lunes, 23 de agosto de 2010

Las Ventas. No era para andarse con alegrías


Algunos esperábamos que llegara el domingo para ver a los del Conde de la Maza y otros estarán deseando olvidar este domingo, al conde, a la maza y a todos los pupilos de este noble señor. Unos con una presencia impresionante y otros que parecían más una sardina escurrida que un toro, pero con unas intenciones como para no fiarse. Quizás primero y segundo fueron lo menos arisco de la tarde. Eran toros para estar muy atentos, como así lo estuvo Luis Miguel Encabo, muy pendiente de la lidia en todo momento, pero sin aspavientos y sin estar pensando en la galería.

El madrileño estuvo toda la tarde con muy buenas intenciones, aunque otra cosa es que fuera el mejor de sus días. En su primero, segundo de la corrida, que como todos sus colegas, entró al caballo echando la cara arriba, le intentó hacer las cosas de acuerdo a los cánones clásicos. Puso banderillas por los dos pitones, lo que ya es de agradecer y destacar, y le toreó, despegado, intentando rematar atrás el lance. Quizás le faltó templar más la violencia de la embestida del toro. Lució más una segunda tanda de derechazos por ofrecer más calma y despaciosidad. La que sí tuvo en la única tanda por el izquierdo, aunque sin esa virtud de querer rematar los lances. Fue una faena en la se pudieron apreciar detalles, como el inicio a dos manos por alto y los remates por bajo para terminar y un cambio de mano. El borrón fue la estocada, más de media caída y atravesada. Dio la vuelta al ruedo que no se pude censurar, pero tampoco aplaudir. En su segundo saltaron por los aires todos los galones de lidiador, gracias a un manso al que no había quien sujetara y que se arrancaba a todo lo que se moviera por los toriles y sus aledaños. Esto sembró el desconcierto entre las cuadrillas y lo mismo había un arreón por aquí al picador según salía al ruedo, como un tropezón con los dos caballos juntitos, uno en auxilio del otro. Quizás Encabo debería haber retomado ese concepto de lidiador antiguo y haberle propinado un macheteo por abajo, para que el manso fuera espabilando. El peligro que desarrollaba, con la cara arriba y revolviéndose muy rápido, no aconsejaban ponerse bonito. No obstante, si el complutense viene de esta forma, a mí no me importaría verlo más tardes. Encabo volvió a querer ser ese torero serio y clásico, olvidando el verbeneo de las banderillas a la carrera y los trapazos en busca de la orejita. Por lo menos se le vio intención.

A quien no se le apreció esta intención, ni se sabe si la tenía, era al mexicano Alejandro Amaya que demostró no estar para fiestas con tanta animación. Bien es verdad que con él empezó la mansada descarada, pero también es cierto que no enseñó ningún recurso para poder a este tipo de toro. Se limitó a estar a merced de los dos del conde. El primero con leña para hacer una falla y el segundo con más aspecto de cabra que de toro. Otra cosa son las ideas de la cabra. Si un toro muestra dificultades, lo que no se puede hacer es darle banderazos levantando la mano, lo que le faltaba a la joya que a cada momento quería pinchar la luna. Y en su segundo más de lo mismo. El toro pedía mando y el azteca andaba por allí viendo como se quitaba de encima ese vendaval de achuchones nada cariñosos.

Casi podría aplicársele lo mismo a Javier Solís que venía con la idea preconcebida de las normas del toreo moderno. Pero la cosa no estaba ni para dar muchos pases, ni para andarse media hora deambulando por el ruedo. Sin prestar demasiada atención a la lidia y esperando sólo el momento de la muleta, permitió que su primero quedara muy crudo. Lo recibió con pases por delante y por detrás en el centro del ruedo, citando desde lejos, pero, no se sabe si por lo molesto del viento o por los consejos desde la grada, cerró al toro y ahí se acabó todo. Éste se paró como si fuera de mármol y no tiraba ni para adentro, ni para afuera. Uno, dos pases sueltos, que alegraron a los catorce paisanos que le acompañaron desde Badajoz y poco más, porque el segundo, igualmente mal picado, más distraído y esperando, no quería meter la cabeza ni dentro de una corona.

Por supuesto que tengo que reconocer el mérito a los tres espadas que se enfrentaron a la corrida del Conde de la Maza, pero ellos, sobre todo Javier Solís y Alejandro Amaya, también tendrán que aceptar que no estuvieron a la altura. Ha sido una tarde que podría haber sido muy diferente si los de oro se hubieran decidido a lidiar y a pelearse con los toros, lo que no quiere decir que se les pidan muchos pases, arrimones y demás alardes del toreo postmoderno. Yo me habría conformado con que se les hubiera picado lo que demandaban, que se les hubiera banderilleado con eficacia, y si las faenas se hubieran ceñido a pases por bajo y macheteos poderosos, pues a lo mejor hasta habría pedido orejas. Eso sí, también me gustaría ver a más toreros con este tipo de ganado. Ese eterno deseo que no verán nuestros ojos mortales.

6 comentarios:

Xavier González Fisher dijo...

Enrique: No recuerdo quién fue el que escribió que el camino del infierno está empedrado con "buenas intenciones". Espero que no sean de esas a las que te refieres con la actuación de Encabo.

Por la actuación de Alejandro Amaya (qué apellido más calé, pero como dice mi tía María, "lástima de ropita"...), da "pena ajena" el que un pijo (creo que así les llaman allá), vaya a consumir una oportunidad de la que pudo haberse aprovechado en realidad alguien que quisiera hacer algo más que "verse bonito" vestido de torero.

Del otro chico, nada puedo decir más que doy por buena tu fedación de los hechos y si va por esos andurriales, pues, como se escuchaba antes en las plazas: ¡a la obra!

Un abrazo.

Iván dijo...

Encabo fue un torero que me gustó bastante, pero fue ponerse a torear en las ferias y se acabó.
Espero que algún día vuelva por sus fueros.
De los toros me esperaba más.
Una pena.
Saludos Enrique.

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Para que veas en las que nos andamos, que las buenas intenciones son acptadas como buena carta de presentación. En cuanto a Alejandro Amaya, daba la sensación de haber cortado una exitosa carrera allá en América, o donde fuera, y haber tenido la bomdad de obsequiarnos con su presencia, pero que visto como iba la tarde decidió que él no estaba allía para mancharse el traje. Pero así, pocos trajes se va a manchar y pocos más que estrenará. La acepción de pijo creo que la has utilizado a la perfección.
Un abrazo

Enrique Martín dijo...

Iván:
No me puedo conesar fan de Encabo, ni mucho menos, pero parece que la necesidad le ha obligado a volver a aquella seriedad que le valió el que fuera respetado por el aficionado. A mi tampoco me agradó su época de festivalero con Corbelle de apoderado, demasiado mercantilismo y escasez de toreo. Y a los toros lo que les faltó fueron toreros que les lidiaran, aunque con todo y con eso, el primero y sobre todo el segundo, ofrecieron cierta "colaboración" con el torero. A propósito, seguimos esperando con ansia tus comentarios desde Bilbao

Xavier González Fisher dijo...

Solo un error de apreciación: Aquí, Alejandro Amaya estrenará todos los vestidos que quiera, que su familia tiene el parné para pagarse las actuaciones que quiera y donde quiera, aún en la Plaza México, donde se ha anunciado junto a Ponce, Tomás (con toro vivo al canto), El Juli y demás "purpurados" de esto, así que "una mala tarde" la tiene cualquiera, hasta él...

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Da pena la falta de afición y el que sobre el dinero no debería ser un motivo para esconderse, aunque también sea un motivo muy comprensible; No hablaremos de las oportunidades que quita a quien más se lo merezca, pero de niños bien con afición se me vienen dos que fueron toreros a pesar de su dinero, Ignacio Sánchez Mejías y Victoriano de la Serna, al que le vino la inspiración en una capea universitaria. ¿Y por qué siempre volveremos al pasado? Empiezo a sentirme un carca muy carac.
Un abrazo desde España