jueves, 26 de abril de 2012

Curro Romero, una ramita en la solapa



El día que Curro anunció su retirada, tomé esta nota para no olvidar nunca esa fecha


De “El Faraón de Camas” se ha dicho que era único y diferente, que es verdad, pero su sola presencia conseguía que nada fuera igual a cualquier otra tarde de toros. Era entrar en la plaza y ya se notaba que allí pasaba algo. El recibimiento en la puerta era el de un señor con gorra de plato que te cortaba la entrada con una sonrisa cómplice, luciendo una ramita de romero en la solapa. Podría pensarse que se trataba de un currista, pero claro, era empezar a caminar por las galerías de la plaza y la imagen se repetía entre los aficionados, los acomodadores y porteros, la gente de los bares, los señores de las almohadillas, todos eran curristas. A veces llegué a pensar que llevarían esa ramita hasta los compañeros de terna del camero.

Siempre se hablaba del currismo de Sevilla, pero igual no me equivoco al afirmar que Madrid lo era aún más. Incluso el propio aludido nunca se atrevió a negarlo cuando se le hacía esta pregunta y se iba por la tangente diciendo que él estaba muy a gusto con el público de Las Ventas. Como decían algunos, merecía la pena el precio de la entrada solo para verle hacer el paseíllo, con ese andar entre cansino y decidido.

La expectación sobrepasaba los límites imaginables. Unos iban a ver si ese iba a ser el día y otros preparados para el espectáculo final de las almohadillas. Estos incluso llegaron a creerse que eso había sido todo lo que le había hecho famoso a Curro Romero, pero no hay que olvidar las muchas veces que salió por la Puerta Grande en loor de multitudes. Aunque lo de las broncas es un hecho constatable. Se recuerda aquel San Isidro de 1967 cuando se negó a estoquear a un Cortijoliva, porque según aseguraba, estaba “toreao”. Dejó pasar el tiempo entre la bronca y las palmas, hasta que tras los tres avisos el toro fue devuelto a los corrales. Después de salir a saludar, la Policía Armada procedió a detenerle y a conducirle a los calabozos de la Puerta del Sol. Pero la cosa no acababa ahí, porque al día siguiente volvía a estar anunciado en la plaza de Madrid. Después de múltiples rumores y de pasar la noche detenido vestido de torero, se le permitió irse a duchar al hotel, descansar un poco y volver al patio de cuadrillas para torear de nuevo en la feria. Hace falta poca imaginación para hacerse una idea del ambiente que se respiraba ese día en Madrid. Pero como Curro siempre ha sido Curro, ese día tampoco salió solo de la plaza; pero esta vez lo sacaron los aficionados en volandas, después de una tarde memorable.

Lo que yo recuerdo de los días de Curro en Madrid es que era salir el toro y se ponían los microscopios a funcionar; no para ver si era bueno, malo, regular, con trapío, defectuoso, cojo o manso, no, solo se miraba a ver si podía ser del agrado del maestro. Todo era observado e interpretado. Si el peón daba algún pase de más, es que no lo quería ni ver. Y allí salía del burladero muy decidido entre el clamor de sus fieles. Con un capotito recogido, muy pequeñito y cogido muy en corto. Nadie respiraba, el toro iba a su jurisdicción, movía el capotito, nadie respiraba aún, el primer lance, la verónica, rectifica y le pega un mantazo mientras empieza a pedir ayuda a los subalternos. Parece que no le ha gustado, la gente mueve la cabeza y empieza a pensar que no hay nada que hacer, no le gusta al maestro. Pero y si la verónica es perfecta, mecida, templada y enganchando al toro en las telas, entonces se descarga toda la tensión, un ole rotundo y profundo, la gente abre mucho los ojos y manotea en el aire, otra, otra más y el remate. El gran disloque, gritos risas, miradas, guiños y todo el mundo pensando que le ha tocado la lotería de Navidad y el Niño en un solo boleto. Con eso ya se daba todo el mundo por satisfecho, había visto mecer los brazos al maestro de Camas, como si acunara a un niño, cuando en realidad lo hacía con toda una plaza llena hasta la bandera.

Recuerdo una tarde de gloria de Antonio Chenel, en la que este cortó tres orejas, y él, vestido de tabaco y azabache, destapó el tarro de las esencias, que era el tópico que se repetía siempre que desplegaba su toreo. Unos cuantos naturales con la muletita que aprecía el pañuelo de una enamorada, tirando del toro y rematando el pase con garbo el salero, corriendo la mano y quedándose quieto como si estuviera petrificado, lo que no quiere decir que no dudara en pegar un respingo si adivinaba alguna reacción imprevista en el toro. Otro puñado de derechazos. los de pecho, kikirikis y trincherazos suaves pero severos para el toro, una estocada de recurso y la locura de esa oreja que quedaría en la memoria de cada uno. Aquella tarde recuerdo que hasta hizo un amago al empezar la vuelta al ruedo, como si bromeara con sus fieles, para que se dieran cuenta de que no estaban viviendo un sueño. Una sonrisa caminaba al hilo de las tablas y miles le agradecían el regalo que les había hecho.

Su toreo era puro y rebosante de arte, a veces aliviado por citar al pitón contrario, pero de pases completos.  Y no voy a entrar en lo que ocurría otras tardes en las que tras dos trapazos decidía tomar el acero y acabar con ese tormento; como él decía, ¿para qué hacerle perder el tiempo a la gente? Tuvo tardes muy irregulares, muchas, pero nunca perdió la dignidad y siempre fue fiel a lo que era él, lo mismo al salir entre almohadillas habiendo rechazado la protección policial, que cuando un miserable salto al ruedo y le tiró al suelo de un empujón o aquella noche en que dejó helado a Fernández Román, el 23 de noviembre de 2000, al comunicarle que dejaba los toros. Un festival con Morante, en el que este resultó volteado, le abrió los ojos y le hizo tomar esta decisión. Aunque para muchos todavía no se ha retirado, no nos acabamos de hacer a la idea de vivir sin Curro, Curro Romero, el Faraón de Camas, que cada tarde que toreaba en Madrid conseguía que todo el mundo luciera su ramita de romero en la solapa.

PD.: Espero haber solventado esta carencia de no haberle dedicado ninguna entrada a uno de los más grandes de la historia. Emilio Roldán me hizo caer en la cuenta y ahora ya puedo quedarme tranquilo.

15 comentarios:

Xavier González Fisher dijo...

Enrique: Tengo por allí un VHS con ese festival de La Algaba, cuando todavía TVE internacional nos obsequiaba con alguna transmisión de toros...

Eso es, creo, un rescoldo de esos días en los que el aficionado sabía "leer" al torero en función del toro y al toro en función del torero que tenía delante.

Hoy, todo es, como decía Beto Ruiz (QEPD), "un producto del mundo industrial moderno"... hasta la fiesta...

Un abrazo.

Emilio Roldán Hernández dijo...

Muchas gracias, Enrique. Ya me has puesto en la onda currista. Un saludo!

fabad dijo...

Enrique, sigo siendo de Curro. Me hice de Curro viendo un NO-DO. Por entonces yo toreaba de salón a diario y cuando lo vi, me dije esa es la perfección buscada...
Lo he visto muchas veces y siempre ha habido algo para recordar. En mi blog hay bastante de Curro para disfrutar...

Luis Cordón Albalá dijo...

Extraordinaria la entrada, Enrique. Creo que nunca he lamentado tanto no ser un poco más viejo para poder haber disfrutado de un torero tan aunténtico y tan verdadero.
Un abrazo

Anónimo dijo...

La verdad es que has definido con gran exactitud lo que representaba Curro Romero en el mundo de los toros.

Sólo añadiré una anécdota, triste para mi gusto, en la que el quehacer de Curro perjudicó a uno de los pocos toreros que han representado la esencia del purismo: Rafael Ortega. Tras una faena memorable del gaditano a un toro de Higuero que le valió salir por la puerta grande, Curro se negó a torear un toro. Este colosal escándalo copó las crónicas de la prensa taurina y prácticamente no e habló de la gran faena de Rafael Ortega.

Saludos
J.Carlos

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Esto es una cosa tan rara y la gente quiere unas cosas tan extrañas, que a mí ya se me escapa. Y si cometes la imprudencia de comparar, entonces la cosa se pone peor, porque a la incredulidad tienes que añadir la indignación.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Emilio:
También date un paseito por "El Aula Taurina de Granada". Aparte de cosas de Curro, podrás leer cosas de otros muchos toreros, todos buenos. El amigo Fabad sabe hacerlo muy bien y nos acerca verdaderos tesoros.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Fabad:
Claro que lo hemos disfrutado. Como decía mi padre, que parece que no se me cae de la boca, el que es aficionado a los toros y le gusta el toreo con arte, irremediablemente tiene que ser currista, y eso no se cura.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Luis:
Aquí tienes razón. Y a mí me parece mentira que alguien no haya visto a Curro, pero eso son cosas de la edad, que cuanto mayores somos, más rápido se nos pasa el tiempo. Era único en todo y con una personalidad tremenda.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

J. Carlos:
A mi es un torero al que me habría gustado mucho ver en la plaza a Rafael Ortega. Que pureza chico, que verdad. Pero queriendo o sin querer, Curro sabía como acaparar toda la atención.
Un saludo

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique;
Buena entrada, como suele ser lo habitual en ti, que no defraudas a tus lectores.
Ya sabes que yo me he empapado mucho de Don Francisco Romero Lopez y que por mi edad aunque no soy muy mayor si he podido verle incluso en directo en Toledo compartiendo cartel con Jose Tomas y Eugenio de Mora.
Que decir que no se haya dicho ya en tu entrada, bueno si, un pequeño apunte, en Guadalajara mato una de Victorino.
En resumidas cuentas, letras bordadas de Romero y oro a escrito Don Francisco en la historia de la tauromaquia.
Un abrazo

Enrique Martín dijo...

Diego:
Es un apunte muy interesante, pero también hay que decir que siendo un torero de arte, de muchísimo arte, y que necesitaba de un toro muy especial, nunca tuvo problemas de baile de corrales la mañana de las corridas.
Un saludo

fabad dijo...

Ciertamente que fue malaje la coincidencia. Rafael se quedó tapado por la fechoría de Curro. Y eso que Rafael le sugirió que saliera, le quitara las moscas y no armara la gresca.
Un torero, me contó que en el campo charro tenía mala fama como persona... pero el toreo de Curro es otra cosa y yo le he perdonado SIEMPRE todo. Bueno, no le he perdonado, es que siempre he visto un toreo por encima de lo demás.
Enrique , ya quisiera yo poder expresar mis sentimientos taurinos con tu modo de hablar y escribir...
Cuando he dicho que en mi blog hay cosas de Curro, naturalmente no es para publicitarme (entramos, tu, Xavier, Diego y unos pocos amigos mas), pero me da pena que las cosas que pongo (para mi deleite) no las disfrute mas gente.
Tus entradas son un gustazo.
Aficionados como tu, merecen que los taurinos fueran menos golfos...

fabad dijo...

Por cierto, de novillero estuvo en Vic Fezensac...

MARIN dijo...

Enrique, casi me tiemblan aun los dedos cuando tengo que escribir de Curro. Porque hablar de Curro no es hablar de cualquiera, es hablar de Curro.

A mi no me dio tiempo a ser currista por aquello de la edad... o si, no lo sé muy bien. Pero si es cierto que le he visto en directo en mas de una docena de veces. Y Curro, ¡ay mi Curro!, creo que tenia tanta verdad en su toreo y en su persona que no engañó nunca a nadie. Todos los que fuesen a verlo, como bien has contado, sabian o sabiamos que la moneda podia caer de cualquier lado.

Lo he visto muchas tardes de almohadillas, pero con tan solo dar dos veronicas, ha sido el único torero que me ha puesto la piel de gallina. Esa pata pa´lante, ese llegar el toro a el capote a la velocidad del Ave, tomar los vuelos y ralentizarse a la velocidad de una vespino en ralenti, y volver a salir del capote de Curro a la misma velocidad que entró... eso Enrique, no está pagao con dinero ninguno. Ahora me pasa algo parecido con Morante.

Curro, ¡ay mi Curro!, capaz de autoencerrarse en un calabozo porque su honestidad así lo vio en su momento (y si Curro dice que estaba toreao es que estaba toreao), y al dia siguiente con su muleta y su capote mandar a limpiar a todos aquellos que el dia antes habian ensuciado el nombre de su bendita madre. ¡Ole mi Curro!. Torero grande.

Enrique, los conozco por aquí que desde que se retiró Curro no han vuelto a ir a los toros, y que en los dias grandes de fiesta en el pueblo, la única vez que se visten de traje y corbata, siguen llevando la ramita de romero en la solapa.

Francisco Romero Lopez, grande de España.

Un saludo.