domingo, 23 de octubre de 2011

Antoñete, un chaval del barrio de Ventas

Antoñete y su toro blanco, Atrevido de Osborne, para siempre en el recuerdo.


Allá por los años treinta, cuarenta y algunas décadas más, en España no había mejor forma de salir de la pobreza y de las estrecheces que haciéndose torero. Muchos eran los que probaban. La empresa era más fácil y más difícil que en los tiempos presentes. Más fácil porque el mundo del toro estaba más presente y porque en el Madrid de aquellos años existían más conexiones con lo rural que ahora. Y más difícil porque el aprendizaje era duro y penoso y el toro se ocupaba de complicarlo todo mucho más. Pero claro, si mientras los niños de aquel tiempo jugaban en la calle al aro, a la lima, al tejo, al balón o a las bolas, tú jugabas al toro en el ruedo de Las Ventas, mucho se tenía que torcer el destino para que no llegaras a ser matador de toros. Y si además cada tarde de toros veías entrar a Marcial, Fuentes Bejerano, Fortuna, Nicanor Villalta, Domingo Ortega, los Domiguines, los Bienvenida, Manolo Escudero, Pepe Luis, Manolete, Gallito y tantas otras divinidades del panteón taurino, pues blanco y en botella.

Antonio Chenel, “Antoñete”, que era el que tuvo esta infancia tan particular, llegó a culminar su sueño en la plaza de Castellón. Allí se hizo matador de toros. El torero de los huesos de cristal, siempre de la mano de su cuñado, Paco Parejo, de quien muchos decían que era el que dirigía al torero desde el callejón a modo de apuntador y que el del mechón ponía en práctica sin saltarse ni un punto, ni una coma. A pesar de su calidad y sus extraordinarias condiciones para hacer el toreo bueno, tuvo una carrera muy irregular; empezaba a coger sitio y contratos y aparecía una fractura de un hueso. Los contratos empezaban a disminuir, primera retirada, y cuando ya pensaba en cambiar el oro por la plata, vuelve a resurgir en una corrida de agosto de Madrid. Luego aparece Atrevido, o como muchos le conocieron, el toro blanco de Antoñete, de Osborne. Este nuevo relanzamiento acabó con una nueva y triste retirada en 1975.

Se marchó a América, a Venezuela y cuando más pensaba en dedicarse a cuidar ganado para ganarse la vida, la fortuna se le volvió a presentar en forma de vestido de luces. Unas corridas exitosas al otro lado del Atlántico le sirvieron para madurar la idea de reaparecer en España. Era el año 1981 cuando enfundado en un terno grana y oro volvió a su casa a torear, en el patio de juegos de su infancia. Como decía Rafael Herrero Mingorance, con verle liarse el capote y colocarse la esclavina ya se sabía que allí había un torero. Fueron cinco años triunfales jalonados de éxitos y lecciones de torería. Quizás el momento culminante tanto de este período, como de su carrera, fue la faena a Cantinero, de Garzón, premiada con dos orejas. En el otro cortó una y creo recordar que alternó con Curro, que cortó una y con Curro Durán, que se convirtió en un testigo de lujo de lo que los “abuelos” eran capaces de hacer con capote y muleta. Nueva retirada con toros de Belén Ordoñez, de la que nadie salió satisfecho, ni el público, ni mucho menos el torero. Un fracaso ganadero le impidió retirarse como Marcial, tal y como soñaba el torero de Madrid. Pero la dura y exigente afición de Madrid, sensible como ninguna, se echó al ruedo, le cogió en volandas y al grito de torero, torero, reventó la Puerta de Madrid y se lo llevó camino de la calle de Alcalá. No hacían falta ni orejas, ni permiso presidencial, el público soberano estaba decidido a rendir homenaje a su torero. Tiempo después el propio Antoñete quiso agradecer tanto cariño recibido y una tarde entre semana decidió encerrarse con dos toros en su plaza, dejando abiertas las puertas para que fuera gratis todo el que quisiera ver por última vez a su torero.

Volvió nuevamente a vestirse de luces, pero ya no era el mismo. Ese amigo traidor que fue el tabaco le dio más de un susto, uno incluso en la arena, una tarde de toros televisada en la que cayó desvanecido en el ruedo, con muchas dificultades para respirar. Luego vino lo de convertirse en comentarista en la radio y en la televisión, pero de eso prefiero no hablar ahora, creo que es mejor quedarse con su media verónica tan personal y tan llena de belleza y torería, con ese toreo al natural y con esa forma de citar dándole distancia al toro. Ahora, en el momento de su despedida, creo que será mejor quedarse con lo que hizo en los ruedos, con el gran torero que fue y con el sitio que ocupará en la historia del toreo por méritos propios. A uno de los grandes que yo he visto en el ruedo, a uno de los pocos a los que aclamé gritando torero, torero y a uno de los que me hizo conocer como era el toreo clásico, el de siempre, el natural, el que no tiene ni asomo de crispación, el que trata al toro como a un amigo, el toreo eterno. A Antonio Chenel “Antoñete”. Que descanse en paz.

12 comentarios:

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique:
Vendito sea dios, que relato más bonito y más sentido el que has escrito sobre el maestro Antoñete, si es que da gusto leerte sea cual sea el contenido o el artículo, le imprimes un sello propio que sin que pusieses tu firma sería capaz de distinguirlo entre 100.
De verdad Enrique, te estas convirtiendo para mí en un referente de la escritura taurina.
¿Te has planteado el escribir un libro?
Volviendo al artículo escrito por ti sobre el maestro, pues creo que lo dejas todo dicho, no creo que se pueda añadir más.
Un saludo.

Enrique Martín dijo...

diego:
En este caso lo tenía fácil, solo tenía que recordar las tardes en que le vi vestido de torero, en como cogía los trastos, en su forma de lidiar, ayudado por una espléndida cuadrilla con un Montoliú que incluso después llegó a tomar la alternativa. Solo he tenido que cerrar los ojos y llenar la hoja. De todas formas muchas gracias por tus palabras.
Un saludo

Xavier González Fisher dijo...

Enrique: A Antoñete la vida y los toros le castigaron "desde siempre". Lo de la tele, no sé por qué sospecho que fue "necesario" para él, no "de gusto"... En fin... Que la torería auténtica se marcha, hace mutis, y... ¿qué nos queda?

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique:
Que menos, sabes que tienes todo mi reconocimiento y admiración, y hablar del maestro como tu dices es facil, lo dificil es hacerlo como tú lo haces.
Un saludo.

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Eso es lo que pensamos todos, porque eso que a veces es tan complicado de vivir según se habla, en Antoñete no se daba, pero al contrario de lo que es normal. Él actuaba bastante mejor de lo que hablaba. Pero gracias a eso encontró esa estabilidad que no tuvo antes. Sea como fuere, se ha ido un gran torero.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Diego:
Muchas gracias

María dijo...

De verdad, qué bien escribes. Da gusto. Estamos Vicente y yo con la lágrima a punto. Como ya sabes, yo soy muy joven y no le ví torear pero me quedo con haber crecido escuchándole por la tele y aprendiendo que hay silencios y olés sentidos, que valen mucho más que las palabras. Muchos besos

Enrique Martín dijo...

María:
Que alegría verte por aquí. Algo bueno tenían que tener los años y una de esas cosas es haber podido ver a Antoñete. Lo malo es que ya no va quedando nadie que pueda recordarnos lo que es el toreo de verdad. Muchos besos para todos y en especial para Vicente. Y muchas gracias por esas palabras tan cariñosas.

POCHO PACCINI BUSTOS dijo...

Ver los videos o leer las crónicas de antaño, de las actuaciones de Antoñete, no hace constatar a los jovenes como Yo, cuanto de verdad nos roban hoy en día los figurines de oropel e inventos de la prensa sobrecogedora.

Felicitaciones por esta remembranza.

Pocho

Enrique Martín dijo...

Pocho:
A ver si entre todos logramos recuperar esa verdad que nos quieren ocultar y que esto del toreo se coloque en el lugar que merece.
Un saludo y gracias por visitarme dede tan lejos.

Manolo Troya dijo...

Aunque he de reconocer que el Maestro Antoñete, en muchos momentos perdió pureza como comentarista, no cabe dudad que nos haya dejado un verdadero pilar de la grandeza de nuestra Fiesta.
Romántico, Clásico, Ortodoxo, Puro y con mucho Empaque, para mi ese era Antoñete.
En mis recuerdos quedara su Tauromaquia, como la realizada una tarde en Jaén donde fue la primera vez que se me saltaron las lagrimas en un tendido, a una obra tan impregnada de Torería.
Hasta siempre Maestro.

Enrique Martín dijo...

Manolo:
Como para tí, para mí Antoñete era la pureza, el toreo sincero y aunque tenía sus trucos, como él mismo confesó alguna vez, eran más leves alivios que otra cosa. Ójala que alguno se aliviera de vez en cuando como él lo hacía. Es de los pocos que me han levantado del asiento y que me ha hecho emocionarme al extremo. Por eso yo no quise ir ayer a la plaza, no podía, se me venían muchas cosas a la cabeza, cosas que viví con otra persona que hace años que tampoco está aquí. Pero a mi modo también me despedí de este maestro.
Un saludo