viernes, 20 de agosto de 2010

Toreo profundo o pases largos

Belmonte al volapié



Habrá quien se pregunte qué diferencia hay entre uno y otro concepto, para llegar a la conclusión de que ambos términos vienen a significar lo mismo, pero en mi opinión son dos formas antagónicas de entender el toreo. Incluso, aunque pueda parecer exagerado, se podría afirmar que uno se asocia con el clasicismo y el otro con la modernidad imperante.

Incluso los ha habido que han proyectado el toreo sobre reglas geométricas y sobre la perfecta conjunción que se da en el toreo entre la línea recta y la circunferencia. El toreo clásico se basaba en el dominio de la recta sobre la curva, en una sucesión de circunferencias en las que aquella era el centro de estas, para terminar con un bucle en forma de ocho. La cosa parece evidente, el torero era la recta y el toro era el que giraba en torno a él, hasta concluir con el remate.

Pero en los últimos años y con la irrupción de las nuevas tauromaquias se han intercambiado los términos geométricos. El toro es a quien se le ha adjudicado la línea recta y el torero ha asumido la curva. El toro dada su condición actual, exceso de nobleza y déficit preocupante de casta, no soporta el castigo que suponía seguir el trazado de la muleta, haciéndole retorcerse una y otra vez. Su itinerario se ha quedado reducido en un ir y venir sin exigencia y con menos riesgo para el matador. Este a su vez ha tornado la línea recta, la elegancia, en volutas esculpidas con sus poses retorcidas, más dedicadas al entusiasta tendido verbenero, que al aficionado al que gusta ver como se vence a la fuerza bruta sin esfuerzo aparente. Vence lo aparente sobre lo real, lo superficial sobre lo sustancial, la longitud sobre la profundidad.

Se ha aligerado la tensión, la intensidad y sobre todo el peligro, lo que no quiere decir que éste haya desaparecido, pero que nos ha llevado a considerar loco o suicida a todo aquel que se acercara a aquella idea clásica. Esas normas clásicas de la tauromaquia que a partir de la revolución generada por Juan Belmonte, dictaba que el toreo al natural nacía citando al toro dándole todas las ventajas, cargando la suerte en el momento en que éste iniciaba la arrancada quedando el torero ofreciendo el medio pecho a su oponente, para a continuación pasárselo muy cerca (por la faja como se decía antes), bajando la mano y acabar forzado rematando el lance detrás de la cadera jugando la muñeca, de tal forma que con solo dar un pasito hacia un lado y hacia delante, el matador quedaba colocado para el siguiente lance. Y así una y otra vez, las que permitiera el toro, que poco a poco cada vez iba cercando más al torero, a quien no le quedaba más salida que el pase de pecho. Una lucha por ir ganando terreno en la que el hombre tenía que vencer a fuerza de valor, dominio y arte. Sin olvidar el temple y la naturalidad que era lo que acababa distinguiendo a los buenos toreros de los que sólo eran valerosos; aunque en ciertos momentos, eso de ser valeroso ya era mucho decir, sobre todo si se tiene en cuenta el toro que salía por la puerta de chiqueros, mucho más encastado y bastante menos dócil que los clónicos del monoencaste. Lo de dibujar circunferencias no era sólo cuestión de tener un buen compás.

Eran los años en que el torero debía aparentar una absoluta relajación delante del toro y un abandono del cuerpo al torear, en contraposición con la violencia y fiereza desbordante del toro. El aficionado se fijaba hasta en el ademán de la mano que no podía dar ni la más mínima muestra de crispación. Con esa entrega el matador se liaba una y otra vez el toro a su cintura, mientras éste iba encelado en las bambas de la muleta. Esa espiral continua que toro y torero dibujaban en el aire era la máxima expresión del toreo profundo, que sólo cesaba en el momento en que el torero remataba la serie con un único lance, no con dos de pecho por un lado y dos por el otro, sin acabar de quitarse el toro de encima. A todo lo más, después del de pecho seguía un desplante después de haber podido a ese vendaval con cuernos.

Invito a cualquiera a que se pare a contemplar una fotografía antigua elegida al azar y que centre su vista en las manos, la cara, la postura de la cabeza, las piernas y los riñones. Y podría seguir añadiendo otras partes del cuerpo, lo que viene a confirmarnos que se torea con todo el cuerpo y con toda el alma.

Donde tengo mis dudas es si el toreo actual aguanta tal análisis y tal minuciosidad al ser examinado por el aficionado. Hoy nos perdemos o en lo accesorio o en lo que va en contra de las esencias del toreo. El mérito está en alargar el lance sin someter de ninguna manera al animal, al que se le obliga a embestir, lo cual es altamente valorado por el público. ¿Cómo puede radicar el mérito de un torero en hacer embestir a un animal que lo tendría que hacer de forma natural? Bien, mal, con brusquedad, con violencia, pegando derrotes o con una boyantía para volverse loco, pero embistiendo. Si el mérito de todo esto es hacer embestir a un animal que no quiere embestir, entonces algo falla en todo este tinglado, igual estamos equivocando los términos y exigimos un comportamiento del toro contrario a su naturaleza actual.

Pero todo ha sido sustituido por el toreo de zanahoria, en el que el animalito, que ya no tiene el poder de sus antepasados y al que se le exige única y exclusivamente que vaya detrás de un trapo que traza líneas rectas. Esa exigencia durante la lidia, tanto para toro y torero, que era especialmente valorada en tiempos pretéritos ha pasado casi a ser considerada como un defecto o falta de conocimientos taurinos. Ese lance que se inicia con el pico de la muleta al que el toro sigue sin tener que rectificar su trayectoria lo más mínimo, que pasa a bastante distancia de la faja del coletudo y que termina más a lo lejos con el consiguiente esfuerzo de estirar el brazo hasta que se descoyunte el hombro, se ha convertido en el paradigma de la torería, de la profesionalidad y de firmeza. Y habrá quien pregunte que qué tienen que ver estos tres conceptos con el toreo; pues evidentemente nada. La línea recta y su verticalidad se ha venido abajo. Se ha acomodado a la horizontalidad que transcurre junto a los arcos que compone el torero con su espalda partida y el brazo alargado de forma antinatural. Todo esto imposibilita una correcta colocación, lo que se solventa con una sucesión de carreras y pasos atrás para poder recolocarse para el siguiente lance.

Como diría aquel, esto es lo que hay y de donde no hay no se puede sacar. Quizás sea esta la línea que va a seguir el toreo de aquí en adelante; pues bien, a mí esta fiesta no me gusta, no me parece ni fiesta, ni rito, ni nada que me pueda apasionar. Y sólo me queda esperar que una vez que pase esta fiebre furibunda de figuritas de chichinado, que cambie el toro y entonces probablemente éste obligaría a volver al toreo profundo para olvidar los pases largos.

6 comentarios:

Iván dijo...

GRACIAS Enrique!!!
Solo se me ocurre decirte esto.
Sabes que coincido plenamente con tu opinión.

Juan Medina dijo...

Enrique, al hilo de tu entrada se me ocurre esta fórmula de la tauromaquia moderna:

Toro bajo de casta + Ligereza en el lance = Emoción bajo mínimos

Cuando alguno de los sumandos mejora, vuelve la emoción. Y se transmite al tendido. Sea con la de Dolores Aguirre este año en Madrid. Sea con los terrenos que suele pisar José Tomás. Si cambian los dos sumandos... ufff, aquellas tardes lejanas de El Cid con victorinos.

Un saludo.

Enrique Martín dijo...

Iván:
Gracias por pasarte por aquí, como siempre, y quiero que te llegue mi ánimo, tal y como te he dicho en Orocárdeno, y que no permitas que te afecten los alaridos de las bestias.
Un saludo y ánimo

Enrique Martín dijo...

Juan:
Me encaja esta operación a la perfección y es más, si sube el primer elemento, automáticamente hace que el resto tire paara arriba. Y es que nos pongamos como nos pongamos, lo primero es el toro, lo segundo el toro y a partir de ahí, que cada uno aguante como pueda. Y verás como pronto volverá ese Cid que echas de menos.

Xavier González Fisher dijo...

Profundidad había en un trincherazo de Silverio Pérez; en un pase de castigo (doblón) de Domingo Ortega; en kikirikí de Gallito, en un muletazo de la firma de don Antonio...

Suertes todas que no se distinguen por su extensión al ejecutarlas, pero que si tienen un gran carga de taurinidad cuando se realizan en el tiempo y lugar adecuados.

Efectivamente Enrique, la profundidad del toreo no se calibra con la cinta métrica, se mide con el calado que tiene en el alma de quienes lo viven.

Un abrazo.

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Leyendo tu comentario se me han venido a la cabeza imágenes antiguas y un hecho que se repite costantemente y es que cada lance, sea el que sea, como muy bien apuntas, siempre tiene un motivo y un fondo, que no es otro que el de poder al toro. Como bien dices, el arte no se mide en metros, igual que en la pintura no se puede valorar ni por metros cuadrados, ni por kilos de pintura.
Un cordial saludo desde Madrid, España.