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lunes, 30 de abril de 2012

¿Vamos mañana al apartado?



Los toros esperando a ser enchiquerados, minutos antes del apartado 


Antes era la voz de mi padre y ahora la mía la que pronuncia estas palabras, dirigidas siempre a los mismos oídos, a los de los más pequeños de la casa. El motivo lo decide el papá, que quiere ver los toros de una ganadería que le interesa especialmente, que quiere aprovechar para sacar la entrada de por la tarde o simplemente que quiere dar un paseo con los niños y así de paso, meterles un poco más ese veneno del toro.

Siempre me ha parecido que al apartado se iba vestido de domingo, sin tener que ser esto verdad, pero ir a la plaza por la mañana ya suponía una forma especial de comenzar el domingo. Antes la gente iba formando una larga cola en el patio de caballos delante de la ventanilla que está junto a la puerta reacceso, para coger la entrada con una mano y dársela al portero con la otra, ahora se compra en las taquillas de la plaza. Una peseta, tres, un duro, poco dinero para poder disfrutar viendo a los toros en los corrales.

Se procura ir pronto para coger buen sitio en las balconadas de los corrales y así poder contemplar los toros sin apreturas. La espera se hace larga, pero si te dedicas a mirar lo que pasa, verás como llegan los miembros de las cuadrillas, a veces los ganaderos y mucha gente del toro o no, que quieren arrimarse por aquello del “voy a ver”. Unos señores muy delgados, no demasiados altos y con una cazadora a los hombros y sin meter las mangas; el peón de confianza del primero de la tarde. Sale a su encuentro otro de parecidas características, pero con el pelo más canoso, es el que lleva al chaval que hace tercero. Un abrazo haciendo sonar los lomos del saludado, sonrisas, bromas y el “me alegro verte” de cierre. El señor presidente con gabardina y paraguas pasa casi sin saludar, si acaso un leve gesto para un conocido. “Mira El Platanito”; efectivamente, Blas Romero, como si fuera un capitán pasa revista a la fila. En lugar de condecoraciones, billetes de lotería, y en vez de dar la novedad, se le pregunta si tiene uno acabado en 7 o en 5. El maestro con una sonrisa de circunstancias y entre las fuerzas formadas recortadas contra la pared de la plaza, siempre hay alguien que comenta la historia del torero, que ganó mucho y recogió poco, y además se dice que lo malgastó.

Otro vende papeletas para sortear cualquier cosa, los más pequeños matan el rato cotilleando el guadarnés, donde esperan los petos de los caballos descansando para la corrida, la enfermería de caballos donde a lo mejor están los de los alguacilillos, la cuadra de los caballos, con fuerte olor a zotal y los pencos de picar pacientes hasta que les vistan con sus faldas de oficiar, tuertos por un rato y con las orejas taponadas para no escuchar inconveniencias. El Museo que está cerrado y vuelta a la fila. La placa con los actuantes en pasadas Corridas de la Beneficencia de forma desinteresada y las historias del padre sobre este o aquel torero al que vieron muchas tardes en esta misma plaza. El compañero de espera que interviene, el otro que le pregunta al niño si le gustan los toros, que cuál es su torero y la algazara de los mayores al querer hacerse a la idea de que hay quien recibirá el testigo de su afición, sin plantearse tan siquiera si en el futuro habrá algo para aficionarse.

Las doce, se abre la puerta y como si fueran absorbidos por una corriente de aire van pasando los aficionados a todo correr. De frente una gran sala con gente desganada fumando y hablando, como si nada fuera con ellos. Pero no hay que fijarse en ellos, hay que echar escaleras para arriba. Otra vez el sol y el silencio que rompen los leves sonidos de los cencerros y el cuchicheo de los que escrutan la bravura de los toros en pequeños detalles; los pitones, las orejas, la mirada, los espolones, la testuz rizada, el morrillo, todo es importante en el toro. Tanto correr y ya se ha formado el muro de señores de codos como rocas guardando su puesto en la barandilla. Solo la presencia de un niño les ablanda el corazón y le dejan asomarse, pero solo al niño ¿eh?

Un tolón por aquí, otro por allá, algún repiqueteo provocado por un achuchón de un toro a un cabestro, mientras todo el mundo prosigue su examen. se van tomando posiciones en las pasarelas de las corraletas interiores, aquí sí, ahí no que no se les ve, en esta esquina ves los que están en estas dos. Una espera que parece durar un lustro, cuando de repente se escuchan voces en los corrales y comienza la alegre sintonía de los cencerros, anunciando por donde van los toros siguiendo embobados a sus lazarillos. Ruido de puertas, abre, vale, los cabestros retorciéndose como lagartijas, portazo en las narices de los toros que quieren donde ya hay otro inquilino, los cencerros que se alejan y al final un toro en cada hueco. El toro mira para arriba, busca tras las puertas, se vuelve, hasta que uno por uno han pasado por la corraleta que les dará paso a los chiqueros, una vez se anuncia su orden de lidia y el nombre de su matador.

De nuevo el estruendo de cencerros, que lleva consigo los otros tres toros que completan la corrida. La misma operación, las mismas emociones, las mismas ideas de pensar qué pasaría si alguien cayera a una de las corraletas. No sé, pero no me gustaría ser el que cayera. Al final se enchiqueran los tres últimos y se da por finalizada una operación que tarda solo unos minutos, pero que rebosa excitación, como siempre que el toro está presente. Todo se acabó, ya solo queda ir buscando la calle poco a poco, una mirada a los cabestros, otra a la silueta de los toros que asoman en los corrales de atrás y a esperar la hora de la corrida.

Con la euforia provocada por el ir y venir de los toros, quizás alguno de los niños se animen a acompañarte a la corrida de por la tarde y entre el orgullo y la satisfacción que esto te produce, a veces te asoma el pensamiento de no saber si le estás aficionando a algo al que le quedan dos días o si lo único que conseguirás es que sean los testigos de los últimos coletazos de la Fiesta de los toros. No lo sé, aunque tengo una ligera idea, pero de momento, imagino que como mi padre y otros padres, me guardo para mí la satisfacción de comprobar como se agitan con la simple presencia del toro.