martes, 25 de octubre de 2011

Respeto y honor a los muertos



Ayer Antoñete salió por la Puerta Grande de Madrid. No hubo naturales, ni medias verónicas, pero como siempre demostró su grandeza. Esa grandeza que el pueblo le aclamó en vida y le reconoció después de muerto. No digo nada nuevo si afirmo que ha sido de los más grandes, sin entrar si estuvo mejor a partir de tal o cual reaparición, fue de los más grandes.

Igual que en las tardes en que se anunciaba para torear en su plaza, en su última cita congregó a miles de aficionados, que podían parecer cualquier cosa, menos unos bárbaros. Hechos como este son el signo más evidente de lo que es este mundo, esta fiesta, este espectáculo o este rito, que cada uno elija el término. Sin necesidad de reconocimiento oficial, ni de ser encuadrado en un epígrafe para definir de que tipo de acto cultural se trataba. La gente, porque no fue solo Madrid, sino aficionados de toda España, estaban en Las Ventas para despedir a un maestro. Unos se hicieron presentes en los corredores de la plaza, en el exterior de la plaza y pudieron llamarle torero una vez más. Algunos no pudimos ir, no por falta de tiempo, sino por no querer ir. Yo no quise ir, no podía verle allí inerte, ni verle marchar para siempre. Cobarde, cómodo, cualquier cosa tendré que aceptarla, pero no podía. Desde el sábado por la tarde he tenido a Antoñete en la cabeza, escribiendo, viendo vídeos, hojeando libros al azar, hablando de él con amigos o contándole a mis hijos quién era ese señor del mechón blanco. El de ese cuadro que está en el salón, el de ese libro gordo; y en todos los casos aparecía también el que me metió este veneno en el cuerpo y que hace años se fue a coger sitio en los tendidos de ahí arriba, para ver el debut del maestro en las ferias celestiales. Él me repetía muy a menudo eso de “yo estuve allí” y yo ahora repito “el abuelo estuvo allí”. Mis hijos, sobre todo mi hija, abren los ojos como si les hablara de un superhéroe que tenía el poder de parar a un animal moviendo un trapo y que conseguía que un torrente de furia y casta se le enroscara a la cintura.

Realmente fue grande, muy grande, un personaje de película, pero tuvo la suerte o la desgracia de haber nacido en el barrio de Ventas y no en Nueva York, Londres o París; quizás en esos lugares habría sido despedido de otra forma. Aquí perdemos la medida de las cosas ante muchas cosas y una de ellas puede que sea la muerte. Una personalidad de esta categoría quizás merecía otra cosa. No es posible que en su casa no se le trate de acuerdo a sus méritos. No parecía posible que la capilla ardiente se instalara en un lugar en el que se facilitara el paso de los visitantes, ni que el momento de las visitas hubiera sido más prolongado. Una mañana y poco más, en una sala de la plaza que ni tan siquiera era la que lleva su nombre.

Igual que en una de sus retiradas, una tarde en la que el ganado hizo imposible el triunfo y el pueblo se lanzo al ruedo para sacarle a hombros saltándose cualquier reglamento, ayer fue la gente quien sacó a hombros al torero, pero al que tampoco se le permitió dar esa merecida vuelta al ruedo. No parecía que fuera posible que se abrieran las puertas para que su gente volviera a llenar los tendidos y para que en el escenario de sus glorias se le tributara el homenaje más sincero. Había otras prioridades, pero es que esas mismas prioridades son las impide que se honre a otras glorias de nuestra tierra como a Cervantes, Velázquez o Larra, que no se sabe donde descansan. Se nos llena la boca con nuestro patriotismo, pero tiramos por la alcantarilla una oportunidad única y definitiva de mostrar nuestro respeto y rendirles honor a los grandes.

Realmente no entiendo ciertas cosas. No creo que haga falta remontarse a la muerte de Joselito al que sacaron de su casa en la calle Arrieta y lo llevaron en procesión hasta el tren que iba a Sevilla, basta en recordar como a El Yiyo le llevaron desde su casa en Canillejas, en la calle Canal del Bósforo, hasta la plaza, donde se le dio la vuelta al ruedo de la plaza de su pueblo, Las Ventas, y desde allí lo portaron en hombros hasta el cementerio de la Almudena. No pretendo establecer comparaciones, no se sostendrían ni un segundo y además serían injustas y no vienen a cuento, pero creo que Antoñete, merecía otro trato por parte de los que nos gobiernan. No se trata de afición o no, es más bien cuestión de sensibilidad y de darse cuenta de lo que todavía arrastra un torero, un gran torero, en esta España de principios del siglo XXI. Lo que sí quedó claro es la entrega y el fervor que siempre tuvo su gente a uno de los más grandes. Antonio Chenel “Antoñete”, matador de toros, nacido en el barrio de Ventas, Que Descanse en Paz.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo estuve y de verdad que se ponía los pelos de punta, me llevé un clavel de una de sus coronas,ese lo guardaré para siempre, ayer se demostró lo grande que es el toreo, yo no pude verle torear (solo recuerdo una corrida un dia de verano hace muchos años junto a Curro Romero y Paula) que la estuve viendo con mi padre en el pueblo, el resto fué siempre en video.
Ahora cada vez que miremos hacia la puerta de arrastre nos faltará una persona allí comentando....

Hasta siempre maestro.

Una venteña

Enrique Martín dijo...

Venteña:
Al ver tu vídeo me imprsionó bastante. Lo que me cuesta es pensar que los que no lo habéis visto, a pesar de todo seguis con esta afición. Os lo han puesto muy difícil.
Un saludo

Xavier González Fisher dijo...

Enrique: Lo que faltó allí (y a lo mejor no), fue la póstuma vuelta al ruedo, impedida por no sé qué preparativos... En fin. Ya descansa el torero. Ahora me late que "algunos" van a sacar raja de su vida y obra... ¡Que tristeza!

Pepe Luis dijo...

Escrito está:
"Y vuelvo a mirar con los ojos del niño ante el televisor, a aquel torero triunfante en las Ventas, cruzando el umbral de su plaza con los ojos cuajados de lágrimas en ese momento en que el torero era engullido por una multitud fervorosa que lo izaba triunfante para llevarlo hasta la misma gloria..."
No he querido ver otras imágenes, porque no hay para mi mejor recuerdo que la de aquella tarde de su despedida en que fue sacado a hombros y yo lo veía embobado con los ojos del niño sin llegar a entender cuanto grande era aquel torero que no necesitaba de trofeos para salir triunfante de Las Ventas.

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Pues sí y lo que me parece es que Antoñete era de esas personas en que no le ocurría lo que le suele pasar a todo el mundo; parecía especial hasta en eso. Ahora les surgirán muchos amigos, que no dudo que los tuvo, pero a lo mejor no son los mismos que se aprovechen. Pero eso ya viene de fábrica en la condición humana de muchos.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Pepe Luis:
Tú mismo has aclarado uno de los motivos por los que no quise ir ayer a la plaza. Aquel día de que hablas estaba allí en Las Ventas, esperando el milagro, como todos. No fue posible, pero la gente, la que siempre le siguió y le veneró, le cogió en hombros y lo sacó por la Puerta de Madrid al grito de ¡torero, torero! No hacían falta trofeos, no importaba lo que digera el presidente, su pueblo ya había decidido. Y ese cariño se prolongó hasta ayer y seguirá por siempre.
Un saludo

Pepe Plaza dijo...

Es cierto ,faltó sensibilidad, para honrar en el último adíos de un grande de la tauromaquia.
No digamos de la prensa y la tv que dedicaron más espacio y tiempo al fatal accidente del motorista italiano que al maestro Antoñete.

Enrique Martín dijo...

Pepe:
Pues es verdad y se podría decir que si es grande de la tauromaquia, sobre todo lo grande que fue Antoñete, también fue grande en el arte, la cultura y la vida de este país. Lo de las televisiones y medios en general, pues no tiene ya ni un pase.
Un saludo y gracias por pasarte por aquí a echar un ratito.

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique:
Bien Bien, mas claro imposible,el maestro se merecia una vuelta al ruedo en su ultimo adiós, y no que estan con la tonteria del concirto de no se quien.....

Enrique Martín dijo...

Diego:
No sé, pero tengo la sensación de que esto ha sido molesto para más de uno y como si se hubieran hecho las cosas por obligación. Y a medida que va pasando el tiempo me va gustando menos. EL maestro merecía mucho más; como siempre el que responde es el aficionado.
Un saludo

MARIN dijo...

Bueno Enrique, yo solamente tuve ocasión de verlo dos veces en vida, en Burgos aquel dia del maldito episodio de axfisia por el fumeque y el dia de Antequera junto a Curro y a Paula... ¡te parece que hemos dicho algo!. Luego si he visto muchisimos videos.
Como te dije el otro dia en la radio, me quedo con esa imagen del maestro, gorrilla campera sobre el mechon, y junto a su "Romerito" del alma. Esa imagen de la cara de un maestro junto a la cara de semejante toro se me quedará siempre en el alma. Un hombre que vivió por y para el toro. Descansa en paz maestro.

Por cierto, da gusto escucharte hablar en la radio macho. Te pasas el tiempo escuchando y cuando te das cuenta se nos ha ido el tiempo y no te podemos ni preguntar. La gente por la calle me dice lo mismo. Enhorabuena.

Un abrazo Enrique.

Enrique Martín dijo...

Marín:
Pues el día de Antequera ya lo puedes enmarcar y guardarlo como las joyas de la Duquesa de Alba. Aquello fue único, los tres grandísimos artistas inspirados en el mismo sitio y a la misma hora. Como ya te comentaba en la radio, parece ser que Romerito era de muy complicado manejo, pero llegó a sus manos y ya ves lo que pasó. A mí me gustaba ver como este hombre que se había pasado la vida pegando tumbos, al final encontró la estabilidad.
Muchas gracias por lo de la radio. A mí me ocurre lo mismo con vosotros, que cuando me quiero dar cuenta son las 9 y se acaba. El otro día la verdad es que hubo algún momento en que se me fue el hilo, porque como os dije, se me venían muchas cosas a la cabeza. Yo todas las veces que le vi fueron con mi padre a mi lado y cuando estaba bien siempre me decía "Eso te ha gustado ¿eh?" y a él le gustaba todavía más. Muchas gracias a vosotros que me ayudáis mucho desde allí y con vuestras preguntas y comentarios.
Un abrazo