lunes, 25 de mayo de 2026

Aquelarre de la vulgaridad

Se decía en un tiempo que el pase del celeste imperio debía su nombre a que al públicos entusiastas al verlo se les engañaba como a chinos


Esto parece que no hay quién lo pare; quizá porque pretender pararlo sea equiparable a pretender parar un mercancías cuesta abajo, simplemente extendiendo los brazos, cerrar los ojos y volver la cara. Ganado infame, toreros cuyo único objetivo es acumular despojos a base de dar un espectáculo lamentablemente vulgar, adocenado y vacío, un palco que los ampara y un público vocinglero y para los que la cosa va de divertirse. Diversión que solo consiste en jalear lo que sea, ya pueden estar colándoles el timo de la estampita, que la diversión para residir en el jalear todo, para coronar esta orgía de berridos con un despojo. Y si no se entra en ese juego, es que no sabes divertirte y además caes en el pecado mortal de criticar eso que nos quieren hacer tragar sin tan siquiera un vasito de agua que nos ayude a pasarlo. Que resulta que no les gusta la plaza de Madrid, porque protesta sus juergas, pero luego bien que rebosan el babeo cuando uno de los que visten de luces hurtan un despojo casi a traición. Que me dirán que la cosa tampoco era para rasgarse las vestiduras, pero si tenemos una corrida mansa, floja y descastada, unos toreros empeñados en alargar el tedio, bien fuera por creer que a los mil trapazos daban un despojo o por no quedar mal delante de no sé quién, o sí lo sé, haciendo como que hacían, sin importarles tirar de repertorio de talanqueras y además un presidente que ya acredita un currículum lo suficientemente extenso como para no volver a estar en el palco de Madrid ni de paso, don José Antonio Rodríguez San Román, pues solo falta la guinda de un público que solo miran por el despojo y si además es para el paisano, para qué más.

Lo de Alcurrucén, pues eso, para pegar pases, que es lo moderno, sin someterles, ni amagar con hacerlo. Mansos en el caballo y en lo que no era el caballo. Que lo mismo entraban a los capotes con las manos por delante, que se emplazaban en terrenos cercanos a toriles, que salían de najas al notar el palo o se retorcían desesperadamente al notar las banderillas. Luego más o menos acudían a las muletas que en ningún caso les sometían. Que a algunos esto les sabrá a poco, pero, ¡ojito! Que a otros esto ya les da para pedir el indulto a voz en grito y tienen tema para llenar las redes sociales mostrando incredulidad, atacando a la plaza de Madrid porque en esta no se saca el pañuelo que los devolvería a la finca ¿Quieren indultos? Pues que los pidan en su plaza y punto y que nos dejen tranquilos a los que llaman amargados de Madrid. Que por ahí hay indultos, música durante la lidia, despojos a tutiplén y merienda para todos.

Los de luces eran Fortes, David de Miranda y Víctor Hernández. El primero toreó al que abría plaza con lo que muchos llamarían lentitud. Y es así, pero esa lentitud no dice nada cuando procede de la exigua energía de un moribundo al que le costaba un mundo dar un pasito. Y para que no faltara de nada, salpicado el moribundicidio con enganchones y más enganchones, sin dejar de exhibir el pico de la muleta. Pierna retrasada, como en el cuarto, muy perfilero y citando siempre desde fuera, muy fuera. Ventanazos y más ventanazos, echándose al toro fuera, que ya iba por allí como la borrica del Domingo de Ramos.

No tengo que negar mis simpatías por David de Miranda, sería cínico, pero la verdad, se nota de quién es la mano que ahora mece la cuna. Que su apoderado anda por ahí diciendo que lo del pico es más peligroso y que los de Madrid pitan a los toreros a los que tiene manía. Que hasta pareció indicación del señor apoderado ese duelo de quites entre el onubense y Víctor Hernández. Qué bonita y necesaria es la competencia, pero competencia ofreciendo algo de sustancia, no un duelo de ver quién levantaba más aire. Cuatro quites y ni una santa verónica llevando al toro. Que si chicuelinas apartándose, que si gaoneras a la velocidad del rayo y enganchadas, que si quite sin gracia ¡Apasionante! Para evitárselo. Con la muleta de Miranda empezó con estatuarios, eso que el crítico denomino pases del celeste imperio e investiguen el porqué del nombrecito. Y menos mal que vino uno del desprecio, que eso pone a todo el personal a mil. Luego lo ya sabido del pico, que incluso en una de estas el toro se fue al hueco entre el bulto y el engaño. Muletazos tropezados, para culminar metido entre los cuernos, enganchados de uno en uno y sacando en exceso el brazo, para terminar alborotado y con un bajonazo. Pero allí estaba el señor presidente presto a sacar el pañuelo blanco. En su segundo más de lo mismo y de nuevo para acabar en el arrimón, siempre muy, muy fuera en los cites y con un repertorio quizá más de masas y de otros lugares, que de la plaza de Madrid, aunque esto último puede que sea mucho suponer, porque en esta plaza ya de talanqueras se aplaude cada cosa.

Víctor Hernández hacía su aparición en la feria y a pesar de la expectación de muchos, no dijo más que todos los demás coletudos que le han precedido. El mismo repertorio de todos, que ellos van a soltar su bonotrapazo, sin preocuparles las formas, los terrenos, los trazos, ni por supuesto los remates. Ventanazos hasta violentos, a medio muletazo, dejándosela tropezar demasiado, pico, carreras y no haciendo otra cosa que hacer que el tiempo pasara. En su segundo parecía dispuesto a no exagerar todos estos defectos, pero la cosa duro una tandita, en línea, pero al menos... Para acabar encimista, pegando tirones y muy fuera al citar y unos trallazos citando de frente incluso después de escuchar el primer aviso. Que juntamos este ganado, estos coletudos, este palco y este público despojador de despojos por vicio y nos queda un bonito aquelarre de la vulgaridad.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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