miércoles, 23 de enero de 2019

Una fiesta sorpresa


Poca sorpresa, como no sea que los toros echen a volar.

Si a un aficionado a los toros ahora mismo le hablan de fiesta sorpresa o la sorpresa en la fiesta, es fácil que piense en una tarta gigante con un alguien dentro saliendo de ella, una montonada de globos cayendo del cielo o en caso de los más jóvenes, el que aparezcan los padres antes de tiempo y den la luz sin avisar; eso sí que era una sorpresa, un sorpresón. Porque en esto de los toros o “tauromaquia”, como gusta decir a los modernos, pocas cosas hay que no puedan ser previsibles, todo está encauzado para que nada quede fuera de control. Si acaso, saber si el maestro de turno cortará dos o dos mil despojos, todo dependiendo si el animalejo se aguanta en pie y le da por bailar la danza del pasimisí, pasimisá taurino.

Empezando por la confección de los carteles, que se repiten y se repiten y se repiten y se… hasta la saciedad, temporada tras temporada y tarde tras tarde. Los figuritas siempre alternando entre ellos con las borricas de siempre, que es con lo que se atreven a salir a poner posturas de “jartista”. Luego está el grupo de los que parece que echan para arriba, la mayoría queriendo acomodarse en el grupo anterior, pero que a la mínima que peguen un tropiezo les mandan al rincón de pensar. Estos con toros que lo mismo pueden complicarte la existencia, que ponerte el cortijo delante casi llave en mano, amueblado y todo. Y luego están los que tragan con lo que les pongan, que bastante tienen con poder tragar, aunque sea con fieras corruptas de las que el salir andando ya es un triunfo de categoría. Así, año tras año y que nadie se atreva a enmendar el guión, que a la próxima ya no sale en la foto.

Que los hay que esperan sorprenderse ya llegados a la plaza, pues que se sienten y esperen, que igual les sale la barba que no tienen y hasta tienen que hacerse tirabuzones para no pisársela. Que parece cosa de brujas, de los duendes del toreo, el que un aficionado acierte sistemáticamente el que tal ganadería va a dar que hablar en los corrales la mañana de corrida, que los pupilos de tal o cual hierro no se van a sujetar en pie y que con suerte, con mucha suerte, lo mismo entre los seis de la corrida se reparten medio puyazo y no sin esfuerzo. De la misma forma que son capaces de adivinar que fulanito o menganito no va a ser capaz de llevar medianamente la lidia. Que dos mantazos de salida y a esperar la hora de la pañosa. Y cuidado, que si no empieza la faena del primero con banderazos por delante y por detrás, lo hará en el segundo. ¡Vaya sorpresa!

Esto del toreo, en la actualidad, en la inmensa mayoría de los casos todo se reduce a que un señor llegue y suelte su repertorio sin el menos miramiento, sin tener en cuenta la salud de los espectadores. Que siempre se había dicho que cada toro tenía su lidia y así fuera el toro, así obraba su matador, pero eso ya es historia. Que sería mucha sorpresa que saliera un toro que no se ajustara a eso de ir y venir, ir y venir y acabar de nuevo yendo y viniendo. El panorama ideal para que los de luces suelten su número gimnástico, su ballet o cómo lo quieran llamar, ensayado una y mil tardes, una y otra vez. ¿Sorpresa? Pues si acaso, que el de luces se ponga a bailar el Moonwalker; a partir de ahí, no esperen mucho más. Y así, año tras año, sin esperar que nada cambie, lo cual sería una grandísima sorpresa. Que no esperen que el relevo que viene por detrás haga otra cosa, porque ellos se entregan sin reservas a emular  a estos modelos, prototipos de la monotonía y del aburrimiento. Eso sí, si a continuación les dicen que eso es arte, no se escandalicen, ni tan siquiera se sorprendan, porque hasta esto entra dentro de lo que muchos llaman hoy “tauromaquia”. Querrán ustedes saber como acabar con este tedio que parece no tener fin y que tampoco tiene remedio. Pues es posible que la solución la tengamos ante nuestras narices, aunque creamos que es un imposible. Simplemente, pongamos al toro en el ruedo, al toro de verdad, no al borrego descastado, al medio toro, al toro mutilado en su integridad, sencillamente el toro, encastado, bravo o manso. Entonces será cuándo pensarán en otras cosas cuándo, hablando de las corridas de toros, les hablen de una fiesta sorpresa.

Enlace programa Tendido de Sol del 20 de enero de 2019:

martes, 15 de enero de 2019

Ponce y Juli, Fígaro, Fígaro, Fíiiigaro


Tanta evolución resulta insoportable

Ya han pasado las fiestas, pero da lo mismo, siempre habrá ocasión de arreglarse y de ir presentable y para eso hay que empezar por el barbero y si no, pregunten a los maestros Ponce y Juli y les darán las pautas a seguir. Que ellos, como figurones de tronío, seguro que tienen que pensar muy a menudo en eso de ir arreglados, lo mismo ellos, que sus acompañantes. Ya no hace mucho, saltó la noticia de que le habían arreglado unos toros de una corrida, pero la historia no cesa y se vuelven a escuchar ruidos de navajas, en este caso para Huesca, seis toros, seis arreglos. ¿Qué desean los señores? ¿Lavar y marcar o solo cortar y embetunar? Solo cortar, sin medida, y embetunar, como si fuera para rejones. Y esto sale con las fotos de una corrida en Manizales en la que se anunciaba el señor Ponce. De verdad, no te dejan ni respirar, se nos acumulan los escándalos, no hemos hecho la digestión de una vergüenza y ya nos estamos avergonzando por otro lado.

Seguro, segurísimo, que el señor Ponce no sabía nada, no tenía ni idea y el Juli, pues tres cuartos de lo mismo. Si es que, ¿para qué quieren enemigos, teniendo los amigos que tienen? Que es lo mismo que podría decir la fiesta de los toros, ¿para que queremos antitaurinos, teniendo los taurinos que tenemos? Que luego estos son de los que se llenan la boca con que los aficionados piden imposibles, con que así no se puede hacer arte, con que hay que estar unidos. Que viendo lo que vemos, parece ser que el señor Ponce pone todo de su parte para poder “expresarse”. Y don Julián no duda en ponerse a su altura, para poder mostrar todo su magisterio y poder.

Que quizá esta sea la manera en que estos dos maestros insignes desplieguen todo su magisterio infinito de la tauromaquia moderna, aquella Tauromaquia 2.0 que ya se va quedando obsoleta, pero si es así, avisen para quitarnos de la foto, porque que a uno le identifiquen como aficionado de eso, cuando menos, sonroja. Que difícil resulta convencer a nadie no cercano al toreo de que eso nada tiene que ver con los toros. Que serán casualidades, pero que con tanta frecuencia aparezcan firmando la infamia Ponce, Juli y el Vellosino hacen que uno no pueda pensar en que son cosas del azar, en que estos señores nada sepan de que una tarde sí y otra también, el ganado que va a salir por toriles sale intencionada y artificialmente mermado en su condición física y muy especialmente en lo tocante a la integridad de sus defensas. Que el descrédito, la vergüenza de esta merma de la integridad del toro coincide plenamente con el daño que se produce a la integridad, al buen nombre de la fiesta. Y así, poco a poco, con estas actitudes delictivas se va negando cualquier posible futuro a esto que unos llaman rito, otros fiesta, los más modernos “tauromaquia” y los más desencantados, pantomima, vergüenza.

Señores taurinos, maestros magistrales Ponce y Juli, junto con su cómplice del Vellosino y todos los Vellosinos que campan por la fiesta, por favor, dejen ya de evolucionar, que cada paso que avanzan en esto que ustedes llaman evolución, es un paso más hacia el abismo. Su evolución no es más que un ahondar en la búsqueda de su comodidad, sin importarles otra cosa que el negocio, su negocio. Que si tanto confort necesitan, puede ser que hayan equivocado el camino, que ustedes no nacieron para ser matadores de toros, sino para ser provadores de colchones o sofás cama en el IKEA. Eso sí que es comodidad y sin riesgo. Eso sí, está peor pagado. Allí no les hará falta que ningún mandado sin escrúpulos siegue la integridad y la honra del toro. Que donde ustedes leen arreglar, otros ven insidia, mentira, trampa, fraude, vergüenza. Que lástima que aparte de al ganadero, no les sancionen a ustedes con una temporadita sin poder torear en España, que lástima que los aficionados sean cuatro y que no se puedan hacer oír en las plazas para que todo el mundo les llame lo que son, aparte de los verdaderos verdugos de la fiesta de los toros. Pero claro, ese público entusiasta se pasa el tiempo queriendo amordazar a los que les intentan abrir los ojos, en lugar de abrirlos y ver en qué consiste el magisterio de estos dos fenómenos que emborronan la historia del toreo, la tradición, una tarde sí y siete también. Si al menos en lugar del Gato Montes se les recibiera por esas plazas de Dios jaleándoles a coro el Ponce y Juli, Fígaro, Fígaro, Fígaro.

A Jorge Guevara, QEPD

Enlace programa Tendido de Sol del 13 de enero de 2019:

lunes, 7 de enero de 2019

Por la unidad, sin complejos


Al final, siempre es el toro el que tiene que poner orden y si este no aparece...

Malos tiempos para el toreo, malos tiempos para declararse aficionado a los toros. Vivimos momentos en los que hay que estar dispuestos a apretar los dientes y quizá de manera especial, son los propios taurinos los que podrían dar un paso adelante para que los demás nos pongamos a su lado buscando el bien de la fiesta de los toros. Los ataques vienen de todas partes, unos de forma activa por parte de aquellos dispuestos a poner en práctica cualquier medida, con el único fin de acabar con este rito: los toros. Otros se limitan a navegar entre dos aguas, ni dicen que sí, ni dicen que no, pero, ¡ojo! No se confíen, que tienen tanto peligro o más que los otros, precisamente por eso, porque parecen almas cándidas, inofensivas, incapaces de nada, pero no los perdamos de vista. Que igual que dejan hacer para no crearse enemigos, pueden pasar a la acción creyendo que así ganan amigos.

Es el momento de que se imponga la unidad, pero no se confundan, no hablo de que un señor o varios decidan por los demás, enarbolen la bandera del taurinismo y todos detrás como perfectos papanatas. No, hombre no. Que eso del mesías salvador que se erige en líder supremo y que luego veja la fiesta de los toros en cuanto se pone el chispeante, eso ya no cuela. Que ya saben, una cosa es predicar y otra dar trigo. La unidad debe llegar por otras vías. Quizá el primer paso y el más importante de todos sea la que el aficionado lleva esperando desde hace tiempo, el que dejen de existir dos fiestas diferentes, la de las figuras con el medio o cuarto de toro y la de los gladiadores que se enfrentan a lo que los anteriores no quieren ni en pintura. Dos mundos generalmente admitidos por todo el mundo, porque, ¿cómo exigir a los que dicen artistas, ponerse con el toro? Y por otro lado, ¿cómo permitir que los que simplemente tragan con lo duro desperdicien al medio o cuarto de toro creado para expresar el arte sublime del trapazo vacío, superficial y tramposo, pero jaleado con entusiasmo?

Pero aunque parezca mentira, aunque ustedes no lo crean, para los suyos, para los de su mundo, según en el que cada aficionado se sienta más cómodo, apenas se percibe el más mínimo asomo de sentido crítico. En el mundo de la comercialización extrema todo vale, el maestro es omnipotente y hasta omnipresente, ya puede subirse a hacer cabriolas sobre el animalito, que se aplaude y si alguien protesta, te salen con lo de la tauromaquia de cada uno es cómo es. Se permiten los pimientos morrones como pitones, el destoreo como arte sublime, excelso y origen de éxtasis colectivos. Porque ya saben, al arte no se le pueden poner limitaciones. Pero, ¿es que esa cosa tiene algo de arte? Pues si tiene usted bemoles, vaya y se lo dice a la cara, que del susto igual a la dama o caballero en cuestión se le vuelca el paquetón de pipas o se les derrama el yintonis.

Y si nos vamos a la otra cara de la moneda, al otro mundo que compone esta fiesta actual, la crítica suele brillar por su ausencia. A un encierro nefasto, manso y complicado al exceso se le erige un monolito en dos minutos, porque como ellos dicen, no se han aburrido. Que yo no digo que no, pero lo malo es malo y lo bueno, en cuanto al toro, es trapío, casta y bravura y no hay que hacer concesiones, si lo que pretendemos es el bien de la fiesta de los toros. Que ya les digo, que no me falten estas corridas, pero para todos los días y como utopía, uno prefiere otras cosas. Pero no acaba aquí la cosa, ahora viene lo de los de luces;  esos matadores que se la juegan como jabatos delante del toro de verdad, claro que sí, pero a los que no debe dejar de exigírseles, faltaría más. ¿Y cuál es esa exigencia? Pues muy fácil, que pongan en práctica saber y recursos taurinos para poder a ese tipo de toro y si luego asoma el arte, miel sobre hojuelas, el nirvana, el balhala, la gloria bendita. Pero por estar a merced de un animal, por limitarse a sortear los empellones sin tan siquiera oponer un mínimo de torería, por eso no podemos subir a nadie a los altares. Que es de mérito el estar ahí, por supuesto, pero el toreo es mucho más, muchísimo más, por eso esto es tan complicado.

Pero esta condescendencia con los propios se traduce en desprecio por los del bando contrario. Y aquí es dónde creo que debería instaurarse esa unidad. Que esto no es nuevo, que es tan sencillo como que todos alternen con todos, que todos se anuncien con todos los hierros y que la ganadería y torero que no aguanten el tirón, a su casa. Así de fácil y quizá así de poco probable, tal y como están las cosas en la actualidad. Que no les da la gana, pero si esto volviera a unos cauces más sensatos, igual volvía el interés, la emoción y el toreo a las plazas y hasta podría ser que los que ahora atacan con tanta saña y facilidad a la fiesta de los toros o los que se mantienen en esa postura del ni blanco, ni negro, empezaran a ver los toros de otra manera y, ¿quién sabe? Hasta harían cola para sacarse un abono. Pues si así fueran las cosas, creo que muchos seríamos los que abogaríamos decididamente por la unidad, sin complejos.