jueves, 25 de mayo de 2017

Lo que el señor Muñoz y compañía no logran entender


Los toros se debieron quedar en los chiqueros y echaron a esa cosa que no nos quitamos de encima, al menos mientras haya figuritas que se los traen debajo del brazo




Qué cosas, que ahora resulta que el señor Muñoz, don Emilio, el señor Amón, don Rubén y demás retransmitientes de las corridas por televisión, no logran entender cómo hay gente que no va a los toros a tragar más que una alcantarilla y a pasar una alegre y verbenera tarde de toros. Lo primero de todo, ¿ustedes creen que esto se aguanta yendo todos los días de guateque? Difícilmente, tiene quehacer algo mucho más importante y más grande que te impulse a ir un mes seguido a los toros y así durante años, que una juerga sin sustancia, sin fuste, ni sin fundamento. Pero esto seguro que ustedes ya lo saben, permítanme dudar que no lo puedan entender, a no ser que haya algo que desconocemos, que les nuble las entendederas. De la misma forma que el señor Apaolaza manifiesta que los comentarios vertidos durante las retransmisiones se hacen desde la honestidad, cosa que ni dudo, ni me atrevo a hacerlo, pero también le digo que muy frecuentemente las apariencias dicen lo contrario, pero bueno, ya dicen que a veces las apariencias engañan. Ya saben esa frase de “cariño, no es lo que parece”. Quizá ustedes no entiendan que el personal ya vaya amoscado al cartel en el que aparecen los de Núñez del Cuvillo, que desde hace años, demasiados, viene convirtiéndose en una corrida en la que la presencia es tradicionalmente es más que insuficiente, no permite medio puyazo entre toda la corrida, con un comportamiento poco propio del toro de lidia, aparte del inevitable baile de corrales. Y curiosamente, en semejantes tardes, asoman junto al de este hierro, los nombres de figuritas que restan más que aportan a la Fiesta de los Toros, esos que exigen respeto a los toreros, pero que al aficionado le hacen plantearse si ellos realmente respetan la Fiesta.



Señor Muñoz y compañía, quizá no entiendan por qué no se jalea a Juan Bautista por recibir a su primero con una serie de verónicas enmendadas, siempre con el pasito atrás, que el gentío se abronque al ver que el animalito no se aguanta en pie y que automáticamente los capotes se echen a las alturas, sin casi tocar la arena. Que no lo pongan en suerte, que no lo fijen y que apenas le despachen con un rasguño. Con la muleta el galo se lió a pegar muletazos a media altura al dócil Cuvillo, echándole para afuera, siempre metiendo el pico, lo mismo con la diestra que con la zocata. Quizá sigan ustedes sin entender el porque se protestaba la presencia de un animalejo anovillado, al que lo tiraban contra el peto al relance para no picarle, a riesgo de que mordiera el polvo por no sujetarse en pie. No entenderán la falta de entusiasmo con una pantomima de duelo en quites entre Juan Bautista y Talavante. O que los hubiera bien airados cuándo el señor Jalabert, estaba dispuesto a dejar pasar el rato delante de un moribundo, sin importarle los pitos y descontento del público, que tenía la sensación de que le tocaba tragar, simplemente para que el matador se justificara y quizá que justificara a alguien más, que en este caso debería andar por el burladero de la empresa. Y puestos a justificarse, un matador de toros, cuándo las cosas no ruedan como se desea, aún puede salvar su dignidad con una estocada en todo lo alto y no con un bajonazo, como el que soltó el maestro francés.



Ignoro si a ustedes, señor Muñoz y compañía, se les hizo comprensible el motivo por el que hace unos días la plaza de Madrid le concedió una oreja a Alejandro Talavante, igual sí, pero tan entendible es aquello, como lo que el extremeño ha “expresado” ante semejantes animalejos. Un segundo Cuvillo que salió pegando un respingo al notar el palo en el primer encuentro. Luego, hasta medio se dejó en el peto, lo que no nos debe confundir y hacer creer que fuera picado. Pero puestos a no entender, muchos tampoco entendieron por qué el señor Roca Rey, torero de alternativa, a estas alturas no solo no sabe colocarse durante la lidia, sino que ni tan siquiera hacía caso a las demandas que le pedían que fuera a auxiliar a los banderilleros cuándo le tocaba estar a su cuidado con capote en mano en el platillo de la plaza. Quizá les cueste a ustedes, señor Muñoz y compañía, entender que el aficionado no se entregara con una faena de Talavante basada en el excesivo abuso del pico, lo mismo por uno, que por el otro pitón, sin olvidar los enganchoncitos, ese alargamiento de brazo o el echarse al toro para afuera, sin dominar en ningún momento, dejando a semejante ejemplar a su aire y limitándose a acompañar el viaje. En el quinto tampoco varió demasiado el panorama, con apariencia anovillada, pero ya saben, “cariño, no es lo que parece”. Lo que no había por dónde cogerlo es al tercio de banderillas en el que la colocación, aunque el señor Muñoz y compañía no logren entender el mosqueo del personal, no tuvo otra causa que la nula colocación de los toreros, especialmente la de Roca Rey, que es posible que se pierda en un ruedo tan amplio y extenso, y en menor medida la de los que debían estar a la salida del par. Ya en el último tercio, el toro iba a su aire, sin encontrar un engaño que le sometiera. Talavante se puso a dar muletazos largando tela, sin rematar en ningún momento y limitándose a acompañar y en una de estas, por el pitón derecho, cuándo el matador le ofrecía la muleta demasiado torcida, el animal le soltó un derrote seco, que pudo haber sido bastante más de lo que fue, que ya fue bastante. Faena deslavazada, con más carga emotiva por la cogida, que por lo realizado por el espada, que acabó recetando una estocada muy caída, lo que aparentemente se viene llamando bajonazo, recibiendo. Se le concedió una oreja. El matador la paseó simplemente el trayecto que le conducía a la enfermería.



Lo que ahora mismo no sé es si el señor Muñoz y compañía sabrían explicarme las formas y maneras de Roca rey, a qué obedece que un señor de alternativa, aunque lleve dos medios días de matador de toros, no sepa ponerse en su sitio a lo largo de la lidia, especialmente en el segundo tercio, permitiendo que los compañeros banderilleros anden a cuerpo limpio a merced del toro, por muy Núñez del Cuvillo que sean, porque esos también cogen. Que igual el señor Roca Rey se piensa un palmo por encima de las nubes, pero cuándo se anda por el ruedo hay que estar con los pies muy en el suelo, que esto no es cosas de triunfos, orejas o algarabías festivaleras, que esto es muy serio. Y no es cosa de un despiste pasajero, es que el caballero faltó a su obligación las dos veces que le tocó auxiliar a los banderilleros. Que tampoco es que se esmerara en eso de lidiar en los dos que le correspondían, que eso de llevar el toro al caballo… si acaso, abandonarlos por allí en las inmediaciones del peto. Ya con la muleta saludó a su primero con unos telonazos, rematados con uno del desprecio con mucho desprecio o quizá, mejor dicho, con mucha desgana, que jaleó el personal. Señor Muñoz y compañía, no pretenderán que les hagamos entender porque hubo quién simplemente lo vio banal, ¿no? Derechazos empalmados, más que ligados, mandándolo a lo lejos engatusado con el pico, que no dominado. Lo mismo por uno que por otro pitón, con sus carreritas para recuperar el sitio, incluidas. Luego una de entre los pitones, estiramientos de brazos y un bajonazo que hubo que agarrar a los guindillas para que no se lo llevaran del tirón al calabozo. ¡Qué es el Roca Rey! Al sexto una ristra de capotazos mientras el de don Núñez del Cuvillo se tambaleaba y se esforzaba por no tundirse contra el suelo. Igual el señor Muñoz y compañía tampoco entendían por qué no llevaba el toro al caballo, por qué no ponía en práctica eso de ponerlo en suerte. ¿Ven? Aquí hay muchas cosas que muchos tampoco entienden. Aunque la cosa tampoco tiene mayor importancia, total, para que apenas le arañen con el palo. Comienzo desde los medios con banderazos culeros y barrigueros, en lo que lo único importante era que el animalito pasara, lo demás… Animalito para el que estar en pie era como conseguir la Champiñón Ligui. No había otro remedio que darle pasaporte y así terminar con esta infame, insufrible e incomprensible corrida de Núñez del Cuvillo, que irremediablemente volverá el año próximo, que hará que el personal ya vaya mosqueado a la plaza ese día, para que luego tengamos que adivinar lo que el señor Muñoz y compañía no logran entender.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Todos destastarillaos


El toro, que gran ambición, ¿quizá una utopía?

Lo que en los dominios de Albacete quiere decir que todos estaban inválidos, manga por hombro, esguardamillaos, desvencijaos, hechos una ruina, pa’l arrastre, o tía, que mal, ¿no? Lo que viene siendo un auténtico desastre. Ya la cosa no pinta bien cuando te anuncian dos hierros así, de cara, por muy de la casa que sean ambos, pero si ya asumimos que no juntamos seis válidos para Madrid, apaga y vámonos. Que se anunciaban los de Valdefresno y Fraile Mazas, encaste Lisardo y Atanasio, y que al final daba lo mismo lo uno, que lo otro, porque ni los unos, ni los otros eran capaces aguantarse en pie y ni tan siquiera esa rabia, ese arranque que otorga la casta les hacía sujetarse sobre las cuatro manos, según terminología televisiva, como los monos, las manos delanteras y las manos traseras. Que no me lo pregunten a mí, las reclamaciones a los señores comentaristas de las corridas por la tele. Que en tardes como la presente, la verdad es que en más de una ocasión resultaba complicado saber de que flojeaban más, si de las manos o de las patas.

Rendía visita Daniel Luque, ese torero al que Madrid siempre espera, los capitalinos están como locos por verle todos los días, si no se explican como los carteles no son él y dos más. Con su prestancia, su porte, su decisión, su simpatía y esa química con los tendidos de las Ventas. Tan decidido como siempre, tardó en decidirse a intentar que su primero dejara de corretear y cuando ya parecía que sí, se lo devolvieron a los corrales. Corrió turno y salió el otro de Valdefresno, que al primer o segundo capotazo casi hinca los dientes en la arena. No hubo ocasión de picarle, no fuera a ser que aún se tambaleara todavía más. Los picadores muy colaboradores ellos, acostumbrados a esos lugares de Dios en los que tanto se jalea el que apenas topa el toro señalar simplemente el puyazo, sin picar, se encuentran con que en Madrid les dicen eso de “hay que picar a los toros”, que igual lo entienden sin la “h”, “ay, que picar a los toros. Porque así se pasaron toda la tarde. Como la “h” es muda, quizá si dijéramos “jay que picar a los toros”, igual todo se aclararía. Resulta que un rato después apareció Luque, ya con la muleta preparada y el pico a punto para pasarse el animalito a prudencial distancia, para después ahogarle y ponerse muy pesado, que ya sabemos de su debilidad por Madrid, pero tampoco tiene que ser tan… ¿generoso? Y alargar tanto las faenas. El que salió cuarto, un sobrero de Adelaida Rodríguez, también se fue de vuelta a los corrales y le sustituyó uno de carriquiri. ¿Recuerdan aquellos torillos chicos, pero un picante que los hacían comparables con las avispas? Pues servidor tampoco. Este era un manso de libro, que a cuatro palmos de toriles ya le parecía estar demasiado lejos. Se intentó, acertadamente, cambiar la lidia a favor de querencia, pero como alguien debía tener prisa, al final Luque se lo llevó del tirón al que guardaba la puerta. ¡Fuera miserias! La verdad es que si le hubieran puesto las viudas, tampoco habría pasado nada. Se le picó como se pudo, pues en esos momentos no es para mirar rayas, ni rayos, hay que picar y punto, para que al menos se pueda poner el matador delante sin correr un riesgo innecesario. Esto no lo censuraremos jamás, si tras múltiples intentos de llevar el toro al caballo, en uno de ellos se logra que el animal tome el peto. Ahí hay que aprovechar y picarle todo de una vez si se tercia. Curiosamente, no quedó tan mal para la muleta como se podía pensar, que tampoco era de premio. Sí es verdad que no tenía una embestida franca, lo que propiciaba los enganchones, que unido a la falta de mando del matador, aquello se convertía en un trasteo soporífero y sin motivo.

Fortes se enfrentó a otro de Valdefresno que debería haber seguido el camino del primero. Por supuesto que lo de la suerte de varas era un imposible, con ese señalar el puyazo de forma ostensible por parte del pica, como si estuviera haciendo un favor a los señores que habían pagado por un tercio de varas, birlándoselo en su cara. Muletazos de rodillas, que como suele pasar, por esa imposibilidad de esconder la pierna y la poca movilidad del matador, aunque sean trapazos destemplados, suelen darse con la muleta más plana de lo habitual. Luego, ya de pie, las cosas volvieron a su ser, a los trapazos, al meterse entre los pitones, vulgar, haciendo que algunos no entendieran esos alardes absurdos que tan poco tienen que ver con el toreo. Su segundo, el quinto, fue más de los mismo, muletazos desangelados, sin poderle bajar al mano a riesgo de despanzurre, mientras el de Fraile Mazas deambulaba como un burro por el ruedo.

Menos mal que estaba Juan lal para animarnos, que delicia, por un momento a algunos nos transportó a años atrás, a los veranos de la juventud, a la plaza de Benidorm, dónde tanto gustaban los que calzaban de rosas y se ponían a hacer mojigangas delante de los pobres animalejos. Si hasta ese calorcillo estival se hacía sentir en el rostro. Ese Juan Leal que aún no ha acabado de asimilar eso del toreo de capote, ni para qué sirve, ni que con él se lleva y se saca a los toros del caballo, ni tan siquiera que si llueve uno lo puede usar para echárselo por encima y no mojarse. Ese recibiendo por detrás desplegando la muleta, que si se descuida, ni pilla toro, de lo vencido que iba el toro por ese lado. Más muletazos por el dorso y otros por el torso, sin saber con cuál quedarnos. Al final se los quedó todos él. No acertaba ni daba la sensación de que lo tuviera muy claro, de dónde ponerse. Pico, culo fuera, él muy, muy fuera, vulgarísimo y cuándo el animal ya se le aquerenció en tablas, ¡ay, amigo! Ahí se explayó, despatarrado hasta la más chabacana exageración, con invertidos, circulares, regañado con el toro, gesticulante, metido entre los pitones y por si le faltara algo, un traspiés en la cara del toro, que le ignoró por completo, que hizo que algunos perdieran la compostura y se volvieran locos ante tal desparrame de vulgaridad. Pobre Madrid. ¿Dispuesto? Pues hombre, sí, pero en el toreo, la disposición es el fascículo uno y el dos, que te lo dan de regalo, pero de ahí al ciento cincuenta y ocho hay que rellenar con otras muchas cosas y que van más allá de esa supuesta disposición. A su segundo, al que costaba llevar al caballo sabiendo, sin saber, imagínense, la eternidad. El de fraile mazas hasta empujó en el peto, aunque eso sí, con la cara alta y hacia afuera, buscando cómo salir de allí. El francés intentó reeditar su repertorio de tosquedades sin sentido, pero las carreritas entre muletazo y muletazo, el que se la dejara tocar en demasía y las dudas para ver por dónde le metía mano, hicieron que el personal se aburriera y que ni ese meterse entre los cuernos le levantara el espíritu. Ya era muy tarde y el festejo se había hecho demasiado pesado viendo ese desfile de inválidos descastados y es que, como dicen por los llanos de Albacete, estaban todos destastarillaos.

martes, 23 de mayo de 2017

Ahora me duele, ahora no me duele


A veces algo tan simple como un galleo, nos hace creer que es el preludio de algo grande, pero luego llega la realidad y...

Resulta frecuente el ver en el fútbol como algunos jugadores se tiran despavoridos en el área cuándo notan un leve roce aunque sea en la sombra, o los que se desvanecen al aproximarse un contrario, o sin tan siquiera acercarse, mostrando un dolor tan insufrible, que más que llamar al masajista, dan ganas de prepararle un viático, pero es ver cómo el señor colegiado le muestra la tarjeta al contrario o escuchar el pitido señalando un penalti, que se nos van todos los males del tirón. ¿Tendrá un pitido tanto poder terapéutico? Estaría bien que lo estudiaran en la Universidad Smiths and Smiths de Conneticut; y ya puestos, que incluyan en el programa si una vuelta al ruedo o el tener que correr delante de un novillo encierran los mismos poderes curativos. Entre todos hacemos una colecta y mandamos al novillero Jesús Enrique Colombo, a que los galenos estudien su poder de recuperación tan asombroso, que lo mismo cojea arrastrando la pierna, que se endereza como un pimpollo y pretende enhebrar dos vueltas al ruedo de una tacada. A ver si va a ser su preparación física adquirida en pegarse paseos por su cuenta por esas plazas de Dios. Que como comentaba Julio, un eterno compañero de localidad, esto es muy serio para montar ese teatro, que aquí pasan cosas muy duras para andar jugando con de esa forma tan infantil.

Eran los novillos del Montecillo, que sin ser la estampa del toro Diano, con dedo y medio más de pitones, podrían haber colado en alguna corrida que otra de las que llevamos de feria. Mansos en el caballo, cabeceando en exceso y haciendo sonar el estribo el primero, que no quería peto ni aunque fuera de lunares; al segundo le dieron más que a algunas corridas completas, empujando con la cara alta, mientras le tapaban la salida; El tercero, venga a tirar derrotes mientras también le tapaban la salida, para después tirar una cornada y repucharse sin sonrojo; el cuarto acudió con cierto ímpetu, pero el palo le descubrió, cuándo se lo quería quitar de encima; al quinto se le picó muy mal, poniéndolo debajo del peto, lo mismo en la paletilla, que en el carnet del videoclub; y al sexto, que no quería caballo ni convenciéndolo, le picaron mientras pegaba un arreón tras otro.

Abría plaza el venezolano Jesús Enrique Colombo, que se presentaba en Madrid, y que casi le vale la puesta en escena que tan bien le debe funcionar por otras latitudes. Torero banderillero, que no está mal y que al menos no parea tan a toro pasado como suele ser habitual entre los colegas de su gremio de matadores banderilleros. Muy acelerado, que lo mismo se liaba a pegar derechazos, que se cambiaba el trapo de mano y acababa por naturales, siguiendo con un repertorio muy a la moda, un toreo fashion que concluyó con muletazos de uno en uno y arremetío entre los pitones. A su segundo lo recibió hincando la rodilla en la arena, a un toro que ya se empezaba a parar. No esperen que les cuente que llevó la lidia, que puso el toro al caballo, ni cosas de esas, ¿no les he dicho que es un torero moderno? Pues eso, ¿entonces pa’ qué preguntan? Si es que le hacen a uno sacar lo peor de dentro. Más banderillas e igual que en su primero, solo dejó cinco palos, sin preocuparse del sexto, que si es necesario, lo tira a la arena con una soltura, como si lo estuviera haciendo toda la vida. En la muleta ese cuarto era una guinda, iba y venía en busca de la muleta, atravesadilla, que le mostraba Colombo. A la segunda tanda ya metió el pico sin disimulos, muy acelerado, sin templar jamás y con trampas que no debería emplear a estas alturas, pero ya se sabe, estos no quieren ser toreros, quieren ser recolectores de viveros de garrapatas. Fue aprovechando los viajes, hasta que el del Montecillo dijo basta. Encimista, ventajista, con las bernadinas que no podían faltar, para rematar de una estocada traserísima, trompicado, algún muy lógico si en lugar de hacer la cruz haces el carnero, saliendo muy dolorido del percance, pero fue doblar el toro y curarse, la cojera desapareció de repente. Petición a cargo de los impactados espectadores que vivieron como propia esa “tragedia”, de la que no quedaba ni rastro en la vuelta al ruedo que se pegó a pesar de los pitos y que si no le paran, estaba decidido a darse otra más o las que fueran. Vaya con el mozo.

Se esperaba a Pablo Aguado, pues los hubo a los que les dio buena impresión en anteriores comparecencias. Anodino con el capote, con la muleta, tras un inicio por ambos pitones, fue avisado por el pitón derecho. Se sacó al novillo de su querencia, para continuar desganado, con mucho pico, sin pararse, enganchones, carreritas y un bajonazo que en algunos países se castiga con galeras. Parecía que en el quinto se iba a desquitar, con un airoso galleo para poner el toro al caballo, lo que al menos parecía una declaración de intenciones, unas chicuelitas apretadas y al querer comenzar la faena de muleta por ayudados por alto, el toro le trompicó primero y se le coló después, para ir perdiéndose en pases sin fundamento, que era lo que precisamente exigía ese quinto, toreo con fundamente, de mando, con poder, sin permitir lo que permitió, que poco a poco fuera el animal el que se fuera haciendo el amo. Serie de frente, pero ya estaba todo hecho o mejor dicho, nada estaba hecho y no daba tiempo a más, porque ese picantito acabó abrasando el paladar de Pablo Aguado.

Y acabábamos con Rafael Serna, que definitivamente, no compareció. Desarmes y enganchones para recibir a su primero, multitud de capotazos, con la muleta lo primero que tuvo que hacer es sacar al novillo de los terrenos de toriles, para después de un trasteo insulso, acabar allí mismo, dónde el del Montecillo quería. El sexto ya salió pegando arreones y así continuó durante toda la lidia, para además hasta cruzarse con peligro por el derecho; trapazos con el palito agrandando el engaño, más muletazos andando por la cara, para acabar de un ilustre bajonazo. Que no sé si servirá de consuelo, pero es que este es el panorama de la novillería en este momento, parece que ves uno y has visto todos y no sé si es por falta de personalidad o porque todos tienen el ansia de parecerse a todos. Eso sí, dice mucho de ellos el que no haya demasiados que pretendan hacer de esto una comedia y como si fueran futbolistas tramposos que quieren engañar al árbitro, lo que tanto les duele se cura con un penalti, una oreja, una tarjeta amarilla o con que doble un novillo. No parece muy serio, ni respetuoso ese juego del  ahora me duele, ahora no me duele.

Enlace programa Tendido de Sol del 21 de mayo de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-21-mayo-2017-audios-mp3_rf_18812487_1.html?var=web376&utm_expid=113438436-40.gUPDUg6WTJSAl0nGhGrIGA.1&utm_referrer=https%3A%2F%2Fwww.ivoox.com%2Fpodcast-tendido-sol_sq_f1254883_1.html


sábado, 20 de mayo de 2017

Madrid es plaza de primera, honradla


El toreo, tan simple y tan difícil, reconcilia a todo el mundo sin fisuras

La demanda de los chavales de Madrid, de esos jóvenes que en los pocos años que llevan yendo a los toros, si lo comparamos con muchos que vieron asomar las canas toro a toro, pero a los que les duele el ver la forma de como algunos tratan a su plaza. La juventud es osada, con mucho que aprender y con ese desparpajo a veces insolente y otras encantador de los no muchos años. Estos se creen que van a arreglar el mundo del toro; igual no, pero, ¿por qué pretender segarles de golpe la ilusión? ¿Por qué les vamos a quitar la idea de querer defender su plaza? La plaza que recibieron en herencia y que ven en serio peligro. Con toda seguridad que se equivocarán, mil y una vez y mi más, pero no se les puede negar ese derecho, ni que aprendan de sus errores, pues claro que sí, ¿o es que alguien ha nacido ya enseñado? Si queremos que aprendan, habrá que permitirles que cursen ese aprendizaje, que no todo va a ser censurarles y echarles en cara su juventud, que por otra parte se cura con los años. ¡Bendita enfermedad que a muchos nos gustaría volver a padecer! Esa chavalería, dicho con el máximo cariño, que protesta, que se revuelve y que el día de la Corrida de la Prensa ha mandado un mensaje, una demanda clara, enérgica y sincera: Madrid es plaza de primera, honradla. Y ahí queda eso. Toda una exigencia y declaración de principios, en la que se encierra la intención de no dejar que violenten su plaza, el que defenderán el honor y prestigio de esta y que mientras ellos puedan, demandarán que les imiten honrándola.

Y de manera parecida a lo que llevan haciendo desde hace tiempo y con especial intensidad desde el comienzo de esta feria, han protestado y denunciado desde la dura piedra de Madrid el fraude y la frivolidad que unos quieren imponer y otros consentir. Desde que asomó el primero del Puerto de San Lorenzo las protestas apenas han cesado. Qué curioso, esta ganadería parecía que había iniciado el camino de una remontada que se adivinaba larga y empinada y ha bastado el ser anunciada con unas figuras, para que vuelva a zambullirse en el fuego del infierno taurino. Toros que ni parecían de este hierro, ni Atanasios, ni Lisardos, ni tan siquiera toros. Presentación impropia de esta plaza y con un comportamiento de acémilas descastadas que ha llegado a desesperar. El primero ya fue devuelto por manifiesta invalidez y le sustituyó uno de Buenavista, al que Castella hizo poco caso durante la lidia, algo que tampoco es nuevo. Ya el animalito miraba con ojitos a la puerta de toriles, mientras Castella se esmeraba en muletazos con la pierna de salida escondida y atravesando la muleta para evitar que le pasara más cerca de lo conveniente, según los criterios de la tauromaquia 2.0. Derechazos empalmados, que no ligados, sin rematar. Lo mismo se echaba la muleta a la derecha que a la zurda, pases por detrás, banderazos, alargando el trasteo hasta más allá del primer aviso. Si a ese toro le hubiera dado dos tandas a ley, tengan por seguro que no habría aguantado tanto en pie. Y a pesar de la estocada traserísima y los dos descabellos, hasta hubo petición, mientras esos jóvenes se hacían oír defendiendo el buen nombre de su plaza. A su segundo, ya del Puerto, le dio la misma lidia, esa que consiste en dejarle a su aire, aunque a veces el número de capotazos supere los límites recomendables y soportables. Más vulgaridad con la muleta, con trapazos destemplados, dejándose tocar la tela en exceso, muy fuera, para acabar en las inmediaciones de toriles. Parsimonioso el galo, Se entretiene en exceso hasta para cuadrar el toro, montar la espada y tirarse tras ella. Hasta el toro se aburría de tanta lentitud. Hubo de matar el sexto por cogida de Javier Jiménez, lo que hizo sin problemas.

Javier Jiménez se encontró con uno del Puerto que se tropezaba hasta con el aire y debieron pensar que el ejercicio le rehabilitaría de su invalidez manifiesta, que se pusieron a pegarle capotazos, como si no costaran. Por supuesto que no se le picó, faltaría más, como a sus compañeros. Las fuerzas no les llegaban ni para un cachete en el morrillo. ¡Qué desesperación! Y para colmo, quizá por esa falta de fuerzas y queriéndose defender, el animal empezó a echar la carita arriba. Un muletazo y al suelo, otro más y a despanzurrarse en la arena. Javier Jiménez no parecía tenerlo muy claro, si citarle por el derecho, el izquierdo o llamar a los camilleros. No había nada que hacer pero al menos el matador respondió de la única forma en que podía hacerlo, tirándose a matar entregado y cobrando una estocada entera. El sexto hasta se arrancaba con alegría al caballo, pero ya en el peto buscaba darse la vuelta, con la cara muy alta, esperando poder deshacerse de ese palo incómodo. Comenzó el sevillano con muletazos con la mano alta, el toro tiraba derrotes y en uno de estos le prendió, manteniéndole sobre el pitón una eternidad. Como ya he comentado, se tuvo que ir a la enfermería, ocupando su puesto Castella.

A Alejandro Talavante había quién le esperaba como figura de la modernidad, otros solo veían a un torero perdido definitivamente y otros con la ilusión de verle hacer el toreo, pero creo que de estos no había muchos. Al primero suyo no es que se le picara mal, es que no se le picó y encima el palo se lo apoyaron en mitad del lomo. La verdad es que se mascaba la apatía que transmitía el extremeño. Capotazos y capotazos, sin encontrarle el sentido a tanto sacudir las telas. Ya en la faena de muleta, trapazo tras trapazo, dejando que le tocara demasiado las telas. Derechazos sin templar jamás, lo mismo al natural, pico, para acabar frente a toriles. Un pinchazo y cinco golpes de verduguillo y a olvidar al del Puerto. Para hacer quinto salió un inválido más del Puerto de San Lorenzo, una cabra de Torrealta y el definitivo, un buey del Conde de Mayalde, grandón, gordo, cornalón, que nadie aplaudió, aunque haya quién piense que estas moles gustan en Madrid. Al menos este sirvió de descanso para esa juventud que llevaba un buen rato desgañitándose protestando invalidad y chivas. Salió olisqueando la arena, frenándose y hasta cruzándose por un momento por el pitón derecho. Picotazo y corriendo al picador reserva, dónde ya se empleó más, la búsqueda de la libertad perdida. Empezó Talavante por el pitón izquierdo, dejando que al ir a rematar le enganchara en demasía la muleta. Un natural templadito y ahí empezó una lucha del que quería y del que no se entregaba. Y en esta disputa, mientras Talavante buscaba y buscaba, surgió el milagro, fueron solo unas ráfagas, pero hacía tanto que no se veía torear. Quizás dos naturales y un derechazo, porque no fueron más, tirando del toro y rematando el pase atrás. Faena de altibajos, intermitente, pero en la que asomó el toreo. Tres pases de pecho hondos y toreando y una estocada entera y algo defectuosa de colocación, pero tras tirarse a ley. No va a ser la faena de su vida, ni tampoco para ponerle un azulejo, pero al menos recordó lo que es el toreo. ¿Y qué hacían esos inconformistas y protestotes de los jóvenes de la grada? Igual pensarán que protestar, porque es su condición, pero no, no se equivoquen, porque ellos, como todos, quieren disfrutar el toreo, aunque ahora dicen que hay que emocionarse. Vieron como un torero toreaba y un toro obedecía los engaños, según mandara el matador. Fueron unas gotitas, pero estos, como toda la plaza, lo supieron apreciar, lo que no quiere decir que s descabalgaran de sus convicciones y de esa frase tan cortita y tan llena de contenido que dice: Madrid es plaza de primera, honradla.


viernes, 19 de mayo de 2017

¿Nos hemos portado bien?


Cuando un banderillero aporta más que los maestros

Que no tengan queja de la afición de Madrid, cualquier cosa menos ofender a los taurinos, que no se nos vayan a contrariar por un quítame allá esas pajas; pídannos lo que quieran y sus servidores de la plaza de las Ventas nos entregaremos en cuerpo y alma para satisfacer sus caprichos, por absurdos, injustos y estúpidos que sean. No hará falta que tengan que llegar a entender a esta afición, a saber de sus gustos, de sus filias y sus fobias, no piensen que para Madrid lo primero es el toro y después la verdad del toreo, que no les llenan pinturerías vacías, ni retahílas trapaceras sin fundamento ninguno, despreocúpense de eso. Que Madrid cumplirá sin rechistar con la función del buen aficionado: pagar y callar. No importará que se sienta estafado, engañado, timado, afrentado, no respetado, ni tenido mínimamente en cuenta. Si ustedes quieren jalear a ganaderos que crían reses a las que ni el más optimista podría llamar toros de lidia y a esos mismos engendros infames que cuelan como tales, pues adelante. Que se ven en la necesidad de justificar tanto incompetente que viste de luces y que podrá empalmar docenas y docenas de pases amarrados a la mentira del toreo, pues no solo se justifican, sino que se les ensalza de la manera en que se hizo con los maestros eternos. Que se quieren doblegar a esos soberbios y caprichosos enterradores de la Fiesta, pues cuerpo a tierra. Y si se da el caso, hasta el silencio entregamos en ofrenda para que los transeúntes devoradores de pipas, yintonis o bocadillos de record puedan jalear groseramente la vulgaridad y lo que ellos consideran algo divertido. Pero por favor, no pidan a esta afición de Madrid, bullanguera, ruidosa, indómita, díscola y con formas de ver el toreo a su manera, pero que siempre se ha entregado como ninguna al toro, toro y al torero que se ofrece al torero eterno, a estos no les pidan que echen ni un puñado de tierra sobre el cuerpo inerte de la Fiesta de los Toros, esa que quisieron mantener viva, pero que toda esa gente se empeñó en apuntillar, porque era divertido, porque no cabía la crítica y la exigencia. Entiérrenla ustedes solitos y si les apetece, háganlo con sus pipas, sus yintonis, sus bocatas, sus orejas infestadas de garrapatas, mientras unas figuras carnavalescas las portan con el estúpido orgullo del que un día vio amanecer y se pensó que había descubierto el día y la noche.

Líbrennos los dioses de afear la corrida que al final logró componer Parladé con un remiendo imposible del Montecillo. Con el trapío propio de una plaza de tercera, motivo por el cuál más de media plaza no solo no entendía las protestas, sino que además le molestaban. Flojos, incapaces de cumplir en el primer tercio. El primero cabeceaba con desenfreno, el segundo, que era el quinto antes de que se corriera turno al devolverse el titular, anduvo a su aire, sin que se le amagara con picarle ni un poquito; el tercero que se quería quitar el palo, no fue picado; el cuarto pegó sus arreoncitos en el reserva, para solo dejarse ya a contraquerencia; el mulo quinto no quería ni que le hablaran del palo; y el sexto, que parecía que quería empujar cuándo le tapaban la salida, también se libró de las inclemencias de la puya, no fuera a ser que se derrumbara, como parecían amagar sus hermanos.

Curro Díaz recibió con garbo a su primero con verónicas, rematadas airosamente a una mano. Tras un desarme le puso en serios apuros, pero poco más, faena a un cuasi marmolillo, con lo justo para cubrir el expediente. Al cuarto no es que le hiciera demasiado caso, tú no te metes conmigo, ni yo contigo. Luego vino una faena de haber si me pongo bonito y se me entusiasma el personal, pero unos no debían estar en su día y otros, que el cielo les perdone, censuraban su toreo perfilero, escondiendo la pierna de salida y apoyado en el abuso del pico. Tampoco el animal daba para mucho, confundiéndose por momentos sus andares con los de una acémila del Rocío.

Los revisteros y algunos espectadores aseguran de que Paso por las Ventas un tal Fandiño, que da la sensación de que si pudiera pasar, como en el mus, pasaría a todo, a grande, chica, pares y juego y hasta al de oca a oca y me las piro, porque me toca. Pero la cuestión es que no asimila el que el personal no le jalee los trapazos indecisos entre carrerita y carrerita para recolocarse, mientras dejaba pasar el rato. Al manso y complicado quinto, no le quiso ni ver, con un pitón derecho imposible por el que cortaba un mundo y un izquierdo por el que aprendió en seguida lo que había allí. Solo Víctor Manuel Martínez puso las cosas en su sitio con un par a ley, del que resultó cogido al intentar salir del embroque. El animal no tenía ni un pase, ni medio y a los dos segundos el matador se dio media vuelta para ir a por la espada. Los más optimistas pensaban que podía ser una buena idea, que le machetearía por abajo con rotundidad, para en el momento en que le pidiera la muerte, cuadrar y tirarse detrás del estoque, pero ya digo, eso era cosa de optimistas. Volvió y le soltó una entera que hizo guardia y en mitad de la bronca se permitió hacer gestos al que con su óbolo iba a colaborar en que él cobrara por no querer estar, que estando sin estar, al final, cobró. Y de esa gente a la que dedicó esos amables gestos de soberbio incompetente al que no se le vio ni un gesto de torero.

Mal se comportó la afición de Madrid al no hacer salir a saludar a David Mora al finalizar el paseíllo, tras su última hazaña de escuchar los tres avisos en su última comparecencia. Los méritos siempre deben ser reconocidos y en esta tauromaquia 2.0, parece ser que eso del toro al corral es mérito para ser reconocido allá dónde vaya. Pero Madrid es Madrid y no hay que darle más vueltas. Con su primero, quizá por eso de castigar al personal, se puso muy pesado, empezó con pases por detrás y por delante, para a partir de ahí soltar de golpe su repertorio de destoreo recién llegado de París. Muleta atravesada, cites fuera, al hilo del pitón y sin amagar tan siquiera con rematar uno de sus trapazos. Y como Mora es altote, se debió atracar de toro y dejó una entera muy trasera. Al sexto lo recibió a la verónica en un entre medias de echo el paso atrás, que si, que no, que parece que no, pero que sí. Dos pares de mérito de Ángel Otero, ganando muy bien la cara al toro. Inició el último tercio con latigazos por abajo, con el Parladé tomando la muleta con ímpetu. El espada se limitó a aprovechar los viajes, pero sin mandar jamás, sin aplicar el temple en ningún momento y los mismos defectos de siempre en cuanto a la colocación de él mismo y del engaño, muy fuera, incluso con enganchones, hasta que el animal se fue parando. Nueva entera trasera y el presidente, un as de la cibernética, debió contar los pañuelos, los multiplicó por dos y decidió que había mayoría. ¡Zas! Orejita, hala Madrid ya se portó como los niños buenos y el señor Mora se pudo llevar su vivero de garrapatas para casita y lo pasado, pasado. Y ya solo nos que da preguntar a los señores de la tele, a los de los medios oficiales, a los que van a divertirse, a David Mora, a la cuadrilla de David Mora, al coger de David Mora y a quién sea pertinente, ¿nos hemos portado bien?


jueves, 18 de mayo de 2017

Cuánto racaneo pa’ na



Algunos, más que asomarse al balcón, parecen apoyados en el quicio de la mancebía

Aquí o cambia la cosa o no vamos a ninguna parte, porque entre los díscolos ya archiconocidos que desahogan en una plaza de toros lo que no les dejan expresar en casa; un presidente que niega un cuarto par y que para más INRI niega un despojo a un torero; tres toreros que no se estiran para al menos regalarnos un capotazo o un muletazo que nos llene el ojo, da igual quién, que se pongan de acuerdo entre ellos y lo decidan; seis toros que entre todos no son capaces de aguantar un puyazo y seis picas que ni por asomo parecen decididos a dejarnos un puyazo en lo alto del morrillo, que también se pongan de acuerdo, que lo hagan a suertes, el que saque la pajita más larga, ¡Pum! Premio, a picar. Pero un poquito más de generosidad, ¡hombre! Que el personal se estira menos que una liga de madera.

Yo no sé ustedes, pero cuándo vi salir al primer Fuente Ymbro, feo y justo de trapío, como todos, una vez espabilado de su siesta, y que el Fandi le recibía con dos largas de rodillas, me: hoy va a ser el día. Que tengo yo ilusión de ver triunfar a este chico, pero no me ha durado mi neofervor fandinista ni dos suspiros, ha sido  verle un quite por, ¿cómo diría yo? ¿Chicuelifalleras? Mitad chicuelitas, mitad tafalleras, que ya me ha dejado tocado. Imposible picar a su toro, no fuera a ser que se derrumbase, pero como todos sus hermanos, que entre todos igual juntaban un raspalijón. Y feos y mal presentados, que no se imaginan. ¿Qué le habría costado al ganadero juntar una corrida medianamente presentable. A unos los cría con maíces raros, pero a estos les debió dar altramuces. Tras ese no tercio de varas, el Fandi calentó motores y tomó las banderillas. ¡Ufff! Que lo de las carreras uno ya lo tiene asumido, pero clavar todas las veces desde el costado. Menos racanería y un poquito de generosidad con el aficionado. Y como el tercero le salió cuchuflús, pidió permiso al usía para que le dejara poner el cuarto y yo les confieso que me pareció que se lo dio, pero que el maestro no se enteró y siguió rogando, pero para esos momentos el del palco ya dijo que nanay, porque sí. Cómo se puso el Fandi, y con razón, que la tenía, porque no le dejaron destrozar otro par. Estaba tan muerto el bicho, que casi no permitió que le metieran el pico, ni casi trapazos, pero en el cuarto se desquitó. A este empezaron dándole dos mil capotazos, mantazo arriba, mantazo abajo, pero él erre que erre, que buscaba la querencia de manso. Nuevo show en banderillas y esta vez, el granaino, que otra cosa no, pero avispado es un rato, en la tercera entrada cogió dos pares y como los anteriores, también los destrozó, incluido el del violín. En la muleta el Fuente Ymbro iba y venía que era un gusto, al más puro estilo toro de la modernidad. Anda que no le endilgó series Fandila, ya no nos quedaban dedos en las manos para contar las tandas y al que contaba los muletazos a ley le sobraron los diez dedos y los reservas de las extremidades inferiores. De rodillas empalmados que no ligados, por el izquierdo sacando el culo, con perdón, por el derecho, por todas partes, para terminar en toriles, amablemente invitado por el mansito noblón. Bajonazo dejándole el trapo tapando el sitio de la espada y petición que el señor presidente no escuchó. ¿Había pañuelos? Vaya usted a saber. ¿Había méritos, incluyendo el sablazo y los dos descabellos? Pues no. Pero el Fandi se habrá ido pensando que hay muchas racanería por aquí.

Miguel Ángel Perera ha estado, ¿cómo se lo diría yo? ¿Recuerdan ustedes las faenas del último lustro de este torero? Pues igual, pero aún con menos ganas. Ni el mimo de Curro Javier en la lidia del segundo le animó. Mucho trapazo intercalado de carreras, para eso, para no llegar a nada, si acaso a un bajonazo trasero, más allá incluso de la paletilla. A su segundo, el quinto, que fue el que más se empleó en el caballo, que no quiere decir que le aplicaran castigo alguno, le aplicó la misma faena, con las mismas carreras, con los mismos retorcimientos y la misma muleta atravesada. El toro tampoco tenía mucho, pero como este torero, al igual que muchos, parece que trabaja con taxímetro, pues nada, se lio a dar rodeos y más rodeos, para justificar la factura por su actuación.

El tercero era José Garrido, al que para abreviar se le podía casi aplicar lo mismo de siempre y del toreo moderno, pero con ademanes de artista consumado. A su aire en el primer tercio, mal colocado, a veces circulando por el ruedo como un bulto sospechoso. Con la muleta inició desde los medios, llamando al Fuente Ymbro que andaba entretenido en las tablas. Tandas nada templadas, abusando del pico, brazo estirado y teniéndose que recolocar a cada momento, haciendo con las piernas lo que no consigue con la muleta. Si bien es cierto que los muletazos iban ralentizándose, no por mando, sino porque el animalito ya se estaba quedando parado. Quizá tenía una orejita en el esportón fruto de ese toreo modernista de masas, cuando un pinchazo hondo y dos golpes de verduguillo acabaron con sus ilusiones. Asomaron pañuelos vociferantes, pero el usía estaba rácano, no había manera. ¿Qué más le habría dado a él? Ni que pagara él la juerga. Ya en el sexto no quedaban ganas pa’ na. La misma historia del caballo y a la muleta, que es lo que vale hoy en día. No había hecho nada más que mostrarle la pañosa al toro y al suelo rodando. Pues sí que empezamos bien. Mucho retorcimiento, mucha vulgaridad, enganchones y falta de todo, lo recomendable, y abundancia de todo, lo no recomendable. Y así acabamos otra más, con el run run del cuarto par, de la oreja no otorgada y el no permitir la felicidad en el personal que con tanta ilusión había ido a ver a los de Fuente Ymbro, al Fandi, Perera y Garrido y es que al final, cuánto racaneo pa’ na.

miércoles, 17 de mayo de 2017

El público tiene la culpa


Ahora, más que nunca, se recuerda a Joselito.




Da gusto comprobar la atención que desde diferentes puntos, desde los micrófonos de la tele especialmente, dirigen al público de Madrid. Mi enhorabuena, eso es saber orquestar una campaña contra un posible enemigo que pueda echar a perder, aunque sea momentáneamente, el plan de adormecimiento y anestesiado del que algunos dicen los últimos díscolos del mundo de los toros, los que no permiten no que la Fiesta crezca, sino que estas gentes puedan deambular a sus anchas y sin temor a que nadie les diga que no. Madrid de repente se ha vuelto loca, de un tiempo a esta parte no permite que los toreros expresen y un sector, siempre es un sector, se ha convertido en un elemento insoportable que solo piensa en sabotear esta verbena, descargando así su amargura. Y lo peor de todo es que se creen que saben porque gritan. No hombre, no, lo único que pasa es que a muchos habituales ya les sangra el alma de ver como tarde tras tarde y año tras año, le roban la cartera con inválidos y con señores que se visten de luces. Pero que ni de lejos tienen la intención de actuar como matadores de toros. Pero igual es que este año el señor Casas, don Simón, se siente especialmente afectado por las protestas y preferiría que de una manera o de otra. Sean silenciadas per secula seculorum. Y entre los señores de los micrófonos y los que les escuchan desde sus casas y una tarde les da por asomarse a las Ventas a ver al paisano, pues ya tenemos el montaje a punto.

En la tarde anterior se enfadó mucho el paisanaje de los tres acartelados y se habrán enfadado los de hoy y lo harán los de mañana y pasado y al otro y al otro, porque resulta que hay unos tipos amargados y mal encarados, que pagan religiosamente su entrada y que están dispuestos a muchas cosas, pero no a que les engañen y les guinden el precio de la entrada dándoles inválidos por toros, ni figurines por matadores de toros. Eso sí, estos educados transeúntes, fieles a la doctrina seguida por el señor Fernández Román, por el señor Amón, el señor Apaolaza, por el señor Muñoz y por don Maxi, del que ignoro su apellido, no dudan en mandar callar al disidente, ni exigirle que no venga o que se vaya, simplemente por no tener la misma opinión. ¡Ole, ole y ole! Y que viva el espíritu democrático y las buenas maneras de estos caballeros con unas tragaderas más amplias que el Canal de Panamá.

Estos díscolos son los culpables de que el señor del Álamo no sea capaz de recoger un toro sin rectificar a cada lance, de que a su primero no se le haya podido picar por riesgo de derrumbe del animal oque ya en la faena de muleta el salmantino se haya entretenido en dar tandas y tandas de trapazos largando tela, sin llevar jamás toreado al de Lagunajanda, abusando del pico de la muleta, de que el animalito no se sujetara en pie y de que se le despachara de un bajonazo insultante. También puede ser responsabilidad de Madrid del tipo chivo que hizo cuarto al que abandonaron a su suerte en el caballo, de que no se le pudiera picar mientras cabeceaba desesperadamente o de que nuevamente el matador deambulara entre muletazos desganados, enganchones y sin poner jamás la muleta plana y de que se pasara el toro allá en las lejanías, de que haya pasado como un alma en pena, como tantas y tantas veces, pero sin el valioso apoyo de sus convecinos mirobrigenses.

También es culpable la afición venteña, perdón, un sector de reventadores y saboteadores amargados, de que el primero de Jiménez Fortes saliera ya dando traspies y de que le tuvieran que poner a palmo y medio del caballo, pero tan poquita fuerza tenía, que ni podía empujar, aunque el animalito quisiera. Debe ser que ese grupito forzó a Fortes a recibirlo de rodillas para que acabara liándose de mala manera y ya de pie, liarse a pegar trallazos sin ningún asomo de temple. Que tanto, tanto atravesaba la tela, que el animal se le colaba una y otra vez, defecto que no pareció intentar resolver el torero. Se le apreciaba voluntad, pero poco más, enganchones, mala colocación, llegando a hacerse pesado, pero como tenía ganas de estirar las piernas, se dio la vuelta al ruedo, eso sí, obviando las protestas de los malotes del barrio. Es más, en estos casos tenían que ser dos las vueltas. Quizá en su segundo fue desde los tendidos desde dónde le hicieron culebrearcon el capote  peligrosamente en la cara del toro, lo que tampoco me extrañaría, porque además de los vociferantes, están los educados que se levantan, entran y salen o se ponen a llamar al cervecero cuándo les sale de ahí mismo; y no les digas nada, que te la arman, pues no son ellos nadie. Pero estábamos en el quinto, que aún con un solo pitón, puso en apuros al picador, que se esmeraba en taparle la salida. Tras un desastroso y desordenado tercio de banderillas, que vaya usted a saber por culpa de quién, recibió al toro con telonazos, un invertido con la izquierda, prólogo de un repertorio en el que no se acababa de saber a dónde quería llegar. Para que luego digan que la gente se solivianta. Si es que crean mucha inquietud ese no saber a dónde quieren llevarnos. Una faena de esas que gustan en esas plazas de Dios, pero que los exacerbados  madrileños no acaban de entender, pero que se pongan como se pongan, tienen que aguantar ese trasteo largo, largo, largo y más aburrido que largo, largo, largo y más insustancial que ...

Y acababa Román su feria. La verdad es que le vamos a echar de menos, porque torear, torear, no sabrá mucho, pero, ¿y el afán que le pone? ¡Ojo! Que servidor ha oído por ahí que el chaval poco menos que ha toreado como los ángeles, pero ya saben, es lo que tiene el ser de Madrid, que se nos nublan los sentidos. Lo que sí que se le vio es poner el toro al caballo y dejarlo en buen sitio, que ya es de valorar. Lo que no era garantía de que no cabeceara, ni que no se le pudiera picar. Complicado por el pitón izquierdo, esperando a los banderilleros, para en el último momento pegar el arreón. Eso sí, ya en la muleta, puándole citaba dándole distancia, el toro iba a la muleta, mejor por el izquierdo, pero el valenciano se limitaba a ofrecerle la muleta torcida, sin templar y teniéndose que estar recolocando entre pase y pase. Como la cosa no iba para arriba, tiro del recurso de meterse entre los pitiones, siendo enganchado en una ocasión, lo que enardeció al respetable y si no hubiera sido por tanto fallo con los aceros, seguro que habría tenido petición, pero de los buenos, no de los siesos de Madrid, que esos no dan ni un respiro. Al sexto, que fue ovacionado de salida por su imponente lámina, le abandonaron a su suerte cerca del caballo, al que fue con la cara muy alta, tapándole la salida y con dificultad para sacarlo del peto, especialmente mientras él estaba por dentro, pues se enceló con el caballo y no había manera. Bien cogido en el segundo encuentro, mientras el de Lagunajanda quería buscar el estribo izquierdo del penco. En el desorden y falta de atención de los capoteros durante el segundo tercio, hasta pudo lamentarse algún mal revolcón, mientras el toro se empezaba a adueñar del ruedo. Ya en la muleta, Román tenía la oportunidad de demostrar su torero ante un animal que no lo ponía fácil, pero al que daba la sensación de que se le podrían hacer cosas, cosas que por otro lado tendrían su valor, precisamente porque se lo daba el propio toro, pero esa mala costumbre de pegar pases y no de torear, es la que hizo que Román no consiguiera un triunfo de verdad, pero como pasó con sus compañeros, fue él que no hizo las cosas, el que no supo y nadie más, aunque si hacemos caso a esos señores, y a algunos más, de la tele, si no se triunfa en Madrid es que el público tiene la culpa


martes, 16 de mayo de 2017

No proteste que se me bloquea el móvil


A veces nos recuerdan demasiado a las capeas, con ese ir cazando muletazos allá dónde pillen toro.


Con lo bonita que estaba la tarde, cálida, con el solecito ese agradable que no aplasta, el día del patrón, un cartel de primor y la plaza casi llena, con un ambiente tan amable, como ñoño. Lo primero se percibía a la legua y lo segundo se sufriría un ratito después, justo cuándo empezaron a torcerse las cosas, nada más salir el primer toro, y cuando empezaron a pensar que las protestas podían chafarle la tarde. Ellos, experimentados aficionados, que van, haga frío o calor, una tarde por año, aunque luego sean de los que te preguntan a finales de abril que ya pronto empezarán los toros, sin echar cuentas de que a esas alturas ya los hay que han pasado frío y calor por un tubo en la plaza de Madrid. ¿Y el garbo con que manejan el móvil para estar mandando fotos de los colegas, del colega de al lado, de los alguacilillos, del toro, del torero, de una paloma que pasaba, del paquetón de pipas, del tanque de yintonis, del bocata imperial y de… de lo que sea. Si además de todo eso son capaces de seguir la corrida, yo me descubro ante ellos. Con lo que a servidor le cuesta, que pestañea y ya se ha perdido algo importante.

Que decían que comparecerían Curro Díaz, el primor del arte; Paco Ureña, la esperanza del aficionado; y López Simón, quién ha pegado tantos bandazos últimamente, que uno ya no sabe dónde ponerlo. Curro Díaz recibió a su primer Montalvo de forma aseada, a la verónica, no pudiendo evitar que perdiera las manos. Y dos veces que pasó cerca del caballo fue suficiente para que el matador considerara que estaba picado. Perdónenme, pero burlas, las justas. Será eso de que había que cuidar al toro, que inválido aún tuvo fuerzas para llevarse por delante a Manuel Muñoz y mandarle a la enfermería. Y el maestro, como es artista y el personal algo ha oído de eso, se puso a “componer”, lo que de toda la vida de Dios se llamó poner posturitas y con el pico de la muleta y escondiendo la pierna de salida liarse a pegar pases, muy conspicuo él, sin perder la compostura ni con un primer bajonazo. Luego sufrió una situación complicada en una segunda entrada, quedando enganchado en el pitón, aunque parece que afortunadamente la cosa no fue a más, aunque pudo haber sido algo serio por la forma en que quedó prendido. En el cuarto la tarde ya había entrado en faena entre inválidos no devueltos, suertes de varas simuladas, y los reyes del güasap, que no entendían que nadie protestara, quizá porque en su grupo “los guays de la Fiesta” nadie les había avisado de que les estaban tomando el pelo. Al cebón que hizo cuarto le dieron más de lo común en varas y a lo largo de la lidia fue acusando más el defecto de cortar por el pitón derecho. Así Curro Díaz baso su trasteo en el pitón izquierdo, sin poder bajar la mano, so pena de que el animal rodara por la arena. Tanda tras tanda, unas con enganchones, Citó de lejos, pero manteniendo una distancia más que prudencial entre la trayectoria del toro y él mismo. La muleta muy torcida, él muy fuera y el toro dejando espacio para que pasara la Asociación del Chotis Cielo de Madrid y tres más. Muletazos sin rematar y quitando el engaño de golpe. Las protestas ya eran más que evidentes, por un lado los que protestaban el quehacer del matador y por otro los que protestaban por los que protestaban. Y es que así no hay quién dé pie con bola con el güasap. Curro Díaz ya se mostraba un tanto contrariado, pero les aseguro que no tanto como los que fueron testigos del infame bajonazo con que se quitó de encima al de Montalvo.

A Paco Ureña se le espera siempre en Madrid, pero parece que el espada aún no se ha hecho a la idea o quizá es que no está preparado para este tipo de ganado al que le cuesta aguantarse en pie. Al flojo segundo no es que le hiciera demasiado caso en eso de llevarlo al caballo y esas cosas. Lo deja a su libre albedrío. A medida que discurría la lidia, era palpable el que el animal se iba parando un poquito más, hasta el último par de banderillas, en el que ya directamente esperó a que le llagaran. Se dejó tocar mucho la muleta, con enganchones y pases faltos de temple, a un animal que no humillaba jamás y que salía del engaño mirando para Cuenca. Mano alta y en una breve fase, a lo más que pudo llegar el murciano fue a empalmar un par de derechazos. Fea fue la estocada, haciendo guardia, aunque como par3ecía que estaba toda enterrada en el toro, aún despertó el entusiasmo de algunos. Pero en seguida se dieron cuenta del desbarajuste, el güasap no iba bien ni con el güifi, ni con lo otro. En su segundo recibió un porrazo impresionante del toro, que le estampó literalmente contra las tablas, dejándole visiblemente dolorido, como para no. El matador optó a pesar de todo por seguir en la arena y fue la cuadrilla quién llevó todo el peso de la lidia. Se puede decir que medio cumplió el de Montalvo en el caballo, pero ya llegó arrastrándose al último tercio. Pases por alto de recibo, pero no había forma. De nuevo volvió a hacer guardia la estocada, pero permítanme que en estas condiciones no juzgue al torero. Hubo alguna protesta, pero había que tener muy en cuenta la forma en que fue atropellado ya de salida el espada. Otra cosa es el motivo, pero eso ya si acaso lo hablamos en el grupo de güasap, ¿no¿

Lo de López Simón es un caso de esos en los que uno no sabe si va o si viene, pero lo que parece evidente es que no está en su mejor momento y que no está tan centrado como debiera, eso sí, en su primero puso al toro al caballo las dos veces, para que le picaran nada y menos, trasero y tapándole la salida. Pero que debía ser el sitio bueno, porque a los banderilleros les hicieron destocarse, precisamente por parear trasero. Y el güasap sin funcionarme y yo sin hacerle caso. Ya en el último tercio, el madrileño desarrolló un toreo moderno al detalle, sin preocuparle el que el toro se le pusiera de hinojos a los primeros trallazos. Pico a destajo, distante y estirando el brazo cuándo era menester, alargando la faena hasta la desesperación del respetable, que si la cosa se lia un poco más, seguro que algunos en su desesperación habrían dejado el móvil y le habrían tirado una pipa. A su segundo, el sexto, acordaron en consenso no picarle, bajo amenaza de echarle del grupo de güasap, porque si el animalito no podía con su alma, como para poder con el palo. Echaba la cara arriba en banderillas por el pitón derecho, lo que nio impidió que López Simón se liara a pegar trapazos siguiendo la tónica habitual y sin pararse ni por un momento, cazaba un muletazo por aquí según venía, otro por allí y así nos dieron las nonas y tras casi media caída y tendidísima, el personal se dispuso a recogerse, no sin antes manifestar su descontento, a lo que el afanado de turno saltó cómo un resorte con eso de no proteste que se me bloquea el móvil.

Enlace programa Tendido de Sol del 14 de mayo de 2017:

domingo, 14 de mayo de 2017

Piénsense mucho las cosas antes de exigir respeto

Quizás la línea que separa el arte del toreo de los matarifes es el cómo se sacrifica al toro. No todo vale para quitarse del medio al toro, que merece el máximo respeto, especialmente dentro de una plaza de toros



Una cantinela repetida una y otra vez, hasta casi llegar a ofender, es eso del respeto a los toreros, a los que se visten de luces, a los que se ponen, como dicen ellos, a los criadores de animales, al que organiza los festejos, al que corta las entradas, al que te acomoda, al que vende los refrescos, a los jóvenes que te dan el programa, a los monosabios, a los mulilleros, al que peina canas, al que las lleva alborotadas, a todo quisque, lo cual está muy bien, pero, ¿quién respeta al toro? ¿Quién respeta a la Fiesta? ¿Qué afición pueden tener los que permiten que se apiole a un toro desde dentro del burladero, porque el matador no ha sido capaz? ¿Qué dignidad se le da al toro? ¿No merecía otro trato el toro del Pilar, el quinto, que debía volver a los corrales tras haber escuchado su matador los tres avisos? Pero no se sabe por qué, ni con qué fundamento, apareció el señor puntillero de la plaza y despenó al que no pudo quitarse del medio David Mora. Con una rapidez asombrosa y a partir de ahí brotaron todo tipo de conjeturas. Se decía que había recibido permiso por la autoridad; el presidente, que es la máxima autoridad en la plaza, lo niega de todo punto y refuerza su postura afirmando que el puntillero será propuesto para ser sancionado. Pero ni el delegado del callejón, ni los señores alguacilillos, que también son autoridad aunque últimamente no lo parezca, lo evitaron. Hasta algún compañero de grada buscaba una explicación que no parece descabellada y es que el señor Casas, don Simón, igual no quería que hubiera foto de los cabestros llevándose el toro de su poderdante. Ya digo que todo son conjeturas, pero lo que está claro es que esto se nos va por el desagüe, lo importante es acabar con el toro de la manera quesea, da igual cómo, cuando precisamente ese cómo es la línea que separa el arte de la tauromaquia de la actividad del matarife. Pero los públicos, la afición, los modos y las formas de pensar han cambiado tanto. Tanto que algunos no logramos identificarlo con lo que nuestros mayores nos enseñaron. Quizá tendríamos que echarle una pensadita a todo esto. Qué cosas, una tarde de toros y nos enganchamos con un acto infame y cobarde, del que habría que pensar si realmente el puntillero de la plaza, don Ángel Zaragoza es el culpable o simplemente fue el brazo ejecutor de una orden mal dada, que encima le hará pagar a él las consecuencias.

Seis mamotretos, seis del Pilar, que si llevaban entre poco y nada dentro, alguno quizá hasta menos que nada, fueron manejados torpemente por unas cuadrillas que por lo desarrollado en el ruedo, a eso de la lidia parecería que respondieran que encantados de conocerla si es guapa y buena moza, porque de someter a los toros, nada de nada. El primero, picado trasero, mostró fijeza en el caballo y si empujaba algo era para afuera, buscando tener franco el camino de la huída. Vistoso quite de Urdiales a la verónica, que aprovechando esa veta de inspiración llevó al animal con lucidos delantales a un segundo encuentro con el de aúpa. El toro parecía que podía tener al menos tres tandas medio apañaditas, pero los torpes y abundantes capotazos de El Víctor, incluido un porrazo contara las tablas, echaron a perder cualquier asomo de algo que nos alegrara el cuerpo. Dos primeras tandas aseaditas del riojano, pero escondiendo la pierna de salida. Templado, pero esperando a que el toro lo hiciera todo y eso era mucho esperar. Y sin haber llegado a nada, la cosa fue aún a menos. Al cuarto no hubo quién le fijara a los capotes. Poco se le castigo en el caballo, del que se iba con un desdén desesperante. Incierto, a veces cruzándose peligrosamente, cuando no se despanzurraba por la arena.

David Mora hace tiempo que parece no estar y los aficionados se alegran mucho de su recuperación de aquel percance en esta misma plaza, pero cuando no se puede, no se puede y él, no puede. Si ya antes tenía muchas deficiencias para dominar a los toros, lo de ahora ya es más que preocupante. Su primero salió buscando la huída constantemente, pero sus pocas energías le impidieron saltar la barrera. En medio de un desbarajuste monumental en el ruedo, el animal, al que le picaron traserísimo, no paró de derrotar al notar el palo. Se le picó poco y mal, lo que le hizo quedar con muchos pies para el segundo tercio. Iba como un tren, destemplado y con brusquedad, lo que complicaba el parearlo y más desde lejos como lo intentó Ángel Otero. La cosa no era fácil y tenía su mérito dejar los dos palos en lo negro y otero los dejó, provocando el entusiasmo generalizado, a pesar de clavar en mitad del lomo el primero y en la paletilla el segundo. Ya digo que no le quiero quitar méritos, pero dónde se clava también tiene su importancia, ¿no? En el último tercio David Mora quiso limitarse a dar muletazos y más muletazos, mientras el del Pilar se quería ir y poco a poco iba llevando al matador a su querencia. Luego en el quinto, al que recibió con verónicas arrebatadas, no le logró sujetar en ningún momento, él solito fue al caballo, total, para qué llevarle la contraria. Luego vino una faena con el matador encogido y con un pie listo para dar el respingo, con muchas carreras y cazando muletazos allí dónde pillara toro. Luego vino lo del pinchazo y media caída, para directamente olvidarse de aquella máxima de los toros se matan con la espada y tomar el verduguillo para liarse a soltar puntadas, estuviera el toro descubierto o no, ya atinaría, pero no atino, sonaron uno, dos y tres avisos y cuándo ya estaban desesperezando a los cabestros, pasó lo que pasó y que no vamos a repetir. No es necesario.

A José Garrido un día le pusieron el sello de artista y ahí fue nuestra perdición. Él que se pretende muy pinturero, a veces podría pensar un poco más lidiar y menos en ponerse pinturero. Porque eso puede hasta ir en contra de la lógica del toreo. A su primero le recibió como pudo, intentando hacerse con el del Pilar que se revolvía como una lagartija, echando las manos por delante, No pone a los toros en suerte, los abandona y en lugar de ir el toro al caballo, es el caballo el que tiene que ir al toro. Ya saben, eso de acercar la silla al piano o el piano a la silla. El animal parecía en el primer puyazo que iba hasta a empujar con fijeza, pero después ya empezó a tirar cornadas, no fuera a ser que alguien se hubiera hecho ilusiones. Luego pases al aire, con el pico, recolocándose y si por allí está el toro bien y si no, también. Y para quitárselo del medio, ¿qué hay que no arregle un bajonazo? Al sexto lo recibió por delantales, que es una forma como otra cualquiera de pretender fijar a un toro, rematados con media de rodillas. Luego se pasa el trance de la lidia de la mejor manera posible, sin preocuparse si se está mal colocado o peor y a tomar la muleta, que es lo fetén y lo que interesa en estos casos. Que si al menos hiciera un toreo arrebatador, con duende y pellizco, pero lo del pico, escupir al toro y esas cosas de la modernidad no calan todos los días. Y si además todo esto pasa después del indignante espectáculo después de los tres avisos, pues que igual algunos no tienen el cuerpo para cucamonas y aún tienen en la cabeza la imagen traidora apuntillando a un toro desde el burladero. Eso sí, aquí todo el mundo se pone digno y sin pensar que ciertos actos pueden ser carnaza para aquellos a los que no hay que darles ni agua, que se ocupan de tergiversar sin pudor la Fiesta de los toros para echarla abajo. Y nosotros se lo ponemos en bandeja. Eso sí no nos pongamos demasiado duros, no se nos vayan a ofender los taurinos. Pero ya les digo, otra vez que se sientan tan ofendidos ante las críticas, por favor, piénsense mucho las cosas antes de exigir respeto.


sábado, 13 de mayo de 2017

¡Míseros, más que míseros!


La verónica ya parece cosa de otros tiempos, pero al menos Morenito de Aranda nos regalo un par de ellas




Hoy el Rafi se levantó rumboso, decidido a estirarse y en un gesto rumboso sin igual sacó dos entradas para los toros, una para él y la otra para la Ruz, para llevarla a los toros, que nunca había entrado en las Ventas; con lo que a ella le gustan los toros, esas historias de hazañas pasadas que le contaba su mama, lo del día de las bragas de Jesulín, las tardes del Litri hijo, la confirmación de Cayetano o cuando lo del indulto del Jose Mari, el Manzanares, este año en Illescas. Y ya era hora, la Ruz se merecía esto y más, se merecía el echar la casa por la ventana y allí que el Rafi se volvió loco y sacó dos gradas de sol para él y la Ruz. Como si fuera una reina, hasta el bocata de chicharrones fritos tenía preparado, para que merendara acompañando semejante manjar con una Mixta de limón bien fresquita. Y es que la Ruz se lo merece todo.



Dos graditas de sol, por si llueve y por si refresca, para que la Ruz no se moje y para que sestee en el hombro del Rafi al sol de las Ventas. Y vaya que pudo sestear, los del Ventorrillo venían dispuestos a convocar la siesta más multitudinaria desde que el mundo es redondo y da vueltas. Rafi, ¿para qué salen los señores esos con un palo, subidos en un caballo con faldas? Para nada, bonita, para nada, para dejar que los animalejos se despanzurren contra el peto mientras el caballero se apoya en la vara y se una a la modorra del personal que apenas llenaba media plaza. Mansos con trazas bueyunas, que lo mismo se quedaban debajo del peto a pasar el rato, que salían de najas buscando la calidez que les proporcionan los terrenos de su querencia de manso descastado. El más cumplidor si acaso, fue el sexto, que para adentro se dormía a los pies del penco y que solo respondía un tanto al castigo cuando le tapaban la posible escapada hacia los medios. Y ese cuarto, que habrá que imaginar que en estos primeros días de mayo cumplió los cuatro años reglamentarios para poder ser lidiado en una plaza de toros, pues en los programas solo figuraba que nació en mayo del 13.



El cartel lo componían dos avezados recolectores de orejas autobuseras, Eugenio de Mora, con una aquilatada experiencia en estos menesteres, y Román, alumno aventajado de arañar despojos a fuerza de efectismos superficiales. Y Morenito de Aranda, quien unas veces parece galgo, otras podenco y otras un pegapases modernista más. El toledano Eugenio de Mora dejó claras sus intenciones, él quería hablar de su libro, o lo que es lo mismo, dar muchos pases con la muleta, olvidándose de eso de lidiar con el capote y procurar que se impusiera un mínimo de rigor. Muchos fueron los muletazos que le endiñó a su primero, con inicio atropellado de rodillas, para seguir queriendo arrancar trapazos a un mulo que solo buscaba las tablas. En su segundo, ni trapazos hubo, banderazos para intentar acoplarse y mucha vacilación para meterle mano a aquel Ventorrillo aquerenciado como una lapa a as tablas. Mal con la espada, que lo mismo no acertaba ni a una pelota de playa, que se sacaba un bajonazo de  los que da vergüenza ajena. Pero la Ruz estaba tan feliz en los toros, que ni se sonrojó ante semejante sablazo traicionero. Ella solo tenía la idea de que se dieran muchas orejas, si era a un torero guapo, mejor; descartó casi de salida a Román, aunque los simpáticos también le valían. Román se reengancha al duelo orejil.



Con el ánimo que le pone Romás a esto de torear, pero al final no le queda otra que agarrarse a su permanente sonrisa y a la disposición de los partidarios para sacar los pañuelos sin importarles la censura de los que no tienen esa idea bullanguera y atropellada de la tauromaquia. Quizá cuando más aseado se sienta es durante la lidia en los primeros tercios, él se aparta, deja que el animal campe a sus anchas y que pare dónde quiera y cuándo quiera. Luego con la pañosa, ahí viene lo suyo, trapazos abusando del pico, lo mismo te lo doy aquí, que corro un poquito y te doy otro allá y si las cosas no marchan, arrimón, que con eso siempre está el optimista que se arranca en solitario a dar palmas, como si acabara de descubrir el milagro de la transmutación de los panes y los peces en bocata de sardinas o de bonito con pimientos morrones. En el que cerraba plaza anduvo trapaceando a placer, muy vulgar, de un lado para otro, hasta que las ideas del toro le llevaron a terminar en toriles, previo revolcón de mala manera, que pudo haberle costado un serio disgusto. Un animal que para afuera no se arrancaba ni dándole collejas, pero que para los adentros parecía un tren mercancías, de mala forma y con mal estilo, más para atropellar que en busca del engaño que se le ofrecía. Pero la Ruz siempre recordará a Román, porque al acabar su primero fue cuando el Rafi, le puso la merienda sobre su regazo, justo aprovechando los últimos rayos de sol de la tarde. No me digan que el rafi no es un tío detallista dónde los haya.



Cuando asomó Morenito de Aranda para recibir a su primero, el Rafi sintió una molestia en su corazón, cuando un venablo de la Ruz le atravesó su amor propio en forma de suspiro al ver esos rizos que el burgalés luce con desdén, pero con una intención diabólica. ¡Qué guapo! Y era el segundo de la tarde. A puntito estuvo de no sacar los chicharrones fritos. Menos mal que el quite a la verónica, con dos lances de muy buena traza, en respuesta a unas gaoneras de Román, no fue a mayores y con la muleta, nada logró en ese empeño de ahogar la embestida del toro. Hubo algunos muletazos lentos, pero más por la poquita energía del burel del Ventorrillo, que por un alarde extremo de temple. Que la Ruz se podía haber entusiasmado con los primeros compases de la faena, esos derechazos con media muleta, pero luciendo desmayo y desmadejamiento. ¡Qué planta! Esta se queda sin chicharrones como que me llamo Rafael Extremera Soto.



Pero el Rafi no sabía lo que le iba a venir, que en el quinto le empiezan a jalear el recibo a la verónica, desluciéndose todo por un desarme en el remate. Que la Ruz ya estaba tan ciega, que ni echó cuentas a que dejaran al toro a su aire por el ruedo, dejándole acudir al caballo al hilo de las tablas, a su aire, casi desde los terrenos del diez. Ya en el último tercio empezó citando de lejos, algo a valorar, aunque con muchas prisas, sin templar, ni mandar, muy acelerado. Varias tandas con un derechazo estimable, pero por norma con excesiva premura. Ya avanzada la faena le probó por el izquierdo, más parado, lo que le hizo volver al pitón derecho y seguir con las mismas maneras, ausencia de calma y sosiego en el toreo, muletazos sin rematar y quitando la tela de repente. Pinchazo y una entera para que el usía otorgara un trofeo sin suficientes pañuelos, aunque quizá sería el entusiasmo de la Ruz el que decidió al señor presidente. ¡Guapo! ¡Guapo! Se desgañitaba, mientras el Rafi se arrepentía profundamente de los chicharrones fritos y la Mixta de limón y otros protestaban el excesivo premio a tan pocos méritos, sin que la Ruz pudiera dar crédito a tales protestas y ni corta ni perezosa se encaró con los díscolos disparándoles con su ¡Míseros, más que míseros!

viernes, 12 de mayo de 2017

Y la calefacción sigue sin funcionar


A veces el toreo no puede ser de pase y pase y tiene que fundamentarse en otro concepto de más poder y mando


La modernidad ha irrumpido en la plaza de Madrid, abrámonos a la modernidad, entreguemos nuestra dolorida alma de aficionados al señor Casas, don Simón, y que san goretex y san forro polar nos acojan en su seno. Pero claro, como en el mes de mayo ya no hace frío, pues nada, a los toros con una rebequita o una americana de entretiempo, que no va a hacer falta para más. ¡Menuda rasca, Mariano! Que recordaba yo a aquel aficionado que en días parecidos preguntaba a algún alma cándida si habían puesto la calefacción, que por sugerencia del caballero, siempre se lanzaba a palpar con esperanza para ver si aquellas barandillas de las gradas se habían convertido de la noche a la mañana, en tuberías de la calefacción. Pero no, las ciencias adelantan que es una barbaridad, pero no tanto como para evitarnos una tarde de frío polar a la altura del metro Ventas.

Primera de feria, toros de la Quinta, que bien presentados en general, han mostrado mal genio y mansedumbre para regalar. Parecía hasta que podían tener recuerdo de su procedencia, amagando gestos de mansedumbre encastada, pero uno no se había empezado a hacer ilusiones, cuando se iban de los engaños como burros espantados. Eso sí, siempre con peligro, que a veces fue mucho. Que se lo pregunten a Alberto Aguilar, que vio cómo su primero empezaba acostándose por el pitón derecho, para en seguida cruzarse descaradamente, poniendo en jaque a las poco eficaces cuadrillas. Se le pico poco y mal y por si a alguien se le había escapado el detalle, el de la Quinta se ocupó de dejar clara su condición, bien prontito. Su mansedumbre se complicaba con ese pitón derecho que buscaba de todo, menos las telas. Faena sobre el pitón izquierdo, con muletazos echando el toro para fuera con el pico de la muleta. Una tandita medio aseada, para intentarlo de nuevo por el derecho. ¡Fiussss! Achuchón tremendo y mejor olvidarse de ese lado. Aguilar se empeñaba en pegar pases, pero la cosa estaba para ponerse a torear de verdad, con mucho mando y sin unas pretensiones estéticas demasiado ambiciosas.

Salió el segundo ya escarbando de salida, mientras la tarde empezaba ya a notarse fresca. Echando las manos por delante y escondiendo el hocico entre las pezuñas, salió de najas a toriles al medio capotazo, sin querer ni telas, ni caballos, ni perrito que le ladrara, siempre buscando sus querencias de manso. David Galván no se puede decir que estuviera demasiado afortunado en la lidia. Por su cuenta, en lugar de cambiar la lidia y mover el caballo acercándose a chiqueros, se lo llevó directamente al picador que hacía la puerta. Picotazo a escape en el de tanda y por prisa, se cambió el tercio. Distraído en el segundo tercio, iba desarrollando sentido a medida que los banderilleros le pasaban por la cara con unos palos en la mano. El de la Quinta no tenía un pase, la cosa estaba quizá más para machetearle por abajo y luego, ya veríamos. Pero el primer impulso de querer ponerse a pegar pases de Galván fue castigado con un feo revolcón que llevó al diestro a la enfermería, de la que ya no volvió a salir. Acabó con esta joya Alberto Aguilar, no sin complicaciones.

Al cuarto lo recibió Alberto Aguilar intentando alargar el viaje con los brazos. ¡Vaya, igual vale! ¿Qué vale? Para cabra montés; que brinco pegó nada más sentir el palo. Dos veces volvió al nuevo y reluciente peto, para descargar su mansedumbre cabeceando y tirando cornadas con desesperación. En el último tercio, su matador se limitó a pegar trapazos y banderazos con el pico, a ir cazando muletazos según venía, de los cuales, especialmente por el pitón derecho, salía como un mulo, al paso y sin humillar, pero bueno, ya habrá más tardes; quizá habría venido mejor doblarse con él y que se le quitaran esas ganas de entrar con brusquedad y salir de aquella manera.

Javier Jiménez, ese torero simpático y dicharachero no parecía estar para alegrías, por no estar, no estaba ni para hacer el toreo. Vale que pego pases, pero eso, los pegó, como el que pega un jarrón de Sevres con pegamento ultrarrápido y coloca seis piezas del revés. Excesivos capotazos a su primero, sin parar de bailar y dando la sensación de no saber como despegarse del de la Quinta. Se le dio en la primera vara, que aunque cierta fijeza en el peto, más que por empujar, lo era por dejarse, mientras ni tan siquiera amagaba con humillar. El animal tenía mucho que torear, incluso hasta podía ofrecer un puñado de embestidas, pero ya digo, había que torear, lo que no se debe confundir con dar pases. De entrada una colada tremenda por el pitón derecho, el sevillano sin saber por dónde meterle mano y como parte de la salsa, el viento. Trapazos, venga a recolocarse, pico, pases a trompicones y carreras.

Salió el quinto, que era el que iba a hacer sexto, y que por el percance de David Galván debería ser despenado por Javier Jiménez. Hubo que hacerle la carioca a este manso sin disimulo que tiraba desesperados derrotes al peto, mientras los capoteros montaban la gran capea al más puro estilo talanquerero. Carreras, coladas, mantazos maleando al toro y complicándolo más de lo que ya venía de fábrica, le inició la faena el espada a base de naturales, muchos naturales, muy destemplados, según pasaba por allí, largando trapo y recolocándose a cada sacudida de la pañosa. Tantos hubo, que hasta una tanda pareció medio aseada y todo, pero ausente en todo momento el mando. Hasta hubo quién le pidió la oreja y todo, pero no se preocupen, no hay nada que no quite un vaso de leche calentita y un paracetamol. El sexto, como sus hermanos, hizo sonar el estribo más que la campana gorda de Toledo. Preludio de una sinfonía de enganchones basada en el pitón derecho, repetida como una tediosa salmodia sin gracia. Mitin con los aceros, algo repetido a lo largo de la tarde en Aguilar y Jiménez, que no se sonrojaron cada vez que al entrar a matar le soltaban al toro la muleta en el morro. Una tarde como muchas e las que lleva vivido la afición de Madrid en los últimos tiempos, quizá con la variante de los mansos con cierta incertidumbre y a pesar de los desvelos innovadores del señor Casas, don Simón, la parroquia muerta de frío y la calefacción sigue sin funcionar.

lunes, 8 de mayo de 2017

Y quince puertas grandes, una de ellas de oca


Solo por no tener que cargar al maestro, casi mejor que no lo saquen a cuestas


Lo del señor Casas, don Simón, es un no parar en esas prisas que le han entrado por demostrar la genialidad y el máximo acierto de su gestión al frente de la plaza de Madrid. ¿Para qué correr tanto? Sui esto es muy largo, independientemente de lo largo que se les pueda hacer a algunos. Y en este empeño, el señor Casas, don Simón va como la Trotaconventos jaleándose de lo genial que es, sin parar un momento en que sus soflamas se le puedan volver en contra. Aunque ya lo dejó caer anteriormente, ahora ha vuelto a insistir en que en la incipiente feria de San Isidro habrá quince puertas grandes, si no hay fallos inoportunos a espadas. ¿Y eso que quiere decir? ¿Qué no se puede responsabilizar de que los espadas pinchen? No hombre, ya puestos, asuma también ese compromiso y si el matador de turno pincha, no tendremos más que volvernos al burladero de “Empresa” y pedirle explicaciones al señor pgoductogg. Aquí lo de escurrir el bulto ni por asomo.

Igual puede resultar absurdo llegar a estos extremos, pero el señor Casas, don Simón, es quién ha iniciado el juego. Yo no le reclamaré un fallo a espadas, en eso puedo estar seguro, de la misma forma que no le podré responsabilizar de que haya mil o ninguna salida a hombros y menos cuándo ha montado una feria prácticamente calcada de las tantas anteriores que montaron sus predecesores de taurodelta, con los que ya compartió él mismo poder como miembro de aquel triunvirato maldito. Si el señor Casas, don Simón, hubiera presentado una feria revolucionaria de verdad, con variedad de nombres nuevos, de toros y toreros y estos nos hubieran regalado grandes tardes de toreo, casta, bravura y emoción desbordante, lo que siempre hemos creído que eran los toros, pues no solo habría que reconocerle los méritos de conocedor del estado de la fiesta, sino que estaríamos tardando en ponerle una calle. Si hubiera apostado por dar sitio a toreros permanentemente postergados y a ganaderías malditas y la conjunción de ambos nos devolviera aquello que muchos consideramos perdido, pues cualquier reconocimiento sería poco. Pero hombre, si la cuestión es más Juli, Roca, Manzanares, Perera, Castella y demás arañadores de orejitas autobuseras para justificar su contratación; y de la misma manera que seguimos con lo de José luis Pereda, Garcigrande, Victoriano del Río versión para figuras, Jandilla, Lagunajanda o la inevitable Núñez del Cuvillo, pues, pues. Que las apuestas más arriesgadas son Alberto Lamelas y la vuelta de Dávila Miura por un día. Que igual entre los dos ya suman una docena de puertas grandes y las restantes hasta quince se las dejamos a los caballos.

Que esto es más sencillo que las salidas a cuestas o no, que no tengo la menor duda que las orejas van a volar que es un gusto, solo hay que mirar lo sucedido recientemente en Sevilla y la tendencia confirmada de lo que viene ocurriendo en la plaza de Madrid en los últimos tiempos. Pero, ¿cuánto toreo veremos? ¿Cuántos toros nos pondrán los pelos de punta? Que no me valen esos que no aguantan ni la sola presencia del picador y que luego “la toman muy bien por abajo”, que no me vale eso de “fue bravo en la muleta”, mientras no aguantaba ni el peso de la puya sobre el morrillo. ¿Que ellos verán grandiosidad en animales a los que hay que esperar para dar el primer muletazo porque aún se está retorciendo del picazón del palos? Da igual, porque esto es “agte”. Lo otro es lo decadente, lo caduco y lo que hay que olvidar, lo que el señor Casas, don Simón, no se atreve a prometer, porque es bastante más difícil que garantizar quince puertas grandes, si no se fallan con los aceros.

Que si se quiere poner la medalla de los abonos, pues bueno, que no sé si él en su fuero interno estará demasiado satisfecho, pero bastante es que haya frenado esa tendencia de caída en la adquisición de abonos, que los anteriores empresarios llevaron a mínimos preocupantes. Pero tampoco nos preocupemos de que el señor casas, don Simón, decaiga en su afán de prometer y enaltecer su gestión, incluso antes de que se produzcan esos logros. Nos regalará, o no, “agte”, “cultura”, jolgoguio, jagana y quince puertas grandes, una de ellas de oca.



Enlace programa Tendido de Sol del 7 de mayo de 2017:

martes, 2 de mayo de 2017

A mi tío Ramón le gustaban los toros


´Quién espere ver lo que un día vio... que tire de imaginación y recuerdos




Qué bonito y reconfortante es que se reúnan las familias. Es innegable que la sangre tira, que ya puede haber kilómetros de por medio y que hayan pasado un buen  puñado de años, que la sangre tira. Que alegría nos llevamos la semana pasada, se nos presentó mi primo Ramoncín, bueno, el hijo de mi primo Ramón, el de Valparaíso, bueno, de Valparaíso es Ramoncín, que Ramón era nacido en Torremocha de las Dehesas, como toda la familia, bueno, toda no, solo mis tíos, menos el que nació en Valdilecha y los hijos del tío Cosme, que esos sí que todos… Pero, ¿qué hago yo contándoles este lío de familia? Bueno, a lo que iba, que se nos presentó Ramoncín en casa, o eso decía él, porque yo no lo había visto en mi vida. Menos mal que detrás asomó el tío Ramón, que a ese al menos le conocían mis hermanos mayores, porque cuándo se tuvo que marchar para allá lejos, yo aún… ¿Y qué más les dará a ustedes? La cosa es que han venido y es que mi tío tenía que cumplir una manda que hizo allá… hace muchos años; que no sé quería ir de este valle de lágrimas sin volver a ver una corrida de toros. Eso es afición.



Pues allá que nos fuimos, Ramoncín, que era el que sabía del manejo de la silla de ruedas a motor del tío y del cambio de las baterías, el propio tío Ramón, mis hermanos mayores, por aquello de que fueron los que tuvieron roce y yo mismo, aunque yo no me hubiera rozado. Y allí que nos presentamos en la plaza de Madrid, porque ya que venía de tan lejos, tampoco había que regatear esfuerzos. Él que hizo fortuna allá en las Américas, se vio empujado a volver a su tierra para calmar una vez más su afición a la fiesta. No quiero relatar lo que fue el ver salir las cuadrillas, la música, los alguaciles, esos rayos de luz y alegría que brotaban del centelleo de los trajes de luces, el pesado paso de los picadores y ese tintineo de las mulillas que confundió a Ramoncín y le hizo arrancarse por el “Jingle bell” como si estuviéramos ante el mismísimo Papa Noel. Del soplamocos que le sacudió el tío casi le jinca los paletos en el cogote al japonés de delante que no paraba de sonreír e inclinar la cabeza. “Niño no hagas más el imbécil, que no hace falta, ya se han dado cuenta todos”. Y el pobre Ramoncín no volvió a abrir la boca, no fuera a ser que a la siguiente guanta acertara con la piñata en la cresta del nipón.



Salió el toro y al pobre tío Ramón se le escaparon unas lagrimitas. “Qué belleza, qué portento de la naturaleza”, exclamó al verlo enseñorearse en el ruedo. Tomó los primeros capotazos y escuchó al de atrás: “que buen tranco”. Mi tío se volvió de un respingo y por prudencia se calló, pero no aguantó y me preguntó si había por allí carreras de caballos. Yo sonreí como un idiota y callé. Él me miró como si efectivamente, servidor fuera idiota. Se sorprendió cuándo vio que el animalito, después de medir el suelo con sus lomos, topó con el peto, se quedó parado y tras un leve roce el picador se apresuró a levantar el palo, para acto seguido apoyarlo en el suelo y usarlo como una pértiga en el Tajo. Pero la misma operación se repitió una vez más. El tío Ramón no sabía dónde mirar, pero el señor del tranco se lo aclaró todo con un comentario de buen conocedor de lo que allí estaba ocurriendo: “es que el toro se reserva para la muleta”. ¿Qué el toro qué? Exclamó el tío. “Es que hay que cuidarlo”, insistió aquel docente inesperado.



Me estaba relatando mi tío un par de banderillas que le vio a Morenito de Talavera, cuando se percató del cambio de tercio. El matador cogió la muleta y se dirigió a brindar al público, todo ceremonioso y rebosante de galanura, tiró la montera con desprecio, cuando la plaza rugió en un estruendo de felicidad. ¿Por qué? Preguntó el tito. Que ha caído boca abajo, le respondí. No sé si para entonces aún sospechaba que yo era idiota o si ya lo creía firmemente. Primeros pases de tanteo y el profe de atrás sentenció: pulsando, Currito, pulseadito. ¿Pulseadito? Le volvió la mirada y en qué hora, pues el enterado se vio en la obligación de aclarar el por qué de sus palabras: es que el toro tiene ritmo, puede servir y colaborar y aunque se venga por dentro, la toma bien por abajo, aunque a veces tiene alguna embestida informal y descoloca la cara, pero parece que va a descolarla, pero si el torero le respeta y no se mete. Vamos, que igual rompe pa’ lante, que parece que va a ser bravo para la muleta. Que si el toro es formal, igual le indultan y todo. ¡Sin molestarle, niño! Es un toro con muchas teclas. Y mientras el maestro se retorcía con posturas de contorsionista manchú intentando que el torillo se arrastrara una cuarta más por la arena, se escuchó un sonoro ¡Bieeeejjnnnn torero, bieeeejjjnnnn! Yo miré a mi tío, mi tío me miró a mí, miró a mis hermanos, mis hermanos le miraron a él, él miro a Ramoncín, pero Ramoncín no tenía bemoles de devolverle la mirada, porque veía que se comía al chino de delante. Apoyó las manos sobre las rodillas sacando los codos, respiró hondo, arqueó la espalda y al tiempo movía la cabeza diciendo que no, miró al suelo y sin encomendarse ni a Joselito, ni a Belmoente, se levantó y echó a andar buscando las escaleras. ¡Eh, oiga! Que no se puede salir hasta que acabe el toro. Estos que no entienden de la tauromaquia, le soltó el docente atrevido. El tío Ramón se paró, le miró y le respondió: 2Mire, en eso sí que no ha cambiado esto de los toros, porque en lo demás, en el toro, en la lidia y en lo demás, no lo conoce ni la madre que lo parió; que ni olé se dice ya, aunque tampoco me extraña, pues motivos no dan para ello”. Y así, sin haber terminado el primero de la tarde, decidió que se volvía a Valparaíso a seguir soñando cómo era la fiesta que él conoció, aquella a la que se aficionó y por la que se atravesó medio mundo para volver a verla una vez más; pero, claro, con lo que él no contaba es que todo esto, lo que ahora llaman tan pomposamente tauromaquia, había evolucionado y él no entendía tal evolución, quizá por algo tan sencillo como era aquello que le había impulsado a querer volver y es que a mi tío Ramón le gustaban los toros.



Enlace programa Tendido de Sol del 30 de abril de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-30-abril-de-audios-mp3_rf_18420843_1.html