domingo, 17 de febrero de 2013

Herederos, la eterna pelea

Muchos aspiran a ser los herederos del Toreo o Tauromaquía, pero hay qué saber si lo merecen



Desde que el mundo es mundo, las peleas más encarnizadas que se han dado sobre la faz de la Tierra lo han sido a causa de una herencia. Unos que esperaban ser los depositarios de los tesoros del padre o del abuelo, otros que no ven suficientemente recompensados sus esfuerzos que pensaban que serían su pasaporte a la abundancia, los que se creen con unos derechos dinásticos adquiridos en exclusiva, los que defienden a su antecesor para que sea el que salvaguarde el honor y la fortuna del abuelo, aunque realmente estén mirando más allá y piensen en que ellos también heredarán. Hasta los hay que pretenden heredar lo que todavía no existe, o lo que ya ha desaparecido y también están los que se creen con derecho a apropiarse de un derecho, una propiedad o un nombre, aunque no tenga nada que ver con ellos, con su actividad, sus pensamientos o creencias, a pesar de tratar con desprecio a lo que aspiran a heredar.

Y, ¿qué tiene que ver esta historia con el toreo? Pues en mi opinión, bastante. Se trata de saber quienes son los que merecen heredar lo que siempre se ha llamado “Los Toros”, Tauromaquia en versión culta y que ahora, en estos tiempos de modernidad y progreso, parece que se da una regresión léxica y se toma el término como el único que dote de dignidad, sensibilidad artística y en conexión directa con un pasado épico y casi mitológico. Lo que nos puede acercar a esas aspiraciones de muchos pueblos del mundo, que pretenden ser descendientes de unos seres fabulosos, casi divinidades, que convierten a su descendencia en los elegidos para llevar a cabo los designios del destino escrito por los dioses y para portar la antorcha que les guiará eternamente. A poco que hurguemos en todo esto, lo mismo se pueden apreciar rasgos racistas, poco permisivos con el prójimo, algo totalitarios y no seguiremos, que al final acabaré en un jardín, frondoso si se quiere, pero seguro que repleto de simbologías extrañas y alguna que otra víbora.

Por una parte, están los herederos que casi ni se consideran tal cosa, se contentan con la contemplación, casi amor platónico, que alimentan su espíritu con lo ya vivido, que puede ser hace dos días, dos años o dos décadas. Comentan, charlan en tertulia con otros depositarios de las joyas de la familia, concediéndole al interlocutor tanto derecho a a ejercer de guardián como uno mismo, incluso después de unas horas de conversación, son capaces de conceder más méritos al de enfrente. Todo sea por conservar el tesoro que nos dejaron nuestros mayores, nuestros Sénecas, cómo escuché un día pronunciar a don José Olid. Mi padre heredó a mi abuelo, este al abuelo de mi padre, que a su vez lo hizo de su padre y este del suyo y así en una lista interminable, cuyo final sólo se encuentra cuando deja estar presente el toro.

En las condiciones en las que nos encontramos es posible que esta herencia pase a los que vengan detrás, aún sin toro, pero entonces no será un tesoro lo que reciban las generaciones venideras, entonces recogerán una ilusión, que se irá desvaneciendo a medida de que el toro se vaya convirtiendo más en un animal mítico y deje de ser real. Ahí habrá muerto definitivamente la Fiesta, la afición, las plazas de toros y a lo mejor hasta las dehesas en las que ahora vive este ser que no es aún mitológico, pero a cambio es real y permite a algunos hacerse ilusiones acerca de un próximo resurgimiento, adornado con su manto de casta, bravura y nobleza, a modo de bandera tricolor de la esperanza.

Pero ya anunciábamos que esto era solo una parte de los herederos. No sé si desafortunadamente o no, hay más gente que reclama su derecho a hacerse con los haberes de nuestros mayores. Quizá mucho menos cuidadosos con lo que les llega del pasado, como si el azar hubiera puesto en sus manos un palacio renacentista, piensan que lo conveniente es poner la estética, la tradición, la historia y los pilares del edificio al servicio de la comodidad y del sentido práctico, que se convierte en el más notable criterio por el que se decida conservar o no, todo lo que es el palacio y sus enseres; Puede ser que decidan cambiar una cristalera del s. XVIII por un cristal blindado y aislante al frío y al calor, que la escalinata principal sea sustituida por una escalera mecánica, los frescos de techos y paredes cubiertos por pintura al gotelé, el portón de entrada será una puerta corredera, el jardín inglés con verdes y muy cuidadas praderas se convertirán en una pista de padel, un aparcamiento para los coches de la familia, un campo de minigolf, una barbacoa, una piscina con espacio para las tumbonas y una barra de bar al fondo… Todo muy funcional. Irán fuera los muebles isabelinos, los cuadros de los neorrealistas, la colección de relojes, la de espadas y armaduras medievales, las camas con dosel, para decorar todo con un minimalismo casi enfermizo. Así no hay que limpiar tanto y se empleará mucho menos tiempo y energías. Y los nuevos inquilinos se sentirán orgullosos de vivir en el Palacio de los Duques de Toro, aunque ahora en la puerta de entrada se lee “Bienvenidos a Villa Tere”, en honor a la esposa del dueño de la finca, que ganó su fortuna gracias al negocio inmobiliario y a su fábrica de ladrillos de Guadalajara.

Pues estos son los que han convertido los Toros en un chalé, muy bonito, muy lujoso, muy funcional, pero que en nada recuerda al antiguo palacio. Ellos reclaman el Ducado, el tratamiento de Duque y todos los privilegios que de esta condición se desprenden. Y cómo estos, otros muchos herederos que reclaman el trato nobiliario que creen merecer por derecho propio del que se han apropiado a golpe de talonario o por aclamación de otros que esperan que tales derechos se proyecten sobre ellos mismos, pues se creen en las mismas condiciones. Los hidalgos apoyan estas posturas con extrema lealtad y sinceridad, que en cualquier momento se puede diluir, bien por cansancio y aburrimiento, bien por no haber recibido las prebendas que esperaban.

Siguen celebrando sus banquetes en los mismos salones en los que se dieron aquellas protocolarias recepciones, en las que el ritual era una parte más de la fiesta, pero que en la actualidad han sido despreciadas; ya no hay nada que recuerde a la suerte de varas, quizá el que la hija mayor, en edad de merecer, se sube a un airoso penco para darse una vuelta al salón, y así lucirse ante los mozos del lugar y los hijos de otros constructores con otras propiedades a las que se ha despojado de todo lo que traiga a la mente al pasado. Las banderillas corren a cargo de los jóvenes atléticos capaces de hacer mil piruetas en el aire. Luego llegarán tres amigos del anfitrión, o anfitriones y mostrarán sus habilidades como afectadísimos danzarines en un largo, monótono y cadavérico número de baile. Y si por casualidad alguien osa reclamar una recuperación de los valores pretéritos o incluso hay quien excepcionalmente lo hace, se les pide amablemente que callen, bajo amenaza de recibir un mamporro en los morros. Cómo si fueran los antiguos tiranos que usurpaban el poder para obrar a su antojo, disfrutaban de estas reuniones a carcajada limpia comprobando quien la tenía más grande, sin darse cuenta de que cada vez los asistentes eran menos y a pesar de todo, los que más aguantaban eran los aficionados de antes, aquellos de la plena observancia de las antiguas reglas. Pues estos nuevos ricos reclaman la herencia de la que se creen máximos y únicos valedores de lo que genéricamente llaman Tauromaquia, frente a los que aparte de este cultismo, aún siguen pensando que son aficionados a “los Toros”. ¿Quién sabe? Igual en estas denominaciones se plasma inconscientemente lo que es verdaderamente importante para cada uno de ellos, el intérprete de la Tauromaquia o el Toro. Y hasta que no se den cuenta unos que lo que han hecho ha sido aniquilar el pasado e inventar un nuevo espectáculo que no tiene nada que ver con lo anterior, seguiremos contemplando a los “Herederos, la eterna pelea”.

PD: Mientras, los antitaurinos atacan el portal Opinión y Toros, con la intención de eliminar todos los contenidos y redireccionar a los lectores hacia una web antitaurina. Un abrazo para todos los que hacen Opinión y Toros, entre los que tengo el orgullo de estar y adelante.

6 comentarios:

Xavier Gonzalez Fisher dijo...

Ese es el problema Enrique, que lo ven como una herencia, que nada les ha costado y por ello, fácil se les hace dilapidarla. Si algo les hubiera costado obtener lo que representa, quizás la cuidarían y la engrandecerían, pero cómo solamente tuvieron que estirar las manos y ni siquiera tuvieron que dar las gracias, sucede lo que sucede... No es más que la aplicación práctica del dicharajo aquél de "Abuelo ganadero, hijo caballero, nieto... limosnero".

MARIN dijo...

Enhorabuena por la entrada Enrique. Me he llegado a emocionar leyendo, cosa impropia en mi, pero es que me he visto reflejado en uno de esos "Herederos". Pero no en un heredero cualquiera. A mi no me importa el dinero que me pueda dejar el abuelo, ni las propiedades de papa... no, me importa mi abuelo y papa, sin dinero y sin propiedades.

Uno de los pilares de mi vida es el toro, el animal, sus valores, los miedos, la superación... y no me imagino mi vida sin el. Sin salir al campo y no verlo, no mirarlo a los ojos, no ver como lucha por su vida, y por supuesto, sin ver a hombres y mujeres que arriesgan su vida contra el. Y me da mucho mieo, si si, mieo el saber que a otros "herederos" como yo les importe un pito el abuelo o papá y solo miren por las propiedades de uno y el dinero de otro.

Otra parrafada Enrique, pero que se le va a hacer. No me eches mucha cuenta que estoy ultimamente un poquillo "tonton".

Un abrazo.

Alberto Ariza Moreno dijo...

Enrique:
De nuevo me vuelves a sorprender. Cada día me gusta más como escribes y siempre tengo una opinión similar a la tuya. Es un lujo cada vez que escribes.

Al igual que le pasa a nuestro amigo MARIN me considero uno de esos herederos. Y como le pasa a él mi vida gira en torno al toro. Estudio para ser un futuro veterinario debido al toro, mi tiempo libre se lo dedico al toro, mi dinero se lo dedico al toro y mi vida no sería lo mismo sin él. Y me preocupa además de lo que pueda disfrutar de esta preciosa herencia de lo que hereden mis sucesores. Me gustaría que en un futuro se encontrasen con una fiesta en la que el aficionado fuese el rey, en la que se reconociesen las cosas hechas en el ruedo, en la que se hable en pasado de aquellos intercambios de cromos y aquellos toros hechos para el torero...

Pero, amigo Enrique, tengo muchas dudas de que eso vaya a pasar. Fíjate si tengo dudas que hay veces que pienso que no puedo dejar de disfrutar ningun momento del toro porque puede que en un futuro me roben gran parte de mi vida y ya no pueda disfrutar de él.

Se que soy un poco pesimista pero es que como está el panorama no es para menos.

Un abrazo. Gracias por seguir haciéndonos disfrutar.

Enrique Martín dijo...

Xavier:
El dicho está muy bien aplicado, lo malo es saber ya si estamos en los limosneros o un pasito antes. Pero bastaría que se dieran cuenta de lo que tienen entre manos para apreciarlo e intentar conservarlo y mejorarlo, pero ahí va otra sentencia popular: "No se hizo la miel para la boca del asno" o "Dios da caramelos a los cerdos".
Un abrazo

Enrique Martín dijo...

Marín:
Pues si es por estar tontones, te guardo sitio a mi lado. Debe ser el cambio de tiempo. Tú herencia no tiene nada que ver con el dinero, tu herencia es mucho más valiosa, es como el que hereda millones de la familia y acaba quedándose con una carta del abuelo a la abuela, pidiéndole matrimonio. Pero los otros echarían este papelajo a la basura y se matarían por las perras. Y ya ves, en este caso nos quedamos con el toro. Mira que cosas, con lo que cuesta tenerlo en casa y con lo incómodo que es, pero así somos.
Un abrazo

Enrique Martín dijo...

Alberto:
Siento que estés sufriendo de este pérfido encantamiento, pero creo que tú ya venías predispuesto a ello, porque si se habla de toros, creo que ya estás ganado, jejeje. Qué cosa tan bonita, poder vivir del toro, aprender día a día y el tiempo libre poder dedicarlo también al toro.
No sé que les dejaremos a los que vengan detrás, yo también soy pesimista, aunque estoy seguro que intentaremos dejarle el palacio lo mejor posible y sin minimalismos que valgan.
Un abrazo