A vicente Pastor, el Chico de la Blusa, que el 30 de septiembre serán 49 años sin "er sordao romano".El final de Barcelona ya es un hecho más que consumado. Si Dios no lo remedia, que parece que no lo remediará, los toros han desaparecido de Cataluña. Y ahora ¿qué? La verdad es que el mundo del toro hizo poco y tarde para evitar este cierre por defunción. Alguna tibia manifestación con pose de indignados y poco más. Cualquier iniciativa plausible ha tenido que partir del aficionado, que en muchos casos ni iba, ni se planteaba ir a los toros a la Monumental, pero que el hecho de esta prohibición lo sentía como si le amputaran un brazo. Luego la lucha hasta el final de los escasos aficionados que aún quedaban en Cataluña, que tuvieron que sufrir en sus carnes como el acudir a la plaza se convertía en una actividad de riesgo, en la que en el mejor de los casos tenían que aguantar que les llamaran bárbaros, crueles, inmhumanos, asesinos y otras lindezas del estilo. Yo me pongo en su pellejo imaginándome esa situación en la puerta de Las Ventas mientras voy de la mano de mi hija y se me remueven muchas cosas por dentro. Y no quiero caer en la burda tentación de acusar al aficionado catalán de haber dejado de ir a la plaza y permitir la desaparición de las corridas de toros, porque sería tanto como acusarles de no haber aguantado el constante abuso, abandono y falta de interés de los responsables taurinos y de no haber sido capaces de ponerse delante de un tsunami político y detenerlo. El aficionado puede tener la conciencia muy tranquila, porque han defendido su pasión como han podido.
Se han recogido firmas, ha habido a quien su bolsillo se lo ha permitido y se ha acercado por la Monumental, pero al final se les ha dejado solos, se les abandonó hace muchos años y de la misma forma se les ha dejado tirados. Les han pegado, zarandeado, insultado, han tenido que contemplar el bochornoso espectáculo del Parlament y nadie se movió. Serafín Marín tuvo que aguantar en soledad como una votación le convertía en un proscrito en su tierra. De la noche a la mañana, nunca más podría volver a trabajar en su casa. Nadie le acompañó en ese trance, ni los Ges, más preocupados por eso de la cultura, ni los empresarios, que no sé si les preocupa algo, ni ganaderos, que hace décadas que no ven mercado en Cataluña, ni mucho menos los medios de comunicación, en los que muy de tarde en tarde se puede ver u oír algo de información taurina a modo de canto de cisne.
Pero una vez que todo esto parece acabado, a pesar de esos leves intentos de retrasar lo inevitable, ¿nos podemos quedar tranquilos? Pues a mí me da que no, que a lo mejor esto solo es el principio evidente de un final cierto. Hace un par de décadas parecía impensable el que se pudiera llegar a estos términos. Igual que ahora parece inaudito tan solo el plantearse unas Fallas sin toros, un San Isidro sin feria, unos sanfermines sin encierros ni corridas de toros y así podríamos hacer la lista todo lo extensa que queramos. Pero una vez perpetrado el atropello, pensemos que esta corriente se puede extender y que además son muchos los que están dispuestos a ello.
Los antitaurinos cuentan con el terreno abonado ideal, con la ignorancia de la gente. Y si no, que cualquiera piense en esas creencias absurdas que se tienen sobre el mundo de los toros, que serán falsas, pero que han calado profundamente. Eso de que el toro en el campo no hace nada, que se les enseña a embestir, que se les pinchan antes de salir para que salgan al ruedo cabreados como monas, que los toreros llevan protecciones en el vestido de torear, los que no distinguen el ganado para carne del toro de lidia, que a las vacas bravas se las ordeña, y todas las barbaridades que se nos antojen. Y esto que cuento juro que lo he oído o leído en algún momento, que no son invenciones propias de un momento de delirio de una mente truculenta.
Puede parecer exagerado, pero yo tengo la sensación de que la fiesta de los toros está abandonada. Abandonada precisamente por aquellos que más fuerza e influencia tienen para manejarla, que se mantienen firmes en esa creencia inmovilista de que nada acabará con los toros y que cualquier posible actuación de mejora solo va dirigida a acomodar hasta lo inverosímil su situación personal. Ellos quieren ver bondad por todas partes y rechazan cualquier ataque a las corridas de toros como algo contra natura y que nunca conseguirá derribar el tótem ibérico del toro de lidia. Igual tienen razón y yo me estoy poniendo demasiado trágico, pero vuelvo a unos párrafos más arriba, ¿el caso catalán no se puede dar en otras regiones españolas? Pues cuando menos, habría que plantearse tal posibilidad ¿no? De acuerdo que esta prohibición responde a intereses partidistas y se ha utilizado el argumento erróneo de la exclusiva españolidad de los toros, como si fuera un invento propio del centralismo y que se hubiera impuesto al resto de territorios hispanos a la fuerza. Razonamientos falsos a todas luces, pero que han calado en parte de la población y que los políticos han hecho suyos esperando obtener sus buenos réditos electorales.
¿Quién nos dice que en Galicia, Asturias, Cantabria, Euskadi, Aragón, Comunidad Valenciana, Islas Baleares, La Rioja y así una por una, no se vayan infectando del virus abolicionista? Pues ahora mismo creo que nadie; y aunque parezca un contrasentido, el tomar conciencia de ello favorecería sobre manera a la fiesta de los toros. Sintámonos atacados, sintámonos vulnerables y que esto que un día fue grande puede desaparecer para siempre. Aprendamos esta lección de una vez, preparémonos para ello y quizás aseguraremos una larga vida a la fiesta de los toros. Pero esto no se arregla con declaraciones de Interés Cultural, con clamar que la tauromaquia es cultura, que es arte y todo lo que ya sabemos, porque basta con cambiar el tiempo del verbo, ponerlo en pasado y sanseacabó. Todo esto es indiscutible, pero además de todo eso, lo más urgente ahora mismo es devolverle a la fiesta el interés, la pasión, la emoción y la verdad que rara vez se ve ya en las plazas del mundo. Porque de una cosa sí que estoy plenamente convencido y es que si la tauromaquia se muestra en toda su integridad, engancha. Y si no, solo hay que ver como el aficionado que un día vio hacer el toreo sigue yendo a la plaza, a pesar de todo, para ver si el milagro se vuelve a producir.
