viernes, 31 de mayo de 2019

San Vulgario, patrón de los claveles


Si hay figuras de por medio, no esperen ver esto

Cada día se evidencia más nítidamente que aquí el que no sigue el carril se debe convertir en un apestado. Otra cosa es que lo llegue a ser, pero los que han asumido el adoctrinamiento del sistema ponen todos sus esfuerzos en conseguirlo, pero esto tampoco depende solo de ellos. Eso sí, ponen en juego las más bajas artes, aunque ellos se consideren limpios de alma y corazón, cívicos aficionados por estar siempre del lado de los que se visten de luces, por poner todo de su parte para que las tardes de clavel acaben entre brocados dorados y pétalos de rosas alfombrando su mundo. Ellos, tan educados y sensibles se permiten acusar, vilipendiar a quienes no piensan como ellos y ponen en los demás, en sus enemigos, que así los ven, quizá lo que ellos pretenden esconder en sus entrañas, pero basta una tarde como esta de los Adolfos, con Manuel Escribano, Román y Roca Rey, para que proyecten sobre los demás lo que harían suyo, si no fuera porque se les iba verter el yintonic al suelo. Ellos solitos descubren no solo su condición de aficionado, sino también lo que son como individuos. No admiten las protestas, porque estas pueden chafarles el ver a su torero o al torero por el que han pagado una pasta para verle, y si en medio de estas protestas por lo que está sucediendo en el ruedo salta el infortunio y un hombre de luces es cogido y de gravedad, se vuelven a los que no estaban de acuerdo y les acusan de aquello que acaba de suceder. ¿Creen estos sujetos que alguien quiere provocar una cornada de nadie? ¿Creen estos sujetos que nadie que proteste se alegra de que un hombre vaya para adentro? ¿Qué tienen dentro para llegar a esta conclusión? ¿De qué están hechos? ¿O es que necesitan echar la culpa a alguien en esa actitud tan miserable como inmadura? ¿Quizá no han llegado a pensar que esas protestas pudieran ser porque a lo mejor alguna anticipaba lo que podía pasar viendo cómo el toro ya había avisado del peligro si se le continuaba tratando de esa manera? No, seguro que no, es mejor buscar a quién culpar de lo que no tiene culpa. Y a este carro se apuntan los voceros del régimen, los que atacan permanentemente a la fiesta, una tarde tras otra en los micrófonos de la televisión de los toros, don Maxi, Cristina Sánchez, Emilio Muñoz y los demás actuantes de las retransmisiones. Esos para los que todo va bien mientras ponen el cazo. Y nunca faltan los esbirros que se adhieren perdiendo las posaderas, a ver si hacen mérito, los que van de periodistas ecuánimes y no son más que el brazo propagandístico de toda esta basura que rige el toreo en este momento.

La tarde de los Adolfos era día de postín, de alegrías prefabricadas y nadie podía saltarse el guión, había que estar todos a una para hacer que los triunfos fueran de colosales dimensiones. Pero se olvidaban de varios detalles. El primero es el toro. Ya sé el predicamento que tiene este ganadero entre todo el mundo y encima en este día les ha dado argumentos para que profundicen en este camino. Tres toros estupendos para la muleta, lo que resulta absolutamente innegable. Eso sí, agradecería que no me los pongan como paradigma de toro bravo, al menos mientras no hagan lo mismo con esos a los que tildan de borregos que no aguantan un puyazo entre seis y que es en el último tercio en el que se destapan, los Cuvillos, Alcurrucén, Garcigrande, para resumir, eso que llaman genéricamente Domecq. Que hay que reconocer que las embestidas no son del todo iguales, pero si miramos eso que dicen de la lidia, o la miramos o no la miramos, pero para todos igual. Que ya me gustaría que salieran muchos toros como los tres últimos, pero no me quieran luego hacer trampas, eso no.

De la misma forma, no que quieran tampoco hacer el truco del tocomocho con los toreros, que me parece magnífico el que un aficionado tenga sus debilidades, que quiera encumbrar a su paisano o al torero que sigan en ese momento, pero volvemos a lo mismo, Lo que no vale para Ponce, Juli, Castella, Perera, manzanares y tantos otros, no vale para nadie. A Manuel Escribano nadie le puede negar su disposición y más sabiendo que está cogido en la cama con un cornalón de caballo, pero si este matador basa su toreo en atravesar la muleta, en no mandar y en tener que recolocarse permanentemente, lo que no podemos es no querer ver lo que allí pasa. Que hay veces que las cosas se intentan y no salen, como en el tercer para a ese cuarto de la tarde, quebrando por dentro y queriendo dejar un par de un mérito y riesgo imposible. Se le cayeron los palos al suelo. Pues muy bien, eso es una parte de los toros, que no sale todo, pero si se va con verdad, se deja y punto. De la misma forma que hay que valorar el que a ese mismo toro le diera sitio, pero si a continuación vienen los retorcimientos, el pico y demás, ¿no se puede decir? ¿Hay que callar? Y si la cosa es así, ¿alguien quiere que le pase lo peor? Por favor. Que llevo un rato intentando aguantarme el calificativo que tengo en la cabeza para estos señores que no admiten la protesta, pero que sí se ven en el derecho de llevar al paredón moral a quién no está en su misma órbita. Que esto no es nuevo, pero sigue siendo injusto.

Era tarde de partidismos exacerbados, como en el caso de Román, que siempre atrae paisanos, siempre está muy arropado por los suyos, lo cuál es de admirar, pero que estos fans del valenciano no pretendan que todo el mundo comulgue con sus ruedas de molino, que aquí en esto de los toros todo el mundo tiene amigos, padres, tíos, parientes o aspirantes a que el matador les salude un día. Que para unos su toreo es ausencia absoluta de toreo y mando y otros jalean la consecuencia de esto, el que se acabe echando el toro encima, el que se vea apurado porque el toro va a su aire, el que tenga que pasarse la vida corriendo para buscar un muletazo, el que acorte los muletazos tanto que no llegan ni a medio pase. Le jalean el que insista en un toro ya parado que solo se defiende y que hasta acaba calándole, afortunadamente sin demasiadas consecuencias. Que lo de ponerse fuera a citar y lo de tirar con el pico, aparte de una trampa, sí señores, una trampa, puede ser hasta peligroso, dependiendo los casos. Que si unos y otros quieren poner a su torero a los pies de los caballos, bien no está, pero ellos sabrán, pero al toro hay que respetarle, porque en toda esta juerga es el único que está ahí sin que nadie le haya preguntado nada. Y ya sabemos que nace y vive para este momento, pero démosle su oportunidad.

Estaba claro cómo el agua de que era día para subir a los altares a Roca Rey, que no habiendo estado tan en la luna como otras tardes, al menos parece que alguien le dijo que en el ruedo se está pendiente del toro y de los compañeros. Algo se ha avanzado. Siempre se le achaca el que hace lo que hace, sin toro. Pues bien, en la de Adolfo le ha aplicado gran parte de su repertorio a un toro, que no es poco. Otra cosa es admitir eso que el hace como toreo de verdad, porque de verdad hay muy poco. Vista toda, pero toreo… Otra cosa es con lo que cada uno quiera cegarse, con que uno esgrima ese argumento de poder del “me he emocionado”. Contra eso no hay respuesta, que estamos en la de siempre, que eso es pura subjetividad. Que habrá quién quiera ver un toreo excelso de capote, que no se dio, porque no toreó de capote, o que quieran ver muletazos hondos y rematados, dónde pases largos en línea recta, rematados delante de la cintura, intercalados de carreras, presentando el pico de forma descarada para seguir con el siguiente trapazo. Dirán que con la mano muy baja, verdad es, pero no bajando la mano, que no es lo mismo. Que eso de la mano muy baja hay un señor especialista en ello y es de Velilla de San Antonio. Que insisto, que aquí o todos tirios o todos troyanos, pero no me cambien el juego a mitad de la partida. Pero era el día en el que todo valía si era en pos del triunfo, la algarabía y las puertas grandes. Pero también era el día de definirse, de respetar la fiesta, de partirse la cara por ella y por la exigencia del toro u optar por dejarse llevar por los favoritismos personales, por “emocionarse”, que también es lícito, pero casi mejor que sin que luego nos vengan con milongas milongueras. Que nos llamarán lo que quieran a los que no pasamos por ese aro, aunque no me parezca bien, pero que no se azoren y que se entreguen sin reservas al jolgorio y festejos para celebrar a San Vulgario, patrón de los claveles.

jueves, 30 de mayo de 2019

Cuándo nos da por emocionarnos


Los Albaserrada de don Victorino no recuerdan en nada a los abuelos de los abuelos, de los abuelos, de los abuelos de estos.

En esto de los toros, de un tiempo a esta parte se han cambiado de alguna manera el orden de la escala de valores. Quizá antes en los puestos más altos estaba lo de mandar, templar y por supuesto, el toro. Luego podría haber felices circunstancias que aún siendo perseguidas, no se constituían en pilares de la fiesta, como puede ser la creación del arte o la bravura misma, porque antes que esta, se suponía siempre la casta. Sin arte podía haber una gran tarde de toros y sin bravura, también, ¿por qué no? Pero ahora parece irrenunciable eso del arte, que está muy bien, claro que sí, y por otro lado está lo de emocionarse y ahí podemos meternos en un buen berenjenal, porque si en esto todo lo dejamos en manos de algo tan subjetivo como es la emoción, así, sin más, puede que al final acabemos emocionándonos con un torero funambulista que recorra el ruedo haciendo equilibrios sobre la barrera de la plaza, sin poner un pie en la arena.

Pues en la tarde de los victorinos algo de eso ha habido, que la gente se ha emocionado, unos han contagiado a otros, los otros a los unos y así, todos emocionados, han jaleado toros que no eran toros y toreros que no hacían el toreo y que ni tan siquiera lo honraban con una estocada en todo lo alto, pero como había emoción, adelante con los faroles. Era la segunda tarde del certamen “100 años de Albaserradas”. En esta ocasión correspondía el turno a lo de Victorino Martín, con una corrida al uso, más que justitos de presencia, algunos incluso parecían necesitados de un cola cao que no les hiciese parecer tan escurridos. Algunos incluso protestados, aunque el señor comentarista de la tele, el señor Muñoz, decía que era porque el personal miraba a la tablilla. Y que razón tenía, porque era ver los cárdenos, los grises cómo gustan de decir los modernos, y ver el peso y a alguien se le escapó un saco de piedras en el momento del pesaje. Eso sí, el peso no quiere decir, para ver la justeza de presencia y trapío de lo que ha mandado don Victorino Martín (García) dolo había que fijarse en lo que salía por la puerta de toriles. Luego han tenido sus cositas durante la lidia, pero quizá ninguna insalvable, aunque por momentos parecía que algunos se tomaron la tarde como tarde de alimañas, de fieras corruptas, Que quizá no hayan salido demasiado en el tipo Domecq, pero es que al final ya nos vamos a achantar porque los toros tengan dos cuernos.

Octavio Chacón lleva una feria que la verdad, emociona poco. En su primero se arredró ya de salida, cuándo el de Victorino le apretó con el capote, teniendo que darse la vuelta para perderle terreno hacia los medios. Apenas se le castigo en el caballo, al que acudió al pasito y dónde mostró cierta fijeza, excepto cuando le tapaban la salida que tiraba derrotes. Con la muleta parecía quedarse un poquito por el pitón izquierdo. Sin mando, se colaba y la falta de firmeza obligaba al espada a tener que correr para recuperar el sitio. Muletazos con el pico, más carreras, acelerado, sin pausa, casi aperreado con un animal con más genio que otra cosa, que solo pedía que le mandasen. El cuarto era el más serio hasta el momento, pegajoso y revolviéndose en seguida. Mal picado, sin demasiado castigo, recibió al primero de los banderilleros esperando un mundo. Continuó Chacón en la misma línea que en el anterior, sin quedarse quieto y cortando los muletazos, muy desconfiado, apresurado y sin mostrar esas dotes de buen lidiador que se le suponían, alargando demasiado el trasteo con muletazos que no le hacían nada al de Victorino, para terminar con un infame bajonazo.

Daniel Luque hacía su primer paseíllo en la feria, empezó frío con su primero, al que, si siempre nos quejamos de que se pica trasero, con este se superaron todos los límites, con un marronazo que caía más cerca de la penca del rabo, que de la divisa. Echen cuentas. Mal picado, apenas se le señalaron los dos puyazos. Con la muleta se lo sacó de las tablas sin apreturas. Dejaba que le tocara demasiado la muleta, muy atravesada, demasiadas carreras, el toro empezaba a quedarse y el matador por momentos se descomponía. Pico, muletazos empalmados y brazo largo para no sufrir apreturas. Muchos muletazos y nada de toreo. Su segundo, el quinto, era el más grandón, pero muy escurrido. Mantazos de recibo, que hacían difícil hacerle entender a alguien que este torero tenía buen manejo del capote. Dejó que se le castigara en el caballo, mientras el animal derrotaba mucho contra el peto. La faena de muleta comenzó con un enganchón y una colada. Intentó aplicarle el toreo al uso, ese del muletazo al bies, el de no tirar, esperando que el toro se toree solo y si hay que correr, pues se corre. Prolongó demasiado la faena, para evidenciar que no estaba entendiendo al toro y que igual tampoco le importaba demasiado. Enganchones, trapazos de uno en uno, pero sin llegar a ninguna parte.

Emilio de Justo no entró en su día en el bombo, directamente él se apuntó a esta de Victorino Martín, lo que tampoco está mal. A su primero lo recogió echando el capote abajo. Se le fue suelto al caballo, empujando cuándo el caballo le tapaba la salida. Con la cara arriba, complicó a los banderilleros. Ya en el último tercio, de Justo hizo el toreo de todos, desajustado, con el pico y corriendo mucho, entre enganchones y dejar que le tocara a menudo el engaño, hasta que el animal ya se le paró. Bien  a la verónica para saludar al sexto, con una media barroca muy forzada. En el caballo el cárdeno simplemente se dejó, acudiendo al capote de su matador a paso lento y mortecino. Parado en banderillas, cuando Ángel Gómez iba a cerrarlo sin que ningún compañero estuviera atentó para ayudarlo, tropezó y sufrió un tremendo volteretón; las cosas de no estar cada uno en su sitio y que a un compañero le puede salir muy caro. Se descaró desde el primer momento Emilio de Justo con este sexto, de frente y citando al natural, a base de tirones. Muletazos con el pico, sin rematar ninguno. Medios pases, constantemente teniendo que recuperar el sitio, por momentos se le quedaba debajo en mitad del pase, con el público entusiasmado, para concluir de un bajonazo, que no fue obstáculo para que se le pidiera la oreja, quizá por eso, por la emoción, que no por el toreo que allí hubo. Y es que ya es muy habitual que pases estas cosas en la plaza de Madrid, que priman otras cosas por encima del toreo y es que, cuándo nos da por emocionarnos.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Contra viento, marea y más viento


Quizá a alguno le habría venido bien que les hicieran crujir por abajo

Tarde de escolares, tarde de toreros, toreros teniendo que bregar con una corrida de toros dura, complicada, con esas cosas que tiene la casta y además un ventarrón que ponía todo más cuesta arriba. Y eso que algunos recordábamos aquellos de José Escolar que hasta eran bonancibles para hacerles el toreo, pero los de este año han sido para hacerles el toreo con mayúsculas, el de poder con ellos, doblegarles, hacerles meter la cabeza en los engaños a fuerza de bregar sobre las piernas y luego, si acaso, haber si tenían uno o ninguno natural o derechazo. Y que no piense nadie que esto es una crítica a los tres matadores de toros, Robleño, Gómez Escorial y Ángel Sánchez, que se las han tenido que ver con estas joyas y algún que otro regalito que daban ganas de engarzarlo en un broche.

Por causa de ese ventarrón que ha merodeado toda la tarde, la lidia se ha cambiado al burladero entre el 6 y el 7, a ver si allí la cosa estaba más calmada. Salió el primero frenándose mucho ante los capotes y echando las manos por delante. Robleño intentó sacar los brazos, pero al tiempo tenía que dominar aquella vela y aguantar que se le venciera por el pitón derecho y con esa forma de cortar el viaje el animal, que acudió de lejos al caballo, para acabar cabeceando en el peto. Peligroso en el segundo tercio, apretando a los banderilleros en el momento en que los veía a tiro de pitón. Se fue el matador a terrenos de chiqueros y allí se defendía su oponente, volviendo al defecto inicial por el lado derecho, acostándose por ahí y colándose. Pero es que por el derecho quería menos, otra colada y desarma al madrileño. Tiraba arreones, lo que no llevaba más que ir a concluir. En el cuarto, ya se advertía la complicación del animal, que tampoco es que hiciera mucho caso de los intentos de alargarle el viaje. A la menor duda, el toro se tiraba a buscar. Fue al caballo con cierta alegría, para que le taparan la salida y empujara hacia los medios. Quizá el defecto que se le pudiera achacar a los tres matadores es el empeño de querer dar naturales y derechazos, cuando lo que pedían era un enérgico y eficaz macheteo con trincherazos y pases de castigo, a ver si así se ahormaban un poquito… o no. Robleño volvió con este a la puerta de toriles, para además de aguantar los arreones, sacarle algunos muletazos de mérito, muletazos sueltos, cazándolos con la izquierda y teniendo que recuperar el sitio perdiéndole muchos pasos. Lo que otro día no es fácil asimilar, en esta tarde se admitía con bastante más mano ancha, ¿Por qué? Por el toro. Quizá alargó en demasía el trasteo, que cómo decía antes, puede que hubiera que haberse limitado a ese toreo de poder y castigo y que incluso podría haberle dado mejores frutos, si la estocada hubiera sido en todo lo alto y no tan caída como resultó. Si bien es verdad, que en la fase final de la faena Robleño arrancó algunos muletazos arrancándoselos con mucho empeño.

Gómez del Pilar se fue a portagayola en sus dos toros. A su primero lo logró enganchar en un terreno muy complicado, después de la larga de rodillas. Acudió de lejos al caballo, para recibir una cuchillada en la paletilla. Le taparon la salida y empujando acabaron toro y montura más allá del tercio. Puso en serías dificultades a los banderilleros, pues en las entradas por el pitón derecho, cuándo parecía llegar al embroque, se frenaba peligrosamente, y por el izquierdo iba con la cara alta y apretando cuándo veía la salida de los chiqueros al fondo. En la muleta no tenía gran cosa, pero Gómez del Pilar se empeñó en querer aplicarle el toreo en redondo de los derechazos y naturales. Se quedó el de Escolar, el matador todo voluntad, entre los cuernos, el animal se le cruza por el izquierdo, poniendo en peligro a su matador. Faena de mérito por esa voluntad de que hablaba, pero, la pregunta es si también habría cortado algún trofeo si le hubiera aplicado un macheteo con poder. Sí que es verdad que el público, la masa, igual se ponía a pitar, pero en tardes como esta quizá sería en las que mejor se entendería esa forma de dominar a los toros.

De nuevo se marchó a portagayola en el quinto, que ya en pie, punteaba el capote entrando rebrincado. Puyazo en la paletilla, para a continuación el caballero casi se apeara solo de la montura, no sabiendo defenderla de las embestidas del toro. Este empujaba con fijeza, para acabar marchándose de allí. Mostró con claridad cuál era su condición en un momento en que desarmó a un peón y la manera en que se ensañó con su presa ya en el suelo, quedándose allí, como defendiendo su trofeo. Se lo sacó Gómez del Pilar al tercio, el toro no solo no pasaba, sino que no desaprovechaba el momento para tirar un viaje, lo que repitió a lo largo de la faena. Le costó al matador convencerse de que allí no había nada, que era un pozo seco y que si quedaban dos gotas e agua, era de agua ponzoñosa.

Ángel Sánchez ya de salida tuvo que tragar con las frenadas del de Escolar, que escondía la cara entre las manos y tiraba más arreones que embestidas. Dos puyazos castigando al animal, con una lidia bien conducida por Iván García, limpio y eficaz con el capote. Con el viento siempre presente, tomo la muleta el matador, para empezar a recibir arreones. Tres mal contados en chiqueros y al cuarto un gañafón del que se salvó Ángel Sánchez por un tantito así. Derrotes, coladas, algo más largo por el pitón izquierdo, pero al final llegaba el desarme. Había mucha voluntad, nada que objetar a tanto empeño, aunque como sus compañeros, quizá podría haber elegido el camino del toreo sobre las piernas, era una posibilidad. El sexto ya salió defendiéndose y a las primeras de cambio ya desarmó a su matador. Quizá dentro de lo complicado, este era el menos complicado, pero no le cuidaron durante la lidia. Fernando Sánchez logró un meritorio par, sobre todo por superar un extraño del toro en el cuarteo, ganado la cara y clavando los palos. El trasteo lo inició con muletazos por abajo a la puerta de toriles, para proseguir en redondo, con el animal perdiendo las manos al tercer intento de que pasara. El toro hasta parecía que se dejaba más, pero con una sosería que no había asomado en toda la tarde. Muletazos y más muletazos, para que el cárdeno acabara tirándosele al pecho, recordándole que confianzas, las justas. Y para colmo, empezó a dejar ver un leve gazapeo que aún le complicaba más las cosas a Ángel Sánchez, siempre con el inconveniente añadido del viento. Ya digo que los tres matadores quizá tuvieron ciertas carencias en el momento de decidir que lidia administrarles en el último tercio, pero en este día no seré yo quién les afee su actitud, porque ellos venían a lidiar la de José Escolar y se vieron obligados a pelear contra viento, marea y más viento.

martes, 28 de mayo de 2019

Se hartaron de correr


Especialmente dedicado a quién cumple un año más. Muchas felicidades

Les voy a confesar algo, me gusta el toro, toro, el de bella e impresionante lámina, el que su visión ya hace que te riles, que la camisa no te llegue al cuerpo, pero, siempre hay un pero, lo que se disfruta con unos novillejos que parecen no haber llegado aún a utreros. Novillos que siendo de Buendía, no parecían comerse a nadie, pero, ¿cuándo vuelven? ¿Para cuándo otra novillada de la Quinta? ¡Caramba con los pequeñitos! Que los novilleros, taurinos y amigos interesados de los taurinos dirán eso de “pequiñes, no gracias”. Oiga y con lo que dicen que gustan los mastodontes en la Plaza de Madrid, no se ha protestado ni uno. Y no ha hecho falta nada más que ver al primero de la tarde para darse cuenta de que la cosa podía animarse, cuando para rematar en el burladero de matadores ha metido el hocico en el montón de arena que le protege. ¡Qué cortita se nos ha hecho la de la Quinta y que larga se les puede haber hecho a otros que esperaban posturas y se han encontrado carreras.

Tres novilleros que aspiran a verse en nada y menos anunciados en los carteles de postín de todas las grandes ferias, Ángel Jiménez, el Galo y Francisco de Manuel, que si logran tal propósito, seguro que harán lo posible y lo imposible para no tenerse que poner delante de una de estas nunca más. Que les preparen Domecq hasta la embriaguez, pero de los cárdenos, ni uno más, que como broma, esta de la Quinta ya les ha valido. El primero salió sin que Jiménez hiciera demasiado por meterle en vereda y él solito se fue contra el peto, como un ciclón, empujando con brío, tirando cabezazos y desmontando al señor del castoreño, pero tuvo la mala suerte de al tomar un capote, clavar los pitones en el suelo y quedar tendido en el suelo, dando la sensación de que no se iba a levantar. Pero se levantó, que tenía que ir buscando la muleta sin desmayo, aunque acusaba el percance previo, mientras su matador se limitaba a aplicarle el toreo de todos, cite desde fuera, con el pico y sin aprovechar los viajes buenos del animal. Su segundo salió queriendo enterarse de lo que pasaba por allí. Mal picado, trasero, cabeceaba contra el peto, hasta que le levantaron el palo, momento en que se enceló más con el caballo. En el último tercio, ante el pico que le ofrecía el espada, el novillo se le venía encima y dejaba al descubierto las carencias de Ángel Jiménez, que no acababa de tener claro por dónde entrar a su oponente. Pico, trapazos, se le va de repente a tablas, lo saca y continúa a lo suyo, hasta que las embestidas ya eran saliendo con la cara alta, sin querer saber mucho más de aquello.

El Galo se vio sorprendido desde la salida del ímpetu del este segundo de la tarde, teniendo que darse la vuelta y ceder terreno al segundo capotazo. Acudió de lejos y con prontitud al caballo, para empujar con ganas, plantando batallo al que le hirió de primeras en la paletilla. Una segunda vara también con distancia, derrotando bastante mientras le hacían la carioca. En un quite su matador se vio desbordado, acabando tirándole el capote a la cara y echando a correr como alma que lleva el diablo. Nadie se hacia con el novillo, que hacía hilo con todo lo que se le pusiera por delante. El Galo optó por darle distancia, pero no le administró el temple que precisaba, dejando que le tocara el engaño. El cárdeno acudía a todo, empeorando las cosas al notar la tela con los pitones. Se comía al torero, que no encontraba la forma de quedarse quieto. Se quiso desquitar el azteca, recibiendo al quinto con unas verónicas muy arrebatadas. Mal picado, en mitad del lomo, peleando sin humillar, pero con fijeza. Y en ese afán por agradar, el señor Lagravere se puso a parear. En buena hora. Pareó más esprintando que midiendo al novillo, a toro pasado, al violín y al trombón, queriendo quebrar una vez, otra por compromiso, para acabar corriendo buscando escapar de aquel pequeñín con mala uva. Poco mejoró su quehacer con la muleta, comenzando a base de trallazos y banderazos y prosiguiendo con muletazos con el engaño al bies y muchas carreras, pues el novillo se lo comía, que lo mismo le daba por uno que por otro pitón, acabando con unas manoletinas y un sartenazo tirándole el trapo a la cara.

Francisco de Manuel parecía que quería y así lo demostraba con las primeras verónicas de recibo, sin enmendarse y hasta alargando las embestidas de su oponente. Se le pico incluso delanterito al novillo al que a la salida del primer puyazo le quitó el matador con gusto. Ya en la muleta no había mando y el animal le echaba la cara arriba. Le dio distancia, pero al meter tanto pico, se le venía por el hueco entre tela y bulto. Con criterio cambió al pitón izquierdo, aunque ese no mandar le obligaba a correr y correr tras cada natural, para acabar viéndose apurado al colársele el animal por el mismo motivo, el pico exagerado. Se puso incierto el de la Quinta, no lo que no evitaba que acudiera allí dónde le presentaran la tela. De nuevo recibo a la verónica al sexto, quizá algo más afectadas, encogiendo un tanto el brazo que toreaba, lo que impedía que se alargaran demasiado las embestidas. Empujó este sexto con fijeza en la primera vara, señalándosele apenas las segunda. Para el trasteo de muleta eligió los terrenos del seis, cruzándose con él todo el ruedo. El toro tomaba bien la muleta que le presentaba de Manuel, con el pico y sin mando, lo que le obligaba a recomponerse y recuperar el sitio a fuerza de correr, lo mismo por uno que por otro pitón, enganchones, le apura, más carreras, sin pausa, no paraba quieto y sin poder, igual que sus compañeros, con una corrida echa para un toreo más poderoso, más de verdad y no para que le enjaretaran muletazos al uso a diestro y siniestro. Y así pasó, que los novilleros se hartaron de correr.

Enlace programa Tendido de Sol del 26 de mayo de 2019:

domingo, 26 de mayo de 2019

Día mundial del arrimón


Yo me pregunto si un día volvieran a los ruedos algunos encastes casi desaparecidos, si serían aceptados por el público.

Si usted un día se levanta con ganas de ser torero y otro con  ganas de que le ovacionen con ardor, no lo dude, péguese un arrimón. Da lo mismo que usted ande a merced de los toros, que vaya aperreado en el primer tercio, que no se haga con ellos, que no los entienda, que se líe a pegarles trapazos y a darles aire en las orejas, usted se mete entre los cuernos y seguro que alguien se arranca a dar palmas, luego otro, otro y otro más, hasta que se amplia el grupito, dos más por el otro lado y en nada tiene a toda una plaza dando palmas y encantados con su arrimón. Que habrá quién piense y opine que eso es ahogar al toro, que es desaprovecharlo, que es que se le vaya sin torear, pero tranquilo, que a esos ya habrá quién les diga “baja tú”; luego se lían en el tú tal, tú cuál, tú más, eso me lo dices en… Pero lo del arrimón no hay quién lo pare. Luego viene lo de la espada, pero no hay nada que no se arregle con un bajonazo desde las orejas del toro.

Pues a grandes rasgos, esta ha sido la tarde los Pedraza de Yeltes, que comenzó con protestas al palco, pues reaparecía el señor presidente, hasta el día de los Juan Pedro, de los mayores atropellos en la Plaza de Madrid. Que la terna pudiera ser don José Antonio Pangua, don Trinidad López- Pastor y don Gonzalo de Villa- Parro y como sobresaliente a don Jesús María Gómez Martín; cada uno autor de una hazaña de las que en su momento se dijo aquello de. “lo nunca visto” y el “¿Dónde vamos a parar?”. Pero en este caso las protestas a don Gonzalo tampoco han sido de grandes dimensiones, entre otras cosas porque la mayoría de los asistentes se miraban unos a otros sin saber qué era aquello. Que el respetable estaba un pelín despistado, que lo mismo pedían una oreja, que a continuación daban palmas de tango para protestarla, pero como sonaba bonito, a palmotear.

La de Pedraza de Yeltes ha salido feota, casi hasta cumplidora en el caballo, pero ya digo que casi, más por lo recibido, que no han sido los picotazos habituales, que por la pelean que han opuesto a los montados. Luego se medio dejaban, pero pidiendo que se les mandara, porque si no sacaban su cosita y se iban complicando cada vez un poquito más, hasta que ya no había nada que hacer. Sin ser marrajos, no eran tontos del todo y el dejarles tocar los engaños una y otra vez, al final les hizo despabilar. Solo había que conducir las embestidas, no acompañarlas y obligarles un poquito, muy poco, que tampoco estaban ellos para alardes. Pero lo del pegapasismo, no, eso sí que no.

Octavio Chacón tuvo que vérselas con tres del encierro, por cogida de Juan Leal. Cómo es ya marca del gaditano, estuvo atento al transcurso de la lidia y como ejemplo, ahí queda el detalle cuando su compañero fue cogido en el tercer toro. Se formó un remolino, unos por aquí, otros por allá, toreros sin capote corriendo por el ruedo, todos alrededor del herido, excepto Chacón, que con el capote se plantó ante el de Pedraza y ahí lo mantuvo sujeto hasta que se aclaró todo. Un capotazo para sacarlo un poquito y a taparse; sin necesidad de quitarle pases al animal, sin malearle por ningún pitón. Simplemente atento, con sangre fría y la cabeza puesta en el toro. Pero aparte de este detalle que ya no sorprende al aficionado, no estuvo en su mejor tarde. Recogió bien a su primero veroniqueando con lentitud, pero en la muleta se vio desbordado desde muy pronto, el animal se le revolvía, obligándole a perder demasiados pasos. Muletazos con poquito mando, doblando demasiado el lomo, echándolo para afuera, desembocando en un arrimón, alargando demasiado la cuestión. Su segundo salió cruzándose delante del capote del matador. Inició la faena sacándoselo con cierto garbo, pero fue tomarla con la derecha y ya se le empezó a ver desbordado, en cuanto que el de Pedraza notó que allí solo era cosa de dar vueltas alrededor de un giraldillo. Se le empezó a venir encima, uno, dos muletazos y al tercero se le vencía hacia adentro. La sensación era que no podía con este animal. En la corta distancia intentó tirar de un repertorio que no agrada demasiado en esta plaza, mientras que las sensaciones eran que se le había ido. En el sexto ya tuvo que girarse de espaldas a los medios, cediéndole terreno hacia las afueras. Incluso a este último se le puso de lejos hasta se arrancó al caballo, pero sin ninguna codicia, ni alegría. Tocado con la montera, inició el trasteo con la mano derecha, sacándoselo más allá del tercio, rematando con la zurda y uno de pecho. Muletazos sin tirar del toro, que se venía un pelín rebrincado. De nievo la sensación de que no estaba pudiendo, de que no mandaba en el animal. Muletazos y más muletazos, hasta que el toro empezó a salir del encuentro mirando, con la cara alta. Para al final concluir metido entre los cuernos y arrancando trapazos descompuestos.





A Javier Cortés le tocó quizá el más feo de la tarde, con un aspecto que poco podría recordar a un toro de lidia, pero que casi cumple en el caballo y todo. El madrileño se dispuso a aplicarle la receta del pase y más pases, sin templar, más bien dando aire que toreando, retorcido y quitándole la muleta de repente. Pico, pierna escondida y de trashumancia por el ruedo a ver si le daba uno o dos, para terminar de un bajonazo, tras tres intentos previos. En su segundo repitió prácticamente lo mismo, sin variar la tónica, a ver si le daba pases y punto. Acelerado y sin poder con el toro, más preocupado de quitarse de encima, que de torear y poderlo. Y como no veía el modo, pues a atosigarlo y a ahogar las embestidas, permitiendo que le tocara constantemente la tela.



Juan Leal solo pudo enfrentarse a un toro, el tercero con el que ya desde los primeros compases con el capote se le advertía cierta escasez de pericia. Pero el hombre quería cubrir tantas carencias a fuerza de voluntad y allí que se plantó de rodillas en el comienzo de faena, para dar unas poco lucidas sacudidas de trapo, sin orden, ni concierto. Mucho pico, muy descolocado, demasiadas carreras e intentando cazar muletazos allá dónde pillara. Tirones, quitando la tela al toro de la cara, desarmes, arqueando en exceso el cuerpo, retorcido, de uno en uno, un verdadero desbarajuste.

Muy vulgar, muchísimo, metido entre los cuernos sin que eso tuviera ningún sentido, ahogando las embestidas y lo peor es que en una de estas resulto cogido por detrás y aunque consiguió terminar con el toro, la cornada era fuerte. Continuó en la misma línea y concluyó con una estocada casi en mitad del lomo, lo que le valió un trofeo. Insisto en que no ha sido una corrida de azulejo en el desolladero, pero desde luego que tenía algo más que el inevitable arrimón, que en este día hasta han sustituido a las consabidas manoletinas y bernadinas. Y solo por eso, este día debe ser declarado el día mundial del arrimón.

sábado, 25 de mayo de 2019

Una oportunidad perdida


El toreo a dos manos puede pasar de ser ayudados a ser telonazos

Ver a un torero humilde, que ha peleado contra adversidades que nadie podía imaginar y las ha vencido y que el día de su confirmación salga por la puerta de Madrid, genera siempre un momento de alegría, incluso de euforia. Ver como a los suyos les tiemblan las piernas, sus llantos, los abrazos, esa alegría desbordada, no se paga con dinero. Pero una vez superado ese momento de éxtasis, quizá hay que parar un momento y pensar en que estamos haciendo con la Plaza de Madrid, con la fiesta. Porque cuando se aplica la mesura, no por parte de sus partidarios, sino por parte de la autoridad, todos salimos beneficiados y además se impone la justicia. David de Miranda ha salido en volandas a hombros de los que tanto le han visto padecer, de aquellos que celebraron un día el que se volviera a poner de pie, el que diera dos pasos seguidos, que tomara de nuevo los trastos y que vistiera otra vez de luces. El triunfo más grande ya estaba conseguido, había vencido a la fatalidad. De la misma forma que en este sentido su triunfo ha sido igual de colosal, el de Paco Ureña, al que hemos podido volver a ver vestido de luces. Que en este día de vuelta ha cortado una oreja, pero la Puerta Grande, grandísima, ha sido el superar su calvario, el despejar los negros, negrísimos nubarrones que una tarde quisieron aplastarle la esperanza de seguir en los ruedos. Orejas, despojos o lo que quieran, no son nada comparado con el triunfo de estos dos señores del toreo, uno humilde y de Trigueros y el otro, vislumbrando la cumbre, de Lorca. Y ahora, hablemos de toros.

Eran los toros de Juan Pedro Domecq, la masa madre de este suflé que es el toreo moderno, la Tauromaquia 2.0. que no han defraudado, han sido unos animalejos mal presentados y con el comportamiento habitual de este hierro y sus franquicias, flojos, inútiles para el caballo y de los que van y vienen en la muleta, buscando la pelotita. Y unos intentaron encontrarse con el toreo, Paco Ureña y David de Miranda, y otro quiso endilgarnos lo suyo, Julián López, El Juli. Y lo suyo es hacer lo que le parece, que para eso es uno de los máximos exponentes de este tinglado que nos quieren vender como toreo. Y si alguien tiene dudas, que se fije en el primero que le tocó en suerte, anovillado y de feas hechuras, al que no es que no se le picara, es que salía del caballo tirando coces. Se dolió en banderillas y prosiguió el resto de la lidia entre caída y caída, mientras su matador, que tuvo que luchar también contra el viento, intentaba tirar líneas al hilo del pitón, salteado de enganchones. Su segundo era otro de la cuadra de jamelgos de Juan Pedro, al que no se pudo picar, lo que no evitara que perdiera las manos. Y comenzado ya el trasteo de muleta, el animal se inutilizó de una mano y en lugar de abreviar, el madrileño se dispuso a enjaretarle su repertorio de derechazos. La imagen era de todo, menos edificante y laudatoria para el toreo. Miraba a la presidencia como diciendo no sé qué. Que igual el señor López no sabe aún que cuando un toro se inutiliza en el ruedo lo que hay que hacer es tomar la espada y abreviar lo antes posible. Pero no, este forzó la devolución a los corrales. Quizá se ofreció él a pagar el sobrero que salió primero por su capricho y en segundo lugar, por la incompetencia del presidente, que se pasó el reglamento por el Arco de Cuchilleros. Y por los micrófonos de la televisión, la señora doña Cristina Sánchez no solo justificando esta impresentable situación, sino alabando la cacicada de Julián López.

Y salió un sobrero de Luis Algarra, uno de esos enormes y destartalados torotes que don Emilio Muñoz acepta como si fueran de la familia. La verdad es que el respetable estaba un tantito así de mosqueado, pues Madrid no acaba de llevar bien eso de que la traten como a un trapo, ni que el trapeador sea un señorito que se cree el dueño de la hacienda. La verdad es que no le echó demasiadas cuentas y le dejó deambular por el ruedo a su aire, que ya se apañaría el pica con su palo, aunque la realidad es que no atinaba ni aunque le pusieran un toro de escayola con diana y un cable guía. Así poco se va a calmar el personal. Y llegó el último tercio entre rezos para que el animalote no se dañara y don Julián decidiera que tampoco le cuadraba. Se lió a dar trapazos por los dos pitones, unos por aquí y otros por allá. Y como vio que la gente no estaba muy a favor, intensificó nuestro calvario alargando aquello hasta la desesperación. Algo que no deja de sorprenderme, que a un artista le piten y que, como cruel castigo, no tenga otra opción que ofrecer su propio arte. Tras un pinchazo en la paletilla, cerró su hazaña con un bajonazo traicionero, poniendo esa forma tan suya de ejecutar la suerte suprema, y nunca mejor dicho lo de ejecutar.

Volvía a torear en Madrid Paco Ureña, hay que felicitarse. Su primero salió escarbando y trastabillándose por momentos. Le costaba al murciano conducir al Juan Pedro por el ruedo, gastando demasiados capotazos, sin conseguir al menos llevar al caballo con cierto orden. Las embestidas del animal eran sosas, sosísimas, mientras que Ureña no lograba limpieza en los muletazos, enganchones, cites de frente, muletazos a pies juntos, acortando demasiado las distancias. Pinchazo y bajonazo para finiquitar a su primero. Al que hacía quinto le recibió a pies juntos. Fue al caballo con la cara alta, para no recibir castigo. El comienzo de la faena de muleta fueron muletazos con la derecha sin templar, con la punta del engaño, enganchones y coladas, teniéndose que recolocar el matador con una carrerita. Demasiadas carreras, demasiados enganchones y muletazos de uno en uno, dando la sensación de estar demasiado preocupado de llegar al público. Muy fuera, citando demasiado en corto, de frente, más muletazos de uno en uno, peleón, pero sin ligazón. Concluyó de un bajonazo casi entero, soltándole la muleta en la cara. Se le concedió una oreja, que para lo realizado quizá sea un premio excesivo.

David de Miranda era el confirmante de esta tarde. Recibió a su primero a pies juntos, sin esmerarse en alargarle las embestidas de salida. Tampoco cuidó demasiado la lidia en el primer tercio. Ya con la muleta el animal se quedaba muy corto, desde los ayudados por alto de inicio, para seguir con los intentos de muletazos por ambos pitones. Parado, se defendía y revolvía muy pronto. Se empeñó el triguereño en alargar innecesariamente una faena que ya no daba para más. Arrimón y manoletinas, ese virus de la tauromaquia moderna. El sexto, como sus hermanos, tampoco fue castigado en el peto, yendo el caballo al toro en el segundo encuentro. Lo que era innegable era que el confirmante quería. Primero un quite muy quieto en el quinto de Paco Ureña y en este suyo, unas ajustadas chicuelinas. Se fue a los medios y comenzó con pases por la espalda y por delante, sin moverse, ni arquear el cuerpo. Una primera tanda con la derecha tirando de pico, para después acomodarse tirando del toro con la muleta más plana, pero algo acelerado. Ganó en valor con la siguiente tanda, más reposado, con más temple, dejando un par de redondos rematados atrás. Con la zurda se atropelló más, pero siempre con la virtud de la firmeza, clavando los pies al suelo y la colocación. Pero la continuación fue un atravesar más el engaño y el ya no rematar atrás, largando tela, incluso, en algunos muletazos. Le andaba bien al toro, dejándole tomar aire, pero haciendo que estuviera permanentemente con él. Tanda con la muleta menos plana, sin tirar del toro, y una arrucina ligada con el de pecho, para concluir con las inevitables bernadinas, ajustadas, pero también atropelladas. Cobró una entera rinconera y dos orejas que fueron premio excesivo para la tarea de David de Mirando. Quizá la justeza habría sido solo una y hasta puede que hubiera sido mejor admitido por la afición. El señor presidente estaba por dar orejas con demasiada ligereza, lo que no provoca otra cosa que una devaluación de los trofeos. Luego se entra en comparaciones con otras tardes de esta misma feria y sobre la concesión de las orejas. Que si este fue un fraude, que si este era solo de una, que si… Madrid debe recuperar la seriedad que nunca debió perder y eso se hace en tardes como esta, pero involucrándose los ocupantes del palco. Simplemente con no hacer regalos ya se adelantaría mucho, y al final esta tarde ha acabado siendo una oportunidad perdida.

viernes, 24 de mayo de 2019

Qué poco dura la alegría en casa del pobre


Cuesta que salga el toro y cuándo sale, este parece esperar a un torero.

Qué injusta es la vida, cuántos sinsabores, días de mucho y vísperas de nada. Un día tiramos la casa por la ventana, damos orejas a todo quisque, nos lo echamos a la chepa y lo coronamos como divinidad celestial y al siguiente, na de na. Con la ilusión que llevaban algunos, quizá no tanto por ver toros, que con lo de Jandilla ya estaba complicado, como porque se avecinaba merendola, que no es lo mismo, pero alegra los buches. Que pensándolo bien, los bocatas se los podían haber trasegado los pandillitas, a ver si así cogían un poquito de cuerpo y el personal los ascendía de novillos adelantados a toros. Y si eso no era posible, al menos que tuvieran el brío necesario que se precisa para poder pelear en el caballo y recibir un puyazo entre todos. Que dura se acaba haciendo el ciclo torerista/ comercial/ despojos a tutiplén, en su primera fase.

Corrida de Jandilla muy al uso de la modernidad, mal presentada, escuchimizada, pero que se dejaban pegar muletazos a troche y moche y más si en ellos no había sometimiento y todo se basaba en el “ahora voy, ahora vengo”. Abría el cartel Sebastián Castella, que no la tarde, Con un primer toro de su lote, segundo de la tarde, al que no se picó, que manseó y no paró de escarbar. Faena con un inicio con muletazos por abajo y con la zocata, que podrían recordar a otro de hace años que enloqueció al personal, pero este no fue el caso. Toreo desde muy fuera, atravesando el engaño, metiendo el pico en el testuz del toro, para concluir con el casi inevitable arrimón. A su segundo, aparte de tampoco picarle, le dejó un poco a su aire, si iba al caballo desde aquí o desde allí no era cosa que le importara. Quite por chicuelitas con demasiada sosería y acabando liándose al final del quite. Ya que en su primero puso en práctica un comienzo de trasteo “lidiador”, en este caso vino lo de los muletazos por la espalda, quedando desarmado a las primeras de cambio. Y a partir de aquí ya todo fue lo de siempre, ese pegapasismo interminable, tramposo, con enganchones y en línea recta. Nada nuevo, una nueva edición del repertorio habitual, aunque no sería de extrañar, tal y como está la plaza, que le veamos salir a cuestas en próximas apariciones.

La afición esperaba a Emilio de Justo, que se ganó el venir en este San Isidro con aquellas dos impresionantes estocadas que le llevaron en triunfo. Su primer mansito apenas tuvo que sufrir la puya. De Justo inició con muletazos por abajo, demasiado acelerados, para proseguir con muletazos con el pico, enganchados y sin mando, lo que por momentos le complicó, echándole el toro la cara arriba y viniéndosele encima al finalizar el muletazo. Trallazos destemplados, colada por el derecho y desarme y esta vez no atinó  con la espada hasta el tercer intento. Su segundo se paró ya de salida, en cuanto pisó la arena. Capotazos sin quedarse quieto y en el caballo al menos ofreció algo de pelea, aunque fuera por un solo pitón. En el último tercio volvió Emilio de justo por los mismos derroteros, intentando acoplarse, abusando del pico, permitiendo que el animal le tocara la tela, para concluir con demasiadas carreras para recuperar el sitio. Al menos cerró con una estocada defectuosa, pero tirándose con el corazón, que no es mala manera de intentar salvar la honra de torero.

Abría y cerraba Ángel Téllez, que confirmaba la alternativa. Y bueno, confirmarla, la ha confirmado, pero no es que haya dejado la semilla de la ilusión en el aficionado. Incapaz con el capote para conducir de forma medianamente lógica la lidia, además con un animal que iba de aquí para allá y ya a estas alturas iba como un mulo. Muletazos aburridos y con los vicios de todos, los que nos ha traído esta modernidad y que aburren hasta la saciedad. Casi lo mismo que en el sexto, no entendiendo la lidia, sin saber por dónde atacar al toro y mostrando su voluntad en un quite con el capote a la espalda, que solo demostró eso, voluntad. Quiso empezar de rodillas en los medios y acabó sentado en la arena ante el primer embate del Jandilla. Ya en pie, demostró una alarmante falta de pericia, no parando quieto, tirando de vulgaridad, con todos los vicios habituales de sus maestros. Se acabó poniendo muy pesado, intentó echarse la muleta a la espalda, pero el personal ya no aguantaba más, por lo que tuvo que tomar la espada, para cerrar un día tan especial con un solemne bajonazo. Fueron unos pocos los que fueron con la idea de pedir orejas, aclamar en triunfo a estos artífices de la Tauromaquia 2.0, aparte del aliciente de la merendola, pero no pudo ser y es que ya se sabe, qué poco dura la alegría en casa del pobre.

jueves, 23 de mayo de 2019

La verdad de Roca Rey


El tercio de varas en versión moderna

Que se nos ha vuelto la plaza loca y ya saben, las locuras es mejor no intentar comprenderlas y mucho menos aplicarle la lógica. Ni tan siquiera creo que fuera fructífero el que nos pusiéramos a preguntarle a los entusiastas, porque igual nos encontramos con lo que no queremos, pocas explicaciones, vueltas y más vueltas, para acabar con el consabido:”pues a mí me ha emocionado”. Y contra eso ya no hay argumento que valga, que eso es cosa de cada uno y ahí nadie se puede meter. Es meter la subjetividad para juzgar en este caso una tarde de toros y según esa vara de medir, como en los mítines políticos, lo que a uno le parece una sarta de mentiras, a otro le parece la verdad más verdadera e inamovible del mundo. Eso sí, en este caso hay que partir con que esta verdad universal del toreo de Roca Rey parte del punto de una corrida de Parladé a la que ni se ha podido picar, ni lidiar, ni mucho menos torear, que ya salían toreados de casa. Y más concretamente de un toro que a esta alturas está en el CSI, a ver si la puya finalmente tocó o no el morrillo del animal.

Pero en una tarde de toros como esta de los Parladé, pasan más cosas, aunque no tengan que ver con lo que espera el aficionado. Esta misma tarde se despedía de Madrid un torero. De acuerdo que lleva muchos años, demasiados, a la deriva y empeñado en borrar todo lo bueno que hizo en este mismo ruedo, se despedía el Cid. No ha tenido su tarde, ha mantenido ese estar a la deriva de los últimos tiempos. A su flojo primero le llevó bien al caballo. El animalito hasta metía los riñones, pero si acaso hacía que se meneara algo la cucarda del picador, pero poco más. Se fue sin picar y el Cid lo recogió a una mano, por abajo, con la muleta algo atravesada. En los medios, le dio sitio, para iniciar un trasteo que transcurrió entre muletazos con el pico, echar el toro para afuera, él más fuera, teniendo que recuperar su lugar y muletazos sin rematar. Su segundo, blando como todos, se echó una siestecita debajo del peto. Comenzó el Cid su último trasteo en Madrid con una tanda de derechazos aseados, con la muleta más plana de lo habitual, para después ya sí tomar sus precauciones y atravesarla, consiguiendo que no le tocara la franela. La faena empezó a discurrir por los caminos de la sosería, con un toro ya parado, muletazos con el engaño retrasado, para alargar ya demasiado aquello. Y para que el Cid no dejara de serlo, esta tarde tampoco se manejó con los aceros. Pero a pesar de todo, a pesar de los pitos, las desilusiones, los descalabros, los fallos a espadas, el Cid ha sido un torero que lo hizo, un torero que enamoró con su izquierda y esta afición de Madrid, tan mala, rara, estruendosa o lo que cada uno quiera añadir, tiene memoria y a los que un día hicieron el toreo se los tatúa a fuego en su corazón de aficionados a los toros. Y el que lo quiera ver, que pida a cualquier aficionado que le enseñe el corazón y entre otros verá escrito: el Cid.

Pero la realidad de la tarde distaba mucho de cualquier ideal del toro y del toreo y mucho más de lo que se entiende como una buena afición. En este carnaval taurino que es la feria, tocaba disfrazarse de plaza de talanqueras, populachera, bullanguera y sin el más mínimo sentido crítico. Es más, que ningún cristiano osara mostrar un mínimo de desacuerdo, que lo mandaban al fuego eterno del santo oficio de la Tauromaquia 2.0. Y como muestra lo sucedido primero con el segundo de la tarde, para López Simón, al que le recibió con solemnes mantazos, sin preocuparle si alargar la embestida o templar los viajes, que eso es cosa de otros tiempos. Si les hablo del primer tercio, igual puede haber quien se ofenda por detenerme en ese trámite, pues ni trámite fue. Comenzó la faena de muleta el madrileño con telonazos por alto, pases por el … por detrás, para proseguir dándole distancia al toro, con la diestra y a partir de ahí, trallazos, pico, mucha aceleración, prisas para nada, retorcimientos, muy fuera y todas las vulgaridades que puedan imaginar. Pero llegaron las bernadinas y el público espabiló. Que no quiero imaginar un trasteo a base de estas y de manoletinas. Revientan Valdelatas y todos los manicomios de Madrid, la provincia de Toledo, Guadalajara y Ávila. Bajonazo y a pedir el despojo, que lo de las bernadinas lo merecían, claro que sí.

Veía López Simón abierta la Puerta de Madrid y no quería dejarla pasar. Se fue a portagayola, para ver como el de Parladé le sobrevolaba y se llevaba la tela por delante. Primeros compases y el animalito ya no podía con su alma. Se cree que le arañaron dos veces en el caballo, imagino yo que sí, porque si no, el exigente público que poblaba los tendidos habría puesto el grito en el cielo, ¿no? Sí, ¿No? Esperaba mucho a los banderilleros con dos pares de mucho mérito de Yelmo Álvarez, no por colocación, ni ejecución, pero si por aguantar dentro del terreno del toro, ganarle la cara y dejar los dos palos, que ya era bastante. El toro primero buscaba los terrenos de chiqueros. López Simón se lo llevó a los medios y nanay. El animal tiró hacia tablas en cuanto pudo. Se empeñó el matador en darle pases, pero era imposible. Quizá hasta alargó más de lo debido. El Parladé pegado a las tablas, defendiéndose y aguantando solo el arrimón, que tampoco tenía ya mucho sentido. Al final se fue pasito a paso al abrigo de toriles, evidenciando lo que era y lo que llevaba dentro.

Al primero de Roca Rey hubo que devolverlo por manifiesta invalidez, teniéndose que enfrentar el joven matador a uno del Conde de Malladle, al que recibió con verónicas a pies juntos y echándose el capote a la espalda. La consecuencia de tal sin sentido lidiador fue que le levantaran los pies del suelo. Prosiguió con chicuelitas, sin preocuparle esas cosas de enseñarle a embestir o alargar los vuelos del capote para prolongar lo más posible el viaje del toro. Que será lo que le admiten los hierros con los que habitualmente se cruza en las plazas. Su sentido de la lidia es absolutamente nulo, se desentiende de la suerte de varas y deja que el animal ande a su aire, enterándose de todo. Que esto no es lo pero, es que en los toros de los compañeros se entretiene en torear de salón allá alejado de todo o en mirar a las musarañas, sin pararse a pensar en que puede tener que auxiliar a un compañero que solo tiene dos palos para defenderse. Lo suyo es el show, esa es su verdad, la más potente, show y punto. Lo del toreo, la lidia y demás, se lo pasa por el arco del triunfo. Eso sí, siempre habrá entusiastas de la revista que le jaleen sus cabriolas y volatines. Y perdonen, humildemente opino que eso no es el toreo. Que también es verdad que con lo que le suelen echar puede hacer eso y bailar el can can. Inició la faena con telonazos sin moverse, incluso en un viaje en el que se libro porque una mosca se interpuso entre él y el pitón. Mucho trapazo con el pico, mucho enganchón, lo que hizo que el del conde se fuera enterando un poquito, complicándole algo más su mitin. Al final consiguió que el toro saliera de la tela buscando dónde estaba aquello que seguía y que de repente desaparecía. La muleta iba por un lado y el toro por otro, hasta acabar en los terrenos de toriles. Para concluir con un bajonazo infame soltando el trapo.

El que cerraba plaza ya buscaba las tablas de salida, no se le picó lo más mínimo, mientras el Parladé hacía méritos para premio, tirando coces a los de luces. Deambulaba a su antojo por el ruedo, fue a que tampoco le pitara el que hacía puerta. Ya con la muleta en la mano, Roca Rey recompensó a sus más fervientes y ardorosos seguidores, la gran mayoría fieles del toreo clásico. Y allí que fue la verdad del toreo de este caballero, primero banderazos en los medios, por delante, por detrás, por el norte, sur, este, oeste y hasta el suroeste. Dándole distancia empezó a instrumentar su repertorio al completo, mucho trapazo con pico exagerado por ambos pitones, pierna escondida y siempre cerrando el muletazo delante, trazando líneas rectas, muy fuera, sin rematar, medios muletazos, largando tela, mientras el público perdía las maneras y hasta el oremus. Llegando la guinda con las bernadinas, que eso nunca falla. Y en verdad que eso es lo que muchos quieren ver. Olvídense del parar, templar y mandar, olvídense del toro, que la verdad, su verdad, lo real, es el trapazo y el borrego dócil que no llega ya ni a medio toro. Y mientras unos salían del mitin sintiéndose engañados, otros, muchos, la mayoría, salía más que convencida, feliz, que habían visto en todo su esplendor, la verdad de Roca Rey.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Se encuentran restos de aficionados en Atapuerca


Lo que siempre fue, ya parece algo del Paleolítico

Parecía que ya estaba todo perdido y así, de repente, una expedición de arqueólogos dirigida por don Gonzalo de Villa Parro y su mano derecha, doña Cristina Sánchez, han encontrado un yacimiento dónde reposaban los restos de aquella tan renombrada afición de Madrid. Tras arduos trabajos, ambos científicos se encontraron con el hallazgo casi sin quererlo. Es más, se afirman que no querían, ni quieren que tal yacimiento salga a la luz, no vaya a ser que les provoque más sofocos que otra cosa. Ellos que iban tan pichis a pasar una alegre y feliz tarde de toros se encuentran con que en el día de la corrida del Pilar en las redes sociales se empieza a promover una protesta contra don Gonzalo, por eso de agradecerle aquel rabo a un señor que corría a caballo que se las pelaba y la reciente puerta grande a un señor vestido de luces, Perera, que delante de un bravucón se lió a hacer de todo, menos torear.

Todo iba según las normas que marca la nueva etiqueta taurina, las cuadrillas cruzando el ruedo al compás de un alegre pasodoble taurino. ¡Qué estallido de colores! ¡Vágame Jaquetón y Diano a la par! Y al concluir el paseíllo empiezan a asomar allá por el siete unas pancartas en las que se decía a don Gonzalo ¡Fuera del palco! deseándole unas urgentes y permanentes vacaciones en lo de presidir festejos en la plaza de Madrid. Se extendió esta consigna en un solo grito. Y el señor d Villa Parro, quizá extrañado, pidió que una pareja de la fuerza pública se hiciera presente en el lugar en el que habían aparecido las pancartas. Que no crean que era para hacer la prueba del carbono 14 y poder datar desde cuándo estaban allí estos aficionados de Madrid. Ni mucho menos. La cuestión era que al señor presidente no le parecía bien la crítica ante sus atropellos, los de don Gonzalo. Las protestas arreciaron y el usía, que tan torpemente envío a los agentes, para encrespar aún más los ánimos y sin motivo alguno que respaldase tal decisión. Y en lugar de esperar, se sacó el pañuelo blanco para que saltara el primero de la tarde. ¡Aaaayyy! A este hombre los pañuelos blancos un día le van a dar un disgusto. Pero no, no podía esperar, tenía que salir el primero del Pilar. Las protestas continuaban o más bien, no habían cesado. ¡Ay! Cómo se puso doña Cristina Sánchez, sí, la torera, aquella que con los trastos era mala de cuidado, la que no reconocía su incapacidad y culpaba al machismo de que ella no toreara y no a que era inoperante con la espada. Esa. Pero claro, con la palabra es peor que con la muleta y además se le nota mucho esa insultante sumisión al poder, ese todo está bien, señorito, lo que mande el señorito. Y como el mal capataz que se hinca de rodillas ante el patrón y tunde a latigazos a los trabajadores, se escandalizó y tildó de vergonzante esas protestas, porque el toro ya estaba en el ruedo. Quizá se podría haber parado a pensar que el causante de la bronca debería haber esperado a sacar el pañuelo blanco. Pero ella prefiere ir contra el que paga y no contra quién la paga.

Las aguas que medio se calmaron y el personal se dispuso a ver la corrida del Pilar. ¡Buah! Verás el desastre que se nos viene encima. Pero, ¡Caramba! Parece que el ganadero se hubiera ido de excavaciones arqueológicas a lo Indiana Jones y que en una de estas se encontró con una verdadera corrida de toros. Don Gonzalo que pensaba que la cosa iba a pintar en bastos y va y le toca un día en el que los aficionados, los actuales y los fosilizados de Atapuerca solo tuvieron ojos para esa hermosura de corrida de toros. Parecían los toros de Altamira, Lascaux y la tauromaquia de don Paco el de los toros. Láminas para llenar grutas, paredes y hasta los cierres de todos los locales del barrio de Ventas y alrededores. Una corrida de toros para triunfar, con las complicaciones que debe presentar el toro, nobles pero no bobones, a los que los de los caballos les picaron sin mirar a nadie. Aquí no hubo de eso de levantar el palo y dejar al animal desmorrarse contra el peto. Y con ellos se las tenían que ver Juan del Álamo, siempre tan arropado por el paisanaje, José Garrido, que aún no se ha repuesto de aquello que le contaron un día, que era artista, y Gonzalo Caballero, que se llevó lo peor, con una cornada tremenda al tirarse a matar en su primero. Ojala le veamos muy pronto, completamente restablecido, ojala.

Juan del Álamo, como todos, pretendía aplicar la lidia modernista al uso, pero tras los primeros mantazos con el capote ya empezó a darse cuenta de que aque4llo no0 era lo esperado. Fijo en el caballo, más castigado en la segunda vara que en la primera. ¡Ojito que vienen curvas! Echaba la cara arriba en banderillas y sería por eso, que el recibo muletero fue por abajo, a una mano, queriendo alargar el viaje del toro. Pero ya en pie hizo todo lo contrario, se lo echaba encima, le apretaba. Muy acelerado en los derechazos y dejando que le tocara demasiado la tela, lo que a larga hacía que se complicaran las cosas, porque el animal empezaba a enterarse de qué iba aquello. Mucho pico, mucho trallazo, muy fuera y sin templar, ni mandar. Cambió de mano y en cuantito que se descubrió un poco, allá que se fue el del Pilar, pegándole un tremendo volteretón, con una caída más que fea. Pudo continuar, siempre muy fuera, con el pico y más enganchones, para acabar con manoletinas. Bajonazo y el toro se fue a buscar los medios para doblar. Petición paisana, aunque costaba darse cuenta del detalle, a no ser porque en el cinco había un grupo muy bien alineado y todos con un pañuelito naranja al cuello. ¡Hombre! Al menos distribúyanse estratégicamente. Pero don Gonzalo, firme, no sacó más pañuelo blanco.

El cuarto, segundo del salmantino, de salida no quería telas, capotazos desganados, sin que el animal metiera la cara. Suelto se fue en busca del caballo para recibir un puyazo trasero mientras le tapaban la salida. El toro empujaba con fijeza y la cara a media altura. Un segundo encuentro en el que topó, se repuchó, para acabar dejándose en el castigo que el de aúpa le administraba sin escatimar esfuerzos. Y hubo una tercera vez, sin que el jinete pensara en aflojar. Del Álamo volvió a esa mala y fea costumbre del pico, al menos entre aquellos aficionados fósiles de Atapuerca. Largando tela, sin rematar ningún muletazo, continuando entre retorcimientos; un desarme; más pico y el toro por momentos complicándose cada vez más; cosas de la casta, que los toros se acaban enterando de todo y eso no es bueno. Hubo de hacerse cargo del sexto, pues como ya se ha dicho, Gonzalo Caballero estaba en la enfermería. Un torazo este sexto, al que del Álamo recibió con un veroniqueo aseadito, con el pasito atrás. Empujaba el del Pilar con ambos pitones y tirando algún derrote, para que le acabaran tapando la salida. Una segunda vara solo señalada, lo que, tal y cómo había discurrido la tarde, podía parecer un poco temerario. Y así fue y como el matador tampoco era capaz de arreglar con la muleta lo que no se hizo con el palo, el trasteo fue un continuo corretear, para que el colorado acabara haciéndose el amo.

El primero de José Garrido, segundo de la tarde, salió olisqueando la arena, escarbando y echando las manos por delante en los primeros lances. Puyazo en la paletilla, tapándole la salida y el animal peleando solo con el pitón izquierdo y con codicia. De lejos en la segunda vara, siguió con esos feos vicios de olisquear y escarbar. Se arrancó con alegría, empujando y no rehuyendo la pelea. No había tomado Garrido la muleta y el toro ya era el que mandaba allí abajo. Tímidos muletazos de tanteo del espada, buscando en qué terrenos iba a ser. Trapazos acelerados, sin mando ninguno, se le viene al ver el hueco que dejaba el engaño atravesado. Pico, enganchones y ni un atisbo de poderse hacer con el toro y lo que es peor, la cosa podía empeorar, pero el matador optó por alargar aquello sin necesidad.

El quinto también salió incómodo para el torero, que de primeras no se hacía con él. Se fue suelto al caballo, dónde mientras le tapaban, peleó con fijeza, con la cara a media altura. Un segundo picotazo, que se adivinaba que podía resultar escaso. Bien Antonio Chacón con los palos y ya en el tercio de muerte, Garrido debió echar de menos un puyacito más, pues el animal se lo comía. Muletazos en línea recta, el toro se le revolvía y a correr, siendo esta la tónica de todo el trasteo. Ni un gramo de dominio, ni un amago de plantarle cara y meterle en la muleta. Tenía este quinto mucho que torear, pero de verdad, no de ponerse a dar muletazos sin ton ni son. Y así pasó, que este también se le fue, para terminar quitándoselo de encima con un bajonazo infame.

Gonzalo Caballero solo pudo enfrentarse al primero de su lote, que le prendió de muy mala forma al ejecutar la suerte suprema. Le recibió con capotazos acortando el viaje, con cierta desgana. Desentendido durante la lidia, permitió que el toro fuera dos veces al caballo, a su aire. Picotazo con la cara muy alta, saliendo de najas, otro con similares resultados y el picador sin poderle coger, otro más y hubo de ir una cuarta vez para que al menos recibiera algún castigo. El toro pegaba unos tremendos arreones en banderillas. Con la muleta le saludo con unos telonazos por alto. Una primera tanda con muletazos con el pico, echándolo para afuera, pero que prosiguió con otros estimables más ajustados. Fue bajando el nivel, para continuar después con naturales rematados delante de la cadera. Acortó demasiado las distancias olvidándose de hacer el toreo. Invertidos con la izquierda, que solo agradaban al público, que no a los fósiles de Atapuerca. Que se dice que antiguamente estos alardes no gustaban a la afición capitalina. Cuadró al toro y se tiró muy derecho, encima del toro, dando la sensación de que él no hacía la cruz y el del Pilar tampoco atendió demasiado al engaño. La peor manera de cerrar una crónica. Pero al menos podemos celebrar el hecho de que se encuentran restos de aficionados en Atapuerca.

martes, 21 de mayo de 2019

Solo falta que se los empanen


Los sueños de triunfo tienen que acompañarse con hechos

Que levante la mano quién no haya tenido que enmascarar alguna comida que a los peques de la casa se les atraviesa, con esos ratos eternos de enfado, del cómetelo, del niño dándole vueltas y vueltas y cuándo llega el “¡trágatelo ya!”, nos sale con la respuesta que no se puede responder: es que se me hace bola. Y en ese caso, ¿qué hacer? Pues unas veces se tira del pasapuré, a ver si así sí, pero claro, ¿cómo triturar un filetito de hígado, con lo que alimenta, y que la criatura no empiece a odiar también los purés? Pues por la regla 23/78, se le empana, que el empanado tapa muchas cosas y hasta hace que parezcan apetecibles hasta para un niño. Que si vamos a lo moderno, ahora todo se convierte en hamburguesa, pero vayamos a lo clásico, empánenlo.

Y eso habrá pensado alguno al ver la novillada del Conde de Mayalde, que quitando el primero, ha sido más bien feota y justita. Mansa como las gallinas del Zacarías, a excepción del sexto. Pero mansa de acostarse. Hasta coces ha tirado alguno, otros era notar el palo y clamaban al cielo por un muchachito del Refugio cualquiera que les librara de aquel suplicio. Pero era cambiar al último tercio, ver la pañosa y se tiraban como si lo empanado fuera la propia muleta, que forma de embestir. ¿Por el derecho? Pues por el derecho. ¿Ahora por el izquierdo? Pues también, que si me empanan el trapo, hasta rebaño el plato de muletazos. Solo bajó el tercero que ni empanándosela. Pero no está mal cinco de seis. Lástima el feo juego en el caballo.

Del futuro de la fiesta, los novilleros, poco bueno se puede decir, pues está muy bien lo de la voluntad, lo de las ganas, que por momentos parecía que tampoco eran muchas, dejándose llevar por el aburrimiento y la monotonía. Ellos venían a hablar de su libro, o lo que es lo mismo, habían sacado un bono de cienes y cienes de muletazos, o trapazos, y no querían llevarse ninguno a casa de vuelta. Que se les ofreció el que se los guardaran en una tarterita y luego empanados igual pasaban mejor; pues no.

Salvo matices, casi se podría decir lo mismo de los tres novilleros, se escribe una nota contando una faena moderna, al uso, y ¡zas! Pongan ustedes el nombre. Rafael González, Marcos o Fernando Plaza. Tres promesas que no irradian ninguna ilusión, empezando por ellos mismos, que no daba la impresión de que quisieran ser toreros, más bien parece que su objetivo son las orejas y punto. Que no sé yo si eso estará bueno, aunque sea empanándolas. Rafael González evidencia un escaso sentido de la lidia, que de salida lo mismo empieza por verónicas, que sigue con un rebujito capotero, sin pretender enseñar al novillo a embestir alargándole las embestidas, ni haciéndole bajar la cabeza, meterlo en los engaños. Eso sí, sentido del espectáculo actual, sin sustancia, superficial y sin contenido, de ese sí que tiene sus buenas dosis. Buscando el “¡Bieeeennnn!” facilón a base de trapazos despegados y con el pico de la muleta. Eso sí, sería por la forma de tirarse sobre el morrillo en el cuarto, se le concedió una oreja. Y mientras unos sentían que sus novillos se les estaban yendo, él debía ya verse con el despojo paseado en loor de amigos y vecinos.

Quizá Marcos haya sido el más pusilánime, él estaba por allí, se ponía a dar trapazos sin compasión, que al fin y al cabo era para lo que había venido a la plaza de Madrid. Sin atender la lidia en los primeros tercios, él solo andaba de soltar todos los muletazos que había comprado a la entrada en la máquina expendedora. Paró a su primer novillo a fuerza de acortar inconvenientemente las distancias y en el segundo empezó demasiado acelerado, queriendo tomar de nuevo el camino del arrimón. El quinto que salió tan moderno y bonancible como sus hermanos aunque quizá tenía un puntito más de picante, lo que habría provocado que todo lo que se le hiciera fuera de más mérito.

El tercero, Fernando Plaza, que no sabemos si se coló en el turno de quites del primero o si fue su compañero, marcos, quién andaba sesteando por el ruedo. A Plaza le tocó quizá el peor del encierro, el tercero, que incluso peleó en el caballo, pero con la cara muy alta. Por el contrario también le tocó el que no evidenció esa mansedumbre que lucieron todos sus hermanos. No cuidó la lidia en ningún caso y en este que hacía sexto y que ofreció oposición en el peto, por no estar atento, permitió que el animal se fuera suelto al caballo que hacía la puerta. Porque a veces estos descuidos colaboran a que un toro cometa algún feo. Con la muleta puso en práctica el toreo habitual, aparte de banderazos de rodillas. Mucho pico toreando con lentitud justo cuando al de Mayalde se le acabaron las energías, para terminar exagerando el citar muy, muy perfilero, ofreciéndole las nalgas a su oponente. Como todo el escalafón de matadores de toros y de novilleros, estos tres noveles se pasarán la vida soñando un toro que meta la cara en los engaños y al que puedan hacer el toreo jamás imaginado, pero cuándo les sale no acaban de saber qué hacer con ello, se empeñan en soltarles el repertorio y si son nobles, como es el caso, seguirán y seguirán hasta el hastío y si no, hasta que el apuro sea mayor. Animales para hacerles el toreo, para cortar orejas a pares, pero que a los muchachos se les hizo bola, pero como la cuestión no está para el pasapuré pues solo falta que se los empanen.

Programa Tendido de Sol del 19 de mayo de 2019:

domingo, 19 de mayo de 2019

Cómo me enseñaron mis mayores


Aquel arte sevillano de verdad

Hay días en los que confluyen tal serie de circunstancias que resulta complicado sentirse cómodo en la propia casa. Que de repente llega una muchedumbre y deciden celebrar el bautizo de una muñeca en el descansillo de tu casa. Que te montan el tenderete que ni te enteras y luego pretenden que te sumes a la fiesta, pero pagando y poniendo la vajilla, la cubertería y los canapés. Y no te quejes de que se te metan en el salón y te dejen la alfombra buena llena de lamparones, que todavía te la lían. En estos casos uno a veces se queda que no sabe qué hacer y lo que le apetece no es recomendable, Entonces hay que parar, respirar y recordar lo que nos enseñaron nuestros mayores, palabra por palabra. Y si esa juerga la perpetran en tu plaza y con unas formas que no acaban de cuadrarte, entonces, y con urgencia, hay que tirar de la sabiduría de aquellos que tan bien veían esto de los toros y ponerlo como un espejo delante de estas cosas que se ven y se aclaman tanto en estos días.

Que mala cosa es eso de los espejos, que en la corrida de Montalvo no aguantaría el ponerla delante y compararla con lo que se debería llamar una corrida de toros. Más parecía una corrida de sobreros corraleados y si añadimos al que salió de sobrero, es que ni para eso daba el pego; quizá para las calles estaría bien, aunque también es sabido que en las calles muy a menudo se echan toros que ya nos gustaría ver en los ruedos. Una corrida moderna, grandona, destartalada incluso, que salían ya lidiados de toriles, que malamente se les pico, que por momentos hasta parecían renquear hasta de la divisa y que allí estaban dispuestos para que en la muleta les dieran como poco cuarenta docenas de pases.

Los matadores eran Ginés Marín, Luis David (Adame) y Pablo Aguado. El primero hasta recibió una oreja, pero la sensación y lo que ocupa las tertulias fue el sexto toro de Pablo Aguado, al que se esperaba con verdaderas ganas días después del acontecimiento que protagonizó en Sevilla. En su primero, ese que era para que en las calles le recortaran con un jersey, grandón, enorme, de Luis Algarra, al que parece que Emilio Muñoz no puso pegas. Igual es que le gustan los mastodontes según el día, ¿no? Y para colmo salió acostándose por el pitón izquierdo llegando a enganchar al matador, que aunque sin consecuencias aparentes, que eso te lleve por delante ya es suficiente. Apenas se le picó, tampoco se empleó bajo el peto, se limitaba a quedarse por allí. Aguado intentó torearlo con la figura erguida y en una de estas en las que dejó hueco entre él y el engaño, le levantó de muy fea forma. El toro empezaba a acudir al encuentro como un mulo en la noria. Muletazos que más daban aire, que someter a la mole con cuernos, teniendo que recolocarse constantemente. Media baja y bajonazo casi en el número.

Y salió ese sexto, en el que pablo Aguado le dejó un poco a su aire, permitiendo incluso que fuera suelto al caballo, en el que se le picó como ya no es habitual, aunque sin exageración, por supuesto. Inició Aguado el trasteo sacando al animal de las cercanías de las tablas con muletazos templados, flexionando la rodilla, atravesando un tanto la muleta, con parsimonia y elegante naturalidad, pero ya digo, con el pico de la muleta. Prosiguió por el pitón derecho, sin perder la compostura y moviendo el engaño con lentitud, derecho y relajado, pero abusando del extremo de la pañosa, permitiendo que se la tocara y con algún enganchón. Cambió de pitón, dónde quizá fue lo más vistoso, pero insistiendo en los mismos males, muleta al bies y trazando medios pases, sin rematar nunca atrás, despacioso y muy templado. Faena justo, lo que hay que reconocerle y valorarlo. Concluyó toreando de frente, con muletazos de uno en uno y quedándose fuera. Estocada entera haciéndole guardia más de dos palmos, además de dos pinchazos más. Creo que nadie puede negar la plasticidad de este torero, lo que es de agradecer en estos tiempos de contorsionismo extremo, pero lo de torear, como decían nuestros mayores, es algo más que posturas. Quizá estos echarían de menos algo más de verdad en las maneras de este torero.

Si a los números echamos cuentas, el triunfador sería Ginés Marín, pero tampoco debemos hacer caso a las cifras, porque si esto es un arte, el arte no se puede medir por kilos, ni por metros, ni mucho menos por despojos. Que mala cosa es que a tus toros los dejes deambular por el ruedo, que lo dejes entre las dos rayas para que vaya al caballo, a un toro que apretaba el paso cada vez que veía la puerta de toriles al fondo. Y en toriles tuvo que iniciar la faena Ginés Marín, de dónde lo sacó a las primeras de cambio. Muletazos acelerados, con mucho pico, mientras intentaba encontrar los terrenos. Muy despegado, con mucha carrera entre trapazo y trapazo, muy despegado, mal acompañando las embestidas, hasta que le desarmó, entre las ovaciones del respetable. Toreo de frente, demasiado embarullado. Lo mismo por uno que por otro pitón, la canción era la misma, sin pararse quieto, mucho pico y siempre teniendo que recuperar el sitio a base de carreras. Entera muy trasera y, ¡alegría! La misma que sintió el personal al ovacionar la muerte del toro… ¡en la puerta de toriles! Bravura, ¿eh? Y una oreja, no sin la inestimable colaboración de los acemileros. Al cuarto le dejaron corretear a su antojo, sin que nadie hiciera amago de sujetarlo en las telas. El animal empezó a perder las manos en el momento en el que se le empezó a exigir un mínimo. Así fue en los comienzos por abajo, rodilla en tierra. Y así continuó entre trapazos, recorriendo todo el ruedo, hasta llegar a ponerse pesado.

Quizá algunos recuerden la presentación de Luis David (Adame) como novillero en Madrid, en el que hasta pareció apuntar cosas. Pues de lo apuntado no que da nada. Y eso que las verónicas de recibo fueron más que aseadas. Bonito galleo para llevar el toro al caballo (tapatías según me apuntaba el buen aficionado Xavier González Fisher desde allá en Aguascalientes). Se arrancó el de Montalvo y casi derriba al picador, pero en esta ocasión Óscar Bernal supo defender la montura, agarrándose en buen sitio. La segunda vara fue un picotazo entre derrotes del toro. Buen quite por verónicas de Pablo Aguado, al que respondió con unas zapopinas apartándose, Luis David (Adame). Comienzo de rodillas con la mano derecha, para proseguir, ya en pie, desplegando todo su toreo moderno. Muletazos empalmados, lo que le ayudaba a disimular el pico exagerado, muy despegado y desperdiciando cada una de las embestidas que le iba regalando el de Montalvo. Fue acortando distancias, hasta terminar con un arrimón. Entera recibiendo y una petición que el del palco no estimó. El quinto era un verdadero búfalo al que no sabía por dónde hincarle el diente. Acudió al caballo al paso, sin prisas o sin fuerzas, elijan. Desde los primeros muletazos la sosería ya era manifiesta, tanto como la ventajista vulgaridad del toreo de Luis David (Adame), lo que no le impidió alargar en demasía el trasteo, hasta llegar al bajonazo criminal. Y esto dio de si una tarde en la que ante el entusiasmo de tantos, uno no entendía por qué no tenía esas mismas sensaciones, que ganas daban de exiliarse a Tombuctú, pero en estos casos, lo mejor es respirar, reflexionar y echar mano a los recuerdos a aquellas lecciones que nos dieron y quedarme en cómo me enseñaron mis mayores.

sábado, 18 de mayo de 2019

Y el arte emigró a las Islas Kuriles


Le llamaban a eso de los telonazos el pase del Celeste Imperio, porque decían que era engañar como a chinos. no siempre tiene por qué ser así, pero muchas veces...


Que dicen unos señores muy serios y con cara de saber, que esto del toreo es un arte. Un arte magno, excelso y pleno de elegancia, gracilidad y sensibilidad. ¿Y quién es nadie para llevarles la contraria? ¿Quién es capaz de contradecirles ni aunque sea en una coma? Pues basta que echen una ojeada al cartel de la cuarta de feria y ahí mismo tienen a tres caballeros que ponen todo su empeño en demostrar lo contrario a lo que los sabios del arte expresan sobre esto de los toros. Que el que estos señores nieguen tal arte no quiere decir nada, pero… es que lo hacen con tal contundencia, que al menos a uno le hacen dudar. Que igual este llevar la contraria no es de palabra y hasta puede que ellos a si mismos se consideren artistas, pero como decía mi abuela, una cosa es predicar y otra dar trigo. Los tres caballeros, Joselito Adame, Román y Álvaro Lorenzo, igual predicar lo hacen de guinda, pero lo de dar trigo… ni para cuarto y mitad de galletas Fontaneda.

Que llegaban los toros del Tajo y la Reina, los de Joselito, para no liarnos, José Miguel Arroyo, no el otro. Que igual decimos eso de que vaya corrida ha echado y el maestro se nos ofusca porque nos ponemos tiquismiquis, porque no vamos vírgenes a la plaza a disfrutar, porque en seguida nos ponemos a juzgar, pero es que… De verdad maestro, que nos lo pone muy complicado, que no había terminado el tercio de varas del primero, ese que se quedó parado como un poste ante el peto y hasta el más cándido ya había perdido el virgo, que no ha dado tiempo ni a imaginarse ser pulcras doncellas al público de Madrid. Empezando por la presentación, que por no molestar, digamos que era rara; toros grandullones, algunos exagerados de cuernas, pero no tanto de cuerpo, con alguno con trazas de equino corretón. Aunque por esas cosas de la vida hubo que devolver dos a los corrales, el segundo que fue sustituido por uno de Torrealta y el tercero por otro de Montealto.

El primero correspondía a Joselito Adame, quizá la cabeza del escalafón de México, que nos venía a honrar con su visita anual a las Ventas. Le salió ya parado de primeras el del Tajo. No hubo posibilidad de picarle, le costó entrar al peto y eso que le dejaron a palmo y una cuarta. Pero incluso con esa evidente falta de fuerza y de ímpetu, en el comienzo del trasteo de muleta casi llega a poner en apuros a Joselito, no al ganadero, al otro, al Adame mayor. Este no encontraba el sitio, viento, probaturas, brazo largo, ideas cortas, el toro parado, pero que en un descuido que vio al espada al descubierto, ni se lo pensó. Faena de lejanías, despegado, para tras un metisaca sonrojante, concluir con un bajonazo ofensivo. En el tercero de la tarde entró en quites en el de Álvaro Lorenzo, intentando por chicuelitas que acabó con ese tercero por los suelos. Adame pareció querer ignorar que el toro ya renqueaba y aun no siendo su toro, insistió en el quite y la consecuencia fue que hubo que echarlo para atrás. Que para eso el mexicano se podría haber quedado muy quietecito y tener más consideración con el toro del compañero. A su segundo, el que hacía cuarto, le recibió con mantazos, parecía que el animal renqueaba, capotes al cielo, ahora sí que había que cuidar que el del tajo no besara la arena, ¿no? Mal primer tercio, dejando al toro tirado dónde cayera, aunque fuera entre las dos rayas. Sin picar y con el montado no dudando en levantar el palo en ese gesto que ahora tanto se jalea y que tan poco dice del que lo realiza, como de los que lo aplauden. A buenas horas los picas de antes iban a levantar la vara, por mucho que el jefe les dijera eso de vale, vale. Comenzó Adame con telonazos a dos manos con la muleta, para proseguir con lo de siempre, ese toreo moderno y desajustado que practican todos o casi todos, depende del día. Tan lejos le pillaba el toro, que un pase de pecho hasta dio la sensación de que el bicho no pillaba ni los flecos de la franela. Quiso concluir con un medio arrimón, muletazos de uno en uno, el péndulo y esas cosas que tanto gustan, a lo mejor a los mismos que jalean lo de levantar el palo y los bajonazos como el que le sirvió a Joselito Adame para cerrar su presencia.

Al primero que le tocó en suerte a Román, casi de salida, cuándo buscaba el capote del matador se derrumbó, quedando descoordinado, que si una mano. Que si parecía algo de la columna, el caso es que quedó inutilizado y hubo de ser sustituido por el de Torrealta. Y allá fue el valenciano, del que lo mejor que dicen de él sus propios partidarios es que es muy simpático y alegre, que si fuera monologuista, pues estaría bien, pero siendo torero, no sé. Que el día que salga enfadado, no le contrata nadie, ¿no? Primeros lances que más parecían latigazos, sin parar quieto, hasta enredarse con él peligrosamente. Sin poner al toro en suerte, este se fue al caballo y al no acertar el caballero con el palo, con el ímpetu del animal casi consigue que montura y jinete acabaran estampados contra las tablas. Lidia aperreada, como si le dieran descargas eléctricas. Primero muletazos por abajo, sin parar quieto, muy despegado, con el último extremo del pico de la muleta. Prosiguió en la misma tónica. Pico, enganchones, perdió la espada de mentira, eso que ahora llaman eufemísticamente ayuda. Cambio a la zurda y marcando la salida del muletazo antes de tiempo, con el consiguiente achuchón del toro. Más pico, más tirones y echándose el animal encima al acabar las series, muy acelerado y consintiendo que le tocara el engaño en demasiadas ocasiones, lo que hizo que se le complicara la cosa con el de Joselito, el ganadero, no el torero. Si bien es verdad que el viento molestaba, tiró por las manoletinas que tanto gustan a los que aplauden los bajonazos y que se levante el palo. Bajonazo medio recibiendo y petición de… ya saben. Y hay que agradecer a don Rafael Ruiz de Medina Quevedo, presidente de la corrida, que no ahondara en la desvergüenza de la plaza, evitando sacar el pañuelo blanco; y anda que los señores mulilleros no le dieron tiempo para pensárselo.

El quinto, segundo de Román, no parecía querer nada con los capotes, esperaba en los medios, escarbaba, que ya saben ustedes que según el nuevo tratado enciclopédico de Tauromaquia, el Esplá/Amón, esto del escarbar es cosa de bravos, que como no se aguantan tanta bravura, se dejan las pezuñas queriendo hacer un pozo llegue hasta las Antípodas. Mucho mantazo perdiendo terreno. Venga tirones y más tirones. Primer puyazo, leve, estando el toro entre las dos rayas. Levantaron el palo, para alegría de muchos, pero el del Tajo se quedaba encelado con el peto. En el último tercio Román quiso citar dando cierta distancia, con la diestra, para soltar su repertorio habitual de destoreo moderno, abusando del pico, brazo largo, desde fuera y echando al toro para fuera, para acabar enredándose en trapazos sin sentido cambiándose la muleta de mano, ahora por aquí, ahora por allá, pero en conclusión, poco o nada. Que siga tan simpático, porque al final va a ser a lo único a lo que se podrán agarrar sus fieles, aunque yo les confieso que aparte de sus condiciones como matador de toros, Román me cae bien.

Álvaro Lorenzo se las tenía que ver con el otro de la Reina, un toro que parecía más un ciervo y que ya de salida daba muestras de tener problemas en las patas, al que tuvieron que echarle los capotes al cielo para evitar que perdiera las manos y que duró hasta que Joselito Adame se obstinó en hacer un quite. Salió uno de Montealto, con unas hechuras de búfalo de las praderas. Le recibió Lorenzo con unas animosas verónicas rectificando. Entró al caballo al relance, puyazo muy trasero, cara arriba, el de aúpa sin acabar de atinar con el palo y venga la carioca. Un segundo picotazo y tras escarbar, ¡viva la bravura! Se fue en busca de la puerta de toriles, que igual ya no es síntoma de manso, sino de que el animalito llama a la familia para que vean que bien escarba en mitad del ruedo. Álvaro Lorenzo empezó pronto a dejarse enganchar la muleta, carreras, desarme, lo mismo por el pitón izquierdo, trapaceo por ambos pitones, con mucha sosería. Al sexto le tapaba un poco la arboladura que lucía, que ya decía que la presentación fue cuanto menos, rara. Como raro fue el tercio de varas, en el que no cabe ni eso que decían que no le picaron ni para un análisis. Complicado picar menos, pero muy complicado. Que tuvieron que llegar los banderilleros para que el animal se diera cuenta de que le administraban algo de castigo. Salió Lorenzo decidido, pero entre telonazos de inicio y ese toreo de pico citando desde fuera, más allá del hilo del pitón, enganchones, mucho trapazo y demasiada vulgaridad, acabó una tarde que parecía eterna, en la que el arte no asomó por ninguna parte. Tanto aburrimiento, tanto sopor y el arte emigró a las Islas Kuriles.