martes, 22 de diciembre de 2015

Las cosas que tiene la vida

Si no se cruzan afonías inoportunas, esperemos que en el año nuevo sigamos disfrutando de la calidez del sol en nuestro tendido.


Iba el otro día paseando por la selva (vale, no he estado jamás en la selva, si acaso en el vivero de plantas de al lado de casa, pero aquí me viene bien empezar por ahí). Pues como decía, iba yo paseando por la selva, abriendo camino con mi machete, cuando llegamos a un claro de la jungla y observé a un elefante moribundo al que le costaba hasta echar su último aliento, y a un cuervo engallado sobre su panza, pegando alaridos y alentando a la masa para que allí mismo acabaran con aquel ser indigno y salvaje que tantas veces impuso su brío y fortaleza en la comarca. “Se comía las hojas de los árboles por toneladas y se bebía el agua de los estanques por litros, acabemos con este ser pérfido y egoísta. Él bebía y bebía sin importarle si los demás teníamos sed o si necesitábamos el agua para regar nuestro jardín o llenar nuestras piscinas, abajo el tirano”. El cuervo se deshacía en proclamas que parecían mostrar más odio y rencor que clamar por un derecho. Iban llegando otros cuervos y aves de rapiña a cuentagotas, mientras alrededor del elefante se arremolinaban los monos gritando y pidiendo que se marchara tanto pájaro de mal agüero. “¡Marchaos! ¡Muerte al tirano! ¡Marchaos! ¡Muerte al tirano! ¡Marchaos! ¡Muerte al tirano!”

En aquella ensalada de chirríos nadie parecía escuchar al otro, solo gritaban y gritaban, intentando superar el alarido anterior. Unos contra otros y un grupo de lo que parecían mentes pensantes por ambos bandos, ofreciendo propuestas que se suponía que iban a acabar con el conflicto. Unos inventaban tropelías imposibles: “Cuando sobrevoló nuestra aldea y la bombardeó con cagarrutas elefantiásicas, cuando devoraba crías de aves, cachorros de león y se regocijaba desmembrando gacelas”. Mientras tanto, los de la otra vertiente ideaban absurdas excusas e inútiles soluciones: “Pero eso era porque se ponía nervioso los días calurosas; creemos una comisión que impida que los carroñeros puedan acercarse al elefante y firmemos una proclama en la que se diga que va a haber elefantes por los siglos de los siglos, porque son muy grandes y siempre, tradicionalmente, han sido muy grandes y así de grandes tienen que seguir siendo, porque son así de grandes. Le pintaremos las uñas de colores y la trompa se la decoraremos con dibujos hechos por los alumnos de la escuela de animales y nos tatuaremos todos la frase “Yo soy elefantino” y nos pasearemos por la selva gritando lo grande y lo guapo que es el elefante y toda su parentela y para que el elefante no parezca elefante, le pintaremos rayas blancas y negras y le anudaremos la trompa, le limaremos los colmillos y le plegaremos las orejotas”. Pero nadie hacía nada, el elefante moría y solo un par de patos salvajes le intentaban refrescar con el agua que podían llevar en sus picos, intentaban resguardarle del sol, le administraban bayas silvestres esperando que sirvieran para recuperara su vigor, en mitad del griterío y teniendo que soportar cómo los elefantinos les acusaban de querer envenenar a aquella mole que un día fue impresionante.

Aquello parecía el supremo ritual del absurdo: unos cebándose contra un ser a punto de dejar de existir, queriendo apropiarse del mérito de finiquitar al moribundo al que no fueron capaces ni de amenazar cuando este vivía su esplendor, y otros que más parecían preocupados por peinar el viento que por recuperar y salvar a aquel majestuoso ser e intentar recuperar el vigor del que no tenían ni idea que pudiera haber existido. Solo esos patos silvestres que no se resignaban a lo que parecía más que un seguro futuro inminente, buscaban devolver la vida a quién tanto admiraron. Y a mí que todo esto me resulta familiar. Las cosas que tiene la vida.


2 comentarios:

antonio monedero dijo...

La vida está compuesta de pura ironías

Enrique Martín dijo...

Antonio:
A veces está más presente de lo que nos podríamos imaginar.
Un saludo