martes, 15 de agosto de 2017

Que Morante se hace a un lado


Pues sí, fue una gran ilusión lo que provocó Morante de la Puebla, pero al final...


Menudo revuelo que ha montado el señor Morante de la Puebla, que de la noche a la mañana va y dice que se va, que nos deja, que nos abandona el último artista fértil, que nos deja el vació, el desierto más árido e inhóspito que la mentalidad taurina pudiera imaginar, sin agua, sin vegetación, sin puestos de claveles, sin dónde comprar pipas, ni echarse un yintonis al coleto, ni tan siquiera dónde poder montarle un altar al genio; que por genio lo tienen muchos y ven con él desvanecerse todo motivo por el que seguir en esto. Se nos va un torero que un día enloqueció a la plaza de Madrid con un puñadito de quites, un torero que es posible que en su momento haya enamorado a todo aficionado a los toros, pero que con el paso del tiempo fue perdiendo adeptos al mismo ritmo que ganaba detractores que no entendían, ni compartían sus maneras. Un torero que fue construyendo un personaje cargado de adornos fuera del ruedo al tiempo que vaciaba de contenido sus presencias en las plazas.

Morante de la Puebla, aquel chaval que medio ilusionaba en sus comienzos, que tenía algo diferente, pero que tampoco era para perder los papeles, sufrió una etapa complicada que le llevó a alejarse de los ruedos con más pena que gloria y demasiadas decepciones. Quizá aquella decisión fue la más sabia y no vamos a entrar en las causas, pues esas son particulares del hombre y no creo que nadie tenga derecho a ponerse a cuestionar lo que entonces sucedió. Afortunadamente se cruzaron los caminos de Morante y de Rafael de Paula y quizá fue en ese momento cuándo brotó una personalidad que en los primeros compases sonaba a música celestial, a toreo excelso, eterno y fue cuándo es posible que se le valorara más por lo que se atisbaba que podía ser, que por lo que realmente fue. A continuación vino el cambio de apoderamiento y un cambio de sentido de 180º, sobre todo en las intenciones, en la filosofía del torero y en sus modos de enfrentarse al toro.

Morante de la Puebla inició un camino en el que todo su empeño era buscar su acomodo, sin importarle demasiado lo de alrededor, atender a la lógica y mucho menos al bien de la fiesta de los toros. Tal fue su obsesión por encontrarse cómodo, que al final más bien parecía una obsesión por adecuar el mundo a sus caprichos. Sería interesante pararse a pensar y reflexionar sobre el bien que ha hecho Morante a la fiesta, sobre cómo estaba cuándo él se incorporó y cómo la deja ahora que se va, ¿qué ha aportado a la fiesta, de importancia? Si le preguntamos a los más fieles, esos que a las críticas respondían con que era la envidia lo que guiaba a sus detractores, nos responderán que es el arte puro, la imagen viva de la estética más solemne del toreo, la expresión del artista único, pero claro, todos los artistas dejan un legado, una obra, un ejemplo de su entender el arte. ¿Qué ejemplos, qué modelos nos deja Morante de la Puebla? Y vayamos a plazas de primera, aquel día de Bilbao del casi centenar de muletazos, lo que ya dice bastante de su toreo, los quites de Madrid y momentos muy puntuales en Sevilla y poco más. No tiene un dos de mayo cómo Joselito, ni un 5 de junio cómo José Tomás, ni un toro blanco, ni una Beneficencia con un sobrero para bordar el toreo, ni una tarde en la plaza de Carabanchel, ni catorce Puertas Grandes de Madrid encarnando lo que es el toreo al natural, ni… ¿Para qué seguir? 

Lo que nos deja en la memoria Morante de la Puebla es la vergüenza de los bailes de corrales las mañanas de toros; el puro; el cafelito; cambiar el color de las rayas de picar; la chepa de Madrid, que se bajó para que hiciera el ridículo y no poderla poner de excusa; el traje de lince; el vestido de dos colores; apuntillar vilmente a un borrego estando atrincherado detrás del burladero; acuchillar a otro sin sacar el primer estoque; saludar henchido de soberbia tras recibir los tres avisos; la negativa permanente a no matar nada que no sea de las ganaderías escogidas afines al sistema; el repucharse cuál manso pregonao cuándo las cosas no iban, exigiendo no se qué respeto que cree merecer en esas circunstancias, por parte del público; la exigencia a ser idolatrado como el mayor genio parido en la tauromaquia, y ahora que si el toro es… yo qué sé cómo dice que es el toro, porque a lo mejor, lo que le sobra es eso, el toro, quizá su ideal sería el vestir de luces, pasear luciendo palmito y contoneando genialidad al abrigo de las tablas, sacudir al aire las telas y pasar a recoger las “merecidas” ovaciones que los que pagan están obligados a regalarle, haga o no haga, pero basta con que esté. Unos dirán que se va un genio, otros que un fraude y otros, hasta puede que tengan sus dudas por si tras esta despedida no se esté preparando ya la vuelta en loor de multitudes o si serán efímeras apariciones como un mesías resucitado, dos, tres tardes a lo sumo, imitando el método José Tomás, pretendiendo cobrar su buena pasta, sin complicarse la vida, sin entrar en competencia y a la fiesta… a la fiesta que la den. Que ya estaría bien que uno de sus enterradores ahora nos se nos pusiera flamenco y decidiera echar un cuarto a espadas para revitalizar esta agonía, aunque antes tendría que ganarle la pelea al personaje que parece haber ido devorando al torero, al hombre. Pero no teman, que eso no lo verán nuestros ojos, que lo único cierto, por el momento, es que Morante se hace a un lado.

jueves, 3 de agosto de 2017

Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno


Nada tan moderno, como lo clásico, que hasta pudo ser revolucionario

Puede ser que sea que uno se ha quedado anclado en unas formas que aunque haya a quién les parezcas inmutables, a otros simplemente les sobran, no aportan nada, mientras que los más ni tan siquiera saben de su existencia y la sorpresa les hace aclamar unos modos que hace no tanto, aparte de chabacanos, habrían sido objeto de la censura más airada por parte de aficionados, no aficionados, gente del toro y profesionales de la pluma. Será que para algunos el rito forma parte sustancial de la fiesta de los toros y que usos que aunque no influyen directamente en el transcurrir de la lidia, sí constituyen una parte irrenunciable de este todo, creando esa atmósfera, alimentando una tradición y manteniendo vivo el misterio que nos permite seguir hablando de los toros como un rito sagrado en el que tarde tras tarde se sigue sacrificando a un tótem de nuestra cultura, consiguiendo paradójicamente prolongar la vida del espectáculo, de un sentimiento heredado y por supuesto del toro de lidia. La muerte como garante de vida. 

Como si fuera un árbol de Navidad, los hay que se empeñan en ir quitando adornos, una bola por aquí, quizá dos, tres, algunas tiritas de espumillón, pero el árbol no ha perdido su condición de tal. ¿Y si dos más? Luego esas estrellitas bañadas en purpurina, unas cuantas luces y quitando y quitando, sin darnos cuenta, el árbol de Navidad en su pobreza de adornos ya empieza a parecer menos árbol y más un esperpento sin sentido y desprovisto del significado que un día tuvo. Y como si fueran esos abetos desmarañados, así se ven a los chavales que a la mínima, al primer empellón, a veces incluso sin empellón, se despojan de parte de su hábito de oficiante del toreo, se quitan las zapatillas alejándolas lo más posible; si es que no hay quién haga nada calzado. O cuándo en caso de apuro siempre hay un alma buena que le levanta la chaquetilla de torear al matador; fuera despojos. Y es que creo que nunca hubo tanto topless taurino a lo largo de la historia, como lo hay ahora. Que si tanto molesta esta prenda, si tanto pesa, ahora hay un modelo de chándal magnífico, con los alamares serigrafiados que parecen dar el pego y así todos nos evitamos un mal rato. Y llegado el caso, los fines de semana en que no se toree, el maestro puede ponerse su chándal de chabacano y oro y bajarse a comprar el pan y el periódico con él y ya apurando, hasta llegarse al hipermercado del bricolaje y comprar los tableros para el zapatero del cuarto del fondo.

En muchos casos las modas, más que marcar una tendencia, son una condena, un suplicio inevitable, pero como es la moda, a tragar; y no levantes la voz, que te emparedan en el muro de las antigüallas a desechar. Lo chic que parece resultar eso de ya no liarse en el capote de paseo y echárselo por encima así como un pareo sobre el triquini en la Manga. Será que no han tenido un aficionado que les diga a estos jovencitos que hay usos, maneras, que no son solo una tradición, es mucho más, es parte del rito y en muchos casos, no son más que una muestra de la implicación del matador durante la lidia, porque el estar con la muleta y la espada esperando a que termine el tercio de banderillas, como si hubiera alguna prisa, no es más que el desinterés por lo que allí ocurre y el creer que si ocurre algo, que vaya Juanele, que para eso le pago. No sé si será moda el no cuidar la colocación en los dos primeros tercios y lo que ya supera al colmo de la tontería es esa manía que algunos, incluso ya matadores de toros, de ponerse a torear de salón con el toro en la plaza, ya sea al extremo de allá alejado del caballo o detrás del banderillero preparado para parear. Lo que digo, un claro signo de falta de afición y de estupidez taurina. ¿Y cuándo ellos, sumos sacerdotes del toreo, allá tan felices con su toro, porque suyo es y así lo consideran, deciden invitar a salir al ruedo hasta al portero de la finca, para brindarle un toro? Que no digo yo que tengan que ocultar el afecto, el agradecimiento y lo buena gente que son, pero eviten que asomen al ruedo la última colección de Emidio Tucci o la última bicoca que el homenajeado ha sacado de las rebajas de oro del Corte Inglés.

Todo esto, sin profundizar en las cuestiones propias de la lidia, pero que no deja de ser un claro síntoma de la idea que muchos tienen de esto del toreo. Porque, ¿qué me dicen de ese ponerse la gabardina, que es lo que parece cuándo ceremoniosamente se tiran el capote a la espalda para quitar por pseudo gaoneras o cualquier versión del trapaceo al aire como si sacudieran las mantas del invierno? Que algunos hasta se recrean en pecado, en lo que no parecen capaces de hacer con un lance lleno de garbo y torería. Pero repito, que lejos debemos estar algunos de estas modas poligoneras del toreo. Porque sin entrar en esos males del pico, de no cargar la suerte y demás trampas ventajistas, ¿ustedes pueden con eso de coger la de mentira, que me niego a llamarle ayuda, porque siempre ha sido, es y será la espada de mentira, y que el matador la tire como si le apestara o en el mejor de los casos la clave en la arena? Así, cómo si estuvieran parcelando el ruedo y necesitaran una referencia para saber de dónde a dónde van las patatas, las coles o las tomateras. Eso sí, a continuación se enredan en eso de los “naturales” con la derecha, como si ya fuera el sumum, el éxtasis del arte torero y del chachachá. ¿Cómo se puede concebir un matador que durante el tercio de muerte no tenga siempre en la mano la espada, el estoque? Son muchas cosas, demasiadas, quizás, que nos podrían tener aquí durante horas y si los aficionados se pusieran a hablar, entonces no haríamos otra cosa que incrementar con largura la lista de despropósitos taurinos difíciles de entender y explicar. Costumbres que imitan todos, viejos y noveles. Que se impone el bajonazo y todos a tirar a la paletilla, que las estocadas traseras, pues a practicar la colonoscopia taurina, que ya no se descabella por aquello de no marrar y venga el folklore. Pero, ¿quién es el culpable de todo esto? Pues es evidente que los que cometen tales despropósitos, los que no solo no se los corrigen, sino que se los fomentan con eso del “véndelo”, como si de chalanes de feria se tratara y los que no solo no lo censuran desde los tendidos, sino que además se rompen las manos a aplaudir y hasta consideran tales numeritos merecedores de premio. Y este es nuestro castigo de tarde sí y tarde también, pero, ¿qué quieren que les diga? Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno.

domingo, 30 de julio de 2017

Uno está harto


Que nunca llegue la tragedia, pero nunca se pude desterrar el dramatismo inerte a la fiesta, porque en ese caso, ya no será la fiesta, será otra cosa, por supuesto, carente de la grandeza que siempre deslumbró


Tengo que confesarles que en ocasiones uno está harto de esos taurinos que parecen ser los únicos que entienden de la complejidad y dificultades que entrañan el toreo, el ser torero. Basta que surja el percance, por leve que sea, que siempre sería mejor que no se produjera, para que te escupan a la cara eso de que los toros cogen, los toros matan, hieren y truncan lo mismo ilusiones de una tarde, que vidas para siempre. Que quizá lo tengan que repetir para concienciarse ellos mismos y por eso se lo repiten en voz alta. Pues a los aficionados a los toros y a mi mismo, no nos hace falta oírlo una y otra vez saliendo de sus bocas, porque es algo que nos retumba dentro cada vez que vemos a un hombre, aunque apenas brinque la adolescencia, vestirse de luces o de corto o cuándo se nos hace presente el toro, en el campo, en la plaza o en las fotos de una tasca. Quizá por ese motivo, cuándo somos espectadores de una corrida de toros, novillos o becerros, no podemos entretenernos ni comiendo pipas, ni dando traguitos al combinado de turno, ni comentando la cena del día anterior, ni siquiera si el vecino o vecina tienen un monumental culo. Si acaso, solo si acaso, cuándo el toro ya no está en el ruedo, justo en ese momento en que uno puede destensar un poco. 

Es relativamente habitual el ver como una vez que sucede un percance, los “buenistas” se vuelven ante los exigentes y les recriminan esa crítica a las carencias del torero en cuestión, mucho más intensas si el percance lo sufre el torero de la tierra, el amigo o simplemente del que se siente fieles partidarios. Quizá nunca se han parado a pensar estos leales, en el nulo favor que hacen al pretender que su torero continúe por un camino para el que no está preparado y que a medida que más se adentra, más papeletas compra para la desgracia. Pero en esos casos, el aficionado no suele echar la culpa a nadie, ya no ha lugar para otra cosa que para la preocupación, el lamento y el deseo más ferviente para que se recupere el torero cuánto antes, mejor. Las protestas en su momento y si ni el torero, ni sus allegados, ni su peña entienden que es mejor darse cuenta de las cosas siguiendo la lógica y no por imposición del trompazo o cosas peores, mucho mejor.

Quizá estos adalides del “buenismo” puedan llegar a pensar que el aficionado no quiere que haya toreros, incluso insultan, o eso pretenden, llamando antitaurinos a los que se entregan permanentemente a su afición durante toda la temporada, después y antes de su inicio, pero no se confundan, no caigan en ese error tan habitual de querer adivinar lo que piensa el prójimo y mucho menos de acuerdo a sus parámetros de “buenismo” taurino, que a veces, sin quererlo raya en la injusticia, taurina y vital. Podían detenerse unos minutos a pensar y lo mismo llegan al razonamiento de que lo que esos aficionados quieren es que haya toreros, muchos, cuantos más mejor, pero que no haya ni un pegapases más, ni un ilusionado incapaz, ni alguien que solo pretende hacer dinero, a costa de lo que sea. Y que no sea el aficionado, el público o un presidente que da una o mil orejas los que decidan si sí o si no, que el juez único sea el toro, el único con capacidad real para poner a cada uno en su sitio.

No sé si estos “buenistas” se paran en reflexionar sobre el toro, el toreo o simplemente repiten lo que oyen a otros, no tengo ni idea, a veces les veo airados defender la libertad. Indignarse cuándo alguien parece alegrarse de la desgracia de un torero, lógicamente, no entienden tales posturas, no llegan a comprender cómo alguien se puede felicitar por la desgracia de un ser humano, sea torero o reponedor del híper, pero, ¿por qué ellos mismos nos escupen con aquellas mismas razones a los que pretendemos que se imponga el rigor, la seriedad y el toro en esto de los toros? Por favor, evítenselo y no traten de arrimar el ascua a su sardina, a la sardina de su partidismo con tal o cual torero, a la del interés porque este o el otro triunfen a pesar de lo que sea, no utilicen semejantes artimañas, semejantes trampas, tan sucias y tan rastreras con los que solo tienen como fin la grandeza del toreo, construida sobre la integridad del toro. 

Es claro que cualquier animal con cuernos coge y puede hacer daño, mucho daño, pero no se trata de eso, claro que el borrego también coge y hiere, claro que con esos también existe riesgo, pero es que esto no va de eso, no es acercarse más o menos al precipicio, ni cruzar el abismo sobre un cable de acero con los ojos vendados, nada más lejos. Esto es toreo y hay que arriesgarse lo justo, ni más, ni menos, no hay que añadir penalidades, porque el toreo y el toro ya son suficientemente complicados, como para añadir más obstáculos. La cosa es muy sencilla, es un toro y un torero, que a cada embestida tiene que darle la oportunidad de que el animal le coja, por el sitio en el que se pone y por la propia naturaleza de su oponente, pero, y ahí está lo grande, con su saber, su mando y el saber ver al toro, el hombre tiene que esquivar una, dos, quince veces, el que el pitón le cale y además, si puede, construir una obra de arte, pero hasta eso entiende el aficionado, que sabe que lo del arte no siempre es posible, ni todos están tocados por el destino para crearlo. 

Que quizá esos “buenistas” tengan la necesidad de estarse recordando entre ellos eso de que el toro coge y hasta mata, pues nada, recuérdenselo, pero no cometan la torpeza de escupírselo a la cara de los aficionados, de esos que ven al torero como un ser superior, un ser rodeado del halo mágico del toreo, seres a los que estrecharles la mano ya impone, pues esa es la mano que soportar el peso del acero y la gloria, la mano que se mancha de la sangre del toro, cuando no de la propia o la de un compañero. Quizá esta puede ser una de las diferencias entre el “buenismo” y el aficionado, unos ven al torero como una estrella a la que sobar, abrazar y pedirle fotos al llegar a la plaza, como si fueran a interpretar la quinta de Raskayú , sin entender que el torero no acceda a esta ceremonia del dislate, mientras el aficionado, si acaso, al llegar a la plaza se limite a abrirle paso, en silencio, a lo mejor algún “suerte, torero”, pero dejando al hombre en su intimidad, la intimidad del toreo, porque acto seguido se va a liar en el frío lujo del capote de paseo, para torear, para lo más grande, torear, porque en nada podrá crear arte puro y verdadero o incluso puede que no vuelva a salir de la plaza sintiendo el placer de respirar. La gloria y la muerte separada por un suspiro. Será porque otros no lo vean así, será porque no se imaginan que otros puedan verlo así, será por eso que ya uno está harto.

miércoles, 19 de julio de 2017

De animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


Esa paz del campo en el tiempo de los Neardenthales

A nadie se le hace de nuevas la cantinela de los defensores de los animales por encima de todo, la de los que se convierten en adalides de la defensa de la naturaleza sin pararse a mirar a su alrededor o de esos que no paran de pontificar sobre una vida sana, esa que nos llevará a un estado de felicidad y bienestar que nos reencontraría con el paraíso. ¿Quién, salvo mentes trastornadas, no es defensor de los animales, de su bienestar? Otra cosa es que ese bienestar se entienda desde el punto de vista del ser humano, de pensar que su confort es ponerles un sofá para que se despanzurren en él, un bol de palomitas y Rin Tin Tin, con el montaje del director. Luego están esos naturalistas que han encontrado la fórmula mágica para construir un mundo mejor y no es otra cosa, algo tan sencillo, que remontarnos a la época de los Neardenthales, pero esta vez confraternizando entre las especies y los vecinos, nada de pelearse por un cesto de bayas o por un mastodonte recién cazado, hay que compartir y si no hay comida para todos, tampoco viene mal una semana sin comer, así nos depuramos por dentro. Que la cosa pinta bien, pero, ¿y qué hacemos con los más de siete mil millones de humanos que andamos por estos barrios? Que no digo yo que haya voluntarios para ser sacrificados en pos de cederle más espacio a la cacatúa del Orinoco, pero con servidor que no cuenten, que seguro que hay otras vías. Y luego viene esa moda de la vida sana, que lo mismo, ¿hay alguien que se mortifique para vivir malamente el resto de su vida? Pues no creo que sean muchos; pero ahora resulta que todo lo sano es no comer carne, la carne, mala, caca, puffff. Milenios de evolución y ahora resulta que lo bueno eran las bayas y no el mastodonte. El problema son las vacas, esas nos arruinan el planeta, hay que deshacerse de las vacas y ponernos todos a comer arroz, coles, bayas y complejos vitamínicos que suplan las carencias producidas por no comer carne. De locos, o eso me parece a mí, pero, ¿Qué tiene esto que ver con los toros? Pues es posible, nada y ahí voy yo, porque igual tampoco tiene que ver con el animalismo, el naturismo o la vida sana.

Aparentemente, las demandas de estos animalistas, naturalistas o amantes de la vida sana y, ya de paso, del civismo extremo, van dirigidas a acabar con espectáculo tan bárbaro, retrógrado e incivilizado como las corridas de toros, heredado por este mundo desde la noche de los tiempos, aunque no sabemos si viene de antes o después de lo de los Neardenthales. Eso sí, lo que parece confirmado es que por aquel entonces no andaba por medio la fundación Rockefeller, o al menos con el entusiasmo y esfuerzos económicos con que ahora defiende nuestra moral y sensibilidad en paz con el orbe. Con ese entusiasmo y entrega con que esos activistas defienden sus convicciones, ¿realmente estarán peleando por lo que creen? ¿Por qué ese acabar con los toros? Que resulta curioso que ante el panorama de la abolición de la tauromaquia no tiene ningún plan previsto y si no, basta con preguntar a cualquier entusiasta animalista/ naturalista/ amante de la vida sana, ¿y después qué? Y a lo más que llegan es a que se les deje a los toros vivir tranquilamente en el campo o que se queda todo cómo está, pero sin toros y si desaparece el toro, pues que desaparezca y si no, pues lo dejamos en la dehesa; eso sí, le damos todos los días unas monedas para que se saquen un sándwich de tofu de la máquina expendedora instalada a tal efecto en la esquina del cercado y que todos los días repone Matías, el empleado que igual hasta es un contratado de la Fundación Rockefeller, o igual no. 

Que por estos lares y por aquellos en los que hay toros, arremeten contra los toros, pero en otros vecindarios, como puede ser Canadá, Australia o San Marino, el problema son las vacas, que comen hierba, la rumian y en el proceso digestivo emiten gases que dañan la capa de ozono. Y esto no es broma, aunque tampoco puedo afirmar que sea una teoría de los expertos de la Fundación Rockefeller. El futuro es el arroz, las verduras, las hortalizas y, ¡qué curioso! El naturalismo no promueve el consumo de productos de cercanía, lo sano el consumir un cereal que se cultiva a miles de kilómetros, una hierba tropical, una hortaliza de la Patagonia o un alga que se cría diez manzanas más allá del atolón de Mururoa. ¿Solo me extraño yo de todo esto? Es que, cualquiera diría que alguien, no sé quién, estuviera pensando en ostentar el control de la alimentación mundial, implantamos unos usos y cuándo estos ya están completamente establecidos, entonces comerá quién y cuándo yo decida. Bonita manera de manejar el mundo, por la boca. Porque, ¿quién nos dice que lo del toro de lidia importa entre poco y nada? ¿Y si fuera que lo apetecible fuera todo ese espacio, que es mucho, que ocupan ahora el toro de lidia y otras muchas especies? ¿Y si la cuestión es hacerse con esos espacios y darles un uso más ambicioso? Que no digo yo que esto sea así, que son simples elucubraciones de servidor, pero, ¿por qué no? Lo que sí tengo claro es que detrás de todo esto hay algo que se nos escapa, que va más allá de toros sí, toros no, de la defensa de los animales, de la naturaleza en su estado primigenio de cuando los Neardenthales o de si mejor un chuletón de buey o de tofu. Imagino que antes o después nos enteraremos, espero que antes y que no sea demasiado tarde, pero de momento tendremos que seguir oyendo hablar de animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


domingo, 9 de julio de 2017

Los toros hacen pupa  


O andas listo o te afeitan el mostacho

Aquí, metidos en pleno San Fermín, aunque confieso mi pereza matinal que me impide madrugar para ver los encierros en directo, pero no pasa nada, basta con coger el móvil o conectarte a Internet y en dos patadas ya te han destripado el encierro de pe a pa, cosas de tener amistades madrugadoras. ¡Ay! Si mi padre me viera, me daría un cachete, él que se preocupaba de levantarme a las siete de la mañana, cuándo soltaban los toros a esa hora, para verlos correr por las calles; luego me volvía a la cama, eso que no lo dude nadie. A quién se le diga, que te aficionas apasionadamente a algo por lo que te han hecho madrugar, sentarte en una piedra al sol, tragar polvo en el campo, decepcionarte tarde tras tarde, aguantar colas para sacar las entradas, penar por un abono de estudiante, pero, que hermosa afición. Pero aparte de todas estas cosas, mi padre no dejaba de repetirme que los toros hacen pupa, que no era algo a tomarse a la ligera y si no le conoces, si no sabes cómo puede reaccionar en cada situación, a verlo desde la barrera o la talanquera. 

Lo que parece evidente es que los papás de otros niños no les contaron eso de que los toros hacen pupa, mucha pupa y años después, gracias a esa falta de adiestramiento taurino, sus retoños nos regalan imágenes que más parecen trucajes de una revista de humor, que instantáneas reales. Que lo mismo ves a los toros trepar Cuesta de Santo Domingo arriba, cuándo un fulano con cámara al cuello se cruza parsimonioso como si paseara su estulticia por la Plaza del castillo; a todo lo más, un ligero encogimiento de glúteos, cómo si por dicha plaza esquivara la vomitona de un compatriota de Güisconsin. Que nadie se ofenda, pero no me digan que no era para darle un empellón y apartarle lejos de las talanqueras, vallado en Navarra. Pero cuidado, que este al menos metió para adentro el culete, quizá emulando a sus ídolos taurómacos cuándo se pasan el toro por semejante parte. Ya me le veo poniendo una conferencia a casa, a su dady, contándole cómo él y Stone King son hermanos de culo, perdón, de posaderas, perdón… bueno, ustedes me entienden, ¿no?

Pero lo que ya puede parecer el colmo de la estupidez se queda chico en comparación con esas fotografías de una señorita oriental pegada a la pared del callejón que conduce al ruedo, sin otra defensa que taparse los ojos. Pero, ¡por favor! Que eso de cerrar los ojos y gritar ¡Casa! O ¡No se vale! Eso era para jugar al “Tú la llevas”, en el recreo del colegio… en primaria, que en la ESO ya no colaba y además te jugabas las collejas de los compañeros. Pero, ¿qué me dicen de esa otra joven que camina como disimulando por el mismo callejón, por la otra banda, así cómo con cara de “yo no fui”? Se debía pensar que en esto de los toros aún cuela lo del “pío, pío, que yo no he sido”. Que esto es muy serio y muy peligroso, por favor, señores en paz con el universo, no vayan difundiendo por ahí esa idea de la docilidad y amigabilidad del toro de lidia, porque el toro mata, en la plaza, en el campo, en la luna, en Marte y por supuesto, también en los encierros de Pamplona. Que anda por ahí un señor, aunque el cuerpo me pide llamarle canalla, que anda divulgando un vídeo de él mismo retozando con un ternero de carne, haciendo creer que es un toro de lidia, salvado de la muerte en la plaza de Barcelona, cuándo el animalito contaba unos pocos meses de edad. Que habrá quién se lo crea, pero con meses no solo no se sabe la plaza de destino, sino que ni tan siquiera se puede asegurar que vaya a una plaza. Un vídeo que aún siendo falso de cabo a rabo, podría parecer inofensivo y bien intencionado, pero la realidad evidencia todo lo contrario, más bien el hacer extenderse la creencia de un carácter bonachón y apacible de todo animal con cuernos, más parecido a un perro de aguas que a la fiera que es el toro, que ataca hasta en sueños, afortunadamente, porque eso le hace único, especial y sobre todo, el convertirse en el principal protagonista y tótem de una cultura.

Así que eso de las lecturas épicas desde el punto de vista de la fiesta de don Ernesto, el naturalismo y la idea del toro cómo ser libre en las dehesas celestiales en las que vive el toro Ferdinando, esa sensación de rito de iniciación de la tribu, ese querer vivir el desenfreno del jolgorio sin límites, todo eso, todo está muy bien, pero párense a reflexionar por unos segundos, señores ciudadanos de otras latitudes, que desde hace siglos, los mozos de por aquí llevan corriendo toros, intentando conocer al toro, sus reacciones, su forma de comportarse, la diversidad de encastes, cada uno con su aquel, que se rompen la cabeza escogiendo el tramo que mejor les viene, que se preparan para que el físico, la cabeza y las piernas, les respondan, que vestidos de blanco y rojo no han ni tan siquiera olido el alcohol y que aún tomándose esto muy, muy en serio, hay veces que se ven sorprendidos por una inoportuna cornada, ¿dónde van ustedes con chanclas, con cámara al cuello, con el móvil desparramando selfies y deambulando como zombies por el encierro? Hagan el favor, háganse a un lado, porque aunque su papá no se lo dijeran en su día, los toros hacen pupa.


jueves, 22 de junio de 2017

Nos pedían paciencia pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?


¿Quién dice qué?

Qué gran acontecimiento fue aquel día en que la Comunidad de Madrid le concedió la gestión de la Plaza de Madrid a don Simón Casas y compañía. Unos se lanzaron a rasgarse las vestiduras sin demora, mejor antes que después, otros, entre los que me incluyo, pensamos que había que dejarle actuar y otros que no se podía desconfiar cuando aún no se había ni sentado en su mesa de las Ventas. Es que no se puede ser tan negativo, ni ver todo mal, que es verdad, pero, ¡hombre! Que cada uno tiene sus antecedentes y el señor Casas, don Simón, tiene los suyos, que ni son pocos, ni tranquilizadores. Pero no había empezado la temporada y ya llevaba una larga lista de promesas incumplidas, que otra cosa no, pero defraudar, este señor no defrauda, se esperaba un disparate y respondió con una montonada de ellos, a cuál más descabellado. Pero no les voy a aburrir contando los planteamientos de la feria, ni de la temporada que estaba iniciándose. Vayamos al final de la feria, que según él, los medios oficiales y sus seguidores más fervientes, los que se quedan siempre con lo bueno, loaron el ciclo como el mejor de no sé cuántos años. Daban cifras de más de 600.000 espectadores, más que el año anterior, pero sin contar que con un mayor número de festejos; pero eso no lo decían. Nos hablaban de las puertas grandes, algo que no es mérito del señor Casas, don Simón, pero no de la forma en que se produjeron. También nos tiraban a la cara los muchos toros que embistieron a la muleta, de lo que tampoco se puede aprovechar el señor Casas, don Simón, más si nos paramos a ver cuántos de esos toros soportaron medio puyazo, por dar un dato, ni del bajón en la presentación del ganado no solo durante la feria, sino desde que comenzó la temporada. Todo era idílico, ¿a ver qué espectáculo reúne a tantos miles de personas durante tantos días? Decían los pancistas de la tele, como si nunca hubiera ocurrido lo que no hace tanto era norma, la sucesión de llenos que empezaban con la primera y se cerraban con la última, eso sí, con un ligerísimo descenso en la asistencia en los días de novilladas. Pero todo era felicidad, gloria, jolgorio y alegría, aunque yo me hacía una pregunta: ¿estará realmente satisfecho el señor Casas, don Simón? Pues parece que no demasiado.

La verdad es que el señor Casas, don Simón, comenzó con un ritmo difícil de mantener, porque no se puede soportar por mucho tiempo eso de maquillar la asistencia a base de regalar entradas. Circunstancia que igual también rondaba la cabeza de los señores de Plaza 1 y que quizá provocó cierta inquietud entre el señor Casas, don Simón, y su socio, Nautalia, lo que se vio reflejado en la desaparición del callejón del caballero francés a las primeras de cambio durante la feria. Bastaron cuatro protestas y dos toros devueltos, para que alguno decidiera esconder la testa. ¡Ay que ver! Ni un corte de mangas que nos ha dedicado a la afición de Madrid. Todo lo bueno se lo guarda para sus paisanos. Y cuando ya todo parecía discurrir por las calmadas aguas de la temporada madrileña, los festejos con menos de un cuarto de plaza con torerillos baratos y ganado más barato aún, ¡zas, cataplum, chimpún! Que se corta la temporada de Madrid, que hay que hacer obras en la plaza para garantizar la seguridad de los asistentes y que ya si acaso, pero que aún no se sabe, igual para el próximo San Isidro se volvía a abrir el portón de los sustos en Las Ventas. ¡Caramba! Eso sí que es arte y del bueno, del que te estremece y hace que no te llegue la camisa al cuerpo, que a más de uno se le encogió la pajarilla y aún no se le han destensado las cervicales. Pero, ¿qué broma es esta? ¿Qué broma de mal gusto, de pésimo gusto es esta? ¿A qué estamos jugando? Resulta que antes de la temporada nadie se había enterado de que había que hacer obras, que se liaron a poner cámaras y a tirar cableado y no hubo cristiano que pensara en que había que echar mano de Manolo y Benito para meterse en reformas y si llegaba el caso, darle una manita de gotelé a la “primera plaza del mundo”. Pero según parece, solo según parece, ha bastado que el ayuntamiento de la capital negara la correspondiente licencia para lo de las motos, para que al señor Casas, don Simón, se le encendiera la luz de emergencia. ¿Allí no se podían dar espectáculos no taurinos? Pues de los otros, los supuestamente taurinos, tampoco. Y punto, se corta la temporada y el domingo 25 con la corrida de Martín Lorca se echa el cerrojo y a otra cosa. Un hecho que solo tuvo lugar durante la Guerra Civil, sin precedentes en tiempos de paz, pero que al señor Casas, don Simón, le debe importar un bledo. Lo que me gustaría saber es si tal anuncio contó con la anuencia de la propietaria de la plaza, la Comunidad de Madrid, o si se ha lanzado a la piscina por su cuenta, en cuyo caso, la señora Cifuentes y su equipo, aparentemente siempre tan preocupada por los toros, deberían actuar de inmediato y aclarar todo este embrollo. Si bien es verdad que el consejero portavoz del gobierno regional, don Ángel Garrido, ha salido a desmentir tal suspensión, se deberían dar detalladamente los motivos y sucesión de los acontecimientos que propiciaron tal anuncio. 

Lo que está claro es que si alguno aún dudaba de la condición del señor Casas, don Simón, igual con esto se le han abierto los ojos, a no ser que esa ceguera parcial sea propiciada por el grosor de sus buenos fajos de billetes. Me gustaría oír a la señora Cifuentes que en caso de incumplimiento del pliego de contratación se aplicarán las medidas administrativas pertinentes, me gustaría también saber si se mantendrá el rigor necesario a la hora de aprobarse los carteles, para lo que resta de temporada, para la siguiente y para las ferias de Otoño y de San Isidro. Son muchos aspectos que ahora parecen cogidos con alfileres. Así como recordarle al señor Casas, don Simón, y a su socio de Nautalia, que firmaron un contrato con una administración pública y que su incumplimiento no sale gratis. Ahora solo queda esperar que la Comunidad de Madrid sea capaz de llevar a cabo las obras necesarias y dar satisfacción a las demandas del Ayuntamiento de la capital, al que hay que agradecer ese innegable desvelo por la seguridad de los ciudadanos que acudimos a la plaza de las Ventas, siempre y cuando vayamos a las motos, a un concierto, al circo o a la Copa Davis, porque si vamos a los toros, ya se nos puede caer encima el palo de la bandera. Aunque tampoco hay por qué alarmarse, pues no me cabe la menor duda de que ya sea en el caso de que pudiera peligrar nuestra seguridad, ya sea porque de repente nos hurtan la temporada de toros a la afición madrileña, seguro que aparecerá la Fundación del Toro para defendernos de cualquier entuerto o injusticia con el yelmo de Mambrino calado hasta las orejas, la adarga antigua y el galgo corredor.  Los seguidores del señor Casas, don Simón, ya fuera desde los micrófonos de la tele, desde los medios de comunicación oficiales, desde la propia administración o desde la barra de la tasca del Pedernales nos pedían paciencia, pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?

P.D.: Y servidor que pensaba tomarse un descanso...

sábado, 17 de junio de 2017

Iván Fandiño, D. E. P.


Iván Fandiño, D. E. P.

Poco sentido tiene ponerse a hablar de corridas de ningún tipo, todo pasa a segundo plano, hoy ha muerto un torero, Iván Fandiño, que descanse en paz. Perdonen que no cumpla con mi compromiso de contar lo que he visto en una calurosa tarde en Madrid. Volvía a casa cruzando mensajes comentando el festejo, charlas telefónicas, cuando de repente se ha colado la fatal noticia. Un tremendo golpe, muy fuerte y que de momento no se puede asumir, aunque la realidad sea la que es. Aparecerán ahora por un lado esos mensajes tan inoportunos, como parece que inevitables; los que también buscarán responsables dónde no los hay. Allá cada uno con la tarea que quiera iniciar, otros simplemente nos quedamos dando vueltas a algo tan tremendo, rumiando la pena y queriendo recordar lo bueno del torero y del hombre. 

Ruego me disculpen, ruego me perdonen, pero no puedo decir más, no encuentro más, ni tampoco tengo fuerzas para buscarlo, simplemente el deseo de que Iván Fandiño, el matador de toros, el hombre, descanse en paz, la paz que los suyos han visto desgajada, ese consuelo que en ningún sitio encontrarán y el sentir que les han abierto en canal para arrancarles el corazón. A ellos todo el cariño del mundo, que desafortunadamente les sabrá a muy poco. Iván Fandiño, D. E. P.