Mostrando entradas con la etiqueta Julio Robles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julio Robles. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de agosto de 2011

Dos toreros, dos épocas, dos tragedias

Por alto también se podía a los toros.


El 13 de Agosto, como todos los años, se abre hueco Ignacio Sánchez Mejías, el torero que removió España y que no se sabe dónde podría haber llegado, si no se le hubiese cruzado aquella tarde de Manzanares. Y quizás en el ámbito taurino era en lo que podía estar más limitado, aunque decir de él que estaba limitado en algo resulta un poco estúpido; y utilizo el término limitado porque tanto en el arte, la literatura, el deporte y Dios sabe en que más, tenía tanto por hacer.

El polizón en busca de ser torero, el que según se decía se vistió de luces para poder casarse con la hermana de Joselito el Gallo, quien dice la leyenda que aseguraba ésta solo se casaría con un torero. El que sujetó la muerte en el rostro de José para que se hiciera universal esta imagen recogida a lápiz sobre un papel, mientras Ignacio lloraba al amigo. El mismo que un día, según se dice, en Pontevedra, mientras se preparaba para ir a la plaza, le soltó a José María de Cossío que se marchaba de los toros; como argumento de fuerza esgrimía que un señor serio y de su edad no podía salir en público con esas medias rosas. Seguro que algunas de estas historias viajan entre la verdad y la leyenda, pero a mí la verdad que eso me importa muy poco, me quedo con la imagen de un genio que era capaz de todo esto y más. Tan genial, tan arrojado, pero que se fue a buscar la muerte a Madrid, por temor a las enfermerías de las plazas de los pueblos.

Probablemente ya no queda casi nadie que lo viera de luces ante el toro, muy pocos, unos cuantos privilegiados, pero sí que se mantiene la admiración y el respeto a una forma de vida, a un torero y a su forma de entender esta locura que son los toros. Un señorito acomodado de Sevilla que se tiró a los ruedos para uno más de la Edad de Oro del Toreo y no un simple espectador. Él también entró en la leyenda del toreo, justo a las cinco de la tarde.

Pero será esta fecha el día en que los ángeles bajan a la tierra y eligen a uno de los mejores para prepararlo para llevárselo al cielo, lo cierto es que un 13 de Agosto, en Beziers, Julio Robles emprendió el camino de su particular tormento. Uno de los toreros más puros, más clásicos y más perfectos de los últimos años. Tan perfecto toreaba, que a veces no llegaba al público con la intensidad esperada. Famoso por su capote, pero que toreaba con la muleta como los ángeles.

En sus inicios de novillero se le emparejó con su paisano el Capea, aunque luego llevaron carreras muy diferentes. Sería porque el toreo de Robles no admitía las 100 tardes por temporada. Yo especialmente recuerdo sus “piques” en quites. Una tarde con Ortega Cano, quien se entregó y encandiló a la plaza de Madrid con su capote, pero que inmediatamente encontraba la respuesta del de Salamanca, que repetía el mismo del cartagenero, pero con su sello. La comparación era odiosa. A uno se le agradecía la voluntad, su infinita voluntad, y al otro su toreo.

Fueron muchas las tardes que le pude ver en Madrid y lo mismo podía ser en San Isidro, que en la feria de Otoño, que en las corridas de marzo o abril. Era cuando había figuras que no volvían la cara a hacer el paseíllo en las Ventas. Pero no me voy a poner a ver ahora lo que se hacía antes y ahora, ya me cansa. Además creo que el momento que vivimos no admite ninguna comparación con nada pasado.

Seguro que uno se maravillaría con el toreo del otro y el otro se estremecería con el del uno, y que cada uno coloque los nombres en el orden que prefiera. Ignacio y Robles, dos toreros que cada uno a su manera, siguen alimentando mi afición por los toros. Y quizás su grandeza sea tanta que aún pueden hacerme luchar contra la apatía que me provoca la vulgaridad de la tauromaquia 2.0. Va por ellos.

miércoles, 13 de enero de 2010

Recordemos a Julio Robles



No voy a negar mi admiración por Julio Robles, el torero salmantino de Fontiveros, Ávila. Son muchos los recuerdos que tengo de él. El primero el día en que en un mano a mano se despedía el Capea de novillero, del público de Madrid para doctorarse en Bilbao tres días después. Una tarde en que mi padre nos llevó a toda la familia a los toros y desde la última fila del tendido alto, unas veces mirábamos al ruedo y otras buscábamos la forma de protegernos de la lluvia. El cartel era la repetición del domingo anterior, con la exclusión de Angelete, con novillos portugueses de Cunhal Patricio. Aquella tarde mi padre sentenció: El Capea va a ganar más dinero, pero Robles es mejor torero. Habrá quien no esté de acuerdo, pero seguro que también los hay que confirmarían esta opinión.

Eran otros tiempos en los que un novillero salía como absoluto triunfador después de dar tres vueltas al ruedo, como lo hizo Robles el domingo anterior, sin necesidad de cortar orejas; al contrario de lo que ocurre hoy en día, que si no hay orejas es la decepción y si las hay es la sensación. En Julio de ese mismo año también tomó la alternativa como su paisano el Capea y a partir de ahí los dos siguieron caminos muy diferentes en cuanto al concepto del toreo y número de actuaciones de cada uno.

El toreo de Robles no era un toreo de batalla, lo cual no quiere decir que en ocasiones rehusara la pelea, no. Y de ahí sale otro de los recuerdos de este torero, la época en que se quiso montar, a mi parecer, una falsa competencia entre él y Ortega Cano. Este se revolvía en el ruedo dando réplicas a los quites de capote del salmantino queriendo, pero no pudiendo igualar uno de los mejores toreos de capote de los últimos años. Robles se limitaba a repetir el mismo quite que su compañero, pero a su manera. Una manera que dejaba en evidencia las carencias del cartagenero. ¡Cosas del toreo! Eso si era competencia. Tú vas por aquí y toreas tal que así, pues yo lo hago así y se acabó. Ahora la competencia se traduce en “yo no toreo con ese” o “tiene envidia de que a él no le han dado la medallita”.

Pero como muchas veces se ha repetido, por culpa del capote, a veces puede que no se le hiciera justicia con su toreo de muleta. Interpretaba un toreo muy puro, muy próximo al ideal de la tauromaquia y con una gran facilidad y naturalidad, templando la embestida y rematando atrás rompiéndose ligeramente la cadera, pero sin retorcimientos.

Yo he apuntado tan solo estos dos recuerdos, pero fueron muchas las tardes en las que enamoró al público de Madrid, ya fuera en San Isidro, en el verano venteño, antes de la feria o en otoño. Para hacer el toreo no necesitaba mirar al calendario. Nosotros si lo hacemos y por eso hoy hemos echado de menos a Julio Robles, el que iba a ganar menos dinero, pero iba a ser mejor torero.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Así toreaba Julio Robles

Una cantinela que repetimos, seguramente hasta cansar, es eso del toreo clásico, el toreo de siempre. Algo que a muchos les sonará a muy, muy antiguo, de allá por los años de Pepe Hillo, Pedro Romero o Costillares. Pero tampoco hace falta irse tan atrás, ni tan siquiera hay que llegar a Belmonte, Domingo Ortega, Pepe Luis, El Viti o Paco Camino. Con que echemos una ojeada a los años ochenta, podemos encontrarnos con una muestra de toreo puro, el de Julio Robles. Un torero que era capaz de unir arte, verdad, pureza, personalidad y esa difícil facilidad que sólo tienen unos pocos. Un torero con el que se cometió la injusticia de decir que toreaba bien con el capote, cosa que era una verdad como un templo y que le convirtió en uno de los mejores de los últimos años en el primer tercio. Pero además toreaba con la muleta tan bien como con el capote. Un torero con el que no pudo ningún otro matador y que sólo una mala cogida pudo quitarle de en medio.

Aún recuerdo la tarde de la despedida del Capea de novillero en Madrid en la que, en un mano a mano, cada uno expuso su forma de interpretar el toreo en los años de reinado de otro maestro de Salamanca, El Viti, cuando el ser torero de aquella tierra ya merecía ser tenido en cuenta. Y como no, el pulso que mantuvo con Ortega Cano, este todo pundonor y amor propio y Julio Robles todo torería, clase y pureza.



Que cada uno valore esta pequeña muestra de un torero muy grande, al que muchos “profesionales” de hoy tendrían que tener en cuenta al plantearse lo que quieren hacer en el mundo de los toros.