jueves, 26 de septiembre de 2013

Corridas toristas que ni llenan, ni interesan

Y lo que disfruta el personal cuando un toro derriba al señor del castoreño, con caballo, peto, palo y lo que se tercie.


Si es que no nos queremos dar cuenta, tenemos la realidad ante nosotros, tozudamente mostrándonos que lo imposible no puede suceder y que las evidencias no tienen remedio. Leía en Twitter, ese sitio en el que uno vomita sus primeros impulsos con una sinceridad involuntaria que a veces provoca a más de un dolor de cabeza a estos filósofos de caracteres limitados, que las corridas celebradas bajo el sello de torista, no interesan, no llenan las plazas. Y que venga quien quiera decir lo contrario, que uno se agarrará a las cifras que lo ponen todo bien clarito. En Sevilla no llenaron las tardes de hierros de rancio abolengo preferidos por esos que se hacen llamar aficionados. Ni en Valencia, ni en Castellón, ni en ningún sitio. En Madrid sí llenaron los Cuiadri, pero ya se sabe que esto no se debe más que a ese afán de algunos capitalinos y provincianos que se piensan que viste mucho eso de ir a ver a los toros de Comeuñas, en Madrid. Si no, ¿de qué?

Está claro que lo que interesa, llena y punto, no hay discusión posible; y si no, miren la asistencia de los días en que alternan Paquirri, El Cordobés y el Fandi. La plaza de Valencia, por poner un ejemplo, se pone a reventar, ¿y la alegría que se respira esos días? Pero claro, uno empieza a fijarse en lo demás y se da cuenta de que juntando a tres figurones, a elegir según preferencias, tampoco llenan, es más hay cosos que no cubren ni la mitad del aforo. Aquí algo falla. Y no será por la publicidad gratuita que hacen los medios de comunicación, portales taurinos incluidos. Pero esto es por la crisis, esa crisis que empezó en el mundo del toro cuando José Tomás se retiró de los ruedos, pues era el único que no sólo llenaba las plazas en las que actuaba, sino que podía llenar otras dos más, como sigue ocurriendo en sus “partidos de exhibición”, las dos o tres veces que se viste de luces al año, cuando se viste.

No sé si eso de los indultos podrá ser un revulsivo de esto y conseguir que el público vuelva a las plazas. Servidor lo ve complicado, porque además me da la sensación que con tanto perdón se les ha ido la mano y han sobrepasado largamente la línea del ridículo, del ridículo más espantoso y hasta la del ridículo más espantoso y bochornoso. Si hasta algún ganadero ha soltado en estos días eso de “a este sí que me lo llevo para la finca”. ¡Ay señor! por la boca muere el pez. Tanto indulto, tanto hierro que dicen que es buenísimo de la muerte y luego nos sale el criador confesando que las demás birrias estaban para abandonarlas en una gasolinera perdida en los Monegros.

Nada, que según parece, en la próxima feria de Otoño de Madrid el día de los Adolfos no van a ir ni los parientes del señor Martín. Vamos, que haciendo caso a los señores cronistas taurinos fieles a esta Tauromaquia 2.0, se podría partir el ruedo en dos y en una parte celebrar el festejo y en la otra montar una verbena para regocijo del respetable, con sus barquillos, limonadas, manolas, chulapas y chubasqueros, que se anuncia agua. Pero a pesar de todo, uno cree que es verdad que el aficionado tampoco va a estas corridas toristas como debiera, ¿y por qué? Pues porque a veces la frustración que sufren al ver como se desbarata un toro en las manos de un pegapases, no siempre es soportable por su afición al toreo de siempre. Uno e acuerda de aquel castaño de Cuadri que tuvo que padecer una perfecta contralidia a cargo de su matador, o el Escolar que buscaba un torero y se topó con un pegapases. Tanto penar por el toro, para que al final salgan los picapedreros de turno que revientan al bueno tapándole la salida, que le malean con catorce mil capotazos, pasadas en falso de los banderilleros y trapazos y banderazos a tutiplén, justo lo más indicado para no dejar ver a un toro.

Pero que tampoco se confunda el gremio periodístico jaleador de indultos, orejas, triunfos, puertas grandes y adalides de plazas de tercera para así intentar dar el valor que no tiene a semejantes glorias, que esos aficionados evitan las tardes claveleras, pues ahí la cosa ya deja de ser frustrante y pasa directamente al martirio psicológico, además de las oportunas sesiones de lavado de cerebro. Dense ustedes cuenta de que los que van esas tardes faranduleras a la plaza son el público que lo mismo puede ir a estos shows carnavaleros, que a una caseta de la feria, que a la fiesta de la cerveza de Las Ventas, que a un concierto de Bisbal, que a ver bailar a los caballos andaluces, porque un cubata uno se lo toma en cualquier parte. Es más, a veces hasta resulta divertido eso de cogerse un autobús y una cogorza al mismo tiempo, con la excusa de ver al paisano y pedirle las orejas a voces, de ver al ídolo de la peña o para escapar un rato de la crisis, la suegra, la hermana soltera o el vecino pesado que siempre quiere que pases a tomar un café para que veas el vídeo de los encierros de su pueblo. Y a pesar de todo esto, las plazas siguen sin llenarse, incluso los días de máxima expectación en que torean El Juli, Morante, Castella, Perera, Ponce, Talavante o el papa de Roma. ¿La causa? pues que resulta muy caro e incómodo el ir de aquí para allá para ver una corrida de mojicones moribundos, cuando el principal objetivo es la merienda, beberse hasta el agua de fregar y alardear de machito ante las mozas, porque todo eso, todo, se puede hacer en la plaza del pueblo o en la discoteca  Sensation’s, que además también tiene un toro; le metes una moneda, te subes encima y si aguantas, cubata para el caballero. Pero ya se sabe, lo que no interesa son las corridas toristas, porque no llenan los tendidos… como las otras.


PD.: Permítanme agradecer el trato recibido en la entrada “homenaje” a don Carlos Ruiz Villasuso, lleno de generosidad, consideración y afecto hacia quien va rellenando las páginas de este blog. 

8 comentarios:

Anónimo dijo...

El stablishment taurino lleva años, muchos años, intentando convencer al público de que la Fiesta debe tomar otros derroteros. Quieren sustituir la tradición por la modernidad y el riesgo por la comodidad. Cuando unos pocos reaccionarios, entre los cuáles me incluyo, nos revelamos contra ello ponen en funcionamiento una maquinaria mediática que, por cierto, está enteramente a su disposición para seguir engañando a los muchos que se dejan engañar y que, por desgracia, son mayoría.

Desgraciadamente la crisis no les va a servir de nada, no va a motivar que se cambie y se depure la Fiesta y que lo mediocre deje paso a lo verdaderamente interesante. Me gustaría ver si, fuera de ferias, los del G10 son capaces de llenar Las Ventas. Sinceramente no lo creo.

Un saludo
J.Carlos

Xavier González Fisher dijo...

Don Enrique: Le asiste a Usted toda la razón. Efectivamente, eso del "olor de multitudes", añadido a un cubata o dos, o tres, o más... a la mayoría le da lo mismo a que vaya asociado, así que los "agoreros del desastre" efectivamente no tienen razón.

De nuevo mi enhorabuena.

Alberto Ariza Moreno dijo...

Enrique:
El día que se pierdan las corridas toristas, el día que se pierda el toro bravo (pero el toro bravo de verdad no eso que se están inventando ahora), el día en que el indulto vuelva a ser lo que era, entonces que me llamen.

Ya apenas se ven toros bravos. Se están cargando el toro con tantas tonterías de que si el arte, de que si el indulto y tantas idioteces. Para salvar la fiesta hay que volver a los orígenes: al toro bravo y al torero que arriesgue. Ahí está la emoción y con ella se llenan las plazas. De nada servirá declarar los toros bien cultural si el público deja de ir a las plazas porque se aburre.

Mientras tanto me voy a dedicar a proteger mi afición el campo y en las pocas corridas que se pueden ver actualmente.

Un abrazo y ¡enhorabuena!

MARIN dijo...

Pues así está la cosa Enrique. Carteles en los que la tauromaquia y la lídia brillan por su ausencia (que no estoy diciendo que sean malos, simplemente que a mi no me gustan), llenan plazas, y otros en los que sale el toro (luego servirán o no), solo van cuatro al tendido. Para colmo, cuando en algunas de estas "toristas" salen un par de ellos, resulta que te encuentras a un chaval que realmente aquello lo supera y no puede con eso.

Las figuras que no quieren ver a toros que exijan ni en pintura, y los que exijen no tienen a figuras delante. Unos por otros y la casa (dixit tauromaquia) por barrer. Yo soy de los que pienso igual que Alberto, cuando vuelva el toro y el torero que me avisen, que mientras tanto me refugio en el campo.

Por cierto, estoy preparando una entradilla que tiene mucho que ver con esto. Un abrazo Enrique.

Enrique Martín dijo...

J. Carlos:
Pues creo que toda esa mentira se sustenta sobre lo que es la televisión oficial, que ha maleducado a los públicos merendaderos. Son muchos los que se convierten en verdaderos canalplusólogos, que dominan la terminología, tienen asimilados sus principios y si a esto le echamos una gotitas de lecturas tendenciosas de aspirantes a trepas con libros gratuitamente aduladores o portales supuestamente informativos y no deformativos. A que punto habremos llegado, que nos quieren convencer que es imposible aquello que muchos hemos visto. Este buenismo taurino que está dinamitando todo esto. Los G10, si acason llenan un día, que ya lo hemos visto, porque esa media luna de cemento que asoma por el alto del sol, cada día crece más. Fuera de las ferias iríamos los de siempre y entonces, puede que hasta la plaza sea menos benevolente, pero sin tirar cohetes.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Pero ya se sabe, los toros nunca desaparecerán, siempre tendrá a esa gente feliz y alegre que se irá a merendar a la plaza y como claro ejemplo de esto, tenemos lo de Cataluña. ¡Aaaah no! Que en Cataluña ya no hay toros. La que fue la plaza que daba más y mejores festejos al año, la ciudad que simultaneo 3 plazas de toros, ahora se ha cerrado a la Fiesta. Será porque ni toman cubatas, ni meriendan.
Un abrazo y muchas gracias.

Enrique Martín dijo...

Alberto:
Yo no sé tanto si pensar en el toro bravo, que ya me parece una utopía, me conformo con el de lidia, con sus mansos, sus bravos, sus noblotes, los complicados, con defectos y con tantos comportamientos diferentes. Y cuando sale el bravo, sale de verdad. Lo que quizá habría que preguntar a muchos de estos modernos, es ¿qué entienden ellos por bravura? ¿En que se fijan para afirmar de un toro que es bravo? Igual nos llevábamos alguna sorpresa. Pero tú no dejes de cultivar esa afición, con esos relatos tan magníficos llenos de emociones de lo que es el toro en el campo.
Un abrazo

Enrique Martín dijo...

Marín:
Coincido contigo en que no sé si esos carteles son buenos o malos, pero a mí no me gustan. Y lo que son las cosas, ahora parece que se viaja para ver corridas como nunca se había hecho y las plazas cada vez están más vacías. Espero esa entrada con muchas ganas.
Un abrazo amigo