lunes, 10 de agosto de 2009

No os dejéis engañar por los turistas


Esto lo deben tener en cuenta los tres toreros de la corrida del domingo en Madrid, que más parecía estar montada para los forasteros que para los fieles parroquianos de la piedra de las Ventas. Y no hubo que esperar mucho para ver que aquello estaba dominado mayormente por “aficionados” del extranjero. Que felices tuvieron que ponerse los timbaleros cuando vieron cómo se les jaleaba el anuncio de la salida de las cuadrillas. Ni los Rollings se habrían visto tan bien recompensados. Un tararí tarará y la cerrada ovación nos hizo pensar: ¿dónde me he metido? Pero el metro de medir y recompensar cada actuación de los intervinientes no iba a dejar de sorprendernos: la entrada de los alguacilillos, saludados como se saludaría al mismísimo Cid Campeador, los abucheos a los peones que pasaban en falso cuando el toro esperaba en medio de la incertidumbre o la cerrada ovación al tercero de la tarde, por haber recibido mil y un descabellos de Antón Cortés.

Pero de la misma manera aplaudían los ingleses, franceses, americanos, alemanes y… mexicanos, cualquier trapazo para afuera de cualquiera de los tres matadores. Hubo incluso alguno de ellos que salió a saludar después del titánico esfuerzo de torear fuera de cacho, tocándole constantemente la oreja al toro y no ser capaces de rematar ni un pase atrás, vaciando las embestidas delante de la cadera. Tampoco hay que pensar que se les escapara una corrida de calidad, boyante y noble, ni mucho menos, pero algo más de lo que hicieron sí que se pudo hacer. Como viene siendo habitual en la mayoría de los matadores de la actualidad, los tres que se anunciaron con los de Javier Pérez Tabernero no supieron vencer la más mínima dificultad. Ellos tienen su repertorio y lo intentan soltar allá donde van; y no importa si tienen pocas o muchas corridas, si tienen que dar el paso adelante para intentar salirse de ese pozo en el que se encuentran o si simplemente tienen que intentar hacer el toreo, ellos a lo suyo. Aunque no me gustaría pecar de injusto con Antón Cortés, que no estuvo bien, pero que en su primero intentó poder a un “colorao” que tenía de todo, menos buenas intenciones. Él, torero artista y de fino corte, se peleó con el genio y los arreones de su oponente y lo que podría haber sido un trasteo con algo de mérito, acabó en un calvario con el verduguillo, que no acababa por muchas veces que el albaceteño cambiara el acero.

Y como los vicios de nuestra tauromaquia son universales, se pecó en la escasez de castigo en el caballo. De acuerdo que algunos de los animales salieron con claros síntomas de cojera, pero si se quieren evitar esas embestidas destempladas y de aquella manera, el caballo suele ser una buena medicina.

Alfonso Romero evidenció no sólo un mal momento, sino un mal concepto del toreo, despegado y destormando, sin intentar meter al toro en los trapos. Citando con el brazo muy estirado y tirando del toro para afuera. Yo estoy cansado de oír eso de que no hay que cruzarse con todos los toros y que a algunos hay que meterles el pico para que anden, con lo que no estoy completamente de acuerdo, pero lo del murciano y lo de la mayoría de coletudos de hoy en día ya es un abuso.

Alejandro Amaya parece que venía con ganas, arropado por sus más fieles compatriotas y con la ilusión de confirmar en la primera plaza del mundo, aunque por momentos llegué a pensar que esto último no lo tenía claro. Quizás si la plaza hubiera sido la de Cogollado de Campos, seguro que habría conseguido un triunfo “importante”, pero en Cogollado de Campos no se confirman las alternativas. ¡Qué mala pata! Aunque tampoco hay que hacer excesiva sangre de los tres matadores porque al fin y al cabo son el reflejo de los demás. O si no que me digan en que son mejores el Fandi, Daniel Luque y otros tantos, que Alfonso Romero, Alejandro Amaya o Antón Cortés.

Los que tampoco se pueden ir de rositas son los pupilos de Javier Pérez Tabernero, a los que no se puede calificar como mansada, pero… dejémoslo ahí. Pero que se quede tranquilo el ganadero que hemos sido muy poquitos los fijos que hemos visto el mal estilo del ganado, el resto volverán a Michigan y contarán la pasión con que los timbaleros anuncian el comienzo de la corrida y la elegancia de los alguacilillos al romper plaza. A propósito, del elemento decorativo que hoy son los alguacilillos de la plaza de Madrid habrá que hablar otro día. Lo mejor será olvidar todo lo ocurrido y no dejarnos engañar por los turistas.

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