viernes, 19 de junio de 2026

Esa diversión solo provoca pena

Aquella tarde en la que la conmoción se llevó por delante cualquier tipo de vacía diversión.


En esto de los toros hace tiempo que se creó una deriva al menos un tanto cuestionable y que nos está llevando adónde quizá no podíamos imaginar y que, desde luego, no deseábamos. Que empezamos con aquello del arte, todo es arte, un trapazo, un banderazo, hacer el paseíllo medio compungido, el vender almendras por los tendidos, arte, arte y más arte. Que arte de verdad es formular tal afirmación y aguantarse la risa y no ponerse colorado. Que ya me dirán si se les puede llamar artistas a los que hasta en los andares parecen ir sorteando caballones en un sembrado. Que veneno ese de querer ensalzar lo censurable. Pero es que ahora ha llegado la moda de la diversión, que hasta mente preclaras se atreven a decir que tal plaza es la más aburrida del mundo ¡Anda valiente! ¡Anda y anda y no pares! Pero eso que podría encerrar buenas intenciones, que no, lo que nos quiere decir con esa autoridad que ellos mismos se atribuyen, cómo es eso de divertirse en una plaza de toros, por ejemplo la de Madrid. Que para divertirse no hay que tener ni al toro, ni al quehacer del torero, que si nos entretenemos en eso, igual no nos divertimos; siempre de acuerdo a esos parámetros de las mentes preclaras, aunque igual sería más exacto llamarles mentes interesadas o estómagos agradecidos. Y cuidadín, que si usted, usted o usted no se divierte viendo cortar despojos, viendo a un señor ejecutando un desgarbado baile meneando telas, es que usted es un malage, un “amargao”, un “frustrao” o un antitaurino, que esta ya es la máxima categoría. Bueno, no, lo máximo es que te digan que eres un mal español. Que, ¿qué tiene que ver esto? Pues no lo sé y si ustedes lo averiguan, por favor, ilústrenme.

Que eso de divertirse es algo muy sano y que hay que practicar todo lo que el cuerpo aguante. Que uno se ha divertido como nadie en las fiestas del pueblo, en los Moros y Cristianos, en las reuniones con los amigos, en el gusano loco en el parque de atracciones, en las fiestas de Nochevieja, en las comidas y celebraciones con la familia, intercambiando anécdotas con los amigos, como aquella vez que paseando por la plaza de Santa Ana se paró un coche a nuestro lado, bajaron la ventanilla y de un coche lleno de toreros uno de ellos nos pidió un cigarro. Incluso a la salida de los toros cuando un grupito de amiguetes nos íbamos a empezar la noche. Que hasta de los toros ha brotado la diversión, pero en la plaza, en los toros... Ustedes me perdonarán.

Que igual en los toros no he encontrado momentos de diversión, pero, momentos inolvidables, todos y aún más. Y precisamente momentos en los que no se dejaba de lado la exigencia, el respeto al rito, el respeto a quién a nuestro lado nos enseñó a sentir esto como algo mucho más enriquecedor que la simple diversión. Eso es, la simple diversión, que poca ambición, con qué poquito se conforman los pobres, que con un barreño de alcoholazo y un despojo ya van listos para casita. Y mientras unos se divierten, otros solo podemos sentir pena, la pena de ver como un lugar, la plaza y el sentimiento de esta afición, se reduce a la nada más primaria. Y no intenten explicárselo, porque nunca lo entenderán, quizá porque lo primero que no entienden es la propia fiesta de los toros. Que no digo entender de toros, que eso lleva tiempo y quizá nunca se llega, pero sí entender de qué va esto. Porque resulta un imposible explicarle a algunos el que en una plaza de toros haya momentos en los que se te hace un nudo en el corazón y por mucho tiempo que pase, ese nudo nunca se libera. Momentos que años después la memoria hace que volvamos a aquella tarde, a aquel instante de inspiración en el que el arte o el poder domeñaban la casta y la fiereza, en ese momento compartido con quién hace años que ya no está a tu lado abriéndote los ojos para entender el misterio del toro, pero que cada vez que se entra por la puerta, cada vez que llegas a tu sitio, el de siempre, sigue a tu lado, en la plaza y en cada conversación en que salta el toro al ruedo de una tertulia ¿Divertido? Pues... Allá cada uno. Y ahora, con tanta diversión, tanta alegría, tanta celebración, uno ve como toda esta algarabía solo parece querer borrar esos momentos de conmoción y siente pena, una pena muy honda, tan profunda que parece querer enterrar esos nudos que atenazaron el corazón.

Explícales a estos divertidos, a estos que no faltan como poco dos veces al año a los toros, a estos que te hablan de los cuatro tercios de la lidia, a los que cuentan su arte por arrobas de despojos, que eso no es divertido. Ni lo intenten, porque además se atreverán a volverse y echarles en cara que su ídolo ha despojado a un borrego, un borrego al que usted prestó toda su atención desde que asomó en la arena y ellos solo desde que asomó el trapo rojo para pasárselo por el culo. Que a ver si eso va a ser lo divertido, pero... que no, si es que esto es como al que no le gusta el gazpacho, que por mucho que se lo metan con un embudo, que no, que no hay manera. Y como para contarles, y pretender que lo entiendan, que esa diversión solo provoca pena.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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