miércoles, 1 de abril de 2020

La primera vez del niño y el gran día del abuelo


La visión de los toros por parte de un niño, a veces es tan pura, como sincera y como ilustrativa

Será por instinto, quizá el legado cultural o la herencia genética, hacen que el hombre desee y procure lo mejor, lo que él considera mejor, para sus crías su descendencia. A los hijos, a los nietos, los mayores quieren dejarles, aunque sea una utopía, una gran fortuna que les arregle la existencia futura, un valioso recuerdo que les permita permanecer en la memoria, una educación que les haga valerse en la vida. Pero no todo son relojes de oro, cuentas corrientes, una casa en el pueblo o en la playa o una colección de sellos, hay legados intangibles que casi nunca pueden medirse en cifras seguidas de ceros y más ceros, pero que tienen un gran valor. Y si de eso hablamos, la afición a los toros es una de las herencias que no solo no suelen malgastarse, sino que se acrecientan con los años. Basta con sembrar una semillita, para que cada uno vaya haciendo crecer un árbol que llegará a ser robusto y frondoso, incluso para darnos abrigo en momentos de poca fortuna.

Aquel día un abuelo, el padre que ya había prendido esa afición al toro en sus hijos, vivió el momento que tanto esperaba, el niño, su nieto, ya tenía edad para poder aguantar dos horitas en los toros, ya era tiempo de su bautismo taurino. Uno de tantos de la feria de Madrid, se convirtió por azar en uno único y especial. Solo tuvo que quedar una entrada libre, una tarde agradable, soleada, sin agobios y que el niño accediera a ir con el abuelo y el papá a eso que iban todas las tardes de mayo. Un acontecimiento que comenzó en el mismo momento en que se tomó la decisión y que prosiguió según se iban acercando a la plaza, el niño mirándolo todo, callado, con los ojos muy abiertos, girando la cabeza a uno y otro lado y haciendo reparar al abuelo y al papá, cada vez que veía algo que le resultaba conocido, algo ya familiar para él; el puesto con capotes, muletas, estoques, toros, carteles y por supuesto, el puesto de los helados. El abuelo tieso, erguido, que el orgullo le impedía mirar al suelo, excepto si no era para dedicarle toda la atención al crío.

Llegó la hora de entrar a la plaza, el papá del niño se disponía a preparar las entradas, haciendo malabares con estas, con la mochila de la merienda, la botellita del agua y no dejando que el mozo se le fuera de la mano. Y de repente, el abuelo levantó su bolsa con los prismáticos, la almohadilla y programas de al menos una semana antes y chocándola contra el pecho del papá del niño, le dijo: toma, cógeme esto. Y sin mediar más palabra, cogió la mano de su nieto y directo a la puerta, sin mirar ni de reojo si su hijo tenía manos para todo, porque él solo tenía ojos para su niño. Y allá que entraron los dos, de la mano, con tanta solemnidad y orgullo como los césares cruzaban el arco de triunfo después de una victoria. No importaba como se apañaba el improvisado porteador, lo importante era que ese día de mayo, él había llevado a su nieto a los toros. Pasearon con sosiego por los pasillos de la plaza, para que el esbozo de aficionado pudiera verlo todo, carteles, azulejos, unos señores gritando y vendiendo almohadillas, otros corriendo con cajones llenos de bebidas, otros distraídos mirando a las nubes luciendo claveles en las solapas, señoras subidas a tacones que no aseguraban la integridad de sus tobillos, unos mozalbetes repartiendo unos cuadernillos, que fueron a buscar el padre y el hijo y que el nieto, imitando a sus mayores, también pidió el suyo. Que no sabía leer, pero sabía que lo de la portada eran un toro y un torero, de eso no tenía duda.

Y cuándo el abuelo le quiso enseñar la puerta por la que los toreros salían a hombros, el niño vió como en una puerta grande, enorme, monumental, se abría una hoja y dejaba entrever dos caballos blancos. Tiró de la mano que le sujetaba, mientras abuelo y padre le querían retener, porque allí no se podía ir. Pero los guardianes de esa puerta no lo debían saber y en lugar de impedir el paso, citaron de lejos al niño, le abrieron la hoja más grande y le invitaron a ver los caballos. ¡Caballos! Exclamó el alevín de aficionado con los ojos de par en par. Pase, pase, dijeron los porteros. Y sin saber ni cómo, ni de qué manera, el niño se levantó del suelo medio metro. Un señor todo de negro, con una capa negra, botas negras y sombrero negro con plumas de colores, le cogió por los brazos con la idea de subirlo a un caballo. ¡Señores! Que ya somos mayorcitos. Pero el que era mayorcito y pesado, era el niño. El alguacilillo desistió, a medias, del intento y le ordenó al papá: súbelo tú, que me pesa. Y aúpa el mozalbete, subido en uno de los caballos que iban a abrir plaza. Para qué más. El rey del mundo, príncipe del universo, encaramado en la silla de uno de los caballos de la autoridad.

Al fin la terna de padre, hijo y niño se encaminaron a la localidad. Y por si fuera poca la carga, una almohadilla para el chaval. Había que subir al sitio, pero para estas tareas más pesadas ya estaba el papá e hijo al mismo tiempo. El niño, la mochila de la merienda del niño, la bolsa de los prismáticos, la mochila propia y la almohadilla de la plaza, ligera y flexible dónde las haya. El padre a un lado, el hijo al otro y en el centro, el debutante, que en esa espera hasta el toque de clarines recibió todas las carantoñas imaginables de los habituales de todos los días, los mismos que le fueron ofreciendo caramelos, pipas, quicos, panchitos, pastas, magdalenas, melón en tacos y el mundo en papel de plata si hubiera hecho falta. Preguntas de quién es tu torero y gran celebración de los mayores cuando la respuesta era José Tomás. Allí había un aficionado en ciernes y de los que saben. Bendita ingenuidad. Sonaron los clarines y timbales, que no sorprendieron, porque ya sabía que así empezaban los toros. Los caballos que ya eran viejos colegas y después los toreros, aquello iba a empezar, de hecho, ya había empezado. Lo que pasó después poco importa, porque lo que realmente importaba era que el abuelo había llevado a su nieto a los toros, con el orgullo, ilusión y satisfacción que eso le producía, porque no era poca cosa, era la primera vez del niño y el gran día del abuelo.

Enlace programa Tendido de Sol del 29 de marzo de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-29-marzo-de-audios-mp3_rf_49414190_1.html

jueves, 26 de marzo de 2020

Los toros vivían en su casa


Aquellos niños que jugaban al toro


En aquellos años infantiles la mayoría de los niños no eran conscientes de si los toros eran algo extraordinario, algo bueno o malo o algo que esconder, en aquellos años, los toros estaban y punto. Así de sencillo. Y en la vida de aquel crío no había nada que hiciera esto diferente, los toros siempre estaban allí. Él jugaba a torear en su casa, se aclamaba a si mismo los capotazos, los muletazos y las estocadas hasta la bola, porque claro, en su juego, no iba a pinchar, ¿no? No era necesario eso del ambiente taurino en las casas, porque lo taurino era algo más de la cotidianeidad, estaba ahí. No eran necesarios capotes de paseo en una vitrina, ni vestidos de torear, ni cabezas de toros célebres adornando el salón, los toros estaban.

Los toros podían aparecer en los juegos, cogiendo aquel capote rojo que con un palo se convertía en muleta, con aquellos muñequitos de plástico, lo que genéricamente se llamaban indios, pero que eran toreros, con los que se montaba grandiosas corridas extraordinarias, con sus toreros con el capote, con las banderillas, la muleta y ese caballo de picador que tenía gastada la pintura amarilla del peto de tantas embestidas de esos toros idealizados, bravos y encastados. Pero la mente infantil, audaz y atrevida, no se queda en lo evidente y la de que aquel crío no iba a ser menos, llegando a montarse sus corridas de toros con las chapas, las mismas que un ratito antes habían corrido la Vuelta a España o ganado la liga y el Mundial.¿Extraordinario? No, la vida, su vida.

Eran esos años en que si había toros en la tele, en la única que había, en blanco y negro, había que estar callado, porque su padre los veía en silencio, un silencio casi litúrgico. ¡Toros en la tele! Eran otros tiempos y solo se televisaban algunas escogidas. Las calles casi se vaciaban y en los escaparates de las tiendas de electrodomésticos se apelotonaba el personal para ver los toros, con los más pequeños aplastando la nariz contra el cristal, como si estuvieran sujetando la luna ante algún derrote perdido de un toro desmandado que se escapara de la pantalla.

Pero aquello no era nada extraordinario, porque los toros estaban siempre ahí. Aún no habían nacido los antitaurinos, las señoras y los señores no torcían el morro cuándo alguien decía que iba a los toros o que tenía entrada para los toros; es más, los más atrevidos incluso preguntaban que si les sobraba una o, pensando en el futuro, decían eso de que si algún día te sobra una. Porque los toros eran algo cotidiano, claro que sí, y estaban presentes en la sociedad, pero eso de ir a la plaza, por muy acostumbrado que se estuviera a ello, por muchas veces que se hubiera ido, siempre era un acontecimiento único. Que podía tener mil alicientes, que si toreaba fulanito o menganito, que si los toros de Juan o Manuel, que si era el día del patrón o la patrona, pero lo principal era que se iba a los toros. Damas y caballeros arreglados para ir a los toros, orgullosos del brazo se encaminaban a la plaza y desde lejos parecían engallarse a medida que se acercaban a la puerta.

Pero no era algo exclusivo de los mayores, porque los niños también iban a los toros, en este espectáculo de vida y muerte no había rombos que prohibieran su entrada. Esos rombos que les impedían ver muchas películas en la televisión. Un rombo, no apta para menores de catorce, dos rombos, solo para mayores de dieciocho. A los toros sí que podían ir. Solo hacía falta que se pronunciaran las palabras mágicas: ¿Te vienes a los toros? Dicho y hecho, El niño se levantaba como una flecha y la madre detrás, a buscarle la ropa para que fuera guapo, peinarle  muy bien repeinado, los zapatos relucientes y cómo decía la madre, como un jaspe, a los toros. Entonces se aparcaba en el descampado pegado a la plaza y si era tarde de expectación, en los solares y callejuelas cercanos al antiguo mercado de Ventas. Que quedaba un poco más apartado, pero tenía la magia de girar una calle y aparecer la plaza resplandeciente. Había que hacer cola, una cola que llegaba hasta la calle de Alcalá. El niño en la cola, el padre daba unas vueltas por allí, a ver si veía. ¿Y dónde está? ¿Y si no llega? Que no viene, pero a poquito de llegar la vez, el padre aparecía y sacaba dos tendidos, que nunca le gusto eso de que si los niños no pagan o si lo cojo en brazos que no molesta. El niño, con su entrada, como los mayores. Después un paseíto hasta el patio de caballos para ver llegar a los toreros, con aquellos coches enormes, los Hispano Suiza que decía su padre. Y de ellos, uno por uno se iban bajando semidioses vestidos de luces y de entre todos, el matador. Papá, yo quiero ser torero, y el padre, siempre serio, sonreía. Que bonito sueño, que bello imposible. De vuelta a la puerta grande, un traguito de agua del botijo de una señora que los vendía a peseta y si era localidad de sol había que comprar una sombra, un medio cucurucho con una goma, que aliviaba los dos toros y medio que tardaba en llegar la sombra, no la de cartón, la de verdad. Mira papá, se va a caer. Un capitalista trepando por la fachada, aprovechando las hendiduras de los ladrillos. Todo, con tal de entrar a los toros.¿Y los guardias no les dicen nada? Mientras escalan, no. Imagina que se ponen nerviosos y se caen. Luego, arriba, les estarán esperando: o eso dicen.

Los pasillos de la plaza siempre le resultaban a aquel niño un caos indescifrable y maravilloso, un correr sin saber, la almohadilla, por aquí, por allá y esa amplia entrada a los tendidos que de repente se estrechaba en un pasillo enladrillado, unas escaleras y el ruedo, mágico plato dorado con dos anillos color teja. Y el sonar de los clarines era la culminación de toda esa ilusión, ya estaban en los toros, empezaba la magia, empezaba algo que siempre estaba presente, pero que era único, no había nada igual, eran momentos que no se iban a volver a repetir, por muchas veces que se fuera a la plaza, por muchas veces que años después se repitieran las rutinas, por muchas veces que siguiera compartiendo localidad con su padre y por muchas veces que se escuchara aquello del ¿te vienes a los toros? Ya de mayor, pero con esa familiaridad con siempre se vivió la afición a los toros, porque sin aspavientos, sin estridencias, desde siempre, los toros vivían en su casa.

Enlace programa Tendido de Sol del 22 de marzo de 2020:
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jueves, 19 de marzo de 2020

Leandro Trujillo, “El Chispi”, castizo y aficionao


A veces es bueno vivir el toreo soñando

El Chispi, del barrio de Cuatro Caminos, es una institución en el barrio, es abrir la boca y ya tiene parroquia que le atienda y más si es un día de toros, después de la corrida; no hay ni habrá nadie que cuente los toros como él. Un portento de la oratoria popular, hecho a sí mismo a golpe de sablazo. Le llamaban “El Chispi” porque, según dice, se sacó el título de electricista diplomado y hasta trabajó en la Telefónica como especialista en “Redes de Alta Tensión”, lo que pasa es que un día de tormentas eléctricas y cuando él estaba encaramado a un poste de madera, un rayo le atravesó de lado a lado y de arriba abajo, pero gracias a Dios y a la resistencia a las corrientes de alto voltaje, sólo sufrió un desvanecimiento de unos pocos minutos y salvó milagrosamente la vida. Cada vez que tiene oportunidad cuenta cómo el rayo le crucificó en el aire, sí, sí, como lo digo, crucificado en el aire, suspendido unos segundos y al cesar la descarga cayó sobre el palo y quedó enganchado en los soportes que él mismo estaba reparando. Tuvieron que bajarle otros operarios, trepando poste arriba como si subieran una cucaña, dejándole descolgarse poco a poco, hasta llegar al suelo. Sólo le quedó una cicatriz en la ceja izquierda, dividiendo esta en dos partes, la de acá y la otra. Pero esto es lo que cuenta “El Chispi”, porque si se hace caso a la madre, la única verdad es la cicatriz y no fue por ninguna descarga, ni ningún poste, ni nada de eso, fue que de niño se pisó el babi de la escuela de don Jacinto, por la calle Jaén, y fue a dar con el pico de la mesa del maestro. Pero esta versión era inmediatamente rebatida por el protagonista, quien aclaraba que por aquel incidente ya no pudo volver a trabajar “en lo suyo”, pues con recibir la descarga de una pila de petaca, podría ser suficiente para provocarle un síncope que le ocasionara la muerte ipso facto o una parálisis de medio lado del cuerpo. Motivo por el que en el barrio nadie le conoce trabajo fijo, y mucho menos en “lo suyo”.

Es fácil encontrarse al “Chispi” merodeando por el mercado de Estrecho, por Tetuán, Bravo Murillo, Cuatro Caminos y alrededores, lo mismo empujando un carro lleno de cajas de verduras, que cargando con los despojos para vendérselos a Rufo el porquero, que todos los jueves se acerca por allí desde Hortaleza, a buscar comida para los guarros. Hace mandados al de la ferretería, al farmacéutico, al pescadero, a Paco el de las pastas y pasteles, o a cualquiera que esté dispuesto a darle unas gordas por un servicio, pero a quien atiende con más diligencia es a doña Inés, la carnicera, que se quedó viuda hace unos cuantos años, cuando un tranvía se llevó para siempre a su marido, Marcial, que con tanto esfuerzo consiguió labrarse un porvenir despiezando y vendiendo todo animal que se pudiera hacer filetes o chuletas. Daba igual que tuviera pico, alas, cuernos o garras, o que mugiera, piara, relinchara o maullara, al carnicero todo le venía bien.

Chispi ponía todo el empeño de que era capaz por agradar a doña Inés, una señora de mediana edad, robusta, con sus redondeces estratégicamente aprisionadas o mostradas y una carcajada con eco, escandalosa, que escapaba de sus adentros de la misma forma que lo hacían las flatulencias. Se dice que cuando dos números de la Benemérita fueron a darle la mala noticia de su marido, ella primero explotó con una carcajada, para pasar al llanto, los lamentos y un grito que repetía una y otra vez, “¡Marcial, el tranvía te ha matao!¡Marciaaal, el tranvía te ha matao!”. Pero lo que quedaba de Marcial no la podía ya escuchar. Quien sí la escuchaba, y con mucho agrado, era El Chispi, al que no le importaría cuidarle el negocio y el puesto de carne que la señora mantenía y que le permitía vivir muy bien.

Secretamente, para evitar comentarios inoportunos, doña Inés le regaló a El Chispi el carné de socio del Madrid y del Aleti de Madrid que don Marcial tenía desde tiempo inmemorial. Le cambió la foto de los dos y los exponía a la envidia del barrio para que vieran que era un recadero con posibles. Pero cuando más disfrutaba era cuando hablaba de toros, ahí él era una autoridad, la autoridad. No había duda que no resolviera y en caso de disputa, lo que Chispi decía era la verdad más absoluta. Él, menudito, delgado, bajito y mal vestido, cuando de toros se trataba, se crecía y se sentía más grande. El toro era algo muy serio, tanto que no permitía que nadie le acompañara a su localidad primero en la plaza de la carretera de Aragón y ahora en la de Las Ventas. Ni tan siquiera admitía pareja para hacer el trayecto de Cuatro Caminos a Ventas más animado.

Los días de toros el Chispi dejaba el barrio muy pronto, para ir viendo el ambiente y coger un buen sitio, decía. Ya en Manuel Becerra bajaba hacia la plaza con ese porte que sólo tienen los toreros y los que creen serlo, sin haberse enfundado jamás una taleguilla, pero era un sentimiento tan profundo que le iba transformando en la medida en que el olor a puro se hacía más presente. Ya en la plaza, se apostaba en la puerta del patio de caballos y era el primero en saludar y desear suerte a los matadores, como el que se la desea a un íntimo amigo, a un primo o a un vecino que fuera a torear. Llamaba a todos por su nombre de pila e incluso con diminutivos, cuando no era el caso, o con el nombre original cuando sí lo era. Si el torero se llamaba José, él le recibía como “Pepín”, y si le motejaban Periquito, él se ponía solemne y le llamaba Pedro. Siempre diferente, para hacer ver que su relación con ellos era especialmente estrecha.

Poco a poco iba viendo cómo la gente entraba en la plaza y la explanada de delante se iba vaciando. Entonces recolocaba en la parte de atrás, en los terraplenes que había por donde estaban los corrales y pegaba la oreja para saber que pasaba. Escuchaba los olés, los pitos, las broncas y se iba haciendo una idea de cómo marchaba la corrida. Cuando calculaba que el último de la tarde ya estaba en el último tercio se encaminaba hacia la Puerta Grande y se colocaba apoyado junto a las taquillas. La corrida ya había acabado y empezaban a salir los más impacientes, casi a la carrera. Y cuando ya aparecían los más sosegados, se arrimaba y escuchaba sus comentarios, que ¡vaya naturales! que si las verónicas de aquel, que cómo empujó el cuarto en los tres puyazos. Incluso preguntaba a unos y a otros hasta completar la tarde en su cabeza. ¿Cuál era la capa de los toros? ¿Han brindado a alguien conocido? Luego sólo había que recoger una entrada usada del suelo, de un tendido bajo de sombra, por supuesto, y para el barrio. Llegaba y lo primero que hacía era dirigirse a la bodega. Allí ya esperaban congregados los aficionados que no habían tenido la fortuna de poder “ir a los toros”. “¿Cómo ha ido Chispi?”. “No ha estado mal”. Y empezaba. “Eso sí, teníais que haber visto esas verónicas de recibo, primero una por el pitón derecho, así, con la rodilla en tierra  -ilustrando el relato con la postura torera, imitando el lance-, luego, erguido y majestuoso, le ha pegado una, otra, otra, así hasta cinco y la media en la boca de riego. La gente casi enloquece. Y el cuarto parecía un tren en el caballo, la primera vara desde el tercio, la segunda un poquito más lejos y la tercera…” Y así iba contando la corrida con todo detalle, recreándose minuciosamente en pequeñeces cómo el bordado de los vestidos, una joven del sol, los tics del toro, los capotazos de más, lo que no hicieron y deberían haber hecho. Su auditorio no perdía ripio, se escuchaba hasta la agitada respiración del bodeguero cuando El Chispi hacía del silencio una jaula en la que meter a sus devotos seguidores. Qué sabio, cómo ve los toros, como nadie. Era tal el encanto que producía y el agradecimiento de todos a aquel hombre que perdía su tiempo en contarles la corrida, que un día decidieron todos reunir dinero y pagarle la entrada, pues ya les parecía abusar de su paciencia. Empezaron juntando unas perras, pero no acababan de reunir lo que costaba un tendido del 9, de sombra, porque un maestro no merecía menos. La iniciativa llegó a oídos de doña Inés, quien decidió pagarle la entrada a El Chispi, agradeciéndole también ella los servicios prestados, o al menos la buena voluntad. Pero con una condición, le tenía que dejar que ella le acompañara. ¿Que mayor privilegio? Además ella era una antigua aficionada de cuando su padre empezó a llevarla a los toros de niña.

Llegó el domingo. Chispi, vestido de domingo, con los retales de todos los días y con un pañuelo al cuello, repeinado, con el pelo aún mojado y sin afeitar, esperaba a doña Inés en su portal; la señora apareció, él le ofreció su brazo y los dos se marcharon a coger el autobús, que era un día grande y había que tirar la casa por la ventana. Todos estaban en la calle, apostados contra las paredes, simulando tener algo que hacer, pero realmente estaban allí para saludar con discreción a la pareja, que iba sonriendo a derecha e izquierda. Llegaron a la plaza, doña Inés le entregó las entradas a su acompañante y éste las entregó al portero, que con una sonrisa se las cortó y devolvió, amagando descubrirse ante la señora. Ocuparon sus localidades, de sombra, por supuesto y esperaron a que empezara la corrida. Clarines y timbales,y cuando salieron los toreros para hacer el paseíllo, doña Inés no pudo contener su cara de estupefacción, con los ojos muy abiertos, cuando escuchó a Chispi: “Si salen con las medias rosas…”

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jueves, 12 de marzo de 2020

Suspendemos, posponemos, ni si, ni no, sino todo lo contrario


¿Salgo ya?

Si les digo que estamos viviendo una circunstancia absolutamente desconocida para todos, lo menos que me pueden llamar es poco original. Aquí, descubriéndoles la luz. Seguro que si no es por mí, ni darse cuenta de la excepcionalidad del momento. Pero no solo no pretendo parecer un iluminado que les hace ver la luz verdadera, sino que ni tan siquiera les voy a dar consejos para que ustedes mantengan la buena salud y mal harían si me hicieran caso también en este campo. Pero virus aparte, parece que la gran preocupación de los aficionados son las ferias que están en el aire, las suspendidas o aplazadas, porque eso tampoco está muy claro. ¿Quién se atreve ahora a dar fechas para nada? ¿Alguien con una bolita de cristal con la ITV de los magos al día? Es imposible entrar en ese tipo de vaticinios.

Quizá la incertidumbre también esté provocando que la impaciencia se dispare. ¿Qué pasará con las ferias de Castellón y Valencia, ya suspendidas? ¿Qué ocurrirá con Sevilla? ¿Llegará esta situación hasta Madrid? De momento ya se han suspendido los primeros festejos de temporada, los que abrían el portón de cuadrillas de las Ventas. Pues igual nos ponemos en mayo o junio o vaya usted a saber, sin toros. ¿Y qué le vamos a hacer? No quedará otra. Evidentemente existe el problema económico, que no es poco, pero parece que antes que este tipo de prioridades deben estar las que afectan a la salud de la gente. Estábamos esperando que el toro saliera ya por la puerta de toriles, pero igual habrá que esperar.

Eso sí, tan preocupados ellos por el bienestar de la fiesta, los de la Fundación del Toro, con don Victorino Martín a la cabeza, ya están pidiendo reuniones con el gobierno para saber qué hay de lo suyo. Que no han podido esperar ni cinco minutos a ver si el panorama se aclara un poquito, que ellos ya están queriéndose poner los primeros en la fila de las reclmaciones. Que no dudo que estén preocupados, muy preocupados, faltaría más y es más que comprensible, pero hombre, ¿no ven las noticias? El gobierno no se puede reunir en pleno, el Congreso está cerrado, aparte de todas las medidas que afectan al total de la población. Que con tanta prisa, habrá algún malpensado que ejerza de tal y acabe pensando mal. Este es un problema serio, que afecta a todos y entre todos habrá que encontrar la mejor de las soluciones. Como si fuera un suflé, tendrá que subir todo al mismo tiempo.

Que no es ni tan siquiera una idea, más bien puede llegar a la categoría de ocurrencia, pero a lo mejor hay que volver a aquellos tiempos en que la temporada no eran solo ferias. Lo mismo hasta hay que prescindir de las ferias que se queden fuera de fecha y celebrar, si esto fuera factible, los festejos repartidos a lo largo de todo el año, hasta que el tiempo y el sentido común lo permitan, pensando que este maldito bicho remita, se debilite y desaparezca. Que poniendo el caso de Madrid, si no se llega a San Isidro o si esta tiene qyue empezar quince días después de lo previsto, ¿por qué no se podrían ir salteando festejos de jueves a sábado o de lunes a miércoles y los domingos la novillada o corrida que tocara. Que no será la mejor opción, no lo pongo en duda, pero al menos se podría mantener esto en pie. Que habrá a quién no le parezca bien, porque lo suyo sería la feria toda seguida. Bueno, así se desarrollaba el abono madrileño en épocas muy pretéritas, los jueves toros y los domingos también. Que puede que la asistencia no sea la misma, pero menor sería si no hubiera toros. Así, igual hasta nos quitábamos unos cuántos autobuseros y claveleros de encima o igual hasta aumentaban. Eso no se puede saber ahora. Y eso en Madrid, que son más de dos docenas y media de tardes, porque en otras plazas, como Castellón y Valencia, que son las primeras, quizá puede ser más sencillo esto de repartir los festejos en otras fechas que las tradicionales. Y si es necesario, lo mismo los propios empresarios podrían ponerse de acuerdo para encajar fechas. Por ejemplo, que la empresa de valencia, Madrid y Nimes, por decir tres plazas al azar, podrían reunirse y establecer calendarios que no perjudicaran a nadie, ¿no? Que al fin y al cabo, las plazas seguirán dónde están, los toros seguirán en el campo y los toreros esperando para torearlos. Pero sea como fuere, ahora mismo todo es hablar por hablar, porque no parece que nadie pueda hablar de fechas, de cuándo este mal remitirá, ni de qué manera lo hará. Eso si, mientras estamos encerrados en nuestras casas podremos seguir con pronósticos, elucubraciones y predicciones infalibles. La solución es un que suspendemos, posponemos, ni si, ni no, sino todo lo contrario.

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jueves, 5 de marzo de 2020

Lo que mande el señorito Josantonio


Quizá ya hemos llegado al límite de aguantar excentricidades y caprichos sin sentido. A ver si dejamos de jugar con las cosas importantes

Para unos, quizá los profesionales del timo taurino y los afines y palmeros de tal estafa, los caprichos de los incapaces que se autoproclaman artistas son una evolución, progreso y caminar hacia el valhalla de estos pícaros del toreo. Y para otros, seguramente los que nada sacan de los toros, aparte de satisfacer su afición, esas “aportaciones” no son otra cosa que un lento y firme caminar hacia el abismo, absolutamente confiados en que no existe tal abismo.

Mis felicitaciones al señor de la puebla del Río, que él solito ha conseguido que la Junta de Andalucía humille ofreciéndose para recibir la traicionera puntilla de este caballero, maestro del show y vergüenza del toreo. Todo capricho es poco para este señor, nada le es suficiente. Se maneja como nadie en eso de irse a comer pipas entre los antitaurinos y ponerse flamenco sacando pecho con ellos. Se presenta, sin pretender ser discreto, en el tendido siete de Madrid con aire más que intelectual, del que se cree el listo del pueblo. Que no duda en agarrarse a la furgoneta y decir que va a luchar por la “tauromaquia”. Eso sí, en cuanto puede, nos suelta dos trapazos por la cara y nos suelta un bajonazo infame que solo puede originar que la fiesta se desangre con el acero atravesado desde la paletilla.

Que a este señor, ni al resto de taurinos, no se le pasa por la cabeza optar por un toro íntegro y con poder que soporte una lidia lógica. Ni mucho menos. Mucho mejor adaptar el girar de la Tierra a las innumerables carencias del toro actual. Que ya que vamos al hoyo, vayamos todos al mismo son. Y marcando el paso según la música que le dicen, la Junta de Andalucía. Esto es lo que los nuevos gobernantes iban a luchar por el toro. Que poquito han tardado en descubrirse. Que como dirían los mayores, obras son amores y no buenas razones. La palabra contradice los hechos con descaro y desmesura. Todo para el negocio y por el negocio. Su fiesta es la bolsa y lo que no incremente sus haberes, queda excluido de la fiesta. Creíamos algunos que habría que esperar más para ver por dónde iban a tirar estos defensores de la “tauromaquia”, pero no, si nos descuidamos, nos llevan por delante atropellados por esa actitud injuriosa. ¿De verdad creyeron que algún partido iba a luchar por esto? ¿De verdad creen que todavía van a mover un dedo por esto?

Todavía habrá partidarios del caballero de la Puebla que salgan no solo a defenderle, sino que se agarrarán el cesto de las chufas en cuanto vean que alguien afea la actitud de su ídolo. Encontrarán mil y un argumentos para apoyar la causa de este señor, mil un insulto para los que se pongan enfrente de él, pero eso no querrá decir que estén en posesión de la razón. Y no es porque tal o cual hecho sea o no razonable, eso sería otra discusión, sino porque él mismo se descubre y se le ven las costuras al pretender hacernos comulgar con ruedas de molino. No hay debate, no lo propone, simplemente atropella la razón y nos quiere convencer de que eso es lo que hay que hacer, porque lo manda él. Rayas de un color, ruedos planos, riegos a petición, estoques a discreción, masacres desde el burladero, burlas en los corrales, burlas en la arena y todo ello queriéndolo disfrazar de arte y erigiéndose en sucesor legítimo de alguien grande. Pero todo está meridianamente claro. Este señor jamás ha sido capaz de mostrar el más mínimo compromiso con la fiesta, siempre ha presionado para conseguir que se atendieran sin reservas sus caprichos y nada le ha importado más allá de su comodidad, de su bolsa y de mantenerse en ese lugar que le permite seguir navegando en ese empalagoso amaneramiento de pseudoartista. Y seguro que aguantará casi por los siglos de los siglos, porque parece que no le faltará su cohorte de fieles en busca de un artista que echarse a la vista y que al menor ademán de su ídolo le responderán siempre lo mismo: lo que mande el señorito Josantonio.

Enlace programa Tendido de Sol del 1 de marzo de 2020:
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viernes, 28 de febrero de 2020

Revolucionario con chanclas y calcetines


A veces los verdaderos revolucionarios no caen en la cuenta de que lo son y los que no lo son, alardean de ello. Así es la naturaleza humana.

Nos llevan queriendo convencer desde hace muchos años, que el señor Casas, don Simón, es un revolucionario. Que incluso los hay que se lo han creído y hasta tal punto, que lo tienen como un modelo, como un líder de las barricadas, un adalid de la injusticia taurina, un campeón de los sometidos, un… Pero quizá lo único que tiene de revolucionario es el pelo alborotado y la voz altisonante incluso entre susurros, y la pomposidad de su palabrería vacía y repetitiva como las letanías muleteros de cualquiera de sus idolatrados “jartistas”.

Pero aparte del vocerío, uno no acaba de encontrar su revolucionario carácter por ninguna parte. Que se agarra a lo más ancestral del ser humano, alimentando todo lo que podría ser propio del viejo régimen, que no del suyo que cree tan revolucionario. Que sus mayores aportaciones se reducen a poca o casi ninguna novedad y se expanden en profundizar en lo de siempre. Que ya en su primera incursión en la plaza de Madrid, su gran invento fue el de poner un macrotascuzo junto a la plaza, para que ya antes de entrar los asistentes se pudieran ir entonando. Pero esto lo ha ido perfeccionando, que igual es ahí dónde él mismo cree que reside su espíritu revolucionario. Que ya como máximo responsable de las ventas, o eso nos ha hecho creer, se sacó de la manga lo de “Cénate las ventas”. Nos llenó las galeríias de más tascuzos y permitía que los hambrientos y sedientes entrasen y saliesen a su antojo, hubiera lidia o dejara de haberla en ese momento. Que como de todos es sabido, si uno se está trasegando un buen bocata o un barreño de alcohol o ambas cosas al tiempo, en el ruedo no pasará nada, ni bueno, ni malo. Que vamos, que si nos ponemos todos a darle a la flauta de jamón o chorizo de Salamanca, los toreros pueden estar tranquilos, que el toro no hará por ellos. ¿Se acuerdan de cuando niños un se veía casi atrapado y bastaba que se parase y dijera “casa”, para que ya no le pudieran hacer nada? Pues lo mismo, pero con toros y novillos toros. Y en ese afán revolucionario, convierte la plaza de Madrid en una discoteca , en una macro terraza y vaya usted a saber en qué más, cuando acaba el festejo. Que no han hecho más arrastrar al último de la tarde y empieza el tacatun tun peten que sacatún, que cualquier día un señor mayor bajando las escaleras le va a venir la inspiración bailonga y no te digo na’ como se le salga la cadera, el disgusto que nos vamos a llevar.

Pero no queda ahí la cosa. Recuerden que el revolucionario este un día dijop que le iba a dar al bombo. ¡Madre! La locura. Si es que es el Robespierre de los toros, el Che Guevara del barrio Ventas, el Lenin de la M-30. No diga revolución, diga Casas. Que tal revolución era elegir unos hierros que se rifarían todos los coletudos del planeta, que cualquiera que les tocara iba a ser una perita en dulce. Que decían que si los come hígados de don Adolfo, pero ya vieron cómo salió la cosa. Que al final la supuesta revolución no quedó ni en asonada de medio pelo. Que ha habido motines de parvulario mucho más tensos que aquel sorteo cuasi benéfico. Que este es un rasgo que también define a este caballero, tan revolucionario él, que se cuida muy mucho de ofender o molestar a los macroganaderos, a las grandes casas del toreo y por supuesto, a las figuritas. Que con estos pone caras, pero a todo que sí y que bueno. Los malos modos, el enseñar los dientes y el imponer, se lo guarda para los desheredados del toro, para los que tienen que jugarse mucho más que los muslos o el prestigio en una tarde de toros. Mano dura con el débil y sumisión con el poderoso. Ese es nuestro revolucionario.

Que para no liarnos más, su revolución se basa en dejar todo como está, en no menear nada, no vaya a ser que mueva el manzano un poquito y se le caigan dos reinetas en la coronilla. Un revolucionario que hasta para tejer sus discursos echa mano de algo tan antiguo como es la charlatanería, aquella que practicaron muchos maestros de la venta, que no de las Ventas, que te vendían mantas en el caribe, paraguas en el desierto o pareos en los Polos, pero sin engañar a nadie. Que quizá esa sea la innovación del señor Casas, don Simón, que su revolución, su parloteo no aguanta la verdad. Que al final no nos va a quedar otra que pensar que este caballero no es otra cosa que un revolucionario con chanclas y calcetines.

Enlace programa Tendido de Sol del 23 de febrero de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-23-febrero-de-audios-mp3_rf_48099623_1.html

miércoles, 19 de febrero de 2020

Analizando carteles. ¿Seguro?


Al final están todos, menos el toro

Ya se saben los carteles de Sevilla, se adivina lo gordo de Madrid y ya empezamos a hacer concienzudos análisis de estos, como todos los años. Para que luego digan que el aficionado no es optimista y voluntarioso, porque lo opinado el año anterior y el otro y el otro y el otro y… es perfectamente aplicable a este. Que igual hay una pequeña variación, como esa de que vuelven Morante y manzanares a Madrid, pero, ¿en qué cambia esto las cosas? Es más de lo mismo. Y lo que es peor, todo es muy previsible. Donde aparecen las figuras, desaparece el toro y donde aparece el toro, desaparecen las figuras y los claveleros e irrumpen una legión de toreros a los que se valoran más sus derroches de testosterona que el buen toreo con mando, poder y cabeza, sobre todo cabeza.

Que no hace tanto clamábamos por evitar que nos invadiera el monoencaste, pero es que ahora rogamos por una tarde, aunque solo sea una, con el toro. Que Parece que ya no hay ganaderías en el mundo, que repiten las mismas una y otra vez y siempre con los mismos señoritos delante, los jartistas, que ya jartan una jartá, ya jartan demasiado. Pero no es eso lo peor de todo esto, lo peor es que encima, para mantener a estos jartistas diplomados, los señores empresarios, especialmente el señor Casas, don Simón, nos quiere cobrar más por cabrearnos. Que nos vienen con que Madrid es muy barata, con que no se puede ir a los toros por seis euros o casi diez, pero de algo tendría que valer el que las Ventas acogiera más personal, ¿no? “Amos” digo yo. Que igual a la misma altura, los precios de unas y otras plazas andarían por ahí. Eso sí, en Madrid, y esto es innegable, se puede ir a los toros por mucho menos que en cualquier plaza, aunque sea allí arriba.

Un año más los rumores de pretemporada se han desvanecido y volvemos a la tarea de siempre. Que habrá quién concienzudamente y con toda la voluntad del mundo, y mi más sincera admiración, empiecen a desgranar cartel por cartel, los toros, los toreros, las combinaciones de todos. Pero, ¿?qué cambia? Si es que estoy convencido de que si el Juli o Ponce o Morante se cruzan un día por la calle con quien no sea Talavante, Roca Rey, Cayetano o alguno más de los que se llaman figuras, que ni se saludan, es que ni saben quiénes son. Que ni les suena la cara. Y si les invitan a una finca de lo que no sea Juan Pedro, Cuvillo, Garcigrande o tres más, se creen que van a una barbacoa en el chalet de un admirador. Que se han construido un mundo tan cerrado, una burbuja, que más parece un búnker antinuclear e ignoran todo lo que pasa en el exterior. Y además se creen que es eso lo que hay y que no cabe más en el mundo, porque lo que no es su mundo, no existe y existe, no tiene sentido y hay que eliminarlo.

Que me dirán que tal o cual torero puede moverles la silla; puede ser, pero en el momento en que sus satélites puedan olisquear la amenaza, a degüello con él, no vaya a ser que les descubra el truco y se les acabe el chollo. A ver si por una tontería les van a quitar una tarde para poner a ese que torea o quiere torear de verdad. Que la vida está muy “achuchá” y no es cuestión de dejar escapar ni media perra chica. Que nos vendrán con eso de la defensa de la “tauromaquia”, de la tradición, de la cultura o del “jarte”, pero solo defienden y solo les preocupa una cosa: su negocio. Y si nos quedara alguna duda, pues nada, le echamos un vistazo a los carteles de Sevilla y a los avances de Madrid, por decir las dos plazas de mayor importancia, y que cada uno saque sus propias consecuencias. Eso sí, como aficionados de los “güenos”, aficionados de pro, creo que deberíamos pasarnos al menos una tarde analizando carteles. ¿Seguro?


Enlace programa tendido de Sol del 16 de febrero de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-16-febrero-de-audios-mp3_rf_47800767_1.html