domingo, 12 de febrero de 2012

Los ritos son inútiles, pero imprescindibles


Paseando por los buenos blogs taurinos que pueblan la blogosfera, me detuve en uno de mis favoritos, “Toro, torero y afición”, curiosamente con sede en la grada del seis de la Plaza de Madrid. Javier nos mostraba por un lado un cartel en el que para participar en un tentadero se ruega la no utilización de prendas deportivas, en virtud de la tradición y respeto que merece la Fiesta. Debajo otra foto con doña Carmen de Federico y Joselito el Gallo en el campo, vestidos con traje corto.
¿Qué utilidad tiene esto? Pues ninguna. ¿Se podría desarrollar un tentadero con cualquier otra indumentaria? Por supuesto. ¿Modifica esto el resultado de la tienta? En absoluto. Así que podemos concluir que el que se utilice ropa deportiva, el traje corto o el uniforme de infante de marina del Tercio de Armada de San Fernando es completamente indiferente. Se podría decir que es una perfecta inutilidad. Vamos, yo me atrevo a afirmarlo absolutamente convencido, eso no sirve para nada. Pero en el toreo hay multitud de elementos tan inútiles o más que la indumentaria de los que van a tentar al campo.
Aparte del tipismo turístico, ¿para qué sirve hoy en día el paseíllo? Obviamente para nada, no hay nada que despejar, ni los toreros no pueden acceder a la plaza por otro sitio. Aparte de la incomodidad, ¿qué aporta, según un criterio pragmático, el traje de luces, la montera, el capote de paseo o el añadido? Pues evidentemente, nada; se mire como se mire, son elementos inútiles, que ni facilitan la lidia, ni garantizan la seguridad e integridad del toreo. Es más, en el caso de caer de espaldas, la castañeta solo puede agravar la situación.
Pero si seguimos avanzando, no obedecen a un motivo práctico, ni utilitario la ceremonia de la alternativa, los brindis, la música, el orden por antigüedad que podría sustituirse por un sorteo, la divisa, el ir cubierto o descubierto por el ruedo en según que momentos, el color de los engaños, los clarines y timbales, los pañuelos de colores del presidente y así tantas y tantas cosas.
Todo esto es inútil y si muchos buenos aficionados lo piensan estoy seguro que me darán la razón. Pero claro, tampoco pienso que esto se pueda zanjar de una forma tan infantil y simplista. No me atrevo a decir utilitarista, pero dependiendo como, también podríamos aplicar este término. Incluso hasta podríamos argumentar lo inútil de las corridas de toros, el deporte, el arte, los museos, los libros que no son manuales de uso, libros de texto o libros de cocina, la música, así como todas las artes. Con todo esto no estamos más sanos, no comemos mejor, ni pasamos menos frío, ni nos calma la sed. ¿Entonces? Pues la única razón de ser es que nos hace más felices, nos ayuda a entender el mundo, al prójimo y hasta puede que nos haga mejor persona.
Y esto se puede trasladar al mundo del toro. Toda esta parafernalia es inútil, pero hace que la fiesta sea mejor, lo que la convierte en algo absolutamente imprescindible. Todas esas cosas que antes he enumerado, y muchas más, hacen de la fiesta de los toros lo que muchos sentimos, un rito, un acto cargado de significados que no están escritos en papel, están marcados en nuestra memoria ancestral y son esos detalles que hacen que no sea lo mismo matar el toro en la plaza que a manos de un matarife. En el momento en se pasó de la caza del toro para alimentar a la tribu a su sacrificio en un lugar determinado, mediante unas reglas y utilizando unas formas y unos instrumentos determinados, en ese instante se produjo un salto que convertía lo útil en fenómeno cultural. Hay radica el origen de los toros como fenómeno cultural, un fenómeno que se ha ido enriqueciendo a lo largo de los siglos.
Todo ese aderezo, esos ritos, son los que contribuyen a que el toreo adquiera la categoría de cultura. Todo eso, igual que la tauromaquia misma, habla del carácter del pueblo donde nació y de las naciones que lo adoptaron como propio. En esos detalles residen los valores que marcan la diferencia con el utilitarismo. El torero se viste de sacerdote y oficiante del sacrificio, los clarines marcan solemnemente, tal y como lo requiere el momento, las diferentes fases de la lidia. El vestido, la montera y todo el aparataje del atuendo implican una herencia y una diferenciación del torero. Un ser que por lógica no es un ser cualquiera, es un hombre que se enfrenta a la muerte y que sobre la base de conceptos artísticos sacrifica a un dios al que quiere y respeta, teniéndole como un antagonista, pero nunca como un enemigo. El torero debe asumir un papel dentro de la Fiesta, un papel del que no puede salir y meterse cuando le plazca. Eso es lo que le exige vivir en torero. Incluso por salud mental y como preparación para poder enfrentarse al toro. No puede trivializar su actividad, él es irrepetible, es torero. Y el público al ir a la plaza ya le muestra su respeto y el reconocimiento a su condición de ser superior, capaz a un tiempo de enfrentarse a la muerte, vencerla y hacer arte. Lo que no quiere decir que se le deba una idolatría incondicional, luego se le exige que cumpla con aquello a lo que se ha comprometido y observando rigurosamente las leyes de la tauromaquia.
Ni el torero va solo a matar al toro, ni el público desea contemplar un holocausto. La muerte, aún siendo el centro de la Fiesta y estando siempre presente, se pretende ignorar, aunque está ahí; no se reconoce, aunque se sabe que está presente. Y quizás el ver como el torero logra burlarla sea el mayor aliciente para el espectador. Así el aficionado retiene en su cabeza como es cada tipo de toro y cuales son los elementos a tener en cuenta para conseguirlo, los nombres de los toreros que con más naturalidad lo consiguieron y veneran a los que una tarde no les fue posible.
Como todos los ritos, la tauromaquia, el toreo, como yo prefiero llamarlo, está adornada por muchos factores inútiles, pero no vacíos, porque todos y cada uno de ellos están cargados de significado y son necesarios para que el hombre pueda enfrentarse a la muerte, como si todo esto le revistiera de un aura que le hiciera casi invulnerable y poderoso, no por la protección que le pudiera ofrecer, sino por la convicción y fortaleza de su alma de torero.

26 comentarios:

David Campos dijo...

Enrique:

Menos mal que todavía quedan ganaderos íntegros, que invitan a los toreros a que no se olviden de lo que son, o más bien, de lo que deberían ser, exigiéndoles que se vistan como se tienen que vestir para torear en su casa.

La misma norma debería regir en casa de los sastres de toreros, para impedir que algunos se vistan con trajes de luces, con bordados y diseños modernos que dan lástima. En una fiesta tan condicionada por la belleza y la estética, todo lo hortera tiene que estar prohibido.

Un abrazo!

Anónimo dijo...

Enrique deja de escribir que el moruchero y el gominas se van al paro.

Has estado genial, como siempre.

Luis Miguel.

Pepe Pastor dijo...

Esto es como en la celebraciones religiosas, si quitas la liturgia apenas queda nada.

Un abrazo

Enrique Martín dijo...

David:
Yo siempre he pensado que en nombre de la modernidad se perpetran atropellos inconcebibles y que una cosa es eso y otra la vanguardia. Ésta creo que nace desde el conocimiento de lo clásico, aquel desde la mala ocurrencia de un iluminado. Pero seguro que tú lo sabes explicar mucho mejor que yo
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Luis Miguel:
Bien sabes que es imposible entrar en un coto tan cerrado y que es más cómodo tener alguien que te cante, que alguien que te regañe.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Pepe:
Tú lo has dicho, se quedaría en nada. Se le quitaría todo el significado.
Un saludo

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique:
Todo es un ritual, signo y seña de nuestra identidad...donde el misterio de todo el conjunto hace que todo huela a misterio y belleza...
Un saludo.

Enrique Martín dijo...

Diego:
A veces compensa un poco de incomodidad ¿verdad?
Un saludo

Xavier González Fisher dijo...

Discúlpame Enrique, pero los ritos no son inútiles. Son la esencia del carácter ceremonial de algo, en este caso de la corrida de toros. Precisamente por eso son imprescindibles. Sin rito, la corrida se convierte en una carnicería. Saludos.

Juan Medina dijo...

Sr. Martín, Don Enrique, yo quisiera haber escrito este artículo. Lo has bordado. Impecable de principio a fin. E imposible de comprender por los que trivializan el toreo desde dentro. Tampoco lo entenderían, si lo leyeran, los triviales incapaces de vislumbrar la grandeza del toreo, aunque admirados con la grandeza de la pulga del perro.
Chapeau, maestro!!

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Exactamente así es la cosa. Estos simplistas no ven esa necesidad de mantener el rito. Igual se pueden entrenar con chandal ante una becerra, quizás el esfuerzo físico es el mismo, pero ¿y la mente? Porque la dificultad del toreo les obliga a mentalizarse mucho antes de vestirse de luces o de ir a la plaza. Vamos, es lo que toda la vida se ha llamado vivir en torero. Que los antiguos igual no sabían de psicoanálisis ni de conductismo, pero está claro que algo intuían.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Juan:
Pues seguro que lo habrías escrito igual o mejor y de la misma manera, esos de los que hablas, tampoco se habrían enterado. Solo se enteran cuando creen que les halagan y responden eso de "que importante es eso que dices". Y se quedan más anchos que largos.
Un saludo

Anónimo dijo...

Pues sí Enrique, hay un montón de cosas que, miradas friamente, no sirven para nada. Por ejemplo, ¿para qué sirve picar a un toro? La mayoría de las veces salen al ruedo en un estado tan lamentable que no hace falta hacerlo. Y ¿para qué sirve la presencia del alguacil? La mayoría de las veces para nada porque autoridad, lo que se dice autoridad, poquitas veces la demuestran.

¡Y esto es el cuento de nunca acabar!

Saludos
J.Carlos

Enrique Martín dijo...

J. Carlos:
Es que además hay que añadir todo a lo que se le está quitando su razón de ser. El alguacilillo en Madrid, antes mandaba y les ponía a todos en fila; el picador era un elemento imprescindible en la lidia y ahora en ambos casos podrían ocupar sus puestos la reina de las fiestas y su corte de damas de honor.
Un saludo

I. J. del Pino dijo...

Tocas uno de mis temas favoritos en esto del toro. Los ritos, la parafernalia, los curiosos nombres de cada elemento, el traje de torear, los monosabios..., todo, todo tiene un origen y una justificación que como bien dices hoy en día no es tal, pero sin esos "abalorios" probablemente ni tú ni yo seguiríamos acudiendo a la "llamada". Me ha encantado Enrique. Un saludo.

Cárdeno dijo...

Puestos ya, ...se podía sustituir el Toro por uno "teledirigido" por el apoderado de turno..., lo están intentando.

Xavier González Fisher dijo...

Bueno, ya que se habla aquí de despropósitos y de torear con chandál y cosas así, no se pierdan esto...

http://www.youtube.com/watch?v=R3TC1--bn80

¿Vanguardia torera?

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Excelente entrada, Enrique. Me anima a continuar escribiendo unas Explicaciones de un aficionado a los toros, dirigido a quienes satanizan el toreo sin conocerlo y dado el ambiente caldeado que hay en Colombia hoy al respecto. Difundo dichas entradas por las redes sociales, en vista de la andanada en contra del toreo que hay por acá en estos días. Uno de los temas centrales, que aún no he tocado, es precisamente este. Gracias por orientarme con tus palabras. Un saludo desde www.torosliteraturaymas.com

Enrique Martín dijo...

I.J. del Pino:
Para mí el rito es el lienzo donde se va pintando la historia silenciosa, que no es la de las grandes gestas, pero que va dejando su huella. Luego a lo mejor se ignora el origen y el motivo, pero nadie discute su presencia.
Muchas gracias por tus ánimos. Los mismos que te mando para tu Monosabio.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Cárdeno:
Eso parece que lo tienen muy avanzado. Tan perfeccionado lo tienen, que hasta no parece un toro.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Xavier:
Esto parece de locos. Será porque es carnaval. Ese es el respeto a la fiesta y a esa liturgia.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Juan Carlos:
Ánimo y para adelante. Y sigue con tu blog, al que sigo, y que tantas satisfacciones nos da. Quizás Colombia sea otro ejemplo de lo que vive nuestra Fiesta.
Un saludo

MARIN dijo...

Enrique, a medida que he ido leyendo tu entrada he ido sacando conclusiones. Quizás para muchos de los que solo van a los toros el dia grande de la feria tal, a ponerse en barrera junto a la morenaza de turno con escote y con la copa de JB en la mano y puro en boca, no sea nada util todo lo que dices. Pero para el que ama esto, todo lo que dices tiene un significado tan esencial como la fiesta misma. Y ya he leido que todos los comentarios van en esa dirección.

Pero... ¿alguien se parado a pensar lo que significa salir de la ducha de un hotel y ver la silla montada con el traje de luces? Ese es el verdadero sentimiento de la fiesta. Chaquetilla, chalequillo y blusa en el respaldo, taleguilla, medias, fajín y corbatín sobre el asiento. Zapatillas en el suelo y sobrevolando todo esto la misma señora vestida de negro guadaña en mano.

Es el momento en que cambias de persona, piensas en todo lo que tienes, lo que te rodea, te haces persona responsable de repente y todo eso gracias a que te encajas en la taleguilla. Si la gente supiese lo que ayuda muchas veces el traje de luces, y los valores que adquieres con el, comprenderia el porque no es para nada inutil. Y que no se engañe nadie, porque hay muy pocas formas de adquirir esos valores.

Si la gente supiese lo transparente que puede llegar a ser un traje de luces...

Bueno Enrique, que me pongo melancólico y tengo una reputación. Gracias por el articulo porque como siempre lo has bordado. Enhorabuena otra vez macho, y ya van... yo que sé.

Un abrazo Enrique.

Enrique Martín dijo...

Marín:
Este comentario es el inicio de una magnífica entrada, ahí te lo dejo. El traje de luces es la expresión externa de vuestro sacerdocio. Os revestís del oro, plata o azabache para oficiar el sacramento del toreo. Claro que no es inútil, es imprescindible. En una ocasión, mientras una persona se vestía de torero, ocasionalmente, me sorprendió las caras y las expresiones de la gente. Ellos sabían que el maniquí era un apasionado de los toros y a medida que se iba poniendo prendas del vestido, todos fueron callando y mostrando un respeto que algunos no sentían, pues eran reconocidos antitaurinos. Una vez finalizada la operación me confesaron que sentían como la persona que se estaba vistiendo se iba transformando, le cambiaba la cara e iba adquiriendo un aspecto entre mágico y sagrado. Y yo pregunto, ¿quién no se deslumbra ante los alamares?
Un saludo y esperamos la continuación de esta entrada aquí iniciada, hasta el momento en que sale el toro por los chiqueros.

MARIN dijo...

Vamos a intentarlo.

Enrique Martín dijo...

Marín:
Aquí me tienes en ascuas y si me dejas, lo copiaré y lo pondré aquí también; seguro que va a merecer mucho la pena. Mañana te escucho por la radio.
Un saludo