora, en los mismos lugares y con las mismas cosas, aunque… Bueno, de momento no todo está perdido.

Hay que proteger a las minorías, por supuesto y a veces hasta promover lo que a estos persuade, porque puede ser que sea el desconocimiento lo que impide que el caso no llegue a más gente. Y en esto de los toros, ¿qué les voy a contar? Esto de los toros presenta de primeras muchos obstáculos que parecen insalvables y que solo se pueden superar con el conocimiento, el intentar entender qué hay dentro y alrededor de los toros. Y para conseguir esto, desafortunadamente, los taurinos colaboran más bien poco o nada. Que ellos mismos, los que se quejan de que se arrincone al mundo de los toros, son los primeros que condenan a sus minorías y pretenden y hasta exigen su desaparición total y absoluta. No consienten que nadie ponga en duda ciertas prácticas, al que saca a la luz el fraude lo tildan de derrotista de anti, cuando a veces esa falta de sentido crítico por la que abogan es el mayor de los males de la fiesta de los toros, incluso hasta más que los propios antis. ¿Y por qué digo esto? Muy sencillo, porque si se meten debajo de la alfombra los males, los errores, aquello que carcome en este caso la fiesta, nunca podremos llegar a eliminar la peste y no solo nos fortaleceremos esto que nos apasiona, sino que lo iremos convirtiendo en algo débil. Si atacamos sus fundamentos solo haremos que esto deje de tener sentido.

Pero siguiendo por las minorías, las cuales no son ni buenas, ni malas, ni regulares, solo son minorías, lo que tampoco es admisible es satanizarlas y convertirlas en un enemigo. No puede consentirse que los que gusten de ir a los toros sean unos enemigos a los que batir. Que entre estos puede haber eminencias médicas, grandes artistas, cocineros, hombres de empresa, misioneros en el Congo o simplemente un tío que saluda cordialmente a los vecinos del barrio. No se puede pensar que cuando uno se aficiona a los toros, en ese mismo momento llega Belcebú y le unge con la marca del mal eterno. Porque también, entre otras muchas cosas, estaría bien que se le permitiera a los aficionados explicar su pasión, lo que esta les provoca, lo que esta les genera y lo que es para ellos el toro. Eso sí, cuídense, por favor, de esos entes que unen la falta de toros con la sequía, los toros con la testosterona, el ir a la plaza con un gran botellón y el consumo de alcohol a cubos y hasta con esos que restringen los toros a su españolidad, entre otras cosas, porque la españolidad es mucho más que eso, aunque nadie niegue el carácter profundamente ibérico de los toros, del mismo modo que los toros ya no son desde hace siglos, algo exclusivamente español y de la península, afortunadamente. Dejémonos de tópicos estúpidos, sin sentido y sin ajustarse a la realidad. Y al final, después de dar tantas vueltas, resulta que esto no va de mayorías o minorías.

 

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domingo, 4 de febrero de 2024

A ver si me acuerdo de…

A ver si me acuerdo y en algunos casos habría que remontarse quizá demasiado. Y recordaremos lo de hace mil vidas, pero no lo de hace dos ratos. Y, ¿por qué?

Siempre me ha asombrado la capacidad de muchos para reivindicar a Juanito o a Juanelo cuando salen los carteles de las ferias, cuando aparecen los nombres de los actuantes en grandes certámenes tintados de una oportunidad, aunque ni noticia del ganado. Qué capacidad memorística. Que también puede ser porque el reivindicado sea paisano, pariente o conocido del cuñado de un amigo del bar y entonces hay que hacer fuerza para que al conocido le pongan. Pero lo más habitual en estos días es que los que no tienen relación alguna con gente del toro, ni se acuerden del caballero en cuestión. Que se puede dar la circunstancia de haber visto a un torero, no una, sino varias veces y no recordar ni el nombre; y no digo nada si el susodicho solo actuó una vez y, en el caso de Madrid, si le pusieron cuando lo que mandaba la empresa era cenarse las Ventas.

Que me dirán que es que el aficionado es un desmemoriado, pero se da el caso de que estos se acuerden de toreros ya retirados y los que supuestamente están en candelero, aparte si se es paisano, pariente o conocido del cuñado de un amigo del bar, sean unos perfectos desconocidos. Aunque ya les digo que para acordarse de un nombre por un natural, en el mejor de los casos, una trincherilla o solo la buena disposición, aparte de meritorio, requiere una memoria de elefante. Que no es que nos lo pongan fácil. Primero, porque con tanta presentación, tantas confirmaciones que asombran hasta al confirmante y que luego todos se aprenden la misma lección y vienen a hacer lo mismo, a repetir lo que hacen otros, a repetir el repertorio que tan aprendido tienen, a profundizar en la vulgaridad impuesta de esta agoniante modernidad. Y por si fuera poco, salvo ilusionantes excepciones, el toro siempre es el mismo, el que va y viene, va y viene y a veces, viene y va. Que los hay que parece que quieren remediar esto, pero nada, exigen variedad de encastes, que dicen ellos, pero que luego solo piden variedad de capas, pero con el mismo comportamiento que lo demás.

Y en estas condiciones, ¿quién puede recordar nada? Tenemos una fiesta que es como una caja de cerillas, con todos los fósforos iguales, todo son clones y la única diferencia es si la caja lleva el palillo largo o corto o si hay que arrancarlos de una carterilla de solapa. Que traducido en lo taurino, pueden ser los toreros pegapases sin gracia o los que se enfrentan a l que no quiere nadie, ellos los primero, y pare usted de contar. Eso sí, en los novilleros esa diferencia aún apenas se percibe. Y aún pretenden que recordemos a fulano, mengano o zutano. Que no les digo yo que la solución sea no ir con demasiada asiduidad a la plaza, que eso de ver entre cincuenta o sesenta festejos puede ayudar a que todo se convierta en una amalgama de toros con alamares, toreros enmorrillados, caballos astifinos y trapaceros gesticulantes. O cómo se diga.

Eso sí, quizá algunos que echan de menos a tal o cual en las ferias, lo mismo es porque aquellos triunfos triunfalistas tampoco convencieron a los de los despachos y que ellos, como otros tantos, se percataron de que si no es por los autobuseros, aquel del que se decía que toreaba como los ángeles, no pasaba de vulgar, aunque de estos hay muchos, y gracia tenía la justa, a no ser que se sea paisano, primo, cuñado o conocido del coletudo en cuestión. Otra cosa es lo del ganado. No, esto nada tiene que ver. Aquí es más fácil que nos podamos acordar de tal o cual toro y de los agobios que provo0có en su lidiador. Entonces, en ese preciso momento ese hierro queda sentenciado ¿Nunca más, jamás! Y efectivamente, no los volvemos a ver nunca más jamás. Pero ojito, que en esto de los toros empezamos a caer en algo parecido a lo de los de luces, que se empiezan a ver fenómenos que embisten donde solo hay un animal que va y bien y que apenas pasó por un peto. Eso sí, te cuentan de él su nombre, el de la madre, el del padre, el de los hermanos, pero, ¡oiga! Que les preguntas si a ese fenómeno se le pudo picar y te saltan, en el mejor de los casos, que no mucho, pero que si le hubieran puesto, seguro que habría acudido al caballo, como si esto fuera de suposiciones y no de evidentes certezas. Lo que nos lleva a tener que hacer demasiadas veces el ejercicio del a ver si me acuerdo de…

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lunes, 29 de enero de 2024

Vertigine perdix, mareando la perdiz

Esto no es solo discutir sise dan orejas o no, hay muchos, muchísimos, detalles que hacen esto más grande.


Puestos a marear la perdiz, hagámoslo también en latín, que ya es marear, “vertigine perdix”, que diría Marcial; Marcial el romano, no el más grande, el del pasodoble. Y no me negarán que no estoy haciendo lo mismo, no decir nada y llenar líneas. Pero quizá mi inspiración se encuentre en los taurinos y no tan taurinos, incluido algún que otro habitante de los palcos hace unos días. Parece evidente que la fiesta cuenta con una larga lista de cuestiones que la perjudican y perjudican también los propios intereses de los aficionados, de los que pagan por ver toros y que ven como se vulneran permanentemente sus derechos y nadie, absolutamente nadie intenta protegerlos. Es más, los hay quienes anteponen los intereses de empresas, toreros o ganaderos, antes que los del aficionado. Este no cuenta y el público… el público no está para ponerse a exigir sus derechos y si en algún momento alguien les plantea tal tarea, solo los ven mermados y en peligro si los presidentes no se lían a dar orejas a diestro y siniestro. Ya saben, que si no, luego viene lo del altercado de orden público y eso no, eso no puede ser. O sea, que los niños se pillan un berrinche y hay que darles el caramelo, ¿no?

Pero, ¿qué es lo que plantean taurinos y no tan taurinos? Pues ya saben, “vertigine perdix”. ¿Por qué no obligamos a que haya que cortar dos orejas en un toro para abrir la puerta grande de Madrid? Por poner un ejemplo. Muy bien, que sean dos orejas, pero claro, cuando las dos orejas se empiecen a regalar, por eso del orden público, ya saben; entonces, ¿qué hacemos? Pues siguiendo ese camino, podemos poner que haya que cortar dos orejas, el rabo, la pata, la otra pata y así, hasta que haya que llevarse el toro a casa. Y entonces no se podrá sacar a nadie a hombros, porque no habrá cristiano que aguante a toro y torero subido a la chepa.  Pero dejémonos de “vertigine perdix” y seamos serios por una vez. Y digo yo, si no es más fácil aplicar el reglamento, mantener el sentido común y la seriedad y no volvernos locos. Porque al público también se le educa, lo mismo que se le maleduca, igual que se le hace que aprenda como desde los micrófonos y desde el taurinismo tergiversan y retuercen conceptos que siempre habían prevalecido. Que claro, que si un señor dice eso tan manido de que la primera oreja es del público y bla bla, bla bla bla, pero no dice que si pincha y se le da la oreja al caballero de luces le está dando la segunda, como si su actuación fuera merecedora de dos orejas, pues apañados estamos. Que me dirán que esto no es así, lo que ya da una idea de la edad de cada uno. Y si me confirman esto, es que ya tienen ustedes cierta edad y no aprendieron de esto por Canal Plus y demás locutores televisivos.

Que qué ingenuo yo también. Que digo que esto se resuelve con sentido común, con afición, partiendo del palco, pero claro, si resulta que uno escucha a un señor presidente de una plaza de Madrid que él defiende a la empresa, al torero… Que creo que no tengo que decirles dónde lo he escuchado. Pues uno piensa en lo del principio, cuando empezaba con lo de “vertigine perdix”. ¿Qué sentido común y afición podemos esperar de quien defiende a los que quieren arramplar hasta el último céntimo a costa de toros inválidos en el ruedo, de triunfos prefabricados para luego poner a ese supuesto triunfador por cuatro pesetas, a esa ganadería que echó una corrida muy buena que no se pudo picar, pero que le compran seis borrego por dos duros y si acaso ya le pagarán cuando el 29 de febrero caiga en Pascua. Eso sí, siempre habrá sitio para ocurrencias, desvaríos y bla bla bla… Que no para la afición, el sentido común y salvaguardar el espectáculo, rito o cómo quieran llamarlo, que este no importa. ¿Y cómo nos distraen y nos hacen mirar para otro lado dejándonos embobados? Pues eso, mareando la perdiz o como decía Marcial, el romano, no el más grande, el del pasodoble, “vertigine perdix”, mareando la perdiz.

 

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martes, 23 de enero de 2024

¡Vaya tropa!

Esto está a punto de empezar y ya estamos echando cosas de menos, las mismas cosas desde hace años y es que nada cambia, solo evoluciona... a peor,


Pues anda que pinta bien el panorama taurino. Que si le echamos media pensada, todo transcurre entre peleas de patio de vecinos, que si tú no tienes lo que hay que tener para… que si yo tengo eso y más… Que si el señor García Garrido está condolido porque la afición no se le ronde de hinojos, con lo que él se esfuerza. Pero claro, luego salen los rumores de lo que puede ser el próximo San Isidro y para qué más. Y aún espera que le hagamos fiestas. Que buena feria para un pueblo. Los de siempre, con el ganado de siempre, aunque parece que en casi un mes de toros en Madrid, habrá dos o tres hierros del interés de quién gusta ver el toro. Y para que nadie se llame a equívoco, a pesar de su presencia en la última feria, aquí no incluyo lo de Victorino. Que pueden salir interesantes, pero hace mucho, pero mucho, que esto dejó de simbolizar al toro que gusta de ver a lo que queda de afición venteña. Pero, ¡Vaya! Ya he caído en su trampa. Ellos quieren que nos detengamos en el detalle, en lo superficial, en lo primero que salta a la vista, si viene tal o cuál o si traen a este o al otro hierro. Pero seguimos dejando a un lado la más que lamentable e imparable degradación de la plaza. Una plaza que el señor García Garrido, que no se me ofenda, ve única y exclusivamente como un negocio, en el que solo cuentan las perras. Lo demás… Lo demás no importa. Que lleva años atropello tras atropello y seguimos enredados en si este viene cuatro tardes o el otro tres, en si al final vendrán Cuadri, Saltillo, Cebada o si se confirma lo de Miura o Baltasar Ibán. Mira que nos hemos puesto facilones. Que como buenos hijos de esta tierra, protestamos en la barra del bar, pero luego llega uno con las medias rosas, pega cuatro brincos, seis carreras y tres trapazos y ya le convertimos en nuestro campeón de la “tauromaquia”. Que ya les digo yo que el problema no es que vengan esas tres o cuatro tardes, ni mucho menos. A Madrid hay que venir siempre, pero el problema es venir siempre con lo mismo, a ver si con seis u ocho toros se cortan despojos. Pero, ¿se imaginan que vinieran con variedad en el toro, comprometidos, alternando con alguien que les pusiera las cosas complicadas? Y me dirán que así se les quitan oportunidades a los modestos. Es que para esos modestos debería haber una temporada sólida, no para salir del paso y cubrir el expediente, dónde muchos tuvieran su oportunidad real. Que Madrid no es solo la feria. Pero no, a estos modestos se les anuncia para estrellarlos y si no están como Mazzantini, ya no valen. El problema es cómo han acabado montando esto, que antes y después de las ferias, no solo la de Madrid, no hay vida.

Nada ha cambiado, bueno, algo sí, que ya tragamos con toda naturalidad el que con lo comercial vayan los comerciales, en que si algo se sale de eso llaman a los que no tienen otro camino si quieren pillar toro y pa’lante. Pero tranquilos, que siempre encontrarán al que analice la feria con pelos y señales, que si análisis de los de luces, que si análisis de las ganaderías, que si unos u otros estuvieron grandiosos en Villanueva de los Parches, que si aquel toro fue de vacas en el pueblo de al lado, que si… y así nos va. Les propongo un juego, un juego que yo jugué hace unos años. ¿Por qué no cuentan los puyazos que de dan a cada toro y luego cuentan los que se han dado en toda la feria y en especial a esos toros que luego van a premiar con placas, azulejos o bolígrafos grabados? Igual se sorprenden. Pero puyazos, no el que les vacunen contra el Covid o la glosopeda. Que ahora llamamos puyazo a cualquier raspalijón que se le de a un toro. Y puestos a jugar, apunten el peso de los toros y al lado una crucecita que diga si a pesar de los kilos los animales tienen trapío, seriedad. Y no les pido que cuenten capotazos o muletazos a ley, porque la espera se les puede hacer muy larga y lo de contar trapazos me parece inhumano y sería muy fácil perder la cuenta.

Que con todo este panorama habrá quién me diga que me calle, están en su derecho, y que esos de los tanto despotricamos llenan los tendidos. “Touché” Eso es innegable, pero claro, si yo intento hablar de toros, no me cambien la suerte poniéndose a hablar de finanzas. Que si es así, ahí yo nada tengo que decir, la economía nunca fue mi fuerte, aunque tampoco lo pretendí jamás. Que es una forma de medir los éxitos de una empresa, desde luego, pero, entonces, ¿por qué nos quieren hacer creer que les interesan los toros? Aunque tranquilos, siempre les puede quedar la salida de comentar lo que digan en la tele, cátedra suprema de la tauromaquia, ideal para luego ir a la plaza y soltar cuatro palabros de los que sueltan los amos de los micrófonos. Pero ya les digo que con estos tampoco merece la pena intentar hablar de toros, ellos manejan otro idioma, ese que hay aficionados de toda la vida de Dios que no entienden. Que igual más o menos se pueden hacer una idea, pero vamos, que es como si uno habla en castellano y el otro en portugués. Que el primero se entera de poco y el segundo pilla algo más, pero sin alardes. Y en este guirigay andamos, que unos van a lo suyo, otros se dejan engatusar y entran con decisión al trapo, mientras otros miran al cielo sin entender nada y exclamando eso tan de aquí que se puede aplicar a cualquiera: ¡vaya tropa!

 

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domingo, 7 de enero de 2024

Los toros en la vida

A veces los toros están tanto en nuestras vidas, que hasta hay sitios en que te los encuentras hasta por la calle.


Es muy frecuente encontrarse con gente a la que no solo no interesa esto de los toros, sino que están en contra de todo lo que huela a toro, vaca, torero o hasta pasodoble taurino, pero ni ellos mismos son conscientes de lo mucho que tienen que ver con todo esto, aparte del lenguaje que les salpica continuamente cuando dicen con toda autoridad eso de cambiar de tercio, perder los papeles, en corto y por derecho, desde la barrera, brindis al sol y un largo etcétera, pero… ¿queda ahí la cosa? Ya les digo yo que no. A ver, piensen simplemente en un viaje en avión, la nave ha aterrizado y ya tienen ahí a todas las señoras y señores pasajeros como si esperaran en la manga para que les rociaran el lomo de zotal. Callan, no suelen ni rechistar, hasta que el vaque… perdón, la tripulación abre la puerta y salen a la carrera por ese pasillo cerrado, en tropel, que si se les pone delante el mundo, arrasan con él y se lo llevan puesto por montera. Hasta que llegan a la sala, al cerrado, y ya se dispersan y se calman.

Pero qué me dicen de esos que antes, en el mismo aeroplano, se tienen que acomodar y empiezan a moverse sin parar, a dar patadas como si estuvieran desembarcándolos en la plaza. Y no les digo nada de la que montan para meter el baúl de la Piquer en los compartimentos sobre los asientos. Pum, pam, zas, venga golpes. Que hay toros a los que les ponen la divisa y no dan tanta bulla. Pero, qué me dicen de la salida de un colegio, con los padres en la puerta, ansiosos, berreando para que su ternero les identifique entre esa masa de progenitores. Y de nuevo alguien da la salida, los maestros, y los añojos salen en estampida y el ambiente se llena de un eterno berreo, ¡Mamá! ¡Papá! ¡Jonatan! ¡Lucas! ¡Abuelo! Pero oiga, que todos identifican los mugidos familiares y al final cada uno encuentra a los suyos.

Y ahora, pongámonos en situación, vayamos al campo y esperemos al atardecer a un señor entrando en un cercado, a pie, con un saco al hombro y todos los animales, erales, utreros, cuatreños, van como corderitos detrás del hombre del saco esperando que el pienso caiga y casi sin que toque el suelo merendárselo. Pues bien, ¿alguna vez han ido a un cóctel’ ¿Quién no ha ido nunca a un cóctel? Pues seguro que identifican la imagen de la gente arremolinada a la puerta de las cocinas y en cuanto sale una bandeja con camarero debajo, o al lado, se tira enajenados a por el canapé, tantas veces como bandejas crucen esa puerta del cielo, sin apenas preguntar si son de paté, carne, pescado, veganos, pseudocaviar, pseudoangulas, pseudo lo que sea. En ese momento les preguntas cuál es su canapé favorito y te responden que el de comida.

Que no crean que a algunos en ocasiones, en muchas ocasiones, no nos gustaría parecernos a un toro, poseer su valor, el no volverle la cara a la pelea, su nobleza, esa casta que les hace aprender para ganar en la lucha, ese poder, esa fortaleza y desde luego, esa belleza natural de un animal único ya admirado cuando la civilización aún estaba en mantillas, objeto de artistas, de representaciones simbólicas en las cavernas, convertidos en deidades, mitos guardianes de laberintos, toros blancos momificados como reyes, protagonistas de juegos en tiempos en que los dioses olímpicos habitaban en las cumbres de los montes, figura central en los lienzos de genios del pincel, don Paco, don Pablo, y eje del último rito casi mitológico que queda en la vieja Europa y uno de los últimos del globo. El toro, al que se teme, se admira y se ama por igual, el que deja mudas las gargantas, al que aún se le puede ver arrancándose de lejos peleando en el caballo, queriendo coger los engaños con saña y que lo mismo te entrega la gloria, que te quita la vida en ese camino a la gloria. Yo quiero parecerme al toro, me identifico con él, él hace que alabe al torero, que me conmueva su valor, el poder de la inteligencia sobre un vendaval. Porque sin el toro, no hay héroes en el ruedo, sin el toro, nada de todo el rito es justificable y pasa a ser una pantomima insoportable. Solo el toro tiene el poder de convertir esto en grandiosidad, en una gran ola que cubre el mundo y a la que no son ajenos escritores, artistas, músicos, escultores, pintores, nadie que tenga la suficiente sensibilidad para ver y entender al toro y darse cuenta de que quieran o no, siempre encontraremos a los toros en la vida.

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miércoles, 27 de diciembre de 2023

Cuento de Navidad… o de cuándo sea

El toreo soñado entre las nubes del cielo


Al final llegó ante una puerta mucho más modesta de lo que esperaba. Suponía grandeza, boato, mármoles y remates de oro, pero lo que se encontró fue una puerta de madera, bien cuidada, se la veía robusta, pero sin excesos. La flanqueaban dos jóvenes, ni altos, ni bajos, ni guapos, ni feos, ni rubios, ni con rizos rodeando un rostro amable y que desprendían mucha serenidad. Uno de ellos le recibió ya a lo lejos, invitándole a acercarse. Le preguntó su nombre, solo para llamarle por este, y le indicó que pasara a una casita que parecía de los jardineros. Allí un hombre mayor, con barba rala, vestido que una especie de túnica y llamaba la atención un llavero repleto y muy variado.

-          Buenas tardes, bienvenido.

-          Buenas tardes, gracias, no sé si es aquí dónde…

-          Aquí es, efectivamente. Has llegado al lugar indicado, este era tu destino desde hace mucho tiempo. Creo que tienes sitio reservado desde hace… Déjame ver… Bueno, eso da igual, has llegado dónde debías y te estábamos esperando.

-          Lo siento, si llego a saber, igual he tardado mucho.

-          No, por favor, has tardado lo que tenías que tardar. Aquí no hay prisa para nada y si tardas, mejor, nos alegramos de ello, porque eso quiere decir que antes tenías cosas que hacer. ¿Crees que has dejado todo rematado antes de venir?

-          Bueno, más o menos, siempre quedan cositas.

-          Desde luego. Descríbeme lo que hacías antes.

-          ¿Describirlo? Si quiere…

-          No, no me digas lo que eras, solo descríbelo. Es un juego que tenemos aquí.

-          Pues yo me vestía con ropas muy vistosas, coloridas, era como un ropaje de oficiante.

-          ¿religioso?

-          No, no, aunque sí que tenía que seguir un ritual.

-          ¡Ah! Vale, sigue, sigue.

-          Y entonces cogía unas telas y las movía delante de un animal, un animal muy fiero al que tenía que conducir por dónde pasar.

-          ¡Ay! Me gusta. Me suena mucho. Sigue, sigue.

-          Y si ese día estaba acertado y tenía fortuna, miles de voces se entusiasmaban hasta casi llegar a la locura.

-          ¿Y al acabar todo el mundo salía replicando lo que te habían visto hacer?

-          Sí, aunque eso no era siempre.

-          ¿Y el animal?

-          Pues si hay un paraíso para ellos, tendría que estar lleno de animales sensacionales que se ganaron la gloria eterna.

-          Bueno, no debería decirlo, porque esto solo era para las almas de la buena gente, pero… Otros que llegaron antes que tú y nos contaban y contaban, nos hicieron ver la necesidad de hacer un apartado para estos seres fabulosos. Pero, ¿crees que podrías hacer aquí lo que hacías allá? – La pregunta la acompañó con posturas flamencas, simulando algo que desde luego ya conocía desde hace tiempo.

-          ¡Hombre! Desde luego.

Y allí en el cielo, las almas de aficionados corrieron al conocer la noticia de que allí mismo iban a poder emocionarse con el misterio, la magia y el milagro del toreo. Los toros ya asomaban por entre las nubes guiados por vaqueros celestiales, adornados por alas relucientes, tanto o más que las de sus cabalgaduras. El arcángel Uriel ofreció su espada de fuego al oficiante de esa tarde, pero este prefería la suya que tantos triunfos le hizo cobrar. Sonaron las trompetas y la sinfonía de verónicas, medias, revoleras derechazos, trincherazos y naturales mecidos por el temple, dibujando círculos alrededor del sentimiento del toreo. Las voces se convirtieron en clamor, el clamor en algarabía y todos participaron de la locura que con unas telas y ante un toro, provocó aquel que lucía un mechón blanco, como si fuera la señal de estar tocado por la divinidad. Quizá alguien vea esto como un cuento de Navidad… o de cuando sea.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html