
Ya hemos vuelto de vacaciones y después de unos escasos contactos con la actualidad taurina, veo que
todo sigue igual o peor. Veo la irrefrenable ascensión de un
vulgar Curro Luque, las
continuas reivindicaciones en favor de la precipitación de El Fandi, la
consideración de maestro que se le concede a
El Fundi, que
Ponce sigue a lo suyo en ese planeta propio que se podría llamar
Poncepturno y que
las gentes de por ahí siguen perdiendo la cabeza indultando toros. Y es que
se ha traspasado la línea de considerar el indulto como un triunfo del ganadero, para pasar a ser considerado un mérito extra del matador. Y siendo esto una barbaridad, si las cosas se hicieran como se debe, podría hasta tener su mínimo punto de aceptación, aunque no deja de ser discutible. Pero
tal y como nuestros jóvenes maestros conciben la lidia, el resultado es un contrasentido. Si
el indulto debe ser la consecuencia primero de
una presencia del toro, de ajustarse a las
características zootécnicas del ejemplar en cuestión, después debe demostrar
sus condiciones de toro bravo a lo largo de toda su lidia. Y tal indulto
debe cimentarse de una forma definitiva
en la suerte de varas. Definitiva, porque
si aquí el toro no responde a lo que se espera de un toro bravo,
¿para qué seguir? Si aquí no da el do de pecho, es como si rompiera el jarrón de la abuela y con ello tirara por tierra todos los méritos para llevarle al parque de atracciones.
Pero
la tauromaquia actual no sólo
no tiene en cuenta este trámite, sino que lo desprecia. ¿Quién no ha oído eso de
“es que si lo pican se cae”? Ya se da por supuesto que con que le señalen la primera vara, ya es suficiente. Y nos olvidamos de que
hay que picar a los toros y
si estos no aguantan el castigo, igual es porque
no vale, y
si no lo aguantan todos los toros de una ganadería, igual es porque
esa ganadería no vale y
si son varias las ganaderías que no aguantan el que se pique a sus toros,
esas ganaderías tienen un problema, pero
si éstas son mayoría, entonces quienes tenemos un problema somos
todos los aficionados, en conclusión,
la fiesta tiene un problema.
No se puede hacer oídos sordos y concluir en que
la suerte de varas se ha convertido en la utopía de cuatro chalados, entre los que me incluyo, en las que
torear a caballo, dar los pechos del caballo o parar el toro con la vara, están condenados a la extinción.
El indulto, un hecho que debería ser extraordinario y del que todos nos deberíamos felicitar, ha quedado devaluado, se le ha vaciado de su contenido original y ha quedado desvirtuado hasta el punto de que se ha convertido en
una condena de la fiesta.
1 comentario:
En efecto amigo. El indulto ha entrado en "barata de liquidación". En cuanto un "diestro" calcula que "por culpa de la espada" se le pueden ir los trofeos, comienza a mover las aguas para subirse al carro de "la apoteosis del indulto" y sin pasar por el engorroso y riesgoso trámite de lo que ayer fuera "la suerte suprema".
Ya lo he comentado en otros foros. Quizás a Ustedes les resulte lo que acá en México se hizo: Prohibir los "trofeos simbólicos" a las faenas de indulto. Al no poder pasear los toreros los trofeos de utilería, se redujo de forma drástica la "epidemia de indultitis" y es que así ya no redituaba ni números estadísticos, ni titulares de periódicos.
Quizás valga la pena impulsar una reforma en ese sentido, para que se recuerde, que el indulto es un reconocimiento para el toro y su criador y nunca para el torero.
Saludos desde Aguascalientes, México.
Xavier González Fisher
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