sábado, 15 de junio de 2019

Ustedes por allí, ustedes por allá y…


Decían que no era ni elegante, ni pinturero, pero sí honrado y honesto con el aficionado, el toro y la fiesta. Estaría bien recuperar su ejemplo

Pues se acabo lo que se daba, la feria de San Isidro se acabó, ya no habrá más disputas entre isidros y abonados, ya no habrá más efectos de los yintonises, que si que los habrá, pero no en la feria, ya serán en otras juergas verbeneras, como la de la Cultura y la Prensa, pero en la feria no, ya no da para más, ya veremos las grandes estadísticas de miles de miles de espectadores, con la plaza que no llegaba a tres cuartos, en el mejor de los casos casi todas las tardes; orejas y puertas grandes para llenar un contenedor amarillo o marrón, cómo prefieran; grandísimos toros, de vacas o de mulas, pero a los que no se les vio cerca de un caballo de picar; consagraciones de toreros encumbrados forzando mucho el encumbramiento; grandiosas faenas de las que resulta difícil acordarse, aunque también los hubo que se emocionaron y contra las emociones no hay nada que decir, que cada uno es cada uno y él sabrá de su vida taurina interior; una feria con un dato curioso, que no es importante, pero dice mucho del público que ahora va a la plaza de Madrid, botas he visto una y de lejos, pero la gran mayoría del personal que entraba a los tendidos con la hora pegada y hasta con el paseíllo hecho, iba cargado de su vaso, blanco o verde, grande como una bañera, para aguantar uno o dos toros; la feria de los vivas a todo, que no molestaban a nadie, pero que nadie dijera un simple no a su ídolo, que entonces se iba a enterar; y lo peor, lo peor de todo, los toreros que han ido a la cama, con demasiadas cornadas graves. Y como diría el tabernero en la Verbena de la Paloma, ustedes por allí, ustedes por allá y ni aquí usted toca el pito, ni aquí usted toca na’.

Y para cerrar, una corrida muy al estilo de la modernidad imperante, la de Fuente Ymbro, con algunos toros feotes, muy del estilo de esta ganadería, que a veces hasta han propiciado triunfos importantes, y otros grandones, con grandes arboladuras, que hacían las delicias de los taxidermistas. Toros que han medio manseado y digo medio, porque sin ser marrajos, ni mucho menos, a lo más que llegaban era a quedarse en el caballo debajo del peto, sin que el de arriba amagara tan siquiera con apretar el palo, que con apoyarlo ya era suficiente; eso sí, en la muleta iban y venían, sin apenas incomodar, permitiendo que los de luces les hicieran todas las perrerías del mundo, meter el pico, echarlos para afuera, pegar trapazos largando tela, que ellos ni aprendían, ni lo tenían en sus planes. Y un puyazo administrándole cierto castigo, ¿saben para quién fue? Para el sobrero del Conde de Malladle, cosas que pasan en esta “Taugomaquia 2.0”.

Morenito de Aranda se encontró con un primero que buscaba constantemente refugiarse en tablas, sin entregarse en las embestidas y el burgalés, pues unas veces poniendo posturas, componiendo, que dicen, y otras intentando que no se le escapara, lo que consiguió a duras penas en una tanda. Luego se puso un pelín pesado, terminando con un muy feo bajonazo. Su segundo presentaba la complicación de puntearle el engaño en los primeros compases del trasteo, para continuar con el pico y consintiendo que le tocara demasiado el engaño, sin pararse, con muletazos a base de tirones, para concluir de otro bajonazo incalificable.

Pepe Moral ofrece unas sensaciones un tanto complicadas de analizar, por eso quizá lo fácil sea contar cómo se le ve, muy acelerado, tenso, arrebatado, como si pretendiera dar todos los muletazos de una vez o como si de tantos que lleva en la cabeza, le pudiera la presión de que no fuera a tener tiempo. En su primero le costaba encontrar el sitio, trapazos, enganchones y sin parar quieto, En el quinto unas verónicas crispadas con el paso atrás. Mostraba voluntad por agradar, citó al comienzo de la faena con la montera sobre las zapatillas, para pasárselo por la espalda, pero rápido se zambulló en la vulgar monotonía del trapazo distante, tirando de pico y sin rematar nunca, muy perdido. Que este torero ya sabíamos que era un poco montaña rusa, que un día estaba abajo, otro también y al tercero apuntaba lo que podía hacer con la zurda y a veces hasta lo hacía, pero las sensaciones eran otras.

José Garrido un día creyó que era merecedor de vestir la púrpura del arte taurino y del cha chacha y ahí vino su calvario y el de los que le tienen que sufrir desde los tendidos. Poses de artistas, maneras de artista, ademanes de artista, pero no es un artista, con perdón. Que tan ocupado ha debido estar en eso del arte, que dejó de lado lo de torear. Hace intentos con el capote, pero cuándo no es que se lía, es que la tela va por un lado, el toro por otro y él se queda con el molde. Con la muleta, en su primero lo quiso recoger por abajo, flexionando la rodilla toreramente, pero falla el que ya atraviese la tela y se lo eche para afuera, que sufra los primeros enganchones, que el toro bese el ruedo, que no se pare y que tenga que estar recuperando el sitio constantemente. Un bajonazo después de costarle un mundo cuadrar al toro, aunque quizá haya que culpar de este fallo a espadas a un inoportuno resbalón en el momento de hacer la suerte. El sobrero del Conde de Mayalde salió frenándosele, sin que nadie le sujetara, ahora voy al de puerta, ahora al de tanda. Mucho pico por ambos pitones, enganchones y venga a recuperar el sitio, sin pararse, para colmo el toro empezaba a calamochear y Garrido aperreado con él. Mal con los aceros, con la espada y el verduguillo, se libró por la campana de ver a su oponente camino de los corrales, pero dos avisos fueron suficientes. Y así concluimos este serial y esta serie de opiniones diarias, de pretender contar cómo veía yo lo sucedido cada tarde. Ya me es más que suficiente. Vendrán dos tardes más de folklores y alegrías, pero con su permiso, servidor se tomará unas vacaciones. Eso sí, solo me queda agradecerles en el alma el tiempo que me han dedicado para leer estas cosas mías. Hasta siempre a todos. Y después del alboroto sucedido, como decía el tabernero en la Verbena de la Paloma, Ustedes por allí, ustedes por allá y…

viernes, 14 de junio de 2019

Siempre hay que verlos


Aunque no se enteraran de lo que tenían delante, se agradecería un Cuadri más fiero y geniudo

Tarde de los Cuadri, tarde de expectación, expectación porque se esperaba y se suponía la presencia del toro. Y siempre con un denominador común, a estos toros hay que verlos, por esa presencia impresionante, con un trapío que rebosa las más de las veces; hay que verlos porque es un comportamiento diferente al toro comercial; hay que verlos, porque son demasiadas las ocasiones en que los lidiadores no quieren mostrarlos y hacen verdaderos esfuerzos por hacer que parezcan lo que no es y a continuación despacharse en los micrófonos de la tele con que tal o cuál toro es una m…; hay que verlos porque si no los ves, si no los descifras, puede que no te enteres por dónde iba el de negro y en lugar de triunfar, hacer el ridículo y dejarte a ti mismo en evidencia como matador de toros; hay que verlos por muchas razones, aunque no siempre sea fácil, cosas del toro de lidia, y por muchas más, que no siempre se aprecian, nos quedamos en la superficie, nos precipitamos en emitir juicios y al final alguien puede pensar que hay que verlos, pero que no los han visto.

Que no sé si no los han visto o no los querido ver los tres matadores, que para no verlos han aplicado casi a la perfección esa máxima de hacerles todo al revés, a ver si así parecían malos y descastados, con esas cosas del momento en que confundimos genio con casta o esta con la pujanza y la fiereza, que es lo que a algunos de los seis lidiados les ha podido faltar, pero no casta, porque si esta no hubiera estado presente, no se habrían ido complicando a medida que avanzaba la lidia, acusando las mil y una perrerías que han perpetrado con ellos las cuadrillas, incluidos matadores, montados y toreros de plata.

Rafaelillo parece que no salió demasiado feliz con los Cuadri, aunque tampoco creo que los ganaderos puedan estar felices con él. Porque es fácil despotricar contra un toro que ya no se puede defender, pero claro, si esperamos que un toro no acuse el que se le reciba a base de mantazos, si bien es verdad que intentando sacar los brazos para alargar las embestidas, que a la primera de cambio se dé la vuelta para perderle terreno o que se quede como si nada después de hacerle culebrillas con el capote en la cara, igual es que no acabamos de ver esto del toro. A su primero le dieron bien en el caballo, dónde el toro echaba la cara arriba tras recibir un puyazo trasero. Con la muleta, el murciano inició con trallazos por alto a una mano. Cambió a la zurda y con el primer susto en que se vio complicado, se volvió la pañosa a la diestra. Muletazos sin plantar los pies y echándose él solito el animal encima. Medios muletazos citando muy fuera y apartándose a cada embestida. Quizá entiendan que a estas alturas el toro estaba más que aperreado y hasta se empezara a parar, lo cual no impedía que a cada cite y a cada arrancada el murciano pegara un respingo de padre y muy señor mío. En el cuarto ya ni intento sacar los brazos, capotazos trapaceros echándose al toro encima, enseñándole a volverse antes de tiempo. Mucho mantazo y de nuevo eso que tanto malea a los toros de hacerle regates por la cara con la tela, que si por el derecho, no, por el izquie… el derc… el izqui… el… Con la cara a media altura, el Cuadri mostró fijeza, mientras le tapaban la salida. Inició el trasteo por abajo, sin mando, acortando los mantazos de mala manera. Se empeñó Rafaelillo en mantenerlo próximo a las tablas, aunque daba la sensación de que el animal pedía amplitud de espacio y de algo más distancia que no fuera la cuarta y media. Muletazos largando tela, con enganchones incluidos, cada vez acortando más las distancias, dando la sensación de que se buscaba lo contrario de lo que se podría suponer, que se parara y así hacer ver que el toro no valía, lo cual confirmó con el micrófono en la boca. Previo al arrimón, Rafaelillo le merodeaba, daba vueltas en su derredor, y tras unos pocos respingos más se dio por satisfecho, ha colado, he hecho creer que era un mulo malo y descastado. Eso sí, después de esa retahíla de despropósitos, ¿la culpa es del toro? Y que además es algo que se viene repitiendo desde hace ya bastantes años con este torero. Bueno, habrá que verlo.

López Chaves se encontró con uno que de salida se le venía muy levantado, obligándole a darse la vuelta de espaldas a los medios, por no poder hacerse de momento con él. Fue con la cara alta al caballo, de nuevo picándole trasero o en la paletilla y con el picador yendo detrás del toro para seguir castigándole con el palo a larga distancia. Tardó poquito en pararse en la muleta, l costaba arrancarse, mientras el matador se ponía demasiado encimista. Muletazos de uno en uno y siempre al amparo de las tablas, cuando había quién pensaba que le vendría mejor el abrirlo un poquito más. La evidencia era que para dentro le costaba embestir más que para los medios, sin atosigarle tanto, pero eso había que verlo. Salió el quinto pujante y obligando al matador a instrumentar capotazos arrebatados. Peleó en el caballo echando la cara arriba, para después pretender que el animal fuera de cerca al caballo, para acabar arrancándose desde más de lo que pretendían los de luces, para casi sentir el palo en la penca del rabo, tras resbalar por todo el lomo. Tomó la muleta López Chaves, con un planteamiento muy claro desde le principio, acortar las distancias sin cuartel. Aún así, el animal embestía. Trapazos, banderazos, enganchones, parecía que hasta iba por el izquierdo, pero el espada seguía en sus trece, derechazos como un giraldillo, sin mando y sin torear. Una tanda por el izquierdo y el toro entraba cada vez mejor, siguiendo con suavidad el engaño, cuando daba la sensación de que se le estaba yendo sin que lo viera. Solo al final pareció percatarse de lo que había tenido delante y quizá después de dos bajonazos, uno frustrado pinchando y el otro entero, con el toro buscando abrigo en toriles, se debió dar cuenta el matador de que era un toro que había que verlo, debió verlo mucho antes.

El gran misterio es Octavio Chacón, que según van pasando las tardes, más nos va confirmando que fue flor de un día… y medio. Se le esperaba en esta feria y al final se le ha visto desbordado, con ese empeño de hacer lo que podría hacer un peón, explotando eso de lidiar, que está muy bien y se agradece, pero lo que le tocaba como matador no lo ha trabajo mucho que digamos. Su primero salió atosigándolo, obligándole a darse la vuelta y perdiendo el capote en los primeros envites. Al menos lo llevó al caballo, para dejarlo muy cerca y, no se sabe por qué, decidió cambiar la lidia al seis, cuando aparentemente el toro no había hecho ningún feo que obligara a ello. Dejó que se fuera suelto por el ruedo, yéndose al que hacía la puerta. Mucho capotazo para devolverle a su sitio, con un evidente desbarajuste en la lidia, para que el Cuadri se limitara a dejarse y no presentar pelea. En la muleta no solo no metía la cara, sino que punteaba la tela, con la cara alta y el matador poniéndose muy al hilo, pegando tirones para afuera, empezando muy prontito a darlos de uno en uno, sin que el animal ayudara ni un poquito, insulso el uno, insulso el otro. El arrimón correspondiente y a largar tela, para que el Cuadri se marchara buscando las tablas. El sexto era un torazo enorme, un cinqueño ya pasado, que se le quedaba a mitad de viaje en los primeros capotazos, revolviéndose y que a poco de que Chacón se diera la vuelta para ceder hacia los medios, ya tenía montado el cisco padre en el ruedo, sin que nadie le sujetara ni un poquito. Le dejaron las dos veces muy de cerca en el caballo, picando trasero y tapando la salida y dándole estopa. En el segundo encuentro, dos palmos más lejos, hasta mostró alegría en la arrancada. Comenzó la faena con trapazos sin quedarse quieto, por la izquierda la dejaba sin amago de correr la mano, enganchones pico, dejándole el engaño y haciéndole derrotar. Mostraba el espada demasiadas precauciones, siempre muy en corto, merodeándole como buscando a ver por dónde se le ocurría meterle mano a aquella mole, para acabar la tarde y su feria con un tremendo bajonazo, que en si mismo puede ser el resumen de la presencia de Octavio Chacón en esta feria. Y los Cuadri, pues no es para estar felices, ni para celebrarlos a bombo y platillo, ni mucho menos, pero lo que desde luego no ayuda es que se les haga todo al revés, porque una cosa que tienen estos toros es que siempre hay que verlos.

miércoles, 12 de junio de 2019

Y me tuvo que tocar a mí


A veces los toros piden toreo de verdad, pero los toreros no les hacen caso

Ya es mala suerte que tras una feria de olés, de vivas a todo el mundo, de la alegría de los muletazos al aire, los repartos de despojos a diestro y siniestro y de los toros que lo mismo van y vienen dejándose hacer, ya casi a punto de terminarse la feria te sale la corrida de la maldición de la gitana, esa que desea al torero que le salga un toro bueno. Pues en este caso la maldición la ha hecho realidad lo de Valdellán y la han padecido Fernando Robleño, Iván Vicente y Cristian Escribano; y eso que la cosa no prometía, hasta que salió el tercero, anovillado él, sin acabar de rematar, pero que mostró al personal la diferencia entre seguir el trapito jugando con él a coger la pelotita y el querer comerse la muleta, buscándola con codicia. Será cuestión de matices, pero caramba el abismo que media entre un caso y otro.

El primero era muy justito de presencia y hasta regordío, se limitó a cumplir en el primer encuentro con el peto, mal picado, fue tres veces más al caballo y de las dos últimas salió suelto, no queriendo saber más ni de palos, ni de puyas, ni de nada que le hiciera pupa. Complicó el segundo tercio a los de plata, esperando y convirtiendo en una empresa muy complicada el juntar al menos cuatro palos en el morrillo. Le recogió Robleño por abajo, reservón cuándo iba hacia los medios y pronto cuándo a la salida del muletazo se atisbaban las tablas o la puerta de toriles, mientras Robleño solo era capaz de soltarle trapazos sin sustancia, sin mandar ni en las embestidas, ni en ese continuo quererse ir rehuyendo la pelea. Marchó a los terrenos del cinco y una vez sintió la estocada entera, escapó sin pudor a refugiarse en tablas. A su segundo, el cuarto, le recibió Robleño con unas verónicas más que estimables por el pitón derecho. Apenas fue picado el toro, que ya en el último tercio comenzó queriendo comerse la muleta que el espada movía con demasiada celeridad, más queriendo frenar ese aluvión de codicia, que intentando conducir y mandar en las embestidas. Demasiados tirones, quitándole la muleta de repente al de Valdellán. Continuó por el izquierdo y el animal no cejaba en su empeño de hacerse con la presa, enganchones, carreras, muchas carreras, continuos cambios de mano, pero no había manera. Y el toro se fue sin que se le hubiera toreado.

Iván Vicente dio la sensación devenir a no dejarse llevar por el entusiasmo, demasiado ausente y como si no le importara que se le escapara esta oportunidad. A su primero, justito de presencia, le saludó sin ganas, hasta que el animal le arrancó el capote y con él enredado en los pitones, se fue suelto al caballo, para marcharse en cuanto notaba que el palo le hacía daño. Desconfiado con la muleta, con muletazos al aire, quedándose fuera y apartándose según pasaba el de Valdellán. Pico, enganchones y una desgana desesperante, que más parecía merodear al toro, que intentarlo torear. La misma forma de entrar con la espada ya decía bastante, saliéndose y clavando allí dónde cayera. El quinto salió perdiendo las manos, apenas se le picó, aunque muy mal, en muy mal sitio. Comenzó el trasteo Iván Vicente con la diestra y desde muy pronto se pudo apreciar la codicia del Valdellán, a lo que no se le opuso otra cosa que trapazos con el pico, echándolo para afuera. Uno quería atrapar la muleta y el otro solo la apartaba jugando con el pico y sin acabar de saber por dónde meterle mano a aquello que no paraba de embestir. Y bien que se estaría frotando las manos la hacedora de maldiciones, al ver como el toro había salido triunfador.

Cristian Escribano fue el elegido para que se las tuviera que ver con un cárdeno bastante anovillado, pero que despabiló a toda la plaza y que hizo que empezara a dudar de las cualidades de este torero. Le recibió con capotazos a pies juntos, sin conseguir que se quedara fijo en el engaño. Fue suelto al caballo, sin pararlo, para que el picador le provocara la arrancada. Mostró fijeza, pero poquitas fuerzas a la hora de empujar. En banderillas parecía que el novillote mostraba poca codicia, pero en ese hacer hilo queriendo buscar al que le había dejado los dos palos, empezó a dejar ver cosas. Ya en los primeros compases de la faena de muleta dejó claro que quería enganchar ese trapo rojo, una y otra vez, buscando y Escribano intentando que no le comiera por los pies, aunque el toreo con el extremo de la muleta, acelerado y para fuera no era la mejor opción para evitarlo. Muchos muletazos sin sustancia y empezaba a cundir la idea de que se le iba yendo un toro de bandera. Carreras y más carreras, un desarme, se le viene encima y el toro sin cansarse de embestir, boyante, alegre, codicioso, pero sin que nadie le mandara, sin que nadie le hubiera toreado por un instante. Costó mucho conseguir que se parara y cuadrarlo para tirarse a matar, un aviso y aún seguía queriendo coger la muleta. Varios pinchazos hasta llegar al bajonazo infame e inmerecido para este vendaval cárdeno. Sonaron dos avisos antes de que doblara y en el arrastre hubo quién pedía la vuelta para el de Valdellán, que quizá se la hubiera ganado si su matador se hubiera esmerado en la lidia y lo hubiera lucido en el caballo, pero dejando las suposiciones de lado, no era para esa vuelta al ruedo. Eso sí, me gustaría saber, que no lo sé, si los señores de la televisión comentaron algo de que este era un toro de vacas, de la misma forma que lo dijeron con otro toro que se limitó a jugar a la pelotita con el diestro que le tocó en suerte. Y salió el sexto el más grandón de todos y el más pesado, regordete, recibido con capotazos de trámite y con poquito sentido. Empezó empujando en el caballo, para después dormirse debajo del peto. Muy pendiente del caballo, quizá pedía un tercer puyazo, pero como ahora las cosas se hacen más por inercia, que por sentido común, se pidió el cambio y nos quedamos con las ganas de una tercera entrada, el toro incluido. Escribano pareció no querer enmendar la decepción de su primero y continuó mostrando su repertorio de trapazos, dejando la muleta como un telón al concluir el pase, que no rematarlo, lo que hizo que el toro se quedara con la cara alta, mirando a ver dónde estaba aquello que se le escapaba. Trallazos largando tela, en línea recta y sin torear, hasta que aburrió al personal y casi hasta al mismo toro. Quizá cada uno de los actuantes pensara que con todos los toros que habían salido en la fiesta, a ellos les tuvieron que anunciar en esta y que con tanto torero como hay en el escalafón y tanto bombo, va la de Valdellán y me tuvo que tocar a mí.

martes, 11 de junio de 2019

Que la felicidad rapte nuestros sentidos


Y que conste que esta no ha sido la peor tarde que se ha pasado de destoreo, esperando a alguna que otra que queda por venir.

Hay carteles que desde que nacen ya te dicen mucho, avisan que no debes esperar gran cosa de ellos, que incluso si ese día no vas a la plaza, mejor para ti, que allí no vas a encontrar nada de lo que podrías esperar en una tarde de toros, pero claro, no todos somos iguales, que hay quién ve lo del Ventorrillo, con Eugenio de Mora, Ritter y Francisco José Espada y corre a deleitarse con el excelso arte de la tauromaquia. Eso sí de lo que no estamos libres, desafortunadamente, es de que en el momento menos esperado surja la cornada, y cornada fuerte, como ha sido el caso de Ritter, quien al ir a hacer un quite ha visto como el toro le atravesaba el muslo. Pero el personal al final se ha podido marchar feliz, pues tras tanta sequía, ya tres días sin despojos, se hacía necesario un despojo que alimentara el espíritu de los taurinos.

Lo del Ventorrillo ha salido en modo moderno, a lo que han colaborado los espadas actuantes. Desidia durante la lidia, sin poner el más mínimo cuidado en poder dejar ver a los toros en el primer tercio, lo que no quiere decir que los montados de Espada no se hayan explayado con el palo sobre los lomos de sus dos oponentes. Luego, pasado el trámite de los petos y las puyas, los animalitos iban a la muleta y más sin los muletazos no les obligaban lo más mínimo, que eso no solo alegra a los astados, sino que también hace feliz al personal, que así ve más trapazos, que ya se sabe, que si son con mando y poder, igual los del Ventorrillo habrían dicho que por aquí se va a Madrid.

Eugenio de Mora, que sigue viniendo por Madrid, será por esas maneras en las que algunos creen ver clasicismo y pureza, no llegando más que a ser un claro exponente de la modernidad imperante. A su primero le hizo poquito caso con el capote y en la muleta hasta parecía que le complicaba la existencia. Se mostraba poco firme, poco seguro, echándose para atrás con cada embestida, intentándolo con el pico, mucho trapazo, hasta quedar desarmado. Tomó la espada y escuchó los dos primeros avisos de la tarde. El cuarto quería poca tela y menos si era para recibir mantazos en el hocico. Tampoco quería caballo, no había manera de hacerle entrar al peto, pero sí que atinó, muy certero, en el quite que Ritter le intentó por chicuelinas. El torero se enredó con el capote ante un animal que no ofrecía una embestida franca. El toro se iba complicando por momentos. Quizá por eso de Mora le recogió no sin ciertas precauciones. Citando desde fuera, con enganchones, sin rematar ni atrás, ni abajo, hasta que el bicho se le paró. Hubo de vérselas con el sexto, que era el que correspondía a Ritter y para no tener que torear dos toros seguidos, se cambió el orden de lidia. Le recibió entre mantazos y carreras. Poco picado, lo que parte del público celebró mucho, especialmente ese momento mágico para algunos en que el picador levanta el palo y se lo pone como un lancero bengalí o apoyado en el suelo, tal cual Moisés bajando del monte de recoger las tablas de la ley. Lo recogió Eugenio de Mora con ayudados por abajo, a dos manos. Decidió darle distancia y si a un toro hoy en día se le da distancia, mucho se tienen que torcer las cosas para que el personal no se entregue sin reservas. Trallazos por la derecha con el pico de la muleta, otra tanda más, más distancia aún, sin variar la tónica, un primer muletazo como un latigazo, para a continuación esperarle con el pico preparado. El animal escarbaba una y otra vez. Cambio a la zocata y lo mismo, con muletazos en línea recta y el del ventorrillo acudiendo a cada cite. Vuelta a la diestra y tanda de empalmados. La locura. Media tendida que tardó en hacer efecto y de acuerdo a esas normas no escritas de la modernidad, el matador no tomó el verduguillo para abreviar la agonía del toro, llegando a permitir que sonaran hasta dos avisos. Le dejaron al abrigo de las tablas y hubo hasta quién ovacionó al toro. Ya ven, la felicidad quería salir ya, cuanto antes, mejor. Al final dobló y el usía le concedió un despojo que hizo que el personal tocara el cielo con las manos, que la felicidad les rebosara, que raptara todos sus sentidos. ¿Y lo baratito que nos sale?

Ritter solo pudo torear el primero de su lote, por resultar cogido y no poder volver al ruedo. En este segundo no tardó en darse la vuelta con el capote y ceder terreno hacia los medios a un animal que ya empezaba a mostrar ciertas trazas de mulo descastado, sospechosamente estrecho de sienes, peri que muy estrechas. Muy suelto por el ruedo, apenas se le picó. Con la muleta mucho pico, enganchones y mucha carrera. Optó por darle distancia para pasarlo por la izquierda, con más enganchones y obligándole a correr todavía más. No acababa de encontrar Ritter el sitio adecuado, para acabar echándose encima del toro, muy en corto, muletazos vulgares de uno en uno, con la muleta atravesadísima, robando trapazos por ambos pitones, cambios de manos y en estas que le sonó un aviso sin tan siquiera haber pensado en cambiar el estoque de mentira, por el de verdad. Solo cabe desearle que se recupere pronto y con bien del percance sufrido, por supuesto.

Francisco José Espada era quién cerraba la terna. Quizá de los tres, el que menos disimulaba su modernidad más descarada. No olvidemos que su maestro era un auténtico especialista en esto del destoreo. Con su primero, que ya salió parado, se dio enseguida la vuelta. Picado en la paletilla, con la cara alta, tapándole la salida, fijo en el primer encuentro, derrotando el peto en el segundo. Ya con la muleta, Espada comenzó con la zocata con muletazos para afuera y sin quedarse quieto, trapazo estirándose y a hacer con las piernas lo que no llegaba con la tela. Pase por detrás, dando comienzo a un repertorio vulgar y chabacano, metido entre los cuernos y dando trapazos a discreción. Media muy caída y un mitin surrealista entre él con el descabello y el puntillero. Al quinto le quiso bajar las manos en los capotazos de recibo. Mal picado, en mitad del lomo, tapándole la salida, encelándose el animal con el peto cuando ya no había palo que le molestara. Telonazos para iniciar el trasteo, enganchones y acabando con el pico. Derechazos con la pierna de salida escondida, pico, medios pases, muy vulgar, también con la izquierda, un desarme, para ya entregarse a todo el repertorio que pretende ser efectista y resulta adocenado, el péndulo, pases por detrás, carreras y las manoletinas de la tarde, que no podían faltar. Pero el destino hizo que no fuera Francisco José Espada el que cerrara el festejo, sino Eugenio de Mora, que con esa oreja mandó al personal feliz para su casa. El despojo aterrizó en Madrid, celebrémoslo y que la felicidad rapte nuestros sentidos.

lunes, 10 de junio de 2019

Qué difícil es seguir adelante


A veces las buenas fachadas ocultan muy malas intenciones

La de Baltasar Ibán, era una de las tardes señaladas en este serial isidril, el ganado llamaba la atención, los espadas no desentonaban y el aficionado en su cabeza ya empezaba a montar su ilusión. Pero nada más lejos de la realidad. Aparte del primer sobrero de Montealto, que tampoco se puede decir que fuera un prodigio de bravura, la de Ibán ha sido una mansada importante y con mucho peligro, que requería que se la pudiera y sobre todo, que se la sometiera. Al menos reconducir aquello y que no se convirtiera la corrida en un sufrimiento innecesario y subrayo esto de sufrimiento innecesario. El sufrimiento de Román, el querer estar ahí delante queriendo sacar al toro lo que no tenía ni por asomo y que lo único que podía ofrecer era eso, la cornada. El gañafón del manso al sentirse herido. Uno de esos con los que no cabe un gramo de generosidad torera, que no se merecía ni intentar medio muletazo y si me apuran, a todo lo más, un bajonazo y para adelante. En el toreo los percances están siempre al acecho, pero que uno de estos te pegue una cornada de caballo no tiene sentido alguno. Y que nadie vea ni un atisbo de censura a Román. Pero, que bien estaría que en situaciones como esta alguien le dijera que a quitárselo de encima y punto y repito, hasta de un bajonazo. Un toro al que no se le pudo apenas picar, con la faltita que le hacía que le metieran bien las cuerdas. Pero en el primer encuentro porque derribó, mientras echaba la cara a las nubes, y en el segundo, cogido en buen sitio, quizá por medir el castigo, el hecho es que no se le picó. En banderillas un caos, no había forma de cuadrar y clavar, sin riesgo de recibir un gañafón traicionero. El presidente quizá podía haber pasado por encima del reglamente y cambiar el tercio, aunque no prendieran los cuatro palos, pero ya eran más que suficientes las pasadas, que no hacían más que empeorar todo. Con la muleta, Román se empeñaba en querer sacarle un derechazo, un natural, pero aquello estaba seco para el toreo y rebosante de malas ideas. Arreones, enganchones, más arreones, más enganchones y el espada rebasando cualquier límite con aquel marrajo. Se le pedía que abreviara e incluso se comentaba eso, que un bajonazo y pa’lane. Nadie creo que habría sido capaz de afeárselo. Porque en el toreo hay que ser exigente, por supuesto, pero también hay que tener sentido común y entender que hay veces que se pone por delante el acabar con un marrajo, antes que intentar ponerse a hacer el toreo de redondos y naturales. Se cuadró el valenciano y cuando toda la plaza empujaba la espada, al sentirse herido de una entera casi en las yemas, arreó la cuchillada que atravesó el muslo al torero. Lo que vino a continuación es solo morbo y a mí no me interesa.

A partir de entonces ya todo se volvió del revés. Se hacía muy complicado con esos toros y en esas circunstancias, exigir lo del pico. Si acaso, el que los picadores les dieran leña sin pudor, aunque hubo quién aún cantó eso del picador que malo eres, que tantas veces se escucha y que tan pocas está bien encajado. Pero ya digo, si de algo pecaron, todos, es de no amainar el vendaval de arreones a base de picar, incluso parear por la espalda, machetear y a quitárselo del medio con una estocada que si se iba un poco, tampoco había que ponerse más papista que el papa. Quizá se sorprendan de todo esto que estoy diciendo, pero así lo siento. No soy partidario del toreo perfilero y ventajista, aunque pleno de estética, de Curro Díaz. Tampoco de esa aceleración, de esa precipitación, ese afán de dar muletazos, de la manera que sea, de pepe Moral, ni por supuesto del las formas de Román, pero las cosas son como fueron siempre, al torero hay que juzgarlo dependiendo de lo que tienen delante y lo de Ibán era para poco y poco o nada podían dar ellos. Así me lo enseñaron y así lo veo. Igual que es complicado el ponerse estupendo con los que acaban de meter al compañero a la cama con un puño metido en el muslo. El que un torero tenga que coger los trastos para aviar al que le toca. La forma en que Curro Díaz se fue flechado a la puerta de la enfermería lo dice todo, dice cómo estaban los ánimos. Y allí se fue a brindárselo a Román. Un bicho que en el caballo echaba la cara al cielo queriendo cazar las nubes, que en la muleta aguantó muy poco y sin tardar ya se quedaba, enganchaba la tela y a pesar de todo se le concedió una oreja al de Linares.

En el sexto, un torazo enorme, grande todo, tuvo que soportar los frenazos ante el capote, que se le quedara. Mal picado, se quería quitar el palo con desesperación y no dudaba en salir a escape del peto. No tenía nada este último de la tarde, que enganchaba la muleta y hacía que fuera a peor, arreciando en los arreones. Un pinchazo poniendo los pitones en la luna y un bajonazo, que no merecía más. Antes del shock, Curro Díaz tuvo que vérselas con el sobrero de Montealto, que ya de primeras perdía las manos. Poco castigo en el caballo, dónde no disimulaba el querer morder el cielo. El espada se mostró inseguro con la muleta, dando la sensación de que no quería demasiadas cosas con él. Sin parar quieto, permitiendo que se la tropezara demasiado, alargando aquello innecesariamente.

Pepe Moral tuvo que vérselas con un mulo que se frenaba, no humillaba, que se cruzaba por el pitón derecho y aunque mostró fijeza en el caballo, no presentaba pelea, simplemente se dejaba, haciendo sonar el estribo en el segundo encuentro. Intentó alargarle el viaje en los primeros muletazos por abajo, para continuar ya en pie, abusando demasiado del pico. Muletazos lentos, al paso del animal, que ya no podía con su alma de manso, para no sin tardar, acabar acortando demasiado las distancias, siempre fuera, sin rematar los pases y recolocándose continuamente. Prosiguió de uno en uno, con el toro muy parado, quién tras un primer pinchazo corrió a refugiarse en las tablas, para recibir otro pinchazo hondo. Le salió el quinto, un torazo tremendo, que ya tiraba arreones, indicando que la cosa no tenía trazas de mejorar. Al toro se le dio en varas y aún así, igual le habría venido más una nueva entrada al caballo. Esperaba a los banderilleros y se dolía al notar los palos. A estas horas el ambiente no era ya el más propicio, del Moral acababa de dejar al compañero en la enfermería y el Ibán le saludaba tirando arreones y tropezándole la tela. Estaba para pocas cosas, si acaso darle por abajo hasta que rindiera ese mal genio y punto. Vanos eran los intentos de pasarle con la derecha, arreones y derrotando en cada viaje. Se quedaba a mitad del muletazo y allí andaba el matador estando dónde ya no tenía que estar, pero es probable que su apoderado, siempre tan sensato y moderado él, le estuviera berreando desde el callejón, no sé para qué. Allí solo había un camino y no era el de ponerse a pegar derechazos y naturales. Y dicen que los que más saben de esto, los que mejor lo entienden son los profesionales, pero hay algunos que parecen no haberse enterado y pretenden cosas alejadas de toda lógica. Se podrían decir más cosas de la actuación de los matadores ante esta mansada, pero hay momentos en los que uno no tiene el cuerpo para ello, y eso que solo es sentarme a escribir; no quiero ni imaginar lo que tiene que ser vérselas con una corrida tan mansa, mala, con peores intenciones y con tan poquito que sacar de ese pozo. Igual ya era suficiente que se la quitaran del medio y a otra cosa, porque cuando las cosas se tuercen de esa manera, qué difícil es seguir adelante

Enlace programa Tendido de Sol del 9 de junio de 2019:

sábado, 8 de junio de 2019

Cuando los veedores se perdieron por Gredos


Que no hay manera de que uno se ponga a lidiar a un manso que no tiene un pase

Es innegable lo útil y práctico que es tener un navegador en el coche, pero ¡ojito! Hay que actualizarlos convenientemente, porque si no se vuelven locos y lo mismo quieres ir a Torremocha de los Montes y terminas en Torremocha del Mar, sin montes y sin nada parecido, pero con una playa llena de guiris al sol, que más parecen un convención de gambas a punto de espelechar, todas rojitas ellas. Y quizá ustedes no lo saben, porque no se preocupan de los profesionales del toro, de esa labor oscura y nada reconocida. Porque, ¿alguna vez se han puesto en el lugar de los veedores? ¿Ustedes saben la de kilómetros que tienen que hacer? Y miren que con los navegadores se les facilitó mucho el trabajo, pero claro, al final se desactualizan y… Puede pasar que el aparato les lleve por la carretera de Extremadura y de repente se vuelva loco y en lugar de ir a lo de los Lozano, acaben en la Sierra de Gredos. ¡Ay, Dios mío! Y por lo visto, allí acabaron, que se liaron y en el circo de Gredos vieron cinco cabras, puro encaste montés, y un mulo, encaste entre Rucio y Platero y, ¡hala! Ya hay corrida para Madrid y a precio de corrida grande.

 Y con la de Alcurrucén enchiquerada directamente desde la Sierra de Gredos, ya estaba todo listo para que los tres espadas saltaran al ruedo, Antonio Ferrera, Diego Urdiales y Ginés Marín. ¿Qué podía fallar? Pues vayamos por orden. Antonio Ferrera recibió a su primera cabra con ese amaneramiento contenido de nuevo cuño, que viste de inspiración. Sin sacar los brazos, acortando el viaje ya de salida. El animalito se lió a tirar derrotes echando la cara al cielo de Madrid. No dudó en escapar hacia toriles tras tocarse al último tercio. Allá se fue el extremeño, planta erguida, toreando al natural, muy eléctrico, pegando tirones a la muleta y sin rematar en ningún caso. Lo mismo con la diestra, tirando también de pico. Y parecía que el bicho hasta le comía el terreno. Vuelta al izquierdo y el espada parecía sentir la llamada del arte y se puso de nuevo entre sentido y pinturero, pero sin llevar en ningún caso toreado a su oponente, pero queriendo agradar al paisanaje, para que todo quedara en casa. Su segundo se puso a escarbar en cuanto pisó la arena, echando las manos por delante y con la cara alta. Suelto por el ruedo, ya en el caballo no paraba de pegar derrotes, queriendo quitarse el palo con auténtico frenesí y cuando no, salía espantado del caballo. Ferrera tomó la muleta y en su afán de pegar pases, ni molestaba al de Alcurrucén, muy al hilo del pitón, con trapazos casi por la cara. El toro amagaba con repucharse, para de repente darse media vuelta y tomar las de Villadiego. Insistió el matador, con el pico de la muleta, pinchazo y tras entrar a matar cayó en machetearle por abajo, como previo a un bajonazo.

Al chivo con trazas de equino que hacía segundo, Urdiales lo recibió sin entusiasmo, con capotazos de compromiso. Le molestaba el palo al animal, queriendo quitárselo en cuanto lo notó sobre su piel. El manso puso en serios apuros en el segundo tercio a Juan Carlos Tirado y el señor Ferrera solo fue capaz de tirarle el capote, a ver si sí, pero no. Que igual le pudo la inspiración artística, pero cuándo se trata de auxiliar a un compañero, casi mejor la eficacia que la estética. Muletazos de tanteo y el Alcurrucén se va al suelo. Pico echándose el toro para afuera, sin acabar de confiarse, alguna tanda más, frío, un desarme y a otra cosa. El quinto salió emplazándose y sin que nadie le ofreciera un capote. Se frenaba en el que le presentó Urdiales, echando las manos por delante. Cara alta en el caballo, tirando derrotes, para acabar repuchándose, quedándose sin picar. Tomó el riojano la muleta, empezando metiendo el pico, sin rematar y levantado la mano al final del muletazo, más pico, cambio a la zurda y naturales en línea recta, para proseguir plantando las zapatillas y dando un único pasito adelante tras cada muletazo, que en estos tiempos no es que sea cosa muy frecuente. Parecía intentar tirar hasta atrás, sin conseguirlo, `para acabar con uno medio aseadito que hasta ligó con el de pecho. Pretendía repetirlo con la diestra, pero el chivo ya iba con la cara a media altura. Cites de frente y ayudados a dos manos, para que el animal se desplomara tras el primero. Entera ligeramente, muy ligeramente trasera y desprendida. Y había quién comentaba que a Urdiales hay que verle con el toro y no con esto.

El primero novillejo de Ginés Marín salió como casi todos sus hermanos, con las manos por delante, a lo que el espada respondió no parándose quieto. En el caballo los espectadores del seis y el siete pudieron contemplar como el montado simulaba picar y apretar el palo, cuando la puya ni tan siquiera rozaba al torete. ¿Qué sentido tiene eso? Obviamente, no se picó, mientras Marín andaba por allí a ver qué pasaba, como si esperara que su oponente se colocara solo. Primer muletazo enganchado y la fiera se desploma. Muletazos muy desde fiera, con mucho pico, tanto por uno como por otro pitón, sin enmendar tal vicio, tan generalizado, en ningún momento. Y salió el sexto, el descolgado del rebaño caprino que mandó el clan Lozano como corrida de toros. Este no respondía a tales trazas, pues este era el mulo, el cruce entre el encaste del Rucio y el de Platero, que entraba a los engaños con la cara a media altura, suelto por el ruedo. Se fue él solito al que guardaba la puerta, con la cara alta, para marchar a continuación al de tanda y mientras no le picaban, Marín deambulaba de aquí para allá, sin saber a que atenerse. Ya con la pañosa en la mano intentó pegarle muletazos, siempre con el engaño atravesado, allí dónde pillara animal, persiguiéndole por todo el ruedo. Primero próximo a toriles, en seguida en la misma puerta de toriles prosiguiendo en un penoso deambular por el ruedo. Pero el extremeño jerezano no desistía en querer darle pases, dónde fiera y cómo fuera, pero quería darle pases. No se le ocurrió eso de machetearle, y así midió el ruedo detrás del mulo, que entre col y col, tiraba un arreón. Y es que estas cosas pasan por no actualizar los navegadores de los coches y esto fue lo que pasó al ir a reseñar una corrida de toros, cuando los veedores se perdieron por Gredos.

viernes, 7 de junio de 2019

Devuélveme el rosario de mi madre


Lo sencillo y lo complicado que es matar con ortodoxia, como para ponerse a inventar y mucho menos improvisar

Tarde de toreros triunfadores, Ferrera, Perera y López Simón, con ganado que en los últimos tiempos parecía que empezaba a repuntar y a abandonar un pozo en el que estuvo durante años y del que nadie creía que pudiera salir, el Puerto0 de San Lorenzo. Pues bien, ahora se imaginan todo al revés y quizá se queden cortos. Por un lado, cinco mansos, a excepción del primero, a los que no se picó apenas, a excepción del primero, de los que cuatro fueron a morir a la puerta de toriles, que a pesar de todo en algunos casos pudieron permitir algo de lucimiento a sus matadores, especialmente el primero. Bien presentados, a pesar de perder algunos las manos en algunos momentos, nada tuvieron que ver con aquellos encierros de años pasados en los que más parecían una ruina con cuernos, que lo que se entiende por una corrida de toros. Sin exceso de casta, a excepción de ese primero. En lo que sí coincidieron los seis del Puerto es en el trato recibido por parte de los tres espadas. No se puede decir que Ferrera haya devuelvo su triunfo de hace unos días, pero desde luego que no ha podido rubricarlo. Otro caso es el de Perera, aquel que dio origen a posteriores conflictos con el presidente de aquella tarde. Perera ha devuelto las orejas, la puerta grande hasta las tapas que pudiera tomarse en los bares de la zona. Lo mismo que López Simón, que dicen que una tarde de esta feria obtuvo un trofeo y que aparte de devolverlo, lo ha hecho con creces, no solo por no acoplarse con su lote, sino por esos extraños intentos de convertir el toreo en una parodia de si mismo con extrañas excentricidades difíciles de entender y si se entienden, además cabrean.

Antonio Ferrera se encontró con el toro de la tarde, que ya de salida se veía que no iba a ser fácil, punteando los engaños y obligando al extremeño a darse la vuelta y perderle pasos. Mal picado, en mal sitio, peleando en el peto, aunque en el segundo encuentro se marchó suelto del caballo. El viento era un problema añadido en el momento de tomar la muleta Ferrera, que a poco de comenzar el trasteo por abajo se vio desarmado. El animal no era fácil, precisaba un toreo de mando, había que dominarlo y hacerle las cosas bien, porque si no, igual se enteraba peligrosamente de lo que allí se cocía. Buscaba la muleta con codicia en los primeros compases, comiéndole el terreno al espada, que no pudo evitar los enganchones, lo mismo por uno que por otro pitón. Justo lo que menos falta le hacía al toro. Empezó a quedarse y revolverse y a acusar ese palpar tan a menudo el engaño. No regalaba nada, había que sacárselo, pero lo tenía. A su segundo lo recibió con un capotazo que recordaba, aunque de lejos, a Rodolfo Rodríguez, El Pana, haciendo flamear el capote, para justo en el momento del embroque, que el vuelo de la tela enganchara la embestida del toro. Les confieso que ignoro el nombre de tan vistoso recibo, espero que sean condescendientes con quién esto escribe. La ejecución de Ferrera no gozó de la limpieza necesaria para que aquello tuviera la vistosidad deseada. Prosiguió con cierto amaneramiento, acentuando la pose de minucioso lidiador, quitando del caballo con un vistoso quite echándose el capote a la espalda con un lance, como siempre fue. El animal se aquerenció en tablas en terrenos del uno, de dónde lo sacó para llevárselo al lado opuesto, entre el cinco y el seis. Las embestidas se le venían rebrincadas y por causa de querer encelar con el pico, vino la colada y el susto. El viento arreciaba, más pico y tirones, haciendo que el del Puerto perdiera las manos. La cosa estaba complicada, un ligero calamocheo lo empeoraba, pero si se le corría la mano por abajo, el negrillo seguía el engaño. Luego solo de uno en uno y echándose el toro encima, hasta acabar en toriles, sin realmente saber por dónde meterle mano al del Puerto, del que se deshizo de un bajonazo en la puerta de toriles.

El primero de Perera se astilló el pitón rematando en tablas de salida. Mostró fijeza en el caballo, aunque sin que se le castigara mientras se le hacía la carioca. Con la muleta se pasó el espada un buen rato tanteando si por aquí o por allá, entre enganchones y sin plantar las zapatillas en la arena. Pico y el toro se le quedaba debajo, pero si le movían el paño, ¡qué cosas! Lo seguía, pero Perera prefería seguir a lo suyo, dando la sensación de estar dejando pasar el tiempo. Quizá se conformaba con el empate, ¿no? Su segundo falló en el intento de saltar, para después ser recibido por su matador con capotazos apartándose y más tarde consiguiendo meterle en las telas. Ni se le picó, ni peleó en el peto. Primeros muletazos y corrió buscando su querencia de manso. En las siguientes tandas la tónica se repetía una y otra vez, uno citaba con el pico y el otro se marchaba a la salida del segundo muletazo buscando las tablas, en un trasteo que el propio Perera alargó en demasía y sin necesidad.

López Simón comenzó con capotazos a pies juntos, sin hacer nada por sujetar al toro. No se le picó apenas y el animalito tenía que hacer verdaderos esfuerzos por mantenerse en pie. Inició con banderazos con la derecha por ambos pitones, que no dijeron nada a nadie, hasta que se lo pasó por la espalda, ahí reaccionó el público. El animal, aunque sin un gramo de fuerza, seguía la muleta muy despacito y el madrileño no tenía más recurso que dar trapazos con el extremo de la pañosa, citando desde muy fuera, muy vulgar. Más por la espalda y bernadinas para animar, recibiendo un terrible revolcón. Se sobrepuso y de nuevo por lo mismo, más bernadinas, que por momentos eran más que pasaba el hombre que el toro. Y entonces, en el momento de tirarse a matar, surgió el número de la cabra. López Simón se cuadro y en el momento de tirarse sobre el morrillo, en una maniobra extraña, tiro el trapo a las patas del toro y él esperando encunarse, pero el toro no reaccionó cómo esperaba y todo quedó en un esperpento, con un pinchazo. Un nuevo intento de la misma forma y el mismo resultado. Resultaba grotesco ver semejante numerito, porque si lo que pretendía era realizar algo de mérito, nada mejor que hacer la suerte, pero si el objeto era que el personal se tomara aquello como un espectáculo bufo, lo bordó. El sexto ya salió parado de chiqueros, pero con fuerzas suficientes para arrancarle el capote a la primera de cambio. No quería caballo, lo que originó un completo desastre en la lidia, con el caballo caminando al revés y al final con el penco yendo al toro y no al revés. Acabó yendo a refugiarse en tablas, se puso un pelín andarín, muletazos con la muleta atravesada y tropezándosela, dudas sin saber por dónde entrarle al del Puerto, sin ubicarse, largando tela en cada pase, para acabar dando un mitin con los aceros y dejando allí mismo aquella orejita que algunos no entendieron y que López Simón no ha tardado en devolver. Tarde para el sopor, en la que los entusiastas de Madrid, defraudados, exigían la devolución de prendas a quién otra tarde entregaron su alma, acabando todo como suelen acabar estas historias, devuélveme el rosario de mi madre.