viernes, 30 de enero de 2015

Morante y sus ideas artístico- folklóricas

¿Se acuerdan de Morante toreando con el capote?


Morante es un torero que cuando hace el toreo se pasea por los barrios de lo sublime; ¿alguien es capaz de negar esto? Yo no, desde luego. Pero ya digo, cuando hace el toreo. Yo hace muchos años que no he gozado de ese privilegio, creo que de las últimas veces fue aquel año en que andaba de la mano de Rafael de Paula, cuando lo que le interesaba era precisamente eso, el toreo. Luego he tenido la sensación de verle entrar en un túnel muy luminoso, pero sin la luz del sol, con una tremenda algarabía y alboroto de gozo, pero sin aficionados que lo provocaran. Y con un aire de gloria y divinidad sin ningún dios que lo justificara, sin que nuestro dios de la tauromaquia, el toro, estuviera presente. Ni tan siquiera se le presentía.

Pero lo que tiene Morante de la Puebla es que se ha agarrado a lo de ser artista, antes que a ser matador de toros, ha subvertido los fundamentos del torero. Y de la misma forma ha proyectado esta idea sobre la Fiesta; para él la Tauromaquia es primero arte y luego todo lo demás, restando el valor intrínseco que esta posee en si misma. Precisamente la grandeza de todo esto reside en el dominio de un animal pleno de fiereza y que acomete con violencia. En que un hombre es capaz de ir canalizando tal violencia por caminos de armonía, con la fuerza de la inteligencia, llegando en algunos momentos a alcanzar tal belleza que propicia el nacimiento del arte. Un trayecto que no se puede transitar en sentido opuesto, pues entonces es cuando puede asomar la pantomima, con la inestimable colaboración del fraude y la mentira.

Reitero la admiración que un día tuve a Morante de la Puebla. Ahora simplemente es el respeto del que porta coleta, pero sin pasiones, porque estas o se las llama con muchas ganas o ni hacen amago de asomar. Quizá por todas estas sombras que algunos creemos vislumbrar, es por lo que el sevillano sentencia de la manera que lo hace. Me recordaban en estos días unas palabras suyas acerca de su incomodidad en la plaza de Madrid. No se refería en este caso a ese público malote que incordia a los mentirosos; primero hablaba del toro, siempre exageradamente grande, por supuesto, ese con el que el arte es imposible. ¡Qué cosas! No recuerdo nada serio de Morante de la Puebla desde que frecuenta el borreguillo, ese animalejo chico, cómodo y colaborador que exigen él y sus colegas de francachelas neotaurinas, pero en cambio no se ha borrado aquel toreo de capote de hace ya mucho, hecho precisamente a un toro, no a un elefante, ni al borreguito feliz, a un toro. Aquellos quites que cimentaron definitivamente su fama de figura, artista y esperanza cierta para el aficionado.

A partir de aquella feria de San Isidro, Morante creció más y más. Que si lo del puro, que el cafelito intratoro, que si los caracolillos pescueceros, las exageradas pañoletas y esa pose de torero de Teófilo Gautier. Ahora el gran inconveniente es el ruedo de Madrid ¡Me cachis! Y que no hay manera de solucionar el problema, su problema. El suyo y el de esta panda de fenómenos que con tan poca resignación sufrimos a diario. Resulta que nadie había caído hasta ahora en el agujero negro que es la arena de Madrid. Primero su amplitud. ¡Gran problema! Y aquí no hay ironía que valga, pues en verdad este es un factor que trae por la calle de la amargura a la torería. Que le acortaban diez metros por cada extremo de su diámetro y tan panchos. Que no digo yo que no sería mala idea, pues así se podrían instalar muchos más burladeros en el callejón de las Ventas. Vamos, que ya puestos, hasta una terraza, una sala de fiestas, un bingo, un túnel de lavado, una tienda de chinos y un Macdonal; y en el espacio sobrante, un parking Vip. ¿Cómo no va a resultar grande el ruedo de Madrid? Enorme. ¿Se arreglaría el problema reduciéndolo? En parte y no para todos. Quizá así se acabaría con esas carreras de los coletudos detrás del toro, pero... ¿no sería más fácil que aprendieran a fijar al toro y dejarse en paz de mantazos sin sentido alguno? ¡Ea! Ya le he ahorrado una pasta en obras a la propietaria de la plaza. El sufrimiento no sería tanto para los toreros, pero lo único que se conseguiría sería enmascarar una carencia, la falta de capacidad lidiadora de una gran mayoría de los que visten medias rosas. ¿Y lo de la cuesta? ¡Hombre! Qué esto sorprenda a los visitantes que pisan el ruedo en los conciertos de Bisbal, pues lo entiendo, pero a un señor matador de toros. Que todo es según el color del cristal con que se mire. Que lo que para unos es normal y hasta de cierta utilidad para esos días de agua, para otros es una pista de salto de esquí. No sé qué tendrá de verdad, pero una vez un torero de hace años, allí, sobre el terreno afirmaba que en caso de verse perseguidos los toreros, se aprovechaban de esa pendiente para sacarle ventaja en la huída y salirse de los terrenos del toro. ¿Verdad? Pues no lo sé, simplemente lo cuento tal y como lo escuché. Otra cosa es que Morante y sus colegas se vean apurados con tanta frecuencia como para sentir que la cuesta les pudiera ayudar.


Son tantas las ocurrencias, los inventos y las incorporaciones de atrezzo en esto del toro, que uno ya no sabe si en algún momento podrán pensar no solo en que el eje fundamental de todo esto sea el toro, sino que este sea un elemento a tener mínimamente en cuenta. Por el momento parece que tendremos que seguir siendo testigos inoperantes y pacientes de Morante y sus ideas artístico- folklóricas.

4 comentarios:

Gloria cantero martinez dijo...

Enrique:

No puedo, ni quiero, renunciar a mi "morantismo", lo verdaderamente triste es la evolución irremediable a la desilusión en forma de deslealtad manifiesta. Y sin querer ser "cofrade del santo reproche" o reconociendo que, un día, pude hasta pintar su nombre por las paredes que albergaban esta incipiente afición, la realidad actual resulta del todo vergonzosa.

Y es que, ni el detener los relojes, ni el humo del Cohiba, ni milagros de falso profeta, ni el pasear con garbo y distinción, tiene sentido si enfrente, el cómplice, forma parte de ese carrusel de inválidos que tarde tras tarde, acompaña al torero de La Puebla.

Así que, querido amigo, vuelvo a coincir contigo, aunque no me llegue el talento a contarlo de forma tan acertada como tú lo haces, porque no estamos ya para malcriar a consentidos con gula en forma de exigencias absurdas y sobre todo, ahora sí, desleales con su profesión y con el principal protagonista que tanto dignifica esta lucha sagrada.
Dónde el Toro?.. Quién es pues, el/la desleal?..

Un abrazo

MARIN dijo...

Enrique:

Con la iglesia hemos topao!. Que te puede decir un morantista mas que reconocido y confirmado. Es que tocarme a Morante es tocarme la fibra pero no la perdida de conocimiento.

A Morante lo conozco desde que la montera aún le quedaba grande, cuando no sacaba la cabeza por arriba del burladero y el padre de Emilio Muñoz, Leonardo Muñoz, lo placeaba por las plazas de mi tierra y coincidía en las tapias de los tentaderos con mas de uno. Desde aquel entonces supe que sería Morantista para toda la vida.

Este es un torero valiente, que no se confunda nadie. A este lo he visto irse a la puerta de chiqueros en la maestranza cuando lo habían pitado en un toro, lidiar Victorinos en Sevilla como los ángeles, someter a toros por abajo al inicio de faena (como aquel Cuvillo melocoton en Bilbao) y un sin fin de cosas mas. Pero hermano, se le cruzaron las musas del comodismo, del medio toro y del patocheo y se acabó el genio.

Mi morantismo no lo esconderé nunca, pero me va a costar volver a arrimarme. Solo cuando las musas que le vengan a visitar sean las correctas, las de antaño y cuando apueste por el toro en vez de tanta chuflería.

Un abrazo Enrique.

Enrique Martín dijo...

Gloria:
Al leer estas líneas, al darme cuenta de tu fidelidad a un torero y el rechazo a renegar de él, se me viene a la cabeza otro torero de fidelidades. Quizá uno de los que mayores lealtades mantuvo, a pesar de todo; ya imaginarás que es el de Camas, Curro Romero. Él mantuvo a su parroquia absolutamente entregada, incluso hasta hoy, pero la diferencia mayor era, aparte de la calidad de uno y de otro, incomparable por muy morantista que se pueda ser, es que lo de Curro siempre era verdad. Podía estar mal, peor y hasta mucho peor, pero no engañó nunca a nadie, no había problemas de toros, ni triquiñuelas, ni ese halo de estúpido sentimiento de artista de comedia inglesa, con excentricidades absurdas. Curro era el toreo y era torero para la plaza, no en otros ambientes, quizá lo contrario de las intenciones del de La Puebla. Pero estos tiempos necesitaban un artista sublime y gracias a unas verónicas en Madrid, el título le ha tocado a este hombre. Yo solo espero que quiera volver a ser matador de toros, ¿y tú?
Un beso

Enrique Martín dijo...

Marín:
¡Clavao! Esas son las sensaciones de muchos, yo incluido, y quizá por ese morantismo militante es por lo que puede que nos sintamos más defraudados. Tú eres de los que yo creo que pueden entusiasmarse con un torero, por supuesto, tú sensibilidad y afición obligan, pero hay algo que sientes por encima de cualquier nombre, de toreros, de ganaderías o lo que sea y es tu amor y afición por la Fiesta de los Toros, quizá lo más grande y lo más difícil, pues esto te obliga a desprenderte de pasiones que nunca imaginaste lejos de ti. Pero como le decía a Gloria, ¿a qué Curro nunca te defraudó? Hasta para estar mal hay que ser torero.
Un abrazo