lunes, 11 de junio de 2018

Uno más de entre tantos, lo que un día fue Victorino


Cuentan que hubo una vez una vacada de origen Saltillo, de Albaserrada, que...

Hace años, era decir Victorino y se hacía presente el toro; se decía Madrid y la imagen era la de la seriedad y el rigor; y nombrar a la afición de Madrid era saber inmediatamente qué respondía a esa idea, gustara esta o no, pero se sabía lo que había. Pero mucho han cambiado las cosas, las sensaciones se asemejan mucho a un régimen dictatorial taurino, en el que el fin último, y el primario, es la felicidad, felicidad indiscutible. El éxito perpetuo y así, igual que otros se ufanaban de los éxitos de los planes quinquenales, de los planes de desarrollo, de la guía firme del líder, del control de natalidad, de… en definitiva, un felicidad ficticia, vacía, que no conduce a ninguna parte. Como ese triunfalismo exacerbado que se quiere imponer, al que nadie se puede oponer, a riesgo de que te llamen antitaurino, no hay lugar a la crítica, ni de obra, ni de pensamiento, porque hasta los pensamientos quieren manejar. Hay que entregarse a Puertas grandes fraudulentas, a trofeos excesivos y antirreglamentarios, que nadie pide dimisiones para los que a base de despojos entregan la plaza de Madrid al abismo, pero que no se le ocurra a nadie negar uno solo que la masa pide por aclamación. El poder se entrega ficticiamente a la mayoría, una mayoría manipulada y adoctrinada hasta la náusea. Y al final no queda más que el vacío, la desnaturalización de todo esto. Se toma como toro al animal bobo y descastado, que al encastado se le viste de alimaña imposible, merecedora del matadero; se admite como toreo la mojiganga vulgar, en la que el toro, o lo que sea, pase o no pase, que lo que impacta son los volatines y el toreo de verdad… ¡Ay el torero de verdad! Que ahora resulta que los que lo vieron, lo idealizan. Que comparando con estos, hay que idealizar muy poquito. Pero los taurinos, los poderosos, los que realmente sacan tajada, se agrupan en asociaciones de nombre altisonante, como ocultando su verdadera actividad. ¿Recuerdan aquella sociedad de Amigos de la Ópera en Con faldas y a lo loco? Pues algo parecido. Y como jefes de lo que bautizaron como Fundación del Toro de Lidia, por un lado Julián López, El Juli, y por otro, que casualidad, don Victorino Martín, justamente el ganadero de la Corrida de la Prensa, la que para unos era el final del ciclo, para otros el día grande, el día al que acuden desde hace años, que las tradiciones no hay que perderlas, y para otros, solo un día más.

Cartel con alicientes variados, Manuel Escribano, al que parece querer investirle como el nuevo victorinólogo. Paco Ureña, que al final volvía a Madrid tras su anterior y forzada ausencia. Y Emilio de Justo, en el que algunos aficionados habían puesto sus ojos, esperando que fuera el que cuentan es en Francia. Se fue Escribano a recibir a su primero a portagayola, pero el de Victorino no estaba para recepciones; si bien es cierto que tampoco es que el sevillano le llamara demasiado la atención, lo que quizá solo hubiera provocado un arreón descompuesto y un riesgo innecesario. Echaba el toro las manos por delante, muy mal picado, sin que el animal quisiera pelea, primero una cuchillada que le abrió un tremendo ojal en el lomo y después un picotazo. Puso banderillas el matador, no con demasiada fortuna. Muletazos trapaceros por abajo, abuso del pico y no parando un momento, teniendo que recuperar el sitio a cada momento. Latigazos, el toro quedándose parado cuándo le quitaba la muleta de repente, para acabar acortando demasiado las distancias y con un bajonazo vergonzoso. De nuevo a portagayola en el cuarto y… digamos que tampoco pudo ser. Mantazos en los terrenos de toriles, para acabar tirándole el capote a la cara y teniendo que echar a correr. El toro muy suelto, se fue al caballo a su aire, desde la otra punta del ruedo, sin que nadie hiciese por remediarlo. En la segunda vara daba claras muestras de no querer nada con el del palo, le ponían y se marchaba en cuanto podía, obviando al jaco, para al final apenas señalársele un picotazo. Más banderillas, que quizá habría sido mejor que las pusieran los banderilleros. Inicio de faena desde los medios con un por detrás y por delante, para proseguir con el pico, con el de Victorino que se le echaba encima, evidenciando la falta de toreo y que el acompañar la embestida no era la mejor solución. Quizá con un poquito más de mando, el resultado habría sido otro, que tampoco es que hiciera falta mucho para mejorar lo realizado.

Se habló mucho de si llegaría Ureña o no a los Victorinos y llegó. Llegó para recibir a su primero con capotazos sin mando, se tuvo que dar la vuelta perdió la tela. Le costó ponerlo en el caballo, donde, cogido en buen sitio, le hicieron la carioca, el toro empujaba, para acabar poniéndose de lado. Se arrancó alegre desde bastante distancia, para recibir un picotazo en mitad del lomo y acabar marchándose. Ya en la muleta, comenzó por abajo, pero sin alargar el viaje, con una primera tanda aseada por el derecho, superando un molesto calamocheo. Toreo sin apreturas, una tanda más que aceptable, concluyendo de forma aturullada a la hora de cerrar con el de pecho, quizá por no mandar lo que exigía el animal. Quizá habría hecho ganar la faena si en algún momento hubiera rematado los muletazos. Acabó demasiado encimista, tirando de pico, fuera de cacho, con un toro que se tragaba todo. Un intento de naturales con la diestra con el estoque en la izquierda, quizá para acabar de encender al personal, paro concluir de bajonazo muy feo, haciendo guardia, que así lo atestiguaba el charco que se formaba en tre las manos del de Victorino. De nuevo apurado en los lances del recibo al quinto, viéndose obligado a soltar el trapo y coger el olivo, evidenciándose que no se hacía con el toro. Mal colocado en el caballo, para que se dejara sin más, mientras le hacían la carioca. Demasiado capotazo para ponerlo en suerte una segunda vez, para al final limitarse a quedarse dormido bajo el peto. Siguió la sinfonía de capotazos innecesarios, no se puede decir que merecieran felicitaciones los de la cuadrilla de Ureña. Comenzó este el trasteo por abajo, sin saber cómo quitárselo de encima, enlazando pase tras pase. Continuó con un toreo demasiado periférico, pasándolo bastante fuera, sin mando, allá dónde iba el toro, se ponía él y le pegaba el pase, sin mando ninguno. Muletazos perfileros por el derecho, con extraño saltito para colocarse a cada muletazo, le desarma y fuerza un desplante sin demasiado sentido. Cambió de mano y ya entró en terrenos de vulgaridad, con trapazos sin sentido, para terminar con otro bajonazo. Quizá se pueda aducir que no estaba completamente recuperado, no lo dudo, pero entonces es casi mejor ceder el sitio a un compañero y volver a Madrid más adelante, que Madrid siempre estará ahí y más para un torero con la honradez de Paco Ureña.

Llegaba Emilio de Justo después de… mucho tiempo. Capotazos por abajo para recoger al de Victorino que embestía hasta con cierta codicia, aunque en algunos lances daba la sensación de dar la salida antes de tiempo. Empezó cabeceando en el peto, para a continuación mostrar fijeza, para en la segunda vara recibir un puyacito trasero, mientras solo peleaba con el pitón izquierdo. Al ir a ponerlo en suerte se le vino de repente al matador, que resolvió con soltura, con airoso remate de capote que le dejó en el sitio. Ya con la muleta, en los muletazos de inicio, por abajo, se la dejaba enganchar, muletazos permitiendo que el toro siguiera atropellando la tela, se le metía para adentro, sin llevarlo toreado, obligado a recolocarse en cada pase, sin pararse, demasiado pico, mientras el toro le iba ganado la partida, muletazo a muletazo. Cada vez más aperreado, muletazos haciendo el arco y el toro resultó bastante menos malo de lo que de Justo parecía querer hacer ver. Al sexto le recogió con verónicas con pasito atrás. En el caballo derrotaba como una devanadera, con un puyazo en la paletilla, para acabar yéndose suelto. Curiosamente, en el segundo encuentro, al que le costó entrar y hubo que meterlo debajo del peto, cabeceó bastante menos, cosas del toro. En banderillas esperaba, para acabar tirando arreones. Muy parado para el último tercio, muletazos por abajo sobre las piernas, aunque sin castigo. Mucho muletazo con el pico, desde muy fuera, sin sosiego, moviéndose mucho, con enganchones, banderazos, todo en las distancias cortas y parecía que el toro le había dicho que quería distancia, al volver de por la espada, pero Emilio de Justo no hizo caso y lo siguió intentando demasiado encima. Una tarde tan sosa, como otras, tan anodina como otras porque a estas alturas, aunque no queramos, se evidencia el ser uno más de entre tantos, lo que un día fue Victorino.

Enlace programa Tendido de Sol del 10 de junio de 2018:L

sábado, 9 de junio de 2018

Una más y una menos


Y el próximo jueves, la Beneficencia con los triunfadores de la feria, ¿no? ¡Aaah! Que no, que ya ha sido. Lo que ha cambiado el cuento

Tanto quejarnos, tanto renegar, tanto hartazgo, pero no se puede evitar que todos los años, al acabar la feria de San Isidro, se duerma o se despierte algo dentro. Se mira al futuro como si empezáramos una vida nueva, o eso me pasa a mí todos los años, como si descubriera que todas las tardes, a partir de las siete, hay vida, el mundo sigue y sigue aparte de la plaza. Es lo mismo de todos los años, con ilusiones, ya menos, decepciones, cada vez más, pero sin poder evitar el recuerdo de como fueron otros finales, como fue la última feria para alguien querido y que se fue, pero que sigue estando presente, los que abandonaron hartos de tanto aguantar, los que se fueron incorporando y llegaron para quedarse. Y es que si los toros es la vida, vivir la feria de Madrid es vivir más vidas. La pena es que hubo vidas mejores, que no es eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero algunos, lo fueron y con gran diferencia. Siempre nos quejamos de los empresarios, pero es que a este no hay por dónde cogerlo. De los toros que no eran lo que se esperaba, pero es que a estos, a los que tanto gustan a tanta gente, dan ganas de llevártelos a casa cómo mascota, siempre y cuándo lo permitan las figuras. ¡Ay las figuras! Que puede que no haya habido una época en la que estas causaran tanto rechazo. Y esa plaza de Madrid, que era respetada y admirada, con sus isidros más volubles a lo populachero, pero sin acercarse a los niveles actuales, en los que los transeúntes, que en nada se parecen a aquellos isidros, han dinamitado ese ideal, con absoluto convencimiento.

Este final, dejando la de Victorino aparte que en este año será la corrida de la Prensa, ha sido protagonizado por los de Adolfo Martín, hierro con notable y sabido predicamento en Madrid y que a lo largo del tiempo ha gozado de la comprensión y paciencia de muchos aficionados. Completaban el cartel el pasado, presente y futuro de la fiesta. El pasado, El Cid, que a cada día que pasa más se instala en ese pasado, pues su presente no se lo merece un torero que dio tanto, hace ya demasiado tiempo. El presente, Pepe Moral, que en esta feria ha dejado claras sus intenciones de hacerse con un sitio de una vez por todas. Y el futuro, por ley de vida debería ser Ángel Sánchez, aunque por lo visto en esta última de feria, aún tiene que aplicarse bastante en muchos aspectos.

La presencia del Cid ha sido más efímera de lo deseable, resumiéndose casi en la confirmación de alternativa de Ángel Sánchez y poco más. Recibir al segundo de la tarde con capotazos inseguros, sin conducir las embestidas y sin que se le apreciara un mínimo de firmeza. Lo llevó de mala manera al caballo, a un toro que simplemente se dejaba, con un amago de querer meter los riñones, pero que quedó en nada. Primeros muletazos de tanteo y se apreciaba que el Adolfo empezaba a poder al torero. Hizo por él al tercer o cuarto muletazo, con tan mala suerte de haberle calado, pasando a la enfermería. Prosiguió Pepe Moral, que prácticamente se limitó a unos muletazos de compromiso, para tomar inmediatamente la espada.

Siguiendo la lidia ordinaria, empecemos por el sevillano, Pepe Moral, recibió dubitativo a su primero, muy suelto y que le punteaba el capote por el pitón izquierdo. No cuidó al toro en el primer tercio, sin colocarlo para dejarlo ver, para que el picador le diera a gusto, tapándole la salida. En la muleta ya entraba como un mulo, saliendo buscando las tablas y si encontraba la salida, mucho mejor. Un intento de serie en toriles y tras un arreón, el sevillano decidió abreviar. Con el quinto se vio apurado y tuvo que darse la vuelta en el recibo e irle cediendo terreno hacia afuera. Bien puesto en el caballo, de largo, para que al animal le arrearan una puñalada casi en el costillar, para apenas picarle. Una segunda vara dándole distancia, con una arrancada queriendo comerse aquello que le importunaba, para volver a recibir otro marronazo, en el mismo sitio; el Adolfo peleaba en el peto, pero de lado, con el pitón derecho, el mismo por el que apretó a Juan Sierra en banderillas, que casi se vio cogido, saliendo del compromiso con altanería torera y descarándose con el toro; eso sí es torería y personalidad, no encararse con las gentes de los tendidos. Que me den mucha altanería y gallardía como la de Juan Sierra. En los primeros muletazos por abajo ya daba la sensación de que allí había toro, había que templarle mucho y que no le tocara el engaño. Una primera tanda no muy ajustada y tirando con la parte de fuera de la muleta, mientras el toro se entregaba sin reservas, ¡qué forma de embestir! Tandas jaleadas, pero había algo que no redondeaba, quizá el remate. Con la izquierda la muleta la presentaba un poco más atravesada, que parecía que el toro se le podía ir, para volver de nuevo a la diestra. Mejor por ahí y el público entregado. De nuevo por el izquierdo, se sucedían las tandas y uno embestía y embestía y el otro se entregaba, pero tengo la duda si se puede decir que estuviera a la altura del toro. Pinchazo y entera muy trasera, que le valió una oreja.

Confirmaba Ángel Sánchez, que visto lo que se vio, parecía que esa era su única ambición, la confirmación en Madrid. Se vio sobrepasado por su primero, al que le presentaba el capote sin parar quieto un momento, hasta que se vio arrollado, afortunadamente sin consecuencias. Lo puso bien al caballo, que ya no es poca cosa, para que le picaran en la paletilla, tapándole la salida, el toro peleando y sin que el pica se dejara nada dentro. En la segunda vara solo fue un picotazo. Gran par de Miguel Martín por el pitón derecho, el mismo por el que le esperó en el primero. Se lo sacó Ángel Sánchez por abajo, aunque un tantito acelerado. Por el derecho ya empezó con el pico y quedándose fuera, lo mismo que por el izquierdo, aunque hubo un atisbo de que la cosa fuera diferente, pero no. Muletazos en línea, más pico, venga a recolocarse, sin acabar de encontrarse. Que tampoco se encontró en el cuarto, al que ya en los lances de recibo le dejó el capote colgado de un pitón. Fue el toro al caballo al relance, para que le hicieran la carioca. Daba muestras de una clara tendencia a irse a las tablas. Defecto que se hizo más presente en el trasteo de muleta, saliéndose a mitad de muletazo en busca del olivo. Muchas pruebas por el izquierdo, intentando enseñarle con el revés de la muleta en la diestra y a las primeras de cambio, un desarme. Continuó por el derecho y venga arreones; lo mismo por el izquierdo y el confirmante sin ver por dónde meterle mano, aunque quizá habría sido buena, y plausible, solución el darle por abajo. A la salida del sexto parecía dar la sensación de falta de ánimo por el triunfo, que él llegaba allí a soltar su repertorio y punto. Este último simplemente se dejaba, encelado en el peto, pero sin `presentar demasiada pelea, a pesar de que se le dio a modo. En el último tercio el Adolfo iba a su aire, mientras que el matador se limitaba a ponerle el trapo, sin correr la mano y metiendo el pico con la zocata. Al derecho se lo echaba para afuera, muchas precauciones y ese ir a su aire del toro, al que Ángel Sánchez respondía con aparente apatía. Intento de naturales de uno en uno, un respingo y eso, que habría quién pensara que su objetivo no era otro que la confirmación. Acababa la corrida, acababa la feria, las despedidas, unos hasta otoño, otros hasta el domingo, los menos hasta este domingo y todos los demás, mientras intentaban recordar las glorias de todo un mes de toros, con una la conclusión de ser una más y una menos.

viernes, 8 de junio de 2018

El desafío es usted, señor Casas





Agustín Romero nos reconcilió con el tercio

A punto está de echarse el cierre a la feria de San Isidro de este año, una feria con muchas sombras, muchísimas, con demasiado oropel, demasiadas zonas oscuras y excesivas maniobras que parecen solo perseguir un fin, acabar con la plaza de Madrid, hacer creer que los aficionados de Madrid han enloquecido, que hoy una cosa es blanca y mañana la misma es negra, que hay un viento endiablado que hace cambiar el sentido de los habituales de Madrid, cuándo precisamente estos, los habituales, son los únicos que se han mantenido en el mismo sitio, con la misma idea y la misma postura. Pero como algunos, sobre todo los de micrófono en mano, saben moverse en el lodo con tanta maestría y sin una pizca de honestidad, con la colaboración de los ocupas del palco, están convirtiendo a la plaza de Madrid en un adefesio sin crédito alguno. Les sobra argumentario y medios para instalar la mentira en el centro y convertirla en una verdad aparente, a fuerza de repetirla una y mil veces. Una feria tragando y tragando basura ganadera, vulgaridad torera e infamia empresarial, pero aportando siempre una justificación a lo más injustificable, siempre a tiempo. Y cuándo aparecen esos hierros llamados tan desacertadamente encastes minoritarios, sueltan estopa sin compasión. Simplemente aquello es lo ideal, lo grandioso y esto, la fiel representación de la miseria taurina. Que ni tan siquiera amagan con comparar, porque quizá en las comparaciones, lo comercial, lo moderno salga perdiendo. Y el señor empresario, sin más aportaciones, sin más innovación, que auténticas melonadas, ocurrencias que aparte de no tener sentido, ni justificación, aportan poco o nada a los toros. Que si la corrida de la cultura o  la de las naciones, con una única variación, la ambientación de la plaza con cuatro colgajos o con unas banderitas muy propias, o esas corridas anunciando dos hierros, por aquello de poder parchear el festejo en caso de necesidad o el desafío ganadero, que ni ha sido desafío, ni nada, pero bueno tampoco está tan mal esta fórmula. Algunos preferimos corridas de seis toros y una ganadería y otros… Pero de esta forma se abre la puerta a que ganaderías cortas puedan mostrar su trabajo en Madrid.

Y llegó el día de tal desafío, que en principio iban a ser tres de Rehuelga y tres de Pallares, pero que por exigencias ganaderas ha quedado en un dos cuatro. Le ha pesado a Rehuelga eso de tener que presentar tres toros en Madrid y reeditar el éxito del año anterior. Precisamente de este hierro fue el primero, el de Iván Vicente, nada aparatoso de presencia, más bien lo contrario, que ya de salida puso en apuros a su matador. Empujó con fijeza en el peto, habiendo derribado en una primera vara, cuándo le daba la vuelta al peto, para al final no pasar de dejarse pegar. Ya con la muleta, Vicente le dio la peor medicina que podía administrarle, permitir que le tocara la tela. Sin  quedarse quieto, la tomó en la zurda y el toro entraba ligeramente rebrincado, pico, medios pases y además, con mucho cuidado de no bajarle la mano más de la cuenta, para que el de Rehuelga no besara el suelo. El cuarto, de Pallarés, ya daba la sensación de que se quería comer los engaños y a quién los manejara y no se hacían con él. En varas fue de menos a más, un picotazo rectificado sin apenas castigarle, al paso para un puyazo trasero, cabeceando y hasta repuchándose y un tercer encuentro arrancándose desde lejos y peleando en el peto. Ya fuera de este, el toro aún estaba pendiente de aquel caballo con faldas dónde le habían hecho pupa. Entraba de dulce en la muleta, que se le presentaba atravesada y sin mandarle en ningún momento, buscaba pelea, pero solo se le ofrecían trapazos, hasta que ya se aburrió y tras varias tandas ya salía de los muletazos desengañado. Una faena que al final solo fue merodear por los alrededores, encimista y soltando trapazos sin interés. Quizá esta fue la oportunidad de Iván Vicente para convencer a los que tienen los contratos, pero se le fue.

Javier Cortés volvía después del buen sabor de boca de su última actuación y tras echársele para atrás a su primero, corrió turno y echó por delante al otro de Pallarés, al que ya de salida le dejó tocar en demasía las telas. No se le picó apenas, lo que quizá acusó en el último tercio, con embestidas codiciosas que el espada no fue capaz de templar. Mucho aceleramiento, muchas prisas y largando tela en línea recta. No se hacía con él, un desarme, cambio al pitón izquierdo y sin poder impedir que el toro tocara la muleta una y otra vez, se le estaba viniendo arriba y complicándole la existencia. Llegó a ponérsela plana con la derecha, pero no era capaz de mandar, obligándose a recolocarse constantemente. Y si con el bueno no pudo, con el de Marca la cosa iba a complicarse. Amagos en los primeros capotazos, arrancándole el engaño a las primeras de cambio. En el caballo peleó con la cara alta, se salió suelto del caballo y ese defecto de apuntar al cielo se daba también al tomar los capotes. Esperaba por el derecho en banderillas, pegando un arreón que complicaba mucho el poder clavar. Comienzo de faena por abajo, derrotes, la tocaba y más derrotes aún, defendiéndose y así ocurrió que en un derrote seco, alcanzó a Javier Cortés, qué mala suerte la del chaval. Cogido, forzó el arrimón, arrancar muletazos, pero quizá aquello solo tenía un macheteo eficaz por abajo y a otra cosa.

Javier Jiménez hacía su única aparición en la feria en este desafío ganadero. Le tocó uno de los dos de Rehuelga, al que se picó poco y mal, en mitad del lomo y tapándole la salida. Ya flojeaba tras la primera vara y en la segunda apenas se le apretó. Con la muleta todo fue un conglomerado de despropósitos, pico, enganchones, carreras, mientras el animal no podía con su cuerpo. Al sexto, quizá con kilos de más, le recibió sin pararse un momento y dando la impresión de que no le apetecía demasiado bregar con el de Pallarés. Bien cogido en la primera vara, picando en lo alto; le tapó la salida, mientras el animal peleaba, tirando alguna que otra cornada por el izquierdo. Un segundo puyazo, con el de arriba moviendo el caballo, de nuevo en buen sitio y, cosa excepcional, se le puso a un tercer puyazo, de lejos y aunque se lo pensó más, se entregó al toreo a caballo del picador, que de nuevo volvió a picar arriba. Ya estaba la gente buscando el programa y queriendo saber quién era ese loco que había movido al caballo, que había toreado, dejado tres puyazos arriba y que además, había medido el castigo; pues sí Agustín Romero, de nazareno y oro, al que el bueno de Javier Jiménez invitó a descubrirse, lo que pasa es que en el último toro, se descubren todos los que lucen castoreño con piña, cucarda y ajustado barbuquejo. El público esperaba algo grande, pero el de Espartinas no pudo más que intentar muletazos de uno en uno, acortar ya de principio las distancias sin motivo, quitándole el engaño de la cara de golpe y liarse a dar trapazos siempre tropezados. No se había enterado de lo que allí había, banderazos, merodeaba en los alrededores del animal y parecía que ni se enteró de la oportunidad que se le había ido. Terminaba el desafío ganadero, la feria esta a punto y tras tanta ocurrencia, tanto despropósito, tanto ajeno a la fiesta de los toros, tan poco centrado en lo fundamental y tantas y tantas tardes vacías, si alguien ve al empresario, o cómo se quiera él mismo llamar, que le diga que el desafío es usted, señor Casas.

jueves, 7 de junio de 2018

To er mundo e güeno


No era tarde de toreo trágico, vamos, ni de toreo

Al fin llegó la paz, se hizo la calma en la plaza de Madrid, después de esas tardes de tanto trajín, del toro encastado y los corazones encogidos, los felices asistentes al final pudieron volver al goce de la merienda, la cabezadita con el solecito en la cara y la orejita nuestra de cada tarde. Al fin hubo pases, muchos pases, pases por aquí y por allá, saltó por los aires el trapacerómetro. Torillos entre noblotes y bobones, para evitar sobresaltos, que es lo que tienen las ganaderías de garantías, que colaboran más que un becario con idea de ganarse el puesto. Decían de otros que con esas hechuras era imposible que embistieran, pero claro, si el aspecto caballuno lo presenta uno de Alcurrucén, de la cuadro de los hermanos Lozano, la cosa cambia. Como si sale una albóndiga con cuernos, que también vale. Y a ninguno se le pudo picar, ¿cabe más gozo? Cómo se ha aplaudido a un jinete por no picar. Eso es vida. Esos hermosos mansos esperando a ver si se abría la puerta de toriles para volver de nuevo a la dehesa. Esos bobones que seguían el trapo entre hipnotizados y atontados, que daba igual que se la pusieran al bies o al revés, que ellos no iban a poner pegas. Una tarde toda de comodidades y sin apechuges a la patata. Hasta el rey, el emérito, que al otro esto de los toros no le va, pero sí a su padre y a su hermana y a su sobrina y a su sobrino; que igual puede que llegue a tener un sobrino político torero, ¿se imaginan? Por un lado Su Majestad y por otro el torero, aunque si no coinciden en lo de los toros, pueden hablar del Aleti, que eso une mucho.

Usted se habrán dado cuenta de lo idílico de la tarde, ¿verdad que sí? Pero yo les explico el por qué, es que era la Beneficencia, que no sé si le han quitado lo de corrida, lo de extraordinaria y a lo mejor, hasta lo de Beneficencia. Vaya cartel chulo, me refiero al creado por Diego Ramos, una belleza. Lo del otro, el taurino, pues… Los yintonis están un poco caros, ¿verdad que sí? Arrancaba Antonio Ferrera, ascendido en los últimos tiempos a artista de primera y lidiador de honor, aunque no sé yo si le habrán firmado los papeles de tal ascenso. Que lo de lidiador, poco, que lo mismo dejaba a sus toros que deambularan por la plaza a su aire, que le manteaba por allí hasta que saliera el caballo. Ni ponerlos en suerte, ni cuidar que no fuera de lado a lado de la plaza de un caballo a otro. Una primera faena en terrenos de toriles, con muletazos pasados de revoluciones, sin templar la embestida del Alcurrucén que con tanta bondad metía el hocico. Siempre muy fuera y viendo pasar aquel rayo que no cesaba y cuándo cesó, ya a paso más bien mortecino, dejó de lado las carreras y enganchones e hizo creer que estaba toreando relajado. Entonces dejamos el aperreamiento de lado y tomamos el toreo perfilero, acompañando el viaje, erguida la figura, recordándonos eso del torero artista que ahora dicen que es. Que aparte enganchones, eso del artisteo se debe ver en no querer tomar el verduguillo, que tampoco parece ser necesario el intentar evitar el espectáculo de ver a un toro agonizando, resistiéndose a caer, más que nada por no estar la espada en su sitio. En su segundo, dejaba que le tocaran demasiado la tela, enganchones, sin parar quieto y dando demasiados respingos. A ver si le firman ya los papeles del ascenso y ya con el certificado de artista se toma las cosas con más calma.

Miguel Ángel Perera no necesita de papeles, él ya sabe que es un fenómeno. Lo malo es que se ve obligado a compartir su arte con una panda de desagradecidos, pero habría que decirle que no hace falta, que si no aprecian su arte, que no alargue tanto las faenas. Que es ahí dónde se le puede ver, porque en el resto de la lidia es difícil. Deja que el animal ande por ahí y él, muy concentrado, lo mira de lejos; que solo le falta decirle eso de “aquí te espero comiendo un huevo” Pero luego con la pañosa, la cosa cambia. Será por muletazos. Con esa personalidad tan suya del picazo, el banderazo, el trapazo para afuera, ahora por el derecho, otro y al izquierdo, con ese brazo agarrotado, tomando el engaño cómo una bandera, con sus carreritas y todo, porque él es un maestro, un artista. Condición que reafirmó en su segundo, dejando que la fiera de Alcurrucén se la tocara mucho, demasiado. Enganchones, toreo muy perfilero, empalmando derechazos desde fuera, sin rematarlos jamás y siempre escondiendo exageradamente la pierna de salida. Muy vulgar y alargando en exceso el trasteo, como si así mortificara a los que le protestan, pero claro, si él mismo piensa que la mejor forma de fastidiar es seguir toreando, cuéntenme ustedes que concepto tiene de lo que hace.

La presencia de Ginés Marín quizá se justifique por los éxitos de la pasada feria en esta plaza de Madrid, lo que da un soplo de esperanza al aficionado, pues lo mismo hay suerte y el año que viene para esta misma tarde contratan a Octavio Chacón y Javier Cortés, ¿no? ¿Lo verán nuestros ojos de pecadores? Que parecía la tal corrida de Beneficencia organizada para celebrar el día de Extremadura en Madrid, que no es cosa menor. Marín hasta intentó el toreo de capote, eso sí, sin dar un capotazo sin enmendar la posición, que más parece vicio que signo de torero medroso, pero que no se queda quieto, a pesar de que a veces juega con buenas maneras los brazos. Con la muleta hasta ofreció variedad, lo cual está muy bien y es de agradecer, pero la variedad no puede eximir de la obligación de torear. Y cuándo viene lo de los derechazos y naturales, entramos en los terrenos habituales del resto de la torería, toreo ventajista, siempre citando desde muy fuera, sin rematar los pases, siempre acabándolos delante de la cadera, con mucho pico, cambios de mano poniéndose muy perfilero, sin aprovechar las buenas embestidas del cebón que hizo tercero y cuándo se le quedó parado y entrando como un mulo, arreándole una de bernadinas, más uno del desprecio al aire, pues el toro ni llegó a pasar. Eso sí, a pesar del pinchazo, sin petición suficiente, el señor presidente le regaló un despojo. A su segundo, el que cerraba tan magno festejo, ya se le veían pocas posibilidades. No llevaba medio capotazo y ya salía de los lances como un burro, ¡caramba con las ganaderías de garantías! Que a las otras, ni verlas. El Alcurrucén, un paradigma de la mansedumbre, con una lidia para olvidar. Y allí que se fue Marín a abrir la puerta de Madrid y tanto ímpetu llevaba, que parecía querer dar tres muletazos en uno. ¡Qué prisas! Cuánta aceleración, que más parecían descargas eléctricas, que toreo templado y con mando. Bueno, esto no lo parecía ni cerrando los ojos, así como achinándolos. Que daba lo mismo por el derecho, que por el izquierdo, que le ponen una dinamo en el brazo y él solito ilumina la Gran Vía para una semana. Cuánta vulgaridad, pico, pico y más pico y para continuar, aún más pico, muy ventajista, muy fuera, para acabar con lo mismo, pero muy despatarrado y después citando de frente. Que era tarde de fiesta, pero hubo quién no se enteró y se entretuvo en protestar esos mansos acemilados de Alcurrucén, ese ventajismo y esa vulgaridad de ferrera, Perera y Ginés Marín, desentonando en una tarde para la felicidad, una tarde en la que la consigna era dejar muy clarito que “to er mundo e güeno”.

miércoles, 6 de junio de 2018

Les sacas del guión y se pierden


Ya es mala suerte, que te sientas torero con el caballo, que señales el puyazo en el sitio y marres las tres veces

Tocaba la de don José Escolar, corrida que tradicionalmente estaba reservada para poco menos que gladiadores dispuestos a aguantar y sortear las dentelladas de estos vástagos de Albaserrada. Si es que era nombrarlos y se nublaba la tarde, era hablar de los cárdenos y se cortaban los alientos. Bastaba con estar y quizá eso pensaban Rafaelillo, especialista en solo estar, Fernando Robleño, un maestro en lo de estar haciendo parecer que hace y Luis Bolívar, del que algunos aún creen que está, pero con fundamentos. Que los hubo de don José que iban más que justitos de trapío, que pasaron por el caballo recibiendo la leña que muchos ni piden, ni sueñan para esas ganaderías del “toro para el torero”, a los que en líneas generales se les lidio bastante mal, pero que para lo que les hicieron pasar, bien poco acusaron los cientos de trapazos de más y a destiempo.

Le correspondía el primero a Rafaelillo, que pudo comprobar como iba largo, de la misma forma que no veía la manera de quitárselo de encima, por más mantazos que le endiñara. El de Escolar cabeceó en algunos momentos en le peto, mientras el picador barrenaba sin disimulo, aplicándose también en la segunda vara. Rafaelillo le tomó con la muleta por abajo y el toro seguía yendo largo, la sensación es que allí había toro, pero poco pudo aguantar el murciano sin empezar a acortarle el viaje. No estábamos más que en el inicio del trasteo y daba la sensación de que el Escolar le iba a comer la merienda de dos bocados. La verdad es que el dejarle tocar la muleta, el no tener recursos cuándo le apretaba, el atravesar la muleta, con el peligro de que el animal se iba al hueco que quedaba entre el engaño y el bulto, no ayudaban para que Rafaelillo sacara algo en claro. El espada acortaba los muletazos, quitándole la tela de repente. La cosa no marchaba y entonces tomó la opción de acortar distancias, a ver si así, al menos se calmaba el vendaval. No es la primera vez que este matador malea un toro pretendiendo hacer ver que es un marrajo, pero en esta ocasión la evidencia se interpuso entre sus carencias y la boyantía del de Escolar. A su segundo parecía que iba a intentar también alargarle el viaje, pero estas buenas intenciones se diluyeron casi de inmediato. Se dio la vuelta para perderle terreno, se le venía y le movía el capote da lado a lado, en la misma cara del toro, como si a estos no les hiciera falta poco para que se avisen. Muy mal picado, en la paletilla en los dos puyazos, dándole estopa tapándole la salida, mientras el animal echaba la cara arriba. Ya con la muleta, se lo sacó más allá del tercio, se echó la pañosa a la zurda, para en dos trapazos ya dejar que se la enganchara con carreras y estando aperreado con el cárdeno. El toro no cesaba de puntear la muleta, que siempre acababa demasiado alta, cuándo lo que se requería era mano baja. Siguió aperreado, cambiando de mano, pero ese punteo no encontraba remedio, yendo la cosa a peor, lógicamente. Quizá otras tardes le haya funcionado a Rafaelillo eso de hacer ver que el toro era un dije, a base de hacerle todas las perrerías imaginables, pero en este caso, con los dos de Escolar, ha quedado retratado él y su carencia de recursos para torear. No se trataba solo de estar, había que poner algo más, algo de lo que quizá carece este matador.

El segundo, que correspondía a Fernando Robleño, tomó el capote rebrincado. Pelea más que discreta en el caballo, para pasar al segundo tercio, en el que puso en apuros al que fuera por el pitón derecho, por el que cortaba una barbaridad. Inicio de faena sin parar quieto un momento, para ya con la diestra, comenzar una sinfonía de toreo con el pico, constantes carreras para recuperar el sitio, el baile no paraba, un desarme, para seguir dándole pases allá dónde pillara. Cambio de mano, pero no de escenario, traspiés que dejó a Robleño a los pies del toro, que no hizo por él . Acabó con el irremediable arrimón de cada día, muletazos de uno en uno, de frente, haciendo que el personal despertara de la pesadez de faena de Robleño. El quinto ya de salida daba la sensación de poderse quedar en cualquier momento. Acudió al caballo al paso, para dejarse dar sin más, cómo si admitiera el trámite. Sin humillar y esperando demasiado, Robleño le empezó a merodear, se le defendía, lo que hacía que el madrileño anduviera un tanto aperreado, aunque tampoco se le ocurría darle por abajo, lo que hizo tímidamente muy a última hora, al menos para poder medio entrar con la espada.

Le salió a Bolívar el que hacía tercero, que ya pasaba del tipo Albaserrada, al tipo anovillado, que si los demás estaban en esa línea del sí o el no, este caía de bruces en el no. Aturullado con el capote, se puso a dudarle por la cara, moviendo el capote de pitón a pitón. Humillaba en el peto, con fijeza, pero sin que apenas se le diera, se dejaba y poco más. Se paró prácticamente al segundo muletazo. Para a continuación empezar a seguir la tela allá dónde se la movían, otra cosa es cómo la movía Bolívar, que bastante tenía con intentar recuperar la posición. El toro iba a más y él solo daba para echárselo para afuera con la ayuda del pico, sin haber sabido aprovechar las embestidas buenas, que las hubo. Al sexto le recibió con verónicas que hicieron vibrar al público, siempre echando el pasito atrás en el momento del embroque. Le puso tres veces al caballo, dándole distancia, el toro arrancándose con brío, el picador toreando bien a caballo, dejándose ver, citando con alegría y las tres veces señaló el puyazo en muy buen sitio, pero era tocar el palo al toro y al picador se le nublaba el mundo, no atinó en ninguna de las tres oportunidades. Que esto puede pasar, sobre todo cuándo se dan muestras de esa voluntad de hacer las cosas bien, pero, ya es mala suerte que no atinara ni una vez y además que dejara al toro sin picar. Gran par de Fernando Sánchez, que hubo de saluda ren compañía de Miguel Martín. En la muleta el toro no se cansó de embestir, pero Bolívar solo podía ofrecer una retahíla interminable de trapazos con el pico de la muleta, en línea, levantado la mano, sin mando ninguno, teniendo que colocarse a cada muletazo. El toro se le iba y vaya que se le iba, boyante, noble, como toda la corrida y el colombiano poniendo posturas y de respingo en respingo. Como último recurso optó por encunarse al entrar a matar, pero poco era eso, cuándo no había existido el toreo por ninguna parte. Este, como casi toda la corrida de José Escolar era para torearlo, para aprovechar esos regalos en forma de embestidas, para oponer firmeza y mando, pero los tres parece que llegaban con ciertas ideas preconcebidas, que no coincidieron con lo que salía de chiqueros y es que lo que demuestra todo esto, por mucho valor que se les quiera dar, es que les sacas del guión y se pierden.

martes, 5 de junio de 2018

Lo mejor es no ponerse a comparar


Había que dar leña por abajo, a ver si se hacía algo con esos ejemplares

Cuándo llegan las corridas que algunos llaman, con poca fortuna, toristas, parece que el mundo se parte en dos, se abre una gran zanja y unos se ponen a defender con uñas y dientes lo blanco y otros lo negro; eso sí, con la creencia de ambas partes de que ellos son lo blanco y los de enfrente lo negro. Y no se admiten matices de grises, ni azules, ni rojos, amarillos, verdes, ¡nada! O negro o blanco. Y entonces empiezan las comparaciones, ¡que odiosas son las comparaciones! Siempre con la idea de arrimar el ascua a la sardina de cada uno. Pues admitamos todo el colorido que nos ofrece la fiesta de los toros. Porque decir que la corrida de Saltillo ha sido buena, es mucho, pero mucho decir. Es cierto que ha salido un buen toro, el primero, lucido en el caballo y que ha permito cierto brillo en la labor de Octavio Chacón. Pero el resto ha sido una mala corrida de toros y no le demos más vueltas. Eso sí, no había lugar al aburrimiento, pues la incertidumbre de ver como los toreros libraban los gañafones de los Saltillo, despejaban cualquier atisbo de lucimiento. Que si nos paramos a pensar, ya son varios años seguidos en los que este hierro echa un encierro malo, incluso peor que el de este año, lo cuál tendría que hacer que alguien se planteara algo. Pero cuidado, si mostramos rigor y exigencia con este tipo de ganaderías, esto no quiere decir que eximamos de ello al resto. Porque claro, Saltillo quizá no debería volver el año próximo, pero… y aquí llega el pero; hay muchas, pero muchas de las ganaderías comerciales, que no solo no deberían repetir la feria que venga, sino que no deberían haber repetido desde hace años. Que si nos ponemos exquisitos, así a bote pronto, se me ocurre la triada infernal, con Jandilla, Garcigrande y Victoriano del Río, más el inevitable Núñez del Cuvillo, Torrehandilla, Juan Pedro, El Pilar, así a modo de sugerencia. Que ahí también se verá el tipo de aficionado que se siente cada uno. Que los hay que prefieren un emocionante tercio de varas y otros se lo pasan por ahí mismo. Que los hay que en el momento en que el toro no aguanta ese tercio de varas, simulándolo de forma sonrojante, ya no entienden que pueda valorarse nada más, si no hay toro, nada tiene valor. Y los de enfrente no solo no valoran ese primer tercio, sino que se lo pasan atendiendo a sus cosas, despertando solo para entregarse a la faena de muleta, sin mirar si el toro no tiene trapío, si es un inválido, si no ha aguantado medio puyazo, si es un animalico descastado y bobalicón, pero que juega al voy y vengo con absoluta entrega, que permite que le hagan barbaridades, como lo del pico, la mala colocación y los trapazos a destajo, mientras que a los otros, como les hagas una, te la pueden liar. Y a partir de aquí, que cada uno decida con qué se identifica más. Yo lo tengo muy claro, cuándo no hay toro, ¿qué sentido tiene todo esto?

Lo habitual en estos casos, en tardes como la de Saltillo, es que se acartelen tres desheredados del toreo, unos porque no aprovecharon la ocasión de mantenerse en la zona noble del tren y otros porque, vaya usted a saber por qué, casi no les dejaban subir ni al pescante y a base de agarrarse a esto con uñas y dientes, ahí siguen el viaje, esquivando al celoso revisor que a veces se extralimitaba en sus funciones. Lo que me recuerda a una película, el “Emperador del Norte”, que iba de mendigos que querían viajar de polizones y un revisor un tanto…peculiar.

El primer viajero de la tarde era Octavio Chacón, con cierto renombre por plazas del norte y de Francia, pero que hasta ahora no había dado el campanazo en Madrid. Salió el primero de los cárdenos, bien presentado como toda la corrida y de primeras se le frenaba en el capote, para después ir tomando el capote que le presentaba Chacón, estirando los brazos e intentando alargarle las embestidas. Se dio la vuelta y perdiendo terreno, le fue metiendo en la canasta. Un primer puyazo de lejos, con el toro avanzando al paso, para recibir un marronazo en la paletilla, haciéndole la carioca, para acabar derribando. De nuevo dándole distancia, poniéndolo en suerte con una media con sabor campero. Durante todo el tercio, no se puede decir que el picador pusiera demasiado de su parte para citar al toro y provocar su arrancada. Al segundo puyazo se arrancó hasta con alegría, puyazo muy trasero, tapándole la salida y dándole candela. Una tercera, también de lejos, que quedó en un picotacito en mitad del lomo. Quite por delantales y una media con sabor abelmontado. El Saltillo no humillaba en banderillas y se colaba por el izquierdo. Comienzos por abajo, aunque puede que el toro aún pidiera más, pero Chacón no insistió, a partir de que el animal perdiera las manos. Una buena primera serie, abrochando muy bien el de pecho, el primero de varios que ligó y ejecutó con mucha torería y llevándolo toreado. Nueva tanda con gusto, cambio de mano y otro de pecho. Bajó la intensidad en el momento en que se retorció un poco más. Cambio a la zocata y ahí no hubo lucimiento, coladas, muchos derrotes y la muleta enganchada. Volvió al pitón derecho, pero el toro ya se había acabado, se defendía e impedía el lucimiento, con unas tandas postreras que quizá podían haberse evitado. Aunque sí que tuvo vista el gaditano en el sentido de cambiar la espada e intentar alguna tanda más, más que nada para evitar que el Saltillo se hubiera refrescado y le complicara la suerte suprema. Espadazo demasiado trasero y petición no mayoritaria, aunque lo que son las cosas, esta fue la tarde en que al don Gonzalo Julián Villa parro le arreglaron el cuenta pañuelos. ¡Qué cosas! Las tardes de las figuras no se lo tenían a punto y tuvo que contar a bulto. Y como él es cómo es, fue y sacó el pañuelo azul. No creo que fuera la juerga para tanto. Que lo mismo que perjudican las orejas claveleras y autobuseras, tampoco ayuda el que se de la vuelta a un toro que no llegaba a tanto. Eso sí, el espectáculo de las mulillas, demencial, no se hacían con ellas y la vuelta se quedó en media gira por el sol. Con este primero se acabaron los toros bravos y boyantes. El cuarto apretaba de salida hacia adentro, el matador se dio la vuelta y tuvo que aguantar derrotes a diestro y siniestro. Le puso de lejos al caballo, le picaron trasero, mientras el Saltillo hacía resonar el estribo. De nuevo en suerte, con una revolera por abajo, dejándolo en su lugar. Esta vez con más fijeza. Una tercera vara, todo con una lidia bien administrada, con una arrancada pronta, pero al notar de nuevo el palo, dijo que ya no jugaba más a eso y salió de najas. Se puso complicado en banderillas y hay que señalar los dos pares de Vicente Ruiz, quién se negaba a saludar, quizá por las dos primeras pasadas en falso. Eso es vergüenza torera. En ese segundo tercio hubo demasiados capotazos y la cosa se fue complicando. En los primeros compases del trasteo, ya mostró el toro que se venía con brusquedad, se comía al torero, que en un instante de quedarse descubierto, se le arrancó el animal con saña. Se defendía demasiado y se cruzaba por ambos pitones, poco había que hacer allí, con el toro más pendiente del que maneja la tela, que de la tela. La verdad es que Octavio Chacón ha estado muy pendiente de todo durante toda la lidia, la de sus toros y la de sus compañeros. Dispuesto y colocado para los quites, esperando para acompañar al picador, saliendo él por delante cuándo se abrían las puertas, atento para auxiliar a los compañeros. Una tarde para felicitar al matador. Pero, ¿le tendrán en cuenta a partir de ahora los productores de arte y los organizadores de festejos taurinos?

Acompañaba a Chacón, Esaú Fernández, que evidenció una alarmante falta de recursos y por lo que expresó en los micrófonos de la tele, una falta de criterio, de rigor y hasta desconocimiento del reglamento, que le hace parecer estar más fuera que dentro de esto. A su primero, al que recibió con muchas precauciones, le serpenteó varias veces por la cara, con lo peligroso que eso puede ser a posteriori. Se le marchaba a toriles o a cualquier zona de la plaza que el toro considerara tranquila. En el caballo, lo abandonó, más que ponerlo en suerte, lejos. Marronazo en el costillar, para salir volado en cuanto notó el palo. Que si la carioca, que si capotazos en exceso, se fue al reserva sin que nadie intentara remediarlo, de nuevo la carioca, tirando cornadas y más cornadas, muy castigado, un nuevo puyazo muy trasero, culminando una verdadera carnicería en el lomo del Saltillo. El desbarajuste prosiguió en banderillas, con un Pascual Mellinas muy atento toda la tarde para hacer el quite al compañero. Esaú pensó que esto se solucionaba con pases a la manera habitual, pero no, aquello no estaba para fiestas. Pico, trapazos, arreones, respingos, enganchones, sin sacar nada en claro. El quinto salió con ganas de recorrer el ruedo, hasta que sin complejos, buscó la salida por los terrenos de toriles, recorrió más de media plaza barbeando las tablas, sin que tampoco hubiera muchas ganas de agarrarle. Llegó suelto al caballo, derrotando con el pitón derecho, para acabar derribando. Fue tres veces al peto, para no dejar de tirar tornillazos a la guata. Con la muleta intentó el matador un leve macheteo sobre las piernas, que tampoco es que aquello tuviera para más, era o eso o eso. Y al intento de pegar pases, la respuesta era la cara alta. Multitud de pinchazos, menos de la docena, pero cerca le rondó. Es cierto que Esaú Fernández no está demasiado placeado, pero es que claro, a Madrid hay que venir muy toreado, porque puede que te salga un dije de estos y te lleve por la calle de la amargura.

Cerraba el colombiano Sebastián Ritter, en una tarde que no estaba para apasionamientos patrios, que entre el frío y el temblor que provocaba el miedo, no había quién se pusiera a dar vivas patrioteros. Salió el tercero y ya empezó con capotazos por la cara, que más parecía que se cruzaba el matador, que el propio toro. Fue pronto al caballo, para recibir un puyazo trasero, ese mal que no parece tener remedio y dándole para ir pasando. No metía la cara en los engaños y a su vuelta al peto pasó de largo y fue notar el palo y pies para qué os quiero. Tuvo que llegar de nuevo Octavio Chacón, bajándole las manos, metiéndole en la tela y poniéndolo en suerte. Un tercer encuentro y tras descargar todos los derrotes que le quedaban, volvió a irse del caballo. En el último tercio no disimuló su condición y escapó a refugiarse a la puerta de chiqueros, aquerenciado en tablas, aunque Ritter le echaba la muleta abajo, no se acababa de entregar. Lo que no permitía era que le atravesaran el engaño, porque era ver el hueco y para allá que se iba. El espada quería pararse, un desarme y de nuevo por el derecho se tiró a buscar a Ritter. Cambio de mano y se marchaba de cada intento de muletazo. Allí no había nada.. El sexto ya de primeras salía del capote como un burro. Fue pronto al caballo, le taparon y empezó a pegar derrotes como una devanadera, tirando cornadas desesperadamente. Aquerenciado en tablas, costaba arrancarlo de allí y no estaba más que a mitad del primer tercio y ya se había parado. Nueva arrancada pronta en la segunda vara, para recibir un picotazo en la paletilla y cerrar con otra entrada, para que el de aúpa siguiera acuchillando el lomo. Cortaba una barbaridad por el pitón derecho y hacía hilo con los banderilleros, qué cosas, parado cómo ya estaba, pero cuándo veía la presa a tiro, se lanzaba cómo un misil. Tomó Ritter la muleta con la diestra y en momento de apuro le desarmó y se vio perseguido desde los medios hasta debajo del estribo en el cinco, a dónde le empujó el manso, afortunada e increíblemente, sin consecuencias. El Saltillo ni quería, ni tenía nada y solo había un camino, acabar la tarde. Una tarde en la que quitando el primero, todos salieron mansos y exigiendo unas manos experimentadas, quizá muy experimentadas. Mala corrida, quizá en el sentido opuesto a otras, en esta hubo caballo, hubo lidia y hubo emoción, vaya si la hubo; las otras, pues ya sabemos las otras, pero que no nos hagan elegir no sea que lo mejor es no ponerse a comparar.   

lunes, 4 de junio de 2018

Para que no te confíes


Lo de Miura a veces sale feo, sin fachada, otras sale complicado, otras imposible y otras, todo mezclado

Ya empiezan a asomar esas ganaderías de la última semana que esperaban muchos aficionados, ya llegó de nuevo Miura y podrá hablarse de que ha sido buena, mala o regular y entablarse un debate de alta graduación, pero lo que no ofrece dudas es que es distinta y en especial si la comparamos con cualquiera de las ganaderías comerciales, las que admiten viajar debajo del brazo de toreros que se allanan el camino hasta la exageración. Que los habrá que entienden esto como algo ñoño y abarcable, que se queden con ese toro dulzón hasta el empalago y que ni entiendan, ni les cabrá en la cabeza el toro fiero que presenta dificultades y al que o le ganas o te come. Y eso ha pasado con la de Miura, que cómo no le ganaras, ¡Ojo! Con este toro, todo lo que sea haga tiene mérito, excepto el quedarse a merced, sin más recursos que el quedarse ahí, a ver por dónde sale el toro. Pero admitido eso de que este hierro es diferente, no puede serlo, ni se debe pasar por alto el que eche una corrida demasiado escurrida. Que si miramos la tablilla, igual no había discusión, pero esta es una muestra de que el peso importa lo justo y que nada tiene que ver con el trapío. Que a demasiados daban ganas de prepararlo un Cola Cao con magdalenas, pero muchas magdalenas. Ni tampoco seríamos justos si decimos que ha sido un encierro parejo, que no lo era. Eso sí, el comportamiento, con complicaciones, nada tenía que ver con la presencia.

Si hablamos de un especialista en esto del “a ver qué pasa”, el “quedarse a merced del toro”, pocos hay que superen a Rafaelillo, que se encontró con primero que renqueaba de los cuartos traseros. Apenas se le castigó en el caballo, dónde no presentó pelea, se dejó y hasta se fue suelto. El murciano comenzó por abajo, pero en su estilo habitual, sin torear y queriendo dar la sensación de estar realizando una heroicidad y a todo esto, el viento. Aperreado con el Miura, que no valía un duro, pero su además nos empeñamos en hacerle peor, imagínense. Entera haciendo guardia y un mitin penoso con el descabello. Su segundo, demasiado anovillado, amagaba con saltar, mientras Rafaelillo tiraba capotazos sin eficacia. Se fue suelto al caballo, le taparon la salida, mientras tiraba algún derrote que otro al peto, recibiendo leña a base de bien. Entró tres veces al peto y recibió lo que corridas enteras de esas que tanto gustan al personal, de esas que no van al caballo, pero que algún adelantado pide la vuelta al ruedo en el arrastre. ¡Qué cosas! El animal se quedaba con todo lo que le hacían y por supuesto, también con los trapazos del matador, que lo mismo se la ponía, que se la quitaba de un tirón. Muy aperreado con el de Miura, al que hizo bastante peor de lo que venía del campo. Este es el toreo de siempre de este hombre, que año tras año vuelve, para demostrar lo que es quedarse a merced del toro, sea del hierro que sea.

A Pepe Moral le salió un grandullón mal parecido, sin chichas, sin rematar, con muy poca presencia, a pesar de ese volumen. Comienzo incierto, mirando a las tablas, sin meter la cara, fijo en el caballo, pero con la cara alta y peleando solo con el pitón izquierdo, para después dejarse sin oponer resistencia en la siguiente vara. Buen comienzo del trasteo por abajo por parte de Moral, en el que por momentos llevó toreado al equino con cuernos. Prosiguió con una tanda arrancando muletazos, pero haciendo que el toro se parara al tercer muletazo, quizá más para respirar el torero, que el toro. Hay que reconocerle que no metiera el pico, algo más con la zurda, destacó un buen natural, había que dejarle la muleta para evitar lo antes dicho, que el Miura se parara. Por momentos las tandas no pasaban de aseadas, pero hay todo lo tuvo que poner el matador, que allí nadie le iba a regalar nada. Quizá habría podido obtener recompensa al esfuerzo realizado, pero la espada se lo llevó al viento. El que hizo quinto, ya perdía las manos de salida, hizo sonar el estribo en el primer tercio, con la cara muy alta; ya en la muleta presentaba un molesto calamocheo ante el empeño de Pepe Moral de liarse a dar derechazos. Quizá no estaba para eso y lo que pedía era un macheteo. Lo intentó por el izquierdo y peor, tirando derrotes, hasta que llegó el punto en que tras el gañafón se quedaba parado. Ahora solo queda ver qué pepe Moral será el de la próxima tarde, un torero que es una montaña rusa, hoy sí, mañana no, al otro te ilusiona, después… De momento, apetece verle otra vez.

A Román hay que agradecerle que además de ponerse con lo cómodo, también lo haga con Miuras, otra cosa son los resultados y el que parezca que está demasiado adaptado a las mañas del torillo bonancible y nada hecho para otro tipo de ganado. Y para más inri, tuvo la mala suerte de tener suerte en el sorteo. Su primero de salida se estampó contra las tablas, dejándolas hechas añicos. Mantazos a un animal que cazaba moscas, muy pendiente de todo lo que allí sucedía. Castigo justito en el caballo, sin humillar y oponiendo pelea. Se arrancó alegre en la segunda vara, pero no se le picó lo que necesitaba. Román intentaba hacer lo que le hace a todos, metiendo el pico, pero en este caso, esa trampa podía hasta ser una temeridad, había que taparse. Se limitó a rondar por allí, a ver qué pasaba, sin saber para dónde tirar. Cambió a la mano izquierda y peor, más pico y el toro tiraba el derrote al verlo descubierto. Decidió acortar las distancias y peor, porque ahogaba al de Miura. Le quedaba redimir sus penas con la espada, pero entrando de esa manera, saliéndose descaradamente, solo hizo que la cosa empeorara. Y salió el sexto, como un trueno, que haciendo por un banderillero, hasta salto la barrera para ir en su busca, se comía los capotes y en nada, sin que hubiera quién le pusiera las cosas en su sitio, se hizo el amo del ruedo. Peleó en el caballo, pero tirando derrotes, en especial por el lado izquierdo. Román incapaz tan siquiera de ponerlo en suerte. Siguió derrotando y al final quedó sin picar. En el último tercio era para que acusara todas las perrerías que le habían hecho. Comienzo con banderazos por ambos pitones, mucho enganchón, el toro se quedaba con todo lo que le hacía el valenciano, pedía toreo y le administraban trapaceo. Muleta atravesada, brazo estirado, el toro tomando el engaño como un tren y Román solo atinaba a dejar que se la enganchara una y otra vez, mientras la sensación era que se le estaba yendo una gran oportunidad, que cerró con un bajonazo insultante. Esta pede ser la imagen de cómo está todo esto, la de los toreros acostumbrados al medio toro, pero que no pueden con la más mínima complicación, aunque esta venga de toros escuálidos, mal presentados, con kilo y medio de carne, pero con unas ideas que para qué y es que estos, en este caso los de Miura, son para que no te confíes.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de junio de 2018: