Antes era la voz de mi padre y ahora la mía la que pronuncia
estas palabras, dirigidas siempre a los mismos oídos, a los de los más pequeños
de la casa. El motivo lo decide el papá, que quiere ver los toros de una
ganadería que le interesa especialmente, que quiere aprovechar para sacar la
entrada de por la tarde o simplemente que quiere dar un paseo con los niños y
así de paso, meterles un poco más ese veneno del toro.
Siempre me ha parecido que al apartado se iba vestido de domingo,
sin tener que ser esto verdad, pero ir a la plaza por la mañana ya suponía una
forma especial de comenzar el domingo. Antes la gente iba formando una larga
cola en el patio de caballos delante de la ventanilla que está junto a la
puerta reacceso, para coger la entrada con una mano y dársela al portero con la
otra, ahora se compra en las taquillas de la plaza. Una peseta, tres, un duro,
poco dinero para poder disfrutar viendo a los toros en los corrales.
Se procura ir pronto para coger buen sitio en las balconadas
de los corrales y así poder contemplar los toros sin apreturas. La espera se
hace larga, pero si te dedicas a mirar lo que pasa, verás como llegan los
miembros de las cuadrillas, a veces los ganaderos y mucha gente del toro o no,
que quieren arrimarse por aquello del “voy a ver”. Unos señores muy delgados,
no demasiados altos y con una cazadora a los hombros y sin meter las mangas; el
peón de confianza del primero de la tarde. Sale a su encuentro otro de
parecidas características, pero con el pelo más canoso, es el que lleva al
chaval que hace tercero. Un abrazo haciendo sonar los lomos del saludado,
sonrisas, bromas y el “me alegro verte” de cierre. El señor presidente con
gabardina y paraguas pasa casi sin saludar, si acaso un leve gesto para un
conocido. “Mira El Platanito”; efectivamente, Blas Romero, como si fuera un
capitán pasa revista a la fila. En lugar de condecoraciones, billetes de
lotería, y en vez de dar la novedad, se le pregunta si tiene uno acabado en 7 o
en 5. El maestro con una sonrisa de circunstancias y entre las fuerzas formadas
recortadas contra la pared de la plaza, siempre hay alguien que comenta la
historia del torero, que ganó mucho y recogió poco, y además se dice que lo
malgastó.
Otro vende papeletas para sortear cualquier cosa, los más
pequeños matan el rato cotilleando el guadarnés, donde esperan los petos de los
caballos descansando para la corrida, la enfermería de caballos donde a lo
mejor están los de los alguacilillos, la cuadra de los caballos, con fuerte olor
a zotal y los pencos de picar pacientes hasta que les vistan con sus faldas de
oficiar, tuertos por un rato y con las orejas taponadas para no escuchar
inconveniencias. El Museo que está cerrado y vuelta a la fila. La placa con los
actuantes en pasadas Corridas de la Beneficencia de forma desinteresada y las
historias del padre sobre este o aquel torero al que vieron muchas tardes en
esta misma plaza. El compañero de espera que interviene, el otro que le
pregunta al niño si le gustan los toros, que cuál es su torero y la algazara de
los mayores al querer hacerse a la idea de que hay quien recibirá el testigo de
su afición, sin plantearse tan siquiera si en el futuro habrá algo para
aficionarse.
Las doce, se abre la puerta y como si fueran absorbidos por
una corriente de aire van pasando los aficionados a todo correr. De frente una
gran sala con gente desganada fumando y hablando, como si nada fuera con ellos.
Pero no hay que fijarse en ellos, hay que echar escaleras para arriba. Otra vez
el sol y el silencio que rompen los leves sonidos de los cencerros y el
cuchicheo de los que escrutan la bravura de los toros en pequeños detalles; los
pitones, las orejas, la mirada, los espolones, la testuz rizada, el morrillo,
todo es importante en el toro. Tanto correr y ya se ha formado el muro de
señores de codos como rocas guardando su puesto en la barandilla. Solo la
presencia de un niño les ablanda el corazón y le dejan asomarse, pero solo al
niño ¿eh?
Un tolón por aquí, otro por allá, algún repiqueteo provocado
por un achuchón de un toro a un cabestro, mientras todo el mundo prosigue su
examen. se van tomando posiciones en las pasarelas de las corraletas
interiores, aquí sí, ahí no que no se les ve, en esta esquina ves los que están
en estas dos. Una espera que parece durar un lustro, cuando de repente se
escuchan voces en los corrales y comienza la alegre sintonía de los cencerros,
anunciando por donde van los toros siguiendo embobados a sus lazarillos. Ruido
de puertas, abre, vale, los cabestros retorciéndose como lagartijas, portazo en
las narices de los toros que quieren donde ya hay otro inquilino, los cencerros
que se alejan y al final un toro en cada hueco. El toro mira para arriba, busca
tras las puertas, se vuelve, hasta que uno por uno han pasado por la corraleta
que les dará paso a los chiqueros, una vez se anuncia su orden de lidia y el
nombre de su matador.
De nuevo el estruendo de cencerros, que lleva consigo los
otros tres toros que completan la corrida. La misma operación, las mismas
emociones, las mismas ideas de pensar qué pasaría si alguien cayera a una de
las corraletas. No sé, pero no me gustaría ser el que cayera. Al final se
enchiqueran los tres últimos y se da por finalizada una operación que tarda
solo unos minutos, pero que rebosa excitación, como siempre que el toro está
presente. Todo se acabó, ya solo queda ir buscando la calle poco a poco, una
mirada a los cabestros, otra a la silueta de los toros que asoman en los
corrales de atrás y a esperar la hora de la corrida.
Con la euforia provocada por el ir y venir de los toros,
quizás alguno de los niños se animen a acompañarte a la corrida de por la tarde
y entre el orgullo y la satisfacción que esto te produce, a veces te asoma el
pensamiento de no saber si le estás aficionando a algo al que le quedan dos
días o si lo único que conseguirás es que sean los testigos de los últimos
coletazos de la Fiesta de los toros. No lo sé, aunque tengo una ligera idea,
pero de momento, imagino que como mi padre y otros padres, me guardo para mí la
satisfacción de comprobar como se agitan con la simple presencia del toro.
