martes, 24 de abril de 2018

Su turno


¿Cuánto le quedará a esta imagen para ser solo un recuerdo?

¡Su turno, mesa 12! Siempre teniendo que padecer con este ruido al andar, toc, plas, toc plas, medio arrastrando la pierna. Sin poder caminar con la ligereza y agilidad de los demás. ¡Maldita sea! Y para nada. Mucho. “qué bueno”, “sin ti nada vale”, “tú eres nuestra razón de estar aquí! Pero al final, ya se ve, nada ha valido para nada, ellos siguen a lo suyo y yo aquí, arrastrando esta pata como una piedra al cuello, doliéndome aún de tanto trompazo, pero aquí, arrinconado y teniendo que contarle mi vida a esta funcionaria. ¡Dios, que cara tiene!

-        ¿Nombre?
-        Rafael Mora, Morillas
-        ¿Morillas es de segundo?
-        No, Morillas era el apodo por el que todos me conocían en el mundo…
-        El apodo no me hace falta, no hay epígrafe para apodo

Qué tía, entonces no sé cómo van a saber que soy yo, si por Rafael Mora no me conoce nadie. Pero bueno, todo sea por algo fijo al mes, al menos mientras me vuelva a colocar con otro patrón.

-        ¿Titulación?
-        ¿Cómo titulación? Señorita
-        Que si tienes alguna titulación académica.
-        ¿Académica? No, de eso no, yo es que siempre me he dedicado a lo mismo, como mi padre, mi abuelo, desde ni…
-        ¿No tiene estudios, entonces?
-        Sí, claro, el graduado, que mi padre se preocupó de que supiera para manejarme en la vida.
-        La secundaria obligatoria, ¿no?
-        No sé, señorita, será. La básica, ¿no?
-        Secundaria obligatoria. ¿Otros conocimientos o aptitudes? No, sin titulación
-        No sé, señorita.
-        Esta es su tarjeta, que tendrá que sellar en las fechas indicadas, si no lo hace puede perder la prestación, deberá presentarse a las ofertas de empleo a que se le cite, si no. Puede perder la prestación, no puede abandonar el país sin notificarlo a su oficina del INEM, si no puede perder la prestación, no podrá realizar ninguna actividad sin contrato que le pueda reportar ingresos no declarados, porque si no…
-        Puedo perder la prestación, sí señorita, me ha quedado claro.
-         El siguiente.

Su turno, mesa 12. Toda la vida de sacrificios, para esto, para acabar cobrando una miseria, sin trabajo, sin ya poder trabajar en lo mío en ningún sitio y encima, a nada que me menee, puedo perder la prestación.

-        ¡Morillas!
-        ¡Hombre, Carpinterito! Me alegro verte. ¿cómo tú por aquí?
-        Ya ves, imagino que como tú ¿Me equivoco?
-        No te equivocas.
-        Qué equivocados estábamos, nosotros solitos nos cavamos el agujero. Vale, vale, vale y ahora mira, que a nada que hagas, puedes perder la prestación
-        ¡Sus muelas! Tanto levanta, levanta, no le pegues y estábamos quedándonos fuera sin saberlo ver venir.
-        Me cago en todo, que no queríamos escuchar a aquellos que nos gritaban. “Os vais a ir todos al paro”. Pero tú sigues paseando la mona.
-        Para ver si así impresiono a alguien. ¿Te acuerdas cuándo llegábamos a la plaza y se hacía el silencio? Solo se oía nuestro caminar. Toc, plas, toc plas, saludando a los compañeros, a los monos y al caballo. 
-        Pues ahora, ya nada. Me han contado que el otro día en Valencia sacaron al paseíllo a las falleras mayores. Un esperpento.
-        No me jo…
-        Cómo lo oyes, le tuvieron que deformar el castoreño para que les entrara, porque decían que los rulos no se los quitaban.
-        Pero ya ves, al público le da igual, aunque claro, con los animales que echan ahora, ¿qué coj… se les va a picar? 
-        Anda, no te entretengo, que aún te queda esperar ahí dentro.
-        ¿Te preguntan algo?
-        Sí, la titulación, pero ya te digo que de picador de reses bravas, no hay epígrafe y de lo que hay, a nada que te pongas, puedes perder la prestación.
-        ¿Has mirado en alguna finca, en alguna ganadería, aunque solo sea para tentar?
-        ¿Para ten… quéeee? Si ya nadie tienta a caballo, para qué.
-        Hombre eso fue lo básico, lo fundamental.
-        Tú lo has dicho, fue. Ahora todo está más humanizado. Y ya ves, quedan, según decían, 15 plazas con actividad. Y menos mal que nos queda Madrid, que aún da los cinco festejos por San Isidro y otro por la Paloma.
-        Bueno, al menos esto se mantiene y no desaparece por completo.
-        Pero, ¿tú te estás oyendo? Madrid con seis festejos al año, Sevilla con tres, Valencia dos y las otras, con uno por año. Esto está más desaparecido que los torneos medievales.
-        Morillas, nos dejamos engañar.
-        Tú lo has dicho, nos dejamos engañar.
-        Pues voy a ver que me dicen ahí dentro.
-        Ya te lo digo yo, que puede perder la prestación.
-        Sus… Y quítate ya la mona, que al final, todavía te llevan con la camisa de fuerza.
-        Ya, es la costumbre, la nostalgia.
-        A más ver.
-        A más ver.

Solo nos queda pedir que la ficción no deje de serlo, que lo que parece imposible, siga siendo imposible, aunque… Su turno.

Enlace programa Tendido de Sol del 22 de abril de 2018:

martes, 17 de abril de 2018

La gente lo pide: argumento para un indulto


Después de ciertos acontecimientos, ciertas reacciones, no sé si deberíamos replegarnos

En esto de la libertad del hombre, de los derechos del ciudadano, los hay que piensan que no deben existir los límites, al menos para lo que ellos quieren, porque para lo que quieren los demás, jaulas y vallas con pinchos. Que si yo digo pum, el resto que diga pum purrumpumpum y, si además es la muchedumbre la que corea, a los leones con aquel que no siga la cadena. Que me habría gustado ver a los que negaran en la plaza el indulto y triunfo triunfalista del Juli en Sevilla. Que si no salieron escoltados por las fuerzas del orden, igual fue porque tales fuerzas también andaban metidos en esa orgía de orates indultadotes.

Que igual alguien no tuvo la suerte de ver tal acontecimiento y le gustaría saber qué ocurrió allí. Pues bien, quizá si prestan atención a los partidarios, igual no les queda la cosa muy clara, a no ser que sepan leer entre líneas, incluso que sepan leer en lo que no se dice. Se ha oído que fue cumbre, y hasta cunvre se ha leído por ahí; que quién no esté de acuerdo es un antitaurino; eso de ¿qué es lo queréis?; el que más se detiene en detalles te dice que el matador no se retorció tanto cómo otras veces y que a la vez arrastraba la muleta una enormidad, lo que es cierto, pero no confundamos eso, con bajar la mano. Bajar la mano es citar a una altura y someter al toro obligándole, bajando la mano, cuando llega a jurisdicción y se le embarca en la embestida. Arrastrar la muleta es eso, arrastrar la muleta, con el mérito que eso supone de resistencia lumbar. También se ha oído lo de histórico, que no es ya nadar en la originalidad; hasta hay quién habla de las francas y humilladas embestidas del animal, pero esto serán los mismos que repararon en lo del arrastre muleteril. Y cuándo esos amargaos de la vida, antitaurinillos, que no antitaurinos, les responden con lo del escarbar, la deficiente suerte de varas, la escasa presencia y el vicio ventajista del espada, quién en ese toro no puso en práctica eso del julipié, entonces te salen con que lo pidió el público y que el público es soberano. Sí,  es verdad, el público a veces es Soberano, Fundador, Johnny Walter, Beefeater y muchas más cosas, pero eso es salirse del tema, allá cada uno con la forma de alegrarse.

Si lo que manda es la muchedumbre, ¿qué pinta el presidente? ¿Para qué un reglamento? Dejemos que la masa decida, que ya habrá quién se emplee a fondo para manejar a tal marabunta, lo que resulta bastante más fácil que convencer a los individuos uno por uno y cara a cara. Que si dejamos el mando y las decisiones a estos arranques multitudinarios, lo mismo podemos ser testigos de que ese enjambre de voces pidan que se ajusticie a un tío que pasaba por allí, un método patentado por un tal Lynch. Que la masa puede pedir, puede vociferar, puede echar las manos al cielo, pero ahí tiene que haber quién imponga la cordura, no interpretando, sino aplicando una reglamentación existente. Que puestos al absurdo, que esto ya bastante absurdo es, por ese empuje colectivo, siempre tendrían que ser campeones en el fútbol los que más hinchas tuvieran, los de los estadios más grandes, los de la masa más sonora y enfurecida. En los Juegos Olímpicos, las medallas para China, la plata para la India y el bronce, pues de momento para los estados Unidos. ¿Absurdo? Al extremo. Pero aquí, en esto de los toros, tiramos por el poder de la masa, que por otra parte es jaleado por el poder. Pero que si un día cambian las tornas y esa masa no nos cuadra, tiramos a degüello contra ella y si no saben cómo, consulten al maestro Esplá disparando al corazón de la afición de Madrid, la misma que le mantuvo vestido de luces durante años.

Y siguiendo con lo del indulto de Sevilla, el primero, porque ya nadie se atreve a asegurar si no habrá más, ¿cómo es posible que en ese momento de euforia el señor don Emilio Muñoz jalee y empuje para que se saquen los pañuelos blancos y luego repliegue velas afirmando que la cosa no era para tanto? Aunque igual servidor es demasiado ingenuo esperando que este caballero sea capaz de opinar y luego mantener esa opinión. Que si aplicamos eso de que rectificar es de sabios, este señor es de Nobel, pero quizá esa sabiduría que se le supone también tendría que ir acompañada de buen juicio, de reflexión y sobre todo, muy especialmente, de honestidad para no acabar en convertir en dogma eso de que la gente lo pide: argumento para un indulto.

Enlace programa Tendido de Sol del 15 de abril de 2018:


martes, 10 de abril de 2018

Pero, ¿por qué os gusta esto?


A unos nos lo contaron, lo vimos, y quedamos enganchados a esto, pero a otros, les contaron, les siguen contando, no han llegado a verlo, pero creen, saben que un día fue y siguen con una fe inquebrantable. 

Si nos sentamos a ver con detenimiento el panorama taurino actual y dos suspiros después nos ponemos a recordar un poquito, tampoco demasiado, lo que algunos tuvimos la suerte de llegar a ver años atrás, no podemos por más que pensar cómo es posible que los jóvenes de ahora se hayan aficionado a esto. ¿Cómo es posible que sean fieles espectadores en plazas como la de Madrid? Allá que van un domingo tras otro y en mayo todos los días, puntuales a las siete de la tarde, salvo exámenes que obligan a la falta. Devoran vídeos, libros, los encastes, toreros, tertulias, recuerdos de aficionados con muchos años sobre la piedra; abren los oídos, abren los ojos, abren el alma, pero el toreo grande solo les llegó por referencias. Si acaso se agarran a esos coletazos furtivos de un José Tomás en retirada diferida o si acaso de Morante, ya en perpetua ausencia, haga o no el paseíllo.

Que luego pasa que cuatro y el del banderín se acercan a la plaza de la calle de Alcalá, esperando que los de Fuente Ymbro repitieran lo del año pasado y se encuentran con una mansada desigual, regalando embestidas para el que las quiera y tres chavales que se permitieron despreciarlas. Ellos estaban a lo de los trapazos, las ventajas, el toreo lejano y perfilero, destemplado, enganchado, vulgar y aburrido. ¡Caramba con el futuro! Que así pasa, que esa juventud que puebla tendidos, gradas y andanadas espera en su nido de afición, piando con desesperación, picos abiertos mirando al cielo, a que los matadores les echen media lombriz de toreo que les alimente sus ilusiones. Es verdad que alguno intenta pasar el trago del tedio litrona en mano, pero ni eso les dejan, los vidrios al contenedor azul, no en la plaza; y en ese ansia de querer ver, de querer atisbar el toreo, se conforman con uno, con dos, incluso tres muletazos, que es la locura si completan una tanda. Muletazos sueltos, que lances ya no se ven, si acaso, capotes aventados, que no mecidos; quites estrafalarios para que el toro pase, no verónicas con el toro conducido y dominado. No ven torear, si acaso, lo más toreado son los pases del desprecio que tanto jalean, quizá por eso, porque es lo más toreado. El amaneramiento entendido como arte; el toro-toro, incompatible con el arte verdadero, ¿desde cuándo? Pero es lo que han visto y les vence ese querer ver, ese querer tocar el toreo, con litronas o sin litronas, pero que haya toreo.

Esas ansias de afición les empuja a ver el toro, no cabe más; pero creen que si hay toro, solo puede haber gladiadores, no caben toreros, porque, según cuentan las voces interesadas, el toreo bonito solo con el medio toro y si el toro es íntegro, fuera exquisiteces. ¿Desde cuándo? Admiran y se entregan al que como todo recurso solo es capaz de oponer el estar ahí, el aguantar el vendaval, ni lidiar, ni mandar, ni torear, basta con que aguante y en las ferias no entienden por qué no se incluye a los que más aguantan, pero que no torean. Que aguantar siempre ha sido virtud en el toreo, pero se aguantaba para poder, para acabar dominando al animal, o tú o yo.

Ya no se discuten esos dos mundos que transitan en paralelo, por un lado los “hartistas” del medio toro, que rebosantes de ventajas trapacean y se ponen bonitos. Y del otro, el toro y los que se anuncian con orgullo y escasos de conocimientos, pero deseando saltar al otro bando, cómo si eso supusiera un ascenso en esta multinacional del taurinismo. A bregar con el toro, pero con el ojo puesto al otro lado del muro. Eso sí, si lo consiguen, no les pidas que vuelvan, ni de visita, que les insinúas un paseíto por caminos de antaño y te responden que eso ya no es para ellos. Que no está el problema en que ahora se admita esa fiesta con el muro de la vergüenza partiéndola en dos, que lo peor es que cualquier realidad que no sea esa parece no una utopía, sino una locura. Tantas trabas, tantas limitaciones, tan poco premio y ahí siguen y seguirán. El próximo domingo volverán a su plaza, qu3e hay novillos y al otro y al otro y saldrán decepcionados, pero volverán y quizá se congratulen con su afición porque tal fulano dio dos naturales u otro seis medios pases despacito ante un moribundo. No es la primera vez que lo digo, ni que se lo digo a ellos. Quizá el próximo domingo repita y les vuelva decir eso de: pero, ¿por qué os gusta esto?

Enlace programa Tendido de Sol del 8 de marzo de 2018:

martes, 3 de abril de 2018

Bajen al becario del palco


Decían que el pase del celeste imperio era engañar como a chinos. Será que ahora hay más chinoc de la cuenta.

Una de las mayores plagas que azotan a nuestra sociedad, al modelo del que tanto nos enorgullecemos, son los becarios; estos se extienden por todos los rincones, es una especie contra la que no hay antídoto posible, ni que les revientes a trabajar horas extras sin descanso, ni que el sueldo sea un simple quimera, ni que sean utilizados cómo saco para que los jefes y algunos con contrato fijo descarguen sus iras a base de puñetazos y patadas, ni que tan siquiera les dejen entrar en el comedor social de la empresa, teniéndose que salir a comer al aparcamiento, si lo hay, o un banco de la calle, no hay quién les ponga freno. Que se rumorea que la NASA va a mandar a la Luna una nave tripulada exclusivamente por becarios. Que lo mismo te diseñan un coche familiar propulsado por gachas manchegas, que se responsabilizan del sistema informático de la Comunidad de Madrid, que te presiden una corrida de toros en la plaza de Madrid. Que él no quería, que andaba por allí en sus cosas, cosas de becario, se entiende, y nada, que te subes al palco y allá que fue don Gonzalo Julián de Villa Parro. Que si le quieren ofrecer unas prácticas en HiperUsera, igual la afición y la plaza de Madrid lo agradecerán en el alma.

Que según cuentan, allá que le subieron al palco, él todo preocupado no paraba de preguntar: ¿qué tengo que hacer? A lo que el asesor, Pedro Herranz “Madriles”, le respondía convencido intentando contagiarle de su serenidad y entusiasmo taurino: tú, digo, usted, que al presidente no se le tutea, se le ustedes, usted solo tiene que sacar el pañuelo blanco y si tiene duda, lo vuelve a sacar. Y hala que voy, que al becario se le calentó la mano y sacaba pañuelos blancos hasta para saludar a la parentela más afín. Así, así vamos bien, le aseguraba Madriles acompañando el aserto con un guiño cómplice. ¡Anda! ¿Y todos esos señores me están saludando con sus pañuelos? Pues venga un blanco, y si insisten, un blanco más. Y ya que estaba él tan entusiasmao y viendo lo contentos que estaban los amigos del paisano, pues vamos a darle variedad ¡Pum! Y saca uno azul que le asomaba por allí.

Tengo la sensación de que en la función de fin de curso de los padres mercenarios hay más rigor que el que se puede encontrar ahora en la plaza de Madrid. ¿Quizá creen que este entusiasmo exacerbado atraiga a más público a las Ventas, pero, ¿realmente creen que esta es la fórmula o quieren convencernos de que sí lo es? Porque ya llevamos unos añitos de desmera verbenera y la cosa no remonta. Que al final todo esto solo sirve para que el señor casas, don Simón, salga diciendo que se han dado tantos o cuantos despojos y hasta se atreva a decir que ha habido más asistencia a la plaza que en años anteriores, obviando el que esto se haya dado con más festejos y contando que la grada joven y localidades de la tercera edad se llenan todas las tardes. Da igual que no vaya ni Pablito el Chinchetero, que cómo sacó el abono en marzo, eso ya cuenta como que no faltará ni a una durante toda la temporada. Que igual luego la tarjetita la tiene picada cuatro tardes, pero para el señor Casas, don Simón, cuenta que no se perdió ni el día en que alicataron los burladeros.

Que no voy a entrar en ese entusiasmo que brota del paisanaje, caso de Lorenzo y los vecinos de Toledo, pero a esto hay que ponerle freno, porque se nos va. Que igual al torero tampoco le valen los tres despojos para mucho, al menos para lo que supuestamente debería valer un triunfo de ese porte en la plaza de Madrid. Que como mucho será que el señor Casas, don Simón, lo fiche para su cuadra y lo utilice de relleno. Que muy bien, porque el chico así se habrá asegurado un año de trabajo, como si hiciera una suplencia. Pero al final se la estará jugando por cuatro chavos y se estarán aprovechando de él. Y lo que es peor, ya le han hecho creerse que sabe y no enmendará ni un ápice eso del destoreo agachado, ni lo de tirar trallazos, ni el toreo lineal, ni lo de echar la espada allá dónde caiga, ni lo de soltar el trapo al hocico del animal, ni tantas cosas que le impedirán hacerse torero. Que o retomamos el rumbo o adiós, porque esto no se puede sustentar a base de autobuses llenos de paisanos entusiastas, porque igual estos o se cansan o se les achicharra el bolsillo, aunque de Toledo a Madrid, tampoco es tanto. Pero esta no es la manera. Que solo hace falta un poquito de afición y en consecuencia el rigor que esta suele llevar como fiel compañera. Pero claro, si son cuatro los que no son paisanos, los que pretenden ser aficionados serios, los que no faltarán así llueva, truene o que pongan a un becario en el palco a sacudir pañuelos, pero al final se encuentran con don Gonzalo Julián de Villa Parro o un colega, pues no adelantamos nada. Así que por favor, igual que un día mandaron a su casa a aquel señor Pangua, recetador de rabos a discreción, bajen al becario del palco.

lunes, 26 de marzo de 2018

Victorino del Cuvillo tomaba antigüedad en las Ventas

Quizá las vacas de las Tiesas ya dejaron de parir casta, para ahora traer toreabilidad, docilidad, escasa picabibilidad y mínima castabilidad.

Había expectación por la primera de la temporada, la que habría, un año más, las puertas de Madrid. Un cartel que podría considerarse con cierto atractivo para el aficionado y en el que se encontró con imprevisto que no podía imaginar. El primero de ellos y no menos notable, fue el hecho nada esperado, de que en ese supuesto homenaje de la afición madrileña al ganadero Victorino Martín Andrés, tomara antigüedad el engendro ganadero de Victorino del Cuvillo o Victorigrande, Victorino del Río, Victorcurrucén o Victoriduendo, llámenla cómo prefieran. Hasta los más jóvenes ávidos de toros veían que no veían los esperados Victorinos y exclamaban que aquello ya nada tenía de Albaserrada; hace mucho que ya nada le queda de Albaserrada. Un toro que no soporta el primer tercio, a no ser que derribe y entonces el de aúpa le quiera hacer pagar su afrenta; un toro que arrastrándose, sin fuerzas, va y viene a paso de burra tullida, que permite, al que sepa y se olvide de que es un Victorino, hasta ponerse bonito. Quizá no eran tan bobones como los borreguitos del monoencaste, pero tampoco nos pongamos exquisitos, démosle tiempo al tiempo. Que Núñez del Cuvillo, Zalduendo o Daniel Ruiz no se hicieron en una hora.

Pero no todos estaban dispuestos a olvidarse de la leyenda y plantar los pies en la arena ante aquello animalitos y si no, fijémonos en el Cid, que ya lleva años bastante bajo, pero que demostró que siempre se puede caer más y más. Abrió el curso un cárdeno ovacionado nada más salir, pero que inmediatamente fue protestado por una más que evidente cornada en la culata y que le impedía apoyar la pata izquierda en condiciones. El señor presidente manifestó que le aseguraron que era una nadería, más escandalosa por la sangre, que por el daño real, pero luego no se aguantaba en pie. ¿La cornada? ¿La flojedad? ¿Una mezcla? El caso es que fue topar con el peto y ¡catapum!, al suelo. Ni podía empujar en el caballo, que no empujaba, si acaso derrotaba, ni seguir las telas que insistentemente le ofrecía el Cid, que se tenía guardada una estocada que en otros momentos tanto necesitó. Su segundo, escaso de energías, ya le pareció un mundo desde el primer momento. Tuvo que darse la vuelta con el capote y ceder terreno hacia los medios. Sin castigo, hizo sonar el estribo como si fueran las campanas de Toledo. Demasiado capotazo y el de Victorino a ver si se mantenía en pie, lo que ya le suponía bastante. Muletazos despaciosos acompañando al ritmo del mortecino cárdeno, tirando con el pico de la muleta y aún así, viéndose el sevillano desbordado y cansando al personal, aunque todavía había quién le jaleaba los medios pases. Había ganas de fiesta. Mal con la espada, tomo el descabello y por insistir en un golpe, salió este despedido hacía la barrera, afortunadamente sin consecuencias. El Cid ya lleva años en horas bajas, pero si nos atenemos a lo visto, aún se puede estar peor. Una lástima.

A Pepe Moral, por el momento, siempre apetece verle, pero visto lo visto, quizá será mejor cuándo se acabe de asentar. Más bien parece querer provocar una tensión que el toro no genera, al menos en la tarde de los Victorinos. Demasiado mantazo de recibo a un toro que también cabeceó en el peto, antes de derrumbarse en la arena. Tardeó demasiado para el segundo encuentro, que no fue más que un amago de huída, para volver al caballo sin colocar y después marcharse suelto. Ya se quedó parado para el segundo tercio y en la faena de muleta se vencía por el pitón derecho, mientras el matador citaba adelantando la pierna antes del cite y dando un respingo para atrás en cuanto se le arrancaba. Se mostró más inseguro con la izquierda, terminando con un bochornoso metisaca que hizo que todo el mundo se preguntara si la espada pudo haber hecho guardia o no. En el quinto, su segundo, otro escurrido, necesitado de pienso, como toda la corrida, tuvo Moral que aguantar los tornillazos iniciales con un no óptimo manejo del capote. En el caballo se le pegó fuera de las normas que exige la modernidad. En la primera vara poco menos que lo tiró contra el caballo y en la segunda fue el palo en busca del toro, que derrotaba con desesperación al notar la puya. Lo intentó el matador por uno y otro pitón, sin acabar de encontrarse, trallazos, pico, viento, enganchones, carreras, respingos y vulgaridad. Quizá fue el más complicado del encierro y quizá por eso mismo requería algo más que trapazos a media altura. Ahora a ver si Pepe Moral sigue despertando interés entre el aficionado.

Fortes fue quién hizo lo más destacado de la tarde, no cabe duda, pero claro, de ahí a ponerles una plaza o una calle hay un trecho muy, muy grande. Ya se adivinó la predisposición del respetable al jalearle unas verónicas de recibo más que discretas. En el tercio de varas este tercero empezó tirando derrotes como un demente al notar el palo, para apenas señalarle el puyazo. Un segundo encuentro con un picotazo señalado en buen sitio. Fortes solicitó el cambio, pero el usía quería ver al toro una vez más en el caballo. Estupendo, todos querríamos ver tres entradas al caballo, todos los días y en todos los toros, pero si el matador solicita el cambio, no hay otra, así de mal hecho está el reglamento. Que lo mismo el señor presidente quería ver de nuevo al toro tirando cornadas al peto, que es muy dueño. Ya parado en banderillas, esperando por el derecho un poco, mejor por el izquierdo, permitió a Carretero dejar dos pares con decoro, que el personal le premió como si fuera el par de Pamplona de Gaona. Que estaba animado el gentío. Comenzó Fortes con la diestra, con el piquito, largando tela y echando al animal hacia afuera. Muletazos con enganchones y sin rematar en ningún caso, siempre aprovechando el viaje del toro que se desplazaba a la velocidad que le permitía su flojera, nada que ver con eso de parar, que igual implicaba torear y no acompañar. Cambió a la zocata y alcanzó lo más lucido de la faena y de la tarde, según venía, se lo daba, volvía y allí estaba el matador para darle otro. Bonitos, lucidos, no rematados y sin ofrecer con nitidez la panza de la pañosa. Tras una entera caída, paseó una oreja, que parecía por momentos tan valiosa como las otros tiempos cuándo se anunciaba en los carteles la afamada ganadería de Victorino Martín. El sexto era feo y rasposo, pero el objetivo era la segunda oreja y salir por la Puerta de Madrid, aunque fuera a cuestas. Entró al caballo de mala forma, haciendo que el pica midiera el suelo con sus lomos. Y luego, pasa lo que pasa, que de nuevo encabalgado, el de aúpa se cobró la afrenta del derribo sobre los lomos del toro. Carretero intentaba mostrar el camino capoteando por abajo y queriendo conducir las embestidas. Decidido Fortes al triunfo, tomó la muleta con la izquierda y comenzó con naturales jaleados, intercalados de continuas carreras para recuperar el sitio. Uno y carrerita, otro y carrerita, otro y… ya saben, ¿no? Cambió de pitón y siempre al hilo del pitón, acabó tomando aires de plaza más benévola que lo que debería ser aconsejable para Madrid. Pero daba lo mismo, ya se veía el puesto de los helados junto al metro desde el ruedo, los costaleros dispuestos a cargar con la imagen del divino maestro, cuándo se desbarató todo por la espada. Pero bueno, otra vez será. Los hubo feliz, los hubo menos feliz y hasta algún incrédulo que no llegaba a entender tal dislate. Eso sí, don Victorino Martín, hijo, se fue encantado de si mismo, de la corrida que había echado y afirmando que había echado el toro de la temporada. Pues nada, viva la felicidad, porque no olvidemos que fue la tarde en que Victorino del Cuvillo tomaba antigüedad en las Ventas.

Enlace programa Tendido de Sol del 25 de marzo de 2018:

miércoles, 21 de marzo de 2018

Ponce no necesita del entusiasmo hooligan


Se veían los toros venir a lo lejos, pero no se detuvieron en Valencia, pasaron de largo, otra vez

Acabada la feria de Fallas, dependiendo de lo que se escuche y se lea, parece que ha sido un serial que en casi su totalidad se ha celebrado a plaza partida, emulando a esa modalidad que últimamente solo se ha podido disfrutar en el Puerto de Santa María. Una plaza, dividida a la mitad por una barrera con un burladero a la mitad y un toro, un torero y sus respectivas cuadrillas a cada lado de las tablas. ¿Habrá impuesto el señor Casas tal modalidad para la feria valenciana? ¿Será un paso más en esas producciones artísticas del empresario galo? Pues parece que sí.

Que uno pone la tele y los señores comentaristas están viendo de las tablas para un lado, la mitad soleada, todo glorias y parabienes, magisterio de cualquiera que calce medias rosas, extraordinaria bondad de todo aquello que tenga apariencia de bóvido, aunque más bien se maneje cómo un borrego cuyo mayor logro es mantenerse en pie, todo ello amalgamado por el entusiasmo de un público ferial, verbenero y que no porque le roben la cartera, pero que enfurece cómo un tigre enjaulado si le niegan un pirulí; vamos, que tragan el fraude en su máxima expresión, un espectáculo muy alejado de lo que siempre se ha entendido como fiesta de los toros, pero se rebelan y amotinan cuándo se le niega una oreja al ídolo local.

Pero el inconveniente de eso de las plazas partidas es que nadie asegura que lo excelso de un lado se proyecte sobre el otro, en este caso, sobre el que está y ve el aficionado, cubierto de una penumbra impenetrable que se lleva por delante toda posible esperanza de verdad y autenticidad. Una profunda umbría esperando que un rayo de luz rompa el fraude en dos. Pero esto no pasa todos los días, ¿qué digo? Ni todos los meses, pero basta que se produzca el prodigio, que como en el origen de los tiempos, un hágase la luz es suficiente para descubrir los trucos, las trampas y ese débil atrezzo sobre el que se sustenta el toreo actual. Parece que una tanda de Antonio Ferrera ha dejado al descubierto ese entramado de grapas, tableros sobrepuestos pintados de colores brillantes por un lado y sin tan siquiera lijar por el otro. Dicen los de aquella mitad de la plaza que bastó un torillo que medio aguantaba en pie para descubrir a esos mercaderes de humo. Que es lo que tiene el comercias con el humo, que se te mete en los ojos, te empiezan a llorar sin control, se te pega en la garganta y casi cuesta respirar y así es como en la mitad negra de la plaza partida, cualquier brillo de los cristales del toreo roto o el aliento en la cara del mismo Satanás hace creer al cegado y asfixiado que ha visto y respirado la frescura del toro y la vitalidad del toro.

Quizá sea ya tarde, pues parece que por ley natural la noche vence a la tarde, oculta el sol y cada vez va quedando menos sitio y menos aficionados en esa parte luminosa y esperanzadora. Mientras, como faroleros del hampa taurino, los de los micrófonos y algunos “maestros” se ocupan de ir apagando luces y sofocando ilusiones. Y ahí están los señores de la televisión, y la señora recién incorporada, desplegando todas sus artimañas pretendiendo cambiar la realidad, justificando y generando coartadas a esta banda de aves de mal agüero. Y en estas que para que no falte nada, salta a la arena el príncipe, el rey de la trampa, un tal Ponce, sobrado de soberbia, que se cree el inventor, el reinventor y el que lo fundó, que no admite quién le contraríe, so pena de que este le lance rayos vengativos emponzoñados de su soberbia, su infinita soberbia. Él es el más grande, él es el único, el es juez y parte, él decide quién sí y quién no, cuándo y dónde, porque es sencillamente, él. No necesita seguidores, ni tan siquiera paisanos que le sigan, porque él se basta y se sobra para cantar sus loas al cielo y a su persona. Nadie cómo él. ¿Cómo sería si realmente toreara y venciera con verdad al toro? Igual no necesitaría halagadores de palo, igual habría tortas para seguir a un torero de verdad, servidor el primero. Pero, de momento,  solo nos queda esperar que igual que la noche venció a la tarde, la mañana derrote a la madrugada. Mientras tanto creo que nadie dudará que por el momento y más en Valencia, Ponce no necesita del entusiasmo hooligan.

Enlace programa Tendido de Sol del 18 de marzo de 2018:

martes, 13 de marzo de 2018

Un San Isidro diferente


Si es que ya no se ve toreo ni en los carteles de toros

Tranquilos, no quiero confundirles así, de salida, no quiero decir que el próximo San Isidro recientemente anunciado sea diferente, nada más lejos de la realidad, porque es una copia, salvo mínimas excepciones, de lo del año anterior y el anterior y el anterior y el anterior y muchos anteriores más. Es lo de las figuritas con los mismos toros, casi clonados de un curso para otro y que seguirán estando la temporada que siga y todas las que vayan después, mientras ellos no se cansen, que con tanta comodidad no se cansan; es lo los de relleno que habitan al amparo de una casa o personaje poderoso y que nos los podemos encontrar en casi cualquier cartel y que en algunos casos se les lleva aguantando desde hace demasiado y que hasta justifican su presencia echando mano de la estadística, algo tan taurino y tan propio de las artes, como la numerología, donde figuran orejas cortadas, sin atender al verbeneo imperante en también demasiadas tardes feriadas y también dependiendo que si se portan bien con el amo, mientras no saquen los pies del tiesto, seguirán apareciendo, no hasta que ellos quieran, como los otros, sino hasta que el amo se aburra de ellos. Así que para que esto no ocurra, a agachar la cerviz y a postrarse ante la superioridad. Y luego, como remate, los desheredados, los dejados de la mano de Dios, que se ven obligados a tragar con lo que no quiere nadie, que para eso son los parias del toreo. Eso sí, a no ser que estén cómo el Espartero en Sevilla, o mejor, se caerán de futuros carteles con una brisita que casi ni las hojas movería. Que de matrícula cum laude para arriba; si no, cualquier otra cosa que hagan se considerará como escasez de mérito para renovar la confianza en su quehacer taurino. Y como mucho, pueden repetir mientras no haya otro que se preste a tragar quina a cucharones y encima a precios muy económicos.

Lo del ganado tampoco ofrece demasiadas variantes. Por un lado, los que viajan debajo del brazo de los figuras, lo que asegura que, fracasados año tras año, incapaces de juntar una corrida completa y decente, año tras año, y que no echen más que animalejos aborregados, fofos y descastados, tengan asegurada al menos una corrida para Madrid, sino dos o más. Si no,  que le pregunten a Núñez del Cuvillo, que les podrá desarrollar toda una tesis de cómo no faltar un año tras la vergüenza del anterior. ¿Que le tengo manía? Pues hombre, viendo el daño que le está haciendo a la fiesta y que encima me lo pretende explicar fundamentadamente, pues no es que sea mi ideal como compañero de sobremesa. Y luego, en la banda contraria, los que hacen tilín al aficionado, que no siempre son alimañas devoradoras de toreros, lo que ocurre es que como estas no las matan las figuras, directamente las metemos en el cajón de eso que muchos llaman toristas y a veces hasta les ponen esa “linda” etiqueta de los “encastes minoritarios”, que en mala hora se le ocurrió a quien fuera tal calificativo; si con decir ganaderías de toros bravos debería bastar, ¿no?

Los aficionados ya están más que hartos de este panorama que se viene repitiendo desde hace años y en su afán por querer que esto cambie, plantean mil y una fórmulas, todas ellas admisibles. Pero para que esto, el cambio, se pueda dar, hace falta que se cumplan una serie de condiciones. La primera sería que los toreros tuvieran torería, que no es el contonearse elegantemente como una rancia debutanta de los más rancios bailes de sociedad. Esa torería es el orgullo de sentirse matador de toros, el querer ser más que ninguno y, en caso de duda, retar a quien sea en el ruedo y con una corrida de toros. O sea, lo que ahora suena a imposible. Además, haría falta un aficionado que no se conformara, ni asumiera dogmas inventados interesadamente por los taurinos, como que ciertos toros, esos de las ganaderías duras, no embisten y que para hacer arte, como si hubiera alguno capaz de ello, necesitan un toro a modo, cuando no eso de que las figuras ya no están para ponerse delante de estos u otros toros. Ya saben, esos con los que igual un día amagan anunciarse y que a la mínima se borran sin dudarlo. También vendría bien que los señores empresarios y ganaderos impusieran su criterio y obligaran a torear a todos, todo. Y como cierre, una prensa no cómplice, ni aprovechada de la estela de las figuras y que simplemente dijera lo que hay. Que ya puestos a inventar coartadas, hasta parece un éxito el que te echen un toro al corral. Pero que ni se sonrojan oiga, que te lo sueltan tan convencidos de la vida.

Si queremos que esto sea diferente, igual valdría con que la empresa comprara las ganaderías que considerara oportunas, siempre teniendo en cuenta los méritos o deméritos de años precedentes, el estado que muestran en otras plazas y atendiendo a las demandas y gustos del aficionado, en este caso, los de la plaza de Madrid, porque no hablamos de ninguna otra parte, por muchos autobuses que acudan a la capital de todas partes de España. Luego sería juntarse con los toreros, siempre en orden a logros de otros años en esa plaza y de acuerdo a los gustos del personal que paga su entrada y ya en faena, dejarles elegir dos corridas y obligarles a otras dos. Que no digo que todo sea imposición, pero sí la mitad. Y no que asomen una tarde o dos, a lo sumo, para cubrir el expediente, que si son figuras, que hagan el paseíllo tres o cuatro veces, que no pasa nada, que igual, hasta les hacen precio en el hotel o si quieren, que se hospeden en un colegio mayor, si les da la gana, pero que vengan no a cumplir, sino a destacar. Y que no sea solo ver a la troupe de las diademas doradas, las figuras elitistas de la “tauromaquia”, cómo ellos dicen, que tengan que alternar con quién se ponga, lo mismo con los uñas negras que tiran bocados para escalar posiciones, que con los que no se ajuntan porque un día se miraron mal, que con los jóvenes que quieren ser en esto del toro. Que no me digan que la cosa es tan complicada, que solo hace falta un poquito de voluntad, ¿verdad? Y lo mismo así, de verdad y de una vez por todas, podríamos hablar de un San Isidro diferente.

Enlace programa Tendido de Sol del 11 de marzo de 2018: