jueves, 31 de mayo de 2012

El mansote quiere marcha, marcha…


La suerte de varas siempre que se hace de verdad, emociona


Esto no hay quien lo entienda, el día anterior íbamos a ver una bronca y casi acabamos con los pañuelos secándonos las lágrimas y en la de Carriquiri íbamos pensando en la despedida de Frascuelo y nos encontramos con un manso que acude de lejos al caballo. A ver si esto de los toros no es matemática pura. ¿En qué libros pone que un manso puede ir así al caballo? Los bibliófilos se hacían cruces, buscaban y buscaban en su móvil estratosférico y por bravucón no les venía nada. ¿Aplaudimos? ¿Abroncamos? Pues nada a aplaudir. Y el de al lado encima le pega la bronca y les echa en cara que en Madrid se ovacione un manso en el arrastre. Mier… de libros.

La mansada de Carriquiri, de no demasiada cabeza, largos y algunos entrados en carnes, no han sido demasiado colaboradores, que eso sí que viene en los libros. El primero solo se dejó en el caballo, echando la cara arriba y además parado en banderillas. Sosito en la muleta, acabó en la puerta de toriles. El segundo muy suelto, tomó las dos varas en el reserva, fijo, pero sin empujar, ya lo hacía el picador por él. Flojo, casi moribundo, se caía a poco que se le bajara la mano. El tercero, abanto, parecía jugar al pilla, pilla, siempre buscando los espacios sin señores con capotes. Bien colocado en la primera vara, rehusó la pelea, hubo que ponerlo más cerca y se limitó a cabecear y a salir espantado a la primera de cambio. En la segunda fue al relance, flojito, solo se defendió. A mitad del pase echaba la cabeza arriba con mucho peligro, se defendía por ambos pitones y si se le bajaba la muleta para intentar solucionar este problema, caía rodando por la arena. El cuarto vivió lo que se llama vulgarmente una capea, muy suelto por el ruedo, pero sin que nadie intentara sujetarle con un capote. La primera vara la recibió casi en toriles, según salían los caballos, para marcharse en cuanto notó el palo. La segunda fue al que hacía la puerta, marchándose con un respingo. Hubo tres entradas más, levantando mucho la cara, corneando el peto y yéndose suelto. El quinto fue otro que se paseó por el ruedo a su voluntad. Se le picó primero tapándole la salida, pero acabó marchándose; en la segunda vara el de a caballo se salió picando hasta el mismo centro del ruedo. Se emplazó en los medios esperando a los banderilleros. En la muleta pegó arreones de manso y por el izquierdo buscaba las tablas a la salida de cada pase, hasta que acabó en la puerta de chiqueros. Y salió el toro marchoso, un manso que despertó a todos los presentes. Se fue a por el caballo según salían los montados al ruedo, tirando derrotes al cielo, para acabar saliéndose suelto. Castaño lo recogió bien y lo puso de lejos al caballo. El animal se arrancó, le picaron trasero y continuó cabeceando. La tercera vez, más lejos, pero con el mismo comportamiento. Acudió bien al caballo, pero con menos alegría. Hubo un cuarto encuentro, esta vez desde la misma boca de riego y con más alegría que las ocasiones precedentes, empujando como siempre echando la cara muy arriba. Se dolió de las banderillas. En la muleta se fue parando poco a poco, quedándose a mitad de viaje y derrotando peligrosamente, acrecentándose estos defectos a medida que avanzaba el tiempo. Se defendía descaradamente, pero hubo quien en el arrastre solo se quedó con las arrancadas al caballo y le ovacionó como si fuera bravo.

Frascuelo, el torero de Madrid, empieza a distanciarse demasiado de la tauromaquia que otras veces ha mostrado. Sin acabar de entregarse, parece que está más merced de las circunstancias y sin ser él que controle lo que pasa en el ruedo. Más inhibido de la lidia que lo que era habitual, soso con la muleta, no pareciendo demasiado capaz de estar a gusto en la cara del toro. Seguro que el maestro tiene suficientes argumentos para decidirse a seguir en los ruedos, pero la sensación del espectador es que quizás debería pensarse si le merece la pena emborronar la imagen que se ha ganado después de muchos años de sacrificio e injusticias. Yo siempre he sido un fiel seguidor de este torero, pero desde hace ya un tiempo, no le veo a gusto, ni con recursos y eso no me agrada.

Ignacio Garibay es un torero mexicano que vino el año pasado, recibió una cornada y ha vuelto este para intentar revalidar la aceptable imagen que dejó en la mente de algunos aficionados. En su primero estuvo reservón, tanto con el capote, con el que no se pudo hacer con el toro, como con la muleta, dando vueltas alrededor de su oponente, como si no supiera por donde atacar. En su segundo tuvo que aguantar los arreones del manso, a veces para echarse a temblar, pero tampoco supo oponer ninguna solución para amainar el temporal.

Castaño era esperado en Madrid. Sus últimas actuaciones le han presentado como un seguro lidiador en franca progresión. En su primero quiso empezar luciendo al toro, aunque después tuvo que echar mano de la efectividad y si para ello era necesario meter al toro debajo del peto, pues se metía. Luego con la muleta siempre citó cruzado, muy asentado y sabiendo lo que se traía entre manos, un manso complicado que quería coger las nubes con los pitones. En el último de la tarde, aunque el de Carriquiri empezó campando a sus anchas, enseguida se hizo con el mando. Todo hacía indicar que era un manso más, pero sin dar nada por supuesto, lo puso al caballo de lejos y ¡Oooh! sorpresa, el toro se acercó. Bien es verdad que no dio la talla en el caballo, ni mucho menos, pero lo volvió a colocar dos veces más, una incluso desde el centro del platillo y el toro seguía yendo al peto. En este apartado merece la pena señalar el toreo a caballo de Tito Sandoval, aunque no estuviera demasiado afortunado a la hora de clavar el palo, generalmente trasero, cuando no caído. Con la muleta, Castaño estuvo firme, aguantando la progresiva complejidad que ofrecía la embestida del toro. Volvió a cruzarse en cada cite, jugándosela en cada envite. Realmente corroboró todo lo que se venía oyendo de él; no es un torero artista, ni pinturero, porque eso no es lo único, pero demostró que tiene cabeza y que quiere torear con la verdad.

10 comentarios:

Diego Cervera Garcia dijo...

Enrique:
Acabo de ver la corrida hace un rato y que decir... totalmente de acuerdo en como has descrito la tarde de ayer...
Por otro lado, pues una pena que el tiempo empiece a acentuarse en el estado del torero eterno de Madrid, pero amigo!!! el tiempo pasa por igual para todos, y lo que esta claro es que es una proeza llegar a su edad vestido de luces y en torero.
Un abrazo

Anónimo dijo...

No le deis vueltas....el sexto toro era un manso de libro, la bravura es otra cosa. Se puede acudir al caballo con alegría por diversos motivos: que es su querencia natural hacia los adentros, que a pesar de ser manso tiene casta, como fue el caso, y acude al único estímulo en toda la plaza...pero manso es manso. En un tentadero al segundo puyazo tomado con la cara alta, sin emplearse, sin codicia, saliendo de naja...al campo. Manso era manso, que la gente se divirtió, pues bueno a ver si cunde el ejemplo y ponen todos los toros...pero Madrid.....era un toro manso, la ovación en el arrastre es un ridículo...Miradlo como queráis...hasta se veia al rosco en la tele aplaudiendo a rabiar....¿no son los defensores de la bravura, la casta.....?
Madrid no te entiendo...unas veces tanto...otras tan poco.

Enrique Martín dijo...

Diego:
Lo que pasa es que cada día que pasa aumenta el riesgo. Yo le he admirado mucho, pero ya llevo tiempo esperando el momento de la coleta
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Anónimo:
La gente vio al toro ir al caballo y se volvió loca. Era un bravucón, uno de esos mansos que tienes trazas que le hacen parecer bravo. En este caso fueron esas arrancadas, pero por lo demás, nada. Cabeceó y echó la cara arriba, siguió cabeceando en la muleta y cada vez acortando más y más el viaje, defendiéndose y sin buscar pelea. Pero bravo... de bravo nada.
Un saludo

MARIN dijo...

Uff Enrique, a los toros no los entiende ni la madre que los parió, o sea, las vacas.
Acabo de ver la corrida y el sexto ha sido un manso encastado, pero manso. Pero para eso está la suerte de varas, perfectamente ejecutada por Javier Castaño y Tito Sandoval, para ver el que es manso y el que se queda peleando en el peto de verdad. Como no se pueden ver es sin existir la suerte de varas como se hace habitualmente. Y quizás por eso a la gente la vuelva loca un tercio de varas a un mansito... imaginate si es a uno bravo.

Lo de Frascuelo empieza a preocupar si, estoy contigo. Es lo que hablabamos ayer sobre Julio Aparicio. El es el primero que sabe que ya no está igual que antes (cosa logica tambien por su edad) y deberia replantearselo. Pero que es un TORERAZO, es un TORERAZO.

Un saludo.

Pepe Pastor dijo...

Enrique, lo cuentas calcaito a lo que se vio ayer. Me acuerdo hace muchos, muchos años de ello, de un toro de Pablo Romero en la Malagueta. Algo muy parecido, añadiendo que en un arreón le propinó una cornada al caballo y lo mató.

Saludos

Manuel dijo...

Buenas tardes mi querido amigo, totalmente de acuerdo hoy en sus comentarios sobre la corrida de ayer.
Que mas añadir de lo dicho al 6º, yo creo que el público tenía tantas ganas de ver un toro galopar hacia el caballo que la altura de los arboles le impedían ver el bosque.
Lo de esta tarde ¡para fumarse un puro!, quizás en mi opinión en algunos pudieron sacar algo más, pero me sorprendido, no recuerdo en que lugar, un toro que iba bien a la muleta (casi pasaba el ocico por la arena) y al desarmar a su matador y ver que "aquello" era falso cambió completamente y sólo dió a su matador alguna opción por el natural, ¡pero que rápido aprendió el amigo!, ese no era de carretón.
Un abrazo amigo Enrique!!!

Enrique Martín dijo...

Marín:
Eso digo yo, como lo pueden ver sin la suerte de varas. Mismamente ese toro que fue varias veces y de lejos, es en el caballo donde dejó constancia de su condición, cuando si hubiera podido se hubiera arrancado el palo y como se marchaba haciendo fu. Tito Sandoval toreó muy bien a caballo, pero falló con el palo, pero bueno, se quisieron hacer las cosas bien.
Frascuelo, pues ya sabes lo que pienso y lo que le he admirado, pero el tiempo corre.
Un abrazo.

Enrique Martín dijo...

Pepe:
Lo que tienen estos toros es que nos hacen poner en marcha la memoria y nos hacen sentir que esto es emoción y que pasan cosas.
Un saludo

Enrique Martín dijo...

Manuel:
La gente está muy necesitada de ver cosas interesantes y el aficionado mucho más, pues no se alimenta con orejas de verbena. Y lo bueno del toro con casta, aunque sea malo, es eso, que de repente cometes un error y todo se da la vuelta, el animal aprende y ya no se deja hacer nada de nada.
Un abrazo Manuel