sábado, 30 de mayo de 2026

Crónica de una muerte, quizá estafa, anunciada

Paso a esos jolgorios de talanqueras, que corran ríos de alcohol y que afloren las más vulgares de las miserias humanas


Habrá quién haya llegado al convencimiento de que la plaza de Madrid ya no puede caer más bajo, que ya ha tocado fondo. Pues ojalá sea así, porque viendo cómo se suceden los acontecimientos, quizá nos queden por ver aún cosas peores. Que es muy simple, esto está manejado por mediocres, los actores son además vulgares personajes que no dan más de sí, que no llegan más allá de los límites de su propia vulgaridad. Y con estas trazas, si el fin es adaptar todo esto a la comodidad de esos elementos, ¿siguen pensando que ya hemos tocado fondo o que esto puede ir todavía a peor? Que podemos empezar por una empresa que ha montado una feria delirante en el que su único objetivo era alimentar unas estadísticas tan mentirosas como manipuladas. Que llevamos no se sabe cuántas salidas a cuestas, de matadores y novilleros y ninguna, pero ninguna, ha dejado de ser un montaje, con la inestimable colaboración de los que “okupan” el palco, presidentes y asesores. Que han concedido despojos hasta sin mayorías, con bajonazos, con pinchazos previos y lo que es peor, sin nada que pueda ser merecedor de ningún premio. Una feria en la que el toro está desaparecido, pero aún así, estos caballero no han dudado en conceder vueltas al ruedo a animales que fracasaron estrepitosamente en el caballo. Que luego nos cuentan, ya saben, eso de la importancia del primer tercio. A otro perro con ese hueso. Con un público, todos los días cambiante, que no sabe ni como estar en una plaza de toros, que para ellos esto no es una fiesta, es una juerga, pública verbenero, con el barreño de alcohol siempre en la mano y al que solo les importan dos cosas, que se callen los que protestan, que cada vez son menos, y que haya despojos por todas partes. Un esperpento alimentado por la empresa y auspiciado por la Comunidad de Madrid, que aplaude todo este engendro. Y así estamos, caminando por esta senda de triunfos, que si rascamos un poquito es fácil comprobar que todo es cartón piedra.

En otras ocasiones hemos tirado por el sarcasmo, agarrándonos a la ironía, como el que se agarra a cianuro mezclándolo con el azúcar para... Quizá lo que tocaría, como todas las noches anteriores, es el empezar a contar cómo fueron los toros, que hicieron los de luces, que sucedió durante las lidias. Pero es que no hay nada que contar, es que valdría decir que ha sido una estafa, nos echan unos animales infames queriendo que nos los traguemos como si fueran toros de lidia; pretenden que tomemos en serio a unos señores que se visten de luces y a los que les importa entre poco o nada que alguien pague verdaderos dinerales para verlos con toros y no con adefesios como los de Garcigrande. Bueyes grandones, algunos gigantescos, que igual se atreven a decir esa mentira sempiterna de que en Madrid gustan los mastodontes. Y lo peor es que hay quien se lo cree, quizá porque lo escuchan en la televisión o se lo oyen a maestros de esta infamia. Toros para carros, inválidos, mansos, descastados, que solo se limitan a ir y venir en el mejor de los casos. Y me niego a empezar que si uno empujó, que si le taparon la salida o que si iba y venía en la muleta. Eso sí, tres sobreros que parecían puestos para que los maestros decidieran hacerlos salir o no, si es que el titular no era de su agrado. Que yo sé que a los taurinos y a sus aplaudidores les gustan mucho los datos ¿Quieren datos? Ahí van, el de más peso que ha saltado a la arena pesaba 715 kilos y el que menos, 523. Casi 200 kilos de diferencia, Corrida escogida y reseñada para Madrid con mimo, ¿verdad?

Bueno despachados los mulos, vayamos con los artistas. Artistas de la triquiñuela, del destoreo, del ventajismo superlativo. Morenito de Aranda, que cumple a la perfección su función de abrir cartel y a cambio nos obsequia con un toreo desconfiado, pegando trallazos y siempre con las precauciones al uso, que si meto el pico, que si me quedo fuera. Que da lo mismo que se le escape un toro sin haberse enterado de lo que tenía o que se recorra más de medio ruedo detrás de una borrica. Pero quizá hasta esté contento más de uno por haberle visto cumplir como liebre en las carreras de atletismo, sale primero y luego desaparece para que entren en escena las figuras de verdad.

Volvía Talavante, amparado por el jefe del cotarro, que para eso es quién le apodera. Que decide que en uno no tiene el cuerpo para milongas y se limita a andar por allí dejando pasar el tiempo. Y al final decide ponerse manos a la obra para ver si le cae un despojito, que viendo quiénes “okupan” el palco, mucho se tiene que torcer la cosa. En esta ocasión el señor Rodríguez San Román, con amplia experiencia en protagonizar esperpentos vergonzosos y humillantes para la plaza de Madrid, y los señores Bellido González y García Gómez. Y así fue Talavante decidió tirar del repertorio más vulgar, más propio de plaza de talanqueras, más del gusto de otras latitudes y entre trapazos de rodillas, tirar la espada de mentira y trapazos bien aliviado metido entre los cuernos, lo ha bordado. Que le ha quedado como para que se lo borden con letras de esparto en un serón para llevar estiércol. Y cómo ha respondido la audiencia, que entre mandar callar a los que protestaban y sacar el pañuelo y jalear a su ídolo, no daban abasto. Pero cuidadito, que aún quedaba otro figurón que sufrir, el naturalista, uno de los grandes maestros de la más natural mentira, Pablo Aguado, que si no llevara `picadores se ahorraría dos soldadas y el efecto sería el mismo. Que si un animal se le derrumba, él a lo suyo, a ser natural, y si ello implica que los enganchones se apelotonen unos con otros, pues para adelante, mientras sea con naturalidad. Eso sí, esta vez no ha habido callos que se le pudieran por delante, no fuera a ser que le echaran otro toro, perdón, mulo, a los corrales y tampoco le abuchearan, que así están los que nos visitan tarde tras tarde en Madrid, que oyen tres avisos y solo parece que les sirve para salir corriendo al bar a rellenar la bañera de alcoholazo. Y aún habrá quién piense que Madrid ha tocado fondo, pero con todos estos elementos, tranquilos, que aún veremos nuevos prodigios. Aunque al final, todo se resume en que esto es la crónica de una muerte, quizá estafa, anunciada.


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viernes, 29 de mayo de 2026

Esta diversión y estos tan divertidos avergüenzan a la vergüenza

Lo que contenta a la gente uno o mil molinetes.


Si usted tiene prevista alguna celebración en las próximas fechas, no lo dude, encárgueselo a profesionales, profesionales de la juerga; de esos que hacen de un funeral el festival de la risa, de esos que en un incendio se ponen a bailar el Paquito el Chocolatero, porque no hay nada que pueda con esas ganas de disfrutar, de divertirse. Que se enfada la abuela porque montan un botellón en el tanatorio con el abuelito, pues qué se le va a hacer, que será que la señora no sabe ver el lado positivo de la vida. Que se queda la casa familiar hecha cenizas, pues tampoco es para tanto, que si todo el mundo fuera tan negativo, ni Fallas, ni Fogueres, ni Noche de San Juan. Y si resulta que una plaza de toros cualquiera, por ejemplo, así sin pensarlo, la plaza de Madrid. Eso, la plaza de Madrid; que nos vamos a poner hechos una hidra porque la tiran por el suelo y la pisotean sin el más mínimo resto de misericordia taurina, pues... ¿Y el buen rato que echamos? Que esto es como las fiestas del pueblo, que día queman un muñeco, otro el taller del que los fabrica y otra al mismo muñequero. Todo sea por la fiesta, por la diversión y para que los chaveas echen un buen rato. Que no me dirán que no se lo han pasado bien viendo como una masa informe jaleaba al trapazo rey y al rey del trapazo, aunque parece que esto les parecía poco y para mostrar ese saber estar en ese tendido cinco, nido de optimistas jaleadores, se lían a mamporros. Y que a alguno les parecerá mal, porque ellos van a ver toros ¡Anda ya! Para ver toros... váyanse a un prado. Y esa bonita conexión, ese hermanamiento entre estos sacude moqueros y el palco, en esta ocasión “okupado” por don José Luis González González, asesorado por don Vicente Yestera, cuya frase predilecta debe ser la de “tira, tira, sácalo”. Y ¡zas! Pañuelos al lienzo. Que parece ser que ha sido nombrado por tener una capacidad supersónica para contar pañuelos. Que si todavía existiera aquel programa de habilidad raras, este señor lo petaría, se subiría a un palco y en lo que los mulilleros van de la puerta de arrastre al toro, te dice, pañuelo arriba, pañuelo abajo, cuantas sabanas hay: 8.542 pañuelos, 458 hojas del programa y un abanico, ya está 11.001, sobre 22.000 almas, justo, hay mayoría, “tira, tira, sácalo”. Y ya tenemos el despojo en la misma mano que hace unos instantes trapaceaba sin rubor ¿Y todavía hay alguien que dude de esta gente para montar juergas? Perdónenme, pero o ustedes no tienen ni idea de lo que es divertirse o son unos aburridos o solo vienen a fastidiar.

Aunque como para todo, también hay que contar con algo de atrezzo, y no me refiero a las autoridades que han acudido como abejas a la miel, como moscas a la... bien, para que les viera el jefe. El atrezzo eran seis chavalotes de Juan Pedro Domecq, que presentaba un encierro de su afamada ganadería de coros y danzas de toreros artistas. Que no creo que haya ni un anti que le pueda poner una pega a nada. No se les ha picado, no fuera a ser que... Eso sí, merecen especial reconocimiento los de aúpa, que se ponían así con cara de apretar, haciendo que picaban, pero sin picar. Si ha habido un picador que por no ofender, ha partido hasta tres palos. Y ya le deben haber dicho que se estuviera quietecito, que los animalistas iban a estar muy contentos, pero que los del “Salvemos el Amazonas” empezaban a pensar en la desforestación del Mato Grosso. Esas criaturas de don Juan Pedro que luego iban y venían a la muleta con una docilidad digna de un colegio de monjas a la hora del Ángelus en los años de... Que sí es cierto que en bastantes fases de las faenas de muleta han tocado y enganchado los engaños de los tres actuantes, Diego Urdiales, Roca Rey y Bruno Aloi, pero es que tampoco podemos exigir la perfección, ¿no? Que lo he escuchado muchas veces, es que el toro perfecto no existe. Bueno, denle tiempo al señor ganadero y en tres camadas y con dos hierbas de más, nos prepara una coreografía con seis toros seis bailando el Can Can. Toros artistas, no, artistazos.

Y de los artistas, pues... Me quedo con unas verónicas en el cuarto de Diego Urdiales, sin rectificar en ninguna de ellas y una media final. El resto, ¿lo quieren saber? Que igual se me mueren de envidia por no haber podido asistir en persona al jolgorio de la Prensa. Resumiendo, a Urdiales le han dado una oreja por toro, ya saben, “tira, tira, sácalo”

. Aunque la verdad es que sus dos trasteos se han basado en un toreo erguido, derechito, pero abusando del pico y las separaciones en demasía. Que sí, que esto es estupendo para que el personal se divierta y mucho, pero toreo, lo que se dice toreo. Que los pesimistas pensaban que si el riojano también tira por ahí, ¿qué nos queda? Pues o te diviertes o... Por momentos muy exagerado eso de atravesar el engaño, aunque muy derechito, que conste. Que se lo vemos a otro y lo mismo ya no nos divierte. Eso sí, la estocada a su primero puede ser la de la feria en todo lo que llevamos visto. La se su segundo no tan espectacular, aunque sí muy efectiva. Salida a cuestas, pero que me perdonen los que no me perdonan, no creo que sea un modelo a seguir.

Y el rey del divertimento es Roca Rey, sin lugar a dudas. Que da lo mismo que pegue trapazos hasta a una máquina de coser. Que entre rodillazos, trallazos y desplantes al respetable se te pasa el rato divinamente. Que unos van con esas ganas de divertirse, de ver pasar al toro sea como sea y otros con la esperanza de verle dar uno con verdad y así poder poner en su epitafio, mientras sus allegados están de botellón y ahítos de diversión, “Vio dar un natural a RR, su único natural”. Iba a ser la envidia del Campo Santo. En este caso ganaron los divertidos, que hasta consiguieron que le dieran un despojo a este ciclón de la tauromaquia, pero ya saben, en lo que los mulilleros se deciden, van, se paran y a ver si enganchan, uno se puso a contar y acabamos en lo de siempre, “tira, tira, sácalo”. La sensación que tuvieron muchos de los presentes es de que se estaba rodando la segunda película de Roca Rey, de la que aún desconocemos el título, y a eso se debían las caras crispadas, las miradas llenas de todo menos de diversión a unos y a otros, el meterse a hacer quites cuando no era su turno, el poner esas posturas de opereta, que si doblo la rodilla y levanto el talón. Que uno no lo escuchó, pero seguro que se oyó más de una vez lo de “Corten”, “Acción”, que es lo que se dice cuando se interpreta en una película. Pero no se crean nada, que ya saben, que todo lo que sale en el cine es mentira y esto... ¡Ah! Pues también.

También estaba el confirmante del día, Bruno Aloi, que la verdad, él no pareció divertirse y los que fueron a su llamada, pues parece que tampoco. Que se esforzaban, pedían silencio, lo que a muchos les hizo pensar que o creían estar en misa o en el tenis y no en una plaza de toros. Pero si cogemos y hacemos un compendio de todos los vicios de la torería del momento, los convertimos en una pócima mágica y se los inoculamos a Aloi, lo mismo le pega una sobredosis de vulgaridad, porque al hombre no le falta ni uno, los tiene todos. Que si enganchones, trapazos, el estar despegado, el pico, el socorrido arrimón, el mal uso de la espada. Pero claro, si resulta que le toca con el gran fenómeno del momento al que quiere parecerse y se esfuerza en imitar, ¿qué esperamos? ¿Que temple, que mande, que la presente plana y que remate los muletazos atrás? ¿Estamos locos o qué?

Pero a ver si nos enteramos, que aquí lo que cuenta es la diversión y hay que ir a divertirse, a jalear trapazos, enganchones, trampas y que haya muchos despojos, ¡ah! Y mandar que se callen a los no divertidos, pero qué quieren que les diga, que al final y en definitiva, esta diversión y estos tan divertidos avergüenzan a la vergüenza.


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jueves, 28 de mayo de 2026

Que no se mueva, que no me mire, que no respire...

Hasta la mirada les molesta.


En esto de los toros parecemos tan obsesionados con el arte, que al final no valoramos ni el toreo, ni la falta de este. Arte, arte y más arte y todos tenemos que estar comprometidos para favorecer eso que llaman arte. Hasta los toros tienen que colaborar con el artista para que este cree su magna obra. Que como en casi todo, o todo, en esto de los toros se han invertido los términos, el mundo al revés. Antes, o por lo menos antes de este síndrome de Florencia taurino, lo primero de todo era el toro, un toro fiero y encastado, fuera bravo, manso o a determinar; Y a este animal en primera instancia había que dominarlo, dominarlo lo mejor que se pudiera, mandar sobre aquel caudal indómito y en último término, en la cúspide de la pirámide de los Toros, el arte, arte que solo alcanzaban unos pocos, que esto no era para todo el mundo. No se compraba en el mercado, ni a plazos como las televisiones, o te tocaban los dioses o estabas apañado. Pero para llegar a esto, lo primero dominar a un toro y el resto... gloria bendita. Y ahora es todo lo contrario, los artistas tienen que crear todos los días y contar con el favor de todo el mundo, incluso del toro, al que se le exige salir ya enseñado, tiene que saber entrar largo a los capotes, responder en el caballo, más o menos, que esto tampoco parece una condición sine qua num, y al llegar al último tercio convertirse en un carretón, en un dócil animalico. Pero, ¿y si resulta que el toro no sale tan colaborador? ¿Si resulta que faltó a clase el día de la toreabilidad? ¿Y si no le contaron que él había nacido para regalar embestidas formales?

Pues los de Pedraza de Yeltes no han debido ir a un colegio de pago de la “tauromaquia”. Que tampoco es que hayan salido alimañas, simplemente que no eran tontos del todo. Manejables, pero que había que saber manejar, había que imponerse a ellos con toreo, así de simple y no con trapaceo insulso, ni con un intentar caz<ar el muletazo bonito, uno aquí, otro allí y entre carrera y carrera, si los juntamos, tenemos una faena de época, ¿no? Pues no, porque eso, muy a nuestro pesar, no es toreo, es dar pases. Una presentación impecable por lo serio, ni una pega, aunque bonitos, lo que se dice bonitos... No creo que este año vaya a ganar ninguno el Mister Toro Lindo de este año. Que lo mismo quería meter los riñones para después simplemente dejarse y acabar peleando sin brío, como el primero. El segundo muy suelto, porque nadie de los de luces le fijó, ni hicieron por ello, apenas se dejaba. El tercero, distraído y tardo, se arrancó al caballo pegando un arreón, para después solo pelear con un pitón y sin humillar. El cuarto no llegó ni a cumplir y acabó saliendo huyendo del peto. Al quinto le cogió mal el del palo y este acabó en el suelo. El matador se lo llevó al de puerta y después pidió el cambio, demostrando José Fernando Molina lo poquito que le importaba la lidia y que se pudieran ver las condiciones del de Pedraza. El sexto, muy suelto, intentaba escapar al caballo que guardaba la puerta y una y otra vez había que quitarle esas ideas de la testuz. Le cogió bien el picador en la segunda vara, pero el castigo fue más bien rácano.

Los tercios de banderillas han sido más que lamentables, que lo mismo sembraban el ruedo de banderillas, que clavaban en mitad del lomo para entusiasmo de muchos. Y quizá unos y otros se limitaban a tomar ejemplo de sus maestros. Isaac Fonseca, totalmente desnortado, intentaba relatar su repertorio de novillero, pero aquellos días ya están lejanos y lo único que muestra es un no saber cómo abordar al toro, ni por supuesto limar cualquier complicación por leve que sea. Pases y más pases con todos los males de moda y en el mejor de los casos, pegando ventanazos con la muleta. Sin parecer que viera las condiciones de sus oponentes, en un pase por la espalda el toro, cuarto, se le llevó por delante, que me pongo de rodillas, haciendo más evidentes sus vicios y carencias. Trapazos desordenados, pero ni podía, ni sabía, todo muy desordenado, para acabar entre los cuernos, con esa trampa de con la muleta retrasada alargar el brazo y citar con el pico. Un torero que despertó interés, pero que aunque con voluntad, parece muy desnortado.

José Fernando Molina es el prototipo de torero al que los seguidores le llevan, inexplicablemente, a la alternativa y en tardes como esta no deja ni una sola duda de sus carencias. Sin saber qué hacer con sus toros, inhibido durante la lidia, parece ser que solo va a pegar trapazos mil, sin garbo, ni gracia, alargando el brazo para echárselo más fuera de lo que ya se pone y si se le pita, con razón, se encara con el respetable, que tuvo que sufrir sus anodinos trasteos, eternos e insufribles.

Jarocho era era reclamado por muchos después de una tarde de hace años en esta plaza. Él, como sus compañeros, no es capaz de fijar al toro con el capote y como los demás, a la mínima se gira de espaldas a los medios para perder terreno, lo que el público aplaude con entusiasmo, Ver para creer. Con la muleta no supo mantener a raya los arreones del de Pedraza y solo tenía como objetivo el dar pases, que solo eran trallazos acelerados, mucho enganchón y largando tela, mientras el toro pedía otra cosa, mando y poder. En el sexto empezó entre enganchones, tirando tela y en línea, lo que empezó a calentar a quienes veían en esto toreo. Sin rematar jamás, medios muletazos y más muletazos entre enganchones y pico desde fuera, hasta que el animal acabó yendo al engaño como un mulo. Que quizá había quién ya contaba con el triunfo, pero un bajonazo infame después de dos pinchazos, acabó con cualquier posible ilusión de triunfo. Que quizá podría haber habido alguno que otro de cualquiera de la terna, pero si obviamos las condiciones del toro y vamos a lo nuestro, pues es muy complicado. Que queremos un toro que así y asá, que no moleste, que complique, que sea dócil, en definitiva, un toro que no se mueva, que no me mire, que no respire...


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miércoles, 27 de mayo de 2026

De los creadores de “Bochorno en las Ventas 1, 2, 3 , 4” “Desmadre en las Ventas 5”

Antes se decía que cuando no había toros, había toreros, pero ahora, cuando hay toros, hay un señor que regala despojos a cascoporro.


Esto es un no parar, que salen algunos de la plaza pensando que Madrid ha tocado fondo y a nada que se despistan, ¡zas! Otro bofetón con la mano abierta. Y es que esto no parece tener fin, esto no tiene límites. Aparte del público verbenero, transeúntes del autobús, nada de esto sería posible sin la estimable colaboración, sin el inconmensurable protagonista de un señor sin criterio en el palco, que a nada que uno se fija, se ve que no sabe ni cuándo, ni cómo se sacan los pañuelos. Porque en esta tarde de bochorno con el regalo de dos orejas a una labor que sonrojaría a cualquier veterano de Madrid, del Madrid de antes, lo que el señor presidente, el señor González Carvajal, dejando de lado el aguantar para sacar el primer pañuelo, en su torpeza ha sacado tres pañuelos blancos. Uno lo ha quitado a toda prisa, pero sacado, lo ha sacado. Que no debe saber cómo están ahora las cosas en el palco; se saca uno, se deja y luego va el otro. O lo mismo es que realmente quería dar un rabo y alguien le habrá dicho “¡Tente Babieca!” Y de ahí el tirón. Pero como las ganas de airear pañuelos parecían irrefrenables, pues hala, el azul y la vuelta al ruedo al toro. Y ya tenemos montado el gran pitote, venga palmas, viva la algarabía. Que unos sentían vergüenza, pero, ¿qué es eso comparado con el desmadre del personal? No tiene ni punto de comparación. Que podíamos estar comentando una interesante novillada del Conde de Mayalde, pero no, eso da igual, qué importa si los toros son así o asá. Lo que importa es el despendole generalizado gracias a este señor comisario de policía, que como para todo despliegue tal habilidad, me le veo en la escena de un crimen pasando la fregona y la aspiradora, que esto está hecho un asquito. Pero no se crean, que para que el despropósito adquiera categoría de acontecimiento, ahí vemos a exigentes, pero exigentes de verdad, de esos que niegan la voz y la palabra a todo quisque, aplaudiendo con frenesí en mitad de esta locura. Que el cielo nos libre de los exigentes, que de los no exigentes ya nos libramos solos. Que tendrán que venir premios Nobel en Medicina para que investiguen que virus ha inundado los tendidos y palcos de las Ventas ¿El virus vulgaris desmemoriatum? ¿El virus vulgaritorum taurum? No lo sé, pero tiene que ser un virus muy potente. Que ya son conocidos el virus merendadorum y el virus amicus ganaderorum, pero es que estos son nuevos. Igual son virus cultivados en algún despacho más cerca que lejos, ¿no?

Y es una pena que tengamos que dedicar un tiempo a estas cuestiones patológicas, espero que ustedes me sepan disculpar, pero un especialista me ha aconsejado comentar todo esto, que dice que así se espanta a los virus, a parte de lo ya consabido, caminar, para acudir todas las tardes a la plaza, y beber líquidos, sin alcohol, para aguantar estos calores que parece que derriten las seseras y el entendimiento. Una novillada del Conde de Mayalde, justita en algunos de los mozos que saltaron al ruedo, quizá los tres primeros. Variada de comportamiento y muy apta para que los de luces lucieran y no solo fueran destellos fugaces. Novillos para hacer el toreo, porque con el picante que presentaban, todo lo que se les hiciera bien hecho habría adquirido valor. El primero se frenaba en los capotes y nadie era capaz de hacerse con él, costándoles capotazos y más capotazos ponerlo al caballo. Y en el caballo vimos, puñalada en la paletilla al margen, como el novillote empujaba con ganas; le taparon la salida. Le dejaron casi sobre la misma raya para la segunda vara, picotazo en el lomo y salió huyendo. Lo volvieron a poner y a pesar de la carioca, siguió peleando bajo el peto. Aún volvió una vez más por su cuenta con el tercio ya cambiado, para proseguir provocando el caos en el primer tercio con el que le lidiaba. Al segundo, una raspa cornalona, le dejaron corretear a su aire. Puyazo más que trasero, tapándole la salida y otra más en el segundo encuentro. El tercero, otra raspa, aunque con algo más de presencia, tampoco mucha, hasta parecía que arrastraba las patas. Lo abandonaron para que él buscara el peto. Otra cuchillada en la paletilla, que el de aúpa no atinaba y el del Conde empujando con los riñones, sin reserva, aunque bien es verdad que salió suelto del encuentro. De nuevo, esta vez al relance, ya derrotando en el peto mientras le hacían la carioca, para acabarse yendo suelto. Desorden en banderillas, con el animal cruzándose un tanto por el pitón derecho. El cuarto peleó con ganas en el primer tercio, pero siempre tirando cornadas al peto. De igual manera en la segunda vara, teniendo que tragarse demasiados capotazos. Al quinto ya empezaron a descomponerle con regates con el capote, no le atinaban no ya en el morrillo, en toda la masa bovina del animal, que solo se empleaba con el pitón derecho, primero haciéndole la carioca y después tapándole directamente, para a continuación dolerse de los palos. El sexto no tuvo ni la fijeza, ni la codicia, ni la emoción del tercero que propició un triunfo en bandeja. Se le picó poco y mal, teniendo en cuenta las vueltas de campana que seguro le quebrantarían. Ya ven variedad en los comportamientos en el caballo, y en la muleta, pues todo dependía de los actuantes. Emilio Osornio no pudo desde muy temprano con su primero; trallazos y desarme, venga enganchones y sin parar un momento, que no podía y no podía. Uno pedía, exigía mando y el otro solo andaba a dejar pasar el tiempo, muy desconfiado, dejándosele ir ni ser capaz de nada. En su segundo fue capaz hasta de recibirlo a la verónica dignamente. Con la muleta en principio no abusó de un pico exagerado y aunque con la lentitud que marcaba el animal, tuvo algún medio destello antes de enfrascarse en lo de siempre y el apunte quedó en un borrón garabateado. De nuevo parecía que, pero nada, sin rematar y forzando las poses.

Pedro Montaldo no paró de bailar en su primero, con mucho pico, lo que hacía que fuera peligroso el que el animal viera el hueco y se lanzara por ahí. Sin saber qué hacer, limitándose a estar por allí. En su segundo, más trampas, más pico, sin aprovechar ni medianamente una de las arrancadas del novillo, resultando su labor realmente anodina. Julio Méndez, a las puertas del doctorado, demostró un buen manejo de la puesta en escena. De rodillas, aunque sin parar en ninguno de los trapazos, pero encendiendo al personal. Pico muy descarado y cuando se veía comprometido para sacar el de pecho, se lo pasaba por la espalda, matando dos pájaros de un tiro, por un lado se aliviaba y por otro ponía al paisanaje a mil. Cuanto más atravesaba el engaño, más le jaleaban y el animal toreándose solito, daba lo mismo el de los trapazos y sus retorcimientos. Y para culminar, las bernadinas aturulladas y un solemne bajonazo, prólogo a los juegos de manos con pañuelos en el palco. La ventaja en este trasteo era la emoción del propio toro del Conde, que no se cansó de embestir. Y al señor del palco se le debió olvidar lo sucedido en el primer tercio, a él y a tantos, que le dio la vuelta al ruedo. Que ahora le dan vueltas hasta a uno que un día pasó por allí. En el último, carente de esa emoción, la cosa bajó. Poco se diferenciaba un trasteo del otro, pero lo que cambiaba era el toro. El diestro muy distante, mucho pico, pero mucho, trapazos y más trapazos y venga a recolocarse después de cada uno. Otro bajonazo y punto. Pero a la asistencia ya le daba lo mismo, que ya tenían la juerga preparada, lo contentos que se iban a hacer el viaje de vuelta después de sacar al chico a cuestas. Pero esta es una película que ahora se repite con demasiado frecuencia en esta plaza, como si nada estuviera preparado, todo improvisado, ¿verdad que sí? Y así andamos, con la misma película, guionizada y producida por quiénes ya imaginan. De los creadores de “Bochorno en las Ventas 1, 2, 3 , 4” “Desmadre en las Ventas 5”.


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lunes, 25 de mayo de 2026

Aquelarre de la vulgaridad

Se decía en un tiempo que el pase del celeste imperio debía su nombre a que al públicos entusiastas al verlo se les engañaba como a chinos


Esto parece que no hay quién lo pare; quizá porque pretender pararlo sea equiparable a pretender parar un mercancías cuesta abajo, simplemente extendiendo los brazos, cerrar los ojos y volver la cara. Ganado infame, toreros cuyo único objetivo es acumular despojos a base de dar un espectáculo lamentablemente vulgar, adocenado y vacío, un palco que los ampara y un público vocinglero y para los que la cosa va de divertirse. Diversión que solo consiste en jalear lo que sea, ya pueden estar colándoles el timo de la estampita, que la diversión para residir en el jalear todo, para coronar esta orgía de berridos con un despojo. Y si no se entra en ese juego, es que no sabes divertirte y además caes en el pecado mortal de criticar eso que nos quieren hacer tragar sin tan siquiera un vasito de agua que nos ayude a pasarlo. Que resulta que no les gusta la plaza de Madrid, porque protesta sus juergas, pero luego bien que rebosan el babeo cuando uno de los que visten de luces hurtan un despojo casi a traición. Que me dirán que la cosa tampoco era para rasgarse las vestiduras, pero si tenemos una corrida mansa, floja y descastada, unos toreros empeñados en alargar el tedio, bien fuera por creer que a los mil trapazos daban un despojo o por no quedar mal delante de no sé quién, o sí lo sé, haciendo como que hacían, sin importarles tirar de repertorio de talanqueras y además un presidente que ya acredita un currículum lo suficientemente extenso como para no volver a estar en el palco de Madrid ni de paso, don José Antonio Rodríguez San Román, pues solo falta la guinda de un público que solo miran por el despojo y si además es para el paisano, para qué más.

Lo de Alcurrucén, pues eso, para pegar pases, que es lo moderno, sin someterles, ni amagar con hacerlo. Mansos en el caballo y en lo que no era el caballo. Que lo mismo entraban a los capotes con las manos por delante, que se emplazaban en terrenos cercanos a toriles, que salían de najas al notar el palo o se retorcían desesperadamente al notar las banderillas. Luego más o menos acudían a las muletas que en ningún caso les sometían. Que a algunos esto les sabrá a poco, pero, ¡ojito! Que a otros esto ya les da para pedir el indulto a voz en grito y tienen tema para llenar las redes sociales mostrando incredulidad, atacando a la plaza de Madrid porque en esta no se saca el pañuelo que los devolvería a la finca ¿Quieren indultos? Pues que los pidan en su plaza y punto y que nos dejen tranquilos a los que llaman amargados de Madrid. Que por ahí hay indultos, música durante la lidia, despojos a tutiplén y merienda para todos.

Los de luces eran Fortes, David de Miranda y Víctor Hernández. El primero toreó al que abría plaza con lo que muchos llamarían lentitud. Y es así, pero esa lentitud no dice nada cuando procede de la exigua energía de un moribundo al que le costaba un mundo dar un pasito. Y para que no faltara de nada, salpicado el moribundicidio con enganchones y más enganchones, sin dejar de exhibir el pico de la muleta. Pierna retrasada, como en el cuarto, muy perfilero y citando siempre desde fuera, muy fuera. Ventanazos y más ventanazos, echándose al toro fuera, que ya iba por allí como la borrica del Domingo de Ramos.

No tengo que negar mis simpatías por David de Miranda, sería cínico, pero la verdad, se nota de quién es la mano que ahora mece la cuna. Que su apoderado anda por ahí diciendo que lo del pico es más peligroso y que los de Madrid pitan a los toreros a los que tiene manía. Que hasta pareció indicación del señor apoderado ese duelo de quites entre el onubense y Víctor Hernández. Qué bonita y necesaria es la competencia, pero competencia ofreciendo algo de sustancia, no un duelo de ver quién levantaba más aire. Cuatro quites y ni una santa verónica llevando al toro. Que si chicuelinas apartándose, que si gaoneras a la velocidad del rayo y enganchadas, que si quite sin gracia ¡Apasionante! Para evitárselo. Con la muleta de Miranda empezó con estatuarios, eso que el crítico denomino pases del celeste imperio e investiguen el porqué del nombrecito. Y menos mal que vino uno del desprecio, que eso pone a todo el personal a mil. Luego lo ya sabido del pico, que incluso en una de estas el toro se fue al hueco entre el bulto y el engaño. Muletazos tropezados, para culminar metido entre los cuernos, enganchados de uno en uno y sacando en exceso el brazo, para terminar alborotado y con un bajonazo. Pero allí estaba el señor presidente presto a sacar el pañuelo blanco. En su segundo más de lo mismo y de nuevo para acabar en el arrimón, siempre muy, muy fuera en los cites y con un repertorio quizá más de masas y de otros lugares, que de la plaza de Madrid, aunque esto último puede que sea mucho suponer, porque en esta plaza ya de talanqueras se aplaude cada cosa.

Víctor Hernández hacía su aparición en la feria y a pesar de la expectación de muchos, no dijo más que todos los demás coletudos que le han precedido. El mismo repertorio de todos, que ellos van a soltar su bonotrapazo, sin preocuparles las formas, los terrenos, los trazos, ni por supuesto los remates. Ventanazos hasta violentos, a medio muletazo, dejándosela tropezar demasiado, pico, carreras y no haciendo otra cosa que hacer que el tiempo pasara. En su segundo parecía dispuesto a no exagerar todos estos defectos, pero la cosa duro una tandita, en línea, pero al menos... Para acabar encimista, pegando tirones y muy fuera al citar y unos trallazos citando de frente incluso después de escuchar el primer aviso. Que juntamos este ganado, estos coletudos, este palco y este público despojador de despojos por vicio y nos queda un bonito aquelarre de la vulgaridad.


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sábado, 23 de mayo de 2026

Y me hablaban de la importancia del primer tercio

Me pregunto si realmente cuando muchos dicen que el primer tercio es fundamental, si de verdad se lo creen o si basta un toro que acuda a la muleta para que se entreguen sin reservas.


Quizá alguna vez, solo alguna, ustedes habrán escuchado eso de la importancia del primer tercio para valorar un toro, que si no da el do de pecho en el caballo ya pierde toda opción a los máximos honores. Que lo mismo hasta a usted mismo se le ha escapado en algún momento, incluso sin querer. Yo recuerdo a varios de los que se autocalifican como exigentes, ¡ay, pobres! Afirmarlo con esa rotundidad de quién se inviste con galones de general de la tauromaquia. Que oiga, uno hasta se lo cree, pero es llegar una tarde zurrándote el sol en la azotea y parece que se te reblandece la materia gris. Que malo es el sol en esta época del año. Que así pasa, que les sale un toro que pastó en la sierra de Madrid que en los primeros encuentros con los capotes salía de los lances como un burro despistado mirando al tendido, quizá buscando a algún conocido que le hubiera visitado por la finca. Luego llegamos a ese punto culminante, el caballo, que independientemente de que le taparan la salida, usó el peto para dormirse a su calor sin tan siquiera amagar pelea. Bueno, estaría despistado, probemos por una segunda vez, que como parece costarle arrancarse, pongámoslo de cerquita, en la mismita raya. Y allá que va para colarse debajo de la cabalgadura. Anda, sacalo, que al final vamos a tener un disgusto, aunque no se le haya picado, pero sácalo de ahí. Eso sí, luego iba y venía a la muleta las veces que se lo mandaran. Un toro de esos que llaman para el torero, ¡Ay la frasecita! El animal era el perfecto colaborador para propiciar el delirio de las masas con el torero que le tocó en suerte, Sebastián Castella. Que sería que como muchos ya le veían en la cumbre del mundo y al final no pudo ser, pues nada, le damos la vuelta al ruedo al toro. Pedida por algunos, unos autodenominados exigentes de nuevo cuño, otros no tanto. Que tenían ganas de estrenar el pañuelo azul. Tiempo le faltó a don José Luis González para sacar también el suyo. Y vuelta al ruedo al toro que en el caballo. Pero... ¿No era que si no se cumple al menos en el caballo no...? Que sí, que nos cuelan muchas, pero es que ni protestas, ni descontento. Eso sí, ya saben, que igual no se lo han dicho nunca, pero el primer tercio es fundamental y además, ¡hay que picar!

Pero claro lo del “¡hay que picar!” con lo de Victoriano del Río, pues no casa. Esto no cuadra con la “tauromaquia moderna”, con estos usos actuales en los que lo que vale es la muleta; y que no me cuenten rollos, muleta, muleta y muleta. Y esto, la verdad es que este ganadero lo borda, le sale que ya quisieran muchos. Otra cosa es si nos debemos conformar o simplemente lamentarnos de que nos pongan solo la mitad de la película, como si tuviéramos la obligación de asumir lo que nos negamos a asumir. Pero, ¡ojo! Que lo den gato por liebre. El gato podrían ser los tres primeros, que en nada parecían criados en la sierra, que no daban el tipo de la casa; flojones, aunque aún así, como el segundo, pues hasta iba y venía. El primero pendiente de las tablas y el tercero, pues esperando a que alguien le sujetara, visitando a todos los tendidos de la plaza. Fue a partir del cuarto cuando ya se les reconocía como parte de la familia del Río. El cuarto ya ha quedado retratado al inicio. Al quinto no se le picó demasiado, aunque se marcara el puyazo en buen sitio. Luego bastante tenía con no hincar la cornamenta en la arena entre trallazos por abajo de su matador. Y el sexto, este era de la familia, pero que al amigo le dio por arrancarse con alegría al caballo, muy mal picado, pero que quería pelea, hasta encelarse con el caballo. Luego tuvo la mala suerte en el sorteo, haciendo que le correspondiera Tomás Rufo, que ni de lejos se le pasó por la cabeza mostrar a ese toro a ver si tenía algo más de lo expuesto en el tercio de varas.

De los espadas, pues poco nuevo, incluido ese escándalo trapacero que arrebata a las masas de Sebastián Castella. En su primero nada de nada, anodino. E incluso en el del éxtasis fue incapaz con el capote. Eso sí, fue irse a los medios y decidió innovar iniciando muletazos por la espalda, por delante, para proseguir atravesando la muleta con la zurda ¡Pa qué más! Con la diestra pico exagerado y pierna de salida escondiéndola a veces hasta con exageración. La misma tónica con la izquierda, siempre con la uve y alguno algo más largo, lo que ya enloquecía al más frío del mundo. Sin rematar jamás detrás, cortando el muletazo y el de Victoriano que seguía en su papel colaborador. Que ya estaban unos preparando el pañuelo para sacudirlo a los cuatro vientos, otros tomando proteínas para coger fuerzas para pasearlo a cuestas hasta la calle de Alcalá, pero nadie contaba con el fallo con la espada primero y con el descabello después. Hasta tiró este de malas formas, que debe ser algo también de la “tauromaquia moderna” Y uno, como ya va para tarra, ni lo entiende, ni lo admite. Y venga golpes de verduguillo y no golpes, porque el atornillar no es golpe, ¿no? Y será por el disgusto, que en los siguientes toros, en lugar de ocupar el sitio que le correspondía durante la lidia, pues se limitó a andar por allí.

Emilio de Justo, al que alguien hace tiempo calificó como figura, pues si reparamos en el capote, verónicas echando la pierna atrás o chicuelinas siempre apartándose. Y ponga esto en el toro que quieran. Y con la muleta, pues más trampas, un no parar, abuso del pico, tirones, enganchones, trapazos echando al toro para fuera, siempre citando allá a lo lejos, quitándole el engaño a medio trapazo y siempre forzado.

Tomás Rufo debe sentirse un incomprendido, pero que esté tranquilo porque hay muchos que tampoco comprenden a qué su presencia en esta feria. La de él y la de tantos otros. Un torero que sabe guardar las distancias, lejos durante la lidia de sus toros, aunque eso sí, dando órdenes, no parando de hablar, que seguro que alguno de los suyos pensará; ven tú. Pero tranquilo, que eso no parece que vaya a pasar. Y ya con la pañosa, pues él viene a soltar su repertorio sin importarle lo que tenga delante. Que se le marcha porque a estas alturas nadie ha fijado al animal, pues él detrás a ver si caza algún trapazo. Y si su toro parece haber dicho algo en el caballo, da igual, venga a pegar trapazos con la muleta exageradamente torcida y él guardando las distancias, que ya se sabe que... Que en el sexto de principio le iba como un tren, pero eso a él le importaba bien poquito, él a lo suyo. Cerca del cinco, que dicen que es su terreno talismán, más pico, algún empalmado, huy que me la ha quitado, pero tengo más. Cuartos de muletazo, ahora me pongo encimista y nada, que a esta gente no le gusta nada, que soy un incomprendido. Pero para muchos lo que todavía les daba vueltas en la cabeza es esa vuelta al ruedo a un toro que en fin...Y me hablaban de la importancia del primer tercio.


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viernes, 22 de mayo de 2026

La mentira resulta indefendible

Que quería Aguado animar a la parroquia con molinetes y molinillos, pero lo que nos tenía guardado superaba todas las expectativas.


Si usted coge una libreta y se pasa por los alrededores de la plaza antes del festejo y elige a la gente guapa para preguntarles su opinión por el cartel del Puerto y la Ventana con Manzanares, Ortega y Aguado, no es difícil vaticinar que las respuestas giren en torno a la gran maravilla que se les presenta para una tarde de toros. Ganadería de postín, que vienen, repiten y vuelven y vuelven a repetir y así hasta el infinito, pase lo que pase. Y los diestros, tres figurones, tres figuras más que consolidadas, uno que compone como Stravinski, otro que tiene dentro más arte que el Prado y el tercero que es esa elegante naturalidad del artista tocado por los dioses. Ahora vayan y con la misma libretita apunten lo que les diga un habitual de la plaza de Madrid. Les dirá que lo del Puerto y la Ventana están podridos y que no entienden su presencia año tras año. Que Manzanares quizá no fue santo de su devoción, pero mucho menos en la actualidad, en que no puede ni con un eral de cartón piedra. Ortega quizá le parezca que tiene mucho arte... pero sin toro. El arte de un capotazo hoy, otro para dentro de dos meses y la faena completa que se prevé en las calendas grecas. Y Aguado, pues eso, la mentira más natural, sin aditivos, ni colorantes, pero mentira y con el inválido, que es lo que él mismo ha declarado que precisa, porque así es su arte.

El detenerme en el detalle me parecería un insulto y apropiarme de un tiempo que quizá podrían emplear en algo mejor que en el festejo de la tarde en Madrid. Lo del Puerto y La Ventana, de la misma casa, pero de diferente sangre, ya ni tan siquiera recordaban en presentación a lo que siempre fue. Eso sí unos mojicones, algunos pasados de kilos, buenos solo para hacer un balde de albóndigas. Inválidos, descastados, mansos y todo lo que se les pueda ocurrir para poner de ajo perejil a una ganadería. Lo de picarles... Perdón, que no es por molestar, que dirán que hablar del primer tercio con esto; pero les doy mi palabra que no es por molestar. Que han devuelto a dos, segundo y cuarto, porque lo siguiente era sacar a la Cruz Roja. Uno de José Vázquez, que no se ha devuelto quizá porque el pañuelo verde lo habían echado a lavar. Y no ha sido el único que debería haberse devuelto. El del Freixo, un cornalón desproporcionado, habría valido para la muleta, pero sin nadie delante que solo se dedica a componer.

Los espadas, pues José María Manzanares, ya que compone tan bien, que empiece por la Patética, un Réquiem o el adiós muchachos compañeros de mi alma y que se dedique a otras cosas y deje de aparecer por aquí un par de veces al año, cobrar y hasta la vista. Que no me dirán que esto no es brevedad, porque lo del pico, los enganchones y demás ya nos lo sabemos, ¿no? Juan Ortega, pues, si es que está todo dicho. Que él, como sus compañeros de terna pasan como fantasmas. Que igual mañana les sale la borrega del de los botijos y da mil trapazos, le escucha un presidente benévolo y con un asesor del sistema van y le sacan a cuestas. Que no sería la primera vez, pero al menos aquí, intentemos hablar de toros y no de verbenas multitudinarias. Y Pablo Aguado, él tan derechito, sin bajar la mano ni para atarse los cordones de los zapatos, se ha puesto a desplegar su naturalidad vacía y tanto ha estado desplegando, que se ha liado. Una menos de media y a descabellar, ¡se va a complicar él! Pues se ha complicado. Que se ha dado la vuelta al ruedo detrás del toro a ver si doblaba. A ver el verduguillo, uno, no, dos, no, tres... Dame el bueno, el de los domingos, que este no tiene punta. Maestro, es que hoy es jueves. Me da igual, el descabello de los domingos. Hasta 21 golpes de cruceta y nada; que decían que igual tenía un callo en el cerviguillo. Que con 21 golpes lo habría echo mouse de toro. Y un aviso, dos avisos y tatachín, el tercer aviso. Que no se crean que le han regañado, ni mucho menos ¡Ay, Madrid, sombra de lo que eras Que para el abuso del pico y los enganchones, muy natural él, no hay extenderse. Que la ovación más cálida se la ha llevado el puntillero, que desde el burladero ha atinado a la primera... quizá circunvalando el callo, ¿no?

Tarde de figurones y menos mal que el anti del otro día no estaba, que parece que afortunadamente no saben elegir, pero habría sacado material para que nos avergonzáramos con estos bochornos. Que aún los había a la salida que se lamentaban y le echaban todas las culpas solo al ganado. Que culpa tienen, evidentemente, pero, ¿no se preguntan quién elige y exige estos hierros? Que ya es mala pata que esto pase siempre con los figurones. Que no relacionan a unos con otros en los montajes de estos escándalos. Que todo va hilado y muy bien hilado. Que luego me empezarán que si esto es un arte; a las pruebas me remito. Que si esto es nuestra tradición, que no, este espectáculo, de ninguna manera, aunque lleva años siendo tradicional. Tantas y tantas frases hechas, frases vacías que quizá ni los que las repiten serían capaces de explicarlas. Lo mismo que si en mitad de esto alguien me sale con que fulanito dio un natural, una media un... ¡Qué noooo! Que eso no es el toreo, que poner posturas con el carretón no es toreo, ni arte, ni nada. Que por mucho que estos se esmeren en ello, la mentira resulta indefendible.


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jueves, 21 de mayo de 2026

Un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda

Algunos de Saltillo parecían otra cosa por la estampa y todos no lo parecían tanto por su noble comportamiento.


Que nos acostumbramos al tofu vuelta y vuelta, a las algas al vapor sin sal por lo de la tensión y si nos ponen un chuletón mínimamente sazonado, pues que no, que nos liamos a darle vueltas y más vueltas y ni con mucho pan o muchas patatas lo pasamos. Un chuletón tiernecito, sin nervios, sin hueso, solo con una pizca de sal y pimienta y nada, que no nos entra. Y el cocinero que no da crédito, pero tampoco tiene otra cosa, así que al final, algo que podría ser una delicia se convierte en un mal trago y nunca mejor dicho.

Llegaba la de Saltillo, con un remiendo de Couto de Fornilhos, que hizo quinto. Que muchos esperaban un derroche de casta, complicaciones por doquier, ganado tirando bocados, pero la realidad ha sido muy diferente, una corrida tirando a mansa, pero en líneas generales derrochando nobleza en la muleta, pero si llegar a la bobonería tan al uso en la inmensa mayoría de los hierros. El personal además esperaba estampas de otros tiempos y más al ver salir al primero, el toro que un aficionado se imagina al mentar esta vacada; pero a partir de ahí la cosa fue para abajo, aunque ya digo, todos con un pelín de picante, pero sin excesos, que no hacía falta tirar de sales de frutas en el arrastre de cada Saltillo. Es más, algunos incluso habrían pedido al maitre un poquito guindilla o tabasco para darle más gracia a la cosa. Y delante se ponían tres estómagos acostumbrados a la sopa de sobre o a los taquitos de caldo concentrado. José Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla. Que a ver quién les explica a estos que cuando sale un toro con algo dentro lo primero es fijarlo, evitarle capotazos y ponerlo y sacarlo del caballo, para después darle lo que pide, que en este caso era toreo, mando y no trapazos y más trapazos, que por otro lado los animales se tragaban sin apenas decir “hasta aquí hemos llegado”.

El primero, el Saltillo de los libros antiguos, recibió un manteo insulso de Venegas. En el caballo, cuando atinó el del palo, peleó y empujó, hasta que decidió pararse. En la segunda vara cabeceaba y al final se repuchó. Y allá que fue el espada a por él, aquerenciado en tablas y ya en el tercio, pues muchos trapazos distante y con el pico, encimista, sin parar quieto y enganchón tras enganchón, mientras el animal iba allá adónde le ponían el trapito; por alto, pues por alto, por abajo, pues por abajo. Y estas embestidas más que aprovechables, las tiraba el espada por la ventana. Su segundo, que sí que llevaba el hierro de la casa, pero nada más, aparte de ser manteando, le arrancó el capote, paseándolo como prenda triunfal por el ruedo. Le pusieron de lejos, pero el animal tardeaba. Peleaba tirando derrotes y en el segundo puyazo, después de meterlo debajo del peto, apenas se le picó. Se defendía en la muleta y Venegas que no sabía por dónde tirar, que no se hacía con él. Se le venía echando la cara arriba, siempre tocándole el engaño y poco a poco haciéndose el amo de la situación. Un toro que no era para liarse a pegar trapazos, que clamaba a gritos por una mano con mando, pero esa no era la del que le tocó en suerte.

Quizá si hiciéramos una encuesta preguntando por nombres de toreros para enfrentarse a la de Saltillo, lo mismo nadie votaría por Juan Leal, pero como aquí deciden otros, pues hubo de aguantar al espada que a todas luces da muestras de andar muy, muy despistado. Que él viene a hablar de su libro y resulta que esto es un festival de la canción. El primero se frenaba echando las manos por delante en los mantazos de recibo, defendiéndose y buscando la salida por dónde había entrado. Muy suelto sin un capote que echarse a la cara, buscaba al que guardaba la puerta, pero no llegó, afortunadamente, a él. Cara alta y derrotes al notar el palo en sus encuentros con el picador. Siempre suelto, a su aire, ya en la faena de muleta, en los medios, Leal le recibió con mantazos por delante, por detrás, para continuar despegadísimo y dejando ver el pico de la muleta desde la acera de enfrente de la calle de Alcalá. Trampa exageradísima, que se le iba, pues por la espalda, que se le protestaba, pues más trapazos y a ver si cazaba alguno suelto deambulando por el ruedo, pillara dónde pillara. A él le tocó el remiendo grandullón de Couto de Fornilhos, que seguro que iba a ser más dócil y facilón y apto para desplegar todo su repertorio de talanquera de tercera ¿Seguro? Pues para que te fíes. Le salió corretón y en lugar de hacerse con él, el galo se limitaba a dar mantazos corriendo para atrás y acortando el viaje en esas primeras embestidas. Que siguió corretón y el llevarlo al caballo era un vía crucis, no se sabía cómo domeñar a aquel ejemplar. Primero al hilo de las tablas, picotazo y a correr pegando un respingo, así hasta tres veces. Que algunos aún pedían que se le pusiera de lejos. Llegó al de la puerta y ahí, tapándole la salida se le pudo picar. Y vuelta al de tanda, para que al menos le dieran un picotazo haciendo la carioca. Con un pitón izquierdo que no regalaba precisamente caramelos. Y ahí que fue él con la muleta a... a algo, pero no me pregunten a qué. Un desarme, aire con la zurda, uno y a ver si me coloco bien, pico y venga enganchones, incapaz, pero consiguiendo con nota ponerse muy pesado, como si no quisiera que nadie se marchara a su casa sin saber lo vulgar que puede llegar a ser este torero que, con toda seguridad, volveremos a ver ¿Nos apostamos un duro?

El tercero, para Juan de Castilla, ya salió olisqueando la arena, para después ser recibido entre bailes, echando la pierna atrás en cada capotazo. Buena cuchillada en la paletilla, tapándole la salida y en cuantito que vio el campo libre, adiós. Más derrotes en la segunda vara cerrado en tablas. Inició el trasteo de rodillas, dando vueltas con el pico de la muleta, hasta que se vio apurado. Nada diferente de pie, venga trapazos, a la zurda y sin parar un momento según pasaba el toro. Venga carreras entre pase y pase, con el toro acudiendo al engaño, quizá esperando que alguien le mandara por dónde ir, pero no, la cosa iba de trapaceo insulso. Al sexto de nuevo le recibió bailando y cortando el viaje del toro, dándose la vuelta para perder terreno hacia los medios. Derrotes con la cara alta en el peto haciéndole la carioca. Bien agarrado en el segundo encuentro con el palo, para no dejar de tirar viajes a la guata. En la faena de muleta, desde el primer momento el toro se le vino arriba, marcando el paso al espada, que ni lograba llevarlo, ni parar de correr entre trapazo y trapazo. El toro pedía mando, toreo, pero de Castilla estaba a otras cosas, no oía al Saltillo. Mano alta y mucho pico, con descaro. A los tres les vino grande la corrida, no supieron darle lo que precisaba y cosa curiosa y criticable, es esa costumbre de tirar la muleta al suelo en la suerte suprema. Que feo y poco profesional eso de despreciar así los trastos. Qu8e algunos esperaban otra cosa de Saltillo, algo que se asemejara más a lo de tiempo atrás y no a lo que tenemos cada día en los ruedos. Que no se comían a nadie, que no eran bobonas, de ningún modo, pero es que al final, un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda.


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miércoles, 20 de mayo de 2026

Qué mala suerte tienen los novilleros

Les hacen creer lo que no son, les convierten en unos engreídos. Pena dan estos novilleros que no parecen tener a nadie que les cuente el toreo y no solo como cortar despojos sin valor.


A veces la mala suerte se presenta disfrazada con la mejor de las apariencias, con las galas más brillantes y lujosas, sin dejar asomar los harapos y la miseria que es en realidad. Esa mala suerte que nos besa en el momento que más lo deseamos, pero sin que sepamos que es un beso traicionero y que en el futuro, a corto o medio plazo se nos revelará como una gran mentira. Que habrá quién diga eso de “que nos quiten lo bailao”, pero lo malo puede ser que lo que venga detrás sea de todo, menos agradable. Y a veces, últimamente demasiado a menudo, en la plaza de Madrid alguien prepara un montaje con todo detalle para simplemente engrosar esas estadísticas propagandísticas que solo engañan a los que lo organizan y a los que para una vez que van, se dejan engañar; que estos podrán decir que han encumbrado al paisano, al chaval que les ha caído bien o cualquiera del que luego no se acordarán ni si se llamaba Juan o Manuel. Que se empieza por un encierro impresentable de Fuente Ymbro, con algunos novillos para una sin caballos y otros demasiado novillos para Madrid. Que ha salido uno después de los tres casi erales del principio y, no siendo nada, parecía el padre de todos los novillos del mundo. Todos luciendo magna mansedumbre y en la muleta, pues los desorejados se han movido, el sexto la verdad es que no se cansaba de embestir, pero ha sido la excepción. En el palco un presidente, el señor González Carvajal, asesorado por el veterinario Recas Vara que le habrá aconsejado bien diciendo que era una novillada propia de Madrid. Primer traspiés. Y como asesor artístico, el señor Yestera Fernández- Pacheco, que curiosamente ha morado en el palco en los últimos escándalos vergonzantes en esta plaza. Pero que nadie piense que pretendo descargar de responsabilidad al usía, ni mucho menos, porque se supone, igual es mucho suponer, que algo de idea de todo esto tendrá. Que para ver si hay muchos o pocos pañuelos tampoco hay que ser Pitágoras, o hay petición o no la hay y en estos tres casos, pues ni de lejos. Pero por esas cosas, que si los mulilleros tardean como mansos, que si lo que interesa para convertir esto en histórico es dar despojos, pues se dan, ¿qué más da? Aunque mi pregunta es si dar esos despojos a unos novilleros incapaces y montados en la vulgaridad es justo para ellos o no. Que están muy bien los triunfos prefabricados, que se pasan un rato de felicidad, pero si se premia el no dar el nivel, lo que puede pasar es que los porrazos les lleguen a los de las medias rosas y no a los entusiastas de los tendidos 4, 5 y parte del 6.

Los engañados en esta ocasión, y no quito ni una letra, han sido Pedro Luis, Mario Vilau y Julio Norte. El limeño Pedro Luis por no saber, no sabe ni colocarse en el ruedo y ni indicándole desde el callejón cuál era su sitio, atinaba a ubicarse. A su primero, además de menguado, flojito, le soltó una ristra de trapazos, muy ventajista, pico descarado, siempre fuera y sin dejarse un enganchón para casa. A su segundo, más de lo mismo, tirando líneas rectas, trapazos de uno en uno, aunque alguien de los que saben afirman que esto es meritorio; ellos sabrán. Y si a su incapacidad unimos que el animal presentaba un ligero calamocheo, ¡para qué más! Iba detrás del flojón a ver si cazaba algo, pero con estas mañas, ni gamusinos. Mario Vilau se fue por dos veces a portagayola. En la primera aguantó y después se lio a capotear cediendo terreno de espaldas hacia los medios. Este segundo impresentable, siendo bondadosos, se puede decir que medio cumplió en el caballo. Y el espada decidió empezar de rodillas al abrigo de las tablas. El novillo ya se le paraba y después, el que no se paraba era Vilau. Tirones, retorcimientos, siempre muy fuera y dejándosela tocar demasiado, para acabar con un repertorio chabacano, vulgar, innecesario, pero que sin petición, debió enternecer al palco, a todo el palco y le dieron un despojo. En el quinto los capotes volaban entre los pitones del novillo, que los lucía como la señera de un guardamarina en un galeón de su majestad. En banderillas se fue complicando la cosa, esperaba un mundo, se arrancaba tirando arreones y por ese eterno defecto de atravesar la muleta, en un cite con la zurda el toro le cogió certero. Lo que quizá algunos desde el tendido le censuraban mientras otros aplaudían, es lo que llevó al diestro catalán a la enfermería. Alguien pensara que esas palmas falsas y rebosantes de ignorancia se acaban pagando con sangre, pues que cada uno piense lo que crea más ajustado a la realidad.

El tercero era Julio Norte, de familia taurina, que no se sabe si es bueno o malo. Unos hoy se felicitarán porque creerán que ha nacido una estrella, que todo es posible, pero... Bueno, que piensen lo que quieran. Le tocó una bonita cabra cuyo peligro era que se pusiera a trepar por las paredes de la plaza, haciendo honor a su estirpe caprina. No quería caballo, le ponían y le ponían y nada, quizá esperaba a Heidi y Pedro para que le animaran. Ellos criaban cabras, ¿no? Pues eso. Lidia con mil capotazos, capotazos innecesarios y poco convenientes. En la faena de muleta empezó entre enganchones, para proseguir siempre con la muleta atrás y avanzando el pico descaradamente. Venga enganchones y siempre muy fuera. Nada cambió con la izquierda, para terminar casi subido al novillo, perdón, a la cabra. Con un repertorio al más alto nivel de la vulgaridad de plaza de talanqueras. Hasta obsequió al personal con invertidos y tras un bajonazo y con las mulillas que no andaban, ¡zasca! Despojo. Que oiga, al menos había tres docenas de pañuelos, no se vaya usted a creer, que tres docenas son... pocos pañuelos para regalar un despojo. Otro novillo, muy novillo, sin llegar a cabra, pero muy exiguo de todo, al que recibió de una larga, quedándose después a merced del toro. Cuando pasó por el petó cabeceó, pero sin que se le picara. Y Julio Norte debió pensar que era su día y allá que tomó la muleta para ponerse de hinojos, que ahora por la espalda, ahora no, venga enganchones y fue ponerse de pie y, ¡válgame el cielo! No cabe más pico, siempre fuera y el de Fuente Ymbro que iba y repetía y volvía a ir, mientras su lidiador se limitaba a pegarse carreras, a dejarse tocar el engaño, ventanazos, vulgar y tramposo, muy encimista y siempre fuera. Y otro despojito, siempre con una petición insuficiente. Que este, que salió a cuestas de Madrid, Vilau, que cortó otro despojo y cualquier novillero del que queramos hablar, parece que no tienen a nadie que les diga las cosas, cosas que pueden librarle de un mal porrazo, que quizá acumularán trofeos y más trofeos, pero una cosa es bandearse por este mundo y otra ser torero, matador de toros, que no es lo mismo. Y al final nos queda rondando la idea de que no tienen quién les guíe y de qué mala suerte tienen los novilleros.


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lunes, 18 de mayo de 2026

Pases y más pases y pases y venga pases para la más absoluta nada

Por momentos quizá estaría bien volver atrás en el tiempo, a ver si algunos reconocen  lo que es el toreo frente al pegapasismo.

 

Hay quién se siente feliz viendo a un señor con las medias rosas pegando pases a cascoporro, como si el máximo objetivo fuera alcanzar los cien, los doscientos o los mil, como si esto que muchos se llenan la boca a denominarlo arte lo midieran por cantidad y no por calidad. Que me imagino a alguien valorando las Meninas por los kilos de pintura, por la cantidad de brochazos y no por... por la grandeza del verdadero arte. Estamos en ese momento en el que se valora además de los kilos de pintura, el amontonamiento de trapazos, si este es de mi pueblo o del pueblo de al lado, si es un tío simpático, si es bien parecido, pero, ¿dónde cabe el toreo de verdad, la lidia de un toro encastado? Pues por lo que se ve, son dos mundos independientes, dos realidades paralelas, con el único contacto posible de unos que reclaman la grandeza y otros que reclaman los despojos, convirtiendo los tendidos en una jaula de grillos. Unos reclaman muletas planas, poder y mando, lidias según las condiciones del toro, el respeto a este toro, mientras que los de enfrente, porque se ubican enfrente, como les separara una gran zanja, piden regalos inmerecidos, silencios cómplices, absoluta ausencia del sentido crítico, convirtiendo algo que debería ser grande, en una vulgar pantomima verbenera. Y cuando ese festival de despojos, ese carnaval de despropósitos no llega al puerto que pretenden, los aficionados hasta deben sentir alivio.

Corrida de Fuente Ymbro, con Miguel Ángel Perera, maestro del destajismo, pases a destajo, Paco Ureña, que ya lleva tiempo dando señales de... y Fernando Adrián, paradigma del populismo más vulgar, enaltecido por factores ajenos al toreo y muy próximos a ese hooliganismo del paisanaje, con un pegapasismo agotador e irritante. Que resulta que como este hierro no tiene ruedas, pues que no pueden con ellos. Que es de lo mejor de la modernidad más soportable, que no llegan a ser mojicones con cuernos, que al menos tienen algo de chispa dentro; sin exageraciones, pero estos es que no pueden ni con la mamá de Bambi. Por el momento los ves y parecen toros, que no son los adonis de la dehesa, pero oiga, que parecen unos tíos con los que no se puede andar jugando. En varas no se puede decir que sean un espectáculo, por momentos están lejos de ello. Al primero, sin castigo, Miguel Ángel Perera no salió de un pegapasismo ventajosos y desconfiado, sin poder en ningún momento superar a su oponente, sin mando alguno, lo que por otro lado es harto difícil si se coloca lejos de por dónde debería pasar el animal. Su segundo, al que ni pusieron en suerte, ni lo intentaron, le inici9ó en el último tercio el espada con muletazos por la espalda, ¡oh, novedad! Pero es tomar la muleta para eso de los pases y los ánimos de los más animados se desploman al suelo. Pico descaradísimo, manivolazos, trallazos y gracias que no tiró al Fuente Ymbro al suelo, que ya saben, si un toro anda justito de fuerzas, temple y no ese sacudir la tela. Desconfiado, siendo la imagen perfecta cuando pinchó en el primer encuentro, tiro la tela por un lado y él salió escapando por otro.

Paco Ureña, al que tanto se ha respetado en esta plaza, no está. Su primero que no quería telas tuvo que ser parado y metido en ellas por Curro Vivas. Peleó el animal cuando le tapaban la salida, queriendo encontrar el campo abierto y cuando lo veía a su alcance, simplemente se paraba y dejaba hacer al del palo. El lorquí anduvo desconfiado, con trapazos acelerados, enganchones, con el hándicap de al no bajarle la mano por el izquierdo le cabeceaba un tanto. Sin llevarle en ningún momento, para acabar con derechazos de uno en uno y entre los pitones. Al quinto lo recibió entre verónicas algo apresuradas, rectificando por el pitón izquierdo. El animal cabeceaba en el peto al notar la molestia del palo. Ya en el último tercio, tras los telonazos iniciales, Ureña prosiguió citando desde fuera y metiendo el pico de la muleta, escondiendo la pierna. Soso, sin decir nada, concluyó entre enganchones y alargando en exceso el trasteo.

Fernando Adrián, ese ídolo de masas, ese que anda en volandas de los entusiastas y que sin ellos es posible que... dejémoslo ahí. Tras el reciente bochorno auspiciado por el palco, muchos se temían una reedición de la vergüenza. Con el capote no va más allá del constante baile sin parar un momento, declinando el llevar la lidia de sus toros, él viene a otras cosas, ¿no? Muy mal picado, o muy atrás o caída la vara, pero eso era lo de menos. Inició de muleta rodilla en tierra, que eso llega fácil a los tendidos, que no es lo mismo que los entendidos, aunque habría que saber quiénes son estos últimos. Picazo muy, muy descarado, siempre desde muy fuera y sin venir a cuento, trapazo por la espalda, la pierna de salida exageradamente retrasada, retorcimientos antiestéticos y peligrosos para la ciática con la zurda. Un recital de trapaceo en la cima de la vulgaridad y para rematar un invertido, que por lo que se ve, nadie había avisado a los leales de que eso debía ser jaleado en extremo. Falló con el acero y hay que destacar ese vicio tan poco afortunado de tirar la muleta al suelo. En su segundo, un sobrero del mismo hierro de Fuente Ymbro, resulta que tenía que torear, que el animal no era tonto del todo y si de toreo se trata, Adrián anda más bien escasito. Un grandullón que escarbaba, al que metió debajo del caballo sin miramientos y desde la raya para la segunda no vara. El animal cortaba por el derecho y mostraba una marcada tendencia a querer irse a tablas. Se lo sacó a terrenos más ventilados, pero nada se podía hacer si no había mando, el grandullón se le revelaba, le achuchaba una y otra vez y al espada le costaba no descomponerse. Que si aprovechaba dos viajes, pero sin conseguir en ningún momento hacerse con él. Mal con la espada y el verduguillo, esta vez nos libramos de salir avergonzados de la plaza de Madrid. Y quizá quien respiró aliviado fue el usía, quien se libró de esa obligación de conceder despojos hasta a los vendedores de almendras. A ver si también se aplica un poquito y se entera de una evidencia de los pases y más pases y pases y venga pases para la más absoluta nada.


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domingo, 17 de mayo de 2026

Ni desde el 5 han podido remediarlo

Joselito, el Rey de los Toreros


Esto de los toros, según algunos, tiene que ser alegría, a costa de lo que sea. Y si en la plaza de Madrid hay un sector que se toma esto en serio, pero de verdad, no de boquilla, es el tendido cinco y alrededores, pero el mérito del cinco no se lo puede negar nadie. Que ansias, que energías, que ímpetu, que... dejémoslo ahí. T anda que no es variopinto el cinco, hoy son de aquí, mañana de allí, al otro de... gentes de todos los rincones, gentes del lugar del torero que ese día toca. Pero el cinco reacciona siempre igual, aplauden recibos de capote echando la pierna atrás, aplauden con fervor al ver la montera caer bocabajo, los pares de banderillas atléticos aún en mitad del lomo, un quite atropellado, un enganchón, levantar aun caballo, los trapazos empalmados, los trapazos con el pico, que la espada entre sea dónde sea, pero es un pase del desprecio y ahí ya pierden el sentido, que si les miramos las pulsaciones a todos subirían hasta las estrellas. Que habrá quien piense que con todo este aplaudir a veces puede verse en entredicho su imagen de aficionado y parecerse más a alguien que no distingue un toro de un oso polar y un natural del baile del pañuelo, pero a ellos qué más les da. Que dirán que para una vez que van. Y los aficionados que hay en el cinco, que los hay, como los del resto de la plaza, no pueden hacerse otra pregunta que el “¿Adónde vamos a llegar” Y al tiempo o a continuación afirman con pena que esto está perdido.

Volvía la Quinta a Madrid por deméritos propios. Que no era suficiente una tarde de bochorno, que había que ponerlos otra vez. Quizá fuera que como en un principio la empresa tenía prevista una de caballos para este día en el que Madrid, un año más, homenajeaba a Joselito y como ese Madrid que queda que aún siente Madrid se puso de manos, pues nada, montamos una de a pie y punto. Y como ahora muchos consideran a la Quinta como una vacada a tener en cuenta, pues seguro que a nadie le importará que vuelva por segunda vez en la misma feria. Pues visto lo visto, han hecho méritos para que sí importe, para que importe incluso a los felices moradores transeúntes del cinco. Vaya encierrito que han echado. Flojos, descastados, inoperantes en el caballo, excepto el sexto, que al menos ha peleado debajo del peto. Y el sobrero de José Manuel Sánchez, tampoco es que haya desentonado con los del hierro titular.

Les juro que ha estado el Cid, aunque más bien no ha estado. Que ya son demasiados años echando mano del recuerdo de aquello de... Que lleva una eternidad pasando por los ruedos como un fantasma y a cada tarde que asoma aún se va desvaneciendo más y más. No le da ni para llevar la lidia, ni tan siquiera para llevar un toro al caballo y ponerlo en suerte. Y con la pañosa, pues como con ese sobrero, sin saber por dónde echarle mano, quejándose del toro, porque el toro no se podía quejar de él. Muy ventajista, con demasiadas precauciones. Incapaz tan siquiera de sujetar a un animal, como el cuarto, al que siguió queriendo pegar trapazos hasta toriles, luego ya por el cuatro, el cinco, el seis, el siete y casi sobrepasa el sol y sombra de las Ventas. Que ya le hemos despedido en Madrid en dos ocasiones, pero parece que ya urge la despedida definitiva y así parar de dar la imagen que está dando el torero al que un día esta plaza elevó a sus altares de toreros predilectos.

Álvaro Lorenzo no llegó a eso de ser predilecto para Madrid y visto lo visto... muy optimista habría que ser para que en la calle de Alcalá le hicieran ojitos. Que él viene a lo que viene, que en su primero se le rompe la puya al picador y no crean que echó a correr para defender a su picador, ni mucho menos, ahí se apañara. De la misma forma que su segundo se fue al relance al caballo, viniendo corriendo desde el extremo opuesto del ruedo. Inicio de trasteo dando distancia en su primero y cantidad sin nada de calidad, aburrido, vulgar solo trapazos y sin acabar de saberse muy bien a qué estaba. En el quinto más de lo mismo, tirando líneas rectas, muy fuera y venga trapazos. Que Lorenzo, como todos, al ponerse al hilo del pitón no la ponen plana, sino que abusan metiendo más el pico. Cambio de la diestra a la zurda y viceversa, para al final no sacar nada en claro. Y con estos mimbres, ni el cinco podían levantar lo hecho por el toledano, no había de dónde rascar algo de ánimo.

Y confirmaba el salmantino Manuel Diosleguarde, dispuesto, pero nada más. Muy justito, pero mucho, de recursos. A su favor el querer poner los toros en suerte, aunque esto no es que llegara mucho, esos son solo trámites sin importancia, deberían pensar, que lo bueno viene con la muleta. Y con esta, pues muy a merced del toro, con coladas por atravesar en exceso la muleta, dejar mucho espacio. Sin llevarlo en ningún momento, permitiendo que el de la Quinta empezara a saberse el amo. A merced del animal, sin intentar bajar la mano, venga enganchones y desde el cinco jaleándole la incompetencia como si esto fuera una virtud. Ellos deberían percibir emoción, pero no la de la lidia en si, sino la de la incapacidad de manejarla con recursos. Sin rematar jamás, el toro se le echaba encima. El fallo a espadas evitó que la vergüenza llegara nada más empezar. Hubo que esperar al sexto para pensar que algo nada conveniente podía suceder. En el que mostró más brío, el único que no pasó por el peto como un alma en pena, resultó que tenía que torear, que era un toro de triunfo y de triunfo de verdad, pero solo si se hacía lo que había que hacer y no dedicarse a dar trapazos y más trapazos. Y el camino que Diosleguarde tomó, quizá fue el único que sabía tomar, el de liarse a la nada, el de no poder con el animal en ningún momento, incluso con peligro para él, a merced continuamente y los del cinco venga a jalear como si estuvieran viendo toreo y no merodeo, que es lo que sucediendo, un hombre merodeando un toro. Para acabar metido entre los cuernos, quizá porque ya no le daba su cabeza para más. Menos de media y evitando volver a entrar con la espada, quizá porque sus partidarios le habían llevado al error de hacerle pensar que tenía algo ganado. Ya se decidió por el verduguillo, clavando más veces en el hocico, que en el cerviguillo. Y al final al tercer golpe consiguió cerrar su labor, una labor muy vacía, en la que no se puede considerar mérito el estar ahí a ver si se libraba y acababa en pie. Eso dista un mundo de lo que es el toreo. Y alguno al acabar y ver que no había posibilidad de premio, igual pensaba para si que ni desde el 5 han podido remediarlo.


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sábado, 16 de mayo de 2026

Las entradas, el puro, la petaca y mi cuñado se deja los pañuelos en casa

Hubo un tiempo en el que Urdiales nos conquistó, pero de eso hace ya mucho.


Si es que para ir a los toros hay que saber con quién te juntas, que tú vas pensando que todo está en orden y va tu cuñado y se olvida de lo más importante, y más en una tarde de esas que la cuentas en el barrio y no te creen ¡Vaya tarde, chaval! ¡Vaya tarde! Tres orejas y aún han sido pocas. Que menos mal que un señor de al lado me lo ha prestado. Decía que estaba mojado por el ambiente húmedo de la plaza, que será por estar cerca del arroyo Abroñigal; digo yo. Que no te digo nada mañana lo que voy a fardar en el vermut dónde el Peque, la bodeguita dónde nos juntamos los que nos gusta la “tauromaquia. Que no han visto ellos tantas orejas ni en una ración a la plancha.

Los toros eran de “El Torero”, no sé de cuál de los tres, pero de alguno tenían que ser. Que está bien que avisen, pero podían dar la información completa: vamos, digo yo. Oye, que eran unos buenos mozos. En el caballo no se puede decir que hayan dicho mucho, más bien nada. Y el que empujaba, como el tercero, lo hacía mientras le tapaban la salida y cuando veía el campo libre, se quedaba parado en el peto. A los demás se les ha picado, bueno, no se les ha picado, que si un picotacín por aquí, que si ni eso, que si... Vamos, que no, pero eso importa poco, que lo fetén es la muleta. Y que mala sombra, cuando el sexto apretó por el pitón izquierdo a Curro Javier y en el segundo encuentro le enganchó malamente. Luego en la muleta iban que no paraban, toros para torear, que dicen que no para pegar pases, pero, ¿qué sabrán ellos? Que es verdad que más de una vez parecía que se les venían arriba a los maestros, pero si estos daban muchos pases, ¿qué más da?

Diego Urdiales no parecía estar en su día, tendría alguna cosa que no le dejaba. Parecía desconfiado, decían que descolocado, que no acababa de verlo, muletazos y muletazos y nada, que no lo veía, él se movía mucho, pero que no y cuando las cosas se tuercen, es que no. luego en el cuarto, tampoco, que ponía el trapo muy atravesado, eso es verdad y él lejos y los pases haciendo así una línea recta. Y anda que no dio pases, que el de detrás de mí decía que eran trapazos ¡Anda ya! ¡Baja tú! Y claro, se puso nervioso, o no, y venga enganchones. Que no le pedí la oreja, porque mi cuñado... y tampoco quería abusar del pañuelo del señor que me contó lo de las humedades del arroyo Abroñigal.

El que ha tenido mala, pero mala suerte ha sido Fortes, que le he tenido que explicar a mi cuñado que es el mismo que se anunciaba antes como Jiménez Fortes. Primero le ha arroyado el toro y dando una vuelta de campana ha pegado un porrazo tremendo. Y ya con la muleta en ese mismo primero, al quedarse descubierto al atravesar demasiado la muleta, de nuevo ha hecho por él. Muletazos con el pico, de uno en uno y en uno de pecho, otra vez que le achuchó. Que oye, que parecía desconfiadillo y no era para menos, aunque quizá si no le hubiera dejado el hueco al toro, lo mismo se le colaría algo menos, ¿no? Pero en el otro es cuando nos ha entusiasmado a mi cuñado y a mí. Que anda que no ha merecido la pena un natural redondo, que sí, que no era rematado abajo, pero como le ha hecho girar, pues eso gusta, ¿no? Luego es verdad que ponía la muleta así, como atravesada, vale, que los muletazos acababan al aire, también vale, que los daba de uno en uno y con la muleta... ya saben; pero es que se ha metido entre los cuernos, oiga, entre los mismísimos cuernos. Mi cuñado lo flipaba y yo... No les digo nada. Luego es verdad que la espada, arriba, arriba, no estaba, más bien, abajo, abajo. Pero yo he sacado el pañuelo del señor que... Que los había que decían que no, pero ya saben, esos son unos amargaos a los que no dejan abrir la boca en casa y van a los toros a molestar, que son unos molestones, pero una oreja es una oreja.

Pero lo guay de lo guay ha sido Fernando Adrián, ¿o era Adrián Fernández o Francisco Andrés? No sé, era el último. Que con la muleta ha tenido el detallazo de llevar el toro dónde estábamos nosotros y por lo que se ve, muchos vecinos, amigos, primos y gente que querían ser sus amigos, ¡qué ambientazo! Que hay que ver lo que se ha esforzado en torear bien atravesada la muleta, que para poder atravesarla más estiraba así mucho el brazo, muy despegado de su cuerpo y además, muy rápido, será para que le diera tiempo a más pases, ¿no? Que el toro anda que no se cansaba de ir a por el trapo y él intentaba quitarlo y a veces lo conseguía y otras. Pero siempre por dónde quería el toro y a veces hasta iba por dónde estaba él. Que no se cansaba el animal de ir una y otra vez. Y como es buen chico, si el toro iba al seis, él al seis, para que lo viera todo el mundo. Y luego se fue detrás al siete y así por toda la plaza. A ver si es que eso no vale, ¿eh? Luego que si se lo pasó por... por... por el culo, ¡caramba! Y unos así como si los empalmara, sin descansar ni nada. Acabó en el nueve y después de entrar con la espada, unos decían que descabellara, pero claro, recórrete tú media plaza y que te queden ganas de seguir trabajando. Y aunque no había demasiados pañuelos, como gritábamos mucho0, el señor del palco le dio una oreja. Pero claro a los señoritos molestones no les pareció bien o sí, porque querían que el presidente se fuera del palco. Que buena gente, sería para que descansara, ¿no? Yo meneé el pañuelo mojado del señor que... y miraba a mi cuñado, que tuvo que quitarse una manga de la camisa para poder pedir la oreja. Verás mi cuñada cuando llegara a casa, ella que no sabe ni coger una aguja, que cree que lo tiene todo hecho por eso de ser ingeniera aeronáutica, pero de las cosas de su casa. Y en el último toro, el muy remuy, se lo llevó por delante, que él estaba para dar el pase con la capa, que ya lo estaba empezando, pero el toro iba tarde y ¡catapum! Con la muleta, después de que se llevaran al banderillero herido a la enfermería, volvió a querer que le vieran todos desde cerquita. Que empezó que si en los medios, no, mejor al siete, a ver esos que no agradecen na de na. Y con la derecha llamaba al toro así como apuntándole con la punta de la muleta, como si fuera una lanza y hacía que le toro pasara lejos, para que todo el mundo lo viera de cerca, menos él, que lo pasaba algo lejitos. Y venga pases y más pases, todos con la punta apuntando, que eso sí que se veía bien. Pasó por el seis y ya llegó al cinco. Ahora sí que lo vamos a ver bien, le dije a mi cuñado. Que se ponía muy lejos y a un lado del toro y la pierna de la mano de la muleta la echaba muy para atrás. Qué difícil tiene que ser eso y no caerse. Y así todo el rato. Y luego cosas de esas que nos gustan a los de Tarazona de la Ribera, que somos muy de gustarnos eso. Y pases rápidos, quitándole la tela al toro a tirones. Y ya cuando se metió entre los cuernos, ¿pa qué más? Yo ya le pequé el último tiento a la petaca. Si lo haría bien, que hasta sonaron los clarines, decían que para avisarle de no sé qué. Y cuando el toro cayó, ¡madreeee! Pero se volvió a levantar, ¡vaya! Pero volvió a caer y... que se levantó otra vez. Y ya la refinitiva. Que otra oreja. Que con unos pocos pañuelos parece que te la dan, que imagino que si sacan muchos, lo mismo te dan el toro para que te lo lleves para casa, pero como no eran muchos, solo le dieron la oreja. Pero a mí no se me olvida que para otra vez me voy a preparar mucho mejor, yo me ocuparé de todo, porque si no, ya ven, las entradas, el puro, la petaca y mi cuñado se deja los pañuelos en casa.


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viernes, 15 de mayo de 2026

Entre mulos, trapaceros y palmeros... ¡Qué tarde más güena!

Dicen que no hay toros en el campo, pero de lo que no parece haber es de lo que ellos quieren y tiran de lo de siempre, de mulos insípidos con cuernos. Habrá que ir a buscarlos a la Luna.


Igual alguna vez les han dicho eso de que a los toros hay que ir con la mente virgen. Bien, eso está pero que muy bien, pero lo que no te cuentan es que cuando sales has perdido la virginidad una y mil veces y como tal, te sientes ultrajado timado, engañado, robado y te niegas a que se te quede cara de tonto intentando ponerte comprensible y culpando al maestro armero de lo que son otros los culpables. Unos son los culpables, otros los que los secundan y siguen el juego y luego en los tendidos lo mismo te toca una panda de indocumentados que se ponen a gritar consignas políticas, porque resulta que su obsesión por alguien es la culpable de un monumental descalabro. Que los había que aún llegaban a las Ventas esperando ver una de “El Parralejo” ¡Nooo! Que de esa solo pasaron dos y el ganadero, todo digno, dijo que se la llevaba al completo para el campo. La dignidad que no tuvo para presentar una corrida para Madrid, la quiso tener para llevársela. Y en estas que nos han traído una de El Vellosino ¡Vaya, vaya, vaya! Que me contarán que es lo que ha impuesto la empresa, que no digo yo que no sea responsable, por supuesto, pero... ¿Me van a contar a mí a estas alturas de la película que a Matilla, Antonio Barrera y Ponce le imponen nada? Que lo de la mente virgen es solo para entrar a la plaza, no pretendan que esto sea una constante. Y si así fuera, que no se lo cree ni un crío de cinco años, si tan a disgusto están con lo que les han metido, pues que hubieran echado por la calle del medio en la corrida y no se hubieran puesto los tres espadas a querer hacer que hacían con unos mulos impresentables. Que si uno de estos no tiene nada, se toma la espada y a otra cosa. Pero eso no, entre otras cosas les podrían decir que para qué piden tal o cual hierro, si no le van a hacer el más mínimo caso.

Lo de “El Vellosino” con una presentación propia del arado del santo, aunque lo mismo los ángeles se negaban a labrar los campos con semejantes animalejos. Unos gordos, otro un jamelgo, otro que le metían en una sauna y les quedaba un novillo precioso. Que los amantes de las tablillas dirán que un pasaba los 600 kilos, pero eso solo lo podría celebrar el carnicero, no el aficionado de Madrid, aunque esta tarde había de todo, como todas las tardes. Y coincidencias o no, en el palco el señor Fernández Serrano, que ha tenido que pasar un mal rato al no sacar el pañuelo para regalar un despojo ante la petición de la mitad de la plaza, el 4, el 5, el 6 y poquito más. Será que ha perdido agilidad, ¿no? Toda la corrida ha flojeado, unos se caían más y otros menos, pero toda ha sido bastante flojita. Lo del caballo ha sido como si en mitad de una película en la tele te ponen los anuncios, puro trámite vacío de todo lo que debe ser el primer tercio. Que me dirán que un picador casi besa el suelo, pero es que hay que coger bien a los toros, no se puede ir así pensando que el penco puede con todo.. Seis toros seis a los que nadie ha parado, ni fijado, cosa habitual de esta fiesta moderna, porque lo importante es lo del trapo rojo.

Sebastián Castella, ha abreviado con su inútil primero, ¡vaya, hombre! Pero en su segundo estaba más que dispuesto; hasta chicuelinas de recibo, que eso ya es un “os vais a enterar”. Empezó el trasteo sentado en el estribo y con semejante serie de trapazos deslavazados, era difícil animar incluso a los más animosos del 4, 5 y el 6. Bueno, no pasa nada, seguimos para bingo. Ya en los medios, venga pico y carreras, siempre fuera, pero que muy fuera, venga trapazos y más trapazos, como si no costaran. Tiró de repertorio talanquero, pero nada, que aquello no remontaba, aunque hubiera quien pensara que sí. Pinchazo, otro partiendo una banderilla y una entera trasera, siempre tirando el trapo, ¿casualidad?

Daniel Luque volvía en esta feria, pero tampoco ha sido el día, aunque a puntito ha estado de... si los afines se hubieran repartido por toda la plaza, quién dice que el señor presidente, conocido por su benevolencia o por su falta de rigor no... En su primero quiso probar a ver si sin molestar al de “El Vellosino” lograba amontonar unos cuantos trapazos y conseguir que el personal quedara embrujado, pero ni pases por la espalda, ni tirar líneas, ni los ya celebrados enganchones, ni quedarse fuera, ni el ponerse de perfil, nada de nada, no coló. Pero el error fue no irse al tendido correcto. En su segundo aprendió la lección y se fue al cinco, ese tendido que aplaude hasta que les miren sin tan siquiera darles los buenos días. Lo mismo que en su primero, pero aquí ya con eco. Las mismas artimañas, para acabar encimista, pico, metido entre los cuernos y un desplante escalofriante al mulo que no se movía ni dándole descargas. Pero oiga, que el personal de esa zona sacó los pañuelos. Que ya resulta hasta cómico el espectáculo de que determinados sectores muy localizados piden despojos y el resto apenas se inmuta. Luego amagó con darse un giro por el ruedo, pero ahí sí que escuchó a los no entusiastas diciéndole que parara el carro.

David de Miranda llegaba como triunfador en Sevilla, pero quizá ha podido comprobar que por aquí las cosas no son iguales. En su primero, al que dejó a su aire sin que nadie lo recogiera, le empezó la faena con telonazos por arriba, con el toro saliendo mirando para los presentes. A partir de ahí mucho pico, todo en línea y muy soso, citando desde fuera, parecía más estarle merodeando que toreando. En su segundo se aplicó la táctica de Luque y se marchó también a terrenos del cinco. Muletazos por abajo llevándolo con el pico de la muleta, sin poder evitar que el animal se cayera. Y pronto decidió meterse entre los cuernos, mucho trapazo, para no llegar a ninguna parte, perfilero en demasía, quizá exagerado, a un toro que no tenía nada, pero que daba la sensación de que había que justificarse, quizá por lo ya sabido, que los apoderados piden esto, pues luego no te lo ventiles de un plumazo, al menos aparenta. Pero eso aquí no solo no cuela, sino que exaspera. Y lo que por otras plazas gusta, en Madrid hasta disgusta. Y así ha sido la cosa, entre mulos, trapaceros y palmeros... ¡Qué tarde más güena!


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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