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lunes, 9 de junio de 2025

Tarde triunfal, tarde infernal

Si a alguien le quedaba alguna duda, las evidencias las aclaran todas


Pues aunque la Beneficencia nunca ha entrado dentro de la feria, tal y como esta empresa monta sus cosas, podemos decir que la feria ha concluido con este festejo extraordinario. Y también podemos decir que ha acabado, como empezó, con triunfo, con salida a cuestas y con la Plaza de Madrid por los suelos. Si bien se preparó aquel triunfo más que discutido de la primera del serial, de la que lo cerraba se pueden decir muchas más cosas y no sé si alguna buena. Un triunfo prefabricado, precocinado, preparado a conciencia, porque el único y último objetivo era subir a los altares al único que podría pasear la púrpura con majeza. Torero tildado de genio por multitud de circunstancias ajenas al ruedo y no tantas de su labor en los ruedos, al menos en el de Madrid. Que sí, que el éxtasis ha sido general o casi general, pero... tan poco consistente. Que me dirán que si ha dado un natural, un adorno, un... ¿y el toro? Que nos pasamos la vida con esa retahíla que suena ya vacía, porque muchos se han empeñado en vaciarla, de que “sin toro, nada tiene importancia”. Pues de verdad, es muy lícito unirse a la locura colectiva, pero tiren la chapita al contenedor azul. Así por lo menos nadie les recordará sus debilidades taurómacas. Que sobre gustos no hay nada escrito, que los hay que mezclan las anchoas con leche condensada o que le echan gaseosa a un Vega Sicilia, pero no me cuenten patrañas que no se creen y que las sueltan para quedar bien. Que son muchas tardes queriendo mantener el tipo y a todos se nos saltan las costuras; a unos más que a otros, por culpa del paisano, el amigo o el que unos dicen que es un gran torero. Y de los toros... que en esta de Juan Pedro Domecq, si alguno se pone a pedir la vuelta al ruedo para alguno de los mostrencos que nos han echado por delante, entonces ya cuadramos el círculo o redondeamos el cuadrado, cómo prefieran.

Corrida de Juan Pedro Domecq, con un sobrero de Garcigrande y otro de Victoriano del Río, para asegurar que los objetivos se iban a cumplir, sí o sí. Que si me dicen que venían bien presentados, pues ,miren, no les voy a llevar la contraria, porque uno no tiene ganas de discutir sobre lo indiscutible. Que sí, alguno cornalón, desde luego, pero ahí paramos. Eran los instrumentos necesarios para una tarde de festival moderno. Y digo instrumentos, porque por eso los toman y nos los presentan; y lo que es peor, la mayoría del público así lo tiene asumido. Unos instrumentos a los que no se ha picado, que alguno hasta pretendía empujar en el peto, pero ni ofreciéndole un Cola Cao con magdalenas podía ni tan siquiera molestar al picador. Que luego, como ese cuarto de la tarde, que no podía ni con el pensamiento, caminaba a pasito borrica y los entusiastas creían ver que el ídolo estaba toreando tan despacio, que se paraba el reloj de la Puerta del Sol. Que tres tardes como estas y las próximas campanadas nos llegan casi al amanecer. Pero oiga, borricas fofas, pero a las que los maestros de turno no eran capaces de darles pases sin que les tocaran los engaños. Aunque la verdad, daba lo mismo, porque esta tropa de entusiasta lo mismo te jaleaban un enganchón, que un pase no dado, que se estremecían con un desarme ¡Válgame!

Que si en su primera actuación ya se percibía un ambiente promorante, en la tarde en cuestión se mascaba ya desde que rompió el paseíllo, volviendo a sacarle a saludar, algo quizá muy tradicional en tal o cual plaza, pero, ¿en Madrid? Aunque, ¿de qué me asombro? Si en las Ventas ya se ha convertido en costumbre el aplaudir por el nombre que aparecía en el programa de mano y en este caso, el primero era el de Morante, nada de Morante de la Puebla, no, solo figuraba Morante ¿Pa qué más? A su primero le manteo con capotazos por la cara, sin conseguir fijarlo a los engaños, para después continuar con chicuelinas de inicio ¡Vamoooosss! Más verónicas por la cara y a por la muleta. Y vaya por delante que todo lo que hace Morante de la Puebla va con un gusto exquisito, pero lo de torear con mando y poder y sobre todo, a un toro, eso ya es harina de otro costal. Que se emocionará todo el orbe, pero volvemos a lo de siempre, no me cuenten milongas. Que si esto va de poses, estupendo, aquí tenemos a un dios, pero, ¿esto va de poses? Con la pañosa ayudados a dos manos plenos de pinturería a un moribundo. Ya con la diestra, citando con el pico, jaleándole algún que otro enganchón como bueno, dando a veces la sensación de que liaba un poco, pero esto es algo subjetivo y que cualquiera me puede rebatir. Cambio a la zurda y naturales citando de culo atravesando la muleta y aún así, tenía que recolocarse. Faena corta culminada con una estocada en buen sitio que hace que el personal le pida el primer despojo. Ya teníamos medio camino hecho. La ruta prosiguió con el chiquito cabezón que hizo cuarto y que no podía más muestras de invalidez, que no se sabía que pata se dejaba más atrás, la diestra o la siniestra. Pero entre protestas y no protestas, el inválido coló y allí que se fue Morante a trapacearle por bajo, para continuar con la mano derecha, siempre tirando de pico y la parroquia enloquecida aclamando los enganchones como esculturas de Bernini. Más tropezones por el pitón izquierdo, ya al ritmo mortecino de un moribundo y que igual a algunos les hizo exclamar eso de no se puede torear más despacio. Como si esa despaciosidad fuera impuesta por el torero y no por la incapacidad del Juan Pedro. Muleta retrasada, siempre sin bajar la mano ni un poquito, no fuera a ser que el moribundo se nos desparramara por la arena, que me cambio la tela de mano, que meto el pico, que me la engancha, pero daba igual, nada se podía interponer para conseguir el objetivo marcado. Ni tan siquiera un bajonazo, quizá no tan artístico, ha hecho que decayera el entusiasmo triunfal. Otro despojito y ya no había nadie que a esa chavalería enloquecida le impidiera pasear a su divinidad por las calles de Madrid. Que parecía que esa chavalería, esa que a lo mejor aún no había visto torear, necesitaba agarrarse a un mito al que venerar y, quién sabe? Igual a sus nietos les contarán la gran tarde que pasaron. Y mientras, otros, que igual una tarde de toros vieron torear, no daban crédito a semejante dislate, pero nada, no hay que preocuparse, o igual sí. Que al fin, casi veintiocho años después de doctorarse, al fin, Morante de la Puebla ha sido sacado a cuestas por esa juventud que Plaza 1 tanto reivindica. Que lo suyo sería que para la temporada próxima, si se da, que les regalen el abono a todos. Que como pasa con los regalados este año, igual van cuatro tardes, pero tengan la seguridad de que a la tarde de Morante no faltará ni uno, porque después del botellón de la plaza, hay juerga por las calles, Alcalá arriba.

Y acompañaban al ídolo de la chavalería Fernando Adrián y Borja Jiménez, que vistas sus últimas actuaciones, uno ya no sabe si aún son los preferidos de muchos, pocos o solo paisanos. Y en la tarde de autos, pues no sé si ha quedado claro. Con un Fernando Adrián siempre pendiente de lo que reclama la galería, le convenga al toro o deje de convenirle. Que con el capote se quiere poner pinturero y solo consigue que el toro le deje atrás sin hacerle ningún caso. Y con la pañosa, pues como una vez le jalearon lo de la rodilla en tierra, pues adelante con ello, siempre tirando de pico, sea por un pitón o por el otro. Tremendamente ventajista, tremendamente vulgar y chabacano, con sus enganchones y todo, sus culerinas, así, porque yo lo valgo. Y después de bernadinas y vulgaridades varias, un despojo para el caballero. Que quería repetir triunfo triunfalista y saludó a su segundo con varios afarolados de rodillas y hasta chicuelinas. Un galleo vistoso para llevar el toro al caballo, no para picar, sino para echar allí un rato. Y de nuevo con la muleta, de rodillas en los medios para liarse a dar trapazos atravesando la muleta, evitando que el animal se acercara más de la cuenta. Prosiguió tirando de repertorio talanquerero, pico, culerinas, muletazos apelotonados, más pico, el toro por allí y el trapo por allá, un desarme, banderazos varios, ahora me meto entre los cuernos y todo se nos vino abajo primero por un metisaca en los blandos, que le hizo caer al poco.

Cerraba Borja Jiménez, el que para algunos iba camino de ser idolatrado. Que instrumentó unas verónicas a su primero con el pasito atrás, pero con el toro más metido en el capote que cómo parecen acostumbrar otros. Con la muleta, contando que el Juan Pedro bastante tenía con aguantarse en pie, trapazos dando aire al animal, venga a correr, entre los cuernos, muletazos de uno en uno y alargando el trasteo más de lo debido con un moribundo que pedía ya que lo mandaran a descansar. Pinchazo tras pinchazo y más pinchazos y al final el animal se echó solo y quizá se podía contar como otro que hubo que apuntillar en el ruedo, pero como ya había entrado varias veces con la espada, nos creeremos que uno de los pinchazos en hueso le tocaron el nervio ciatiforme, que pinzó el claristerio, interesó a la membrana peritocoidal y cayó, ¿no? Al que cerraba plaza ya le costaba hasta tomar los mantazos iniciales. Venga trapazos, venga a darle aire al mortecino, venga trallazos, muy perfilero, venga tirones y de nuevo pinchazo tras pinchazo, para al final concluir de monumental bajonazo. Que había quién se preguntaba si en Madrid había despenado algún toro sin un bajonazo. Y así concluyó la tarde la feria, el sopor, la vergüenza, el prestigio de una plaza y es que al final solo quedó una idea en la cabeza de muchos de los que no se tiraron al ruedo apara beatificar a su divinidad taurina y todo se resumía en cuatro palabras, tarde triunfal, tarde infernal.


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domingo, 8 de junio de 2025

Quizá fueron emergentes, hace mucho, pero ya solo rellenan tardes insufribles

Y los picadores se fueron diluyendo poco a poco, hasta solo ser unas sombras poco antes de desaparecer para siempre


Les ponen este cartel hace no se cuántos años, bastantes, y lo mismo a alguien se le removía la campanilla y se iba a la plaza a ver una corrida de las que llamaban torista, con tres toreros que igual sabían aparentar que tenían algo que decir. Incluso si ese alguien se ha pasado los últimos quince años en el Paraguay o criando canguros en Australia y de regreso ve tales nombres anunciados, hasta es posible que se fuera enloquecido a buscar una entrada como fuera. Toros de Adolfo Martín, una de esas ganaderías en las que a pesar de todo, mantiene la confianza de la gente y hasta le echan valor y la califican de eso, de torista. Que te salen con que un día, a saber, le salió un toro con el que fulanito... Hace que a un Adolfo no se puede picar y que aguante, hace... vaya usted a saber. Que si son prototipo de algo, y desde hace ya demasiado tiempo, es de la sosería que no se quitan de encima, además de la flojera que les adorna y si quieren, a partir de esta tarde de isidros, ya ni la presentación. Que me dirán que tal o cual estaba muy bien presentado y lo mismo hasta lo admito, pero junto con ese que me digan, ha salido cada cabra, que solo faltaban Heidi, Pedro y Niebla jugando con ellos por el ruedo. Eso sí, que no les hicieran correr demasiado, que igual se les despanzurraban en la arena y no les quedaría otra que apuntillarlo en mitad del ruedo, como el devuelto que no ha podido ni seguir el camino del cabestraje. Que lo que era una excepción que se veía una vez cada no sé cuántos años, en esta feria ya es la tercera vez en que hay que apuntillar un toro en el ruedo porque o se echan o no pueden mover ni una pezuña para avanzar. Anda, al final sí que va a ser verdad eso que anunciaba Plaza 1 a bombo y platillo, que este iba a ser un ciclo histórico. Pues sí, histórico es que haya que acabar con tres reses en el ruedo, dos sin que tan siquiera hubieran permitido montar la espada y este, para el que los cabestros caminaban muy rápido. Que habría que pedir a Plaza 1 que nos aclararan en qué bazar de los chinos compran las corridas. Y de los sobreros, ¿para qué hablar? Que del tiempo que han pasado en el Batán, algunos tienen hasta club de fans.

Los que parece que aunque tengan club de fans, ya no son tan entusiastas como antes, son los tres coletas, Antonio Ferrera, Fernando Robleño y Manuel Escribano, que entre los tres suman años de sobra para el cien por cien de una jubilación. Que sumando años de alternativa, superan con creces los que reinó Isabel de Inglaterra y la reina Victoria. Que llevan ya tanto, que cuando alguien se les cruza ya les sueltan a modo de piropo eso de “si estás hecho un chaval”, algo que solo se les dice... pues eso, a un chaval de “solo” quince años de alternativa, no, a estos se les llama emergentes. Curiosa la medida del tiempo en la actualidad taurina.

Pero si vamos a lo sucedido en el festejo, pues a un primero, bien presentado, el que decíamos antes, Ferrera le ha intentado recoger sacando chepa, que eso es que se pone en plan lidiador, pero sin lidiar. Al animal no le ha gustado eso del palo en el lomo y eso que tampoco es que le hayan picado. Brindis en los medios a Robleño, ya saben, por eso de la discreción de Ferrera, ese no querer dar la nota. Siempre inventando. Que si no quieres que te oigan, háblale bajito. Al de Adolfo había que cuidarle para que no se fuera demasiadas veces al suelo. Muletazos con el pico, sin bajar la mano, siempre notablemente fuera, queriendo llegar al tendido con esa pose de artista erguido y supuestamente natural, que puede ser, pero realmente no fue. Pico muy exagerado, muletazos de uno en uno, que ahora tiro el palo, ¡fuera chismes! Y el cárdeno pidiendo un armisticio. Y aparte del accidente en la primera entrada, en la segunda pegó un sablazo trasero poco digno. Su segundo, una vez devuelto el que hubo de apuntillarse en la arena una vez devuelto, fue un jamelgo de Martín Lorca. Suelto por el ruedo, se fue al caballo a su aire de punta a punta del ruedo, ¿y el matador? Bien, gracias. El toro jugó al entro y me voy del caballo, porque eso del palo no le hacía gracia. En el último tercio iba como un mulo y entre que el personal no quería mulos, entre que Ferrera insistía y el alboroto que se monto en un tendido, aquello parecía el patio de un colegio a la salida. Pero el espada allí seguía, sin que nadie, o muy pocos, supieran qué pretendía, alargando sin sentido un trasteo ya demasiado largo. Se volvía al público pidiendo paciencia, pero... ¡Todavía más paciencia! Que los turistas de la feria no sé, pero el abono habitual ya no pueden ser más pacientes.

Fernando Robleño, torero con una parroquia fiel en esta plaza; y por favor, no me pregunten por qué. Eso está fuera de mi negociado. Aquí ya empezó el desfile de chivas corniarmadas. El madrileño lo recibió entre danzas y bailes, girándose para perder terreno, como si aquello fuera Belcebú encabritado, con perdón. Ni se le puso en suerte, no se le picó. Con la muleta, al segundo trapazo el toro al suelo. No lo acababa de ver y tampoco era capaz de parar quieto un momento, citando y siempre echándose para atrás a cada arrancada y lo que es peor, sin recursos que oponer a aquel animalito al que en ningún momento sometió. En su segundo se le hizo salir a saludar... otra vez. Que va a ser uno de los toreros más saludados en esta plaza. Que sus motivos tendrán, pero motivos muy íntimos, que los que nos limitamos a ir a la plaza no llegamos a comprender. Otra chiva y más baile y giro hacia los medios con el capote. Que si anda tan falto de recursos, lo mismo ha calculado mal la fecha de la retirada. Apenas se pico al Adolfo, que solo daba para quedarse a sestear en el peto. En banderillas ya apenas tenía resuello para acudir al cite. Inicio de trasteo sin pararse y cuando se dio cuenta de que el animal se daba los pases solito hacia las tablas, pues ya está, a ponerle el trapo en esa dirección y hecho. Con la muleta retrasada trapazo tras trapazo, para continuar de uno en uno, lo que despertó el entusiasmo de muchos, que igual vieron un gladiador, donde solamente había alguien que no podía con el animalillo, sin recursos y hasta con cierta desconfianza. Eso sí, que aún volverá a saludar allá en el otoño, no me cabe la menor duda.

El tercero en concordia, no discordia, era Manuel Escriban, quién tuvo que plantar cara a otra de las chivas Martín, echando el capote al cielo, no fuera a ser que el animalico se nos desmorrara allí mismo. Simularon con cierta veracidad que picaban a aquello, a lo que el matador decidió banderillear. Que algunos de ustedes no tendrán edad suficiente, pero ya les digo, Orzowei se asomaba más al balcón con su arco y las flechas. Pasado, pasado y si no quieres caldo, toma violinazo. Si le bajaba la mano con la muleta, al suelo. Trallazos y el animal, sin fuerzas, se defendía, se revolvía, pero la cosa era dar derechazos y naturales, no había otra opción... según parece. Y así pasó, que acabó aperreado con la chiva desfondada. Eso sí, alargó el suplicio de toro y asistentes sin necesidad. En el sexto, se fue a portagayola, para dar una larga de salida y otra al hilo de las tablas. Imagínense el alboroto. Lo de los mantazos entre enganchones y sin parar quieto, eso no computaba, En el primer tercio casi se pide un notario para certificar que se había picado. Eso sí, al de aúpa se le aplaudió calurosamente... adivinen, ¡por no picar! Qué grande es el turista taurino. Y de nuevo a poner banderillas y de nuevo a evocar a Orzowei, Robin Hood o el Gato con Botas. Tres pares tirados desde las orejas. Y llegamos al momento cumbre, el trapaceo de muleta. Trapaceo eterno, que comenzó en tablas, acabando casi acorralado por el Adolfo. Y que no podía con la cabra, que se empeñaba en lo de todos, derechazos y naturales y el animal se le subía a las barbas. Igual es que le faltaba un puyacito, pero eso también son cosas mías, no me hagan mucho caso. Pero si no has picado, ¿no queda otra solución? Pues no, porque vivimos el Emporio del Dios Trapazo V. Y venga, que no se cansaba, enganchón tras enganchón y hubo que avisarle desde el palco para que se decidiera a tomar la espada. Y Ferrera aún pedía paciencia, que algunos ya pensaban que les cerraban el metro y que de seguir a aquel ritmo, hasta las calles iban a quitar hasta el día siguiente. Y todo para aguantar a los que un día, quizá fueron emergentes, hace mucho, pero ya solo rellenan tardes insufribles.


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sábado, 7 de junio de 2025

Vuelta y vuelta, con unas patatitas

A ver si alguien le cuenta a algún maestro, lo que es asomarse al balcón. Eso sí, sin violines, ni serenatas


Si en esto de los toros, nada más anunciar un festejo, ya empezamos diciendo lo que no es, empezamos mal. Que en festejo del día se decía que saltarían al ruedo 6 toros 6 y lo que echan son 6 cebones 6. Descastados que no guardaban dentro ni un gramo de casta, de eso que debe ofrecer un toro de lidia, que en el mejor de los casos igual iban y venían, si no decidían pararse a mirar el panorama y eso, contando que aguantaran en pie. Que hablar de cómo ha transcurrido el tercio de varas es una utopía, un imposible, porque poco se puede hablar de lo que no existe y en la tarde en cuestión, ni estaba, ni se esperaba. Que ha habido toros, con perdón, que hasta los han ovacionado de salida, quizá por ese afán de querer ver mucho cuerno, aunque detrás no los acompañes un toro. Alguno cabezón, pero... Y eso es lo malo, el pero.

Habría que hablar de la terna anunciada, pero quizá antes se debería hacer un aparte del público asistente; público partidario y paisano, a los que solo les preocupaba si el chico del pueblo cortaba despojos o no. Y vean que no digo que estuviera bien, que la cosa no va de eso, la cuestión son los despojos, cuántos más, más felicidad para los mortales sentados en la piedra. Que paisanos trían Ismael Martín y Samuel Navalón, sin importar si pinchaba, si su actuación era un desastre sin sentido o si simplemente era el repertorio preparado en el hotel. Y como parece ser que el Fandi no traía a sus leales, pues se han pasado sus dos toros sin hacerle maldito caso. Una tarde y un público que jaleaba las banderillas, allá dónde el destino les diera a entender. Y anda que no ha habido pares como para no volver a parear o como para apuntarse a un curso de formación del banderillero de la Academia El Vito, para banderilleros y aspirantes a tales. Que a ver cuántos se acuerdan de quién respondía por ese nombre, aunque ya les digo que los que lo recuerden, se habrán estremecido al recordarlo. Que no era cartel exclusivo de banderilleros, solo lo eran el Fandi e Ismael Martín, pero ya les digo que se agradece que Navalón no lo fuera y que al menos sus peones devolvieran cierta dignidad al segundo tercio.

Como ya se ha dicho anteriormente, como el Fandi no debía haber llevado a su gente de Graná, los demás no le han hecho ni caso. Que no es que su toreo despierte pasiones, un toreo limitado, limitado a las ventajas habituales e incluso a eso de citar demasiado perfilero que a algunos saca de quicio. Que ha tenido que procurar que sus oponentes aguantaran en pie. Pero sí que hay que reconocerle el mérito de sujetar a los dos pupilos del Conde, evitando que corretearan inútilmente por el ruedo. Y para acabar este apartado, que afine el violín, que le rascan las cuerdas y suena como los quejíos de un gato.

El confirmante Ismael Martín, aparte de largas de rodillas, en el tercio o a portagayola, poquito más. Vulgar, más pendiente de soltar lo que trae preparado de casa, sin importarle lo que tiene delante, porque lo importante es que la parroquia se anime. Lo de que le tropiece el engaño da lo mismo o que se ponga a citar desde muy fuera, pueda o no pueda el animal con su alma. O los terrenos, que si tiene que ponerse a sus cosas en toriles, pues se pone y si decidió hace días que se iba a poner de hinojos, pues allá con ello. Una oda a la vulgaridad, a un pretendido efectismo que lo único que consigue es que los suyos se señalen en el tendido, quizá sin saber lo que es el ridículo, y que no parecían poder aguantar la emoción al ver a su ídolo entre los cuernos, como si estuviera debutando en la feria de Zorzal del Río. Pero la chabacanería taurina aún contaba con otro representante notable, Samuel Navalón, sin ningún sentido de la lidia o de los terrenos, que lo mismo se lía a mantazos frente a toriles, que se te hinca de rodillas en los medios para liarse a dar trapazos con el pico, luchando por ese cetro del rey de la vulgaridad con su compañero de terna. Méritos hizo, pico, enganchones, siempre fuera, arrimón. Que el animal está más que vacío, pues no pasa nada, él, a lo suyo y como guinda, tirar la muleta al suelo, lejos de su vista; lo más honrado, como hacen tantos que no saben por dónde cogerla y hacen lo propio. Que estos fenómenos de este turbio presente tiene “Public Relations”, “Coach”, “Marketing manager”, “Jefe de comunicación y no se cuántas cosas más, pero, ¿nadie ha pensado en tener a alguien que le diga las verdades y le cuente de qué va esto? Así, aunque solo sea a título orientativo. Pero es que uno se pone a pensar en la tarde sufrida y después de los actuantes, sus partidarios y eso que salió por toriles, solo te surge una idea, los trampantojos de toros, mejor vuelta y vuelta, con unas patatitas


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viernes, 6 de junio de 2025

Tíaaaaa, osá, tíaaaaa, en plan, tíaaaa

La Vane esperaba disfrutar de una manera y quién sabe si al final. Pero ella lo vio así y quizá muchos congéneres, en plan congéneres, de la Vane


Osá, tíaaa, que he visto a José Mari. Tía, después de tanto tiempo, he engañado a mi jefe y le he mandado a una cita con una embajada extraterrestre y se ha ido tan ilu, el pobre, a la Bola del Mundo y por no perder la entrada, pues me la ha dado a mí y, ¡He visto a José Mariiiii! Pero había otros señores con él, uno me decía un señor que no paraba de apoyarse en mis muslos, que era de Gabachandia, que debe ser un pueblo de Guadalajara, porque se Llamaba Sebastián, Sebastián y no sé qué más. ¡Ah, sí! Castella. Y otro, un niño que no era guapo, pero era resultón y que debía tener muchos amigos, porque se ha dado una vuelta para saludarles y con una oreja del toro en la mano, que debía estar invitándoles a comer, aunque, ¿solo una oreja para tanta gente? Pues tendrán que echar mucho arroz, a ver si coge el sabor a la oreja, ¿no?

Los toros eran todos muy monos, así recogiditos los primeros y los otros ya más grandotes, pero no muy grandotes. Y uno, que se ha estampado contra una de las tapias que sobresalen y ¡Pum! Se ha quedado en plan cataplum. El fabricante se llamaba, señor Jandilla, que lo debían conocer muchos de los que estaban en la plazoleta. Y si serían monos, que los señores de los caballos con faldas, los picaderos, ¡tía! Que gordones, que le ponían el palo encima, en plan nombrarles caballeros, en plan “Yo te nombro caballero por... lo que sea”. Y oye, que algunos no les gustaba y se iban corriendo del caballo con faldas y hasta coces, daba uno de ellos. Que desagradecidos en plan desagradecidos, ¿no? ¡Tía! Que los pobres toritos debían haber estado jugando toda la mañana, porque no tenían muchas energías, igual es que no les habían dado ni un poquito de muesli, ni una barrita energética. Aunque mira que eran juguetones, que cuando los chicos se ponían a jugar con un trapito rojo al “ahora lo ves, ahora no lo ves”, no se cansaban de ir detrás. Que me recordaban, tía, a Pumbi, mi perrito salchicha.

De los chicos, el primero que salió a jugar fue el chico que debe ser de es pueblo de Guadalajara, Gabachandia, que debían apretarle las mallas con colgantitos, porque, tía, se movía en plan así muy reposado, como un obispo. Que con el primer torito, como era un poco brutote, le arranco la tela rosa y Sebastián dijo que ya no jugaba más hasta que no se fuera todo el mundo que andaba por allí. Y cunado cogió el trapito rojo, se ponía así, en plan mi tío el guardia, a un lado del torito, estiraba el brazo y le hacía seguir la puntita del trapo, aunque había veces que echaba a correr, porque el animalito se le ponía brusco. Y mira que quiso que siguiera la punta del trapito, mientras él se ponía cerca de las orejas del bicho. Y al final acabó haciéndose un lío, que ya no sabía por dónde llevar el trapito, ni por dónde enseñárselo al toro. Pero a cada uno le dejan jugar con dos toritos, y a Sebastián, Castella, como le llamaba el señor cariñoso, aunque ya se estaba poniendo pesadito el tío baboso. Y al otro con el que salió a juguetear, si sería bruto, tía, que le tiró una coz a Sebastián. Que luego se hacen daño y se quejaran, en plan me ha hecho daño, ¡tía! Y cuando volvió otra vez con el trapito rojo, le hizo así como levantando un telón y el toro jugaba a pasar por debajo, luego le hacía pasar por un lado y por otro, mientras sacudía el trapito, que no veas, tía, lo que le gustaba a la gente cuando se lo pasaba por ahí, por el... por el cucu, ¿sabes? Tía, por el culo, que no te enteras, ¡Jopeta! Y después volvió a jugar a eso de ponerse al lado de las orejas del toro y guiarlo con la puntita del trapo, que lo ponía así como muy atravesado. Luego se ponía el trapo así como casi escondido en el... ya sabes, en el cucu y seguía con la punta, así muy rápido y acabó, después de lo de ponerse en las orejas, se puso entre los cuernos del toro, en plan, que miedo tía, que si el animal le da con el hocico, igual le hace daño. Con los cuernos no, porque si estaba entre los cuernos, no llegaba. Y según parece, Sebastián, perdón, Castella Sebastián, también tenía muchos amigos y se fue a saludarlos a todos.

Y ahora sí, tíaaaaa, José Mari, que llevaba un traje... de luces no era, igual era porque no tenía baterías, era de un color... y los dibujitos bordados eran... Bueno, tía, no sé cómo llamarlo y el señor baboso de al lado, tampoco lo sabía. Pero, ¡tíaaaa! Que sosito le he visto a José Mari, que así de sosito hay que llamarlo Manzanares, para que vea que no somos tontas y que no se nos camela con cuatro posturitas de nada, que no, tía. Que hacía lo mismo que el otro, agarrar el palito, ponerse al lado de las orejas y que el toro siguiera la puntita del trapo. Y además no veas que feo, perdía todas las veces, porque el toro agarraba el trapito con los cuernos y si te coge el trapito, pierdes y vuelta a empezar. Y en el otro, pues casi peor, y además le notaba yo que no estaba a gusto, tía, debía estar pensando cómo se llamaba el traje que llevaba, así que al final perdió y se tuvo que ir sin saludar a nadie.

El chico mono debe tener familia que conoce a mis papis, porque se llamaba Borja y ese es un nombre que le ponen los amigos de papi a sus niños. Borja Jiménez. Que debía ganar todas las veces, porque la gente, debían ser los amigos a los que después fue saludando, gritaban mucho. Y debía hacerlo bien, porque se ponía en las orejas, pero seguro que con más gracia. Si hasta saludo al principio al toro, poniéndose de rodillas. Qué educado, tía, ahí a mí ya me ganó. Que majo el niño resultón. Que lo hacía muy bien, ya se por qué, porque el trapito lo ponía muy atravesado, con la puntita por delante y eso debe ser bueno, porque, tía, a la gente, en plan le gustaba. Que atravesaba el trapito así como para que se viera que lo ponía de punta, siempre desde las orejas. Y luego debía ser cosa en plan de volver loco al toro, porque lo ponía, así, asao, de así, de... y la gente hasta aplaudía. Y leugo con la espada, para no dejarla donde le habían picado ellos picaderos del caballo con faldas, se la puso como si fuera más abajo del hombro. Que oye, tía, que hubo a gente que no le pareció bien, ¡bajonero! O algo así gritaban. Pero le quedaba otro toro para jugar, pero con este no podía jugar, porque el toro era un bruto y aunque también le saludó de rodillas, al animalote le daba igual, que se le echaba encima, que se quería esconder en las orejas y enseñarle la puntita, pero enseguida el toro no le dejaba jugar. Él se ponía más por dónde las orejas, pero nada, que el toro se le venía encima. Y acabó dejando la espada como la otra vez, ¿cómo era? Bajonera, bajera, bajonada, ¡Ah, sí! Bajonazo, ya me he acordado. Pero todo esto me daba igual, porque yo solo quería una cosa; que está mayor, tía, pero que guapo y para que lo sepas... Tíaaaaa, osá, tíaaaaa, en plan, tíaaaa.


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jueves, 5 de junio de 2025

Bendita colonoscopia


Una tarde para ponerse a fabular, a imaginar un pasado que no conocimos y que de lejos mejoraría una tarde insufrible.


Quizá haya alguien en el orbe taurino que no lo viera venir, quizá los que no sacaron la entrada para ese día se callaron y no le dijeron a nadie lo que muchos sospechaban o aún con la entrada en el bolsillo, otros decidieron quedarse en casa a ver el festejo por la tele o ni eso. Que la cosa se podía adivinar, pero de lo que estoy seguro es que nunca llegaron a fabular con lo que realmente ha sido la tarde en la que se conjuraron los planetas para que se forjase semejante debacle taurina. La tarde de los Lagunajanda, Manuel Escribano, Joselito Adame y Alejandro Peñaranda pasará a la historia del despropósito como un elogio a la vulgaridad, una oda al sopor. Una tarde en la al menos los asistentes se han podido conocer más entre sí, uno le hablaba al otro de su trabajo, el otro de la última de su cuñado, que si mañana me examino del carnet de conducir, que si esta semana me hacen una colonoscopia... ¡Una colonoscopia! Pues ya les digo yo que pasar por eso debe ser más llevadero que el festejo en cuestión. Dirán que exagero, pero, ¿ustedes se han puesto a ver con atención semejante despropósito? Que si nos ponemos a buscar culpables, anda que no nos salen candidatos. Empezando por la empresa, que monta un cartel quizá pensado para vengarse de los habituales de las Ventas y que a veces protestan por esto o lo otro. Seguimos por el ganadero, que si lo que ha mandado por ser San Isidro es lo mejor de su casa, que llame a una empresa de limpieza a fondo, porque lo va a necesitar. Ganado manso, insulso, descastado, cuya única virtud, y vaya virtud, era el que iba y venía en el último tercio, aunque con una mandanga insoportable. Mansos en el caballo, que en algún caso se han salvado de las viudas de verdadero milagro. Justos de presencia, nada destacable, aunque sí que se aplaudió la leña de alguno de salida. Que si es por lo de pasar el invierno calentito, pues vale, pero parece que los fríos ya no volverán por un tiempo.

Y por último, los que también han tenido gran parte de culpa en este monumental sopor, son los tres espadas, Escribano, Adame y Peñaranda.

Escribano, que lo más destacable con el capote ha sido la sin gracia larga al irse a portagayola en el cuarto. Mantazos a destajo, sin tan siquiera evitar que el toro se le fuera. Lo que se supone, o suponen algunos, como número fuerte de este torero es el segundo tercio, las banderillas, que para desazón de muchos, no las perdona nunca, pero que gran favor haría si las perdonara. Pares a la carrera, pasadísimos, cuando no que le cae un palo. Y si ya vamos a su manejo de la muleta, en su primero además de no poder con él, todo fueron trapazos con el pico, carreras y como último recurso, una culerina, prólogo a un bajonazo tremendo. En su segundo, un manso al que curiosamente el picador evitó taparle la salida, le recibió con telonazos, culerinas, más pico, manivolazos para quitárselo de encima, más baile y trallazos al gusto, para terminar con un repertorio difícil de calificar y que tampoco creo que sea necesario hacerlo.

Joselito Adame, del que dicen que es la cabeza del escalafón en México, será por el idioma, será por ser de otra cultura, que no hay quien ate cabos con su forma de torear ¿Qué me dice? Que ni el idioma, ni la cultura son una barrera. Pues entonces va a ser que no hay quién entienda tanta chabacanería, tanta postura estridente, retorcimientos, enganchones, pico, carreras, más enganchones, siempre desde muy fuera, intento recibiendo, que quedó en eso. Que ni un ¡Viva México! Le ha permitido a sus leales. En el quinto, una devanadera en el peto, lo recibió con telonazos en el último tercio, pico y trallazos. Repitió las mismas mañas de su primero, pierna de salida retrasada, deambulando por el ruedo y acabar con trapazos con la muleta escondida detrás de la cadera y banderazos, como si así se estuviera despidiendo hasta el año próximo.

Y confirmaba Alejandro Peñaranda, que por supuesto, no iba a salirse del guión de la modernidad marcado por sus mayores., venga trapazos con todos los defectos habituales, encimista y sacando la muleta por un lado, citando con el pico. El toro, soso y parado, ni tan siquiera se animo con una culerina, con lo que eso gusta a chicos y mayores, pero que no. Si será modernos, que hasta se atrevió a tirar la espada al suelo para dar... qué se yo lo que pretendía dar. Al sexto le dejó corretear lo que quiso y más, mal llevada la lidia, montándose un verdadero kilombo en el ruedo en banderillas. Empezó la faena rodilla en tierra, rodilla que posaba con el toro ya pasado, pero que para la foto seguro que colaba. Pico muy descarado, dejándosela tropezar, siempre muy fuera, de nuevo con eso de ponerse encimista y trallazos y más trallazos. Un bajonazo y de repente el personal despertó y pidió una oreja que, después de una estocada bastante defectuosa, no se le concedió. El personal no parecía dar crédito a lo que habían visto, una tarde de sopor, una tarde de la modernidad, con toros modernos de ida y vuelta, a los que tampoco sacaron partido. Un verdadero calvario y si preguntan a más de uno, si les daban a elegir entre una colonoscopia o volver a revivir semejante festejo, igual les contestarían sin dudarlo, que bendita colonoscopia.


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miércoles, 4 de junio de 2025

Qué mala suerte han tenido estos toros

La pena fue que ni hubiera quién los luciera, porque en ese caso, igual estaríamos hablando de otra cosa después de la corrida de Escolar


Siempre andan los toreros y sus satélites con eso de suerte, que Dios reparta suerte, suerte maestro, suerte para todos, pero... ¿y la suerte de los toros? ¿Qué divinidad del Olimpo se cuida de ese negociado? Pues parece, visto lo visto, que la divinidad que sea hay veces que debe estar en la playita a orillas del Leteo, recibiendo los rayos de Zeus y a los Escolares... pues eso, que les toquen en suerte, o en mala suerte, a Esaú Fernández, Gómez del Pilar y Miguel de Pablo. Aunque tampoco es cuestión de descargar toda la responsabilidad de la incapacidad a estos tres espadas, porque, ¿qué toreros actuales están capacitados para lidiar y torear la casta? Pues... espere, un momentito, que lo tengo en la punta de la lengua, sí hombre, esteeee, que sí... No le demos más vueltas, ahora mismo en el amplio escalafón superior no parece haber ninguno que sepa enfrentarse con dignidad y toreando a este tipo de ganado. Que no hablo de los que se plantan ahí a ver qué pasa, a pegar trapazos y carreras y trapazos a la carrera, que de esos no sobran, que sí, que mucho valor, muy honrados, pero en el toreo, además de redaños, es imprescindible tener cabeza, recursos y saber lidiar y si a todo esto le añadimos el arte, pues para qué más. Entonces ya no sé de quién estaríamos hablando.

Que han salido los dos primeros que no hacían presagiar demasiado bueno. Que no parecían de la casa que venían, que eran raros. Un primero solo grandón, al que Esaú Fernández no pudo ya de salida, con mantazos muy bailados y dándose la vuelta para perder terreno hacia los medios en los primero compases. Mal picado, mal llevado, distraído, sin centrarse en el caballo, dónde tampoco se le castigó. Ya en los inicios del trasteo, el espada se limitaba a defenderse, a intentar quitarse de encima al animal, que no paraba de tropezarle el engaño. Y como argumento, Esaú Fernández solo ofrecía trampas, pico, vulgaridad, encimismo y sin aguantar quieto un momento. Y para colmo, después de un pinchazo hondo, se le quedó un capote enganchado en la espada y el Escolar no paraba de dar vueltas y más vueltas.

El segundo, de presentación más que justa, fue recibido por Gómez del Pilar con verónicas siempre rectificadas, de forma exagerada. Demasiados capotazos, para al final no picarle. Desastre en banderillas, clavándole de una en una y por supuesto, más capotazos. En el último tercio, el matador no acababa de encontrar los terrenos adecuados y entonces fue el toro el que decidió y solo quedaba irle detrás. Y empezó la sinfonía de pico, dejándosela tocar, sin poder jamás y con el toro que se le echaba encima literalmente. Que quizá no habría sido mala idea el darle por abajo, el poderle, pero eso no entra dentro de los esquemas ni de Gómez del Pilar, ni de ninguno que calcen las rosas, aunque sí que hay que decir que al final del trasteo hubo un conato de lidia castigando macheteando, pero solo fue un amago.

Y si no era ya suficiente calvario el no poder con los toros, empezaba el de no poder con los toros que parecían que tenían mucho más de lo que los acartelados atisbaron. Miguel de Pablo recogió con eficacia al tercero, metiéndolo en el capote, lo que no deja de sorprender, que hasta puso el toro en suerte en el segundo encuentro, aunque fuera para no picarle, primero por no castigarlo y segundo porque el de aúpa no atinaba en aquella masa que tenía debajo, que por otra parte, no quería caballo de ninguna manera. Cortaba por el derecho y en el primer muletazo, vuelta de campana. Y a partir de ahí, venga carreras, trapazos sin pararse y empeñado en dar muletazos y más muletazos, sin poder en ningún caso, que bien pudiera acusar el no estar picado, bien que pedía mando, macheteo, incluso, pero entre tanto danzar, no había manera y por si esto fuera poco, el viento. Parecía aquel un toreo, incluyendo esa eficacia capotera del inicio, un toreo de capeas, de salvar el bulto y largar el trapazo.

Y se nos vino el cuarto, al que Esaú Fernández se fue a saludar a portagayola, que como dicen, solo vale para anunciar una actitud, pero yo creo que no para eso sirve. Aunque sí sirve para quedarse descolocado a la puerta de toriles y como sucedió, para liarse a dar mantazos sin parar quieto. Como suele ser ya norma. Mal picado, se fue de lejos y sin pararlo al primer puyazo, suelto en el segundo, en mitad de muchos capotes y una tercera vez, ya colocado, ¡por fin! No se le picó y tuvo el mal gesto, después de que le clavaran en mitad del lomo, de salir pegando coces. Empezó el trasteo el matador con trapazos acelerados con el pico y dejándosela enganchar, doblado en exceso, más trapazos largando tela, sin un momento de sosiego y de repente se fue a por la espada, cuando al toro aún parecía quedarle bastante dentro. Quizá el que no aguantaba era el corazón del camero, lo que hizo exclamar a más de uno que se le iba sin torear. Y quizá esas voces estaban cargadas de razón.

Y dicen que no hay quinto malo, pues el de Escolar no lo fue, ni mucho menos. De imponente presencia, ya le obligó a Gómez del Pilar a girarse, porque no podía con él. Lo pusieron al caballo en terrenos del ocho y allí se fue a que le agujerearan la paletilla. Y para el segundo encuentro, quién sabe por qué, lo puso hacia el seis, a favor de querencia de manso y a distancia, pero allí el toro no iba, por mucho que se insistiera ¿Por qué ese cambio de terrenos? Le costó, por mucho que le gritaran al picador que levantara el palo, que eso de levantar el palo parece el bálsamo de Fierabrás, que sirve para todo. Pero aquel no era el sitio. Y bien que lo hizo saber el animal, que con el caballo en el ocho, a contraquerencia, se volvió a arrancar en un tercer encuentro. Después de los dos buenos pares de Víctor Pozo, tomó Gómez del Pilar la muleta y de nuevo se empeñaba en cambiar los terrenos que pedía el toro, que a pesar de todo, se quería comer el trapo, mientras el espada solo daba para querer quitárselo de encima entre prisas y trapazos, sin mandar en ningún caso. El toro de nuevo se fue a los terrenos en los que se sentía mejor, a contraquerencia. Incapaz de mandar en aquellas embestidas, desarme por el pitón izquierdo , venga a meterse entre los cuernos, quizá más para parar aquel ímpetu, que para otra cosa y de nuevo esa idea entre muchos, de que se le iba sin torear. Pero ya sabemos de esa emoción que transmite el no poder, el ver al toro muy por encima de su lidiador, el palpar esa sensación de peligro, que quizá fuera lo que hizo que se le diera una oreja, precisamente por hacerle todo al revés de lo que ese toro de José Escolar reclamaba.

Se estaba viendo una tarde de toros y allá que salió el sexto, al que de nuevo Miguel de Pablos sujeto eficazmente, evitando esas correrías tan innecesarias como habituales. Incluso lo puso en suerte al caballo, dónde el animal cabeceaba con desesperación, yéndose suelto; vara trasera en el segundo encuentro, sin castigarle, bastante castigo fue el maltrato de todos a toda la corrida. En banderillas evidenció el defecto de cortar peligrosamente por el pitón derecho, de lo que el espada tomó nota, intentando evitar el torearlo por ahí, pero la cuestión no era esa, el quiz de todo esto era que no estaba el toro para derechazos y naturales, que igual requería un toreo por abajo, sobre las piernas, pero no sobre las piernas de no parar de correr, que es lo que pasó, con muchas dudas, encimista, con desarmes, cambio al pitón derecho, siempre muy desconfiado y en estas que de nuevo recordó el defecto inicial, se le venció y le levantó de mala manera. Volvió al toro, pero ya estaba todo hecho. Lo que sí hay que destacar es que durante la lidia de los compañeros, los demás, empezando por Miguel de Pablos y continuando por Gómez del Pilar y Esaú Fernández, aunque a este se lo tuvieron que decir desde el tendido, estuvieron atentos con el capote en la mano, desde el callejón, atentos a lo que pudiera suceder. Algo que ya es un rara avis en este mundo de la modernidad. Lo que no quita para que muchos salieran de la plaza con el runrún en la cabeza de qué mala suerte han tenido estos toros.


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lunes, 2 de junio de 2025

Desbandada del Rocío, que ni bueyes, ni palmeros, ni trapaceros para dar aire

Para ir a los toros, prepárense cómo se debe y verán como a partir del cuarto barreño o cuarto toro, todo se ve con mejores ojos.


Que llegarán las hermandades rocieras y protestarán ala empresa de Madrid, porque van y montan un festejo en domingo, con seis bueyes que seguro que habrían sacado del lodo a seis carretas a la vez, cargadas de romeros de barro hasta los bujes. Y si a esto le quitamos ese ambiente que da el personal con ganas de dar palmas hasta para llamar al sereno y por si fuera poco, con estos calores que nos caen de lleno, les hurtamos los ventiladores que atenúan la flama moviendo sus muletas al viento, ¡poco se enfadan con Plaza 1! Que al final esto ha sido desvestir un santo, para vestir a otro, pero nada, que si tirábamos de la manta de un lado para que hubiera romería, no había toros y si no había toros... Bueno, es que toros, lo que se dice toros, es mucho decir. Y decir toreros o público aficionado, ya es exagerar la propia exageración.

Que hablar de lo del Parralejo como si no fueran bueyes y se tratara de una corrida de toros solo está al alcanza de imaginaciones privilegiadas y eso, perdónenme ustedes... Mansos, como buenos bueyes, que a veces iban y venían sin más, como penco que busca una zanahoria. Pero aún así, a alguno de los que calzaban las rosas, se les han hecho bola, que no podían con ellos, que primero besaban la arena y luego les ponían a corretear a los tres ases del trapazo, Miguel Ángel Perera, Fernando Adrián y Tomás Rufo. Y a la par, un generoso público que entre cabezadita y cabezadita, jaleando algún enganchó, trapazos a tutiplén, siempre con el pico y muy fuera por parte de los tres anunciados, pero era pasarse el animal por el culo o ponerse de hinojos y ahí perdían toda la dignidad de personas honorables lanzando bienes y vivas a los cielos.

Que podría decir que se puso cuidado en el primer tercio, pero... para qué decir nada; poco y mal picados, que cuanto menos se le picaba, que ya es decir, más aplaudía la parroquia. Eso sí, si un casco sobrepasaba la raya, no les digo nada. Aunque si las protestas eran porque el jinete se emparejaba con el del Parralejo hasta más allá del tercio no dejándole escapar, pues ahí está bien la jarana protestona. Pero quizá esta sea la excepción que confirma la regla. Y más locura al ver cómo Fernando Sánchez ponía, en el mejor de los casos, un casi sobre un pitón.

De la terna que tocaba enfrentarse a los bueyes del Parralejo, quizá lo mejor que se puede decir es que ya han terminado su presencia en esta feria. Miguel Ángel Perera se podría llevar el premio a la regularidad, pues en sus tres tardes ha repetido la misma canción hasta el hartazgo. Ya sabemos de eso que le gusta dejárselos cruditos, como el dice, y que el resto opina que no los pica, porque no pueden con su alma. Y luego, pues ya saben, venga a doblarse para poder atravesar el engaño hasta ponerlo casi de perfil, venga trapazos y más trapazos, siempre quedándose al refugio de las orejas y dejándosela enganchar en demasiadas ocasiones, sin quedarse quieto un momento. Trapazo y carrera para recuperar la posición de defensa con el brazo bien estirado. Que otra cosa es lo de las faenas medidas de Perera, faenas que si se midieran en metros, no habría cinta métrica bastante y si fuera por el grado de hartazgo del personal, al cielo con ella.

Fernando Adrián, otrora grandioso triunfador y eterno agradecido a las compañías fletadoras de autobuses, ese torero de no sé cuántas puertas grandes, esta feria y esta tarde que sus grandes éxitos dependen en gran medida de la fluidez del tráfico en la N 3 de entrada a Madrid. El resto es ese toreo ventajista, perdón por lo de toreo, vulgar, chabacano, que enciende al público eventual cuando se pone de rodillas o pega afarolados también de rodillas. Pero sacándole de ahí, del trapazo, del pico, de quedarse muy fuera, los enganchones y banderazos por alto, poco más puede ofrecer. Que es un animalito justito de fuerzas y se limita a pegar ventanazos y a quedarse a merced del animal. Y por si fuera poco, como sus dos compañeros, es fiel practicante del “no quieres sopa, toma tres tazas” o dicho de otra manera, no quieres trapazos, pues...

Y cerraba Tomás Rufo, al que, no lo olvidemos, algunos veían como nuevo valor del toreo y hasta se lo demandaban a la empresa. Pues él también ha evidenciado que su gloria está íntimamente unida al número de autobuses llegados por la N 5. Que como sus compañeros, es fiel representante de la ciencia de la “Trapazología” ¡Válgame! Que lo dicho en los casos anteriores y en los de todos los días, se puede aplicar a este torero sin temor a desviarnos ni un poquito. Que asombra, igual que sus compañeros, la cantidad de metros que se recorren de carrera en carrera y detrás del toro, allá adónde este quiera conducirles, porque hablar de mando en los tres, y en tantos, espadas, es como hablar de irse de vacaciones a Marte, un imposible. Pero cuidado, que el señor Rufo también tiene sus picardías, como es en el sexto, sin ningún criterio lidiador, que le indicó a su peón que le llevara el toro al cinco. No se imaginan la algarabía que se montó, cómo celebraba el paisanaje que Tomás, que así le gritaban, les fuera a llevar el trasteo allí, a sus pies. Que lo iban a ver bien cerquita. Y para más inri, va y se pone de rodillas. No se cabía de gozo. Un primer intento y al segundo trapazo, a correr, que me pilla. Vale, no pasa nada, se intenta de nuevo, pero... al primer muletazo la muleta voló por los aires. Pero no pasa nada, que aún quedaban trapazos. Trapazos de todas clases, con el pico, enganchados, fuera, citando casi de culo, con la pierna contraria escondida descaradamente y para poner una guinda, pasada de fecha, muletazos apelotonados. Como para no creérselo. La poca fortuna con la espada le impidió que el presidente le regalara un despojo, porque pañuelos, allí en el cinco y en alguna zona más, los hubo. Y el personal salía cariacontecido porque no había habido orejas, ¡porque no había habido orejas! ¿Después de todo era esto lo que les preocupaba? Bueyes que parecían mulos, de presentación infame y de comportamiento más infame aún y tres espadas incapaces que si acaso solo saben dar trapazos ventajistas y lo que preocupaba era un despojo. Pues pregúntenles a los romeros de las Marismas cómo están de amoscados después de esa desbandada del Rocío, que ni bueyes, ni palmeros, ni trapaceros para dar aire.


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sábado, 31 de mayo de 2025

Así se estrella una ilusión

Entre la nada de nada, mucho molinete que solo daban paso a enredarse y complicarse solo la existencia.


Como decía el poeta, no es que duela la verdad, o que no tiene es remedio. Que todos hemos tenido a lo largo de nuestras vidas una ilusión, de niño, el ser bombero, torero, médico, pirata del Caribe o incluso torero, pero todo esto, exceptuando casos excepcionales, porque no todo el mundo puede ser lo que quiere ser, se diluye en el momento en que se adquiere un mínimo de sentido común y sobre todo cuando en casa se ocupan de ponernos los pies en el suelo y al primer resbalón nos damos cuenta de que mejor nos preparamos para ir a estudiar, para aprender un oficio, preparar una oposición o intentar encontrar un trabajo que nos permita tener un techo y llenar la nevera. Estas son las ilusiones que son devoradas por la realidad, esa realidad que debe tener sobrepeso de tantos ideales que caen en sus fauces. Aunque ya digo que hay excepciones, unas, porque el individuo en cuestión puede ponerse cabezón, decir que quiere alcanzar una meta y al final, con mucho esfuerzo y talento, logra su sueño, pero estos son casos contados. Y luego están los que tienen quién les pague esa ilusión, sea por la causa que sea. Que no te preocupes, que si tú quieres ser capitán de barco, se te compra un barco y hecho y además, se te compra la tripulación y hasta un capitán que gobierne la nave. Pero no solo se puede comprar un título de capitán de navío, de piloto o de empresario de éxito en la empresa de papá, que ahora también uno puede hacerse con el título, sin diploma, de matador de novillos, matador de toros y casi me atrevería a decir que de figura del toreo. Que incluso puedes tener hasta cierto recorrido ejerciendo de lo que alguien ha comprado, pagado o cómo lo quiera contar. Y resulta que llega un crío y dice que quiere ser torero, de niño se mueve con cierto desparpajo, ese que embruja a los mayores y hace que la ilusión vaya creciendo y creciendo y hay alguien que ve algo que cree que le reportará beneficios y decide montar una carrera para el muchacho. Más que cuidarle, le mima, le prepara el camino para circular siempre por amplias autopistas, bien iluminadas y sin nadie que le moleste. Incluso le llegan a hacer creer que nadie más circula por esas avenidas. Y todo el mundo empieza a querer ver a ese chiquillo transitar por esa ruta de triunfo que alimenta, quizá con un dulce veneno, las ilusiones de todos. Y avanza y avanza y una semana antes de poner en sus manos un coche de mayor cilindrada, le hacen subir un puerto con curvas, carreteras empinadas y estrechas, con otros coches subiendo y bajando y de repente, aquella ilusión para el niño y para sus seguidores se convierte en una pesadilla, haciendo aflorar todas las carencias que le cantan otros espectadores que ven que va subiendo sin saber cuáles son los pedales, para que sirven las palancas y que si se gira mal el volante puede ir precipicio abajo.

Y Marco Pérez era el objeto y el sujeto de una gran ilusión, enfrentarse a seis novillos elegidos y bien elegidos, de el Freixo y Fuente Ymbro, en la plaza de Madrid. Los tres primeros que parecían para sin caballos, todos dóciles y manejables, lo que hace que la cosa adquiera tintes de gran decepción, porque si con lo bonancible no se triunfa, ni tan siquiera da la sensación de no poder, es para preocuparse. El joven novillero a una semana de la alternativa, ha dejado un sabor a hiel en los paladares de los aficionados. Se ve que tiene lecciones muy bien aprendidas, pero lecciones de fuegos de artificio, de gestos para la galería de desplantes de miradas a unos y a otros, pero siempre lejos de la cara del novillo. En su primer novillo parecía tener esa frescura del novel, pero sus modos se ajustaban demasiado a los cánones más modernamente ventajistas de toreros ya retirados, planteando los trasteos como una sucesión de trapazos abusando con mucho descaro y ningún disimulo del pico, pegando trallazos y sin amagar ni tan siquiera una vez con templar las embestidas, siempre muy fuera y doblando el espinazo en esa postura que a plazas como la de Madrid le ponen de los nervios. Haciendo eso que dieron en llamar la alcayata y que creían reservado al dueño de tres de los novillos de la tarde. Todo ha sido un enredarse solo. Inoperante durante las lidias, a veces intentando recortes que desembocaban en hacerse un lío con el capote, teniendo que salir del compromiso como Dios le diera a entender. Simple espectador de lo que las cuadrillas intentaban, que él se dejaba hacer. Que el alarde más notable y jaleado por el público fue irse tres veces a portagayola en la segunda mitad del festejo. Que para su parroquia era un signo de pundonor y para el resto, viendo lo poco que daba de sí en su saber lidiador, solo era un absurdo. Con la muleta han sido seis calcos de trapaceo, viéndose casi siempre superado por sus oponentes, quizá más por los de Fuente Ymbro, que como si se tratara de un mozo en una capea, daba uno, dos y al tercero se le echaba encima. No ha habido un solo muletazo del que se pueda decir que al menos lo intentó. Parece tener tan asimilados los conceptos de la trampa modernista, que obvia cualquier conato de toreo con verdad. Parecía solo preocuparle a él y a sus partidarios, mucho paisanaje, que hubiera despojos, pero en los novillos en los que el cotarro se animó por la acumulación de trapazos, llegaba el momento de la verdad y la espada desbarataba cualquier posibilidad de oreja. Que incluso llegaron a pedirla después de varios golpes de descabello, porque había que salvar la tarde. 

Parecía incluso que estaba midiendo los esfuerzos, pero a partir del cuarto ya era tirar la casa por la ventana, pero, había tan poco que tirar. Incapaz de solventar la más mínima dificultad que le presentaran los novillos, que se le rebrincaba, pues a seguir con derechazos y naturales. Tanto atravesaba el engaño, que en una de estas se le coló por el pitón derecho y la respuesta era evidente, no volver por ahí. En el quinto, por ese enredarse solo, por ese echárselo encima, sufrió dos revolcones, que afortunadamente quedaron en el susto. Que ya se sabe eso de la oreja del revolcón, que ya la tenía segura, pero de nuevo la espada. Pero él a lo suyo, a dar trapazos al aire, sin tener en cuenta el viaje de los novillos, él era dar el trapazo. Y llegado el sexto, para algunos la última oportunidad para rascar algo, pero, díganme, ¿hay algo más triste que cortar una única oreja en el último de la tarde? Que más parece el consuelo del actuante y de los asistentes, después de un festejo en el que el espada solo ha dejado claras evidencias de la nada, del más absoluto de los vacíos delante del toro. Sin picardías para poder a los novillos, exceptuando el arrimón de fin de trasteo, sin capacidad para calentar el ambiente con trapazos algo aparentes, sin capacidad para sujetar un novillo sin tener que ir a su aire, sin capacidad para nada que no fuera dar cabezazos, que en uno hasta salió volando la castañeta o para lanzar miradas flamígeras a los disconformes. Que el momento en que algunos creyeron ver redivivo al mismísimo Gallito fue con culerinas, telonazos y tres del desprecio, evidentemente, sin torear en ningún caso. Pero ya no creo que sea muy educado por mi parte insistir en contar esa nada que se nos ha ofrecido, con novillos, muy novillos, que eran la nada y los que tenían algo, algo que diera valor a lo que se le hiciera, los redujo también a la nada. Y claro, con todo tan, tan preparado, viernes de alto copete en la feria, ganado más que elegidito, el personal entregado desde que a la entrada le dieron un pañuelo blanco y el nombre del nuevo fenómeno anunciado en los carteles, pero sin nada, montado todo sobre la nada, pues solo puede acabar en eso, en la nada, y claro, así se estrella una ilusión.


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viernes, 30 de mayo de 2025

Qué gente más rara ocupa la plaza

Quizá a ciertos públicos habría que empezar a mostrarles esto poco a poco y con códigos que sepan interpretar. Dibuja y colorea un toro y un señor que sea el torero, aunque no lo parezca.


Que los días en los que se anuncia un figura, el público es particular, es algo sabido desde hace años. Que antes se decía que eran los claveleros, denominación que se usó durante años, que si eran los que trasegaban bandejas y bandejas de canapés, otros bocadillos de dos metros de largo y que los metían a la plaza en andas., Hasta hubo unos tiempos que llegaban con la camiseta y pañuelico del mismo color y con su banda de música y todo. Que Madrid ha visto cada cosa. Pero al menos se les podía llegar a comprender en sus comportamientos, pero es que ahora, tiempos de pantalones tobilleros, pulseritas de colores, taconazos como andamios para subirse a limpiar los cristales de la Torre de Madrid, entradas impresas en casa que parecen el mapamundi de la plaza, además tienen reacciones que a uno le chocan un pelín. Que estaba claro que el reclamo era Roca Rey, torero que congrega a su lado a multitud de no aficionados, pero según ellos mismos se manifiestan, de poco documentados. Que son capaces de pedir una oreja, méritos aparte, de enfadarse cuando ven que las mulillas se acercan y no hay trofeo, que salen espantadas las acémilas y en lo que van y vuelven sigue sin haber premio. Pero una vez arrastrado el toro... la nada, que no hacen ni que su ídolo salga a saludar al tercio. Que me imagino al torero y a los suyos animándole a que se diera la vuelta al ruedo, pero nada, el vacío, ni una palma dada con timidez. Que no creo yo que sea porque de repente les haya venido un ramalazo de exigencia, que más bien parecía que preferían sacar el bocata a soltarlo para dar palmotazos; que igual temían que el de al lado le echara mano a la manduca y adiós ganancia. Que hasta los protestones se miraban perplejos, ¡que no le hacen ni salir a saludar! Pues a partir de este detalle, que no es menor, se puede calibrar lo sucedido en la tarde y el peso de los despojos que al final se han dado, y no digo conseguidos, porque han sido puro regalo caído del cielo; bueno, del cielo, tampoco, del palco, que al fin y al cabo, es como si cayeran del cielo.

Que este público quizá era raro, quizá indescifrable, pero seguro que era un público, majo, de buen parecer y dispuesto a que todo le pareciera bien, ellos no estaban allí para romper las ilusiones de nadie y menos del figurón que según parece iban a ver. Que no cuestionaron ni un poquito la justita presencia de los de El Torero, de que no se les pudiera apenas picar, ni mucho menos de la mansedumbre, aunque igual sabían que los mansos no se protestan, que hay que quererlos como a los demás animalitos de granja que nos vienen echando en las últimas fechas. Que este público no se acuerda de la semana del toro de hace años, pero seguro que tampoco se acordarán que llevamos toda la semana celebrando en las Ventas una suerte de Expo Mascota. Vaya con los Domecq de El Torero, que cuando no echaban la cara arriba en el peto como queriendo coger la galletita que pensaban que les ofrecería el señor del palo, salían espantados y rebrincados, lógicamente decepcionados, porque en lugar de galletita, el del penco les que ría pinchar con un palo; y anda que no salían escapando pegando brincos. Pero esto de los toros, como de las toras, poco le importaba a este público tan particular de este día, que ellos iban a lo mollar, a los despojos sembrando el ruedo.

Diego Urdiales, que abría cartel, que no plaza, pues sí, ha estado por allí, eso nadie lo discute, pero el público raro tampoco le echó mucha cuenta. Que en su primero bastante con que el toro no se le fuera al suelo, con la mano alta, trapaceo por la cara y a por el estoque de verdad. En su segundo, quizá algo acelerado, pero sin tampoco verlo claro, mucho trapazo acelerado, sin poderle bajar la mano para dominarle, porque si así hacía, al suelo con él. Siempre fuera y dejándosela tropezar demasiado, sin llegar a ninguna parte.

El plato fuerte, a lo que iba el personal, era Roca Rey, que les habían dicho en el barrio, en la panadería, en el bar y hasta en la novena a San Isidro, que este era el que daba las mayores satisfacciones al orbe taurino. Y claro, si nada más tomar la muleta, el limeño se hinca de hinojos en la arena, ¿qué más hace falta para saber que este era el mesías que iban a ver? Que lo del pico exagerado, ha quedado demostrado que lo ve el que lo quiere ver y punto. Trapazos por todas partes, siempre fuera y cazándolos allá dónde pillara. Cambios de manos talanquereros, largando tela en cada muletazo, el novillo por los suelos, recorriéndose todo el ruedo, como si cada tanda fuera una estación del vía crucis del bovino bobino. Acabó llegando a toriles, ¡oh que sorpresa! Y al despenarlo con una entera trasera y caída, la amable concurrencia pidió el despojo, que el presidente, acertadamente, no concedió. Y después de arrastrarse al de El Torero, cuando Roca Rey estaba allí en la barrera que si con la toalla por aquí, la toalla por allí, ni una palma aunque fuera para hacerle saludar. Pero, ¿esto qué es lo que es? Los no peticionarios ojipláticos y los peticionarios... de verdad que no sé qué hacían estos una vez agitado el pañuelo. En el segundo, otro novillote bien majete, la cosa transcurría dentro de la monotonía habitual de este figurón, que me apañen al moribundo y luego yo me apaño solo. Venga trapazos y trapazos muy de su firma, pico, lejanías, ahora me la engancha, ahora me voy para allá a ver si lo pillo, sin que nadie se dignara a jalear tremendo monumento a la vulgaridad, hasta que cuando debía andar allá por la tanda número diecisiete o la veinticuatro, como sí que había que protestaban, alguien de este amable público, cuando se barruntaba el primer aviso, decidió empezar a jalear. Como si fuera una consigna preestablecida, los ocupantes de la plaza secundaron el jaleo y mucho más cuando Roca empezó a desplegar ese repertorio de ahora me la cambio de mano, ahora abrimos el tarro de la más exquisita vulgaridad, siempre fuera, faltaría más, y cuando llegaron los invertidos bailados, ¡para qué más! Que lo de la espada caída no importaba, lo que tocaba era que le dieran un despojo, ahora sí, ahora se le podría aplaudir una vez arrastrado el novillo ¡Ufff, qué alivio! Ya tenían algo que contar al volver a sus casas.

Rafa Serna confirmaba alternativa y... que abrir plaza es duro y liarse a dar trapazos así de entrada, cuesta, que el personal aún está a ver cómo se encaja entre las rodillas del prójimo de atrás y cómo se le encaja en las suyas el prójimo de delante. Y si unimos que su tarea solo era eso, dar trapazos, no pudiendo con un animal que aún moribundo le hacía no parar de correr. Inválido y todavía algunos veían al torero que podía echarse por los aires. En su segundo, una vez despertada la amable concurrencia, comenzó con telonazos y aún así el burel no aguantaba en pie. Trapazos en línea abusando hasta hartarse del pico, atravesando la muleta lo indecible y a merced de lo que mandara su oponente. No lo llevaba embarcado, lo que casi le cuesta un disgusto un achuchón, que quedó en susto. Venga trapazos, enganchones, para acabar encimista y entre enganchones, adornos de plaza de carros y tras una entera caída, ¡viva el despojo! Que esta no se la esperaba el personal, que igual pensaban que solo podía cortar despojos el que sale en la tele y en esa peli de buenos efectos de sonido y venga primeros planos. Pero ya llevamos no sé cuántos días de feria, cada tarde el público es diferente, cambia de la noche a la mañana, pero hay algo común a todos y que nos hace pensar en qué gente más rara ocupa la plaza.


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jueves, 29 de mayo de 2025

Las ganaderías que embisten, ¿no?

Aún no había salido del hotel y el personal ya estaba dando palmas


Hay una gran parte de los taurinos, que cuando se habla de tal o cual ganadería, poco tardan en afirmar de unas eso de que no embisten, que las buenas son las otras, las de garantías, las que embisten. Qué maravilla eso de saber las que “embisten” y las que no. Y uno se maravilla aún más cuándo se entera de que a qué se refieren con eso de que las buenas, las de garantías, son las que embisten, entiendo eso de embestir como el que los animales vayan y vengan sin hacer ni amago de un mal gesto, mientras el coletudo se harta a poner posturas. Y como esos hierros son los que embisten, ni se tienen que preocupar de si se embarca o no, porque los güenos son los que embisten. Y claro, si en el cartel figuran los nombres de unas figuras, hay que ir a lo que embiste. Y si hay una ganadería de garantías, de las de verdad, de las que no fallan, de las que permiten posturas y contoneos, es la de Garcigrande. Y que nadie se atreva a llevarme la contraria, porque como me salten, les mando a ver lo que esta casa echa por toriles, allí dónde se anuncien... aunque igual, ¿no sería un poco pasarse? Que siempre he estado contra todo de prácticas que puedan perjudicar a las personas. Y a ver cómo se repone uno de ver toda la camada de esta o de cualquier otra ganadería de garantías durante un año.

Vaya corrida que ha echado el ganadero salmantino, de no haber por dónde agarrarla. Presentación de Garcigrandes, si acaso alguno algo pasado de pitones, pero todos integrantes de una mansada para pasar a los anales de las mansadas. Pero tan faltos de casta, que ni la emoción de los mansos. Borriquillas tontas, que en muchos casos se aguantaban en pie por esa falta de casta y acometivi9dad, aunque si los artistas les tiraban los engaños al suelo de mala manera, claro que rodaban por la arena. Pero si había “jarte”, todo lo demás no importaba, que el “jarte” todo lo puede y borra todo lo malo. Bueno, es una forma de hablar, porque al final, esa gentita tan animosa, tan aplaudidora, tan dispuesta a entregarse a cualquier postura galana, hasta estos se han enfadado. Que era la corrida de la prensa y quizá era para que saliera la reseña del festejo en primera plaza, pero según parece, saldrá en la Hoja del Lunes, y el que no sepa lo que era, que lo busque.

Abría plaza Morante de la Puebla, al que, vayan ustedes a saber por qué, se le ha hecho salir a saludar. Y es que otra cosa no, pero la ñoñería se está imponiendo en esta plaza que un día fue seria. Y salió el primer Garcigrande, justito de todo. Al que el maestro instrumentó una serie de capotazos sin apenas moverse, con garbo y salero, pero sin torearlo en ningún lance. Pero si quién mueve el capote, aunque no lleve al toro toreado, es un “jartista” está permitido el delirio, que nadie se lo echará en cara. Y si además el toro ya casi iba parado, pues mejor parra la estética taurina. Que tanto lo querían cuidar, como se cuida a un herido en la Casa de Socorro, que fue al caballo y por eso de no picar, el caballero armado a poco que se come de un atragantón la arena de Madrid. A la siguiente, aunque sin picar, ya tuvo la precaución de aguantar el palo en el lomo. Y quizá uno de los momentos más intensos fue cuando el Garcigrande hizo hilo con con un banderillero y allí que salió Morante a hacer un quiebro a cuerpo limpio, quitándole el toro. Un quite pleno de torería y vista, mucha vista ¿Cómo no se va a aplaudir ese arranque de torería? Ya con la muleta, en los primeros compases el toro se iba al suelo a nada que se le obligase. Muletazos con gusto, pero el animal no tenía el gusto de aguantarse en pie. Pero el personal ya estaba invadido por una corriente de complacencia que lo jaleaba todo, hasta el rodar por la arena del bovino bobino. Muletazos con ese garbo que tiene este torero, guiándolo con el pico, con perdón, de perfil, perdón otra vez, y el toro por los suelos. Erguido, relajado, a la velocidad, corta, del animalito. Con la zurda citaba desde fuera, en corto, pero sin decaer el grado de decibelios que llegaba al nivel de “entregado entusiasmo”. Concluyó con unos adornos que acabaron de caldear aún más el ambiente, cerrando con una entera quizá algo trasera, lo que quizá hizo que el toro no rodara de inmediato. Tres golpes de descabello y ahí pudo quedarse en el limbo los trofeos que con toda seguridad se le habrían pedido ante esa mona bonachona. Su segundo era otra cosa y a pesar de la reacción del respetable, sin tanto “jarte” tuvo momentos de más sustancia. Lo recogió Morante sin alardes con el capote abajo, consiguiendo sujetarle en un primer momento, pero al final la mansedumbre era mayor que el poder lidiador del de la Puebla. Un manso que en la segunda vara dejó aún más clara su condición, queriendo quitarse ese maldito palo que le hacía pupa. Se le lidió con mucho sentido y eficacia por Curro Javier, consiguiendo mantenerle sujeto a las telas, evitando carreras de más y huidas a otros terrenos. Tomó Morante la muleta, empezó por abajo con la diestra, pero el animal no estaba para historias, trapaceo por la cara y media atravesada, así, sin pensárselo dos veces. Y el de Engrandecer huyó cobarde a refugiarse al calor del olivo. Bronca grande del respetable, pero quizá eran los que no entendieron que Morante de la Puebla, con sus cosas, sus virtudes, que está siempre atento, y sus defectos, que quizá muchas veces aparente más de lo que es, pero lo que no es, es un destajista del toreo. Y la mayoría no vio bien ese abreviar de esa manera, pro también les digo que hubo quién lo agradecía y lo entendió, porque, ¿para qué marear la mona, si la mona no tiene nada?

El segundo que se comenta que estuvo por allí, fue Alejandro Talavante, que este sí, este es de los que si tiene que alagar los trasteos hasta desesperar, pues los alarga y ya está. Los mantazos de recibo a su primero solo sirvieron para dejar suelto al segundo de Garcigrande. Manseó en el caballo, que si peleaba en algún momento era con un solo peón y a ver si así se quitaba ese molesto palo. Lo que le escocieron los rehiletes, pero allí estaba Talavante para arreglarlo todo; telonazos tropezados con una mano, para continuar con manivolazos tirando del pico y dejando pasar el

tiempo sin que ni él, ni el toro dijeran nada. Venga trapazos u más trapazos desde muy fuera y con el pico de la muleta, para acabar de un bajonazo imponente e impotente. Al quinto se puso a darle mantazos a pies juntos al que luego en el caballo le picaron en la paletilla y él echaba la cara arriba, mirando las nubes. El trasteo fue la nada, pico, carreras, siempre muy fuera, cerrando así una feria que empezó con triunfo protestado y ha acabado como si no hubiera comparecido.

Tomás Rufo es un torero de muy reciente hornada, que parece entender esto de una manera demasiado modernista, sin plantearse otra cosa que inhibirse durante la lidia y guardar todas sus energías para el concierto de trapazos y depende del público, unos días le premian con despojos y otro, por hacer prácticamente lo mismo, le ruegan que abrevie y se vaya a su casa, para poder hacer lo mismo los demás. Pies juntos en su primero, y gracias que se evitó las chicuelinas. Cara muy alta en el caballo, mal picado. Con la muleta Rufo empezó dando vueltas como un giraldillo en día de temporal, para continuar apelotonando trapazos. Siempre metiendo el pico y quedándose muy fuera, refugiándose casi en las orejas del toro. Pero en el sexto tampoco cambió mucho la cosa con el manso que si notaba la puya se quería ir y si no, a darle al peto. Y de nuevo con la pañosa, sin saber superar un leve calamocheo, porque es más de dar trapazos que de torear y así... Pero el espada venga a ponerse pesado, mientras su compañero de baile solo quería irse de allí. No paraba quieto un momento, trapazo y a volverse a colocar y así una y otra vez. Un bajonazo para que le quiten el carné y para casita. Y así, otra vez que alguien quiera montar un cartel de los que te enamoran, y más para celebrar el aniversario de la Corrida de la Prensa, pues nada, lo tienen fácil, tres figuritas, cada uno en su figureo y un encierro de las ganaderías que embisten, ¿no?


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miércoles, 28 de mayo de 2025

¡Zas! En toda la boca

A veces el toreo por abajo es la mejor medicina para poder a un manso.


Si en esta feria había un día señalado para el aficionado era este, el de la corrida de Dolores Aguirre. Unos esperaban a los pupilos de la Dehesa de Frías, con reservas en cuanto a los de luces, y otros a los toros y a los actuantes que la tenían que pasaportar. Pues la realidad es que, a no ser que se sea pariente, amigo, vecino o la abuela de los toreros o de los toros, no parece que haya nadie satisfecho con lo sucedido. Lo más probable es que se hayan llevado para casa una tremenda decepción, sin tan siquiera poder encontrar la manera de tapar el fiasco de la tarde. Que siempre se puede echar mano de consuelos comparativos, que si tal o cual ganadería les pasa esto o lo otro y que los toreros ya han hecho más que fulanito o menganito la tarde de tal. Bueno, si eso sirve de consuelo, allá cada cual. Que esto es como aquel que le dice a un vecino que no aparque en su plaza de garaje y el vecino le salta con que su mujer es conocida por todo el vecindario ¡Qué dislate! Pero ya digo, por muy mal que estén otros, no le quita ni una pizca de valor a la crítica que se pueda hacer a esta corrida. Dos toros justamente presentados, sin alharacas, pero otros pasaban demasiado justos. Eso sí, a alguno le han ovacionado de salida, quizá por lucir más leña que sus compañeros. En cuanto al comportamiento, está claro que ni de lejos se les ha dado el trato que pedían, pero a pesar de todo, ha aflorado demasiada mansedumbre; en unos se manifestaba no queriendo capotes, huyendo a terrenos más templados y sin esos pesados de los telones rosas, otros queriéndose ir y yéndose del caballo, otros no queriendo ver el caballo, otros corneando con un solo pitón, en ocasiones alternando el derecho y el izquierdo, en fin, que casi completan el catálogo de signos que delatan la mansedumbre de un toro. Aunque en su descargo hay que decir que han sido lidiados de forma muy deficiente, por no decir que las lidias han sido nefastas, porque siempre hay quién se puede ofender. Ni llevarlos al caballo, ni fijarlos en primera instancia y lo de los picadores, el esperpento que ya se está convirtiendo en norma, picando vaya usted a saber dónde les viene bien. Que sí, que luego se les abronca, se les grita eso de “!Picadooooorrr, que malo eres!” Pero no quiero yo eximir de responsabilidades a los matadores, los que al no fijar al toro dejan que vaya de cualquier manera al peto, lo mandan al relance y en lugar d estar atentos para quitar del peto, se quedan allá, a lo lejos, como espectadores de privilegio. Pero dicho esto, los de a caballo tienen lo suyo. Y me dirán los caballos, que también, pero esos petos que llegan hasta... y rígidos que no ceden ni... ni con el envite de los animales que se estampan contra ese muro acorazado.

Los actuantes no se podrán quejar de la acogida recibida, de esa nueva moda de exultante ñoñería, de sacar a saludar a cualquiera, principalmente si es... bueno, vayan ustedes a saber qué son. El caso es que dejan a la plaza de Madrid por los suelos y delatan algo más, que aunque solo sea cuestión de cuatro, afecta a toda la plaza, y no es otra cosa que definirla como una plaza con preferencias fuera de la lógica que siempre impero, de acuerdo a criterios que poco tienen que ver con los méritos contraídos. Aunque me dirán que la última vez tal o cuál, de acuerdo al criterio de cuatro, que igual creen tener más preponderancia de la que deberían tener y que igual no tienen, pero la endogamia es lo que tiene.

Salió a saludar al romperse el paseíllo Fernando Robleño y la verdad es que se ha pasado la tarde devolviendo tal saludo. Ausente con el capote y en la lidia en los dos primeros tercios, cuando tomó la muleta fue para no parar de correr mientras intentaba pasar al de Dolores abusando del pico de la muleta, ya digo, que sin parar de bailar, ante un animal que cuando le corrían un poquito la mano, ¡qué cosas! Seguía el trapo, pero la cosa iba de Robleño detrás del toro a ver si cazaba algún muletazo pegando tirones. Pero aún podía ir la cosa a peor y lo fue, con un bajonazo. En su segundo, ningún mastodonte, más bien todo lo contrario, tuvo que dejar que fuera el peón el que se lo fijara a las telas y sin tropezarlas, no como en su caso. En el caballo lo más destacable fue ese no querer penco y casi hasta huir al que hacía la puerta. Y nueva sesión de trapazos, ahora te la quito, ahora un tirón, echándoselo fuera. Si bien es cierto que el toro acudía con cierta brusquedad, pero en esos casos, el empeñarse en dar derechazos y naturales, quizá sea obcecarse en lo imposible. Quizá podría haber puesto en práctica otros recursos lidiadores, pero... él sabrá. Que decía uno que si machetear, pero nadie le hizo caso. Y la guinda fue un espadazo muy caído haciendo guardia. Como para hacerle saludar de nuevo, aunque, y tal y cómo está la plaza, nunca se sabe.

Damián Castaño, que se negó a saludar de salida, se encontró con un toro muy justito y flojo, aunque el animal hasta parecía querer pelear en el peto, pero la flojera se lo impedía. Flojera que se hizo presente durante todo el trasteo y a nada que se la ofreciera Castaño, el de Dolores se iba al suelo, aunque el espada no perdía la ilusión de ponerse erguido y mover la tela, pero no había manera, y con el pico siempre por delante, mucho menos. Pues hala, otro bajonazo y para adelante. El quinto ya de salida le tomó afición a rondar las tablas. Un inválido que a la salida del caballo no podía disimular su tambaleo. A su aire por el ruedo, tuvo mejor suerte cuando fue un peón el que le llevó al caballo en la segunda vara, dónde hasta parecía amagar con pelear. Manifestando su querencia hacía toriles, especialmente en banderillas, yendo como un rayo al ver la salida al fondo. Ya en el último tercio, Castaño no parecía poder con él, tirando de pico y escupiéndolo de la suerte. Siempre fuera y atravesando el engaño, pero que no se crean que semejante “espectáculo” hasta tenía sus seguidores que lo jaleaban. Trasteo sin pies ni cabeza, a ver si daba pases sin criterio alguno, más pico y a ver si cazo uno aquí y otro en Bombay, alargando ya demasiado su presencia, que concluyó con una entera caída, para que el animal se fuera a doblar al abrigo de las tablas.

El tercero era Juan de Castilla, que empezó sin poder hacer con su primero en el recibo de capote e inmediatamente se dio la vuelta, perdiendo terreno hacia los medios. Al animal le costaba moverse, especialmente después de su paso por el inquisidor del penco, que no atinaba con el palo, pero que pinchaba aquí, allí, como si tenía que picar al mismísimo cielo. Al inicio del trasteo, De Castilla se lo sacó más allá del tercio, le dio distancia y en la primera embestida el animal se le cruzó, él se quedó al descubierto y se lo llevó por delante. A pesar de estar cogido, siguió en el ruedo, instrumentando muletazos escupiéndolo de la suerte. El animal medio calamocheaba, se le quedaba y el espada solo atinaba a trapacearlo con vulgaridad, pico con la zurda y dándole aire, quedándose por momentos a merced, por adelantarse al viaje del toro, enganchones continuados, pico y brazo largo para cerrar las series. Y será por el drama, que se dio la vuelta al ruedo, quizá porque en estos días se premia el arrojo, más que el toreo con cabeza. Que también es cierto que el primero llega, es fácil de ver y lo segundo... eso ya es otro cantar. Pero el espada estaba decidido y lo quiso mostrar yéndose a portagayola. El toro de primeras no le hizo caso. Le capoteó después con precaución y en el transcurso del primer tercio se empeñó en poner de largo a un manso que no quería complicaciones. Que el que uno toro vaya de lejos al caballo es un verdadero espectáculo, pero es que a veces, ¿no nos empecinamos en atropellar la razón? Pero nada, el toro decía que él allí no iba, para al final conseguir que llegara al peto, para no picarle. Se puso a lo de siempre, derechazos y naturales y el de Dolores queriéndose ir al segundo muletazo, buscando las tablas, mientras el de luces iba detrás. Con la derecha, más pico y la muleta retrasada, tropezándosela demasiado y venga a ir detrás a ver si así, pero era que no. Quizá pedía, como alguno de sus hermanos, otra lidia, un macheteo por abajo hasta vencerle y luego, pues ya se vería. Una tarde que tantos esperaban, que esperaban el toro, que no llegó, ni por presencia, ni por comportamiento, y esperaban a tres toreros que pelearan, pero tampoco, fue un chasco generalizado y a esas iniciales esperanzas, respondieron toros y toreros con un amplio y sonoro, ¡Zas! En toda la boca.


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lunes, 26 de mayo de 2025

Entre vivas y carracas se diluyó toda esperanza de toreo

Cuando sale un toro para el triunfo, hay que agarrarlo con las dos manos, antes de que se escape volando a la Luna, para no volver más.


Decir que volvía Fuente Ymbro a Madrid resulta ya demasiado redundante, ¿Se ha ido alguna vez? En las Ventas es típico y ya tradición el que haya dos tiros de mulillas, que no haya música durante la lidia, que las protestan sean habituales y que Fuente Ymbro aparezca y repita varias veces en la temporada. Que unas veces decepciona, incluso con estrépito, y otras hace que todo el mundo lamente que sus toros no hayan tenido suerte con los lidiadores que les acompañaban en el cartel. Pues en este festejo de San Isidro han tenido la peor suerte imaginable y es que si los de luces anteponen el despojo al toreo, al final se concluye que lo mismo no hay despojo, pero sí destoreo, destoreo a tutiplén. Corrida bien presentada, algunos, como ese sexto, mejor que sus hermanos, pero en la presentación, ni un pero. Luego tenían sus cosas, en la mayoría de los casos defectos en parte provocados por la ineficacia de los de luces y en otros, acrecentados por la ineficacia de los de luces. Ineficacia como la del confirmante, Diego San Román, amparado por leales compatriotas a los que les puso muy difícil el poderle dar su ánimo, porque a poquito que se vio, el coletudo no daba de sí para merecer medio halago. Sonaban las carracas, flameaban las tricolores, pero nada. A su primero ya le costaba sujetarle de salida y eso que las fuerzas del animal estaban más que justas, aunque le daba para encelarse en el peto, aunque cuando no notaba el palo. Inicio de faena en los medios con culerina y trapazo, pero o se levantaba o le levantaban y se levantó para empezar la primera sesión de trallazos. Que hasta la presentaba plaza de primeras. Pero al momento, ¡zas! Pico y enganchones. Sin acabar de encontrar los terrenos adecuados, el mansito acabó yéndose a tablas y lo único que lo9gró San Román es verse agobiado por el toro, que no sabía por dónde tirar y como no sabía, bajonazo que te crío.

Pero bueno, a continuación venía un veterano al que todo el mundo le reconocía su buen gusto. Le salió otro manso que se recorrió casi tres cuartos de la plaza curioseando el olor del olivo y cuando ya parecía tomar los capotes, Curro Díaz se vio completamente superado, incluso perdiendo su defensa. Incapaces él y su cuadrilla de ponerlo al caballo, con capotazos y más capotazo, algunos queriendo acariciar el cielo. Con la pañosa, si el toro aguantaba en pie, aparte de un trincherazo que animó a los suyos, muletazos atravesando la muleta en exceso, citando muy fuera. Encimista, un desarme y la firma con un bajonazo. En su segundo, que hizo cuarto, de nuevo inédito con el capote, dejándoselo tocar demasiado. El Fuente Ymbro a su aire, teniendo que hacerse cargo de llevarlo al caballo el peonaje. Mal picado, recibiendo leña en el segundo encuentro, una vez que el de aúpa se orientó y dio con el palo en el lomo del animal. Ya en el último tercio, más trallazos y enganchones, sin que Curro Díaz fuera capaz de ordenarse, a merced del animal, hasta acabar frente a toriles o adónde hubiera decidido su oponente. Y con un bajonazo se diluyeron las esperanzas de los que todavía esperan, pero que cada vez parece que hay menos que esperar.

Román repetía y hasta los había que le esperaban después de su digna actuación de su primer día en esta feria. Y la verdad es que no decepcionó y volvió a ser el Román de siempre, el Román con sus cosas que a veces no se entienden. Recibo a pies juntos, como si no importara que el toro corriera y corriera al no quedarse en su capote. Este torero sabe lo que gusta en esta plaza y así puso de lejos al Fuente Ymbro en su segunda vara. La verdad es que se le pegó apenas nada. Y tomó la muleta y allí que se fue a los medios a pegar trallazos con la diestra, enganchones y más enganchones, adelantando el viaje del engaño, lo que provocó una colada por ese pitón, por el que ya apretó en banderillas. Venga carreras con la zurda, acompañando y acto seguido seguir corriendo, sin parar ni un momento, dejándosela tocar demasiado. Pero lo fuerte surgió en el quinto, al que sí que recogió con el capote, pasándolo por abajo. Exceso de capotazos para llevarlo adónde no quería ir, al caballo, para acabar siendo apenas picado entre el 6 y el 7. Muy suelto por el ruedo, lo recogió por bajo con la derecha y acto seguido se fue a los medios a darle distancia. Y venga a meter el pico, siguió citando de punta a punta, lo que entusiasmaba a la parroquia, que se quedaba más con la distancia, que con la ausencia de toreo. Lo que importaba era jalearlo todo, que en una serie de cinco trapazos se la enganchó en tres, pero eso poco les importaba, los vivas estaban justificados, viva esto, viva lo otro y Román pegando unos majestuosos trapazos, siempre con el pico por delante y muy fuera. Y llegó el revolcón, afortunadamente sin consecuencias, pero que seguro que sería la llave para arrancar un despojo. Muy vulgar, muy talanquerista, con las inefables bernadinas atropelladas, lo que para muchos era el sumun del dramatismo en plaza de carros. Y el toro, una maravilla para la muleta, se le iba de trapazo en trapazo y tras un pinchazo y más de media caída, una orejita. Y sí, el toro se le fue, un toro para el que pidieron algunos la vuelta al ruedo, pero quizá estos serían los que en los dos primeros tercios estaban mirando en el móvil si iba a llover o si había atasco en la A 3 para volver a casa.

Y cerraba Diego San Román, escuchando de nuevo las carracas y, por supuesto, más vivas a su tierra, a los que respondían otros con los vivas a la suya. Vivas y más vivas y ni un triste ¡Aúpa Aleti! ¿No? Pues no. Y el queretano igual esperaba que le saliera un toro bien enseñado, con educación, uno de esos con embestidas formales, pero... De primeras no quería capotes, ya vamos mal. Pero si al segundo mantazo nos liamos a pegar chicuelinas, así, de salida, igual la cosa puede ir de complicado, a más complicado. Lo del picador de tanda fue para mandarle primero a aprender a montar y luego ya, si eso, a que aprendiera a picar, que no metiera la grupa para recibir al toro y que no masacrara con el palo largo en mitad del lomo y bastante más allá. Y, ¿qué se puede esperar de un torero? ¿Que toree? Pues este toro era para eso, para que un torero toreara, porque todo lo que le hiciera con verdad tendría mérito, mérito para ensalzar al que hubiera sido capaz de ello. Pero San Román no estaba para eso, él estaba para dar trapazos, pocos limpios, ninguno templado, lo que hacía que la cosa se le complicara más y más. Le quitaba el engaño y el toro la buscaba, le sorprendió en más de una ocasión, venga a largar tela y a ver si aquí o allí cazaba un muletazo, para acabar a merced del Fuente Ymbro. Acabó encimista, pero la ocasión se le había escapado entre tanta vulgar inoperancia. El personal no sacó pañuelos, pero quizá lo debería haber sacado él para decir adiós a una oportunidad como esta para afirmar que quiere ser torero, aunque igual... igual solo quiere ser figura o algo así sin importancia.  Y así se quedó más de uno, viendo cómo entre vivas y carracas se diluyó toda esperanza de toreo.


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